La batalla del 5 de mayo

Carlos Tello Díaz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Presentamos un extracto del libro Porfirio Díaz, su vida y su tiempo, de Carlos Tello Díaz, que la editorial Debate publicará próximamente.

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Ai?? Patricio Ramos, Batalla de Puebla, 1862, A?leo sobre tela. Colección Museo de Historia Mexicana.

El 3 de mayo en la noche, día de nuestro arribo a Puebla, el general en jefe don Ignacio Zaragoza detuvo en su alojamiento a los generales que sucesivamente llegábamos a darle parte de las novedades del día y de la marcha, escribió Porfirio. Cuando nos habíamos reunido los generales don Ignacio Mejía, don Miguel Negrete, don Antonio Álvarez, don Francisco Lamadrid, don Felipe B. Berriozábal y yo, nos manifestó el general Zaragoza que la resistencia presentada hasta entonces era insignificante para una nación como México. Zaragoza tenía su cuartel en la iglesia de los Remedios, al este de la ciudad, por la salida del camino a Amozoc –una iglesia fortificada como todas, en la que apenas era posible entrever el esplendor del barroco del siglo XVIII. Durante la plática que tuvo con sus oficiales, vestidos todos de casaca y pantalón de paño azul obscuro, con botones y galones de oro en los hombros y los puños, el general en jefe agregó que una nación de más de 8 000 000 de habitantes no podía permitir que el invasor llegara sin oposición hasta la capital, que por eso debían combatir hasta el final, hasta el sacrificio, si no para vencer, cosa difícil, al menos para causar en el enemigo el daño suficiente para obligarlo a permanecer en Puebla, con el fin de dar a la nación el tiempo necesario para preparar la defensa del resto de la República. Todos los jefes ahí presentes respondieron animados de los mismos sentimientos.

Los templos y los conventos de Puebla, unidos por una serie de trincheras, servían de puntos de apoyo para la defensa de la plaza, que además estaba protegida, fuera de ese perímetro, por los fuertes de Loreto y Guadalupe, situados al noreste de la ciudad, sobre la cresta del cerro de San Cristóbal. Zaragoza empleó la noche del 3 de mayo en mejorar las fortificaciones del interior, en hacer trabajos de zapa alrededor de los fuertes, para lo cual mandó expropiar los instrumentos de labranza de las haciendas en las inmediaciones de Puebla. Después artilló los fuertes del cerro con lo que tenía, que no era lo mejor. Sus cañones pare- cían antiguos: había que cargarlos por la boca, con balas en forma de esfera, potentes, pero muy poco certeras. La desproporción entre las fuerzas enfrentadas en esos momentos era gigantesca. Los fusiles de los franceses tenían, en promedio, un alcance de 800 metros; los de los mexicanos, en general, un alcance de 300 metros. Existe la leyenda de que muchas de las armas utilizadas por Zaragoza databan de los tiempos de la batalla de Waterloo. Es posible, pues entre ellas estaba el mosquete llamado Brown Bess, inglés, común a fines del siglo XVIII, usado en la campaña contra Napoleón, después en India y en África, vendido por los ingleses a México durante la invasión de Estados Unidos, por lo que circulaba todavía al estallar la guerra de Intervención. Aquel mosquete no era de chispa sino de pedernal, con la cabeza del martillo hecha de sílex. Pesaba cerca de cinco kilogramos, sin la bayoneta.

La madrugada del 4 de mayo, Ignacio Zaragoza ordenó al general Miguel Negrete ocupar los fuertes del cerro de San Cristóbal. Ambos eran templos levantados a mediados del siglo XVIII –uno en honor a la Virgen de Guadalupe, otro en homenaje a la Virgen de Loreto– que durante las luchas por la Independencia fueron convertidos en fuertes por los realistas, función que no dejaron de ejercer durante la guerra de Reforma. Negrete quedó al mando de los dos, Loreto y Guadalupe. Era poblano, originario de Tepeaca. Abrazaba desde joven la carrera de las armas: peleó contra los norteamericanos en Veracruz, Puebla y México, y luchó más tarde con los liberales por el Plan de Ayutla, proclamado contra la dictadura de Santa Anna. Al ocurrir el golpe de Zuloaga, sin embargo, dio su adhesión a los conservadores, con los que combatió durante toda la guerra de Reforma. Derrotado en Calpulalpan, exiliado Miramón, aceptó entonces la amnistía que ofreció a los vencidos el gobierno de Juárez, amenazado por la Intervención. En Puebla, con el enemigo enfrente, no obstante haber combatido junto al partido del clero, Zaragoza confió en él, al grado de que le dio el mando de una de las posiciones más importantes de la plaza (no encuentro mérito para dudar de la lealtad del ciudadano general Negrete). Tuvo razón en darle su confianza, como lo habría de acreditar la historia. Porque Negrete tenía defectos, muchos, pero era un patriota. Yo no soy de eso hombres que se venden a todos los partidos sino de los que se sacrifican a su patria, escribió por esas fechas. Porque antes que partidario soy mexicano. 

El general Porfirio Díaz pasó la noche junto a su columna, con armas en pabellón en la plazuela que estaba frente a su cuartel. Ahí dormía cuando, la madrugada del 5 de mayo, el general Ignacio Zaragoza dio sus instrucciones a los jefes de brigada por medio de sus ayudantes en el Estado Mayor. A las dos de la mañana llegó a darme órdenes el teniente coronel don Joaquín Rivero, recordó el general Díaz, quien puso de inmediato en pie a toda su columna. Seguí con ella a Rivero, quien mecondujo a la ladrillera de Azcárate, que es el último edificio de la ciudad sobre el camino de Amozoc. Era una fábrica de ladrillos situada en el punto más al este de la plaza, donde todos esperaban el ataque de los franceses. A su derecha, al sur, fue colocada la brigada del general Antonio Alvarez y a su izquierda, al norte, hacia el fuerte de Guadalupe, la brigada del general Felipe Berriozábal, seguida a su vez por la brigada del general Francisco Lamadrid. Un momento antes del amanecer, Zaragoza llegó junto con su Estado Mayor para decir unas palabras a los soldados de Oaxaca. Porfirio tenía bajo su mando cinco batallones, con el Batallón Morelos, aunque el 1º y el 2º no llegaban entre los dos a 100 hombres, pues los formaban los restos de la catástrofe de San Andrés Chalchicomula. El Batallón Guerrero estaba a las órdenes de su amigo de la infancia, el teniente coronel Mariano Jiménez, y el Batallón Independencia al mando de su compañero del Istmo, el coronel Pedro Gallegos. Su hermano Félix, quien acababa de cumplir 29 años, comandaba una fuerza de caballería, los Lanceros de Oaxaca. Eran en total 1 000 hombres. 

Hacia las nueve de la mañana, los mexicanos, desde su posición en Puebla, vieron brillar las bayonetas de los franceses en la cumbre del cerro de las Navajas, muy cerca de la hacienda Los Alamos. Había polvo de pisadas, humo de disparos de la caballería que los hostigaba en su avance. Díaz los observaba desde la ladrillera de Azcárate. Siguieron el camino que conduce de Los Alamos a la hacienda de la Manzanilla, con la intención al parecer de rodear la ciudad más bien que de atacarla por su frente, pues habían dejado la carretera que conduce de Amozoc a Puebla. Comprendió, entonces, que los franceses no iban a chocar con él, sino con los fuertes de Loreto y Guadalupe. El general Lorencez hizo avanzar hacia allá un cuerpo de 2 500 hombres, según información del Ejército de Francia (4 000, en el cálculo de Zaragoza). Los franceses hicieron un alto de 20 minutos para comer su rancho, pan y café, y luego, al mediodía, avanzaron con una columna de infantería en dirección al cerro de San Cristóbal. Zaragoza tenía ese día un telégrafo de metal colado y madera tallada, muy pequeño, en su cuartel de la iglesia de los Remedios. Dio entonces instrucciones de enviar un telegrama al Ministerio de Guerra, en la ciudad de México. Decía así: Son las doce del día y se ha roto el fuego de cañón por ambas partes. 

El general Ignacio Zaragoza, sorprendido por el ataque al punto mejor protegido de la plaza, ordenó que las brigadas de Berriozábal y Lamadrid subieran al trote hacia el norte, rumbo al cerro, para reforzar los fuertes de Loreto y Guadalupe, a las órdenes del general Negrete. Porfirio vio el humo de los tiros de cañón a su izquierda, allá en el cerro. Durante los primeros ataques que la infantería enemiga dio a los fortines de Guadalupe y Loreto, comentó, las columnas que estaban a mis órdenes permanecieron en quietud puesto que, según instrucciones superiores, no llegaba aún el momento de moverlas. Más tarde, desde la ladrillera de Azcárate, observó que, al dejar los accidentes del camino para salir al descampado, los franceses resentían la artillería de Negrete, que los golpeaba de frente, junto con el fuego de fusilería de Berriozábal. Algunos empezaron a retroceder. Lorencez ordenó entonces un asalto más, ejecutado por la tropa que llevaba de reserva, la cual salió en refuerzo de la columna de avanzada. Los zuavos lograron pasar los fosos de la capilla de la Resurrección, empezaron a escalar las trincheras del fuerte de Guadalupe. El curso de la batalla estaba incierto. Porfirio Díaz fue arremetido en ese instante por una columna de cazadores de África y de Vincennes que atacó sus posiciones en la ladrillera, por el camino de Amozoc. Era considerable. Venía sobre el llano y plantío de cebada, escribió, atacando directamente las posiciones que yo ocupaba al oriente de la ciudad, sobre la carretera. La enfrentó con el Batallón Guerrero al mando de Mariano Jiménez, que avanzó hacia Amozoc. Eran cerca de las tres de la tarde cuando, de repente, estalló una tormenta de granizo sobre Puebla. Todos en el cerro detuvieron los combates. Las pendientes se hicieron tan resbaladizas que los hombres apenas podían mantenerse en pie, indica el testimonio de un francés, y el general Lorencez dio la orden de batirse en retirada. Porfirio los vio bajar desde su posición en la ladrillera. Se convirtieron en torrentes de fugitivos que veloces descendían del cerro y parecían pretender cortar a los que combatíamos en el valle, afirmó en su parte de guerra a Zaragoza. Un torrente de zuavos con casacas azules y pantalones rojos y bombachos, introducidos bajo las polainas blancas que cubrían sus botas. 

Los zuavos que descendían por el cerro, a la izquierda del general Porfirio Díaz, enfilaron su repliegue hacia la hacienda de San José Rentería, igual que los cazadores que acababan de ser repelidos en el llano por el Batallón Guerrero. Era ya tarde. Díaz mandó entonces reforzar su flanco más amenazado, el izquierdo, para marchar, con él al frente, sobre los franceses que retrocedían hacia la hacienda. En esa persecución, sus hombres utilizaron sus mejores armas, entre las que sobresalía el fusil Enfield, inglés, popular en el Ejército de México durante la guerra de Reforma. Este fusil de chispa funcionaba con cartuchos de papel, igual que los fusiles de los franceses. Porfirio llevaba uno también, sin duda. Era un arma de avancarga, como todas las que fueron usadas aquel 5 de mayo. Sus soldados, al avanzar, tenían que hacer una pausa en el terreno. Entonces destapaban el cartucho con los dientes, echaban la pólvora, la bala y el resto del cartón por el tiro de su fusil, y luego sacaban la baqueta y le daban la vuelta, para atacar el cañón hasta dejar todo compactado. Una vez terminada esta operación, muy laboriosa, ponían de vuelta la baqueta en su lugar, para después sacar una de las láminas de fulminato de mercurio que llevaban en la cartuchera: la colocaban en la recámara del fusil, apuntaban con precisión –y disparaban. Así también debían hacer los franceses. Un fusilero con talento llegaba a disparar hasta dos tiros en un minuto. 

Cuando en esta forma perseguía al enemigo recibí repetidas órdenes para hacer alto y lo verifiqué dejando a mi retaguardia el sitio del combate y con el enemigo al frente en el más completo desorden y distancia de 700 metros, escribiría Díaz en su parte de guerra a Zaragoza. Pero la realidad fue distinta. Cuando había avanzado en persecución del enemigo más allá del alcance de los cañones de Guadalupe, recordaría con los años, en sus memorias, recibí una orden del general en jefe con el capitán Pedro León, uno de sus oficiales de órdenes, en que se me prevenía suspendiera la persecución. Contesté negativamente y que yo explicaría mi conducta. En seguida se me presentó el jefe del Estado Mayor, coronel don Joaquín Colombres, intimándome que no insistiera en dicha persecución y que de no obedecer esa orden tendría que explicar mi conducta, no al general en jefe, sino a un consejo de guerra. El general Díaz le expuso que si detenía su ofensiva, el enemigo, reorganizado, suspendería su retirada, podría incluso embestirlo; que su columna era pequeña, estaba demasiado lejos de los fuertes para ser auxiliada con oportunidad; que faltaba ya poco para que obscureciera, momento en el que podría hacer, con menos peligro, su movimiento de retroceso. El coronel Colombres estimó justas mis observaciones y me dijo que, aunque eran otras las órdenes que traía del general en jefe, siguiera yo ejecutando mi propósito, y que él se lo explicaría. Ejecutada mi retirada hasta mi antigua posición, que era la ladrillera de Azcárate, me presenté al general Zaragoza en el atrio de la capilla de los Remedios. Era ya de noche. Ignacio Zaragoza, radiante de felicidad, aprobó todas sus acciones. Y unos días más tarde, al escribir su parte de guerra, aludió con discreción y generosidad a esa desobediencia, en el momento de hablar de los franceses refugiados en la hacienda de San José Rentería. Yo no podía atacarlos, dijo, porque, derrotados como estaban, tenían más fuerza numérica que la mía; mandé, por tanto, hacer alto al ciudadano general Díaz, que con empeño y bizarría los siguió, y me limité a conservar una posición amenazante. El general en jefe, temeroso de seguir a los franceses, ordenó parar al oaxaqueño, quien sin embargo, a pesar de recibir repetidas órdenes para hacer alto, como él mismo dijo, los siguió –con empeño y bizarría, agregó su general. Porfirio Díaz estaba, como todos los oficiales presentes aquel día, orgulloso de su papel en ese drama –tanto que mandó a Oaxaca, para la sala de su casa, un croquis de la batalla del 5 de mayo que tenía inscrito el parte del comandante en jefe del Ejército de Oriente. 

Todo había concluido con el anochecer. Las armas del Supremo Gobierno se han cubierto de gloria, acababa de telegrafiar a la capital el general Ignacio Zaragoza. El silencio reinaba de nuevo en el campo que rodeaba a la ciudad de Puebla. 

Esta victoria fue tan inesperada que nos sorprendimos verdaderamente con ella, recordaría con los años Porfirio, y pareciéndome a mí que era un sueño, salí en la noche al campo 

para rectificar la verdad de los hechos con las conversaciones que los soldados tenían al derredor del fuego. En torno a esas fogatas, al platicar con aquellos hombres, escuchó muchos de los episodios de la batalla que sucedieron fuera de su alcance, en los fuertes de Loreto y Guadalupe. Así conoció las hazañas del coronel Juan Nepomuceno Méndez, quien mandaba las fuerzas de indios de Tetela y Zacapoaxtla, organizadas en un batallón de guardia nacional de Puebla. Eran serranos, vestidos con huaraches de cuero y camisas y pantalones de manta, algunos con huipil de lana teñido de café, y armados con machetes. Defendían el espacio descubierto entre Loreto y Guadalupe. Díaz acababa de conocer a Méndez la víspera, ahí en Puebla. Supo que durante la batalla resultó herido en un brazo, herida que lo puso al borde de la muerte. Era un indio de las montañas, minero y maestro, soldado por necesidad, hombre de principios, muy honrado, que sería con los años uno de los personajes más cercanos a él, sobre todo durante la rebelión de Tuxtepec, al grado de que le daría su apoyo para ser, por unos meses, presidente de la República. 

El 10 de mayo, Porfirio escribió a su hermana Nicolasa, quien residía en Oaxaca con su sobrina Delfina. Nicolasa tenía ya 33 años, pero no estaba aún casada, ni tenía hijos. El día 5 del corriente llegó el deseado momento de sacudir los mamelucos colorados, y con el gusto rebosando a punto de ahogarnos comenzamos el sainete a las once de la mañana, le dijo Porfirio. Hemos tenido pérdidas muy considerables, pero hemos matado muchos, muchos monsieurs. El núcleo de la batalla duró, en realidad, más o menos cuatro horas, durante las cuales murieron alrededor de 254 hombres: 83 mexicanos y 171franceses. Un promedio de más de 60 combatientes por hora: un muerto cada minuto, durante cuatro horas… Hubo también heridos, muchos, 436 en total: 132 mexicanos y 304 franceses. Un promedio de cerca de 110 soldados por hora: dos heridos cada minuto, durante cuatro horas… Las batallas eran sangrientas en aquellos tiempos, con tácticas napoleónicas de choque frontal entre las líneas. Díaz tuvo que lamentar dos muertos: el capitán Manuel Varela, autor de unos versos que había recitado a sus compañeros la víspera de la batalla, y el subteniente Miguel González, muy joven, abanderado del 2º Batallón de Oaxaca (hijo de doña Ana, le informó un oficial al presidente Juárez). Porfirio Díaz habría de conservar por el resto de sus días la bandera de ese batallón, que defendieron ambos hombres con sus vidas. Jamás olvidaría aquella jornada. Yo nunca había tenido más gusto ni día más grande que el día memorable 5 de mayo, día grande y de gloria, le confió a Nicolasa. No hay soldados como los nuestros. Que no nos cuenten batallas de Magenta, Solferino, Austerlitz y Crimea, que todas estas cruces y preseas han venido a adornar el pie de la bandera mexicana. Ruega a Dios que no me vuelva loco de gusto, da un abrazo a Delfina y manda a tu hermano que te quiere, Porfirio. El general Díaz dobló en cuatro el papel de la carta para anotar, en el reverso, el nombre y la dirección de la destinataria: señorita doña Nicolasa Díaz, Oaxaca. 

En el campo de los franceses imperaba un sentimiento de amargura después de la batalla. El general Lorencez sintió un intenso pesar por el fracaso que había sufrido, recordaría un oficial del Cuerpo Expedicionario. Echó la culpa a Dubois de Saligny, quien lo había engañado, dijo, con respecto de las emociones favorables a la intervención en la ciudad de Puebla. ¡Soldados y marinos! Su marcha a México se detuvo, proclamó en un bando. Se les había repetido cien veces que la ciudad de Puebla estaba ansiosa de su presencia y que su población correría a su encuentro para cubriros de flores. Con la confianza que nos dieron esas certezas engañosas nosotros nos presentamos en Puebla. Sus oficiales hicieron eco de esas palabras. Nos engañaron sobre el verdadero estado de las mentes, escribió uno de ellos. Mejor hubiera sido no venir nunca. Pocas ciudades odiaban tanto a los liberales como Puebla, baluarte de los conservadores durante la guerra de Reforma. Su población, por eso, deseaba el éxito de los franceses, pero esa simpatía por ellos no podía ejercer influencia en el resultado de la batalla. El descalabro de los franceses, de hecho, fue vivido como un trauma por la ciudad, uno que ni siquiera trató de disimular. Qué bueno sería quemar a Puebla, exclamó con furia el general Zaragoza. Está de luto por el acontecimiento del día 5. Esto es triste decirlo, pero es una realidad lamentable. El general Díaz tenía la misma opinión, expresada con la misma fuerza, como lo habría de recordar años después un amigo, él mismo originario de Puebla. Dijo que hubo una época en la que hubiera hasta arrasado con sus propias manos la ciudad. Todos, ahí, estaban con los franceses. Ese era el sentir de la población de una ciudad que, por un decreto de Juárez, habría de ser llamada más adelante Puebla de Zaragoza. 

Por un momento, Lorencez pensó en recomenzar el ataque por otro punto, pero al final decidió la retirada hacia Orizaba. No quería exponer a su ejército, que era pequeño, a otro descalabro. El 10 de mayo salió de Amozoc rumbo a Tepeaca, para seguir de frente hacia Acatzingo, Quecholac y Palmar. Sus hombres marchaban cabizbajos. El capitán de artillería Paul Guinard escribió el 22 de mayo, ya desde Orizaba: Cuando dejamos Francia, todo el mundo hablaba de nuestra expedición como de un juego. Un paseo nada más, ¿no es cierto? Tan sencillo como ir un domingo a Saint-Cloud. Todo comenzaba a ser visto con menos inocencia. Quedaba ya claro que la intervención en México, para tener éxito, implicaba multiplicar los elementos del Cuerpo Expedicionario. Esa fue la decisión que tomó en aquel verano el emperador Napoleón III, junto con la de relevar del mando al general Lorencez. Estaba molesto con su conducción de la batalla, furioso por las consecuencias que todo eso tenía sobre sus planes. El descalabro en Puebla habría de retrasar por un año la llegada de los franceses a la capital de la República. En ese tiempo, la nación tuvo el tiempo que necesitaba para preparar la resistencia. 

PARA SABER MÁS 

Meyer, Jean, Yo, el francés: crónicas de la Intervención Francesa en 

México (1862-1867), Tusquets, México, 2000. 

Niox, Gustave, La expedición a México: relato político y militar, El Colegio de Puebla, Puebla, 2012. 

Orozco, Ricardo, Porfirio Díaz Mori: la ambición y la Patria, cehipo, México, 2015. 

Palou, Pedro Angel, 5 de mayo: 1862, Gobierno del Estado de Puebla, Puebla, 2000.