El jarabe tapatío

El jarabe tapatío

Adriana Catarí Castillo Morales
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

Hijo de la seguidilla y el fandango, danzas zapateadas que trajeron los españoles, en algún momento llegó a estar prohibido y fue considerado obsceno. Pero rápidamente comenzó a popularizarse en Jalisco donde tomó mayor fuerza durante el primer tercio del siglo XIX. Si en la etapa independentista del país el jarabe sirvió como identificador de la identidad, hoy es un símbolo de la tradición musical mexicana.

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Charro y china poblana bailan el jarabe tapatío, ca. 1920. Archivo Casasola, inv. 114637. SSINAFO, CONACULTA-INAH-MÉX.
Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia

Uno de los elementos más recurrentes en las creaciones vernáculas mexicanas es el azúcar y sus derivados. El jarabe tapatío recibió su nombre debido a la relación con este producto de la naturaleza y le hace gran honor porque este bello baile representa un festín para los sentidos del espectador. Actualmente constituye un estereotipo de la nación mexicana gracias al cuadro de características que presenta y que definen el ser mexicano ante la mirada del foráneo. En el cuadro se aprecian dos personajes típicos del folclore nacional: la china y el charro, que  con sus motivos y colores patrióticos realzan el sentir nacional. Con el tiempo el jarabe tapatío fue empleado como un símbolo nacionalista, convirtiéndose en una referencia del carácter festivo mexicano.

Fue así que en el bello estado de Jalisco surgió este baile tan particular que desde los principios del siglo XIX sirvió para identificar a las culturas criolla y mestiza que habrían de devenir la mexicana. A pesar de no ser el único jarabe dentro del saber popular, el tapatío llegó a ser el más representativo de todos pues tanto música como baile y personajes hablan del folclore nacional de una manera única. Sin embargo, antes de llegar a formarse como tal, tuvo lugar un proceso de asimilación de algunas danzas zapateadas y del mismo género en nuestro territorio. De manera que se entiende que el jarabe jalisciense fue parte de una evolución de otros modos bailables y musicales, mismos que veremos a continuación.

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Manuel Serrano, El jarabe, 1858, óleo sobre tela. Museo Nacional de Historia. CONACULTA-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia

Los principios

El género del jarabe surgió como un derivado de las danzas zapateadas españolas, como la seguidilla y el fandango. Los albores de estas danzas datan del siglo XVI cuando fueron traídas al territorio americano por los colonizadores. Con el tiempo, las clases media y baja de la sociedad novohispana las adoptaron debido a su alegre música así como a las coplas y versos que develaban mucho ingenio y picardía. Con la adopción de estos bailables españoles se dio también su incorporación a la tradición popular y sufrieron modificaciones, de manera que para finales del siglo XVIII comenzaron a surgir nuevas composiciones de este estilo en el pueblo, las cuales pasó a denominar como jarabe.

Los primeros jarabes de los que  se sabe y que son considerados los antecedentes del tapatío son los mencionados en los documentos del Santo Oficio por haber sido denunciados ante esta autoridad debido a su obscenidad tanto lírica como coreográfica. Y es que debe tomarse en cuenta que el ritmo de la música invitaba a que el baile estuviera compuesto por movimientos muy marcados, además de que esta cuestión atendía a la tradición de los zapateados españoles. Las prohibiciones continuaron hasta principios del siglo XIX cuando las denuncias ya hacían referencia a diversos jarabes de los que el pueblo gozaba y entre los cuales los más conocidos eran el jarabe gatuno y el pan de jarabe. Del primero se extrae un verso que dice así:

Veinte reales he de dar
Contados uno por uno,
Sólo por verte bailar
El jarabito gatuno.

Aunque disponía de elementos españoles, estos primeros jarabes también incorporaron rasgos de la cultura musical vernácula de la tierra mexicana. La combinación entre la técnica zapateada española y el sentir autóctono del pueblo dieron pauta a que el jarabe surgiera como un producto único que identificó a una nueva cultura, nombrando como jarabes a una gran variedad de sones que emanaron de sus tradiciones y costumbres, haciendo referencia a elementos en común con su cotidianidad. A partir de este periodo, y sobre todo durante el primer tercio del siglo xix, el jarabe experimentó un gran auge, especialmente en la región de Jalisco donde floreció en todo su esplendor. 

Así como las danzas españolas, los jarabes eran sones, aires o canciones que contaban cada uno con música y letra, pero que compartían la forma dancística. Sin embargo, con la difusión del género a partir del siglo xix se modificaron hasta llegar a ser una serie de sones, los cuales se agruparon en una sola pieza musical, pero que conservaron sus letras y desarrollaron una coreografía individual. En este sentido, se puede hablar del jarabe en su forma simple o como un bien llamado popurrí. De esta segunda forma surgió el jarabe tapatío, el cual combinó varios sones que llegaron a agruparse de un modo bien definido, tanto en el orden como en su parte bailable, letra y música. 

De cuna jalisciense 

El hecho de que el jarabe tapatío se haya convertido en el jarabe de mayor difusión resulta una suerte de combinación de factores que merecen ser explicados. Con la difusión del género, este se convirtió en un elemento musical y coreográfico tan popular que aglomeró varias cualidades que caracterizaban al pueblo mexicano. No es sólo que este jarabe jalisciense en particular haya sido el que sirvió como manifestación de las identidades criollas y mestizas, pero sí el que las expresó de mejor manera. 

Desde que comenzaron a surgir los distintos jarabes en su forma simple a finales del siglo xviii, en Jalisco proliferaron estas composiciones. Una de las más sobresalientes de este estado fue el llamado jarabe jalisciense y más tarde, cuando el género comenzó a hacer referencia a un conjunto de sones, se le acuñó el apelativo de tapatío. Al respecto cabe señalar que el término tapatío siempre se ha usado para hablar de algo proveniente de Jalisco, es decir del occidente de México y particularmente la ciudad de Guadalajara. Esto tiene que ver con una acepción más profunda del mismo término, que explicaremos enseguida. 

Resulta ser que el término tapatío deriva de la palabra tapatiotl, proveniente de la lengua de los indígenas de Tonalá, quienes empleaban dicha palabra para referirse a su moneda, ya que estaba agrupada en tres unidades. De esta manera se explica que el término haya sido usado en la época prehispánica para hacer referencia a agrupaciones de cosas de tres elementos o más. Por ejemplo, en Guadalajara las tortillas de maíz se vendían en porciones de tres, recibiendo el nombre de tapatíos. Así, tapatío en Guadalajara, era sinónimo de tres tortillas. 

Con estas referencias se puede decir que el término tapatío se le acuñó al jarabe de Jalisco debido a que apunta a la característica de popurrí que se observó en su contenido desde principios del siglo xix. Recordemos entonces que se formó desde ese momento de varios sones y aires y, por lo tanto, de varias partes en su ejecución bailable y cantable. Entre estas diversas partes se destacaron tres: el sonecito inicial, el atole y la diana. En sus inicios el jarabe tapatío estaba compuesto de cinco temas principalmente y se trataba de: El atole, Los enanos, El perico, La diana y El palomo. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, este orden fue alterado y aumentado hasta llegar a constituirse en una serie de 19 sones y aires de jarabe. Estaban acomodados en cierto orden y algunos se repetían en su ejecución. Algunos de los sones que entonces lo compusieron fueron: El carbonero, El sombrero ancho, El ahualuco, La malhora, La güitacocha, El romerito, El limoncito, El borracho, entre otros. 

Coreografía compleja 

La gran mayoría de estos sones y aires que compusieron al jarabe tapatío designaron con su propio nombre los diferentes pasos o pisadas que se efectuaban en la coreografía del conjunto musical. De esta manera, observamos lo que apuntamos anteriormente: cada son tenía en sí una forma específica de bailarse y al momento de agruparse en el jarabe tapatío conservaron esta característica así como su lírica. Siguiendo esta línea, tenemos que este jarabe se llegó a componer de 30 pasos en su parte bailable a pesar de que entre cada son había descansos que permitían a los bailarines preparase para el siguiente. 

Los 30 pasos que constituyen la ejecución de la danza describen el bailable desde el inicio hasta el final y debemos señalar que los pasos revelan que el jarabe tapatío se formó desde el siglo XIX como un baile muy complejo, por lo que ha requerido de mucha práctica para su realización. Los bailarines deben poner mucha atención a su postura para lograr de buena manera la ejecución de la coreografía. De este modo resulta primordial que la parte superior del cuerpo del bailarín permanezca firme, mientras la parte inferior, que comprende las piernas y los pies, debe manejarse con gran soltura y habilidad pues en esta se lleva la complejidad del baile. 

Tal como sus antecesores, el jarabe tapatío se caracterizó por el zapateado y, para hacer que su sonido fuera más marcado, se usaba bailarlo encima de una tabla de madera puesta sobre un hoyo en la tierra, a manera de una caja de resonancia. Por esta razón se le conocía también como baile de tarima. Este aspecto lo dotó de una gran singularidad y lo hizo muy popular. De esta manera, podemos decir que uno de los elementos más importantes del jarabe tapatío son los bailarines, no sólo por la manera en que llevan a cabo la coreografía sino por lo que representan. 

Desde el surgimiento del jarabe tapatío dos de los personajes típicos de la tradición mexicana, el charro y la china, fueron identificados como los habilidosos bailarines. De esta manera muy pronto se les relacionó con el jarabe de Jalisco y formaron parte esencial de la danza. En primer lugar atendamos a que la china era considerada en el folclore como la “típica mujer mexicana”. Esta mujer es descrita de muy buena manera en Los mexicanos pintados por sí mismos, donde podemos apreciar que desde 1855, cuando fue publicado este libro, ya se la asociaba como bailadora de jarabes. Sin embargo, una de las características más importantes de la china era su atuendo: blusa blanca, rebozo de bolitas, falda retocada con vivos colores y lentejuela, peinada con trenzas y zapatos de raso que calzaban sus pequeños pies. 

Por otro lado, estaba el charro como complemento de la china y su pareja de baile en el jarabe tapatío. Era el hombre mexicano por excelencia, el ranchero. Su indumentaria era bastante simple a comparación de la china, aunque con el paso del tiempo, y especialmente durante el siglo XX, se le fueron añadiendo elementos que lo llevaron a ser un traje complejo y costoso. El traje original comprendía un pantalón ajustado, camisa blanca de manta, un ceñidor rojo y lo más importante, un sombrero de palma o fieltro. Aunque los vestuarios de ambos variaron según la época y la región, así como los describimos fue como se usaban en el estado de Jalisco desde principios del siglo XIX. 

Aunado al espectáculo visual que brindan los bailarines la música también aportó un elemento muy valioso del folclore mexicano al jarabe tapatío. Y es que en Jalisco este bailable lo acompañaba la música del mariachi, originario de este mismo estado. Los instrumentos que participaron desde antaño en la ejecución del jarabe fueron muy variados y obedecieron al proceso de formación del conjunto musical del mariachi. Sin embargo, los instrumentos más característicos fueron los siguientes: la guitarra, los violines y a veces un arpa; el tambor, las trompetas y en ocasiones un clarinete. 

Como tal, la música que compuso al jarabe tapatío desde principios del siglo xix está muy ligada a las composiciones líricas de los sones. De esta manera, la melodía siempre ha ido de la mano con la letra ingeniosa, invitando a que el baile se desarrolle con vivos movimientos y muy marcados. Los músicos del jarabe tapatío, además de ejecutantes, resultaron ser los intérpretes de los sones: cantando la gran mayoría a dos voces, haciendo el falsete, característico de los sones. 

En suma, el jarabe tapatío es un aglomerado de las virtudes artísticas mexicanas. Podemos observar que desde sus inicios en la época independiente sirvió como un elemento unificador del pueblo mexicano y no sólo identificó al folclore jalisciense pues al trascender popularmente a finales del siglo XIX y durante el XX, es actualmente un símbolo de la tradición mexicana a nivel nacional. A pesar de haber otros jarabes mexicanos emanados del saber popular, el tapatío es el preferido debido a la riqueza de elementos folclóricos que abraza en su realización. 

PARA SABER MÁS

  • Casanova, Martha Heredia y Ma. de la Paz Carrillo Barrios, Para bailar sones y jarabes, México, Universidad Autónoma de Guadalajara, 2006. 
  • Lavalle, Josefina, El jarabe… el jarabe ranchero o de Jalisco, México, INBA, 1988. 
  • Mendoza, Vicente T., Panorama de la música tradicional de México, México, IIE, 1956, p. 74 
  • Pareyón, Gabriel, Diccionario de la música en Jalisco, México, Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco, 2000, p. 141.