﻿{"id":17764,"date":"2023-06-13T17:09:44","date_gmt":"2023-06-13T23:09:44","guid":{"rendered":"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/?p=17764"},"modified":"2025-07-31T12:19:34","modified_gmt":"2025-07-31T18:19:34","slug":"la-casa-negra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/archivos\/la-casa-negra\/","title":{"rendered":"La casa negra"},"content":{"rendered":"\r\n<p>Diego Covarrubias<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<h4 class=\"has-text-color has-vivid-red-color\"><span style=\"color: #800000;\"><strong>Revista\u00a0<\/strong><em><strong>BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico<\/strong><\/em><strong>, n\u00fam. 60<\/strong><\/span><\/h4>\r\n<p><a href=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/07\/BiC_60_10_Cuento.pdf\" target=\"_blank\" rel=\"noopener noreferrer\"><img decoding=\"async\" loading=\"lazy\" class=\"aligncenter size-full wp-image-16736\" src=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/12\/BotonPDF2-e1670355523220.png\" alt=\"\" width=\"87\" height=\"44\" \/><\/a><\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<figure id=\"attachment_20995\" aria-describedby=\"caption-attachment-20995\" style=\"width: 1000px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img decoding=\"async\" loading=\"lazy\" class=\"size-full wp-image-20995\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_60_120.jpg\" alt=\"\" width=\"1000\" height=\"750\" srcset=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_60_120.jpg 1000w, https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_60_120-300x225.jpg 300w, https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_60_120-768x576.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 1000px) 100vw, 1000px\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-20995\" class=\"wp-caption-text\">Casa Negra, 2023. Fotograf\u00eda de Norberto Nava.<\/figcaption><\/figure>\r\n<p style=\"text-align: justify;\">La oferta de trabajo me lleg\u00f3 a trav\u00e9s de la Asociaci\u00f3n de Restauradores de Casas Antiguas, asociaci\u00f3n sin fines de lucro que lucra restaurando casas antiguas. Suelo negarme a estas invitaciones, no porque no me interesen, sino porque mi tiempo no tiene sobrantes, dividido entre la academia y Elvira, mi demandante y amorosa esposa. Pero esta vez dije que s\u00ed, porque la casa a restaurar era la famosa Casa Negra, casona edificada en la colonia Roma de la ciudad de M\u00e9xico, y porque, adem\u00e1s, necesitaba unas vacaciones sab\u00e1ticas para descansar de la rigurosa academia y, sobre todo, para descansar de Elvira, mi sofocante y quejumbrosa esposa. Hoy, despu\u00e9s de lo que acaba de pasar, me doy cuenta que esta decisi\u00f3n fue un error. Deb\u00ed decir que no, o por lo menos, informarme mejor del tipo de asignatura en que me estaba metiendo. Pero la jactancia pudo m\u00e1s que la prudencia, y me enga\u00f1\u00e9 a mi mismo pensando en unos m\u00e9ritos que en realidad no tengo, sin saber que ninguno de mis colegas hab\u00eda aceptado el encargo, y yo era \u201cel \u00fanico que quedaba\u201d. Ahora, me siento obligado a dejar este testimonio, para que lo que me acaba de pasar no le pase a nadie m\u00e1s. Si mi mano tiembla m\u00e1s de lo normal al escribirlo, o si mi memoria cae en el olvido por espanto, les pido paciencia y comprensi\u00f3n, no es f\u00e1cil asimilar el terror que acabo de vivir, y que todav\u00eda recorre mi cuerpo como un escalofr\u00edo s\u00edsmico.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Antes de proseguir con mi relato es conveniente hacer un poco de historia. Los or\u00edgenes de la colonia Roma se remontan a principios del siglo xx, cuando Pedro Lascur\u00e1in, pol\u00edtico y hombre de alta sociedad (fif\u00ed a todas luces), adquiri\u00f3 unas parcelas de tierra que en ese entonces estaban ocupadas por potreros y por casuchas habitadas por alba\u00f1iles y mendigos. Esa zona del valle de M\u00e9xico se llamaba Romita, y era un sitio alejado del ajetreo del centro hist\u00f3rico de la ciudad, saturado de palacios, iglesias y vecindades. La idea de don Pedro era construir un barrio para que la clase alta pudiera disfrutar de los adelantos urban\u00edsticos y arquitect\u00f3nicos de la \u00e9poca. Se pavimentaron las calles, se hicieron avenidas de doble carril y se tendi\u00f3 una red el\u00e9ctrica para contar con alumbrado p\u00fablico, todo siguiendo el rastro de Par\u00eds, luz de luces al final del porfiriato.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">M\u00e1s de un siglo despu\u00e9s, aquel suburbio alejado del centro ha sido devorado por la voraz mancha urbana de la insaciable ciudad de M\u00e9xico y ha tenido, como todo, sus altas y sus bajas. Hoy, las antiguas casas porfirianas que proliferaron a principios del siglo pasado, son vistas como reliquias que deben restaurarse y conservarse en forma de galer\u00edas de arte, restaurantes, librer\u00edas, o modernos <em>lofts<\/em>. Una de estas antiguas casonas es la famosa Casa Negra construida en 1906 y que todav\u00eda se levanta, maltrecha y maldita, en la esquina de las calles Insurgentes y \u00c1lvaro Obreg\u00f3n. Poco se sabe de lo que pas\u00f3 en este inmueble entre el a\u00f1o de su edificaci\u00f3n y 1935, lo m\u00e1s f\u00e1cil es suponer que fue habitada por familias acomodadas que hab\u00edan sobrevivido al vol\u00e1til M\u00e9xico postrevolucionario. El caso es que, en 1935, la Casa Negra era un hospital informal donde se atend\u00eda a enfermos de tifoidea, una enfermedad que, aunque ya era curable, segu\u00eda siendo considerada una epidemia peligrosa de f\u00e1cil propagaci\u00f3n. Justo en ese a\u00f1o hubo un incremento en el n\u00famero de casos, lo que llev\u00f3 a que algunos grupos religiosos creyeran que m\u00e1s que una epidemia, la enfermedad era una especie de posesi\u00f3n demoniaca colectiva, o un castigo de Dios, resentido por la reciente guerra cristera. Con esta certeza instalada en sus mentes, decidieron que lo procedente era atrancar las puertas de la casa-hospital y prenderle fuego, con enfermos y doctores adentro. Todos murieron: algunos quemados y otros asfixiados por el denso humo.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Despu\u00e9s de un tiempo, los due\u00f1os de la casa pudieron salvar lo que quedaba de la estructura y vendieron la propiedad a una familia de rancio abolengo apellidada Mondrag\u00f3n. Un mes despu\u00e9s de mudarse, todos los integrantes de esta familia, el padre, la madre y los tres hijos, amanecieron muertos en sus camas, sin que se conocieran las causas. Murieron intestados y, como nadie reclam\u00f3 la herencia, la casa pas\u00f3 a ser propiedad del gobierno y qued\u00f3 en el olvido, hasta que alg\u00fan funcionario menor del gobierno de la ciudad decidi\u00f3 que era momento de restaurarla. Esta es la historia oficial de la casona.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Por supuesto que hay una historia paralela, que tiene m\u00e1s de leyenda que de historia. Tiene que ver con los fantasmas que la habitan, con el ambiente sobrenatural al interior de la misma, con las temperaturas congelantes que se sienten en las noches, sin importar la \u00e9poca del a\u00f1o, con las puertas que se abren y se cierran sin que el viento las empuje, con los extra\u00f1os ruidos que se escuchan y que se convierten en voces y gritos de dolor, con los objetos que flotan en las habitaciones, con las manos invisibles que tocan, jalonean y pellizcan a quien entra a la casa. Esta historia no est\u00e1 escrita en ninguna parte, pero se mueve en el tiempo como en un r\u00edo de rumores, cuyo caudal aumenta con el paso de los a\u00f1os.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Soy un hombre pragm\u00e1tico; me importa m\u00e1s la historia que cualquier tipo de leyenda. El hecho de que un grupo de fan\u00e1ticos religiosos reci\u00e9n egresados de una revoluci\u00f3n sangrienta y confusa hayan incendiado una casa con enfermos de tifoidea por considerarlos pose\u00eddos por el diablo, no me parece descabellado. Pertenece a la misma estirpe de las barbaries que ocurren hoy en d\u00eda, en las que sicarios de un c\u00e1rtel de narcotraficantes decapitan, desmiembran y diluyen en \u00e1cido a sicarios de otro c\u00e1rtel enemigo. Que una familia amanezca muerta en una casa tampoco tiene nada de extraordinario; pudieron haber ingerido alg\u00fan veneno en la comida, o inhalado un gas venenoso mientras dorm\u00edan. Ambas circunstancias podr\u00edan pasar hoy en d\u00eda y ser\u00eda algo lamentable, pero no diab\u00f3lico. Lo real, lo \u00fanico real, es que a m\u00ed me hab\u00edan contratado para restaurar la famosa Casa Negra de la colonia Roma y era una tarea que pensaba hacer con dedicaci\u00f3n, con entusiasmo, y con profesionalismo. Con muchas ideas revoloteando en mi cabeza, abord\u00e9 el avi\u00f3n que me transportar\u00eda desde Canc\u00fan a la ciudad de M\u00e9xico y me instal\u00e9 en el Hotel Marbella, ubicado en la calle de Frontera, a escasa distancia de la famosa casona.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Al d\u00eda siguiente, a las nueve de la ma\u00f1ana, estaba parado frente a la entrada de la Casa Negra. Tal y como me hab\u00edan dicho, su aspecto por fuera era l\u00fagubre; los muros ennegrecidos y cubiertos de grafiti, las ventanas sin vidrios o con vidrios rotos, y tapiadas con gruesas vigas de madera. Los ornamentos de la fachada erosionados por tantos a\u00f1os y por tantas tragedias. La puerta de la reja era puro \u00f3xido, y al abrirla, casi se desmoron\u00f3 como un castillo de arena. El peque\u00f1o jard\u00edn frontal, descuidado y sucio. Met\u00ed la llave en la cerradura y la puerta principal cruji\u00f3, emitiendo un sonido parecido al que hacen las ratas cuando huyen o cuando van a atacar. La casa exhal\u00f3 un olor similar al que tienen los animales muertos al tercer d\u00eda. La luz de la ma\u00f1ana entr\u00f3 t\u00edmidamente por la puerta, y dibuj\u00f3 un rect\u00e1ngulo amarillo sobre piso. M\u00e1s all\u00e1 de este peque\u00f1o fragmento de luz, el resto de la casa permaneci\u00f3 oscura. Respir\u00e9 profundamente y entr\u00e9.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">El piso de madera rota cruj\u00eda de dolor a cada paso. Ilumin\u00e9 con una linterna el interior de la casa. El amplio vest\u00edbulo se iba oscureciendo a medida que mi mirada hurgaba en sus profundidades. El techo, de doble altura, era invisible. Justo enfrente, divis\u00e9 un amplio ventanal y me dirig\u00ed hac\u00eda \u00e9l para quitar las tablas de madera y permitir la entrada de m\u00e1s luz. Al tercer paso, sent\u00ed unos peque\u00f1os filamentos rozar mi cara, e inmediatamente se me erizaron los pelos de la nuca y un fuerte escalofr\u00edo recorri\u00f3 mi piel. Unos peque\u00f1os ruidos, que supuse eran de ratones no acostumbrados a la presencia humana, invadieron el silencio. En la difusa penumbra, los muebles, cubiertos de s\u00e1banas blancas adquirieron aspecto fantasmag\u00f3rico. Otro paso, y m\u00e1s filamentos rozaron mi cara. Intent\u00e9 quitarlos, pero lo \u00fanico que logr\u00e9 fue sentirlos en el resto de mi cuerpo; en mi pelo, en mis brazos, en mi cuello. Dirig\u00ed la luz a mi alrededor y alcanc\u00e9 a distinguir peque\u00f1as sombras movi\u00e9ndose con rapidez sobre la superficie de los muros, buscando un refugio detr\u00e1s de los cuadros, entre los muebles, en las profundas grietas, que, como heridas de muerte, cruzaban las paredes. Calcul\u00e9 que me faltaban tres metros para llegar a la ventana, pero no me atrev\u00ed a seguir adelante. Me di la vuelta, y lo m\u00e1s r\u00e1pido que pude atraves\u00e9 la puerta, el jard\u00edn, la reja y regres\u00e9 a la seguridad de la avenida de los Insurgentes, donde estuve a punto de ser atropellado por un taxi que cruzaba la calle a gran velocidad. Corriendo, regres\u00e9 al hotel.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">En la carta que en este momento estoy redactando y que va dirigida a la Asociaci\u00f3n de Restauradores de Casas Antiguas, explico a detalle los motivos de mi renuncia. Les digo que soy perfectamente capaz de soportar la oscuridad, los malos olores, los crujidos de las puertas y del piso, las fantasmales siluetas de los muebles, los ratones, las leyendas de posesiones diab\u00f3licas y de asesinatos colectivos. No soy un hombre valiente, pero soy pragm\u00e1tico, y mientras haya una explicaci\u00f3n plausible de cualquier fen\u00f3meno, yo me siento tranquilo. Pero sufro de una intensa aracnofobia y, si no me aseguran que van a quitar todas las telara\u00f1as del vest\u00edbulo que como filamentos misteriosos rozaron mi cuerpo, y que van a exterminar las ara\u00f1as que como peque\u00f1as sombras vi corriendo sobre las paredes, meti\u00e9ndose detr\u00e1s de los cuadros, entre los muebles o refugi\u00e1ndose entre las grietas que cruzan los muros, me declaro totalmente incapaz de llevar a cabo mi trabajo y me veo obligado, muy en contra de mi voluntad, a presentar mi renuncia y regresar a los amorosos y sofocantes brazos de Elvira, mi esposa.<\/p>\r\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Diego Covarrubias Revista\u00a0BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico, n\u00fam. 60 La oferta de trabajo me lleg\u00f3 a trav\u00e9s de la Asociaci\u00f3n de Restauradores de Casas Antiguas, asociaci\u00f3n sin fines de lucro que lucra restaurando casas antiguas. 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