La mirada costumbrista de Rugendas

La mirada costumbrista de Rugendas

Blanca Azalia Rosas Barrera
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22. 

Entre 1831 y 1834, el pintor alemán retrató en dibujos y pinturas el paisaje y los personajes del México rural y urbano que descubrió desde Veracruz hasta Colima. A pesar de la corta estadía –fue obligado a salir del país–, reflejó la vida cotidiana en un momento de transición entre la época virreinal y la conformación del Estado moderno. 

Los artistas viajeros fueron grandes exponentes del romanticismo, corriente surgida a finales del siglo XVIII y principios del XIX como consecuencia de la revolución francesa –que puso en entredicho al despotismo ilustrado en el gobierno y quiso eliminar los valores políticos y religiosos tradicionales–, así como del desarrollo tecnológico implicado en la revolución industrial inglesa. En el caso de los escritores, ilustradores y pintores, este movimiento se vio reflejado en el intento de aprehender el mundo desde una perspectiva subjetiva y de eliminar las jerarquías entre géneros, así como desdeñar la enseñanza académica de un arte y literatura oficiales realizados con convenciones racionalistas y clasicistas. 

Aunque los ideales que guiaban al espíritu romántico fueron continuamente redefinidos a lo largo de la primera mitad del siglo XIX (incluso llegaron a integrarse a la enseñanza académica), se fundamentaron siempre en el concepto de la libertad artística para capturar la esencia de la naturaleza. En el caso de la literatura, el género costumbrista se convirtió en el mejor medio para el rescate de lo propio y para reafirmar la identidad nacional, lo que se logró en gran medida con la publicación de libros y revistas ilustradas. La proliferación de este tipo de publicaciones impulsó a su vez el desarrollo de las artes gráficas, el grabado y la litografía, las cuales tenían mayores libertades frente a los principios académicos y permitían reproducir más imágenes manteniendo la calidad del dibujo. 

El espíritu romántico se hizo presente en muchos viajeros de la primera mitad del siglo XIX, quienes salieron de sus países de origen para buscar lo pintoresco, las tradiciones y las raíces de naciones poco conocidas, entre las cuales México tuvo un papel destacado. Desde el siglo XVIII, por pintoresco se entendían los elementos distintivos de regiones extrañas, sobre todo las costumbres y el paisaje, organizados armónicamente en textos e imágenes para el público europeo. Aunque los juicios de cada viajero partían de intereses e ideales particulares, por lo general económicos y políticos, el espíritu romántico de la época les dio un fin común: interpretar a una nación apenas conocida, desmintiendo los juicios que sobre ella se habían producido. 

El barón Alexander Von Humboldt, quien recorrió América entre 1799 y 1804, fue el primer viajero europeo que cuestionó la información existente sobre México. En sus trabajos sobre el reino de Nueva España quedaron sistematizados todos los conocimientos útiles sobre esta región, siendo confrontados con estudios respecto a la realidad histórica, geográfica, botánica, zoológica y antropológica. El científico alemán inspiró un nuevo tipo de viaje y de publicaciones, con el criterio de la documentación y la observación directa y objetiva. Su Essai politique sur le royaume de la Nouvelle Espagne (Ensayo político sobre el reino de la Nueva España) y su Atlas géographique et physique du royaume de la Nouvelle Espagne (Atlas geográfico y físico del reino de la Nueva España), publicados en París en 1811, tuvieron una enorme influencia en científicos y artistas, así como en la mayoría de los viajeros europeos que con diversos motivos se interesaron por esa parte de la entonces América española. Además, su interés por el empleo de la pintura como medio de registro para la ciencia influyó en diversos artistas para realizar su viaje a México. 

Un bávaro en México 

El recorrido de los artistas viajeros por el territorio mexicano inspiró la revaloración de la pintura de paisaje y los temas de género, considerados menores por las academias de arte frente a los temas históricos. Algunos participaron en las artes gráficas y otros dieron autonomía al boceto y los estudios de modelos. Sus obras trascendieron la mera ilustración científica, las prácticas académicas y la representación de particularidades físicas o psicológicas para centrarse en expresiones y sentimientos, buscando mostrar un simbolismo referido en los elementos naturales, que fuera más allá de las intenciones del pintor y el conocimiento de la tradición. 

Un representante indiscutible del romanticismo fue el pintor bávaro Johann Moritz Rugendas, nacido en Augsburgo el 29 de marzo de 1802, en el seno de una familia de artistas. Inició su formación bajo la tutela del pintor de batallas Albrecht Adam, y la siguió en la Academia de Arte de Múnich, donde realizó vistas urbanas y paisaje 

Rugendas fue contratado en 1821 por el naturalista y cónsul de Rusia en Río de Janeiro, el barón Georg Heinrich Langsdorff, como ilustrador de una expedición a Brasil. Las diferencias con el barón lo llevaron a abandonar el viaje y continuar por su cuenta. A su regreso a Europa, se estableció en París para publicar las notas y litografías sobre el viaje, lo que logró con ayuda del barón de Humboldt, quien se mostró especialmente interesado en el realismo de sus bocetos sobre la naturaleza brasileña. En 1827 se publicó por entregas su Voyage Pittoresque dans le Brésil (Viaje pintoresco a Brasil), formado por 100 litografías, y en 1835 la casa Engelman editó la obra en francés y alemán. 

Rugendas continuó su formación artística e intelectual en París e Italia, viéndose influenciado por el naturalismo y el romanticismo en boga, así como por los maestros clásicos. Nuevamente su relación con Humboldt lo motivó a realizar un segundo viaje por América. Debido a la falta de patrocinadores, costeó la empresa con sus propios medios, valiéndose de la venta de sus obras. 

El pintor bávaro llegó a México en 1831. En su recorrido por Jalapa y Orizaba se hospedó en la hacienda El Mirador perteneciente a Carl Christian Sartorius, promotor del establecimiento de colonias agrícolas alemanas en México, de quien pronto se hizo amigo. La relación de estos germanos fue más allá de la nacionalidad o las tendencias políticas liberales, puesto que en 1852 se editó en Alemania Mexiko Landschaftsbilder und Skizzen aus dem volksleben (México. Paisajes y bosquejos sobre la vida del pueblo) escrito por Sartorius, ilustrado con 18 grabados en acero realizados por Rugendas, y que después apareció con los títulos Mexico and the mexicans y México hacia 1850. En las ilustraciones se puede apreciar el itinerario del artista, su recorrido por Veracruz y Puebla (noviembre a diciembre de 1831); la Ciudad de México y sus alrededores (de enero de 1832 a diciembre de 1833) y la región occidental, específicamente Michoacán y Colima. 

Los grabados de la obra de Sartorius constituyen una muestra representativa del prolijo trabajo de Rugendas en territorio mexicano. Representó numerosos paisajes, destacando los volcanes y las sierras, vistas urbanas, escenas costumbristas y retratos, en su mayoría realizados al óleo. Durante su estancia en la capital, hizo obras en pequeño formato y bocetos, tanto por gusto personal como por encargo. Su relación con políticos, científicos y artistas nacionales le atrajo trabajo constante, con lo cual costeaba sus viajes por el país. Asimismo, su relación con otros viajeros fomentó su interés en el paisaje y los habitantes de México. Conoció al alemán Carl Nebel, cuyo viaje también fue influido por Humboldt, y al francés Jean-Frédérick Waldeck, con quienes compitió en la realización de una descripción completa de Palenque para participar en un premio otorgado por la Société de Géographie de París, el cual nadie ganó. 

Personajes mexicanos 

Si bien la obra paisajística de este artista alemán fue numerosa, la presencia de los habitantes de cada región era un elemento indispensable para resaltar la singularidad de cada cuadro. Como otros artistas viajeros que recorrieron México en la primera mitad del siglo XIX, Rugendas representó la sociedad mexicana a partir de la selección de tipos populares, cuyo atuendo y actividades, así como su entorno, resultaran representativos por su carácter pintoresco. Sus obras muestran temas idealizados, armados a partir de aquellos elementos distintivos en la compleja sociedad y paisajes del país. 

En bellos cuadros de costumbres el pintor alemán reprodujo personajes del interior del país, como mujeres indígenas de Puebla, Indios de tierra templada, arrieros, Placeros y rancheros, el Jarocho y el Chinaco, las tortilleras poblanas, y Soldados de tierra caliente y fruteros. Asimismo, realizó pinturas y dibujos que muestran la convivencia de los capitalinos en las Cestas que se hacían en el paseo de La Viga, el recorrido por la Alameda u observando una Corrida de toros. Sus trabajos también muestran a la bella China poblana, mujeres mestizas vendiendo frutas rodeadas de compradores y escenas que reunían a personas de diversas clases sociales en las calles, plazas y paseos principales de la ciudad. 

En cuanto a la representación de los personajes y costumbres mexicanas más distintivas, el propio Sartorius expresó que las escenas de mercado fueron la mejor situación para representar estampas de la sociedad mexicana. Casi todos los viajeros extranjeros, escritores y artistas mostraban su admiración por la variedad de productos mexicanos, inexistentes en los campos europeos. Estos productos no podían faltar en los principales mercados de la capital, como diversidad de maderas finas, especias, textiles de fibras naturales, animales silvestres, manufacturas indígenas, alimentos típicos y, sobre todo, los coloridos puestos de frutas y legumbres. 

Entre las escenas más completas y bellas sobre los puestos de fruta podemos mencionar dos óleos de Rugendas. El primero lleva por título La reina del mercado (ca. 1833), en donde se aprecia un puesto colocado en la pared de un edificio o posiblemente en un portal, que gracias a la presencia del establecimiento ha perdido una de sus salidas. La bella vendedora de atuendo mestizo, mismo que resalta su figura, baja un racimo de uvas para ponerlo en el pañuelo de un ranchero. Las uvas y los plátanos cuelgan del techo del edificio bajo la sombra que protege al puesto. El resto de las frutas aparecen colocadas sobre tarimas de madera o cajas dispuestas en forma piramidal, de las cuales podemos distinguir piñas, mangos, naranjas, cañas y lechugas. 

En la segunda escena, titulada Mercado en México (ca. 1833), un puesto muy parecido se ubica en medio de una plaza, y en el que distinguimos a la vendedora mestiza sostenida del armazón del toldo que cubre su mercancía. Lo que más llama la atención, al igual que en la imagen anterior, es la variedad de personas que rodean el puesto. Podemos ver a religiosos, estudiantes, soldados y mujeres vestidas a la española –otras de atuendo mestizo–, rancheros, léperos, mandaderos y vendedores ambulantes caminando o tendiendo sus productos en el suelo, así como una pareja de indígenas que no parece tener ninguna relación con el medio urbano. Aunque se trata de escenas exteriores, capturan la esencia del mercado mexicano que tanto interesó a los europeos, es decir, su capacidad de reunir a todas las clases, mientras muestran las claras diferencias sociales marcadas por la indumentaria y la actividad. Sin duda, el mercado era el espacio público idóneo para representar una imagen de la sociedad mexicana observada con suma atención por Rugendas. 

Por lo general, sus obras muestran la desigualdad prevaleciente: la pobreza y el atraso del indígena, mismo que tenía un papel importante en el abasto de productos de primera necesidad en las ciudades y poblaciones; la presencia de vendedores ambulantes en los espacios públicos y festividades indicando la proliferación de empleos informales a los que recurría la clase urbana con escasos recursos económicos. Esto, en contraste con la alta sociedad de hombres y mujeres dedicados al ocio, al paseo y la conversación, así como miembros del clero, cuya riqueza e influencia seguía siendo un hecho para la década de 1830. 

Final de la aventura 

Podemos suponer que la estancia de Rugendas en la ciudad de México no se limitó al simple paseo y desarrollo de su arte, pues era asiduo asistente a tertulias y reuniones privadas. Si bien sus relaciones personales le procuraron constante trabajo y sustento, también provocaron su salida del país. La colaboración del artista en el escape de la capital de sus amigos el general José Morán y el escritor Miguel de Santa María (perseguidos por apoyar los levantamientos en contra del programa liberal de Valentín Gómez Farías), lo llevó a permanecer dos meses en la prisión de la Acordada, tras lo cual se le conminó a abandonar el país. Antes de cumplir tal disposición, el artista siguió su viaje por Michoacán y Colima. Aparentemente, Morán y Santa María tampoco sufrieron mayor castigo, quizá por la inestabilidad política reinante en ese momento; el primero recibió un aplazamiento a su condena y ocupó cargos militares importantes, y el segundo salió del país como ministro en Londres, siendo después firmante del tratado de Santa María-Calatrava, en el que España reconoció la independencia de México. 

Después de su excursión por occidente, prolífica en vistas de volcanes, Rugendas fue obligado por oficiales del gobierno a embarcarse en el puerto de Acapulco con destino a Chile. El artista alemán continuaría de esta manera su viaje por América, fructífero en dibujos, pinturas y relaciones sentimentales, que incluyó Perú, Bolivia, Argentina, Uruguay y, otra vez, Brasil.  

Rugendas regresó a París en 1847 para intentar publicar sus obras, aunque no tuvo éxito, pero le reconocieron el mérito de su trabajo y le otorgaron una pensión vitalicia. Aunque llevó una vida precaria económicamente, no estuvo exenta de otros reconocimientos. En 1854, por intervención de su viejo amigo el barón de Humboldt, fue condecorado con la orden prusiana del Águila Roja. Se casó en mayo de 1858 y falleció un mes después de un ataque al corazón. 

Las escenas de costumbres y paisajes mexicanos realizados por Rugendas son en la actualidad una fuente muy rica de información sobre la vida cotidiana en los primeros años del México independiente. En el ámbito local, la Academia de San Carlos carecía en este periodo de los fondos necesarios para el desarrollo de las artes, sobre todo de géneros que aún no obtenían autonomía frente a los motivos históricos y las alegorías, como la pintura de temas costumbristas o de género. En este sentido, Rugendas, como otros destacados artistas viajeros europeos que representaron México en la primera mitad del siglo XIX, nos legaron importantes referencias sobre la vida diaria, las ciudades y los paisajes mexicanos en el momento de transición entre el régimen virreinal y la consolidación de un Estado moderno, la cual inició en la segunda mitad del siglo XIX. Ellos se encargaron de tomar personajes representativos de la vida urbana y rural mexicana, tipificándolos. Aunque para lograr lo anterior tuvieron la influencia de la pintura de castas y las figuras de cera hechas por artesanos mexicanos desde el periodo colonial, los viajeros a su vez influyeron en el desarrollo del costumbrismo mexicano, en la literatura, las artes gráficas, y posteriormente en la pintura, en suma, en el intento de artistas y escritores mexicanos por definir lo propio. 

PARA SABER MÁS.

  • Diener, Pablo, “Lo pintoresco como categoría estética en el arte de viajeros. Apuntes para la obra de Rugendas”, Historia, Chile, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2007, en https://www.redalyc.org/pdf/334/33440202.pdf. 
  • Esparza Liberal, María José, “La aventura científica y romántica: los volcanes mexicanos en la obra plástica de Johann Moritz Rugendas”, en Karl Kohut, Alicia Mayer et al., Alemania y el México independiente. Percepciones mutuas, 1810-1910, México, CIESAS/UNAM/Herder/Universidad Iberoamericana/Cátedra Guillermo y Alejandro de Humboldt, 2010, pp. 11-131. 
  • Pérez Salas, María Esther, “Tipos y oficios a mediados del siglo XIX en la ciudad de México: ¿Pintoresquismo o modos de subsistencia?”, en María del Carmen Collado (coord.), Miradas recurrentes II. La ciudad de México en los siglos XIX y XX, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora/UAM, 2004, pp. 164–199.