﻿{"id":6985,"date":"2016-08-17T14:05:13","date_gmt":"2016-08-17T19:05:13","guid":{"rendered":"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/?p=6985"},"modified":"2021-05-04T12:04:25","modified_gmt":"2021-05-04T17:04:25","slug":"editorial-11","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/archivos\/editorial-11\/","title":{"rendered":"Editorial"},"content":{"rendered":"<h3 style=\"text-align: justify;\"><span style=\"color: #800000;\">En revista <em>BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico<\/em>, n\u00fam. 31.<\/span><\/h3>\n<p style=\"text-align: center;\"><a href=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/08\/BiCentenario-31-1466x2000.jpg\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter  wp-image-6986\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/08\/BiCentenario-31-1466x2000-219x300.jpg\" alt=\"BiCentenario 31 (1466x2000)\" width=\"250\" height=\"350\" \/><\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La inseguridad, el temor a ser v\u00edctimas de una agresi\u00f3n, del robo, el ultraje, el da\u00f1o f\u00edsico o ps\u00edquico, es tan antiguo como la guerra. En cada momento de la historia de la humanidad se pueden hallar en forma de terror, persecuci\u00f3n, fobias o simple sobresalto. Ni es de estos d\u00edas ni de tiempos cercanos, aunque las experiencias personales son las que nos marcan. Pero en los a\u00f1os posteriores a la independencia de la corona espa\u00f1ola los aventurados viajeros que cruzaban el pa\u00eds en diligencias o carruajes marchaban como alma en pena, marcados por la incertidumbre, con el coraz\u00f3n pegado a la garganta, porque sab\u00edan que pod\u00edan ser v\u00edctimas de atracos en el momento m\u00e1s inesperado. Subirse al \u00fanico transporte que por entonces les permit\u00eda cruzar valles y monta\u00f1as ten\u00eda altos riesgos pese a contar siempre con guardias que los proteg\u00edan mientras que los propios viajeros se aprovisionaban de pistolas o cuchillos para la autodefensa. Para la delincuencia, cl\u00e9rigos y extranjeros sol\u00edan estar a salvo de los ataques personales. Pero esto no siempre se correspond\u00eda en el caso de las mujeres que eran objeto de secuestros y abusos. El linchamiento de los ladrones o su ejecuci\u00f3n sumaria por los propios guardias de los carruajes para ser exhibidos en los caminos como ejemplo de escarmiento ya se conoc\u00edan. Pero tambi\u00e9n los delincuentes ten\u00edan su aura de Robin Hood. No eran mal vistos como se pudiera creer, algo que nos asemeja con el presente de m\u00e1s de un narcotraficante. Hab\u00eda una red clientelar que los proteg\u00eda y a su vez m\u00e1s de una situaci\u00f3n \u00e9pica de los maleantes que los convert\u00eda en objeto de fascinaci\u00f3n. Las leyes ben\u00e9volas en muchos casos propiciaban la libertad antes que la sentencia, pero detr\u00e1s hab\u00eda un contexto de crisis pol\u00edtica y econ\u00f3mica que lo explicaba.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Esa incertidumbre que se viv\u00eda en los caminos de Veracruz, Puebla o Zacatecas en los a\u00f1os 30 y 40 del siglo XIX tambi\u00e9n la viv\u00edan a\u00fan a fines de esa centuria los habitantes de las grandes ciudades que en las noches a falta de luz artificial se ve\u00edan obligados a refugiarse en sus casas. La vida en las calles no se extend\u00eda m\u00e1s all\u00e1 de las 20 \u00f3 21 horas, como m\u00e1ximo las 22, y siempre que la luna reflejara algo de luminosidad. El calendario de fases lunares era clave para programar fiestas y reuniones. Las velas y el ocote fueron los aliados de los m\u00e1s animosos, y luego las l\u00e1mparas de gas, pero hasta que no lleg\u00f3 la luz el\u00e9ctrica, la penumbra rein\u00f3 y la costumbre de estar en casa desde temprano fue la norma. A esas horas, las calles eran dominio de la superstici\u00f3n, de aparecidos y almas fantasmales, leyendas urbanas y rurales de las que mejor era protegerse con puertas y ventanas bien cerradas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">As\u00ed se va desentra\u00f1ando este n\u00famero 31 de <em>BiCentenario<\/em>. En toda aventura revolucionaria, la seguridad es quiz\u00e1 lo que menos cuenta. Las convicciones, la ideolog\u00eda, la apuesta por las ideas se llevan al extremo, y la vida, la familia, los proyectos profesionales pasan a ocupar un lugar secundario. A los hermanos Benavides, de Coahuila, poco les import\u00f3 poner en juego hasta su s\u00f3lida econom\u00eda personal. Creyeron en el movimiento maderista y a \u00e9l se incorporaron sin dudarlo. Como asesores jur\u00eddicos, secretarios privados, diputado o empu\u00f1ando las armas y dirigiendo la tropa, las historias de Adri\u00e1n, Luis y Eugenio Benavides retratan sus certezas pol\u00edticas por una causa. No esper\u00e1bamos recompensa, recordaba uno de ellos al final de su vida: <em>pactamos recorrer juntos la aventura revolucionaria<\/em>, dec\u00eda, seg\u00fan nos cuenta el texto de Javier Romo Aguirre.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Esos a\u00f1os de inestabilidad pol\u00edtica y social se complementan en este segundo ejemplar del a\u00f1o de\u00a0<em>BiCentenario<\/em> con el legado fotogr\u00e1fico de Cruz S\u00e1nchez, un inquieto pol\u00edtico de Yautepec que adem\u00e1s de ser alcalde retrat\u00f3 al zapatismo. Su trabajo, poco conocido y conservado en el archivo de la UNAM, se aprecia por su calidad y por las circunstancias que le tocaron vivir: resid\u00eda donde se concentraba el principal cuartel del general Emiliano Zapata y, entre ellos, los militares de su confianza.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero no son p\u00e1ginas las de esta edici\u00f3n que \u00fanicamente nos petrifican con el sobresalto de cruzar los caminos y calles citadinas de hace siglo y medio o que desmenuzan aspectos poco conocidos de la revoluci\u00f3n de 1910 y 1913. Un joven e ilustrado Jos\u00e9 Antonio Alzate y Ram\u00edrez dejaba que la imaginaci\u00f3n se desplegara y con base en la experimentaci\u00f3n se mostraba como un Leonardo Da Vinci mexicano del siglo XVIII. Hijo de una familia que le ayud\u00f3 a financiar sus publicaciones de avances cient\u00edficos y las de otros colegas, Alzate dej\u00f3 testimonio de la actividad ilustrada en M\u00e9xico, sin importar autores ni tem\u00e1ticas. La medicina, la construcci\u00f3n o la astrolog\u00eda, a pedido de cl\u00e9rigos o autoridades, lo hicieron un baluarte de la divulgaci\u00f3n, como nos hace saber Mauricio S\u00e1nchez.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En tiempos m\u00e1s cercanos contamos las vicisitudes vividas por el exilio, principalmente europeo, que lleg\u00f3 a M\u00e9xico en los a\u00f1os 40 del siglo pasado, alentado por las pol\u00edticas, en algunos aspectos selectivas, de los gobiernos de L\u00e1zaro C\u00e1rdenas y Manuel \u00c1vila Camacho.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Tambi\u00e9n nos adentramos en recuperar los avatares culturales del Hotel del Prado, un edificio \u00e9pico que por esos mismos a\u00f1os se levantaba sobre avenida Ju\u00e1rez y que era un ejemplo de las transformaciones del pa\u00eds, especialmente porque sobre sus paredes desfilaron las pinturas de varios de los artistas m\u00e1s reconocidos en esos a\u00f1os.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El centenar de p\u00e1ginas que configuran cada n\u00famero de <em>BiCentenario<\/em> se complementa en esta edici\u00f3n 31 con un nost\u00e1lgico recuerdo de los caf\u00e9s ubicados en los bordes lim\u00edtrofes del Centro Hist\u00f3rico de la ciudad de M\u00e9xico y que a\u00fan sobreviven a la tecnolog\u00eda del siglo XXI.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Empezamos describiendo en estas l\u00edneas los temores a la inseguridad de hace m\u00e1s de siglo y medio y lo cerramos con un destello anecd\u00f3tico de los controles propios de la guerra fr\u00eda que reinaban en M\u00e9xico hace seis d\u00e9cadas. La zafra cubana, unos estudiantes en tr\u00e1nsito en el aeropuerto capitalino y los esp\u00edas de entonces sirven de anzuelo para la lectura.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No se asusten, regresamos en el pr\u00f3ximo n\u00famero.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Dar\u00edo Fritz<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En revista BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico, n\u00fam. 31. La inseguridad, el temor a ser v\u00edctimas de una agresi\u00f3n, del robo, el ultraje, el da\u00f1o f\u00edsico o ps\u00edquico, es tan antiguo como la guerra. En cada momento de la historia de la humanidad se pueden hallar en forma de terror, persecuci\u00f3n, fobias o simple sobresalto. Ni es de estos d\u00edas ni de tiempos cercanos, aunque las experiencias personales son las que nos marcan. Pero en los a\u00f1os posteriores a la independencia de la corona espa\u00f1ola los aventurados viajeros que cruzaban el pa\u00eds en diligencias o carruajes marchaban como alma en pena, marcados por la incertidumbre, con el coraz\u00f3n pegado a la garganta, porque sab\u00edan que pod\u00edan ser v\u00edctimas de atracos en el momento m\u00e1s inesperado. 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