Lorena Careaga Viliesid
Academia Mexicana de la Historia
Miembro corresponsal por Quintana Roo
En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70.
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Del pueblo costero quintanarroense solo quedan ruinas y un único habitante, Valentín. Pero detrás, en el tiempo, se remonta a una historia de progreso, de la mano del auge de la producción del chicle y su exportación.
Esa mañana Don Valentín abrió los ojos más tarde que de costumbre. Eran casi las siete cuando se levantó de la hamaca aún con sueño. Había llovido toda la noche y eso siempre le producía cierta inquietud, como una voz susurrando en su interior que no le permitía dormir profundamente, sino que lo mantenía en una especie de vigilia, de la cual despertaba de inmediato si el golpeteo de la lluvia, persistente y monótono, variaba de algún modo.
Con su tazón de café negro en la mano, observó el calendario que colgaba de la pared. Domingo 22 de octubre de 1978. Buen día para cortar los guanos que le hacían falta al techo de la casa, quizá remendar esa red olvidada o revisar las colmenas. Le dolía la espalda y se sentía cansado. “Me estoy haciendo viejo”, pensó. “Ya tengo 73 años. Será por eso”.
El día anterior había regresado de Felipe Carrillo Puerto. Como siempre, después de permanecer un par de días en aquel poblado, donde aprovechaba para hacer algunas compras y tomarse unas cervezas con Vicente Villanueva, su amigo de toda la vida, sentía nostalgia y unas enormes ganas de emprender, cuanto antes, el regreso a su casa. Cada mes debía ir a cobrar la pensión de 300 pesos que le daba el ayuntamiento y, aunque sus parientes le insistían en que se quedara más tiempo, dos días eran más que suficientes. El corazón se le apaciguaba de nuevo mientras recorría en su bicicleta un buen trecho de los 58 kilómetros que separaban a Carrillo Puerto de Vigía Chico. Con frecuencia aparecía algún conocido en su camioneta que le daba aventón hasta la costa. El camino de terracería, bastante ancho, estaba en muy buen estado, incluso con algunos trechos pavimentados, y en un par de horas podía estar de nuevo en casa.
Iba a Carrillo Puerto de mala gana, pero de regreso se relajaba y observaba el paisaje a gusto; kilómetros y kilómetros de selva baja prácticamente deshabitada y, ya cerca de la costa, la sabana pantanosa. Conocía a los habitantes de los cuatro caseríos que había junto al camino: campesinos mayas dedicados a la milpa y a la miel. Tan despoblados estaban esos parajes que no era raro ver a una zorra de plateada cola cruzar corriendo la brecha, una que otra tortuga negra, numerosas garzas blancas posadas en las copas de los árboles, o bien, como el día anterior, una miríada de mariposas verdes y amarillas que revoloteaban en círculos sobre el camino.
Este se iba haciendo cada vez más angosto conforme se acercaba a Vigía Chico y, al final, era una brecha que llegaba hasta la orilla del mar. Desde ese punto se dominaba casi la totalidad de la bahía de la Ascensión. ¿Y qué era lo más sorprendente de Vigía Chico? Pues que no había nada. Nada de nada. Sólo las ruinas de unas casas de madera, un bar que nunca funcionó como tal, cuyo techo de palapa se estaba cayendo, y una construcción de bloc y concreto sin terminar. Todavía estaban en pie algunos postes de lo que había sido el telégrafo y, entre la maleza, los restos oxidados de la máquina de un ferrocarril. Del muelle no quedaban más que las bases de concreto.
Don Valentín era alto y muy delgado, de pelo blanco y ojos brillantes y vivarachos. Una piel curtida por el sol atestiguaba los años vividos al aire libre. De sonrisa fácil y complacida, se veía fuerte y saludable a pesar de su edad. Y era, además, el único habitante de Vigía Chico. A él le gustaba decir, en tono serio y solemne, que era la máxima autoridad del lugar. Luego soltaba una alegre carcajada, riéndose de su propia broma.
Se dirigió a la playa, desamarró una de sus lanchas y se adentró en el mar a revisar las trampas para langosta. Estas se encontraban bastante alejadas, pues en Vigía Chico, donde la bahía de la Ascensión tenía menos de un metro de profundidad y el agua le llegaba a la cintura, no había langosta ni caracol. Una vez terminada su tarea, y pisando con cuidado el fondo pedregoso, regresó a la orilla. Puesto que era el fin de la temporada de ciclones, y a causa de la lluvia, el mar solía amanecer bastante sucio de desperdicios marinos: sargazo, algas, cangrejos y peces muertos que las olas depositaban en la arena y que al descomponerse le daban a Vigía Chico su peculiar olor.
Inesperadamente un chispazo de luz atrajo su mirada. Se dirigió hacia donde había visto ese resplandor bajo unas palmeras y se agachó a recoger un pedazo de vidrio que en otro tiempo había sido parte de una botella de cerveza. Sonrió con cierta tristeza. No había día en su vida que no recordara la noche en que todo cambió, en que su vida se transformó radicalmente. El pedazo de vidrio descolorido le volvió a traer esas memorias siempre frescas. De hecho, todo en Vigía Chico, todo lo que había sobrevivido después de aquella noche, era una única memoria, y él también era parte de ese espejo de recuerdos.
Se sentó en el tronco de una palmera y cerró los ojos.
El chicle
Fundado en 1903 por el general José María de la Vega, Vigía Chico estaba destinado a convertirse en uno de los centros de comunicación hacia el exterior más importantes del territorio federal de Quintana Roo. Lo unía a Felipe Carrillo Puerto, población que en aquel entonces y hasta 1936 llevó por nombre Santa Cruz de Bravo, una vía férrea tipo Decauville, la primera de lo que serían, en sueños nunca realizados, los Ferrocarriles Norte de Quintana Roo. Esta vía se convertiría más adelante en la ruta por donde saldrían toneladas de chicle y entrarían los abastos necesarios para los pobladores de la región. Pero en sus inicios, eran los productos forestales, como maderas preciosas, palo de tinte y durmientes, lo que se exportaba hacia Cozumel y Belice.
Vigía Chico fue el lugar donde desembarcaban desde 1903 los presos comunes y los presos políticos de la llamada Colonia de Operarios, controlada con mano férrea por el general Ignacio A. Bravo, hijo predilecto del gobierno porfirista. El puerto fue también testigo mudo de la llegada de los revolucionarios: el maderista Manuel Sánchez Rivera en 1912 y luego, en 1915, Salvador Alvarado con su batallón de indios yaquis.
Cuando en ese mismo año el general maya Francisco May destruyó todo vestigio que le recordara la presencia blanca en Santa Cruz de Bravo, se cuidó muy bien de mantener funcionando la vía férrea y la maquinaria que comunicaban a esta población con Vigía Chico, aunque se cuenta que sí acabó con el servicio telegráfico y echó abajo los postes. Lo que es un hecho es que el puerto y dicha línea de transporte y comunicación fueron claves en el establecimiento de la hegemonía de May sobre la producción chiclera del centro de Quintana Roo.
Luego de la caída de los precios del chicle en 1929 y de los problemas que el líder maya empezó a tener, en Vigía Chico desembarcaron los soldados del 36º batallón federal para apaciguar a la población y mantener la producción. A la par y por debajo del agua, florecía el contrabando de chicle, caoba y otros productos forestales, así como aguardiente y licores extranjeros.
Por ahí de 1925, Don Valentín se trasladó a Quintana Roo desde su natal Valladolid, Yucatán, como agente de un contratista chiclero. Era la época de auge del chicle y ya Vigía Chico se había convertido en el puerto de embarque más importante del centro del territorio. A su llegada conoció a Florentina Tamayo, quien había trabajado en el puerto como cocinera desde la época del general Bravo y fue testigo del trato inhumano que en aquel entonces se daba tanto a la tropa como a los operarios, todos ellos viviendo en barracas inmundas y en condiciones miserables. A la doña le gustaba relatar como preparaba la comida en grandes cazuelas y le servía a cada uno en su plato. Si a alguno se le caía o alguien se lo arrebataba, se quedaba sin comer, pues había órdenes de no darles más.
Su marido, Sabino Tamayo Mac, era capitán de barco de una flotilla cozumeleña y conocía bien las condiciones en las que eran traídos hasta Vigía Chico los prisioneros del Cuerpo de Operarios. En épocas del general Bravo, el cañonero Independencia anclaba frente a Vigía Chico trayendo soldados y presos, y el resto de la flotilla lo componían canoas campechanas y barcos de menos de 50 toneladas.
Dos décadas habían transcurrido desde entonces y, en 1925, Vigía Chico tenía otro aspecto. Don Valentín recordaba bien la febril actividad que en aquel año reinaba en el puerto: por un lado, la exportación de toneladas de chicle a la compañía estadunidense Wrigley o a Robert S. Turton, de Belice, y por otro, la importación de las más variadas mercancías destinadas a los hatos chicleros: pistolas, escopetas, municiones, pólvora, máquinas de coser, molinos de maíz y de carne, linternas, fonógrafos, whiskey, laterías, cigarrillos, sal, azúcar, calzado, telas, y hasta sedas y joyas. Los trabajadores del puerto y de los almacenes de Vigía Chico dependían directamente del general May, mientras que los barcos que transportaban el chicle venían de Cozumel y Belice o pertenecían a los compradores.
Las ganancias eran seguras: el chicle se reunía en Santa Cruz de Bravo y luego era transportado a Vigía Chico. El mal llamado “tractor”, como le gustaba precisar a Don Valentín, acarreaba un promedio de 100 quintales –a 46 kilos el quintal– en cada viaje diario, por lo que a la semana salían unos 600 quintales, aproximadamente 27,600 kilos del preciado látex. Durante la temporada 1927-1928, el general May vendió toda la producción a 80 pesos el quintal ya puesto en Vigía Chico o sea que las ganancias eran impresionantes. Tan solo durante esa temporada May recibía cada semana 48 mil pesos de los de entonces. ¡Un dineral!
Dadas estas favorables condiciones, Don Valentín mismo se había convertido en contratista y pequeño productor. El año 1929 habría de ser el más próspero y, a la par, el más difícil. La producción chiclera alcanzó un nivel pico de 2 300 000 kilos, pero al año siguiente se desplomó y en 1933 no pasó de los 300 000 kilos, debido principalmente a la caída de los precios durante la crisis económica del 29. No obstante, Don Valentín continuó como contratista y pequeño productor hasta la época en que se organizaron las primeras cooperativas, en los años cuarenta.
La segunda guerra mundial provocó una nueva demanda de chicle, y en 1942 se produjeron 3 876 265 kilos, es decir, la mayor cantidad de este látex en toda la historia de Quintana Roo. Un viejo conocido de Don Valentín, Mister Turton, compró toda la producción junto con cuatro grandes empresas estadunidenses. Poco después empezó a haber más control por parte del gobierno, no sólo limitando la extracción según el clima, las lluvias y las concesiones de selva explotable, sino también en cuanto a las condiciones de trabajo y subsistencia de los chicleros y sus familias. La producción nunca volvería a ser igual.
En 1950, Don Valentín entró a trabajar como bodeguero, viviendo de planta en el puerto de Vigía Chico junto con unas catorce personas más, entre empleados y sus familias. En las bodegas a su cargo se seguía almacenando, por un lado, el chicle procedente de Carrillo Puerto, y por otro, las mercancías que llegaban de Cozumel, como cerveza, maíz y frijol, entre otras. Las marquetas de chicle eran transportadas por las vías Decauville, utilizando las antiguas plataformas y la máquina del ferrocarril, tal y como se había hecho desde los inicios de la producción chiclera. Uno de los comerciantes más prósperos en este negocio era su compadre, Fernando Esquivel, el más macizo de todo Carrillo Puerto, como solía decirle Don Valentín con su usual buen humor. De “tractorista”, es decir, manejando la máquina de ferrocarril a Vigía Chico, Esquivel se había hecho de suficiente dinero como para abrir una pequeña cantina en Carrillo Puerto. La cantina pronto se convirtió en una tienda que surtía a los chicleros de alimentos, herramientas, jabón, velas, cerillos, clavos, cuerdas, telas y agua embotellada. Todo era transportado en barcos que anclaban en Vigía Chico.
Cuando todo cambió
La vida de Don Valentín en aquel puerto trascurrió sin grandes cambios hasta 1955. En ese año llegaron dos ciclones. El 16 de septiembre, el Hilda tocó tierra en un área despoblada de la bahía de la Ascensión. No obstante, su paso sin freno por la península de Yucatán y el golfo de México dejó un saldo de 200 muertos, provocando en Tampico una de las inundaciones más catastróficas de su historia.
Once días más tarde, el 27 de septiembre, tocó el turno del Janet. Aquel día las bodegas de Vigía Chico se hallaban repletas de mercancías de Fernando Esquivel, especialmente cajas de cerveza, esperando ser transportadas a Carrillo Puerto. Don Valentín terminó de estibarlas donde la lluvia no las alcanzara y acudió a la pequeña oficina para saber qué otras medidas se iban a tomar. No obstante, a pesar de los avisos que se recibieron por radio, el jefe de empleados no creyó que un ciclón fuera realmente a pegar en Vigía Chico y se negó a evacuar el lugar.
A diferencia del Hilda, el Janet enfiló su fuerza destructiva casi en línea recta hacia la costa sur de Quintana Roo. Fue el décimo huracán de una temporada que podría calificarse como la peor del siglo xx. Un día antes de tocar tierra, el Janet provocó, por primera y única vez en la historia ciclónica del Atlántico Norte, la caída de un avión estadunidense de reconocimiento o caza-ciclones. En ese momento, ya era un huracán de categoría 4, con vientos de más de 220 kilómetros por hora que levantaban a su paso olas de 20 metros de altura.
Al día siguiente, 27 de septiembre de 1955, los habitantes de Vigía Chico recibieron la última alerta de huracán, con la consigna de evacuar el puerto. El jefe de empleados se negó nuevamente a hacerlo. De pie en la playa y bajo una lluvia pertinaz, Don Valentín miraba taciturno cómo iba opacándose la luz del día, cómo la coloración del horizonte iba adquiriendo una extraña tonalidad amarillenta, cómo el mar, al alejarse de la costa, iba dejando al descubierto rocas, arena, algas.
Esa noche, el Janet, ya de categoría 5, tocó tierra entre Xcalak y el Uvero, y poco después, azotó Chetumal con vientos superiores a los 275 kilómetros por hora. A pesar de ubicarse bastante más al norte de la capital quintanarroense, por donde en esos momentos pasaba el ojo del huracán, Vigía Chico cayó dentro de la zona de vientos más destructivos. En medio de un ruido ensordecedor, el mar se retiró más de un kilómetro. Los habitantes de Vigía Chico, refugiados en las casas y bodegas del puerto, pronto quedaron al descubierto y a merced de los elementos. El viento se llevó casi todas las construcciones y luego el mar, en una ola gigante, arrasó con lo que quedaba.
Don Valentín, uno de los tres únicos supervivientes, se subió a la horqueta de un árbol y se agarró de las ramas con todas sus fuerzas. Ello le salvó la vida. El resto de los habitantes de Vigía Chico murió esa noche: doce personas ahogadas, entre hombres, mujeres y niños, incluyendo al escéptico jefe de empleados. Los muertos y las mercancías fueron arrastrados por el viento y el mar hasta el monte, más allá de la sabana, a varios kilómetros de distancia. Mucho tiempo después todavía se podían encontrar botellas de cerveza entre los escombros y en la misma sabana, entre la maleza y los pocos árboles que habían quedado en pie.
Don Valentín tenía entonces 50 años. Perdió todo, incluyendo su vivienda, lancha y marquetas de chicle. Sin embargo, a la hora en que llegó la ayuda del gobierno, sólo recibió 300 pesos como compensación por sus pérdidas. Recordó con amargura que la gente que vino de Carrillo Puerto a colaborar en la restauración del lugar y prestarle auxilio, no hizo nada. Más bien se dedicaron a saquear lo poco que había quedado. En esa época el ejército todavía no tenía órdenes de proteger la propiedad y las pertenencias de evacuados y víctimas. Sólo los misioneros evangélicos sobrevolaron el área afectada en una pequeña avioneta, arrojando víveres, frazadas y medicinas a los supervivientes.
Después de este desastre, el lugar fue abandonado, aunque Don Valentín permaneció todavía un tiempo en Vigía Chico intentando reconstruir su vida. En 1958, por órdenes del gobernador Margarito Ramírez se removieron los últimos restos de la vía férrea y toda la maquinaria quedó arrumbada a la orilla del mar. Poco después, se trasladó a San Antonio Soda, cerca del río Hondo, donde se dedicó durante varios años a la explotación forestal de la caoba. En 1968, regresó, pues una parte de su ser se había quedado para siempre en aquel lugar. Con todo y su destrucción, Vigía Chico era su hogar.
Se encontró con un destacamento militar instalado en las ruinas del puerto. Los soldados habían iniciado la construcción de lo que iba a ser un cuartel de mampostería, pero nunca lo terminaron. Pasados cuatro años, dejaron Vigía Chico porque, como bien decía el oficial al frente del destacamento, allí no había nada que cuidar. La realidad era que el Janet había acabado con todo: el muelle, los barcos, los almacenes, las viviendas, todo.
Desde entonces Don Valentín se había convertido en el único habitante de Vigía Chico. Normalmente, su vida transcurría en completa soledad, salvo en las raras ocasiones en que llegaba algún visitante. Tenía amigos entre los pescadores de la bahía de la Ascensión con quienes, a veces, salía a pescar cazón que luego vendía en Chetumal. A veces pescaba solo. También tenía una pequeña milpa en la zona de “El Quinto”, donde producía un poco de maíz y frijol. Sabía que el apego que sentía por Vigía Chico, a pesar de su aislamiento y abandono, tenía que ver no sólo con los muchos años de vida transcurridos en ese lugar, sino también con una apuesta ganada la noche de aquel lejano 27 de septiembre. Una bien ganada apuesta a la muerte y al Janet. No les había dado el gusto. No, señor.
El ruido lejano de un motor acercándose lo trajo de nuevo al presente. Mientras se ponía de pie, Don Valentín vio que un destartalado Volkswagen se aproximaba por la brecha. El vehículo se detuvo a pocos pasos de donde se encontraba y de él se apeó una mujer muy joven, vestida con jeans, camiseta, botas y sombrero de palma. Deseándole buenos días, le preguntó si él era Don Valentín Aguilar y él, sonriendo, contestó que sí, que era la única y máxima autoridad de Vigía Chico.
La mujer, después de presentarse, dijo que venía desde Carrillo Puerto recomendada por el señor Villanueva. Aquello fue suficiente.
–Sea bienvenida– le dijo Don Valentín, –puede hacer lo que quiera en este lugar.
–Lo que quisiera– contestó ella –es platicar con usted y, si tiene tiempo, que me cuente de su vida y de lo que fue, y hoy en día es, Vigía Chico.
Don Valentín la invitó a sentarse en la sombra. Aquel domingo 22 de octubre de 1978 sería un día, tan bueno como cualquier otro, para contarle su historia a una antropóloga en ciernes.
