Silvia L. Cuesy
El Colegio de México.
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.
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Once días después de la coronación de Franz Joseph como rey de Hungría, asesinaron a Max. Así terminó su imperio en un país de fanáticos conservadores monárquicos y de taimados indígenas republicanos.
Ludwig Angerer, Familia imperial de Austria, fotografía, ca. 1860.
De mi calendario desprendo la última hoja de mayo. Los sentimientos se arremolinan… ¿Ha pasado un año?, ¿dos?, ¿una década?, ¿un siglo acaso? El corazón de una madre no distingue tiempo. Los hijos son nuestro eterno presente; así, el sufrimiento de antaño me persigue ahora. En especial junio me estremece, trayendo imágenes de irónicas jugarretas de los hados, lejanas a todo entendimiento… El deseo de vivir no existe más en mí. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿En qué momento el designio de la Providencia bifurcó por tan diferentes sendas los destinos de mis dos bien amados hijos? Ocurrió en sus mocedades, supongo, en el transcurso de unas cuantas horas. Épocas turbulentas, aquellas.
¡Ah!, la avanzada tecnología de la era ferrocarrilera y telegráfica había esparcido la explosión revolucionaria iniciada en París. Llegó hasta Viena cimbrando los cimientos de la monarquía; la violencia trastocó lo establecido. Por doquier se pretendía tumbar gobiernos. ¡Dios mío!, Praga y Berlín bombardeados. Las monarquías, aquí y allá, sacudidas por la nueva ideología. Dinamarca y Holanda prometían reformas, era impensable. En Londres hubo manifestaciones. Mis hijos, los dos hermanos adolescentes, huyeron de Viena. En Europa se reprimía a los rebeldes a sangre y fuego.

En Austria se precisó un cambio de mando. La sucesión designaba al inútil archiduque Francisco Carlos, ese estúpido que en mala hora me tocó por marido; estorbo inservible, por lo que me convertí en el hombre de la casa, mote con el que pronto fui conocida en la corte. ¡Válgame si no he sido el hombre de la casa! Gracias a mi carácter, salvé al imperio al obligar a mi cónyuge a abdicar a favor de Franz Joseph. ¡Adiós días de mi juventud!, suspiró desconcertado mi primogénito, a sus 18 años. Su majestad, musitó Max, inclinándose ante su hermano, apenas dos años mayor. Era el 1 de diciembre de 1848.
Sólo Dios y yo sabemos que la inteligencia y apostura de mis dos primeros hijos no se deben a la rémora a la que me uní para formar una familia… ¡Ah!, los santos del cielo y yo no podemos engañarnos: claramente vemos en ellos las virtudes de aquel tierno mozuelo, amante mío, a quien la parca alzó en brazos y huyó robándomelo. En cuanto al resto de mi descendencia, la imbecilidad de mi esposo se refleja en las costumbres y el temperamento de que a diario dan muestra.
Si estuviera en mí volver a vivir, a diferencia de ayer, hoy imploraría que mi entrañable Max no quisiera levantarse y dejar atrás su lecho. Imagino ese lecho, tal vez ahuecado por su silueta fetal, y quiero rescatar su forma y con desesperación ponerlo a salvo en el vientre mío donde otrora se escanció el amor. Anhelaría que la luz tempranera no se filtrara por la carcelaria ventana, hiriendo de nuevo sus azules ojos con falsas promesas de vida. Que no se diera cuenta del encierro al que esa puerta y sus cómplices paredes lo confinaban. No más visitas, no más escritura de cartas, no más consejos. ¡No más trajín y llanto en los cuartos vecinos, por piedad!
¿Cómo fueron esos instantes?, te pregunto con morboso martirio. ¿Acaso anhelaste que tus jardines, tu infancia, tus sueños de ayer construyeran una defensiva muralla para impedir llegar a tus oídos las pisadas, las rodadas, los trotes, los pregones, el vocerío, los tambores, una y otra vez, afuera del convento queretano de Capuchinas?
Convertidas en verdugos, más interrogaciones me agreden implacables al recordar esa otra mañana. Antes de acudir a la iglesia de Matías para dejarse encumbrar por los húngaros, ¿volvió su majestad Franz Joseph a pensar en su hermano? Budapest llevaba varios días de fiesta y por doquier se daban banquetes con motivo del real acontecimiento. ¿Por ventura Franz logró acallar los reclamos de su alma al arribar la víspera? ¿Los tuvo, acaso, al sentir en su cabeza la corona de San Esteban?, una corona más. El escalofrío que de súbito me traspasó, entonces, fue tan sólo el preámbulo del sufrimiento que se desencadenaría en mí once días después. Tu sombra no me daba tregua… Once días después, once días después de la coronación de Franz como rey de Hungría. Once días después te asesinaron a ti, Maxi. Así terminó tu imperio en un país de fanáticos conservadores monárquicos y de taimados indígenas republicanos.
Habías sido aprehendido, no sé cómo lo supe. Miles de barrotes oprimieron mi corazón. Para alejar tu presencia quería estrellar la cabeza contra algún muro. No obstante, tu hermano y yo cruelmente acordamos una gestión diplomática desarticulada. Nos incomodaba tu situación. ¡Imagínate! Un Habsburgo sería presentado a juicio como criminal político por una turba de desarrapados liberales. ¡Otra ironía! Juzgarte a ti, el más liberal de los europeos nobles. ¡Cuán ridículo! No soportaba pensarte en el escenario de un teatro al que atestarían los morbosos como hormigas tras la miel. Tampoco hubiera resistido verte regresar vencido. Esta ausencia tuya, enredada a mis venas, no cesa de martirizarme.
Los reproches salidos de mi interior son bramidos. El emperador de Austria, y yo, ¡ah, cómplices aviesos!, en ruin acto de contrición acordamos restituirte el título de archiduque de Habsburgo que, junto con los derechos de sucesión, años atrás, te obligáramos a renunciar antes de partir a tu nueva patria. Hasta hoy veo el horror cometido contigo Max ¿por qué, hijo mío?, sangre de mi sangre, ¿por qué te di la espalda? En Miramar, Franz y yo transpirábamos engreimiento. Hoy, la vergüenza anuda el silencio y nuestras miradas evitan el encuentro.
Ruidosas madrugadas, ambas me rasgan el aliento… Repletas de periodistas nacionales y extranjeros; expectación en las miradas. Languidezco eternidades. Si tan sólo pudiera desvanecerme en el éter aceptando el infierno ganado a pulso. Al cielo rogué para que el presidente indio no te perdonara la vida, Max; así, el honor Habsburgo quedaría enaltecido. ¿Puede una madre ser tan estúpida? ¿Desgajar así la existencia de un vástago? El llanto se desata en mis entrañas, y tiránicas las pupilas se niegan a escanciarlo. Lo confieso, no me importaba tanto tu vida sino el honor. Desfallezco ante tu incertidumbre por la decisión del indígena, me ahogo al rumiar la angustia tuya: llegar a Europa derrotado, demolidos tus sueños y tu mujer demente.
Supe de tu cuerpo mermado por la disentería y las eternas fiebres padecidas desde niño. Desayunaste pollo frío y vino, me dijeron. ¿Pensaste, en aquel momento, en tu hermano, en mí? ¿Hubo odio en tu corazón?, ¿blasfemias contra nosotros? ¿Albergaste rencor antes de ofrecer tu torso a las ocho balas mexicanas que te arrancaron el aliento?
He sido ambiciosa, dominante, firme, para mi mal, sólo para mi mal. Maxi, fuiste mi víctima. Mi dureza te llevó a la inmolación. Eternamente adorado Max, de hinojos imploro tu perdón. Codicié para cada uno de mis hijos un gran imperio. ¿Qué tardes de ensueño me envolvieron con funesta quimera? Costara lo que costara, apoyé acciones ignominiosas para acorralarte y obligarte a tomar una decisión; te urgíamos para que de una vez por todas aceptaras el trono, infructuosamente buscado para ti en toda Europa. A ti y a Franz, mis preferidos, los eduqué para gobernar. Intenté apartarlos de toda influencia nociva. Escogí personalmente a las baronesas y condesas, damiselas que habrían de instruirlos en las lides amorosas. Quise que ustedes dos, frutos del amor, tuvieran idéntica preparación por si el destino robara la vida o las facultades del primero, el segundo pudiera ascender al trono de la línea sucesoria que por derecho algún día sería suyo. Metternich en persona fue uno de sus tutores. Pese a mi antipatía hacia él, reconocía su habilidad maquiavélica como canciller austriaco. Era el indicado para forjar monarcas de hierro. Franzie superó al maestro; tú en cambio te volviste liberal.
¿Por qué cometiste tantas sandeces durante tu imperio? Te hice falta. Necesitabas de mí como el único hombre de la familia. No fue suficiente con la autoridad e inteligencia de tu esposa. Tantas torpezas me hacen dudar de tu verdadera cuna, Maxi. Diste rienda suelta a tu espíritu soñador y cuando el hueco estadista intentó relucir, fue demasiado tarde; las falanges del indígena te vencieron.
Te hice traicionar tu destino… Bien sabía yo que por sobre todas las cosas amabas el abrasador sol poniente engullido por una lejanía de mar, las tormentas, los cielos endiamantados ocultando la oscuridad infinita; no cabías de contento al sumergirte en las aguas en las que reina Neptuno, donde ningún Habsburgo navegó tanto como tú. ¿Cómo pensé que podías cambiar? Mi enojo crecía al oírte decir que la sal incrustada en tu piel, la mirada y el cabello mecidos por el estruendo marino eran tu alegría; el palpitar del corazón afiebrado por el viento oceánico, expresabas, era tu alimento.
Sofía Dorotea Federica Guillermina, ¿dónde está tu proverbial belleza? Ida ya, sin duda. Princesa de Baviera, ¿eres tú la del espejo? ¿Eres la que amó hasta la locura a Napoleón Francisco José Carlos Bonaparte? Sí eres sí eres sí eres. Sí eres la madre de sus dos hijos. Sí, el vaho de tu alma empaña tu reflejo.
Mis manos no podían sostener la carta enviada por ti, adorado Max. En pleno verano, un gigantesco glaciar cayó sobre mí: Moriré tranquilamente con la verdadera consolación de haber querido y ansiado el bien, y con la satisfacción de dejar en este país muchos amigos auténticos y nobles que honrarán mi memoria.
Zuz ziz zaz ¡Viva la libertad!, coreaba la plebe india al pedir tu muerte en Querétaro… burdo y torpe estribillo, mientras en todos los rincones del magnífico Imperio Austro Húngaro aún resonaban las notas de la Misa compuesta por el fantoche húngaro, el abbé Liszt, para la coronación de tu hermano Franz Joseph y su insulsa consorte. Era junio de 1867.
Naufragado el entendimiento, las risas infantiles de ustedes dos intentan alegrarme en visita cruel. Mamá. ¿Puede haber una palabra más dulce salida de párvulos labios?
–Mamá, Franzie me ayudó a subir a mi pony.
–Mamá, le hice un dibujo a Maxi para que se alivie pronto.
Luego, en mi delirio escucho sus voces adultas y me consumo imaginándolos a cada uno, cual si dialogaran, de cama a cama, en su respectivo amanecer:
–¿Ya decidiste qué uniforme lucirás en el festejo de tu coronación, Franz Joseph?
–¿Y tú Fernand Maximilian, estás listo para enfrentar tu muerte con valentía y honor Habsburgo?
Budapest Querétaro. Querétaro Budapest. Junio 8, junio 19. Campanas al vuelo en Budapest. Cerro de Campanas en Querétaro… Se me escapa la cordura.

