Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 32.
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Ilusionistas, prestidigitadores, espiritistas, magos o charlatanes abundaron en el país hacia fines del siglo XIX. Uno de ellos fue Washington Irving Bishop, quien en 1888 reunió multitudes que seguían sus hallazgos sobrenaturales. Entre los admiradores estaba la propia esposa del presidente Porfirio Díaz y miembros de su gabinete.

El año 1888 pareció presentarse cargado de promesas. Era como si el progreso hubiese llegado y la política de conciliación rindiera sus frutos, de modo que las voces de quienes se oponían a un tercer mandato presidencial de Porfirio Díaz y se percataban de que las mieles del crecimiento no llegaban más que a unos cuantos, se viesen opacadas. En este contexto, el arribo de personajes como Washington Irving Bishop desempeñaba un doble papel: por un lado llenaba las expectativas de aquellos que consideraban que el país por fin formaba parte del mundo civilizado, y por el otro distraía la atención de los problemas de la realidad. Además, en una época en que las temporadas de teatro, circo, ópera y zarzuela solían durar poco y variar menos, el arribo de ilusionistas, hipnotizadores, magos o charlatanes ofrecía al menos una diversión novedosa.
Bishop llegó a la Ciudad de México en los primeros días de septiembre de 1888. Lo acompañaba un compatriota, el barítono Harrison Millard, compositor y músico de profesión, quien ya había estado en México y le serviría como traductor. Desde el Hotel de Iturbide, donde se alojaron, el ilusionista organizó la difusión y el programa de sus demostraciones. Lo primero que hizo fue informar al público de su talento para leer el pensamiento ajeno y de que lo precedía una gran fama. A través de la prensa dio a conocer sus éxitos tanto en Estados Unidos, su país de origen, como en varias capitales europeas; que había hecho exhibiciones ante los príncipes de Gales, el rey de Suecia y Noruega, y los zares en San Petersburgo, y declaró –esto debió de ganarle simpatías– que él no poseía poder sobrenatural alguno, que solo ejercía una facultad que todos los seres humanos tenían y no actuaba por dinero, pues sus ganancias las destinaba a la beneficencia.
El estadounidense se presentó primero ante un público reducido, durante la recepción ofrecida la noche del 12 de septiembre por Manuel Romero Rubio, el secretario de Gobernación y suegro del presidente Porfirio Díaz, a la que asistieron este, su esposa y de 30 a 40 personas más. Con ayuda de la señora Díaz, quien esta vez le sirvió de intérprete, el ilusionista compartió varias experiencias con los invitados, a los que dejó boquiabiertos. Luego de pedir al ejecutivo que se retirara a la habitación vecina, tomase un billete, recordara el número, lo apuntase y guardara la nota en un sobre, adivinó la cifra con exactitud. Siguió la primera dama, a quien pidió que le pusiera la mano sobre la frente y pensara en el área de una ópera, mientras él entonces se sentaba frente al piano. Ella lo hizo y él entonces interpretó la melodía elegida de Rigoletto. Tocó el turno al doctor Eduardo Liceaga, presidente del Consejo Superior de Salubridad, quien, junto con el anfitrión, ocultó en su casa, muy cerca, un instrumento quirúrgico. A su regreso, Bishop tomó una cuerda de seda que ambos caballeros tomaron por el otro extremo y los llevó hasta el escondite exacto.
La reunión no sólo dejó satisfechos a los invitados, sino que al relatarse en los periódicos logró lo que el adivinador quería, esto es, correr la voz de sus facultades, certificar con ayuda de personajes honorables y competentes que no embaucaba a nadie y, de tal manera, conquistar el interés público. Naturalmente, los periódicos no dejaron de cubrir extensamente sus actividades en México.
El siguiente paso de Bishop fue convocar al Hotel del Jardín a una sesión especial de “los sabios, los representantes de la prensa y algunas otras personas” la noche del 13 de septiembre. La reunión, anunciada en los medios impresos, atrajo tal curiosidad que, además de los invitados, acudieron muchos mirones, pese a la lluvia y a través de calles inundadas y cubiertas de lodo, que llenaron los pasillos y corredores próximos al salón donde se hallaba quien El Tiempo describió por entonces como un joven delgado, no muy alto, de barba y cabello un poco largo, con mirada “viva, penetrante, investigadora”. Entre otros experimentos llamó la atención que, con los ojos vendados, supiera a quién había elegido Ignacio Mariscal, el secretario de Relaciones Exteriores, para que fingiese hundir un puñal en otro espectador y, con solo tocar la mano del presunto asesino, dónde había ocultado el arma. También que supiera qué dolencia imaginó el doctor Liceaga con sólo ponerlo de pie y palparlo de arriba a abajo, y en qué sitio el empresario Guillermo de Landa y Escandón y algunos amigos escondieron el fistol de la corbata del primero. Se trataba, de nuevo, de personas dignas de confianza, a las que no podía acusarse de estar de acuerdo con él, pues muchas veces ellos nombraban a otros. Por lo demás, resulta interesante que un científico connotado como Liceaga se prestara a colaborar de nuevo con él, deseoso de saber más sobre fenómenos nerviosos, al parecer enigmáticos.
Por último, Bishop anunció que, contratado por Isidoro Pastor, el empresario del Teatro Nacional, el 19 de septiembre a las 8.30 p.m. daría su única función de paga. El auditorio ya estaba a la sazón lo bastante sensibilizado como para lograr un lleno total, pese a ser miércoles y ser caras las entradas. El ilusionista y el empresario debieron de estar más que contentos, no sólo porque al final el público brindó al primero una gran ovación, sino por haber colmado sus bolsillos.
En efecto, los asistentes sintieron que el gasto vale la pena. Como al otro día resumió un periódico, Bishop hizo cosas “verdaderamente maravillosas, como el descubrimiento de papeles ocultos; lectura y transcripción de escritos en diferentes idiomas; transmisión de música de pensamiento en pensamiento; descubrimiento de nombres, reproducción de facciones de personas ausentes y adivinación de males imaginarios o positivos”.
Esta sesión, como las anteriores, fue todo un espectáculo: Bishop tenía los ojos vendados mientras el público estaba quieto y en silencio para que él pudiera leer la mente pues, decía, los pensamientos de aquellos sometidos a la experiencia se reflejaban en su cerebro como una imagen luminosa sobre una placa fotográfica. Un periodista describió así el momento de la comunicación: “Los dedos del operador se agitan, temblores febriles se apoderan de sus miembros, su respiración se hace ronca y se ve cómo se produce en él una alteración nerviosa”.
Multitudes en la provincia
Dos días después de su triunfo en la capital, Bishop viajó a Guadalajara, contratado por el mismo Pastor, donde siguió igual estrategia. Ofreció tres funciones: A la primera, el 23 de septiembre por la tarde, invitó a 50 personas a un salón del Hotel Humboldt, aun cuando la difusión en la prensa, junto con las noticias de México que le precedieron, provocaron que alrededor de 5 000 curiosos rodearan el edificio al punto de impedir el tránsito. El programa fue parecido al ofrecido en México, aunque hubo una novedad. Se nombró a un comité para que escondiera en alguna casa de la ciudad un aderezo de brillantes. Al regreso de sus integrantes, el ilusionista, con los ojos cubiertos, localizó la ruta que habían seguido en un mapa colgado en la pared. Luego, atado al puño un alambre de cobre que aquellos sostenían por el otro extremo, los llevó en carruaje hasta la casa y lugar preciso donde estaba la joya. La multitud a lo largo las calles por las que pasaba lo celebraba con mucho entusiasmo.
La segunda función se efectuó esa noche y la tercera, el 25. Los números fueron semejantes a los anteriores y Bishop volvió a causar gran admiración y obtuvo muchos aplausos. El 26 partió para Guanajuato, donde dio su espectáculo y por fin regresó a la capital, pero sólo de paso, pues de aquí se dirigió al puerto de Veracruz en el que ofreció sus dos últimas sesiones en la república mexicana. Se embarcó para La Habana en los primeros días de octubre, contratado por el mismo Pastor.
Durante la estancia de Bishop en el país, los periódicos registraron una y otra vez los diversos juicios dados por el público: que si era un perfecto charlatán; que si practicaba el espiritismo o si lo que hacía era hipnotismo o “comunicación de fluidos”. Para Las Violetas del Anáhuac, revista dedicada al sexo femenino, el hombre “se hipnotiza a sí mismo y en aquel estado ejerce un poder mágico sobre las personas con quienes se pone en comunicación, haciendo experimentos inexplicables”.
Otros observadores trataron de aclarar el fenómeno de manera “científica”. Algunos decían que era un hombre con una percepción física muy desarrollada. Según el semanario La Patria Ilustrada, se trataba de un ser excepcional, perteneciente a la familia de los “sensitivos, y aunque el fenómeno que presenta diariamente es ya conocido desde tiempos muy antiguos […] no se conoce ni la causa que origina el fenómeno de adivinación, ni las leyes a que está sujeto”. Agregaba que sus experiencias podían servir a la ciencia para “llegar al perfecto conocimiento de las múltiples relaciones que unen entre sí a los seres animados de la naturaleza”.
Le Trait d’Union, el diario de la colonia francesa, fue el que mejor lo interpretó para sus lectores. A su entender, lo que Bishop hacía era sentir la contracción muscular del individuo al que decía adivinar; bastaba con que hubiese una pequeña resistencia involuntaria para que de inmediato supiera qué “estaba pensando”.
Desde luego no faltaron los comentarios chuscos: un periodista preguntó si Bishop podría decirle quién querría regalarle “un millón de duros”; otro más si estaría dispuesto a volver a Guadalajara y ayudar a la policía en el juicio de “El Chalequero”, versión mexicana de Jack El Destripador.
Los émulos de Bishop se multiplicaron, al punto que se habló de una extendida bishopmanía. “Casi no hay casa particular –escribía un periódico de Guadalajara– donde no se hagan experimentos parecidos.” Poco antes de que dejara el país, un periódico conservador, La Voz de México, declaró que había llegado a evidenciar que en el país sobraban quienes practicaban “hipnotismo, espiritismo, electromagnetismo, fluido nervioso, doble vista, sugestión, trampa, escamoteo, prestidigitación y demás”. Informaba que los libros sobre esos temas se estaban vendiendo “como pan caliente” y por más que fuera de temerse que el fenómeno creciera dada “la imaginación desocupada y ardiente de nuestros compatriotas”, le tranquilizaba pensar que esa clase epidemias siempre acababa por desaparecer.
La Voz de México tuvo razón, ya que en unas semanas más tarde nadie se acordaba de quien causó tanta sensación. Sin embargo, una noticia despertó esta vez el morbo de la opinión pública: en la madrugada del 13 de mayo, Bishop había sufrido un ataque de catalepsia al término de una presentación en el Lambs Club, un círculo teatral de Nueva York. Como se le creyó muerto, se le hizo la autopsia sin orden del juez de instrucción de la ciudad y a pesar de que, sabedor de que era vulnerable a esos ataques, él solía llevar en el bolsillo una nota de advertencia y había pedido que, de darse el caso, no le hicieran nada ni tampoco lo enterrasen sin antes averiguar si de verdad estaba muerto, es decir, que esperaran tres días a “la prueba infalible [que] es la descomposición orgánica de la víctima”. La prensa sostenía que lo más probable era que los médicos lo hubiesen intervenido con él plenamente consciente y sin poder “mover un solo músculo para impedirlo”.
Lo anterior causó horror. Nadie deseaba que le pasara algo semejante. La Voz de México quiso sacar una lección: “los esfuerzos de imaginación” como los que hacía Bishop resultaban “fatales para el sistema nervioso” y sus imitadores tendrían que aprender. Pero El Tiempo tranquilizó a sus lectores haciendo ver que eso no sucedía en México: lo que sucedía era que los médicos estadunidenses se hallaban en tal atraso que podían cometer esas barbaridades y la “precipitación y falta de miramientos” eran “distintivos y característicos del pueblo norteamericano”.
Ilusionistas, hipnotizadores, magos o charlatanes no dejarían de visitar México durante los años siguientes. Todos emularían estrategias parecidas a las seguidas por Bishop y alcanzarían un mayor o menor éxito entre aquellos que podían pagar el espectáculo que les ofrecían y deseaban persuadirse de que el orden y el progreso habían llegado, arrinconando por un rato la realidad padecida por las mayorías. Todos a su vez serían pronto olvidados.
PARA SABER MÁS
- Vallejo, Mauro Sebastián, “Magnetizadores, ilusionistas y médicos. Una aproximación a la historia del hipnotismo en México, 1880-1900”, Trashumante. Revista Americana de Historia Social, 2005, en https://www.redalyc.org/pdf/4556/455644905010.pdf
- Vallejo, Mauro Sebastián, “El ilusionista Onofroff en Buenos Aires (1895) y Ciudad de México (1900). Hipnosis, magnetismo y el problema de lo paranormal en dos contextos latinoamericanos”, Nuevo Mundo. Mundos Nuevos, 2015, en https://journals.openedition.org/nuevomundo/68323
- Agostoni, Claudia, “Médicos ecuestres, el arte de curar y los galenos en la historia nacional (Ciudad de México, 1877-1911)”, Ciência & Saúde Coletiva, 2008, en http://goo.gl/zDtpCH
