Tamara Gleason Freidberg
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22.
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La emigración a México de judíos europeos está hecha de familias como las de Román Wajsfeld y Rivke Leye Gura, dos militantes socialistas bundistas y antirreligiosos a los que hasta el mismo hecho de ser patrones y no empleados les generaba contradicción. El espíritu liberal de la Constitución mexicana los animó a abandonar Francia ante la llegada del nazismo a Europa. Se asentaron, formaron parte de la comunidad y fueron solidarios sin importar si se trataba de perseguidos políticos o empleados.

Los judíos llegaron a México de diversos países, con tradiciones, idiomas y costumbres diferentes. Para las primeras décadas del siglo XX se encontraban en el país judíos que provenían de Medio Oriente, los Balcanes, Europa central y Europa del este. La mayoría llegó a México sin saber cómo era el país, debido a que en realidad deseaban ir a Estados Unidos, a pesar de que allí se había establecido un sistema de cuotas que dificultaba la migración. Con el tiempo, los diversos grupos de judíos se establecieron en el país e inclusive buscaron que sus familiares consiguieran visas para reunirse con ellos.
Los judíos de Europa del este –Polonia, Rusia, Lituania, Ucrania, etcétera– eran conocidos como askenazí y su lengua principal era el idish, idioma germánico con elementos lingüísticos semíticos y eslavos. Llegaron a México principalmente entre 1900 y 1930, etapa durante la cual la migración no fue tan difícil como lo sería durante los años siguientes, cuando también aquí se comenzó a aplicar un sistema de cuotas.
Los askenazíes salieron de Europa ya que perseguían mejorar sus condiciones económicas y sociales. La pobreza y la violencia del antisemitismo eran, además, una constante en sus vidas. Inclusive, algunos de ellos emigraron por la persecución que sufrieron por su filiación a movimientos políticos de izquierda democrática. Por ejemplo, los grandes cambios que tuvieron lugar en Europa del este desde fines del siglo XIX habían favorecido el desarrollo de movimientos judíos no religiosos como el sionismo y el bundismo, este último surgido del Bund, partido de orientación socialista y democrática nacido en 1897 como la Liga de Trabajadores, y con gran impacto en Polonia en el periodo de entreguerras. Sus participantes provenían, por lo general, de hogares muy religiosos, que una vez en el partido se hicieron laicos, sin renunciar a su identidad judía, aunque no sobre la base de la religión, sino apoyándose en el idish y la reciente cultura judía laica.
Los que se establecieron en México mejoraron de manera paulatina su situación económica. Pasaron de ser obreros y artesanos a convertirse en comerciantes y empresarios. Para algunos, principalmente para los socialistas, este cambio de vida representó una contradicción con su propia ideología y tuvieron que enfrentarla.

Y es aquí cuando comienza la historia que vamos a contar. Es la historia de una pareja de judíos polacos: Roman Wajsfeld y Rivke Leye Gura, una de tantas parejas que dejó a un lado su pasado religioso, se unió al partido bundista y después, debido a las represiones en contra de los socialistas, decidió emigrar a Francia, donde no se quedaría. Con ayuda de un amigo bundista polaco, residente en México, Wajsfeld recibió en 1936 los documentos necesarios para emigrar hasta aquí.
Una vez en México, los Wajsfeld tuvieron que empezar desde abajo y para eso cosieron ropa y la vendieron en las calles. Con tiempo y esfuerzo lograron establecer un negocio y sufrieron las contradicciones de ser socialistas al mismo tiempo que empresarios. Para conocer esta historia con más detalle, su hija, Maya Wajsfeld, nos cuenta sobre la migración y vida en México de la pareja.
Maya nació en París en mayo de 1931. En su casa habló siempre idish, el idioma de los judíos de Europa del este. Cuando tenía cinco años de edad, sus padres consiguieron visas para trasladarse a México y ya en la capital mexicana, estudió en escuelas públicas y más tarde en una judía. Después de casarse y tener hijos, decidió incorporarse al seminar, seminario de maestros de idish y hebreo.Desde entonces ha sido una activista del idish, duramente debilitado porque la mayoría de sus hablantes murieron en el Holocausto, aunque en México fue enseñado durante décadas por la comunidad judía. Durante 35 años ha dado clases de historia y literatura idish en escuelas judías y, hasta la fecha, su grupo de conversación en idish se reúne cada quince días. Da también clases a grupos de la tercera edad. Maya Wajsfeld relata sus recuerdos con una voz fuerte, clara y la seguridad de que la memoria tiene un valor único.
Veracruz no era el paraíso
Mi padre se llamaba Rajmil Wajsfeld y le decían Javer (compañero en idish) Román. A los 21 años decidió que ya no aguantaba estar en Polonia y se fue de ilegal a Alemania y luego a Francia. Estando ya legal en Francia se llevó a mi mamá, él era contador y ella no terminaba la carrera. Se fueron a vivir juntos, algo que ya se daba entonces entre parejas socialistas, porque sabían que era para toda la vida. Claro que no hicieron jupe (boda ritual judía) porque eran antirreligiosos. Mi papá hasta el último día de la vida adoró a Francia. Trabajaba en las galerías Lafayette y era de los pocos que tenían un sueldo fijo. Y mi mamá era empleada en una fábrica de bolsas, que creo era de un paisano judío al que alguna vez me presentaron, y que vino a México en tiempos de la guerra.
En México mi padre tuvo que ser patrón, lo cual nunca le conformó, sentía que traicionaba sus ideales. Estando en Polonia se afilió al Bund, que también estaba en Francia. Ahí había skif (organización para niños bundistas) y campamentos. Ambos Cuando llegamos a México -yo tenía entonces cinco años-, nunca en la vida se me va a olvidar la cara de papá al llegar a Veracruz. Se volteó, fue a buscar al capitán y le dijo: Señor, nosotros, yo tengo boletos para México, esto no es México. fueron siempre bundistas de hueso colorado, una cosa exagerada. Casi podría yo decir que mi papá era un fanático del Bund. Pero en México no existían las condiciones que había en Europa y decidió emigrar para poder mantener a la familia. Cuando su amigo Jezior le mandó los papeles, mi papá dijo ¡México mira, qué maravilla! y se fue a la embajada en París a pedirle al embajador todo lo que tuviera sobre México. Él quería saber geografía, cómo era el país, su clima, la historia… Quería llegar sabiéndolo todo, porque se conocía poco. Se sabía de Estados Unidos, que era el país dorado. El embajador se le quedó viendo, y buscó y buscó. No tenía nada que darle. Lo único que encontró fue la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Si tú la lees es una de las más avanzadas del mundo. Papá la leyó y le dijo a mamá: Rivkele, por todo lo que nosotros estamos luchando acá, ya lo tienen en México, las ocho horas de trabajo para el trabajador y el sueldo.
Y cuando llegamos a México –yo tenía entonces cinco años–, nunca en la vida se me va a olvidar la cara de papá al llegar a Veracruz. Se volteó, fue a buscar al capitán y le dijo: Señor, nosotros, yo tengo boletos para México, esto no es México. Y el capitán le dijo: Sí señor, este es el puerto de Veracruz, esta es la entrada a México, al país, ahora se tiene usted que ir a la capital, a México, al Distrito Federal. Mi papá no podía creer. Policías, haz de cuenta Cantinflas, descalzos. Se veía una pobreza que mi papá no entendía. Él creyó que lo que había leído en el librito, eso era. Nunca, y entonces tenía él 37 años cuando llegamos, se recuperó del shock. Nunca, digamos, fue verdaderamente feliz en México.
Llegamos en 1936. Él cortaba chamarras de piel y mi mamá las cosía. Terminaba seis y veníamos dizque a trabajar para un señor Krumholz que firmó por muchos paisanos. Sé que tenía una tienda en la calle de Tacuba y luego yo tuve compañeros Krumholz en la escuela y todo, a lo mejor era alguno de ellos, a lo mejor era Emilio, el que fundó el deportivo. No sé exactamente cuál era de los Krumholz, pero él firmaba papeles por todos los que llegaron a trabajar con él. Porque nuestras visas eran de turistas, no estábamos legales en el país, no teníamos derecho a trabajar. Por entonces se tardaba cinco años en adquirir la ciudadanía mexicana y tener todos los derechos, entonces a mi papá cuando ya pasaron los cinco años y podía empezar todos los trámites ya se le permitió comprar una tienda a su nombre y trabajarla. Tenía trabajadoras, eran varias hermanas que sacaban las chamarras cortadas, cosían a domicilio, se las traían a mi papá ya hechas y les pagaba. Pero nunca estableció un taller ni nada.
Una de ellas le pidió trabajo para sus hijos, entonces papá le dijo: Yo le doy trabajo a tus hijos, les enseño a cortar chamarras, a hacer los paquetes, de acuerdo, pero con una condición: que trabajen conmigo medio día, que escojan en la mañana o en la tarde, como quieran, y que terminen una carrera, si no, no pueden trabajar conmigo. La condición para entrar a trabajar es que tienen que estudiar una carrera. Yo me crie con ellos. Uno es un contador reconocido, y el otro terminó de doctor y es jefe de cirugía del Hospital General. Hicieron una carrera y siempre se lo agradecieron a mi papá porque él los obligó a estudiar.
Así eran mi papá y mi mamá. Los dos eran bien fanáticos del socialismo, pero por otro lado eran puro corazón. Él no pudo ser trabajador en México porque ser trabajador aquí implicaba que te morías de hambre. Hasta la fecha es preferible ser patrón. Hay otros países donde ser trabajador es lo mejor, para qué quieres todos los problemas del patrón. Así él sintió que había realizado lo que es el socialismo, les dio las oportunidades a los dos hijos de su empleada, ambos llegaron a ser famosos. Tienen mi edad y con hijos ya grandes. El doctor tiene dos hijas con carreras, son brillantes.
Cuando llegamos a México vivíamos en el centro, en un departamentito, yo tenía mi recámara y en la otra estaba el taller. Mamá y mi papá dormían en la sala comedor. Tenían un sofá que en la noche se hacía cama y un ropero para su ropa. Papá cortaba, y mientras mamá cosía las seis chamarras que había cortado, él salía a vender las seis que ya habían terminado. Compraba la piel a sus paisanos y se movía en ese ambiente. Cada año nos cambiábamos de departamento, porque papá tenía mucho miedo de que el portero o alguno de los vecinos dijera que estaba trabajando en la casa. Éramos como los ilegales, como sufren ahorita los ilegales. No sé si todos vivieron así, pero esa fue mi vida. Y no recuerdo que nos haya faltado comida, para nada. Recuerdo un ambiente en mi casa sumamente sano en el que se hablaba de todo abiertamente y yo siempre tenía que participar desde los seis años.
Ser Judío
Cuando cumplí siete años me metieron a un colegio de gobierno. Vivíamos en el centro y la escuela estaba en la calle Arcos de Belén. El caso es que mi mamá me llevaba a la esquina, vivíamos entonces en la calle de Puente de Alvarado, donde estaba uno de los edificios de la Lotería Nacional, que luego se cambió a otro lado. En la esquina me recogía mi maestra de primer año de primaria, creo que nunca la voy a olvidar, y ella me llevaba en el camión. Y ya cuando salía, papá iba por mí. Luego él entró a trabajar de voluntario en el Patronato del Colegio Israelita de México (primer colegio judío en México), que estaba en San Lorenzo, y le preguntaron a qué colegio iba y por qué no iba allí. Porque apenas llegué hace poco de Europa y no tengo, les dijo. ¿Cuánto puede pagar al mes? Pues diez pesos, contestó. El año que entra su hija viene acá, le dijeron. Y sí, así entré al Colegio Israelita de México, a segundo de primaria muy bien preparada, yo sabía idish perfecto.
Viví primero en una calle que se llama el Callejón de Tarasquillo, en pleno centro. Es la salida de emergencia del cine Alameda. Mis domingos eran en la Alameda, enfrente. No sé si exista todavía. Debería echarme una vuelta, ir al Museo de Memoria y Tolerancia y de pasada ver. Luego nos cambiamos a Puente de Alvarado, a la calle de Venezuela, que era enfrente del Teatro del Pueblo y del mercado, que todavía existe. Y luego nos fuimos a la calle Bolivia. Cuando tenía trece años nos salimos del centro.
Recuerdo que estaba en la ventana de mi recámara y veía una casa donde vivían unas chicas mexicanas y nos hablábamos desde la ventana, como niñas. Una vez me invitaron a ir a la matiné del cine Alameda porque entrábamos gratis. Ahí me eché toda la serie del Llanero Solitario. Eran divinas las matinés. Estaba Carlos Amador de variedad. Era fabuloso, ¿nunca has visto el cine Alameda por dentro? Bueno, es precioso, no sé que hay ahora, a lo mejor nada más está cerrado y pudriéndose.
Entre matiné y matiné empezaron a llevarme a misa, y el cura ya me iba a bautizar. Una vez que estaba entrando a la iglesia que estaba en la calle de Hidalgo, donde está el Museo Franz Mayer, me vieron unos amigos de mis papás y se lo dijeron. Él siempre preguntaba: ¿Por qué siempre te tienes que ir tan temprano? Si empieza la matiné a las once o a las doce, ¿qué te tienes que ir a las ocho de la mañana? Y yo nunca les dije por qué.
Un domingo me dijo que tenía que platicar conmigo. Él nunca me pegó. Yo decía de chica: ¿Por qué mi papá no es como todos los papás, dan un golpe y se acabó? Te pegan y ya. Mi papá se ponía a hablar y hablar. Nunca supe lo que era, una sola vez me pegaron, pero me lo merecía. Me empezó a preguntar: Dime la verdad, Mary y Jake te vieron. Entonces dije: Sí, papá, y la semana que entra ya me voy a bautizar. ¿Qué es eso?, me dijo. Pues ya me voy a volver cristiana. Qué interesante, y ¿qué diferencia hay entre cristianos y judíos? Y yo pensé, Dios de mi vida, ahí viene la cátedra. Bueno, total, me explicó y le enseñé todas las fotos que me habían dado ellas, de santos, de ángeles, de todo. Y me pregunta papá: ¿Qué les diste tú a cambio? Dije: Yo les doy por cada una de estas estampitas, les doy oritos, de los chocolates. Me dice: imagínate un Dios que lo que quiere son oritos.
Y poco a poco platicando conmigo me hizo ver que no tenía yo por qué renunciar a lo que soy. Y ahí se acabó y hablaron con los padres de las chamacas. Y pobres chamacas, las regañaron muchísimo porque, ¿con qué derecho ellas hacían una cosa así, si yo era judía? Y se me acabaron las matinés.
¿Qué hacía a mis papás judíos? En primeras, el pertenecer al pueblo judío. Naciste judío y eres judío, se acabó. No importa, así te conviertas sigues siendo y la cultura judía, el idish, el orgullo de ser judío, eso los hacía judíos, y yo nunca puse en duda de lo que soy. El Colegio Israelita de México era un colegio laico y en aquellos tiempos, los tiempos de Cárdenas, tú no podías cerrar una escuela por razones religiosas. Es decir, en Rosh Hashaná (Año Nuevo judío) y Yom Kipur (Día del Perdón, el más importante del calendario ritual judío) si los camiones no circulaban te podían cerrar la escuela. Entonces los camiones circulaban, que los maestros, los maestros de español venían, a mí me mandaban a la escuela, yo iba y había todo un grupo de niños que iban. No era yo la única. Había muchos papás a los que la religión no les interesaba y para ellos esto era una Cesta religiosa. La pasaba muy bien, jugábamos y salíamos más temprano.
En tren a la casa de Berliner
Para papá ser bundista en México se hizo un conflicto muy grande porque aquí era patrón, y él no podía con eso. Sintió mucha presión y te digo, él trataba de ser bundista, es decir, muy justo con sus trabajadores. Siempre les dio, desde que se creó, seguro social. Los trataba como verdaderamente seres humanos, no eran trabajador y patrón. No sabía cómo ser patrón. Mamá traía comida a la tienda y traía para el cortador, ¿cómo se va a sentar ella a comer y otros no? Los que estaban comían, todos. Donde comen dos, comen tres.
Mi casa fue el refugio de todos los que escaparon de (Francisco) Franco y una gran cantidad de españoles, entre ellos Julián Gorkin, que era casi pensionado en mi casa junto a su esposa francesa y su hijo que murió hace poco. Esa era mi familia, Víctor Serge, su hijo Vlady. Había un tipo, Enrique, que nunca supe su apellido, que siempre que llegaba, todos se sentaban a la mesa. Nunca se jugó baraja ni nada de eso, todo era hablar.
Se sentaban todos a discutir y él se sentaba con los niños, nos empezaba a contar historias, tipo alto, yo lo veía muy alto, flaco. Luego, por ejemplo, en mis domingos, agarrábamos un trenecito y nos íbamos derecho hasta llegar al pueblo de Tacuba, que ahora ya es parte de la ciudad. La calle se llama México-Tacuba y ahí llegábamos a la casa del señor Isaac Berliner, escritor, poeta, que escribió el famoso libro La ciudad de los palacios. Lo escribió en idish. Y ahí se reunían, era una vecindad en Tacuba… ahí conocí a Diego Rivera, a Frida Kahlo, a un montón de intelectuales.
