﻿{"id":16291,"date":"2022-02-08T01:41:55","date_gmt":"2022-02-08T07:41:55","guid":{"rendered":"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/?p=16291"},"modified":"2025-07-30T13:50:26","modified_gmt":"2025-07-30T19:50:26","slug":"el-salmo-103","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/archivos\/el-salmo-103\/","title":{"rendered":"EL SALMO 103"},"content":{"rendered":"\r\n<p>Ana Su\u00e1rez<br \/>Instituto Mora<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<h4 class=\"has-text-color has-vivid-red-color\"><span style=\"color: #800000;\"><strong>En revista <em>BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico<\/em>, n\u00fam. 55.<\/strong><\/span><\/h4>\r\n<p><a href=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2025\/07\/BiC_55_11_Cuento.pdf\" target=\"_blank\" rel=\"noopener noreferrer\"><img decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-16736\" src=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/12\/BotonPDF2-e1670355523220.png\" alt=\"\" width=\"87\" height=\"44\" \/><\/a><\/p>\r\n<figure id=\"attachment_21215\" aria-describedby=\"caption-attachment-21215\" style=\"width: 961px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-21215\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_55_010.jpg\" alt=\"\" width=\"961\" height=\"1000\" srcset=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_55_010.jpg 961w, https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_55_010-288x300.jpg 288w, https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_55_010-768x799.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 961px) 100vw, 961px\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-21215\" class=\"wp-caption-text\">Nana con ni\u00f1os en la hacienda, litograf\u00eda en William Henry Bishop, Old Mexico and her lost provinces, Nueva York, Harper &amp; brothers, 1883. Brown University Library.<\/figcaption><\/figure>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">\u201cNada m\u00e1s mis hijas, no quiero que me cuide nadie m\u00e1s.\u201d Las palabras de do\u00f1a Refugio resuenan en sus o\u00eddos mientras la procesi\u00f3n se dirige al cementerio y se repite una y otra vez: \u201cDios perdona todas las iniquidades.\u201d Acat\u00f3 la voluntad de su madre quien, desde que cay\u00f3 en cama, postrada por la misma enfermedad de la abuela, se neg\u00f3 a que la atendiera nadie m\u00e1s. Su hermana, en cambio, se asom\u00f3 de vez en cuando, dizque porque la hacienda exig\u00eda toda su atenci\u00f3n.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Todo termin\u00f3. Ahora siguen a los peones que cargan el caj\u00f3n de madera sobre los hombros. Avanzan luego los criados y, al final, los vecinos y dem\u00e1s trabajadores. Al arribar, el cortejo entra en el camposanto y enfila hacia el sepulcro.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Si Carmen, su hermana, hubiera compartido su carga, ahora se sentir\u00eda mejor. Aunque ha de admitir que fue una fortuna que se encargara de la hacienda, justo cuando, por haber enviudado, acababa de volver. Mientras, la casa se convirti\u00f3 en un hospital-prisi\u00f3n y Micaela, a sus apenas quince a\u00f1os, en la prisionera. \u00a1No m\u00e1s ir y venir a caballo por los potreros, ni nadar en el r\u00edo, ni conversar con los vecinos! \u00a1Fue adem\u00e1s tan triste ver c\u00f3mo la hasta entonces se\u00f1ora y due\u00f1a dejaba de interesarse en lo que suced\u00eda m\u00e1s all\u00e1 de su lecho! \u00a1Tan doloroso advertir la forma lenta e inexorable en que se marchitaba la antes hermosa y altiva dama!<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Micaela espera descansar por fin, al menos f\u00edsicamente, pues jam\u00e1s perder\u00e1 el miedo a que se sepa lo que tuvo que hacer. \u201cLa maldita enfermedad gan\u00f3 y yo, que ayud\u00e9 a bien morir a mi madre, y s\u00e9 cu\u00e1n dif\u00edcil ser\u00e1 para ti, te lo ruego, hazlo por m\u00ed; Dios te perdonar\u00e1 y aprender\u00e1s a vivir con ello, como aprend\u00ed yo.\u201dSu madre no quiso aguardar; se estremec\u00eda tan s\u00f3lo de evocar lo mucho que sufri\u00f3 la abuela e imaginarse lo que iba a padecer.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Aunque la sobrecog\u00eda hacerlo, debi\u00f3 obedecer: sac\u00f3 la vieja Biblia del ropero, como le dijo, la abri\u00f3 en el salmo 103 y ah\u00ed, donde se le\u00eda: \u201c\u00c9l es quien perdona todas tus iniquidades\u201d, hall\u00f3 una lista de ingredientes anotados con l\u00e1piz, los cuales se aboc\u00f3 a reunir y luego machac\u00f3 y revolvi\u00f3 en el molcajete hasta convertirlos en polvo. Despu\u00e9s, de a poquitos, lo ech\u00f3 en las tazas de caf\u00e9 con leche, lo \u00fanico que do\u00f1a Refugio lograba ingerir. A partir de entonces, su final se apresur\u00f3. Nadie se extra\u00f1\u00f3 de que llegara antes de lo previsto; todos lo consideraron un alivio para la hoy difunta.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">El panteonero los recibe frente a la fosa reci\u00e9n abierta y, con ayuda de varios peones, comienza a trabajar. Micaela se siente extenuada, le urge volver a la casa, darse un ba\u00f1o y dormir muchas horas; quiere librarse de la angustia que sufre desde que su madre le rog\u00f3 su ayuda. Por la ma\u00f1ana, saldr\u00e1 a pasear a caballo y meditar\u00e1 sobre el porvenir. Ignora qu\u00e9 har\u00e1. Vivir al lado de quien, hasta el momento, no ha derramado una l\u00e1grima ser\u00e1 muy dif\u00edcil; apenas la conoce y la diferencia de edad es tan grande que jam\u00e1s podr\u00e1n entenderse.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">El ata\u00fad es amarrado con mecates y desciende lentamente a la fosa. Micaela cierra los ojos: prefiere pensar que, al d\u00eda siguiente, podr\u00e1 levantarse temprano para asistir a la orde\u00f1a, al mediod\u00eda ba\u00f1arse en el r\u00edo y, por la tarde, arrear el ganado hacia los establos. \u00a1Jugar\u00e1 otra vez a que es la due\u00f1a y se\u00f1ora de la hacienda! \u00a1Ser\u00e1 libre de nuevo! Escucha c\u00f3mo la tierra cae sobre el caj\u00f3n, palada tras palada. \u201c\u00c9l es quien perdona todas mis iniquidades, iniquidades\u2026\u201d Las mujeres lloran, los hombres suspiran, los ni\u00f1os callan. Carmen se agita fastidiada; mira el reloj como si tuviera prisa, ni siquiera finge aflicci\u00f3n.<\/p>\r\n<figure id=\"attachment_21214\" aria-describedby=\"caption-attachment-21214\" style=\"width: 1000px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-21214\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_55_009.jpg\" alt=\"\" width=\"1000\" height=\"906\" srcset=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_55_009.jpg 1000w, https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_55_009-300x272.jpg 300w, https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2024\/08\/BiC_55_009-768x696.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 1000px) 100vw, 1000px\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-21214\" class=\"wp-caption-text\">Tortillera en hacienda, litograf\u00eda en Gilbert Haven, Our next-door neighbor: a winter in Mexico, Nueva York, Harper &amp; brothers, 1875. Library of Congress, Estados Unidos.<\/figcaption><\/figure>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Micaela sale de su ensimismamiento cuando alguien se detiene a su lado. Observa que un desconocido de bomb\u00edn y bast\u00f3n saluda a su hermana. El panteonero coloca varios adobes sobre el sepulcro; lo proteger\u00e1n mientras llega el mausoleo de m\u00e1rmol que su madre encarg\u00f3 a Tangassi, en la capital, cuando supo qu\u00e9 padec\u00eda \u2013esa misma tarde fue a la oficina del notario para hacer su testamento.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Por fin, los concurrentes hacen fila para despedirse, reiter\u00e1ndoles el p\u00e9same, que agradece maquinalmente. Ahora se dirigen a la salida, Carmen al lado del desconocido; ella, detr\u00e1s. Tiene un presentimiento desagradable cuando nota que el hombre susurra algo a su hermana y esta suspira, como aliviada.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Se detienen a la entrada. Micaela espera a que el hombre diga adi\u00f3s, pero ambos giran hacia ella. Carmen le presenta al notario de do\u00f1a Refugio y le dice que, si bien el testamento deber\u00e1 leerse formalmente en su despacho, le ha adelantado que ella qued\u00f3 como albacea de la sucesi\u00f3n, su tutora y administradora de los bienes que se dividir\u00e1n cuando cumpla 25 a\u00f1os. Agrega que ha pedido al licenciado indagar a qu\u00e9 internado puede enviarla a estudiar, de preferencia de monjas. \u00a1Nunca ha entendido porqu\u00e9 su madre la dej\u00f3 crecer como una salvaje!<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Aterrada por lo que oye, Micaela respira hondo, va a responder, pero en ese momento la voz masculina expresa su p\u00e9same y parte. Quisiera protestar, pero intuye que es mejor guardar silencio. Si Carmen nota su oposici\u00f3n, se empecinar\u00e1.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Repara en que su madre la dej\u00f3 en una situaci\u00f3n insostenible. \u201cNo hubo m\u00e1s remedio, deb\u00eda ponerte a cargo de tu hermana. S\u00f3lo recuerda que eres como yo; s\u00e9 dulce y discreta, pero haz tu voluntad.\u201dNo aguardar\u00e1 los diez a\u00f1os que faltan para su mayor\u00eda, ni tampoco ir\u00e1 a la escuela: le basta con abrir la Biblia en el salmo 103. Es m\u00e1s, ni siquiera eso; si ya dio el primer paso, dar\u00e1 el segundo. A\u00fan conserva los ingredientes y preparar\u00e1 la receta en un santiam\u00e9n. Un poquito de polvo cuando ofrezca a su hermana el caf\u00e9 de la ma\u00f1ana. Otro en el t\u00e9 de tila, para ayudarla a dormir tranquila. M\u00e1s en el atolito de aguamiel, \u00a1la animar\u00e1! \u00a1Siempre obediente y sumisa y hasta afectuosa! Le dir\u00e1 que entiende que s\u00f3lo busca su bien.<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">Nadie sospechar\u00e1 si es cuidadosa. Sin duda, sorprender\u00e1 la cercan\u00eda con el fallecimiento de do\u00f1a Refugio. Todos lamentar\u00e1n la juventud de la nueva difunta; comentar\u00e1n que la madre y la abuela vivieron m\u00e1s. A Micaela la compadecer\u00e1n: la pobre se qued\u00f3 sola, a cargo de la hacienda y encima, con la amenaza de que m\u00e1s tarde o m\u00e1s temprano la maldita enfermedad medre en su cuerpo. Pero, justo por eso, tendr\u00e1 el valor para vivir como desea. Eso s\u00ed, antes cumplir\u00e1 con el triste deber de encabezar otro cortejo f\u00fanebre y recibir, con el rostro consternado, las simpat\u00edas ajenas y hasta llorar un poco. S\u00ed, \u201cDios perdona todas las iniquidades.\u201d<\/p>\r\n\r\n\r\n\r\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013\u00a1V\u00e1monos! \u2013oye a Carmen\u2013, la vida debe seguir.<\/p>\r\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ana Su\u00e1rezInstituto Mora En revista BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico, n\u00fam. 55. \u201cNada m\u00e1s mis hijas, no quiero que me cuide nadie m\u00e1s.\u201d Las palabras de do\u00f1a Refugio resuenan en sus o\u00eddos mientras la procesi\u00f3n se dirige al cementerio y se repite una y otra vez: \u201cDios perdona todas las iniquidades.\u201d Acat\u00f3 la voluntad de su madre quien, desde que cay\u00f3 en cama, postrada por la misma enfermedad de la abuela, se neg\u00f3 a que la atendiera nadie m\u00e1s. Su hermana, en cambio, se asom\u00f3 de vez en cuando, dizque porque la hacienda exig\u00eda toda su atenci\u00f3n. Todo termin\u00f3. Ahora siguen a los peones que cargan el caj\u00f3n de madera sobre los hombros. Avanzan luego los criados y, al final, los vecinos y dem\u00e1s trabajadores. Al arribar, el cortejo entra en el camposanto y enfila hacia el sepulcro. 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