De orden suprema

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

guillermo prieto

Su maldad ha convertido a la patria en un vasto cuartel

Guillermo Prieto (Fidel)

Santa Anna presumirá de generoso por haberte arraigado en este pueblo, Francisco, sin más celadores que el cura y el juez de paz, pero el exilio en el extranjero habría sido mejor.

El rebozo verde y la falda roja de doña Lupe ondean junto a la cerca; a la nívea blusa sólo le faltan el águila y la serpiente. ¿Por qué vestirá así? Malhaya, cierra ahora el libro, se inquietará si descubre que lees versos y no las vidas de santos que el cura ordenó. ¡Vaya que debe de creerse lo que este dice sobre los malos instintos que excita la poesía! ¿Sabrá esta mujer de amor? Pregúntale… ¡Vamos, si tiene marido! Para enfadarla es mejor que le cuentes de cómo santa María Egipciaca vagó desnuda por el desierto durante sesenta años incitando a un pobre eremita.

Buen día, don Pancho. ¿Despertó al fin? Je je, el señor cura y el señor juez le mandan sus saluditos. ¿Tiene hambre? Ahorita le alisto el almuerzo y si quiere luego converso. Dice mi Pedro que soy una liosa, pero yo digo que a veces sirve ¿no lo piensa así?

Escucha cómo los pasos de doña Lupe andan ya en la cocina, Francisco. ¿Cómo será su Pedro? Si la recua que este posee llega muy lejos, rara vez vendrá. ¡Ojalá que llegara pronto para recibir noticias frescas! La mejor sería que el dictador cayó, así regresarías a la imprenta y al café del Bazar y la Alameda. ¡El cuaderno! ¡Corre! No sea que la doña lo vea sobre el buró. Ponlo arriba del ropero, allí nunca sacude. Si lo llega a leer, la asustarán tus opiniones a favor de la revuelta y si se lo lleva al cura y este lo pasa al juez y el juez al jefe de distrito, ¡quién sabe la que te espera! Y de seguro que es secuaz de Santa Anna: ¿por qué si no te alojan en su casa? Versa bien Fidel: ¡verdugos de los pueblos son de su señor esclavos! Buscarán la suprema orden para devolverte a Ulúa y de allí se sale… con los pies por delante. Tu existencia valdrá menos que un grano de anís.

Basta, tampoco vivas en víspera. Mejor recuerda el escrito de anoche, es bueno, es firme, es convincente. Si tu editor lo leyera, lo pondría en la primera plana. Aunque si cerraron el diario… ¡Malhaya con la ley de prensa! Bien dice el poeta que la palabra se ha vuelto sorda, sin ímpetu, sosegada. Aunque si consiguieran imprimirlo en un taller clandestino, y circulase como hoja suelta, ¡con suerte llega a Quinzuñas y a sus sicarios y les da chorrillo!

Aprovecha mientras doña Lupe cocina y pregúntale qué tal la misa, qué dijo el cura, quiénes asistieron. ¡Qué olor! ¡Chilaquiles y frijoles! Menos mal que sabe guisar. Sus salsas matan y a la vez reviven. Ponle una poca a la tortilla, así distraes el hambre. ¡Cómo pica! ¡La muy méndiga se ríe! A pie enjuto que le echó todo el chile que tenía. 

¡Listo! Come y disfruta que en la prisión no podrías. Sopea el buñuelo en el chocolate; qué gloria. Calla, es momento de oírla, la doña cuenta de más si se sabe atendida y conviene oír. Ahí viene: el sermón la durmió pues se aburre con el padre Manuel y sobre todo la enoja que en nombre de Dios los apremie a obedecer al gobierno. Sigue con los pocos fieles que acudieron, dizque por la reunión “secreta” que hubo en casa del barbero, y continúa con que asistieron soldados, tal vez se hallan de paso, aunque saludaron al juez de paz. ¿Este? ¡Naturalmente! Don Ramón jamás falta y además iba con su hija. La patrona calla y sonríe con burla, como si algo supiera. ¿Qué puede ser? Habla de la muchacha, que si tan guapa pero tan coqueta, aunque feliz será quien la lleve al altar. 

–Si madrugara, don Pancho… Por dormilón no ve a la Dulcita que tanto pregunta por usté. Yo no sé qué decirle y por eso la hago de alcahueta, aunque si mi Pedro lo sabe se va a enojar. ¡Je je! Cuando su padre y el cura susurraban en la sacristía, ella aprovechó para darme esta notita dirigida a usté. Tenga, pero le prevengo: tome cuidado. 

Soldados? ¿De paso? ¿Una reunión “secreta”? ¿Será de amigos o de enemigos? Pero ya sabes dónde y a qué hora complotan don Manuel y don Ramón. Aunque Francisco, calma, eso nada significa, queja tuya no pueden tener cuando hasta ayer acataste la suprema orden de “no escribir”. Pero anoche, anoche tu mano no pudo más y tomó la pluma y la hundió en el tintero y la llevó al papel y la hizo bailar encima hasta que de tanto ir y venir descansó tu pesar. Sólo a alguien tan perverso como a Su Alteza Serenísima se le ocurre prohibir tal cosa a un periodista. Sí, ellos ignoran que anoche incumpliste, y hoy incumplirás de nuevo. ¡La doña no pudo contarles! Duerme profundo, ¡sus ronquidos deben de oírse hasta la catedral de México! Además, con esa sonrisa, no puede ser una espía. ¿No te dijo la otra tarde que casi te ve como a un hijo? 

¿Y qué con Dulce? Malhaya, sólo quiere pasear, pero si su padre sabe que está con el maldito liberal que le pareces, se hace un lío, si bien la madre es más peligrosa, ella quiere unir a la hija con uno de la capital. ¿Vas o no vas? El sitio es bello. ¿Y si es una trampa? No exageres, Dulce sólo quiere jugar, allí junto al río, bajo los ahuehuetes. Ve, también lo deseas. O aguantas aquí toda la jornada sin más yunta que tirar que las vidas de santos. Ve, la niña sabe reír y tiene la cintura pequeña, y no se diga los pies, y para presumirlos gusta de descalzarlos. Ve, pero antes acicálate un poco. 

–Je je ¡le cambió la jeta! Vaya con la Dulcita, don Pancho, pero tome cuidado que es mañosa y la madre lo es más y el padre no se deja y si algo le pasa a la hija hasta a mí me lo cobrará. Tome cuidado y no se apure en volver que mi Pedro mandó aviso y voy a dejar la casa como tacita de plata y usté aquí no me lo va a permitir. 

No es tan malo el pueblo, Francisco, aunque lo tuyo sea el periódico y la ciudad, para allá tendrías que enviar tu escrito. Pero ¿cómo y con quién? ¿Serán confiables los que se reúnen de noche? ¡Quién sabe! Aquí todos son amables y saludan sonrientes, todos charlan y convidan de su licor de manzana, pero están a la mira, no cesan de escuchar. Temen tanto lo que el juez y el cura puedan decir que si les pides el favor o insinúas un soborno irán con el chisme. 

¿Y si se lo pides a Dulce? Tal vez acceda, pero cobrará caro. Y la revolución demanda sacrificios, no inmolación. Ni modo, mejor aguardas el triunfo, aún eres joven y Santa Anna acabará por caer. Un día reanudarás tu vida y acaso entonces alcances la fama por tus versos o novelas o por la imprenta que vayas a dirigir. Entonces precisarás de una musa. 

¿Dulce? ¡No! Es bonita, pero tan rústica que pasarías vergüenza si la llevaras contigo. Aunque ahora resulte hermoso verla surgir del río con los brazos abiertos al cielo que corteja a los ahuehuetes. No es ella sino María Egipciaca, tan desnuda que resulta imposible rezar. “Don Paco, tome cuidado.” Doña Lupe no dijo cómo, y vas hacia quien viene sacudiéndose el cabello mojado, te acercas, te rechaza, ¿cómo que no?, y caen sobre la arena. ¿Tomar cuidado? ¡Malhaya!, no sabes cómo. 

Por la enramada saltan destellos de sol. Egipciaca toca tus pies con los suyos, los sube por tus pantorrillas, retozan en tus corvas. Son suaves, muy suaves, pero se alejan, ¿qué?, la aprietas, la jalas, sientes que las uñas de sus manos te rasguñan la espalda. ¿Y la ropa? ¿Dónde quedó? ¿Cómo la buscas si los ojos de Dulcita brillan y sus labios mojan los tuyos? “Tome cuidado.” ¿Cómo, si trenza su lengua en la tuya y los gemidos suben juntos? ¿Cómo? Si dice: Calma, hay tiempo, el padre fue con el jefe político y volverá noche, sólo la madre sabe. ¿Cómo? Si dice: No temas, pero que sea pronto, por favor, pronto, al fin adluego nos bendiga el cura serás el único, pronto, por favor, por favor. 

¿Por favor? Francisco, ataja, “tomar cuidado” es atajar y alzarse y vestirse y correr sin mirar hacia atrás, haciendo oídos sordos a los lloros y gritos insistentes. “Tomar cuidado” es haber previsto la ira paterna y la astucia de la madre. Malhaya, por no atajar, ahora tú tendrás que decir por favor, por favor. ¿Qué se piensa Dulce? ¿Y tú, necio, que te descuidas? Tan pronto escuche lo que la esposa y la hija le quieran contar, es fácil imaginarse la reacción furibunda de don Ramón, quien exigirá boda y luego hasta ofrecerá la gran festa. ¡Por fin se divertirán los aburridos vecinos! ¡Y doña Lupe será la madrina, con el rebozo verde y la falda roja y la nívea blusa y hasta el águila y la serpiente sobre los hombros! ¡Todos felices menos el gran escritor! ¡Tiene gracia! Ya, no desatines, mejor corre e intenta desaparecer. 

Corre, sí, acaso la doña pueda ayudarte, pídeselo entonces, sigue corriendo. Pídelo y aguanta el “se lo advertí, don Pancho”. Pero no, mejor para, respira hondo y ensaya lo que vas a decir. Allí está, muy quieta en el corredor. ¿No iba a asear la casa? ¿Lee? ¿Qué lee? ¿Querrá saber más de la Egipciaca? ¡Si supiera lo que la santita acaba de hacer! ¡Y tú, pobre eremita! Llámala, agita el brazo, da voces. Se vuelve, pero ve a lo lejos, su rostro está serio. ¿Sabrá ya de Dulce? ¡Imposible!; ese petardo tronará después. Ahora sí te ve, y sonríe, pero está turbada, algo le sucede. 

–No más no se me encabrite con lo que diré, don Pancho. Es que mi escoba se topó con este libro abajito de su cama y yo lo abrí y le atiné a un verso de esos que hacen que a una se le antoje hacer cosas malas, aunque mi Pedro dice que no, que están bien. Lo iba a echar a la lumbre, como manda el padre Manuel, pero me ganó lo fisgona y pues adluego leí otros que me hicieron reír. Y como también dice mi Pedro que reír es bueno, dejé la barrida para otro día y me seguí. Aquí estoy, y ya no río, tristeo, es que otros versos me hicieron llorar. ¿Cómo no, si ese don Fidel que escribe lastima con la “tiranía anubla el suelo de nuestra patria?” Es cierto, y me turba no hacer nada y que el de la pata de palo nada más haga averías, y por eso me animo a contarle que yo pienso como usté, pero no lo digo porque me da miedo. 

¡Malhaya! De haber sabido que la doña pensaba así, ha mucho pudiste confiar en ella. Necio, si la ropa abanderada hablaba por sí misma y también sus historias, dizque fortuitas. Capitalino, ¡pudo más tu soberbia!, a ver cómo le haces ahora para desenredar la madeja, y desenredarla es alejarse, alejarse es dejar el país, ir a donde los esbirros de Santa Anna no te puedan alcanzar. 

–De veritas no le iba a espiar, pero fue bueno pues ocurrí algo que le gustará. Y es que anoche me despertó la luna, y tuve tanta sed, que fui a por agua y al pasar junto a la alcoba de usté le vi escribir en esta libretilla; tómela, mi plumero la halló al limpiar encima del mueble. No la iba a leer, pero ¡soy tan fisgona! Leí todito. No se espante, no, ensanche su corazón que le guardaré el secreto, al cura y al juez siempre digo sí a lo que ordenan, pero es no. Don Pancho: sus palabras me colmaron el ánimo; fue cuando, je je, ocurrí que si le arrimo el hombro y usté me lo arrima a mí, juntos lo arrimaremos al pueblo que dice el Fidel que “ya se ha desatado, y brama, rompe y destroza las estatuas del tirano”. Ocurrí también que basta de holganza, así que ahora mismo se pone a escribir, que después yo me haré de sus líneas para enviarlas a donde deban llegar. Como que me llamo Guadalupe y consigo que alcancen su destino, se lo juro por mi Virgencita hermosa. Quite pues esa jeta que remedio lo hay. 

¡No puede ser! Aparte quedarás mal con ella; cuando sepa que debes irte y no podrá cumplir su deseo de colaborar en la revolución, te va a odiar. Lo mereces. ¡Tan bien que antes habría estado escribir para el periódico y con su apoyo remitir información a la capital! ¡En las mismísimas uñas de Quinzuñas! Sólo te resta rogar a la doña, vamos, hazlo ya. 

¿Qué mira? ¿Por qué calla? Espera, escucha los silbidos, alguien se anuncia. Son pasos, son cascos que golpetean sobre la vereda, es polvo que se levanta. ¿Soldados? No, mírala alzarse, se estira, otea. Mira cómo sonríe y cómo sus ojos brillan, sabe quién llega y la alegra. Mira, corre hacia el hombre que sale de entre los árboles y también corre y la abraza. La recua se detiene, los arrieros se recargan en la cerca, están en casa. 

Mírala feliz, Francisco: es su Pedro. Él te ve, duda, se demora, pregunta a la doña, se sosiega al oírla y se deja empujar a la poltrona y que ella le quite el sombrero y le suba los pies a la mesa y le saque las botas y lo bese y lo bese de nuevo. Cuando oye el tengo harta sed, ella corre al pozo por agua bien fría. Don Pedro señala una silla; ¡toma asiento! Te cata y pregunta quién eres, qué piensas, por qué el arraigo, cuáles son tus planes. Admites la verdad. Asiente, te escruta, murmura un menos mal, no es cofrade del cojo. Se apoya en el respaldo, baja los párpados, contienes el aliento mientras emite el fallo, de súbito le oyes roncar. La doña aparece con tres vasos de horchata y sonríe. 

–Siempre es lo mismo, je je, de menos dormirá hasta mañana por la tarde. Camina mucho; le repito que así no se vive, pero a él le gusta. ¿Qué hago? Conformarme con unos días y unos ratos. Pero quítese el susto que mi Pedro es bueno y nos ayudará. Las mulas llevarán sus letras, muy dentro de los fardos, y ni ellas ni los arrieros hablarán. Y por el mientras don Pancho, váyase usté a trabajar; en la alcoba le puse una mesa para escribir. Adluego voy yo, quién quita y le dé alguna idea. 

Habla, Francisco, ahora es cuando; dile lo qué pasó con Dulce, y que no quieres boda, sino escapar. ¿Ves? Ya está. Se ha enojado, pero entenderá, si te dijo eso de “tomar cuidado”, pero no, el enojo es contigo, de seguro no comprendió. Malhaya, explícale otra vez, suplícale que persuada a su Pedro de llevarte con él. Mírala que tuerce la boca y se aprieta los dedos, los sube a las sienes, se ve agobiada, debe ser que te siente como un hijo y te quiere ayudar. 

–¡En qué embrollo nos ha metido, don Pancho! De por sí enviar noticias iba a resultar difícil, ahora será peor. Pero no hay que renunciar. Usté tendrá que casarse, ayudarlo a huir sería una indecencia. Y mejor quite esa muina, que la Dulcita es guapa y muy hembra, tendrá muchos críos y, óigalo bien, cuenta con dote, recibirá su herencia, y en el entretanto, siendo yerno del juez de paz, ni quien se le atraviese a usté. A lo mejor, je je, hasta se gana la confianza de don Ramón y, si no, podrá espiarlo y obtener información. M’hijo, suena bien; ahora ánimo que por la patria se hace lo que se sea necesario hacer. Ándese pues a la alcoba que, como dice el Fidel, está en su destino escribir. 

Ahora sí, Francisco, nada te queda por hacer. Ni procurar que el tal Pedro te esconda en su recua, que doña Lupe se encargará de convencerlo de que debes quedar, y dedicarte a escribir y espiar y escribir aún más. ¿No era lo que querías? Resígnate entonces, lo más seguro es que cuando la revolución triunfe ya ni siquiera desees marcharte, seas padre de varios hijos y, quién quita, luzcas tan formal y respetable como el cura y el juez de paz.