﻿{"id":2165,"date":"2013-05-09T20:19:00","date_gmt":"2013-05-10T01:19:00","guid":{"rendered":"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/?p=2165"},"modified":"2021-05-04T09:35:09","modified_gmt":"2021-05-04T14:35:09","slug":"el-muerto-y-el-atoyac","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/archivos\/el-muerto-y-el-atoyac\/","title":{"rendered":"El muerto y el Atoyac"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"color: #000000;\"><strong>Rosal\u00eda Martha P\u00e9rez \/ Instituto Alfonso V\u00e9lez Pliego, BUAP<\/strong><\/span><\/p>\n<p>Revista BiCentenario # 19<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a href=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/05\/Atoyac.png\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2166\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/05\/Atoyac.png\" alt=\"Atoyac\" width=\"622\" height=\"387\" \/><\/a><\/p>\n<h6 style=\"text-align: right;\">Fotograf\u00eda de Adalberto R\u00edos Szalay<\/h6>\n<p style=\"text-align: justify;\">Es el mes de septiembre y el Atoyac se derrama sobre los pastizales tlaxcaltecas. Se esparce mansamente, desentumiendo sus aguas con el sol matinal que reverbera suavemente, lejos de los bosques de encinos. Va discurriendo, lamiendo la base de los lomer\u00edos y arrastrando desde las alturas un f\u00e9rtil limo arcilloso. Sonriente, ve internarse en el tembloroso cristal de sus aguas a tlacuaches y conejos cuyos sorbos espantan a las parvadas de aves canoras, que con cualquier pretexto escapan hacia el sur. Su corriente surge de los escurrimientos de la vertiente norte del Iztacc\u00edhuatl, en la Sierra Nevada, a 4,200 metros de altura; viene drenando las tierras tlaxcaltecas y los valles de Puebla, Atlixco y Matamoros hasta reunirse en amoroso abrazo con las poderosas aguas del Nexapa dos mil metros abajo. Despu\u00e9s de recibir las aguas alegres del Mixteco, del Acatl\u00e1n y el Petlalcingo en el extremo suroccidental de Puebla, se une al Tlapaneco y con gran abundamiento entran los dos en tierras guerrerenses, fundi\u00e9ndose en el hermos\u00edsimo Balsas, tan cantado por los felices habitantes de sus m\u00e1rgenes. Sin embargo, \u00a1qui\u00e9n podr\u00eda suponerlo!, dentro de algunos lustros se cumplir\u00e1n doscientos a\u00f1os de un l\u00fagubre y misterioso suceso que qued\u00f3 registrado en una causa criminal de la alcald\u00eda de Santa Mar\u00eda de Nativitas, Tlaxcala. En ella, hombres ligados a la hacienda de San Antonio, mal hilando indagatorias, concluyeron que el r\u00edo era el responsable de un homicidio.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Debo advertir que entre la gente de los pueblos y las haciendas de Santa Clara Atoyatenco, Santa Elena, Santa \u00cdgueda y Dolores, que eran las m\u00e1s cercanas, lo que se iba sabiendo del caso resultaba ser tan incre\u00edble que de a poco en poco se fueron convenciendo de que no pod\u00eda ser sino una muestra del gran poder del diablo. S\u00ed, el suceso pas\u00f3 hace mucho tiempo, y sin embargo la poca claridad de los procedimientos que pusieron en pr\u00e1ctica los encargados de administrar justicia nos mueve a no creer que el veredicto, por cierto mandado archivar por el juez de primera instancia (a reserva de continuarse si se arguyera malicia en el suceso), hubiera sido justo, y quiz\u00e1 revisando la causa criminal resguardada en los archivos de San Pablo Apetatitl\u00e1n, Tlaxcala, el Atoyac tendr\u00e1 que ser absuelto. Sigamos al r\u00edo hasta el paraje en donde se desarrollaron los hechos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El r\u00edo hab\u00eda seguido su curso milenario por la poblaci\u00f3n de Espa\u00f1ita, ba\u00f1ando los terrenos que los ind\u00edgenas llamaron Atzatzacuala o lugar de represas, aquellos en los que el rey poeta Netzahualc\u00f3yotl mand\u00f3 se celebraran las guerras floridas. Descend\u00eda por entre bosques de enebros que oscurec\u00edan el ambiente en ciertos tramos, desliz\u00e1ndose sobre su lecho milenario, al lado de sabinos de un verde esmeralda cuyos troncos gruesos y rugosos separaban al r\u00edo de los zacatonales. Era el fin del verano y la corriente empezaba a tomar tonos gris\u00e1ceos en algunos parajes, rozando a su paso las caudas de heno que se mec\u00edan en los \u00e1rboles. M\u00e1s all\u00e1, infinidad de magueicillos se extend\u00edan sobre cerros y lomer\u00edos. Finalizaban los meses de aguas de aquel a\u00f1o de 1830 y el r\u00edo, como todos pod\u00edan verificar, hab\u00eda pasado remozando los pastos para regalo de los reba\u00f1os de vacunos, coyotes, armadillos y mapaches. Deteng\u00e1monos en el lindero sur de Tlaxcala, en las proximidades de la hacienda de San Antonio, en donde un muchachito serv\u00eda como coleador o ayudante del boyero. Observemos de cerca.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>[&#8230;]<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>Para leer el cuento completo, <a title=\"SUSCRIBIRSE\" href=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/suscripciones\/\">suscr\u00edbase a la Revista BiCentenario<\/a>.<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>PARA SABER M\u00c1S:<\/strong><\/p>\n<ul>\n<li>Visitar las ruinas de Cacaxtla y Xochit\u00e1catl, que se hallan en el \u00e1rea de los sucesos de la historia.<\/li>\n<li>Visitar el santuario de San Miguel del Milagro, municipio de Nativitas, Tlaxcala. La fiesta patronal se inicia a fines de septiembre y se extiende hasta principios de octubre.<\/li>\n<li>Visitar la ex hacienda de Santa \u00cdgueda, hoy un club privado, con decorados Art Nouveau y bellos emplomados.<\/li>\n<\/ul>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rosal\u00eda Martha P\u00e9rez \/ Instituto Alfonso V\u00e9lez Pliego, BUAP Revista BiCentenario # 19 Fotograf\u00eda de Adalberto R\u00edos Szalay Es el mes de septiembre y el Atoyac se derrama sobre los pastizales tlaxcaltecas. Se esparce mansamente, desentumiendo sus aguas con el sol matinal que reverbera suavemente, lejos de los bosques de encinos. Va discurriendo, lamiendo la base de los lomer\u00edos y arrastrando desde las alturas un f\u00e9rtil limo arcilloso. Sonriente, ve internarse en el tembloroso cristal de sus aguas a tlacuaches y conejos cuyos sorbos espantan a las parvadas de aves canoras, que con cualquier pretexto escapan hacia el sur. Su corriente surge de los escurrimientos de la vertiente norte del Iztacc\u00edhuatl, en la Sierra Nevada, a 4,200 metros de altura; viene drenando las tierras tlaxcaltecas y los valles de Puebla, Atlixco y Matamoros hasta reunirse en amoroso abrazo con las poderosas aguas del Nexapa dos mil metros abajo. 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