﻿{"id":4551,"date":"2014-07-01T11:54:46","date_gmt":"2014-07-01T16:54:46","guid":{"rendered":"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/?p=4551"},"modified":"2026-05-07T22:11:08","modified_gmt":"2026-05-08T04:11:08","slug":"aquellos-selfies","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/archivos\/aquellos-selfies\/","title":{"rendered":"Aquellas Selfies"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Dar\u00edo Fritz<\/p>\n<h4 style=\"text-align: justify;\"><span style=\"color: #800000;\">En revista <em>BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico<\/em>, n\u00fam. 23.<\/span><\/h4>\n<p><img decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-16736 aligncenter\" src=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/12\/BotonPDF2-e1670355523220.png\" alt=\"\" width=\"87\" height=\"44\" \/><\/p>\n<figure id=\"attachment_23794\" aria-describedby=\"caption-attachment-23794\" style=\"width: 800px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"wp-image-23794 size-full\" src=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/04\/BiC_23_033.jpg\" alt=\"\" width=\"800\" height=\"493\" srcset=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/04\/BiC_23_033.jpg 800w, https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/04\/BiC_23_033-300x185.jpg 300w, https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/04\/BiC_23_033-768x473.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 800px) 100vw, 800px\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-23794\" class=\"wp-caption-text\">Autor no identificado, sin fecha, [Tranv\u00edas de Orizaba], col. RAA.<\/figcaption><\/figure>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>S<\/strong>er o no ser. Ser vistos o no ser nada. La fotograf\u00eda siempre ha sido la huella m\u00e1s amistosa para dejar rastros de qui\u00e9nes fuimos, de d\u00f3nde venimos. Una huella tan poderosa, aunque de resultados l\u00fadicos, semejante al documento que nos identifica, el acta de nacimiento, la casa donde crecimos, o la calle que lleva un nombre familiar, si es que tan alto llegamos en las consideraciones de los vecinos. \u00bfC\u00f3mo resistirse a no dejar una impronta visual, al menos, si est\u00e1 en nuestro ADN exhibirnos, as\u00ed sea enmarcados? Los retratos quiz\u00e1 hayan sido los primeros, aunque estuvieran fuera del alcance de la mayor\u00eda cuando la fotograf\u00eda no era ni siquiera sue\u00f1o. Los hubo esculpidos en piedra en el Antiguo Egipto o en construcciones monumentales de la Edad Media. Le siguieron los c\u00e9lebres de la pintura: Durero, Botticelli, Goya, Van Gogh, Renoir, Frida Khalo, que mostraron en autorretratos c\u00f3mo se ve\u00edan a s\u00ed mismo. Verdaderas autobiograf\u00edas en paletas de colores. La fotograf\u00eda fue el siguiente paso. Las familias Araoz y Pontones se paseaban de la estaci\u00f3n del ferrocarril al mercado de Orizaba en los modernos tranv\u00edas tirados por mulitas. Inaugurado en 1878, aunque la imagen no tiene fecha, era una muestra de modernidad, una novedad que deb\u00eda quedar registrada. Al pie de una mesa, junto a otras im\u00e1genes muy apreciadas, enmarcadas en una pared, protegidas celosamente en alb\u00famenes, las fotograf\u00edas se inmortalizaron como huellas familiares, testigos de las vestimentas de \u00e9poca, los registros del dolor o los hechos hist\u00f3ricos. Algunas de aquellas miradas posadas y serias habr\u00e1n podido repetirse cuando llegaron los primeros autos a la ciudad. \u00bfQui\u00e9n no ha seguido la misma rutina de mostrarse junto a lo nuevo y excitante? Entrado el siglo XXI los rastros que dejamos se van apagando. El formato perenne de la fotograf\u00eda se desvanece. La captura del momento ya no tiene la vigencia de lo perdurable. Ahora son instantes de autopromoci\u00f3n que se pierden en las redes sociales. Uno tras otro. La adicci\u00f3n, en todo caso narcisista, por el autorretrato &#8211;ahora con impronta sajona bautizada como <i>selfie<\/i>&#8211;, de las risas individuales o grupales congeladas en pixeles, tiene la durabilidad del disparo de la c\u00e1mara. La imagen se sale de la sala de la casa para buscar reconocimiento entre amigos y desconocidos donde la web lo permita. Es la nueva huella vanidosa de un instante que no pretende perpetuarse. M\u00edrenme, luego existo.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Dar\u00edo Fritz En revista BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico, n\u00fam. 23. Ser o no ser. Ser vistos o no ser nada. La fotograf\u00eda siempre ha sido la huella m\u00e1s amistosa para dejar rastros de qui\u00e9nes fuimos, de d\u00f3nde venimos. Una huella tan poderosa, aunque de resultados l\u00fadicos, semejante al documento que nos identifica, el acta de nacimiento, la casa donde crecimos, o la calle que lleva un nombre familiar, si es que tan alto llegamos en las consideraciones de los vecinos. \u00bfC\u00f3mo resistirse a no dejar una impronta visual, al menos, si est\u00e1 en nuestro ADN exhibirnos, as\u00ed sea enmarcados? Los retratos quiz\u00e1 hayan sido los primeros, aunque estuvieran fuera del alcance de la mayor\u00eda cuando la fotograf\u00eda no era ni siquiera sue\u00f1o. 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