Iturbide: coronación imperial o ruptura con España

Iturbide: coronación imperial o ruptura con España

Joaquín E. Espinosa Aguirre
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

La investidura como monarca del libertador en una fiesta cívica y popular pretendió convertirse en su legitimación. Pero se sostenía entre algodones por el conflicto político entre el Congreso y el emperador.Tampoco ayudaban las arcas vacías del erario público.

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José Ignacio Paz, Alegoría de la coronación de Iturbide I ca. 1822. Museo Nacional de Historia. CONACULTA-INAH- MEX Reproducción Autorizada por el Instituto de Nacional de Antropología e Historia.

Es bien sabida la fama de México de ser un país cuetero y fiestero. Los visitantes de todas las latitudes supieron siempre que si venían a México, alguna fiesta, religiosa o cívica, habría de arrebatarles el sueño nocturno. Ya en la actualidad, el fallecido escritor mexicano Carlos Fuentes, decía que el lugar ideal para escribir, siempre lo dije, es Londres. Si me encontraba a mitad de un libro, y se me ocurría venir a México, siempre se me atravesaba algo; el recibimiento de algún cercano amigo querido, los cafés con gente importante, los desayunos que se hacían comida y terminaban en cena, o sino, al menos los cuetones y la gente festejando fuera, que simplemente a uno no lo dejan concentrarse. Ello puede rastrearse a la época colonial, y por supuesto tuvo una buena repercusión y seguimiento en el México independiente.

Pero, ¿en qué medida hubo una continuidad importante de las festividades que se dieron desde el período de dominio español, y cuáles rupturas se presentaron en México al independizarse? Es esto, con base en las festividades efectuadas alrededor del libertador Agustín de Iturbide, lo que abordaré en este texto, enfocado en los holgorios que hubo en torno a la obtención de la independencia y, sobre todo, al ascenso del Héroe de Iguala al trono del naciente imperio mexicano. Veré también la relación con otras festividades, pues nada nuevo (aunque sí con ciertas variantes) se realizó en los agasajos festivos del México recién independizado.

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Anónimo. Entrada triunfante de Iturbide a la Cd. De México con el Ejército Trigarante el día 27 de septiembre de 1821. Museo Nacional de las Intervenciones.

Antes que nada, digno es de mencionar que tras la entrada del ejército Trigarante a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, suceso que marca el fin de la guerra de independencia, la recién formada Junta (Provisional y Gubernativa) procedió a la firma del Acta de Independencia del Imperio Mexica- no, donde aparecen las firmas de Agustín de Iturbide, del obispo de Puebla Antonio Pérez, el último capitán general y jefe superior político Juan de O’ Donojú (quien por enfermedad no pudo asistir), José Miguel Guridi y Alcocer, Anastasio Bustamante y otros personajes de la lucha de emancipación..

Un mes después, el 27 de octubre, se hizo la jura solemne de sostener la independencia, en la que aquí no es necesario ahondar, aun cuando sirve de antecedente, ya que en esta festividad se buscó la negación de lo español, constando ello en que estando la estatua ecuestre de Carlos IV, de Manuel Tolsá, en la elipse de la Plaza de la Constitución (luego Zócalo), fuera cubierta por un templete ex profeso. La montura sirvió además para recrear alegorías y representaciones a propósito de la independencia. Hubo un agasajo popular generalizado, pues no se excluyó a nadie, invitándose a asistir a toda la población. Con todo, sí hubo una representación hispánica: el paseo del pendón imperial, que era costumbre en el imperio español cuando se festejaba la erección de un nuevo monarca al trono.

Confusión y coronación

Tras conocerse en España lo acaecido en México, con el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba, en el que O’ Donojú reconoció la independencia de México, la decisión de las Cortes fue negar completamente la legitimidad de dicho tratado, y por tanto desconocer en absoluto la separación política. Al llegar esta noticia a México a principios de 1822, todo fue confusión, pero el pacto de Córdoba ofrecía una salida; las cortes mexicanas podrían elegir al monarca, ante la negativa de Fernando VII u otro de su dinastía de venir a gobernar México. De ese modo, por ambiciosos planes personales proyectados con muchísima anticipación, o por el simple hecho de que no había nadie con suficiente fama ni revestimiento como Iturbide para señalarlo al cargo de monarca, y de la mano de la soldadesca y un considerable (pero sólo capitalino) gentío, se orilló al Congreso a erigir al libertador.

Ahora bien, ¿cómo enfrentar la tarea de una coronación, siendo que, por un lado, no era costumbre de la monarquía española llevarla a cabo; y por otro, que nunca se había hecho en la capital de la otrora Nueva España? Para resolverlo se nombró a una comisión que se encargara de elaborar un proyecto. Éste tuvo como resultado un champurrado de 63 artículos, donde se mezclaban tradiciones románicas (el ceremonial Pontifical Romano) e hispánicas, así como los ceremoniales de entronización de Napoleón Bonaparte (a quien sin duda Iturbide buscaba emular) y de los monarcas franceses antes de la Revolución.

La más arraigada de las tradiciones venía necesariamente de España, y ello queda mucho más patente en el ejemplo de cómo se efectuaba la entrada de los virreyes en procesión solemne a la ciudad de México, sede de los poderes. Como se ha mencionado, el Paseo del pendón era la entrada triunfal ficticia del rey en las provincias de la monarquía (fuera de Madrid), paseando el lábaro regio en manos del alférez real o el gobernador militar por toda la plaza principal, atravesando por arcos triunfales, colgaduras y escenografías (todas efímeras), muestra de que la ciudad se adhería al nuevo rey. Se echaban campanas al vuelo y soltaban cañonazos y salvas de fusil por dejar saber que había un nuevo rey, se regalaban monedas a la canalla, y a los notables de la ciudad medallas conmemorativas. Luego se realizaba el besamanos, que se hacía simbólicamente con el pendón real, aunque a veces (como en Nueva España sucedió) se hacía con el virrey. Las corridas de toros, bailes y saraos no podían faltar. Lo religioso se limitaba al reconocimiento eclesiástico y la celebración del Te Deum.

En cuanto a la segunda fuente de que se nutrió el proyecto de coronación de Iturbide: la coronación del Napoleón como emperador, varias cosas son dignas de mencionar. Antes que nada hay que ver que el 2 de diciembre de 1804 Bonaparte buscaba, tras la reciente tradición tolerante de la Francia revolucionaria, una secularización del acto, comenzando con impedir que el Papa Pío VII lo coronara; en efecto, cuando el Papa se dirigió hacia el altar para coger la corona de Carlomagno –señala la crónica de un testigo–, Napoleón se adelantó a tomarla con sus propias manos y él mismo se la puso, dejando ver que Su Santidad estaba ante un igual; incluso no comulgó, y junto a su esposa, oyó la misa de rodillas y en silencio. Luego, el ya coronado monarca, entestó él mismo la corona en la emperatriz Josefina. Se dispusieron también dos tronos para cada emperador; uno para usar antes de la investidura y otro, más grandes, para después de ella, desde donde ambas majestades observaron el resto de la ceremonia.

Jacques Louis David, Le couronnement de l'Empereur et de l'Impératrice,2 décembre 1804 (1280x802)
Jacques- Louis David. Sacre de l’empereur Napoléon Ier et couronnement de l’impératrice Joséphine dans la cathédrale Notre- Dame de Paris, le 2 décembre.

La que se presenció en la Catedral de Nôtre–Dame fue una fastuosa y larga ceremonia. Napoleón estuvo cerca de la gente (que lo acababa de sentar en el trono), no sólo acompañado por las autoridades, sino por la propia gente del pueblo. Al final, todavía en la catedral, pero ya sin la autoridad eclesiástica, el emperador hizo el juramento de proteger y servir a Francia. 

Respecto a las otras dos tradiciones, del Pontifical Romano se tomó la práctica del ayuno de los emperadores, así como la presentación de una ofrenda al monarca, y el besamanos. Por su parte, la tradición francesa del antiguo régimen definía una ofrenda específica: “un pan de oro, un pan de plata, un cáliz y trece piezas de oro y trece de plata”. 

Para la coronación de Iturbide, el 21 de julio de 1822, la gente tuvo oportunidad de ver los decorados internos horas antes de la ceremonia, pues luego se taparon las partes centrales del interior de la catedral. Fuera estaban dispuestas gradas para ver pasar al emperador y a su séquito que, como en el rito napoleónico, se trasladaba en medio de 48 diputados, pues en ambos casos se trataba de un monarca constitucional. El desfile, salido del Palacio de Moncada, hoy conocido como Palacio de Iturbide, en la calle de Madero (entonces Plateros), donde él residía, era mayoritariamente encabezado por elementos del ejército. La caballería iba al frente, llevando ondeante la bandera Trigarante, con el águila detenida en el pie izquierdo, las alas desplegadas, y coronada. Seguían el desfile las parcialidades o procesiones de indios, las órdenes religiosas, la universidad y las autoridades capitalinas, todos a pie. Los regidores de la capital condujeron el palio del monarca hacia el interior de la catedral. Iturbide vestía el traje del regimiento de Celaya, tan importante para él en su carrera militar. Una vez en la catedral, se les sentó a él y a su esposa en un trono pequeño, mientras se cantaba Veni Creator; luego el consagrante gritó una sola vez ¡Vivat Rex in aeternum!, siendo que en la vieja Francia se hacía tres veces y se besaba la mejilla del coronado. Luego le ungió, pero en una sola ocasión, del codo al brazo derecho, siendo en esto contradictorio con el rito pontifical, que preveía hasta nueve unciones. 

Después se dio lo que probablemente fue lo más impresionante de la celebración: la coronación. Al acabar de ungirlo, el cardenal se retiró, y dio paso al presidente del Congreso: Rafael Mangino. Éste tomó la corona y la entestó en Iturbide, que así se convirtió en Agustín I. Sobre ello mucho puede decirse, más que nada que es una similitud a medias con la solemnidad con que se coronó Napoleón. Pero hay una diferencia sustanciosa, por no decir abismal: en 1804 Francia se encontraba en pleno proceso de secularización; México, por otro lado, en 1822 con el Plan de Iguala y el Tratado de Córdoba estaba basado fundamentalmente en la religión católica, y no podía prescindir de ella, ni siquiera de pensar en un proceso de tolerancia religiosa. Tan es así, que la coronación se llevó a cabo en la catedral metropolitana. 

Otro factor, ya mencionado, que tampoco podía pasarse por alto, y también enunciado en Iguala y Córdoba: era que la monarquía que se estaba consumando era constitucional, y el Congreso tendría una fuerte carga de poder en sus manos. Así se explica por qué el símil con Napoleón fue inacabado, pues no era Iturbide por propia mano quien se coronaba, sino que era la autoridad que representaba la soberanía de la nación, quien le entregaba el honor de soberano. Así se corroboró en el discurso en el que Mangino arengó a los presentes sobre las limitantes y las obligaciones del emperador, que era tal “por la Divina Providencia y por el Congreso de la Nación”. Tras ello, Iturbide coronó a la emperatriz, estando ella de rodillas, como lo estuvo Josefina ante Napoleón. 

Enseguida pasaron a ocupar sus más grandes tronos de emperadores, y faltaba sólo corroborar el juramento de Iturbide, para lo que se dispuso que se acercaran al trono el presidente, vicepresidente y secretarios del Congreso, a fin de solicitar a Su Majestad Ilustrísima el juramento que prestaría en voz alta y en lengua castellana. Luego de verificado, se les entregarían las ofrendas, que en Nôtre– Dame fueron conferidas por cinco damas de la emperatriz, pero en el caso de México se hizo con cinco diputados. Ellos entregaron las cinco (para Napoleón fueron siete) insignias de emperador: “corona, cetro, anillo, espada y manto”, llevando solamente antes de la ceremonia la espada, y no portando el resto como sí lo hizo el emperador francés. Después, todas las ofrendas fueron bendecidas ante el altar y exhibidas por el presidente del Congreso. 

Al final de la ceremonia la comitiva de los emperadores abandonó el recinto y se dirigió a la Plaza Mayor, donde recibió la ovación del pueblo; se lanzaron las campanas a vuelo, hubo salvas, vivas y demás albricias ante la entronización del Libertador y ahora monarca. Ellos, el pueblo, eran “la representación nacional” soberana, eran quienes “ponía en sus sienes la corona al emperador”. Tras esto, se decretaron tres días de fiesta nacional, para ensalce del monarca. 

Imperio precario 

Pero por mucha juerga y milonga que hubo, nada se resolvió en el país. Los problemas eran profundos e insalvables en el periodo tan breve que existió el imperio (que no duró ni un año). El erario estaba seco, y el poco oro existente se dilapidó en buena parte en los festejos, motivo de descontento que erosionó aún más la paciencia de la gente. Además, un territorio tan enorme no se podía dominar tan fácilmente; pues el que abarcó el imperio de Iturbide fue de enormes dimensiones, por la anexión de Centroamérica, extendiéndose desde California hasta la frontera con Panamá. 

Con todo, y a pesar de la fortísima oleada en su contra, en la ciudad de México se decretó el 9 de septiembre de 1822 que debía hacerse la jura de la población al emperador. Se efectuaría de la forma en que se hacía con el monarca español, lo que nos devuelve al tema de la reproducción de las antiguas costumbres españolas. La jura se verificó en todo el amplio territorio del imperio mexicano, en unos lugares mucho más efusivamente que en otros, pero en todos cumpliéndose con la instrucción llegada del centro. 

En la ciudad de México, último rescoldo iturbidista, probablemente por su presencia real, la jura se efectuaría el 24 de enero de 1823, cuando había mayor efervescencia política. Ahí se mostró la firmeza del respaldo al monarca por parte de las autoridades, ya que en medio de la precariedad económica y la crisis política generalizada, prefirieron ganarse la desaprobación de la ciudadanía a dejar que la ceremonia careciera de esplendor. A los inquilinos del Parián les exigieron seis meses de adelanto de sus rentas, e impusieron a las fincas donativos del 3% de la producción y se pretendió también pedir al gobierno imperial de 25 000 a 30 000 pesos, pero Iturbide estuvo en desacuerdo. Se optó entonces por buscar préstamos personales de comerciantes adinerados, quienes se negaron rotundamente. Al final se juntaron sólo 6 474 pesos, por lo cual se cancelaron los fuegos artificiales y los bailes, y se recurrió al superintendente de la Casa de Moneda para conseguir el metal con que se acuñarían las medallas conmemorativas que se obsequiaron. 

Poco después de las juras, en febrero, el Acta de Casa Mata daba el último empellón al barranco al gobierno del militar que había dado la libertad a su patria. Hasta sus más allegados (desde los más fieles como José Antonio Echávarri y el Marqués de Vivanco), se sumaron a las fuerzas antiabsolutistas que buscaban restituir al Congreso, disuelto en octubre del año anterior por el emperador. En este periodo, y más claramente que nunca, se vio la pésima virtud de político y estadista de Iturbide. Lorenzo de Zavala, entonces diputado y su enemigo, declaró que si el monarca hubiera desechado al Congreso opositor convocando a uno enteramente nuevo, sin designar él mismo a los miembros de una junta sustituta, la opinión pública no se hubieran inclinado definitivamente en su contra. 

Al final, puede verse que lograda la independencia, muy lejos de haberse consumado una revolución política, lo que se hizo fue realizar una independencia de España relativamente ambigua, pues al llamar a uno de los Borbones a gobernar y mantenerse en esencia los ritos hispánicos, se dejó ver que la identidad mexicana estaba apenas formándose y en ese momento los ciudadanos del nuevo imperio tenían muy arraigada todavía la afinidad con la metrópoli. 

En suma, podemos concluir que esta fiesta cívica, emanada del poder político, en este caso imperial, buscó, por medio del recurso histórico, la legitimación de emperador. Se veló también por la identidad nacional, en gestación, conmemorando la hazaña fundadora, en una etapa de “desdivinización” del poder, destacando virtudes personales, mundanas y humanas, que se posaron en la figura de Iturbide. Pero, “sostenido por alfileres” en su legitimidad, y empeorado por los conflictos emanados de la dificultad de definir la residencia de la soberanía, reflejado en el choque de dos órganos que la deseaban para sí: el Congreso legislativo y el emperador ejecutivo, detonando la ruptura definitiva. Y así, el tener a todos los políticos de la época en su contra y haber cometido terribles errores políticos, la herencia política, histórica y social ha sido un estigma que tiene al libertador aún hoy fuera del panteón nacional y del sepulcro homenaje a los padres fundadores (el Ángel de la Independencia, pues Iturbide está en la Catedral metropolitana), esperando su tiempo para dejar la banca y tomar su lugar como héroe nacional. 

PARA SABER MÁS 

  • Hernández Márquez, Verónica, “Las fiestas de la Independencia nacional en la ciudad de México. Su proceso de institucionalización de 1821–1887”, (Tesis de maestría), México, Facultad de Filosofía y Letras, Unam, 2002. http://132.248.9.195/pdtestdf/0310019/Index.html