Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.
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Una testigo de ocho décadas de la vida del barrio salpica entre anécdotas y vivencias lo que fue vivir en casas de largos corredores, amplios jardines y establos, esconderse en las ladrilleras del parque hundido, convivir travesuras con los Paz, ser testigo de misas clandestinas, escudriñar fantasmas o cargar los judas con frutas en semana santa.
Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.
El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a través de los prismas de la niñez.
Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Ireneo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto. Es un conjunto de recuerdos que nos permite visualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.
La colonia y sus leyendas
Entrevista a Guadalupe Martínez viuda de Ritz,
realizada por Graziella Altamirano el 7 de agosto de 2003,
Santa Mónica, Estado de México.
Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquel entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, y al poco tiempo murió. En Mixcoac vivía mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá, al quedar viuda, regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante, y le dijo: “No, tú ya no te vas de aquí, ¿qué vas a hacer con la niña?” Yo tenía un año de nacida, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.
Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época Avenida Cuauhtémoc, y ahora se llama Rubens. Era una casa muy grande que tenía huerta, un corral, alberca, estaba muy bien. Ahí vivimos, se casó otra de mis tías, uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, casi esquina con Augusto Rodin, que es también paralela a Rubens. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré? entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando es más grande.
Mi casa tenía el zaguán y siete ventanas, un jardín. Primero… ya ve cómo eran los corredores para las puertas de las recámaras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas, y el jardín. Atrás del jardín estaba una huerta enorme, teníamos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas. Después, mi tío como hobbie puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. Había en la zona varios establos, uno muy grande hacia adelante, para avenida Revolución.
En mi casa primero usábamos braseros, no estufa, eran muy grande, muy bonitos, que los lavaban a diario porque eran rojos. Mi mamá a las seis y media de la tarde le decía a una de las muchachas: “Ya prende la lumbre para hacer la merienda”, porque ¡se tardaban!… tenían que meter el carbón, el ocote, un ocote prendido en la casita del carbón y ahí sople y sople hasta que prendía el carbón, así es que para las ocho que cenábamos desde las seis y media prendían el carbón.
Enfrente vivía Octavio Paz, era más grande que yo. Ahorita yo tengo 84 años, él ha de haber tenido como 87 cuando murió, 87 u 88, porque era un poco más grande que yo, pero él estaba siempre en mi casa por los árboles frutales, siempre, siempre. Mi mamá y la mamá de Octavio eran muy amigas, íntimas amigas, conocí a su papá, don Octavio, que en aquella época era diputado; a su abuelo, don Ireneo Paz, que era también algo del gobierno, no me acuerdo, ya estaba muy anciano don Ireneo cuando lo conocí. La casa era de don Ireneo y de su hija Amalia y de Octavio, eran dos hermanos. Entonces, continuamente estábamos relacionados como vecinos. Vivía allí toda la familia, don Ireneo, Amalia, don Octavio, Pepa y Octavio chico. La mamá de Octavio se llamaba Josefina, pero le decíamos Pepa, creo que se apellidaba Lozano, no estoy segura.
¡Ah! Y atrás de la huerta de nosotros, colindaba con la casa de Gómez Farías, exactamente. Desde la casa de Gómez Farías se podía ver mi casa. Era una casa muy grande, muy bonita. Ahora verá: junto a nosotros vivía una señora francesa, la casa de ella daba a la esquina del jardín y juntito, la casa de Gómez Farías.
Don Ireneo, yo me imagino, porque no estoy segura, murió al poco tiempo, yo no me acuerdo cómo habrá muerto, pero del papá de Octavio, o sea de don Octavio, dicen que una noche que venía un ferrocarril, que no saben si él se quiso subir a alguno de los carros del ferrocarril, o si se cayó, el caso es que el tren lo atropelló. Yo todavía vivía allí. Cuando murió su papá Octavio ha de haber tenido como doce años.
Ahí nos reuníamos con mis primos, con Octavio Paz, con unos muchachos de la familia Rangel, que era de doctores, y vivían junto a la casa de Octavio. Al doctor Rangel lo iban a ver todos los vecinos. Era un doctor general de todo, ahí no había pediatra, ni ginecólogo, ni nada, [risa] todo era lo mismo. Salíamos todos los niños a jugar ¡Uy! Hacíamos travesura y media.
De la casa de don Valentín Gómez Farías había una leyenda y otra leyenda…Mire, de Gómez Farías se supo esto: que como había sido muy malo… yo le voy a contar lo que yo oía… que como había sido muy malo, cuando murió lo enterraron y al día siguiente estaba el cuerpo afuera del sepulcro, del panteón, ¿no? Entonces, como lo volvían a enterrar y volvía a salir, lo volvían a enterrar y volvía a salir, posiblemente los enemigos de él eran los que lo sacaban, entonces los familiares lo mandaron embalsamar, lo embalsamaron y lo tenían ahí en su casa, en la sala de su casa sentado en un sillón de ruedas… y alquilaron, como quien dice, a una señora Conchita para que cada ocho días le fuera a cambiar la camisa, la corbata, el traje, cada ocho días iba Conchita a cambiarlo. Total, que un día Conchita no se fijó que una de las duelas estaba sumida, pisó la duela y se le vino el sillón de ruedas encima ¡Llevó un susto la pobre mujer! [risa] ¡Lo tenían allí en la sala! Eso no me lo contaron. ¡Eso lo vimos nosotros! Lo tenían ahí sentado, nos daba pánico ¿eh? Y luego nos decían a nosotros, nos contaban a todos que todas las noches –una leyenda fantástica ¿no? –que todas las noches a las 12 de la noche salía Gómez Farías en un coche de lumbre [risa] a dar la vuelta por todo el jardín de San Juan, por todo el jardín, y se volvía a meter a su casa. Claro que nosotros lo creíamos, pues era lo que nos contaban, éramos chiquillos, nos daba pánico pensar eso, pero era una leyenda que yo no lo creo, ahora ya, cuando crecimos decíamos “qué mentira, fueron mentiras”.
Otra leyenda era que espantaban en el zaguán de mi casa y les daba miedo pasar por ahí porque decían que se oían lamentos… ¡Había mucha leyenda en Mixcoac! ¡Muchísima! Pero espantaban, mire, ¿le cuento? Hasta atrás, juntito a la casa de Gómez Farías en la pared, como quien dice, había un tejocote, un árbol de tejocotes pero que tenía el tronco que dábamos vuelta, jugábamos a los caballitos alrededor del tronco en una rueda, que no nos apachurramos una pierna [risa] porque Dios fue grande, porque era una rueda y nos subíamos en esa rueda a dar vueltas, entonces, los vaqueros del establo de mi tío empezaron a decir que ellos no se quedaban ahí en esos cuartos porque espantaban mucho en la noche y realmente si se quedaban ahí, los caballos que tenía mi tío, toda la noche era patear y quererse salir y todo, igual las vacas, todo. Era un ruidero en las noches porque nadie quería estar ahí, ni los animales. Pasó el tiempo, nosotros nos cambiamos, tiraron el tejocote y ahí encontraron el cadáver de un niño que era lo que espantaba, dicen, que era lo que espantaba, pero a mí eso no me consta ¿eh? eran leyendas, ya le digo, y de Gómez Farías, sí que espantaba.
La casa de Gómez Farías tenía el zaguán y unas ventanas a los lados… esa casa era más vieja…y nadie vivía ahí, sólo estaba el cadáver de Gómez Farías… Conchita no vivía ahí, nada más lo cambiaba, pero no vivía ahí. La casa estaba cerrada. Yo nunca vi que viviera nadie allí. ¡Nunca entré! ¡Ay! ¡No! ¡Ni lo quiera Dios! [risa] ¡No!, ¡No! ¡No! ¡Si le teníamos pánico! ¡Pánico! Nos pasábamos por este lado del jardín, pero por ese lado, no. El jardín de la plaza tenía una fuente en medio y muchas plantas, no había árboles grandes. Era muy bonito, muy bonito, pero le digo que nosotros cruzábamos así cuando mucho cuando entrábamos a la iglesia, pero acercarnos, ni de casualidad, nos daba mucho miedo. Las compras las hacíamos en las tiendas que había cerca de la casa. Había allí en la esquina de lo que es ahora Augusto Rodin y la placita de San Juan, una tienda grandota que se llamaba La Isabel, era de un señor español que se apellidaba Frutos, era la única que tenía teléfono. Todo mundo iba a hablar ahí, y a todo mundo le hablaban de ahí. Había un señor que era muy borrachín y él y otra borrachita, que era una señora muy rica, que tenía su esposo y todo, pero empezó a ser alcohólica y andaba como loquita, con un chal tapada así, y ella y el borrachito con tal de que les dieran las copitas, le iban a hablar a toda la gente que le hablaban por teléfono, “que le hablan a fulano, que le hablan a zutano”, a eso se dedicaban con tal de que les dieran las copitas. Luego, había otra tienda también grande, era la tienda de don Lupe. Había de todo lo que usted quería comprar. Había una panadería, era de don Álvaro, en contraesquina de la iglesia, esa calle ya se llamaba calle de Ceballos, la que da ahora al Parque Hundido.
Yo estudié en el Colegio Teresiano de Mixcoac, que estaba en la calle que ahora se llama la calle de Goya. Ese edificio lo expropiaron cuando fue presidente Calles y secretario de Educación un señor Narciso Bassols. Expropiaron el edificio que era de una señorita que se llamaba Piedad Martell. Ahí pusieron después una secundaria, echaron a perder el edificio porque las madres del Teresiano lo tenían perfectamente cuidado y ahí en esa escuela iban personas de mucha categoría. En el Teresiano había internado, traían a las muchachas más ricas de la provincia. ¡Ah!, estaban también de interna la sobrina del arzobispo, una sobrina de Calles… de las principales, de mucho renombre.
Cuando nos corrieron de la escuela, llegó una tarde Bassols con su séquito [risas] a decirnos que por favor saliéramos, que saliéramos todas de la escuela, pero las madres lo que decían era que ellas eran responsables de todas las niñas internas, las externas nos íbamos a nuestras casas, pero las internas, ¿cómo? ¿A dónde iban a ir? Entonces, empezó ahí la discusión y Narciso Bassols llamó a los bomberos que entraran y con la manguera nos querían sacar, pero no, no sacaron a nadie y eso lo irritó tanto, tanto, que entonces ha de haber pensado “que se queden aquí todas, internas y externas”, nos clausuraron, ya no dejaron entrar a nadie y estaban los chamacos del Zacate, del colegio Zacatito y nosotras ahí. Los muchachos fueron a ayudar. ¡Ah! Y los del Colegio San Borja. Ese colegio estaba en la colonia Del Valle, era también de hombres, pero ¿sabe qué? Que cortaron los teléfonos, cortaron la luz, estábamos sin luz, sin teléfonos, sin nada de alimento, entonces todas las mamás de las internas llevaban provisiones para que comiéramos y como la escuela estaba toda la parte de arriba llena de soldados, ellos se quedaban con todo y nosotros no teníamos nada de comer. Un día comimos un plátano dominico cada niña…
Las externas entrábamos a las ocho y media y salíamos a las doce, regresábamos a las dos de la tarde y salíamos a las cinco de la tarde. A mí me llevaba una sirvienta de las que tenía mi mamá, alguna de ellas o a veces iba mi mamá por mí.
Cuando tomaron el edificio, las madres empezaron a dar clases en las casas particulares, en mi casa daban clases. De ahí tomaron una casa en la calle de Sagredo, pero no les convino por X o Y, entonces tomaron tres casitas en la colonia de la Florida, allá en Mixcoac, bueno, en lo que era ¿cómo le diré? San José Insurgentes y por eso ahora se llama colegio de La Florida, por eso se llama así, por esas casitas. En esa época todavía los dueños de lo que es ahora San José Insurgentes eran dueños de una hacienda Los Reyes. Yo fui alumna de la madre Paz Reyes, era dueña de la hacienda esa de San José Insurgentes, que es ahora, todo lo que es el parque de la Bola y todo eso, era de esa hacienda.
En el colegio también tuve maestras de mucha categoría… la madre Concha Félix, de Sonora, era tía de María Félix, fue mi maestra. ¡Ah! Pues le digo, estudié Comercio que era, después de sexto pasaba uno a Comercio, pero no terminaba yo ahí cuando cerraron y entonces terminé en La Florida, en las casitas de La Florida, mis estudios de taquigrafía, mecanografía, lo que era Comercio. Ya vivía en Empresa y, le voy a presumir, fui la única cuando nos examinamos de tercero de Comercio, que salí con promedio de 100. Saqué examen oral 100, examen escrito 100, promedio 100. A mi mamá y a mi tío les mandaron felicitaciones, me daban una beca para la Escuela Nacional Bancaria, pero yo ya no, porque desde Mixcoac hasta Paseo de la Reforma, salir a las nueve de la noche de la escuela, no, no podía yo.
Había otras escuelas en Mixcoac. De hombres, El Zacatito y El Williams. El Teresiano era una gran escuela de puras niñas muy ricas, puras niñas… especiales, pues, porque aparte las madres tenían una escuelita de gratuitas, les decían las niñas gratuitas, que eran las pobrecitas. Junto a la escuela grande. Había también un asilo para niñas pobres que se llamaba el asilo de La Luz, ahí también en la calle de Goya.
En Mixcoac había tranvías y camiones, empezó a haber camiones, pero los tranvías eran como más seguros, ay, nada más que… imagínese el tiempo que hacía uno de Mixcoac al centro en un tranvía común y corriente. Pues no calculo bien, pero si el rápido de Mixcoac lo tomábamos a las ocho y media, y llegábamos a las nueve al centro, era media hora, y era lo más rápido, los trenes iban como muy lentos… Por allí por Mixcoac, pasaba el San Ángel, el Tizapán –no era Atizapán, era Tizapán–, el Mixcoac-Merced, el Mixcoac-Valle. La colonia Del Valle la estaban construyendo, eran puros terrenos. Lo que es ahora el 20 de Noviembre, el sanatorio, era una hacienda que se llamaba Santa Rosa, era una hacienda y luego ahí pusieron el sanatorio 20 de Noviembre. ¿Sabe a cómo vendían los terrenos ahí? ¿Todo eso? A 50 centavos el metro.
En Mixcoac todo mundo se conocía… Estaba la casa de los Serralde, grandotota, después estaba un establo muy grande y después casas más humildes, chiquitas; había una carbonería, y casitas. Enfrente, vivía una de las familias más ricas de Mixcoac, la de los Guerrero. Luego, de la casa de ellos, ya seguía un terreno y estaba luego la vía donde pasaba el tren de Mixcoac-Merced. Por enfrente de la iglesia de San Juan pasaba el Mixcoac-Valle, y luego la otra vía que estaba en Revolución, había tres vías diferentes… Como casi no había casas ni nada de eso, apenas empezaban a hacer los asfaltos, para poner la avenida Insurgentes. Del otro lado estaba San Lorenzo, la iglesita, las casas así, puras casitas y el atrio de la iglesia. Dicen que había un panteón en el atrio de esa iglesita, yo no me acuerdo. Yo conocí un panteón, pero era el panteón de Guadalupe que estaba arriba de Nonoalco… haga de cuenta que se dividía con lo que es ahora Revolución. Era muy diferente, en primer lugar, para las vías de los trenes tenía uno que subir escaleras, no es como ahora Revolución pareja, había que subir unas escaleritas… como un andén, y lo mismo para ir al mercado, también, subía usted por el túnel del tranvía, subía usted una escalera para ir al mercado.
¡Ah! Y lo que ahora es el Parque Hundido eran ladrilleras, por eso está hundido porque de ahí sacaban los ladrillos y en tiempos de la persecución religiosa, que íbamos a comulgar, bueno en mi casa hice mi primera comunión y ahí en mi casa había misas casi diario, como entraban las personas a comprar la leche al establo, entraban a misa, entonces decían: “Ahí vienen ya los gendarmes, “ahí vienen los gendarmes” y corrían todos y las muchachitas todas corríamos a las ladrilleras a escondernos [risa]. Por mí, mandaban a alguno de los vaqueros del establo, lo mandaba mi mamá, se llamaba Genaro el hombre, “vaya a recoger a mi hija, está allí en la ladrillera”.
La iglesia de San Juan estuvo cerrada en esa época de la persecución religiosa. Los padres vivían en casas particulares. En mi casa daban misa. Mi mamá prestaba la casa para que dieran misa y entonces el padre iba ahí y se juntaban los vecinos. Había otras casas donde se daban misas. A nosotros nunca nos… bueno, que se hubieran llevado presa a mi mamá, o a mis tíos o algo, no, no, pero a otras familias sí se las llevaban presas…por prestar su casa. En mi casa no se los llevaron presos por el establo. Como entraban con sus frascos y salían con leche, veían que la gente compraba la leche, ahí iban a comprar la leche. Cuando oía uno “Ahí vienen los gendarmes”, el padre luego, luego, se disfrazaba de vaquero, corría a donde estaban las vacas y se ponía a ordeñarlas. Los vaqueros ya lo conocían. Nunca lo encontraban, no había sacerdote. Inmediatamente que oía uno, quitaban el altar, el altar lo ponían en la sala de la casa porque era una sala grandota, ahí ponían el altar y ponían las sillas para que se sentaran, inmediatamente cambiaban todo, guardaban todo, el mantel del altar y eso y ya… mucha gente se metía al comedor, ahí estaban desayunando y empezaban a servir el desayuno. Igual pasaba con las madres del Teresiano, cuando oían que venían los inspectores inmediatamente se ponían [risa] ¡Ay! Hasta me da risa, se ponían sus sombreros [risa], sus tacones y se disfrazaban como… [risa] pero se les veía el tipo de madres, hasta por encima.
Cuando mataron a Obregón estábamos en las clases, estábamos en clase cuando se oyó “ay, que mataron a Obregón, mataron a Obregón” y una de las muchachitas, hizo… ¿se acuerda de la canción esa? ¿Cómo iba? Decía: “Del 17 de julio, Toral está en inspección, porque como han de saber, fue el que mató a Obregón, cuando le enseñaba la caricatura lo bien que había salido, el valiente Toral lo mandó a descansar” y todas la cantaban, todas las muchachas cantaban esa canción de cuando mataron a Obregón, ya le digo, y de la madre Conchita que la mandaron a las Islas Marías, a Toral creo que lo mataron ahí, no me acuerdo, de la madre Conchita sí me acuerdo. Del padre Pro, fusilaron también al padre Pro. Toral iba en el coche de él que le había pedido prestado. Bueno, era un montón de problemas en aquella época. En mi casa decían que no lo hubieran matado porque iba a ser un buen gobernante, pero como estaban tan… con lo de Calles tan… yo creo que Calles lo mandó matar, yo creo y se rumoraba eso, que Calles lo había mandado matar que, porque quería volver a ser otra vez presidente, bueno, ya había salido, creo, ¿verdad? Creo que ya estaba para salir de presidente…
Yo conocí La Castañeda, iba yo, pero no me quedé nunca [risa], puede que si hubiera ido yo ahora, a lo mejor me quedaba [risa]. Me iba caminando. La Castañeda estaba arriba del mercado, era muy grande, yo creo que todo lo que es ahora el fraccionamiento este…Torres de Mixcoac, todo eso… entraba usted… los domingos había cine y podía usted entrar, por diez centavos al cine en La Castañeda. Era como un paseo ir a La Castañeda para la gente que vivía en Mixcoac, iban los domingos al cine y a comprarles cosas a las locas… el administrador le vendía a usted todo lo que hacían las locas. Hacían cosas muy bonitas, los locos y las locas…Nada más que llegaba usted y luego, luego se pegaban… en el jardín y decían: “Oye, sácame de aquí porque yo no estoy loco, a mí me metieron mis familiares, pero yo no estoy loco, o yo no estoy loca.”
Ya después no me gustaba ir, iba yo cuando era chica, pero ya después ya no, porque me ponía muy nerviosa. Iba yo con la señora Antuñano, me querían mucho, toda la familia Antuñano, entonces, pasaban por mí, yo casi vivía con ellos. La señora Antuñano era muy conocida de allí de Mixcoac, era una cartomansiana, era un personaje muy famoso… leía las cartas. Ella vivía en la calle de Córdoba, por la parada de Córdoba. Está ahora Revolución, la calle de Nonoalco, la parada de Nonoalco, ahora no sé cómo se llamará, donde estaba la casa de los Serralde, para allá seguía una parada que se llamaba Córdoba. Se llamaban paradas, porque ahí se iba parando el tren. Pues ahí en Mixcoac, mucha gente, mucha gente iba a… que les leyeran las cartas.
De las fiestas en San Juan, me acuerdo de las del 12 de diciembre. Ponían una feria y en la noche… ahí en Mixcoac había una cohetería, y los dueños eran un señor Agustín Pereyra, y él se lucía para el 12 de diciembre en hacer los castillos, ¡ay! eran preciosos, preciosos, unos castillos como nunca se han visto en el Zócalo, no, no, eran una cosa muy especial que hacía don Agustín Pereyra, de eso me acuerdo mucho. Ponían puestos de elotes, de tamales, pambazos, todo, todo eso y era muy bonito porque era una fiesta, al mismo tiempo que feria, familiar porque eran puras familias.
La Semana Santa era preciosa. El Jueves Santo, iba uno a la visita de las siete casas a San Lorenzo, a la parroquia de Mixcoac… a la Candelaria, a Tlacoquemécatl, a Santo Domingo (ahí me casé yo, nada más que en la capilla de la Virgen del Rayo), a… Actipan, todas esas iglesitas y luego nos llevaban a tomar una nieve exquisita, unas copotas de nieve después de las siete casas. Había una señora japonesa que hacía una nieve muy rica, tenía su nevería en el mercado, y luego, al día siguiente, el Viernes Santo allí en San Juan era una cosa maravillosa, porque cuando decían el sermón… primero era el vía crucis, iba uno a rezar el vía crucis… luego el sermón de las siete palabras que empezaba a las doce del día y acababa a la hora que moría nuestro señor, que creo eran las tres de la tarde y fíjese que como estaba… ponían la cortina morada tapando el altar, entonces, atrás del altar empezaban a prender luces cuando los rayos y el temblor, hacían el temblor y las luces y cómo moría nuestro Señor y todo. ¡Ay!, era llorar todo el tiempo, llorar y llorar y llorar, entonces sí, ¿cómo le diré? como que tenía uno más fe, más… se conmovía uno más, ahora ¿Qué hace uno el Viernes Santo? Dígame ¿qué hace? Ay no, ese día sí era un día de luto, de luto total y ya después venía el sermón del pésame a la virgen. El sábado de gloria casi nadie salía porque lo empapaban a uno, se subían a la azotea los chamacos y pasaba uno y ¡pas! un cubetazo de agua por lo menos se llevaba uno, de agua helada, así es que no salía uno y, luego en las calles, ahí en la calle colgaban a los judas los llenaban de fruta y de cosas, llenaban los judas, los quemaban, tiraban todo de lo que estaba relleno para que la gente lo recogiera, los chamacos… pero a nosotros no nos dejaban salir, porque era peligroso porque había muchos cohetes, echaban muchos cohetes. Era una época ¡muy bonita! La recuerdo con mucha nostalgia, bueno, en esta época, yo creo que si vivimos diez gentes de las que vivieron esa época, somos muchas, ya le digo…
PARA SABER MÁS
- Castillo Tufino, Jorge Luis, Entonces, Mixcoac…, México, Consejo de la Crónica, 2004.
- Pensado, Patricia y Leonor Correa, Mixcoac. Un barrio en la Memoria, México, Instituto Mora, 1996.
- Un pueblo en la memoria, México, Instituto Mora/CONACYT/Delegación Benito Juárez/Conaculta, 1994. DVD.



