﻿{"id":804,"date":"2010-12-05T22:14:46","date_gmt":"2010-12-06T04:14:46","guid":{"rendered":"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/?p=804"},"modified":"2021-05-04T16:01:36","modified_gmt":"2021-05-04T21:01:36","slug":"miradas-extranjeras","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/archivos\/miradas-extranjeras\/","title":{"rendered":"Miradas extranjeras"},"content":{"rendered":"<address><span style=\"color: #800000;\">Revista BiCentenario #10<\/span><\/address>\n<div style=\"text-align: justify;\">\n<p><strong>E<\/strong>l fen\u00f3meno de la Revoluci\u00f3n llam\u00f3 la atenci\u00f3n de diversos extranjeros que por alguna raz\u00f3n estuvieron en M\u00e9xico. Las grandes movilizaciones populares despertaron su inter\u00e9s y curiosidad por entender lo que estaba pasando en nuestro pa\u00eds. Periodistas, pol\u00edticos, diplom\u00e1ticos e inmigrantes, entre otros, describieron a los protagonistas en distintos momentos de la lucha. Sus testimonios son singulares pues presenciaron los sucesos en que aquellos participaron y subrayan la simpat\u00eda o antipat\u00eda que sintieron.<\/p>\n<figure style=\"width: 300px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img decoding=\"async\" loading=\"lazy\" class=\"ngg-singlepic ngg-center \" title=\"Francisco I. Madero\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/gallery\/bicentenario-10\/francisco-i-madero-10.jpg\" alt=\"Francisco I. Madero\" width=\"300\" height=\"197\" \/><figcaption class=\"wp-caption-text\">Francisco I. Madero<\/figcaption><\/figure>\n<div style=\"text-align: justify;\">\n<p>Manuel M\u00e1rquez Sterling, embajador de Cuba en M\u00e9xico a partir de enero de 1913, fue testigo de los aciagos d\u00edas de la Decena Tr\u00e1gica que culminaron con el derrocamiento y la muerte de Madero, a quien retrata en las siguientes l\u00edneas extra\u00eddas de su libro <em>Los \u00faltimos d\u00edas del Presidente Madero (1917):<\/em><\/p>\n<div style=\"text-align: justify;\">\n<blockquote><p>Al fondo, en el centro de su Consejo de Ministros, D. Francisco I. Madero, de frac, peque\u00f1o y redondo, con la banda presidencial sobre la tersa pechera de su camisa, me aguarda en la verde y sedosa alfombra. Reacciona mi esp\u00edritu, y asoma a los ojos, todo \u00e9l en mis pupilas, dispuesto a interpretar, a su manera, la inquietud nerviosa, amable y regocijada, en mezcla extra\u00f1a y \u00fanica, del magistrado que saborea la victoria [&#8230;]<\/p><\/blockquote>\n<div style=\"text-align: justify;\">\n<blockquote><p>El nuevo mandatario, pese a sus enemigos, era un hombre virtuoso [&#8230;] tra\u00eda su fe en el r\u00e9gimen democr\u00e1tico, su fe en el pueblo, su fe en la Constituci\u00f3n, hasta entonces, por ning\u00fan gobierno practicada; sent\u00eda, como nunca, adem\u00e1s, la mano directora de la Providencia sobre su hombro; sent\u00eda la divinidad en su alma pura y cristalina; y en su pol\u00edtica, suave, indulgente, paternal, vibraban las grandes afirmaciones de un sincero apostolado [&#8230;].<\/p><\/blockquote>\n<\/div>\n<blockquote>\n<div style=\"text-align: justify;\">\n<div style=\"text-align: justify;\">\n<p>La presencia de Madero ya no despertaba [meses despu\u00e9s] el entusiasmo de antes en las clases inferiores, en el siervo a quien hab\u00eda redimido; y su aura popular, un tiempo extraordinaria, se esfumaba, l\u00e1nguida y triste, en cielos de tormenta. La oposici\u00f3n hab\u00eda inculcado a sus antiguos adoradores la desconfianza y el recelo.<\/p>\n<div style=\"text-align: justify;\">\n<p>[&#8230;] La noche del 18 de febrero [de 1913] fue noche muy triste para quienes, amando profundamente a la patria mexicana, comprendieron que [Victoriano Huerta] era presa del furor de la ambici\u00f3n&#8230; Resolvimos ir a la Intendencia del Palacio a ver a los vencidos. El mismo oficial nos condujo hasta la puerta. Pino Su\u00e1rez, escrib\u00eda en un bufete rodeado de soldados. En un cuarto contiguo, varias personas, en estrado, acompa\u00f1aban a Madero. [&#8230;] Me hizo sentar en el sof\u00e1 y a mi izquierda ocup\u00f3 una butaca. Peque\u00f1o de estatura, complexi\u00f3n robusta, ni gordo ni delgado, el Presidente rebosaba juventud. Se mov\u00eda con ligereza, sacudido por los nervios; y los ojos redondos y pardos brillaban con esplendente fulgor. Redonda la cara, gruesas las facciones, tupida y negra la barba, cortada en \u00e1ngulo, sonre\u00eda con indulgencia y con dignidad. Reflejaba en el semblante sus pensamientos que buscaban, de continuo, medios diversos de expresi\u00f3n. Seg\u00fan piensa, habla o calla, camina o se detiene, escucha o interrumpe; agita los brazos, mira con fijeza o mira en vago; y sonr\u00ede siempre; invariablemente sonr\u00ede. Pero, su sonrisa es buena, franca, generosa [&#8230;] Era como el gesto del r\u00e9gimen que con \u00e9l se extingu\u00eda [&#8230;]<\/p>\n<div style=\"text-align: justify;\">\n<p>Era la una de la ma\u00f1ana [&#8230;] Madero, en es- tos instantes inolvidables, de tres sillas forja un lecho para el Ministro de Cuba, rog\u00e1ndole que se acueste. De una maleta&#8230; saca varias frazadas y mantas que suplieron s\u00e1banas y almohadas; y revela [&#8230;], en el semblante, la divertida gentileza de quien afronta, dichoso, las peripecias de una cacer\u00eda feliz en la monta\u00f1a profunda [&#8230;] Eran rasgo de su car\u00e1cter el orden, la simetr\u00eda, la regularidad [&#8230;]<\/p>\n<div style=\"text-align: justify;\">\n<p>A las diez de la ma\u00f1ana todav\u00eda me hallaba en la Intendencia del Palacio Nacional de M\u00e9xico. El dormitorio recobr\u00f3 sus preeminencias de &#8220;sala de recibo&#8221; y Madero, en el remanso de su dulce optimismo, formulaba planes de rom\u00e1ntica defensa. Desde luego, no conceb\u00eda que tuviese Huerta deseos de matarle; ni aceptaba la sospecha de que F\u00e9lix (D\u00edaz) permitiese el b\u00e1rbaro sacrificio de su vida, si\u00e9ndole deudor de la suya. Pero, a ratos, la idea del prolongado cautiverio le inquieta; y sonr\u00ede compadecido de s\u00ed mismo. Educado al aire libre, admirable jinete, gran nadador y, adem\u00e1s, amante de la caza, la t\u00e9trica sombra del calabozo le aflig\u00eda.<\/p>\n<div style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: center;\">[&#8230;] el 22 de febrero [&#8230;] mediada la noche, al parecer tranquila, me di blandamente al sue\u00f1o [&#8230;] Un sirviente llama desde fuera de la alcoba [&#8230;] avisa que la se\u00f1ora de Madero quiere hablar por el tel\u00e9fono [&#8230;] Son las siete de una fr\u00eda ma\u00f1ana. Corre mi esposa al receptor y escucha el desolado ruego: &#8220;\u00a1Se\u00f1ora, por Dios; al Ministro que averig\u00fce si anoche hirieron a mi marido! A?Es preciso que yo lo sepa, se\u00f1ora!&#8221; [&#8230;] Y no pod\u00eda consolarla, desmintiendo aquella versi\u00f3n, piadoso anticipo de la dolorosa realidad, porque, en ese instante, su doncella le mostraba, a todo el ancho del peri\u00f3dico.\u00a0<em>El Imparcial, <\/em>en grandes letras rojas, la noticia del martirio.<\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/blockquote>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>PARA LEER ESTE ARTICULO COMPLETO, <a href=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/?page_id=10\">SUSCR\u00cdBASE A BICENTENARIO<\/a>.<\/strong><\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El fenA?meno de la RevoluciA?n llamA? la atenciA?n de diversos extranjeros que por alguna razA?n estuvieron en MAi??xico. Las grandes movilizaciones populares despertaron su interAi??s y curiosidad por entender lo que estaba pasando en nuestro paAi??s. 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