﻿{"id":3438,"date":"2013-11-29T15:48:45","date_gmt":"2013-11-29T21:48:45","guid":{"rendered":"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/?p=3438"},"modified":"2021-05-04T14:20:02","modified_gmt":"2021-05-04T19:20:02","slug":"la-redencion-de-la-guera","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/archivos\/la-redencion-de-la-guera\/","title":{"rendered":"La redenci\u00f3n de La G\u00fcera"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: justify;\" align=\"right\">C\u00e9sar Alejandro Mart\u00ednez N\u00fa\u00f1ez<br \/>\nFacultad de Filosof\u00eda y Letras, UNAM<\/h4>\n<h4 style=\"text-align: justify;\" align=\"right\"><span style=\"color: #800000;\">En revista <em>BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico<\/em>, n\u00fam.\u00a0 21.<\/span><\/h4>\n<h3 style=\"text-align: justify;\" align=\"center\"><span style=\"color: #459098;\">Los \u00faltimos d\u00edas en la vida de Mar\u00eda Ignacia Rodr\u00edguez de Velasco fueron de expiaci\u00f3n. Quiso reparar algunos momentos de su vida afectiva que tanto le dol\u00edan, en los o\u00eddos de su nieta Guadalupe, monja del convento de Santa Teresa. Algo de paz, pareci\u00f3 recuperar<\/span><\/h3>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a href=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/11\/Captura-de-pantalla-2013-11-29-a-las-15.45.57.png\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-3439\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/11\/Captura-de-pantalla-2013-11-29-a-las-15.45.57.png\" alt=\"Captura de pantalla 2013-11-29 a las 15.45.57\" width=\"577\" height=\"784\" \/><\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>M<\/strong>ar\u00eda Ignacia sab\u00eda que la muerte estaba cerca. Las se\u00f1ales no requer\u00edan aparentemente de mayor tacto: estaba enferma, cansada y lo m\u00e1s importante, era vieja. Despu\u00e9s de tantos a\u00f1os de ocultar su verdadera edad lleg\u00f3 a convencerse de que ten\u00eda <i>cuando mucho cincuenta<\/i>. Pero durante su enfermedad decidi\u00f3 no enga\u00f1arse m\u00e1s; hizo las cuentas correctas y para entonces, 1850, iba a cumplir 72 a\u00f1os. El peso de la verdad se le vino encima. De un d\u00eda para otro, aquellos molestos achaques se convirtieron en insoportables tormentos; en un instante, sus arrugas, esas suaves l\u00edneas de car\u00e1cter, se volvieron profundos abismos del tiempo. Sus manos reflejaban cansancio, sus labios expresaban dolor y sus ojos, aquellos ojos tan azules como el cielo claro, mostraron una vez m\u00e1s la profunda tristeza y el desencanto que s\u00f3lo conoce un coraz\u00f3n roto.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Sin importar los atentos cuidados y las comedidas preocupaciones de Juan Manuel Elizalde, su tercer esposo, la G\u00fcera no lograba arrancarse de la mente a Jer\u00f3nimo Villamil: el padre de todos sus hijos, su primer marido, su noble caballero y fiero capataz, en fin, su primer amor. Sin embargo, s\u00f3lo pod\u00eda contemplarlo a trav\u00e9s del velo de las l\u00e1grimas y las angustias. Trataba de recordar los tiempos felices, pero una y otra vez las mutuas recriminaciones del pasado volv\u00edan a su memoria. Entonces argumentaba de nuevo sobre conflictos del ayer; se desesperaba; rabiaba por la ira y la culpa; lloraba con los pu\u00f1os apretados, lanzaba un grito de agon\u00eda que conmov\u00eda toda la casa y permanec\u00eda despu\u00e9s sollozando y balbuceando disculpas por horas. Sin embargo, poco a poco, la gallarda figura de Jer\u00f3nimo volv\u00eda a brillar en su mente. Do\u00f1a Ignacia, con todos sus a\u00f1os a cuestas, se volv\u00eda a entregar como una adolescente ante la mirada de su amado, s\u00f3lo para decirle una vez m\u00e1s que \u00e9l hab\u00eda tenido la culpa de todo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\" align=\"center\">Nada escapaba a la implacable memoria del arrepentimiento y la agon\u00eda. La G\u00fcera decidi\u00f3 descargar su alma ante la \u00fanica persona de cuyo perd\u00f3n estaba segura, Guadalupe, monja del convento de Santa Teresa de la Ciudad de M\u00e9xico.<\/p>\n<figure id=\"attachment_3440\" aria-describedby=\"caption-attachment-3440\" style=\"width: 520px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a href=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/11\/Captura-de-pantalla-2013-11-29-a-las-15.47.26.png\"><img decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-3440\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/11\/Captura-de-pantalla-2013-11-29-a-las-15.47.26.png\" alt=\"C. Nebel, Vista de los volcanes desde Tacubaja, Viaje pintoresco y arqueolA?gico... 1829-1834, MAi??xico, 1840\" width=\"520\" height=\"387\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-3440\" class=\"wp-caption-text\">C. Nebel, Vista de los volcanes desde Tacubaja, Viaje pintoresco y arqueolA?gico&#8230; 1829-1834, M\u00e9xico, 1840<\/figcaption><\/figure>\n<p style=\"text-align: justify;\" align=\"center\">Guadalupe era hija de Mar\u00eda Antonia, la segunda de <i>las tres gracias<\/i>, como se conoci\u00f3 hac\u00eda mucho tiempo a las hijas de Mar\u00eda Ignacia. Como todas las ma\u00f1anas desde que su abuela hab\u00eda enfermado, la muchacha se present\u00f3 en la habitaci\u00f3n para despertarla y darle el desayuno. La G\u00fcera se hallaba lista desde la madrugada: cada segundo era vital para la salvaci\u00f3n de su alma.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\" align=\"center\">Mar\u00eda Ignacia pidi\u00f3 pronto su desayuno; sab\u00eda que de otro modo jam\u00e1s tendr\u00eda la atenci\u00f3n necesaria. Al dar el primer bocado, comenz\u00f3. Con tono melanc\u00f3lico pregunt\u00f3 qu\u00e9 era lo que Lupita sab\u00f3a sobre su abuelo Jer\u00f3nimo. La muchacha contest\u00f3 que no recordaba pr\u00e1cticamente nada de lo que su madre le hab\u00eda contado, salvo que fue un hombre terrible. La G\u00fcera asinti\u00f3 con tono triste, pero record\u00f3 a su nieta que Mar\u00eda Antonia tampoco hab\u00eda conocido bien a su padre pues \u00e9ste hab\u00eda muerto cuando era muy ni\u00f1a.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\" align=\"center\">Luego pidi\u00f3 a su nieta que escuchara con atenci\u00f3n todo lo que estaba a punto de revelarle pues de ello depend\u00eda la salvaci\u00f3n de su alma. Guadalupe quiso detenerla argumentando que si quer\u00eda confesarse ser\u00eda mejor llamar a un sacerdote, pero do\u00f1a Ignacia la interrumpi\u00f3 diciendo que ya habr\u00eda tiempo para eso, era necesario poner primero en orden su conciencia para cuando se hiciesen necesarios los oficios, sent\u00eda que sus fuerzas se acababan y cada momento resultaba vital.<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/11\/Captura-de-pantalla-2013-11-29-a-las-15.49.10.png\"><img decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-3442\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/11\/Captura-de-pantalla-2013-11-29-a-las-15.49.10.png\" alt=\"Captura de pantalla 2013-11-29 a las 15.49.10\" width=\"670\" height=\"732\" \/><\/a><\/p>\n<h2 style=\"text-align: center;\">[&#8230;]<br \/>\nPara leer el art\u00edculo completo, consulte la revista\u00a0<em>BiCentenario<\/em><\/h2>\n<p><b>Para saber m\u00e1s<\/b><\/p>\n<ul>\n<li>VALLE-ARIZPE, ARTEMIO DE, <i>La G\u00fcera Rodr\u00edguez, <\/i>M\u00e9xico, Lectorum, 2006.<\/li>\n<li>ARRIOJA VIZCA\u00cdNO, ADOLFO, <i>El \u00e1guila en la alcoba, <\/i>M\u00e9xico, Grijalbo, 2005.<\/li>\n<li>ISRAEL, JONATHAN I., <i>Razas, clases sociales y vida pol\u00edtica en el M\u00e9xico Colonial, 1610-1670, <\/i>M\u00e9xico, Fondo de Cultura Econ\u00f3mica, 2005.<\/li>\n<li>GAL\u00d3 BOADELLA, MONTSERRAT, <i>Historias del bello sexo: La introducci\u00f3n del romanticismo en M\u00e9xico<\/i>, M\u00e9xico, UNAM, Instituto de Investigaciones Est\u00e9ticas, 2002.<\/li>\n<\/ul>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>C\u00e9sar Alejandro Mart\u00ednez N\u00fa\u00f1ez Facultad de Filosof\u00eda y Letras, UNAM En revista BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico, n\u00fam.\u00a0 21. Los \u00faltimos d\u00edas en la vida de Mar\u00eda Ignacia Rodr\u00edguez de Velasco fueron de expiaci\u00f3n. Quiso reparar algunos momentos de su vida afectiva que tanto le dol\u00edan, en los o\u00eddos de su nieta Guadalupe, monja del convento de Santa Teresa. Algo de paz, pareci\u00f3 recuperar Mar\u00eda Ignacia sab\u00eda que la muerte estaba cerca. Las se\u00f1ales no requer\u00edan aparentemente de mayor tacto: estaba enferma, cansada y lo m\u00e1s importante, era vieja. Despu\u00e9s de tantos a\u00f1os de ocultar su verdadera edad lleg\u00f3 a convencerse de que ten\u00eda cuando mucho cincuenta. Pero durante su enfermedad decidi\u00f3 no enga\u00f1arse m\u00e1s; hizo las cuentas correctas y para entonces, 1850, iba a cumplir 72 a\u00f1os. El peso de la verdad se le vino encima. 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