﻿{"id":23086,"date":"2026-01-29T16:23:19","date_gmt":"2026-01-29T22:23:19","guid":{"rendered":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/?p=23086"},"modified":"2026-02-05T20:08:41","modified_gmt":"2026-02-06T02:08:41","slug":"la-ultima-autoridad-de-vigia-chico","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/archivos\/la-ultima-autoridad-de-vigia-chico\/","title":{"rendered":"La \u00faltima autoridad de Vig\u00eda Chico"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Lorena Careaga Viliesid<br \/>\nAcademia Mexicana de la Historia<br \/>\nMiembro corresponsal por Quintana Roo<\/p>\n<h4 style=\"text-align: justify;\"><span style=\"color: #800000;\">En revista\u00a0<em>BiCentenario, el ayer y hoy de M\u00e9xico<\/em>, n\u00fam. 70.<\/span><\/h4>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a href=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2026\/02\/BiC_70_06_Vigia_chico.pdf\"><img decoding=\"async\" class=\"aligncenter wp-image-16736 size-full\" src=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/12\/BotonPDF2-e1670355523220.png\" alt=\"\" width=\"87\" height=\"44\" \/><\/a><\/p>\n<h3 style=\"text-align: justify;\">Del pueblo costero quintanarroense solo quedan ruinas y un \u00fanico habitante, Valent\u00edn. Pero detr\u00e1s, en el tiempo, se remonta a una historia de progreso, de la mano del auge de la producci\u00f3n del chicle y su exportaci\u00f3n.<\/h3>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>E<\/strong>sa ma\u00f1ana Don Valent\u00edn abri\u00f3 los ojos m\u00e1s tarde que de costumbre. Eran casi las siete cuando se levant\u00f3 de la hamaca a\u00fan con sue\u00f1o. Hab\u00eda llovido toda la noche y eso siempre le produc\u00eda cierta inquietud, como una voz susurrando en su interior que no le permit\u00eda dormir profundamente, sino que lo manten\u00eda en una especie de vigilia, de la cual despertaba de inmediato si el golpeteo de la lluvia, persistente y mon\u00f3tono, variaba de alg\u00fan modo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Con su taz\u00f3n de caf\u00e9 negro en la mano, observ\u00f3 el calendario que colgaba de la pared. Domingo 22 de octubre de 1978. Buen d\u00eda para cortar los guanos que le hac\u00edan falta al techo de la casa, quiz\u00e1 remendar esa red olvidada o revisar las colmenas. Le dol\u00eda la espalda y se sent\u00eda cansado. \u201cMe estoy haciendo viejo\u201d, pens\u00f3. \u201cYa tengo 73 a\u00f1os. Ser\u00e1 por eso\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El d\u00eda anterior hab\u00eda regresado de Felipe Carrillo Puerto. Como siempre, despu\u00e9s de permanecer un par de d\u00edas en aquel poblado, donde aprovechaba para hacer algunas compras y tomarse unas cervezas con Vicente Villanueva, su amigo de toda la vida, sent\u00eda nostalgia y unas enormes ganas de emprender, cuanto antes, el regreso a su casa. Cada mes deb\u00eda ir a cobrar la pensi\u00f3n de 300 pesos que le daba el ayuntamiento y<strong>,<\/strong> aunque sus parientes le insist\u00edan en que se quedara m\u00e1s tiempo, dos d\u00edas eran m\u00e1s que suficientes. El coraz\u00f3n se le apaciguaba de nuevo mientras recorr\u00eda en su bicicleta un buen trecho de los 58 kil\u00f3metros que separaban a Carrillo Puerto de Vig\u00eda Chico. Con frecuencia aparec\u00eda alg\u00fan conocido en su camioneta que le daba avent\u00f3n hasta la costa. El camino de terracer\u00eda, bastante ancho, estaba en muy buen estado, incluso con algunos trechos pavimentados, y en un par de horas pod\u00eda estar de nuevo en casa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Iba a Carrillo Puerto de mala gana, pero de regreso se relajaba y observaba el paisaje a gusto; kil\u00f3metros y kil\u00f3metros de selva baja pr\u00e1cticamente deshabitada y, ya cerca de la costa, la sabana pantanosa. Conoc\u00eda a los habitantes de los cuatro caser\u00edos que hab\u00eda junto al camino: campesinos mayas dedicados a la milpa y a la miel. Tan despoblados estaban esos parajes que no era raro ver a una zorra de plateada cola cruzar corriendo la brecha, una que otra tortuga negra, numerosas garzas blancas posadas en las copas de los \u00e1rboles, o bien, como el d\u00eda anterior, una mir\u00edada de mariposas verdes y amarillas que revoloteaban en c\u00edrculos sobre el camino.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Este se iba haciendo cada vez m\u00e1s angosto conforme se acercaba a Vig\u00eda Chico y<strong>,<\/strong> al final<strong>,<\/strong> era una brecha que llegaba hasta la orilla del mar. Desde ese punto se dominaba casi la totalidad de la bah\u00eda de la Ascensi\u00f3n. \u00bfY qu\u00e9 era lo m\u00e1s sorprendente de Vig\u00eda Chico? Pues que no hab\u00eda nada. Nada de nada. S\u00f3lo las ruinas de unas casas de madera, un bar que nunca funcion\u00f3 como tal, cuyo techo de palapa se estaba cayendo, y una construcci\u00f3n de bloc y concreto sin terminar. Todav\u00eda estaban en pie algunos postes de lo que hab\u00eda sido el tel\u00e9grafo y, entre la maleza, los restos oxidados de la m\u00e1quina de un ferrocarril. Del muelle no quedaban m\u00e1s que las bases de concreto.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Don Valent\u00edn era alto y muy delgado, de pelo blanco y ojos brillantes y vivarachos. Una piel curtida por el sol atestiguaba los a\u00f1os vividos al aire libre. De sonrisa f\u00e1cil y complacida, se ve\u00eda fuerte y saludable a pesar de su edad. Y era, adem\u00e1s, el \u00fanico habitante de Vig\u00eda Chico. A \u00e9l le gustaba decir, en tono serio y solemne, que era la m\u00e1xima autoridad del lugar. Luego soltaba una alegre carcajada, ri\u00e9ndose de su propia broma.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Se dirigi\u00f3 a la playa, desamarr\u00f3 una de sus lanchas y se adentr\u00f3 en el mar a revisar las trampas para langosta. Estas se encontraban bastante alejadas, pues en Vig\u00eda Chico, donde la bah\u00eda de la Ascensi\u00f3n ten\u00eda menos de un metro de profundidad y el agua le llegaba a la cintura, no hab\u00eda langosta ni caracol. Una vez terminada su tarea, y pisando con cuidado el fondo pedregoso, regres\u00f3 a la orilla. Puesto que era el fin de la temporada de ciclones, y a causa de la lluvia, el mar sol\u00eda amanecer bastante sucio de desperdicios marinos: sargazo, algas, cangrejos y peces muertos que las olas depositaban en la arena y que al descomponerse le daban a Vig\u00eda Chico su peculiar olor.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Inesperadamente un chispazo de luz atrajo su mirada. Se dirigi\u00f3 hacia donde hab\u00eda visto ese resplandor bajo unas palmeras y se agach\u00f3 a recoger un pedazo de vidrio que en otro tiempo hab\u00eda sido parte de una botella de cerveza. Sonri\u00f3 con cierta tristeza. No hab\u00eda d\u00eda en su vida que no recordara la noche en que todo cambi\u00f3, en que su vida se transform\u00f3 radicalmente. El pedazo de vidrio descolorido le volvi\u00f3 a traer esas memorias siempre frescas. De hecho, todo en Vig\u00eda Chico, todo lo que hab\u00eda sobrevivido despu\u00e9s de aquella noche, era una \u00fanica memoria, y \u00e9l tambi\u00e9n era parte de ese espejo de recuerdos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Se sent\u00f3 en el tronco de una palmera y cerr\u00f3 los ojos.<\/p>\n<h3 style=\"text-align: center;\"><strong>El chicle<\/strong><\/h3>\n<p style=\"text-align: justify;\">Fundado en 1903 por el general Jos\u00e9 Mar\u00eda de la Vega, Vig\u00eda Chico estaba destinado a convertirse en uno de los centros de comunicaci\u00f3n hacia el exterior m\u00e1s importantes del territorio federal de Quintana Roo. Lo un\u00eda a Felipe Carrillo Puerto, poblaci\u00f3n que en aquel entonces y hasta 1936 llev\u00f3 por nombre Santa Cruz de Bravo, una v\u00eda f\u00e9rrea tipo Decauville, la primera de lo que ser\u00edan, en sue\u00f1os nunca realizados, los Ferrocarriles Norte de Quintana Roo. Esta v\u00eda se convertir\u00eda m\u00e1s adelante en la ruta por donde saldr\u00edan toneladas de chicle y entrar\u00edan los abastos necesarios para los pobladores de la regi\u00f3n. Pero en sus inicios, eran los productos forestales, como maderas preciosas, palo de tinte y durmientes, lo que se exportaba hacia Cozumel y Belice.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Vig\u00eda Chico fue el lugar donde desembarcaban desde 1903 los presos comunes y los presos pol\u00edticos de la llamada Colonia de Operarios, controlada con mano f\u00e9rrea por el general Ignacio A. Bravo, hijo predilecto del gobierno porfirista. El puerto fue tambi\u00e9n testigo mudo de la llegada de los revolucionarios: el maderista Manuel S\u00e1nchez Rivera en 1912 y luego, en 1915, Salvador Alvarado con su batall\u00f3n de indios yaquis.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Cuando en ese mismo a\u00f1o el general maya Francisco May destruy\u00f3 todo vestigio que le recordara la presencia blanca en Santa Cruz de Bravo, se cuid\u00f3 muy bien de mantener funcionando la v\u00eda f\u00e9rrea y la maquinaria que comunicaban a esta poblaci\u00f3n con Vig\u00eda Chico, aunque se cuenta que s\u00ed acab\u00f3 con el servicio telegr\u00e1fico y ech\u00f3 abajo los postes. Lo que es un hecho es que el puerto y dicha l\u00ednea de transporte y comunicaci\u00f3n fueron claves en el establecimiento de la hegemon\u00eda de May sobre la producci\u00f3n chiclera del centro de Quintana Roo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Luego de la ca\u00edda de los precios del chicle en 1929 y de los problemas que el l\u00edder maya empez\u00f3 a tener, en Vig\u00eda Chico desembarcaron los soldados del 36\u00ba batall\u00f3n federal para apaciguar a la poblaci\u00f3n y mantener la producci\u00f3n. A la par y por debajo del agua, florec\u00eda el contrabando de chicle, caoba y otros productos forestales, as\u00ed como aguardiente y licores extranjeros.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Por ah\u00ed de 1925, Don Valent\u00edn se traslad\u00f3 a Quintana Roo desde su natal Valladolid, Yucat\u00e1n, como agente de un contratista chiclero. Era la \u00e9poca de auge del chicle y ya Vig\u00eda Chico se hab\u00eda convertido en el puerto de embarque m\u00e1s importante del centro del territorio. A su llegada conoci\u00f3 a Florentina Tamayo, quien hab\u00eda trabajado en el puerto como cocinera desde la \u00e9poca del general Bravo y fue testigo del trato inhumano que en aquel entonces se daba tanto a la tropa como a los operarios, todos ellos viviendo en barracas inmundas y en condiciones miserables. A la do\u00f1a le gustaba relatar como preparaba la comida en grandes cazuelas y le serv\u00eda a cada uno en su plato. Si a alguno se le ca\u00eda o alguien se lo arrebataba, se quedaba sin comer, pues hab\u00eda \u00f3rdenes de no darles m\u00e1s.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Su marido, Sabino Tamayo Mac, era capit\u00e1n de barco de una flotilla cozumele\u00f1a y conoc\u00eda bien las condiciones en las que eran tra\u00eddos hasta Vig\u00eda Chico los prisioneros del Cuerpo de Operarios. En \u00e9pocas del general Bravo, el ca\u00f1onero Independencia anclaba frente a Vig\u00eda Chico trayendo soldados y presos, y el resto de la flotilla lo compon\u00edan canoas campechanas y barcos de menos de 50 toneladas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Dos d\u00e9cadas hab\u00edan transcurrido desde entonces y, en 1925, Vig\u00eda Chico ten\u00eda otro aspecto. Don Valent\u00edn recordaba bien la febril actividad que en aquel a\u00f1o reinaba en el puerto: por un lado, la exportaci\u00f3n de toneladas de chicle a la compa\u00f1\u00eda estadunidense Wrigley o a Robert S. Turton, de Belice, y por otro, la importaci\u00f3n de las m\u00e1s variadas mercanc\u00edas destinadas a los hatos chicleros: pistolas, escopetas, municiones, p\u00f3lvora, m\u00e1quinas de coser, molinos de ma\u00edz y de carne, linternas, fon\u00f3grafos, whiskey, later\u00edas, cigarrillos, sal, az\u00facar, calzado, telas, y hasta sedas y joyas. Los trabajadores del puerto y de los almacenes de Vig\u00eda Chico depend\u00edan directamente del general May, mientras que los barcos que transportaban el chicle ven\u00edan de Cozumel y Belice o pertenec\u00edan a los compradores.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Las ganancias eran seguras: el chicle se reun\u00eda en Santa Cruz de Bravo y luego era transportado a Vig\u00eda Chico. El mal llamado \u201ctractor\u201d, como le gustaba precisar a Don Valent\u00edn, acarreaba un promedio de 100 quintales \u2013a 46 kilos el quintal\u2013 en cada viaje diario, por lo que a la semana sal\u00edan unos 600 quintales, aproximadamente 27,600 kilos del preciado l\u00e1tex. Durante la temporada 1927-1928, el general May vendi\u00f3 toda la producci\u00f3n a 80 pesos el quintal ya puesto en Vig\u00eda Chico o sea que las ganancias eran impresionantes. Tan solo durante esa temporada May recib\u00eda cada semana 48 mil pesos de los de entonces. \u00a1Un dineral!<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Dadas estas favorables condiciones, Don Valent\u00edn mismo se hab\u00eda convertido en contratista y peque\u00f1o productor. El a\u00f1o 1929 habr\u00eda de ser el m\u00e1s pr\u00f3spero y, a la par, el m\u00e1s dif\u00edcil. La producci\u00f3n chiclera alcanz\u00f3 un nivel pico de 2 300 000 kilos, pero al a\u00f1o siguiente se desplom\u00f3 y en 1933 no pas\u00f3 de los 300 000 kilos, debido principalmente a la ca\u00edda de los precios durante la crisis econ\u00f3mica del 29. No obstante, Don Valent\u00edn continu\u00f3 como contratista y peque\u00f1o productor hasta la \u00e9poca en que se organizaron las primeras cooperativas, en los a\u00f1os cuarenta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 La segunda guerra mundial provoc\u00f3 una nueva demanda de chicle, y en 1942 se produjeron 3 876 265 kilos, es decir, la mayor cantidad de este l\u00e1tex en toda la historia de Quintana Roo. Un viejo conocido de Don Valent\u00edn, Mister Turton, compr\u00f3 toda la producci\u00f3n junto con cuatro grandes empresas estadunidenses. Poco despu\u00e9s empez\u00f3 a haber m\u00e1s control por parte del gobierno, no s\u00f3lo limitando la extracci\u00f3n seg\u00fan el clima, las lluvias y las concesiones de selva explotable, sino tambi\u00e9n en cuanto a las condiciones de trabajo y subsistencia de los chicleros y sus familias. La producci\u00f3n nunca volver\u00eda a ser igual.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 En 1950, Don Valent\u00edn entr\u00f3 a trabajar como bodeguero, viviendo de planta en el puerto de Vig\u00eda Chico junto con unas catorce personas m\u00e1s, entre empleados y sus familias. En las bodegas a su cargo se segu\u00eda almacenando, por un lado, el chicle procedente de Carrillo Puerto, y por otro, las mercanc\u00edas que llegaban de Cozumel, como cerveza, ma\u00edz y frijol, entre otras. Las marquetas de chicle eran transportadas por las v\u00edas Decauville, utilizando las antiguas plataformas y la m\u00e1quina del ferrocarril, tal y como se hab\u00eda hecho desde los inicios de la producci\u00f3n chiclera. Uno de los comerciantes m\u00e1s pr\u00f3speros en este negocio era su compadre, Fernando Esquivel, el m\u00e1s macizo de todo Carrillo Puerto, como sol\u00eda decirle Don Valent\u00edn con su usual buen humor. De \u201ctractorista\u201d, es decir, manejando la m\u00e1quina de ferrocarril a Vig\u00eda Chico, Esquivel se hab\u00eda hecho de suficiente dinero como para abrir una peque\u00f1a cantina en Carrillo Puerto. La cantina pronto se convirti\u00f3 en una tienda que surt\u00eda a los chicleros de alimentos, herramientas, jab\u00f3n, velas, cerillos, clavos, cuerdas, telas y agua embotellada. Todo era transportado en barcos que anclaban en Vig\u00eda Chico.<\/p>\n<h3 style=\"text-align: center;\"><strong>Cuando todo cambi\u00f3<\/strong><\/h3>\n<p style=\"text-align: justify;\">La vida de Don Valent\u00edn en aquel puerto trascurri\u00f3 sin grandes cambios hasta 1955. En ese a\u00f1o llegaron dos ciclones. El 16 de septiembre, el Hilda toc\u00f3 tierra en un \u00e1rea despoblada de la bah\u00eda de la Ascensi\u00f3n. No obstante, su paso sin freno por la pen\u00ednsula de Yucat\u00e1n y el golfo de M\u00e9xico dej\u00f3 un saldo de 200 muertos, provocando en Tampico una de las inundaciones m\u00e1s catastr\u00f3ficas de su historia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Once d\u00edas m\u00e1s tarde, el 27 de septiembre, toc\u00f3 el turno del Janet. Aquel d\u00eda las bodegas de Vig\u00eda Chico se hallaban repletas de mercanc\u00edas de Fernando Esquivel, especialmente cajas de cerveza, esperando ser transportadas a Carrillo Puerto. Don Valent\u00edn termin\u00f3 de estibarlas donde la lluvia no las alcanzara y acudi\u00f3 a la peque\u00f1a oficina para saber qu\u00e9 otras medidas se iban a tomar. No obstante, a pesar de los avisos que se recibieron por radio, el jefe de empleados no crey\u00f3 que un cicl\u00f3n fuera realmente a pegar en Vig\u00eda Chico y se neg\u00f3 a evacuar el lugar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 A diferencia del Hilda, el Janet enfil\u00f3 su fuerza destructiva casi en l\u00ednea recta hacia la costa sur de Quintana Roo. Fue el d\u00e9cimo hurac\u00e1n de una temporada que podr\u00eda calificarse como la peor del siglo xx. Un d\u00eda antes de tocar tierra, el Janet provoc\u00f3, por primera y \u00fanica vez en la historia cicl\u00f3nica del Atl\u00e1ntico Norte, la ca\u00edda de un avi\u00f3n estadunidense de reconocimiento o caza-ciclones. En ese momento, ya era un hurac\u00e1n de categor\u00eda 4, con vientos de m\u00e1s de 220 kil\u00f3metros por hora que levantaban a su paso olas de 20 metros de altura.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Al d\u00eda siguiente, 27 de septiembre de 1955, los habitantes de Vig\u00eda Chico recibieron la \u00faltima alerta de hurac\u00e1n, con la consigna de evacuar el puerto. El jefe de empleados se neg\u00f3 nuevamente a hacerlo. De pie en la playa y bajo una lluvia pertinaz, Don Valent\u00edn miraba taciturno c\u00f3mo iba opac\u00e1ndose la luz del d\u00eda, c\u00f3mo la coloraci\u00f3n del horizonte iba adquiriendo una extra\u00f1a tonalidad amarillenta, c\u00f3mo el mar, al alejarse de la costa, iba dejando al descubierto rocas, arena, algas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Esa noche, el Janet, ya de categor\u00eda 5, toc\u00f3 tierra entre Xcalak y el Uvero, y poco despu\u00e9s, azot\u00f3 Chetumal con vientos superiores a los 275 kil\u00f3metros por hora. A pesar de ubicarse bastante m\u00e1s al norte de la capital quintanarroense, por donde en esos momentos pasaba el ojo del hurac\u00e1n, Vig\u00eda Chico cay\u00f3 dentro de la zona de vientos m\u00e1s destructivos. En medio de un ruido ensordecedor, el mar se retir\u00f3 m\u00e1s de un kil\u00f3metro. Los habitantes de Vig\u00eda Chico, refugiados en las casas y bodegas del puerto, pronto quedaron al descubierto y a merced de los elementos. El viento se llev\u00f3 casi todas las construcciones y luego el mar, en una ola gigante, arras\u00f3 con lo que quedaba.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Don Valent\u00edn, uno de los tres \u00fanicos supervivientes, se subi\u00f3 a la horqueta de un \u00e1rbol y se agarr\u00f3 de las ramas con todas sus fuerzas. Ello le salv\u00f3 la vida. El resto de los habitantes de Vig\u00eda Chico muri\u00f3 esa noche: doce personas ahogadas, entre hombres, mujeres y ni\u00f1os, incluyendo al esc\u00e9ptico jefe de empleados. Los muertos y las mercanc\u00edas fueron arrastrados por el viento y el mar hasta el monte, m\u00e1s all\u00e1 de la sabana, a varios kil\u00f3metros de distancia. Mucho tiempo despu\u00e9s todav\u00eda se pod\u00edan encontrar botellas de cerveza entre los escombros y en la misma sabana, entre la maleza y los pocos \u00e1rboles que hab\u00edan quedado en pie.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Don Valent\u00edn ten\u00eda entonces 50 a\u00f1os. Perdi\u00f3 todo, incluyendo su vivienda, lancha y marquetas de chicle. Sin embargo, a la hora en que lleg\u00f3 la ayuda del gobierno, s\u00f3lo recibi\u00f3 300 pesos como compensaci\u00f3n por sus p\u00e9rdidas. Record\u00f3 con amargura que la gente que vino de Carrillo Puerto a colaborar en la restauraci\u00f3n del lugar y prestarle auxilio, no hizo nada. M\u00e1s bien se dedicaron a saquear lo poco que hab\u00eda quedado. En esa \u00e9poca el ej\u00e9rcito todav\u00eda no ten\u00eda \u00f3rdenes de proteger la propiedad y las pertenencias de evacuados y v\u00edctimas. S\u00f3lo los misioneros evang\u00e9licos sobrevolaron el \u00e1rea afectada en una peque\u00f1a avioneta, arrojando v\u00edveres, frazadas y medicinas a los supervivientes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Despu\u00e9s de este desastre, el lugar fue abandonado, aunque Don Valent\u00edn permaneci\u00f3 todav\u00eda un tiempo en Vig\u00eda Chico intentando reconstruir su vida. En 1958, por \u00f3rdenes del gobernador Margarito Ram\u00edrez se removieron los \u00faltimos restos de la v\u00eda f\u00e9rrea y toda la maquinaria qued\u00f3 arrumbada a la orilla del mar. Poco despu\u00e9s, se traslad\u00f3 a San Antonio Soda, cerca del r\u00edo Hondo, donde se dedic\u00f3 durante varios a\u00f1os a la explotaci\u00f3n forestal de la caoba. En 1968, regres\u00f3, pues una parte de su ser se hab\u00eda quedado para siempre en aquel lugar. Con todo y su destrucci\u00f3n, Vig\u00eda Chico era su hogar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Se encontr\u00f3 con un destacamento militar instalado en las ruinas del puerto. Los soldados hab\u00edan iniciado la construcci\u00f3n de lo que iba a ser un cuartel de mamposter\u00eda, pero nunca lo terminaron. Pasados cuatro a\u00f1os, dejaron Vig\u00eda Chico porque, como bien dec\u00eda el oficial al frente del destacamento, all\u00ed no hab\u00eda nada que cuidar. La realidad era que el Janet hab\u00eda acabado con todo: el muelle, los barcos, los almacenes, las viviendas, todo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Desde entonces Don Valent\u00edn se hab\u00eda convertido en el \u00fanico habitante de Vig\u00eda Chico. Normalmente<strong>,<\/strong> su vida transcurr\u00eda en completa soledad, salvo en las raras ocasiones en que llegaba alg\u00fan visitante. Ten\u00eda amigos entre los pescadores de la bah\u00eda de la Ascensi\u00f3n con quienes, a veces, sal\u00eda a pescar caz\u00f3n que luego vend\u00eda en Chetumal. A veces pescaba solo. Tambi\u00e9n ten\u00eda una peque\u00f1a milpa en la zona de \u201cEl Quinto\u201d, donde produc\u00eda un poco de ma\u00edz y frijol. Sab\u00eda que el apego que sent\u00eda por Vig\u00eda Chico, a pesar de su aislamiento y abandono, ten\u00eda que ver no s\u00f3lo con los muchos a\u00f1os de vida transcurridos en ese lugar, sino tambi\u00e9n con una apuesta ganada la noche de aquel lejano 27 de septiembre. Una bien ganada apuesta a la muerte y al Janet. No les hab\u00eda dado el gusto. No, se\u00f1or.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 <\/strong>El ruido lejano de un motor acerc\u00e1ndose lo trajo de nuevo al presente. Mientras se pon\u00eda de pie, Don Valent\u00edn vio que un destartalado Volkswagen se aproximaba por la brecha. El veh\u00edculo se detuvo a pocos pasos de donde se encontraba y de \u00e9l se ape\u00f3 una mujer muy joven, vestida con jeans, camiseta, botas y sombrero de palma. Dese\u00e1ndole buenos d\u00edas, le pregunt\u00f3 si \u00e9l era Don Valent\u00edn Aguilar y \u00e9l, sonriendo, contest\u00f3 que s\u00ed, que era la \u00fanica y m\u00e1xima autoridad de Vig\u00eda Chico.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 La mujer, despu\u00e9s de presentarse, dijo que ven\u00eda desde Carrillo Puerto recomendada por el se\u00f1or Villanueva. Aquello fue suficiente.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2013Sea bienvenida\u2013 le dijo Don Valent\u00edn, \u2013puede hacer lo que quiera en este lugar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2013Lo que quisiera\u2013 contest\u00f3 ella \u2013es platicar con usted y, si tiene tiempo, que me cuente de su vida y de lo que fue, y hoy en d\u00eda es, Vig\u00eda Chico.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Don Valent\u00edn la invit\u00f3 a sentarse en la sombra. Aquel domingo 22 de octubre de 1978 ser\u00eda un d\u00eda, tan bueno como cualquier otro, para contarle su historia a una antrop\u00f3loga en ciernes.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lorena Careaga Viliesid Academia Mexicana de la Historia Miembro corresponsal por Quintana Roo En revista\u00a0BiCentenario, el ayer y hoy de M\u00e9xico, n\u00fam. 70. Del pueblo costero quintanarroense solo quedan ruinas y un \u00fanico habitante, Valent\u00edn. Pero detr\u00e1s, en el tiempo, se remonta a una historia de progreso, de la mano del auge de la producci\u00f3n del chicle y su exportaci\u00f3n. Esa ma\u00f1ana Don Valent\u00edn abri\u00f3 los ojos m\u00e1s tarde que de costumbre. Eran casi las siete cuando se levant\u00f3 de la hamaca a\u00fan con sue\u00f1o. Hab\u00eda llovido toda la noche y eso siempre le produc\u00eda cierta inquietud, como una voz susurrando en su interior que no le permit\u00eda dormir profundamente, sino que lo manten\u00eda en una especie de vigilia, de la cual despertaba de inmediato si el golpeteo de la lluvia, persistente y mon\u00f3tono, variaba de alg\u00fan modo. \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Con su taz\u00f3n de caf\u00e9 negro en la mano, observ\u00f3 el<\/p>\n","protected":false},"author":8,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[21,2898],"tags":[2901,1453,2809],"class_list":{"0":"post-23086","1":"post","2":"type-post","3":"status-publish","4":"format-standard","6":"category-articulos","7":"category-bicentenario-70","8":"tag-ciclon","9":"tag-historia-oral","10":"tag-quintana-roo"},"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/23086","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/8"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=23086"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/23086\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":23159,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/23086\/revisions\/23159"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=23086"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=23086"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=23086"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}