Guadalupe Villa Guerrero
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.
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La obra pictórica de este artista mexicano está marcada por diversas corrientes estéticas. Pasó por el expresionismo y el gestualismo. También destacó en trabajos abstractos y figurativos. De trazo fino y elegante, incursionó en los procesos gráficos y la escultura. Ha sido un prolífico paisajista. La influencia cultural samurái de su padre japonés, lo marcó para toda la vida.
He planeado mi vida como si fuera a vivir 2000 años, y he trabajado como si fuera a morir mañana.
Entre los artistas mexicanos de la segunda mitad del siglo xx destaca Luis Nishizawa, nacido el 2 de febrero de 1918 en la hacienda de San Mateo Ixtacalco, Cuautitlán, estado de México, de padre japonés y madre mexicana. Las dos corrientes culturales que lo nutrieron desde su niñez fueron definitorias de su físico, su cultura y expresión artística, y su vida cotidiana.
Nishizawa es un gran artista plástico, excelente y culto conversador, desprendido amigo, generoso maestro –en el sentido amplio de la palabra. Prodigó sus conocimientos sobre técnica de materiales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas por 47 años, y en su Museo–Taller en la ciudad de Toluca, convertido en Centro Cultural, impartió clases los sábados desde su apertura, en marzo de 1993, y hasta no hace mucho tiempo.
Este hombre de hablar pausado conserva un entrañable y reverencial recuerdo de su padre, quien llegó a México procedente de Japón. Les hablaba, cuando niños, a él y sus hermanos, de su pequeño pueblo natal, de los habitantes del lugar, sus amigos y, sobre todo, de su hermano mayor, quien había sido como su segundo padre cuando quedó huérfano a temprana edad:
lo escuchábamos con verdadero deleite, eran las hazañas heroicas de los antiguos samuráis relatos que enriquecieron mi imaginación y mi conocimiento del mundo. Así, desde pequeño conocí de oídas la ciudad de Nagano, con sus maravillosos templos, sus montañas y sus ríos… También nos cantaba canciones guerreras muy antiguas de los samurái, y nosotros decíamos: ¡ay, qué feo canta! Porque son cantos muy guturales y nos parecían feos. Al ir creciendo comprendimos que esas canciones tenían un gran significado para él. Le recordaban su infancia y a pesar de que vino muy joven a México, siempre se educó y vivió dentro del espíritu de los samurái… Todo lo que he podido lograr como pintor y como hombre lo hago para honrar a mi padre… Creo que todos tenemos en la vida una persona que le da sentido y que es la razón de lo que hacemos. Para algunos, es una mujer; para otros, un ideal; para mí, es mi padre.
Los recuerdos de su madre se centran en su carácter dulce, bondadoso y comprensivo, en su cultura, en la experiencia de haber vivido en Alemania, al lado de su madrina de bautizo, quien la quiso como a una hija:
La recuerdo cuando regresaba del mercado, cargando su canasta. Siempre traía un ramo de flores en las manos… Compraba flores como parte de su vida… era una mujer muy sensible al arte. Mi madre siempre nos habló de México y Alemania…y mi padre… de Japón, enriqueciéndonos en varios aspectos: nos abrieron un mundo a la imaginación.
La niñez de Luis Nishizawa transcurrió en San Mateo Ixtacalco, y su juventud en la gran urbe capitalina, en el populoso barrio de Tepito. Su formación artística inició en la Academia de San Carlos a principios de la década de 1940, cuando estaba en su apogeo la pintura mural de fuerte acento nacionalista. Algunos de sus distinguidos maestros fueron Benjamín Coria, Luis Sahagún, José Chávez Morado, Alfredo Zalce, Julio Castellanos y Antonio Rodríguez Luna; a Francisco Goitia lo considera su maestro espiritual. Todos ellos potenciaron el talento de su discípulo, aportándole los elementos que habían de dotarlo de su característica personalidad artística.
La obra de Nishizawa no se reduce a una corriente estética y, como él mismo ha señalado, sus inicios se remontan a la Escuela Mexicana de Pintura, donde obtuvo un estilo realista de contenido social muy marcado, del que poco a poco se fue separando. Pasó por varias etapas: expresionismo, gestualismo, hasta llegar al abstracionismo, y de vuelta al figurativismo. Dentro de estos estilos ha utilizado diversas técnicas pictóricas, desde el caballete hasta el muralismo. Su dibujo es fino y elegante, y ha incursionado en los procesos gráficos y la escultura.
En su infancia, Nishizawa obtuvo las primeras impresiones que lo prepararon para contemplar el paisaje y desentrañar las particularidades de la luz del alba y del atardecer. Lo marcaron los cielos nublados, la neblina que desciende de las montañas y la majestuosidad de la perspectiva. La disciplina académica de la escuela le dio una base firme:
uno tiene que recorrer muchos campos y quedarse después en lo que considera lo más apegado a su personalidad.
Hago lo que a mí me gusta. Si resulta una obra interesante, qué bien; si no resulta, también, qué bien.
Nishizawa es un hombre identificado plenamente con la gente del pueblo a la que comprende en su complejidad social. Como en el caso de otros artistas, ha encontrado interés, por su intenso dramatismo, en las populares manifestaciones religiosas de Semana Santa.
Las representaciones plásticas privilegiadas por nuestro pintor muestran una marcada simpatía por aquellos seres que deben realizar pesadas tareas para poder subsistir; entre ellos, los hombres de campo y las comunidades indígenas. Las naturalezas muertas han sido otros de sus temas favoritos y, como el resto de sus obras, las ha trabajado con gran maestría representando los frutos de la tierra y los del mar: camarones, langostas y diversos peces.
El paisaje de México ha sido fuente constante de inspiración. Quienes han practicado este género a partir del siglo xix, en el que surge en México este tipo de pintura, conforman una enorme lista en la que está comprendido Nishizawa, por la aportación de sus obras originales. Quizá era imposible que en sus primeros paisajes escapara a la tradición establecida con el ejemplo de José María Velasco; en ellos, los valles y montañas se miran con la amplitud de horizontes que ofrece la perspectiva académica. No obstante, nuestro pintor ha señalado:
Me encantaría poder realizar ese cielo y ese colorido plateado del Valle de México, que tan bien enfatizó Velasco. Sin embargo, la principal influencia que tengo del paisaje es de Francisco Goitia, quien no era paisajista, pero su cuadro de La Hacienda de Santa María, es una de las obras que más me han impresionado.
Las influencias que recibió son inevitables, en sus obras es posible advertir rasgos característicos de José María Velasco, José Clemente Orozco o Gerardo Murillo (Dr. Átl), pero afortunadamente, en lo que respecta a su propia personalidad, su expresión paisajística no tardó en llegar, manifestándose ya en la década de 1970. El arte japonés no guarda secretos para Nishizawa, y es justamente en la pintura de paisaje donde ese conocimiento se manifiesta ostensiblemente, el cual expone con indudable maestría en el papel o la tela. “Para los paisajistas japoneses y mexicanos hay un elemento de la naturaleza que los identifica: la presencia de los volcanes existentes en sus propios países”. En efecto, entre las imágenes con las que se identifica a México destacan, sin duda, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, dos volcanes que han sido un referente en la obra de diversos pintores mexicanos y extranjeros, atraídos por la belleza y fascinación de ese espectáculo de la naturaleza, entre ellos: José María Velasco, Dr. Átl, Saturnino Herrán y, en la segunda mitad del siglo xx, Luis Nishizawa, quien ha hecho de los volcanes uno de sus temas predilectos en óleo y acuarela. No sólo del Popo y del Izta, sino también el Nevado de Toluca o Xinantécatl. Los atardeceres en torno a los volcanes, pintados con un intenso color azul, son su sello inconfundible.
Una de las mayores contribuciones de Nishizawa a la pintura de paisaje en México se encuentra en las obras derivadas de lo japonés, sobre todo en aquellas de tonos alcanzados con los recursos que ofrecen el blanco y el negro. Tiene así magníficas obras dedicadas al Popocatépetl que bien podrían ser una representación del volcán Fujiyama. El historiador y crítico de arte, Xavier Moyssén, escribió:
La concepción estética de los grandes paisajistas nipones hace acto de presencia en Nishizawa, en obras que ha hecho con tintas y otros materiales, como el acrílico; el color aplicado con finas pinceladas para dar volumen a los objetos o marcar las distancias en la profundidad del horizonte; todo lo logra con esmerada sutileza. Hay una síntesis de las formas: las alturas de cerros y montañas, los declives de los valles o los impresionantes cortes de barrancas y cañadas; la niebla parece envolverlo todo, excepto la altura de los volcanes nevados.
A partir de los años setenta, Nishizawa se involucró en el arte gráfico, practicándolo con diversas técnicas: litografía, aguafuerte, mixografía –en las que se distinguen los encendidos colores de su elección-, y los temas de estética japonesa: Pez y luna, y Langosta, ambos de 1978.
Su trabajo le ha merecido numerosos premios y distinciones en México y Japón; entre ellos, la Presea Estado de México en la modalidad de Artes: José María Velasco; el doctorado Honoris Causa de la UNAM; el Premio Nacional de Artes y la Condecoración Imperial de Japón: Tesoro Sagrado. No obstante el orgullo y la satisfacción de haber recibido estos galardones, no son para él motivo de presunción, porque “no le importa si tienen premio. El hecho de estar creando, pintando, ser feliz, estar rodeado de la gente que lo quiere, es otra parte de un sueño hecho realidad”.
En la actualidad, la pérdida de su esposa, la también pintora Eva Zepeda, y un accidente que le ha dificultado su actividad motriz, han provocado que Nishizawa haya limitado su oficio de pintor y dejado de ejercer su labor educativa. Alguna vez expresó: “el arte para mi es la vida. Seguiré dando clases mientras pueda caminar, porque los jóvenes me retroalimentan”.
Eva fue su mayor crítica y quien al comienzo de su matrimonio se encargó de enmarcar las obras. Al llegar los hijos -María, Luis, Gabriel y Adriana-, dividió su tiempo entre el cuidado y la educación de ellos, y en llevar y acompañar a su esposo al campo para que ejerciera su actividad creadora. Los repetidos viajes al Japón del matrimonio Nishizawa sirvieron para importar a México obras de maestros nipones, porcelana, utensilios para el hogar de uso cotidiano, comestibles y preciosos objetos decorativos que lucen en su casa de estilo mexicano con detalles japoneses. La cocina de Eva podía ser pródiga en chiles en nogada o platillos japoneses, acompañados indistintamente con sake, tequila o aguas frescas.
No obstante los avatares de la vida, Luis Nishizawa, quien acaba de cumplir 96 años, no ha perdido la capacidad de conmoverse especialmente ante el paisaje y la naturaleza, ante los recuerdos muy íntimos de su infancia que, asegura, ha trasladado a su obra. Gusta de la poesía Haiku y de Jaime Sabines, admira los cuentos de Juan Rulfo, pero, por encima de todo, ama a sus nietos.
Cuando el taller está en la propia casa, los visitantes tienen la oportunidad única de aproximarse al entorno del artista, se trata una ventana para que “el que quiera asomarse a ella, encuentre una sonrisa colgada de un colibrí, sonrisa que busca el eco de mi voz, mi voz que no tiene sonido”.
PARA SABER MÁS
- Luis Nishizawa, De ayer a hoy, México, Telmex, 1990.
- Luis Nishizawa, pintor del pueblo, Toluca, Estado de México, Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal (CEAPE), 2014.
- Montaño Humphrey, Gilda, Nishizawa. El poeta de la plástica, Toluca, Estado de México, Instituto Mexiquense de Cultura, El Colegio Mexiquense, A.C, 2003.
- Visitar el Museo–Taller Luis Nishizawa, situado en Nicolás Bravo Norte N° 305, casi esquina con Lerdo, Col. Centro, C.P. 50 000, Toluca, estado de México.
