Octavio Paz.
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.
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Octavio Paz recuerda, en una carta, sus tiempos de niño y adolescente por las calles de Mixcoac. Casas del siglo XIX, un río fétido, visitas con su abuelo Irineo, el tranvía en el que preparaba sus clases y leía novelas o tratados de filosofía, los colegios Williams y LaSalle, el lugar donde supo de la poesía y el entusiasmo. Ya adulto recorrió nuevamente aquellas calles, pero descubrió un mundo irremediablemente ajeno.
México, a 9 de mayo de 1989.
Señora Alejandra Moreno Toscano.
Querida Alejandra:

Al final de esta carta encontrarás los breves poemas -en realidad, estrofas sueltas- que hubieran podido figurar, a manera de inscripciones, en las puertas y en algún muro del pequeño jardín que, a iniciativa tuya, las autoridades de la ciudad proyectan trazar en un terreno baldío del antiguo Mixcoac. Lo llamo antiguo porque esa localidad existe desde la época prehispánica. Yo no nací en Mixcoac, pero allá viví durante toda mi niñez y buena parte de mi juventud, salvo un año y medio que pasé en Los Ángeles (mi padre fue desterrado político y buscó asilo en los Estados Unidos). Apenas tenía unos doce meses de edad cuando los azares de la revolución nos obligaron a dejar la ciudad de México; mi padre se unió, en el sur, al movimiento de Zapata, con Antonio Díaz Soto y Gama y otros jóvenes, mientras mi madre se refugió, conmigo, en Mixcoac, en la vieja casa de mi abuelo paterno. Llegué en 1914 y no me moví de allí sino hasta 1937, año de mi primera salida de México: casi un tercio de mi vida. Por esto, cuando me comunicaste tu idea y me pediste mi colaboración, acepté conmovido. Sin embargo, acabo de visitar la ruidosa desolación que ustedes intentan convertir en un jardín y regreso desalentado. Mi decepción ante ese terrain vague se volvió abatimiento cuando recorrí la cercana rotonda con la estatua de cemento del Manco de Celaya, rodeada de una maltrecha tribu de fresnos y pinos. Aunque les costará trabajo, tal vez ustedes lograrán humanizar un poco ese páramo asolado por el martilleo y el tableteo de los autos. Pero me parece imposible que el futuro jardín llegue a ser ese reciento tranquilo y un poco apartado que evocan mis versos. Es un lugar condenado al ruido. Además, te lo confieso, no quiero ser intruso. No sí si me fui o me echaron: sí que ya no soy de allí. Pienso en el barrio que hoy he recorrido y en el de mi niñez y mi adolescencia: ¿en qué se parecen? Y me digo: ha sido peor que una destrucción una degradación.

La calle de Goya, que es la prolongación del predio que ustedes quieren transformar en jardín, se llamaba la calle de las Flores. árboles corpulentos y casas severas, un poco tristes. Animaban la soledad de la calle el blanco Colegio de las Teresianas y, a la hora de entrada y salida de las clases, los blancos uniformes de las muchachas. Voces de mujeres y piar de pájaros, revoloteo de alas y de faldas. Casi al final, la casa de los G. (hoy es una oficina pública). Eran amigos de mi familia y a veces yo acompañaba a mi abuelo en sus visitas. Se abría el portón y entrábamos en un vestíbulo amplio y un poco obscuro; nos recibía un moro de turbante y cimitarra (imposible no pensar en Venecia y el séquito de Otelo), en lo alto de la diestra una lámpara en forma de antorcha, pero el foco estaba casi siempre fundido- y que señalaba el camino. Recuerdo un corredor de altas macetas, flores blancas y rosadas (¿camelias?), un piso de ladrillo rojo y, separado por una pequeña balaustrada, un patio con limoneros y naranjos. En la sala de azules desvaídos nos esperaba la dueña de la casa, una vieja señora acompañada por algún pariente. A veces la conversación se interrumpía por la llegada de Manuelito, un sesentón hijo o sobrino de la señora de la casa, en el pecho la banda tricolor. Se acercaba con deferencia a mi abuelo, lo invitaba a la ceremonia de su inminente toma de posesión como Presidente de la República y le pedía consejo sobre la composición de su futuro gabinete. Nadie daba muestras de extrañeza y al poco tiempo la conversación continuaba.
La calle de las Flores era digna sin ostentación. Su vecina, la calle de la Campana, era ancha y como ufana de su prestancia. No había sido trazada a cordel y avanzaba entre curvas y rodeos, no porque titubease o estuviese insegura de su dirección sino porque quería recorrerse paso a paso para contemplarse mejor. Era la mejor calle de Mixcoac. Casas sólidas de comienzos del siglo XIX. Muchas tenían ventanas de cuerpo entero, rejas a la andaluza, visillos blancos y persianas de madera. Desde la calle se vislumbraban habitaciones altas, solitarias y en penumbras. Reserva hispanoárabe: la verdadera vida bullía en el interior de la casa. Muros fuertes de color ocre, jardines espaciosos y sombríos, vuelos de muchos pájaros, los ladridos de algún perro de raza y sobre las altas tapias el océano ondulante de los follajes. Cielos azules, verdes intensos y la blancura luminosa de las nubes. La calle de la Campana se unía, al final, con el río Mixcoac. Un puentecillo de piedra, niños harapientos y perros flacos. El río era un hilo de agua negruzca y fétida, un arroyo seco la mitad del año. Lo redimían los eucaliptos de sus orillas. Años después lo cegaron y derribaron aquellos arboles venerables.
La calle de la Campana y el río desembocaban en la estación de los tranvías. Una explanada sin carácter pero, de nuevo, redimida por los árboles. De Tacubaya a Mixcoac los trenes corrían sobre un terraplén. Las dos vías estaban bordeadas por dos hileras de altos fresnos, un túnel verde, iluminado en la noche por las chispas eléctricas de los troles. Los tranvías eran enormes, cómodos y amarillos. Los de segunda clase olían a verduras y frutas; los agricultores transportaban en huacales sus mercancías a San Juan y a La Merced. Los tranvías iban, hacia el norte, a México y, hacia el sur, a San Ángel y el remoto Tizapán de resonancias zapatistas. Tardaban 50 minutos de Mixcoac al Zócalo. Mientras fui estudiante – más de diez años- viajé en esos tranvías cuatro veces al día: en ellos preparé mis clases y leí novelas, poemas, tratados de filosofía y folletos políticos. En la estación había un puesto de periódicos, algunos comercios y una cantina. Nos prohibían la entrada a los menores y yo escuchaba, desde la puerta, las risotadas y el ruido de las fichas de dominó al rodar por las mesas. Cerca, una panadería albeante y, entrevistas un instante entre una puerta y un mostrador, las albeantes hijas del panadero asturiano. Eran pan, manzanas y queso en un mantel sobre un prado: nostalgia de la sidra, la gaita y el tambor. Al otro lado de la explanada, el edificio del mercado, algarabía de colores y voces, confusión mareante de olores y sudores. Bajo el gran sol del antiplano fermentan los hombres, las substancias, las pasiones, los siglos. Pero, al doblar la esquina, ¡ah, la nieve de limón!
Cerca de la estación de los tranvías estaba la escuela primaria oficial para varones (todavía existe). Una construcción digna, un poco triste, de muros espesos y grandes ventanales. Desarbolada pero con buenas canchas de basquetbol. Yo era aficionado a ese juego y por esto trabé amistad con muchachos de esa escuela. En aquella época, al contrario de lo que ocurre ahora, las instituciones educativas del gobierno gozaban de gran prestigio y aquel colegio rivalizaba con los dos privados, el francés de los hermanos de Lasalle (El Zacatito) y el Williams, inglés. Su director, un profesor Santamaría, era nuestro vecino. Excelente persona y buen maestro. Cuando estudiaba el tercer año de secundaria tuve dificultades con la Física, tomé lecciones particulares con él y salí airoso del examen. Es notable que en un perímetro relativamente pequeño, limitado por lo que hoy son las avenidas Revolución e Insurgentes, la Calzada de San Antonio y la Plaza de Mixcoac, hubiesen seis escuelas, tres de varones y tres de niñas, dos del gobierno, dos privadas católicas y dos privadas laicas.
Hacia Tacubaya, por la vía del tren, unos 1 000 metros más delante de la escuela oficial, se llegaba a las soberbias villas de ladrillo rojo de los Limantour, inesperada aparición de la campiña inglesa en la meseta mexicana. Esas residencias se habían transformado en colegios: el Williams de varones y el Bartin de señoritas. En el Williams terminé la primaria. Los profesores eran ingleses y mexicanos. Se cultivaba el cuerpo pero con energía y combate. Una educación destinada a producir inteligentes y activos animales de presa. Se exaltaban las virtudes viriles: la tenacidad, el valor, la lealtad y la agresividad. Mucha aritmética, geometría y geografía aunque sin descuidar al lenguaje. No las reglas ni la teoría: la práctica. Nos enseñaban a usarlo como un utensilio o un arma, una prolongación de la mano. Paradojas de la moral inglesa: gozábamos de gran libertad pero había un calabozo para los reincidentes y los castigos físicos no eran desconocidos. ¿Cuál era la religión del colegio? La familia Williams era anglicana, algunos de los profesores eran quizá católicos y otros protestantes (nunca lo supimos a ciencia cierta) pero lo que predominaba era un vago deísmo. En El Zacatito las creencias eran un asunto de la comunidad; en el Williams a private opinion. El edificio era hermoso aunque mal adaptado a las necesidades del colegio (a la inversa de El Zacatito). Por ejemplo, mi salón de clases estaba en lo que habían sido las caballerizas. La entrada era palaciega: un parque de amplias y elegantes proporciones, muchos árboles y, en el centro, una fuente. El conjunto era frío y correcto. El pabellón principal, en donde estaban las oficinas, el comedor de los alumnos y el de los profesores, la sala de visitas y el salón de actos, era una interpretación fantasiosa, pero agradable, del estilo Tudor. El colegio tenía campos de futbol y beisbol, duchas de agua helada y una sala de debates para los alumnos mayores. Estoicismo y democracia: el chorro de agua fría y la discusión en el ágora. En el colegio Williams me inicié (sin saberlo) en el método inductivo, aprendí inglés y un poco de boxeo pero, sobre todo, el arte de trepar por los árboles y el arte de quedarme solo, en una horqueta, escuchando a los pájaros. Cuarenta años más tarde descubrí, leyendo The Prelude, que Wordsworth había tenido experiencias semejantes en su niñez. Quizá la verdadera imaginación, a diferencia de la fantasía, consiste en ver la realidad de todos los días –con los ojos del primer día.
Adelante del Colegio Williams y siguiendo siempre la vía del tren, se llegaba a una extraña construcción morisca. ¡La Alhambra en Mixcoac! Parecía transportada por uno de los genios de los cuentos árabes. Aquella fantasía sarracena tenía un jardín frondoso y accidentado por el que corría, entre túneles, montañas, lagos y precipicios, un ferrocarril eléctrico que nos maravillaba. La casa morisca del licenciado Serralde ha sobrevivido a las injurias del progreso y todavía está en pie, aunque sus techos se han derrumbado y se ha caído una parte de la ornamentación árabe de los muros. (Creo que el término es ataurique.) El jardín es ahora un supermercado. Al lado de la mansión mudéjar, la cueva de los prodigios: cada jueves, día de asueto, abría sus puertas el cine y durante tres horas, con mis primos y primas, me reía con Delgadillo y saltaba con él desde un rascacielos, cabalgaba con Douglas Fairbanks, raptaba a la voluptuosa hija del sultán de Bagdad y lloraba con la huérfana de la aldea. Pasaron unos años y el ritmo cambió de día, lugar y divinidades: cumplí 15 años y cada domingo, en grande tenue de soupirant, como dice Nerval, me presentaba en el Cine Jardín, no para cortejar a una Jenny Colón de carne sino a unos bellos pero impalpables fantasmas.
Hacia abajo y por la misma calle estaba la Plazuela de San Juan. Frente a frente una iglesia diminuta del siglo XVII y dos casas grandes. Una era de los Gómez Farías, una construcción de fines del siglo XVII, vasta y de noble fachada; la otra casa era la de mi abuelo, afrancesada como toda la arquitectura mexicana de principios de siglo. Dos portales, un tendejón, una pulquería y, en la plaza, los infaltables y gigantescos fresnos. ¡Qué pequeña se veía la iglesia! Yo miraba con asombro sus cortezas rugosas y los tocaba con manos incrédulas: parecía de piedra. Eran tiempo petrificado pero que reverdecía en sus follajes. (¿Por qué López Velarde llamó “orondas” a esas copas cantantes?) En el sombrío jardín de nuestros vecinos, entre pinos, cedros y rosales, se levantaba un pequeño monumento –cubierto por una madreselva. Era la tumba de don Valentín Gómez Farías, prócer jacobino y autor de las primeras leyes en contra de la Iglesia. Por la violencia de sus opiniones anticlericales, la jerarquía eclesiástica le había negado sepultura en el pequeño cementerio de la vecina parroquia. La familia había decidido enterrarlo en el jardín de su casa y aunque todo esto había ocurrido un siglo antes, sus descendientes no habían movido sus restos, tal vez por fidelidad a su memoria. Las malas lenguas decían que guardaban la calavera en una alacena. Visité muchas veces esa casa pero nunca pude descubrir la misteriosa alacena.
La Plazuela de San Juan colindaba con unos llanos amarillentos, en los que sesteaban vacas abúlicas, burros resignados y mulas indómitas. Yo intenté montar una y fui ignominiosamente derribado y coceado. Había unos hoyos inmensos: Las “ladrilleras”, excavaciones hechas para extraer tierra y fabricar adobes. Las habitaban tribus de cavernícolas que nos producían terror. En realidad, eran trabajadores que vivían en aquellas hondonadas. Hoy las “ladrilleras” son un hermoso parque que lleva el nombre de un poeta delicado: Luis Urbina. Fue diseñado, si no me equivoco, por japoneses pero ahora lo han recargado inútilmente con reproducciones del arte prehispánico. Nupcias funestas de la manía didáctica y del furor nacionalista. Más allá, atravesando la calzada de Insurgentes, la grácil capilla de San Lorenzo –más para gorriones que para seres humanos– rodeada de las casas de los artesanos del barrio. Sobresalían los coheteros, poetas de los fuegos de artificio. Yo veía al maestro Pereira y a sus aprendices como a genios dueños del secreto de la transformación del fuego en colores, formas y figuras danzantes.
Frente a los llanos, allí donde terminaban las casas y comenzaban las “ladrilleras”, vivían Ifigenia y Elodio. Su casa, pequeñísima y casi colgada sobre una de las enormes hondonadas, era de adobe. El piso era de tierra. Pintada de azul y blanco, la rodeaba una cerca de magueyes y nopales espinosos. Tenía un patio; en el patio, un poco de agua potable y un pirú perennemente verde, rumoroso en los días de viento. En un costado, en unos cuantos metros, ondeaba un campo de maíz. Elodia e Ifigenia venían de las profundidades del Ajusco, la gran montaña que domina el sur del valle de México. Los dos volcanes son blancos y azules; el Ajusco es obscuro y rojizo: los dos tenían el color de su montaña. Indios viejos, hablaban todavía nahua y su español, salpicado de aztequismos y diminutivos, era dulce y cantante. Hacía muchos años, él había sido jardinero de mis abuelos y ella había dejado en nuestra casa una leyenda de cuentos y prodigios. Yo los veía como familia y ellos, que no habían tenido hijos, me trataban como a un nieto adoptivo. Elodio tenía una pierna de palo, como los piratas de los cuentos. Era reservado y cortés –salvo durante sus estrepitosas borracheras– y me enseñó a lanzar piedras con una honda. Con ella combatí en algunas furiosas batallas infantiles. También tiraba contra los pájaros; por fortuna nunca he tenido buena puntería. Ifigenia era lo contrario de su marido. Arrugada, sentenciosa, vivaz, niña vieja con un saber de siglos, fuente manando siempre maravillas, más que una abuela era una leyenda andante, un personaje de uno de sus cuentos. Era bruja y curandera, me contaba historias, me regalaba amuletos y escapularios, me hacía salmodiar conjuros contra los diablos, los fantasmas, las enfermedades, las malas ideas. Yo fui el último de sus protegidos; por su casa habían pasado antes mis primos y primas, mayores que yo. Ifigenia me inició en los misterios del temascal, el tradicional baño turco y al sauna finés. Pero el temascal no era sólo una práctica higiénica y un placer corporal: era un rito de comunicación con el agua, el fuego y las criaturas incorpóreas que engendran los vapores. Ifigenia me enseñó a frotarme con un “zacate” y con hierbas que ella cultivaba. Decía que el temascal no era un baño sino un renacimiento. Y era verdad: al salir del baño yo sentía que regresaba de un largo viaje al comienzo del tiempo. Viaje inmóvil, con los ojos cerrados pero despiertos los sentidos y el espíritu.
Ifigenia me abrió las puertas del mundo indio, celosamente cerradas por la educación moderna. ¿Qué relación tenía lo que ella me reveló con lo que me enseñaban en El Zacatito y después en el Colegio Williams? Sólo años más tarde descubrí que su nombre no era el de una divinidad azteca sino el de una desventurada muchacha griega. Además de este contacto directo con la tradición india todavía viva, tuve otros con su historia y con su pasado. En la biblioteca de mi abuelo hojeaba embelesado muchos libros de historia antigua de México, casi todos abundantemente ilustrados. No tardé en encontrar, en Mixcoac mismo, una de las estampas de los libros de mi abuelo. Una mañana de asueto, durante un paseo con mis primas y primos, por las afueras del pueblo, tropezamos con un montículo que nos pareció ser una diminuta pirámide. Regresamos alborozados y contamos nuestro hallazgo a los mayores. Sonrientes, movieron la cabeza: creyeron que se trataba de otra invención de María Luisa, una de mis primas, que había creado toda una mitología con unos seres misteriosos, no más grandes que las hormigas y que, según ella, habitaban en el interior del tronco y de las ramas de una higuera. Sin embargo, a los pocos días nos visitó el arqueólogo Manuel Gamio, uno de los fundadores de la moderna antropología mexicana y amigo antiguo de nuestra familia. Oyó sin inmutarse nuestro relato y esa misma tarde lo guiamos hacia el sitio de nuestro descubrimiento. Al ver el montículo –después ha sido identificado y reconstruido– nos explicó que probablemente era un santuario consagrado a Mixcoatl, la divinidad que dio nombre a nuestro pueblo antes de la conquista. Mixcoatl es un dios celeste y guerrero; aparece en los códices con el cuerpo pintado de azul obscuro con puntos blancos (las estrellas) y un antifaz negro: la faz del cielo nocturno.
La calle de San Juan era también ancha y sinuosa, como la de la Campana. Además era interminable. No tenía la melancolía de las Flores ni el señorío de la Campana. En cambio, era familiar sin vulgaridad, reservada sin hosquedad, modesta sin afectación. Me recordaba a mi madre, que me decía: procura ser modesto, ya que no humilde. La humildad es de santos, la modestia de gente bien nacida. De trecho en trecho, para aliviar el camino, habían plantado, como si fuesen las de centinelas inmóviles, grupos de “truenos”. Me encantaban esos arbolillos aunque no acertaba a descubrir su relación con los truenos que me estremecían en las noches de temporal. Uno de mis profesores en el colegio de El Zacatito, el hermano Antoine, me aclaro: no son truenos sino troènes. En francés, unos arbustos. ¡Ah! Respondí aturullado. Esa tarde busqué en el diccionario francés-español el significado de troène: alheña. Ante esa palabra árabe mi confusión fue mayor. Seguí buscando y encontré otro enigma, ahora latino: ligustro. Pero ¿qué es ligustro? Alheña. ¿Y qué es alheña? Ligustro. Perversidad de los diccionarios: las definiciones circulares. La calle de San Juan, como todas las Mixcoac, estaba empedrada. Los años, las inclemencias naturales y la incuria municipal habían dañado el pavimento. En la temporada de lluvias la calle se volvía un riachuelo impetuoso. En las tardes, a la salida del colegio, nos quitábamos los zapatos para chapotear en el agua lodosa. En septiembre, cuando disminuyen las lluvias, los charcos eran numerosos. Yo veía las nubes navegar pausadamente sobre el agua estancada. A veces, precedidos por unas burbujas, aparecían diminutos batracios. En la estación seca la tierra era fina y de color ocre. Las canicas trazaban sobre el suelo geometrías fantásticas y los trompos dibujaban vertiginosas espirales.
San Juan desembocaba en la Plaza Jáuregui, el corazón de Mixcoac. Primero, el pórtico de columnas cuadradas del decimonónico colegio de niñas Enrique Olavarría y Ferrari. (En la biblioteca de mi abuelo se guardaban los tres ponderosos tomos de su Historia del teatro en México, en pastas rojas.) Como si hojease un libro de estampas, aparecen ante mí las imágenes. En el centro, el kiosco, las bancas de fierro pintadas de verde, los senderillos entre los prados, por donde paseaban las muchachas y los muchachos a la salida de misa o en las noches de fiesta, el corro de los fresnos y el círculo, más íntimo, de los pinos. El Palacio Municipal (hoy Casa de la Cultura), también del siglo XIX, edificio sobrio, espacioso y de grandes balcones. Desde allí el alcalde, cada 15 de septiembre, hacía ondear la bandera y vitoreaba a Hidalgo y a los otros héroes. (Entre las dos plazas se distribuían los grandes festejos: en la de San Juan se celebraba el día de la Virgen de Guadalupe y en la Jáuregui la Independencia.) Enfrente del Palacio Municipal hay una construcción rojiza del siglo XVIII. Tiene un patio noble, arcadas robustas y una capilla barroca. Hoy es una universidad privada; en aquellos años la habían dividido en viviendas y en una de ellas vivía mi tía Victoria, casi centenaria, devota y siempre suspirando por su Guadalajara y por “aquellos paseos en el Parque de Agua Azul”. Al oír aquel nombre yo veía abrirse las nubes y brotar cascadas de agua celeste. En el extremo oriental, un poco escondido por los árboles del atrio, blanco como un inmenso palomar, el convento de Santo Domingo. Es hermoso y contemplarlo al atardecer serena el ánimo. A la desaparición de las órdenes religiosas, se había convertido en la parroquia de Mixcoac. Durante el mes de mayo, a la entrada del atrio, esperábamos a las muchachas que iban a ofrecer flores a la Virgen: nardos, azucenas, lirios. A un lado del Palacio Municipal había varias casas de adustos portones, rejas y jardines. En la fachada de una de ellas había una placa en la que se decía que allí Lizardi había escrito El Periquillo, la primera novela mexicana.
Ya fuera de la Plaza en la calle de Actipan, se encontraba la vieja hacienda de El Zacatito, transformada por los hermanos de la orden de Lasalle en un colegio. Un edificio grande, con un patio de pesadas columnas rectangulares, espaciosos salones, una capilla con un coro (famoso entre los entendidos) y las habitaciones de los hermanos. En todos los muros, crucifijos y estampas sagradas –imagerie sulpiciennne. Sin embargo, el edificio evocaba, más que a la piedad, a la utilidad. No la gracia sino la razón práctica. Sus proporciones y su disposición podían compararse a una proposición racional, destinada no a despertar inquietudes sino a confirmar las creencias y las convicciones.
Pero sin nostalgias ni complacencias: era un colegio decididamente moderno y decidido a enseñarnos a navegar en las agitadas aguas del naciente siglo XX. Campos de futbol, el juego favorito (en el Williams reinaba el béisbol) y una extensa huerta en la que los hermanos cultivaban con arte y eficiencia muchas legumbres. Sin descuidar a las ciencias y a los conocimientos útiles, nuestros maestros subrayaban la enseñanza del lenguaje y la gramática. El lenguaje claro, decían, ayuda a pensar. Más exactamente: nos obliga a pensar. Los libros de lectura eran excelentes aunque expurgados de herejías liberales y limpios de molicie y sensualidad, aun la más inocente. Desde la contrarreforma, el combate de la Iglesia contra el cuerpo no ha sido menos despiadado que su lucha contra las heterodoxias… En El Zacatito estudié los cuatro primeros años de la primaria, aprendí (y muy bien) los rudimentos de la gramática, la aritmética, la geografía, la historia de México (menos bien) y la historia sagrada. Debo decirlo: la historia sagrada era (es) prodigiosa, incluso en las versiones endulzadas del hermano Charles y del hermano Antoine. En la capilla me aburría durante las misas interminables. Para escapar del suplicio de ese ocio obligado y de la dureza de las bancas, me di a urdir fantasías y quimeras licenciosas. Así descubrí el pecado y temblé ante la idea de la muerte. En los campos jugué futbol, tuve peleas, sufrí castigos (horas y horas frente a una pared) y, en los juegos y travesuras con mis amigos y compañeros, di los primeros pasos en ese camino que recorremos todos los hombres: unos corredores del tiempo y de la historia. Una tarde, al salir corriendo del colegio, me detuve de pronto; me sentí en el centro del mundo. Alcé los ojos y vi, entre dos nubes, un cielo azul abierto, indescifrable, infinito. No supe qué decir: conocí el entusiasmo y, tal vez, la poesía.
Perdón por esta expansión tan larga, sentimental y ridícula. Pero, ¿qué tiene que ver lo que te he contado con lo que vi ayer? Todo es ya otro mundo irremediablemente ajeno. Mixcoac se ha vuelto una palabra que designa una realidad que no reconozco ni me reconoce. No tengo más remedio que decirte, aunque me da mucha pena, que no podré colaborar en tu proyecto. Pídeme que participe en algún otro y en otro sitio: no en Mixcoac y menos en ese barrio. Acepté, al principio, por venir de ti, una persona a la que aprecio doblemente: por sus méritos propios y por ser sangre de mis amigos entrañables: Carmen, Manuel, Salvador. Enseguida, porque creo que vale la pena colaborar con ustedes en esa empresa por humanizar a nuestra ciudad. Ojalá que pronto se me ofrezca la ocasión de trabajar contigo en algún otro proyecto.
EXTRAÍDO DEL TEXTO
- Octavio Paz, Estrofas para un jardín imaginado (ejercicio de memoria) en Vuelta, número 153, agosto de 1989. 1998 ©Marie Jose Tramini de Paz, heredera de Octavio Paz.
