Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30
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Con el inicio del siglo XX, los huertos, campos agrícolas y pequeños pueblos y parajes cercanos al centro de la ciudad de México sufrieron un cambio radical. La capital se expandió y así muchos de ellos quedaron encapsulados por una mancha urbana que aún preserva algunos lugares y edificaciones para descubrir su pasado.
Vivir en una urbe tan grande como lo es la ciudad de México tiene encanto y fascinación, pero al mismo tiempo, múltiples problemas debido principalmente al crecimiento desmedido y sin planeación de la ciudad. Si nos remontamos a otras épocas, veríamos que los límites de la ciudad no iban más allá de lo que hoy conocemos como Centro Histórico y que a lo largo del siglo XVIII el espacio no sufrió cambios notables. Las viviendas, el comercio, las oficinas, las diversiones, los teatros, los hospedajes y los cafés, las imprentas y librerías, y otros establecimientos se encontraban situados dentro de esa delimitación. Fue a finales del siglo XIX y sobre todo a principios del XX cuando su fisonomía se transformó. Sus lindes comenzaron a extenderse hacia el poniente y hacia el sur con nuevas demarcaciones, colonias que darían abrigo a las clases medias y altas. San Rafael, Santa María La Ribera, Roma y Condesa, entre otras, fueron buenos negocios para quienes se aventuraron en el diseño y urbanización de los nuevos fraccionamientos que iban arrancando el carácter rural a los espacios en donde antes había haciendas, potreros y ranchos, con cultivos de maíz y pastizales.
Al sur de la municipalidad de México existían distintos pueblos aledaños como La Piedad, Mixcoac, Tlacoquemécatl, San Lorenzo Xochimanca, Xoco, Actipan, Zacahuitzco y otros más, que contaban con pequeños talleres, fondas y pulquerías, ladrilleras, molinos y pulperías para abastecer las demandas cotidianas de sus pobladores. Amplias propiedades ocupaban las haciendas (Narvarte, Portales y los ranchos Los Amores, San Borja, Santa Rita, California, Pilares, Colorado y Álamos, entre otros) que eran productoras de cereales, flores y frutos. Las fábricas de ladrillos habían socavado los terrenos y dejarían huella de su presencia.
Para adquirir mercancías más elaboradas o específicas, la población de estos parajes se veía obligada a viajar hasta la ciudad de México con el fin de proveerse de los productos que no encontraban, ocuparse del arreglo de asuntos importantes o para acudir a las fiestas y diversiones.
En ocasiones especiales estos lugares se vestían de gala atrayendo a numerosos visitantes que acudían a las fiestas patronales de San Lorenzo, Santa Cruz, Nuestra Señora de la Piedad, el señor del Buen Despacho o la de Santo Domingo… En santuarios o en iglesias se daban cita los pobladores para participar de la alegría del momento, con la misa y la procesión, la feria y los fuegos artificiales.
Estos pueblos, fincas, ranchos y haciendas en múltiples ocasiones sirvieron en el siglo XIX como refugio seguro para aquellos que huían de los levantamientos y disturbios que les tocó presenciar en la ciudad de México.
Guillermo Prieto en sus Memorias de mis tiempos así lo describe:
Para el público, un pronunciamiento era un jubileo y un motivo de holgorio. Cerrábase el comercio, quedaban desiertas las oficinas; las calles solitarias resonaban con el galope de los caballos; la gente se agolpaba en las esquinas para atravesar de un punto a otro […] La vida se desplazaba a otras localidades: a los barrios y pueblos lejanos se trasladaba el movimiento, las tiendas tenían mayor tráfico, las pollas daban a la luz sus vestidos domingueros y los vecinos entablaban diálogos de balcón a balcón inquiriendo noticias.
Eran, además, sitios de paso obligado, según el trazado de los caminos de la época., para llegar a pueblos más alejados como San Ángel, Tizapán y Coyoacán. Con el paso de los años, por esos caminos y calzadas atravesaron los tranvías de mulitas, que como nos dice José María Álvarez en sus Añoranzas, los conocieron, los utilizaron y los recordaban con nostalgia las viejas generaciones: fueron la estampa de fin de siglo en que viajaron hombres de ciencia, poetas, filósofos, bohemios, currutacas… periodistas y todo el enjambre de personas de diversas actividades del México porfiriano, esos tranvías que sirvieron para trasladar en los días festivos a las familias que acudían a la alberca Pane en la festividad de San Juan o hasta La Castañeda de Mixcoac para asistir a los días de campo que hacían en dicha hacienda.
Cambio de época
La vida pueblerina se modificó por el crecimiento de la ciudad de México cuando a principios del siglo XX esta serie de pequeños poblados, haciendas y ranchos comenzaron a ser absorbidos por el crecimiento de la capital, extendiendo sus límites hacia los cuatro puntos cardinales. Las antiguas calzadas y paseos alargaron su extensión para integrar zonas alejadas. A las colonias tradicionales del porfiriato como Guerrero, Santa maría, Juárez, Roma y Candelaria de los Patos, se añadieron poco a poco, otros nombres que si bien recordaban el pasado indígena, colonial, o de México decimonónico, se ostentaban en anuncios como modernos fraccionamientos que se irían construyendo durante la primera mitad del siglo XX y donde parte de la sociedad deseó edificar sus casas.
Así, las viejas haciendas y ranchos, los pueblos indígenas, los huertos con sus árboles cargados de tejocotes, manzanas y peras, los sembradíos de maíz, trigo y las fincas solariegas rodeadas de flores silvestres, enredaderas con moras y campos de fresas, comenzaron a constatar la presencia de maquinarias de las compañías fraccionadoras como la de Alejandro Romero, la de Albert, la María del Carmen o la Del Valle, entre otras, encargadas de planear en los otrora terrenos agrícolas, las nuevas modernas colonias.
Las haciendas Narvarte, Portales o La Castañeda; los ranchos, Cerezo, Colorado, Nápoles o el Xola, los pueblos de Santo domingo Mixcoac, la piedad, Santa María Nonoalco, Xoco, Santa Cruz Atoyac, La Ermita de San Antón; y los barrios de La Candelaria, Santo Tomás Tecoyotitla y Atepuxco, entre otros, empezaron a ver amenazada su tranquilidad al sufrir grandes transformaciones.
Sus angostas y polvosas calles, sus añejas casas con su sabor particular, sus grandes propiedades de cultivos se vieron invadidas por cuadrillas de trabajadores y pesadas maquinarias que tenían la tarea de construir nuevos espacios urbanos para las familias de clase media que crecieron al amparo del progreso porfiriano y de la revolución. Poco a poco el paisaje cambió, los maizales, las huertas, las fincas y los ranchos se transformaban en las colonias Del Valle, Acacias, Narvarte, Portales, Carmen, San Pedro de los Pinos, San José Insurgentes, Nochebuena, Iztaccíhuatl, etc., que surgían al sur de la ciudad entre 1908 y 1950. Los terrenos de cultivo, junto con los viejos cascos de hacienda desaparecían, pero sus nombres a la postre servirían para designar algunas calles y avenidas.
Grandes avenidas con amplios camellones llenos de palmeras, calles simétricas con espacios verdes al frente con truenos, fresnos y jacarandas, diagonales que desembocaban en parques y glorietas, terrenos para escuelas, iglesias y zonas comerciales se dispusieron para configurar el nuevo concepto de colonias modernas al sur de la ciudad que, pese a esta urbanización, no lograron desaparecer un pasado aún presente por largos años. Los legendarios nombres prehispánicos y coloniales continuaron vigentes en la vida de los nuevos pobladores al quedar algunos pueblos inmersos en las zonas residenciales como testigos mudos de la era del cambio. Sus fachadas, sus atrios y sus callejones guardaban la fisonomía de un ayer ya ido y las plazas de los pueblos con antiguas capillas e iglesias se erigirían en testigos de otro tiempo y guardianes de las tradiciones.
Ya no había marcha atrás y había que caracterizar a cada colonia con los nombres de las calles. Los fraccionadores se dieron a la tarea de otorgar una nomenclatura, Unos hicieron uso de añejos nombres como Santa Cruz, Xola, Coyoacán, Actipan, Eugenia, Mayorazgo o San Borja, que nos recuerdan antiguos santuarios, calzadas, huertos, quintas, ranchos o pueblos. Otros echaron mano de nombres curiosos como La Morena en honor a aquella mujer de dudosa reputación de la que muchos buscaban sus favores; o la del Diablo que por la soledad de la calle deambulaba Lucifer. Otros hicieron uso de muy diversos lugares o personajes para denominarlas: algunos hicieron referencia a las ruinas prehispánicas, como las calles de la colonia Narvarte –Uxmal, Tajín, Yácatas, Xochicalco–, y los sitios precolombinos se convirtieron en familiares para los capitalinos. Málaga, Castilla, Coruñas y Boston, Nueva York o Alabama, ciudades de España y Estados Unidos, fueron escogidas para las colonias Álamos y Nápoles; los hubo también que rememoraban actividades públicas como los que ostenta la colonia Unión Postal.
Los nombres de los dioses griegos enaltecieron las calles de la colonia Crédito Constructor: minerva, Febo, Hera, Hermes, Ceres… San José Insurgentes recreó los del centro, Cordobanes, Plateros, Damas, Capuchinas… Otros más inusuales no recuerdan a pintores, periodistas, filósofos, pedagogos o filántropos, mexicanos y extranjeros, como los de las colonias Insurgentes Mixcoac, Periodista o Del Valle. También surgieron aquellas que encontraron en los nombres de flores y frutos un medio para designar sus calles, en alusión a las huertas que en otro tiempo existían en el lugar.
Ante esta nueva situación, hubo quien como José María Álvarez considero absurda esta modalidad de elegir ciertos nombres: En algunas colonias nuevas se han dado nombres geográficos y personales tan exóticos para la imaginación popular, que nada le dicen y para recordarlos sería menester un pueblo de geógrafos y enciclopédicos. ¿Qué esfuerzo de mnemotecnia tendrán que hacer nuestra gatas y ruleteros para recordar los nombres de Giotto, Andrea del Castagno, Jordaens, Sassoferrato, Caracci o Ingres? O los nombres de Nápoles como Idaho, Cleveland, Milwaukee.
No obstante la queja, las colonias se poblaron rápidamente, los terrenos se adquirieron y pronto se levantaron las casa, la mayor parte con dos pisos; las colonias se llenaron de vida y los nombres, incluso raros, se hicieron familiares. Allí se construyó el primer multifamiliar Conjunto urbano Presidente Alemán, siguiendo los patrones arquitectónicos de Le Corbusier, Su diseño estuvo a cargo del arquitecto Mario Pani, en colaboración con el también arquitecto Salvador Ortega y el ingeniero Bernardo Quintana. Allí abrieron sus puertas nuevos mercados y se instalaron innovadores supermercados (Cemesa y Sumesa). En 1962 se inauguró la moderna versión de Liverpool. A las capillas e iglesias coloniales se sumaron unas nuevas y magnas, diseñadas por reconocidos arquitectos como Félix Candela, enrique Langeschdeit y Luis Olvera, entre otros, que pensaron sus proyectos en función de los nuevos y numerosos pobladores.
Fue así como haciendas, ranchos, campos y sembradíos, poco a poco, se convirtieron en colonias del sur de la ciudad. Con el tiempo, ante el crecimiento de la mancha urbana, la ciudad de México demandó en 1970 una reordenación del espacio territorial. Esas colonias que se decían el sur de la ciudad quedarían englobadas dentro de una nueva demarcación, bajo el nombre de Delegación Benito Juárez, y hoy se localizan en el corazón de la capital.
PARA SABER MÁS
- De Garay, Graciela, Mi multi es mi multi, México, instituto Mora, 1999, Dvd.
- Pensado, Patricia y Leonor Correa, Mixcoac, un barrio en la memoria, México, Instituto Mora, 1996.
- Realizar un paseo por las principales plazas de la delegación Benito Juárez como San Juan (Valentín Gómez Farías), Campana y La Higuera, y conocer sus iglesias y capillas coloniales: Santo Domingo, San Juan Evangelista, San Lorenzo Xochimanca y San Simón Ticumán.


