Ana Suárez
Instituto Mora
En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70.
Un crimen se ha cometido. La silla del caballo de la víctima tiene todas las pruebas. Los autores intelectuales y materiales no podrán escapar con facilidad.
La llegada
El sol enrojecía los cerros que rodeaban la Hacienda de las Ánimas, despidiendo el día. Un viento frío soplaba sobre los magueyales. En medio de una calma inquietante, un hombre montado en un caballo negro llegó al acceso principal. Era el detective al que la viuda de don Fernando Treviño, el poderoso empresario que controlaba el suministro de pulque a la capital, había mandado llamar.
Doña Clara, una mujer de apariencia frágil, lo aguardaba en la entrada. Llevaba un vestido negro y un velo que apenas dejaba ver unos ojos enrojecidos por el llanto. A su lado, Tomás, un sirviente viejo y encorvado, sostenía una lámpara de aceite.
–Señor Kelly, gracias por venir tan rápido –dijo doña Clara–. Cuento con usted. La muerte de mi esposo no sólo me ha dejado un gran vacío, sino que la sospecha del médico de que falleció por envenamiento me tiene muy angustiada.
Hijo de irlandés y mexicana, Daniel Kelly se había entrenado en la famosa agencia de detectives Pinkerton en Chicago, donde adquirió diversas y modernas habilidades de investigación. Ahora, en el crepúsculo campestre, asintió desmontando con suavidad, con un maletín de cuero entre las manos.
–Doña Clara, lamento mucho su pérdida –dijo–. Estoy aquí para ayudarla. No perdamos el tiempo. Lo primero es ver el lugar donde ocurrió el deceso.
La biblioteca
Era una habitación impresionante, con sus estanterías llenas de libros. El escritorio de caoba estaba cubierto de papeles, una pluma descansaba sobre un tintero y abierto, en el centro, se hallaba el volumen que el difunto había estado leyendo: El Príncipe de Nicolás Maquiavelo.
Daniel observó las páginas, notando que estaban subrayadas en varias partes. Esta, según la viuda, era una práctica que su marido seguía para reflexionar sobre las lecciones del autor.
–¿Quién más entra aquí? –preguntó Kelly.
–Sólo mis hijos, Tomás y yo –replicó doña Clara–. Mi marido se pasaba las horas leyendo. Ese libro fue obsequio de Peter Hargrove, su exsocio americano. Aunque no estaba muy contento con él, pues desconfiaba de sus malos manejos y por eso se separaron, no se atrevió a rechazarlo.
El detective registró el dato. Supo de Hargrove cuando vivió en Chicago. Su astucia y falta de escrúpulos eran conocidas.
Kelly decidió revisar El Príncipe con cuidado. Esa noche, a la luz de una lámpara de aceite, sacó del maletín la lupa de alta calidad que todo Pinkerton llevaba consigo. Sospechaba que las hojas pudieran haber sido envenenadas. Gracias a su examen del libro descubrió que no había sido así. El asesino no había recurrido a un método tan común. De ahí que, a la mañana siguiente, el detective se dedicara a buscar rastros tóxicos en la comida, en la bebida y hasta en las medicinas tomadas por el occiso. Pero tampoco encontró nada.
Las entrevistas
Kelly decidió entonces entrevistar a los deudos y sirvientes de la casa en pos de otra pista. Lo hizo de manera indirecta, hablando de la rutina diaria y las relaciones dentro de la familia. La primera fue doña Clara, quien le contó que la salud de su esposo se había deteriorado en las últimas semanas: perdió el apetito y sufría debilidad muscular y mucho dolor en las piernas.
El detective conversó luego con Felipe, un joven de aspecto serio que, a cargo ya de la hacienda, no ocultaba sus planes de transformarla.
–Felipe –dijo Kelly–, parece que tu padre estaba muy interesado en los libros que le enviaba míster Hargrove.
–Papá amaba la lectura –respondió el joven–. Pero El Príncipe no le agradó como obsequio. Hargrove es un hombre difícil y papá desconfiaba de sus intenciones.
Sus palabras sonaron evasivas, indicando un resentimiento profundo.
Kelly charló después con Mariana, una joven reservada de mirada melancólica. Aunque se mostró cauta, por ella se enteró de que don Fernando era muy duro con su único heredero, quien se había convertido en un joven amargado que parecía odiar a su progenitor. Días antes habían tenido una fuerte pelea por la gestión de la hacienda, pues Felipe quería explotar también los minerales que guardaba el subsuelo, mientras su padre se negaba a cualquier cambio.
El detective habló posteriormente con Tomás y los demás sirvientes. Supo por ellos que en las últimas semanas Felipe había recibido varias cartas y un paquete provenientes de Estados Unidos. Supo también que don Fernando se levantaba temprano cada mañana para montar a caballo. Una vez en el establo comenzaba su ritual. Primero revisaba la silla de montar. Observaba con detenimiento las correas para asegurarse de que estuvieran en perfectas condiciones y él mismo ajustaba los estribos y las espuelas.
Notó que el cuero de las riendas tenía un brillo extraño. Al revisarlas con la lupa pudo ver que estaban recubiertas de una sustancia extraña, apenas perceptible a la vista, que al ser frotada desprendía un olor a aceite rancio. Reconoció el talio, un veneno de acción retardada que no se conseguía con facilidad en México.
Era la pista que necesitaba. Supo que había hallado la causa de la muerte y también el método. El plan era sencillo: cada vez que don Fernando montase a caballo, el roce y el sudor de las manos facilitarían la acción de la sustancia letal, de manera que él se fuese enfermando y finalmente muriera sin levantar dudas. Dado que los arreos eran sólo suyos, nadie más estaba expuesto. Aunque lo que el asesino no previó fueron las sospechas del médico.
Tocaba ahora conseguir que el culpable reconociera su crimen.
El careo
Con la evidencia en la mano y la deducción casi completa, Kelly decidió confrontar a Felipe. Lo llamó a su habitación, donde lo invitó a mirar sobre la mesa.
–¿Los reconoces? –preguntó sin mayor rodeo.
–Sí –replicó el joven–. Son los arreos de mi padre. Nadie más que él los usaba, y nos tenía terminantemente prohibido que siquiera los tocáramos.
–Lo sé. Lo que no entiendo es cómo don Fernando terminó envenenado por tocarlos. A menos que alguien con acceso al establo los impregnara con un veneno que se absorbe despacio a través de la piel y que es casi imposible de conseguir en México. Alguien que pretendió asegurarse de que nadie pudiera identificar fácilmente el método del asesinato.
Felipe dio un paso atrás, el rostro cada vez más pálido, el sudor cada vez más copioso.
–¿Qué insinúa, señor Kelly? –musitó.
–Digo que el asesinato sólo pudo cometerlo alguien que conociera bien a tu padre y supiese de sus hábitos y rutinas. Creo que Hargrove proporcionó los medios, pero que el crimen fue llevado a cabo por alguien de esta casa.
Felipe trató de mantener la compostura e intentó negar las acusaciones. Sin embargo, al verse acorralado por la lógica implacable y las evidencias presentadas por el detective, confesó que impulsado por el odio a su padre, por la ambición y por las promesas de Hargrove de ayudarlo a convertir la hacienda en un gran negocio había envenenado las riendas con la sustancia que aquel le envió, convenciéndolo de que era imposible de detectar.
La madre
Una vez resuelto el caso, Kelly informó a doña Clara sobre el triste fruto de sus pesquisas. La viuda resultó ser menos frágil de lo que había aparentado en un inicio, mostrando un gran temple y agradeciendo al detective que hubiera descubierto la verdad por penosa que fuera. Sin embargo, después de meditarlo unos momentos, le pidió que le diera un poco de tiempo antes de presentar la denuncia ante las autoridades correspondientes.
Kelly frunció el ceño, consciente de que las emociones podían ser una trampa peligrosa en una investigación.
–¿Por qué, doña Clara? –preguntó con seriedad–. Su hijo es culpable y yo no puedo retrasar la justicia.
–Lo sé –respondió ella–. Pero permítame decirle esto: hay más en esta historia de lo que parece. Felipe no actuó solo y si lo entrega ahora el principal responsable quedará libre.
El detective entrecerró los ojos. Había algo en el tono de doña Clara que le indicaba que no mentía.
–¿De qué habla? –inquirió.
–De míster Hargrove –respondió la viuda, para entonces comenzar a relatar una historia que Kelly desconocía.
Luego de la ruptura de su sociedad con don Fernando, el norteamericano había seguido en contacto con Felipe, alimentando su odio y su ambición. Fue él quien le suministró el veneno y le prometió que, tan pronto como estuviera a cargo de la hacienda, explotarían juntos los ricos minerales allí depositados y harían una fortuna incalculable.
–Si detiene ahora a mi hijo –añadió doña Clara–, míster Hargrove lo sabrá y desaparecerá sin que pueda ser arrestado. Deme unos días. Sé que se encuentra en la capital, donde tengo contactos que le impedirán escapar.
El detective la escuchó en silencio, a sabiendas de que la decisión que tomara en ese instante afectaría el destino de muchos. En sus manos estaba entregar a Felipe, pero la mera idea de que un hombre como Hargrove quedara libre le parecía intolerable. Finalmente accedió. Sabía que el tiempo que daba a la viuda podría significar la diferencia entre justicia completa o incompleta.
–Tres días, doña Clara –señaló, categórico–. Ni uno más.
La justicia
Consciente de que el tiempo corría en su contra, la viuda puso manos a la obra. Sabía que de no encontrar una solución rápida, Felipe sería arrestado. Con su mente trabajando a toda velocidad, pronto urdió un plan para salvarlo.
Esa misma noche llamó a su hijo a la biblioteca.
–Has cometido un crimen imperdonable –le dijo con voz firme–. Pero temo que seas juzgado y seguramente condenado. Debes salir del país antes de que sea demasiado tarde.
Felipe, que miraba a su madre con desesperación, asintió sin decir nada. La mera idea de enfrentar a la justicia lo aterrorizaba.
Doña Clara aprovechó sus contactos en la capital para conseguir un pasaporte falso e hizo los arreglos necesarios para que Felipe cruzara la frontera sin dejar rastro. El plan era que su hijo se refugiase en el rancho de un amigo en Texas, donde podrían ocultarlo mientras la situación se calmaba. Sin embargo, el problema no era tanto salir del país sino hacerlo sin despertar las sospechas de Kelly, que ejercía una vigilancia discreta y recelaría de cualquier movimiento inusual.
Durante los dos días que siguieron, doña Clara trabajó sin descanso en la organización del escape. Mientras tanto conversaba con Kelly, a quien trataba de dar la impresión de que estaba cooperando. El tercer día por la noche puso unas gotas de láudano en la copa de vino con que el detective acompañó su cena. Cuando este dormía profundamente, Felipe salió en silencio de la hacienda. Disfrazado de peón y escondido en una carreta, fue trasladado a la estación más cercana del ferrocarril que lo llevó a la frontera. Allí, sin mayor obstáculo, cruzó a Estados Unidos y llegó a salvo a su destino.
Doña Clara permaneció en la hacienda, dispuesta a enfrentar las consecuencias. Pero cuando Kelly despertó a la mañana siguiente y descubrió que Felipe había desaparecido, no pudo hacer nada. Aunque presentía que su madre había planeado el escape, carecía de pruebas para acusarla directamente. Ella, por su parte, sabía que viviría con la duda de si había hecho lo correcto, pero en el fondo no se arrepentía de haber protegido a su hijo.
Finalmente, Daniel Kelly montó en su caballo y dijo adiós a la Hacienda de las Ánimas. Mientras el alba se asomaba con timidez detrás de los cerros, tiñendo el horizonte de rojo y oro, pensó que la lección aprendida era que nada, ni siquiera la justicia, podía oponerse a la decisión de una madre.
