﻿{"id":140,"date":"2010-03-18T09:10:55","date_gmt":"2010-03-18T15:10:55","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistabicentenario.com.mx\/?p=140"},"modified":"2021-05-04T09:57:33","modified_gmt":"2021-05-04T14:57:33","slug":"el-maiz-de-raquel","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/archivos\/el-maiz-de-raquel\/","title":{"rendered":"El ma\u00edz de Raquel"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"color: #000000;\"><strong>Arturo Sig\u00fcenza -UNAM<\/strong><\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #993366;\"><span style=\"color: #000000;\">En revista\u00a0<em>BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico<\/em>, n\u00fam. 3.<\/span><br \/>\n<\/span><\/p>\n<p><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"ngg-singlepic ngg-center alignleft\" style=\"color: #993366; line-height: 1.714285714; font-size: 1rem;\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/gallery\/bicentenario-3\/raquelvarela3.jpg\" alt=\"Raquel Varela, niAi??a. FotografA? Desconocido, ColecciA?n Particular\" width=\"300\" height=\"405\" \/><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>A Raquel Varela, in memoriam.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>A<\/strong>prend\u00ed a hacer tortillas cuando contaba con doce a\u00f1os, hecho que resulta normal de haber sido hija de tortillera. Pero no fue as\u00ed. Mi ni\u00f1ez se desarroll\u00f3 en una familia de hacendados y nunca imagin\u00e9 que un d\u00eda pudiera cambiar todo, as\u00ed, tan de repente. En esa \u00e9poca mis hermanas mayores pasaban las tardes en las mecedoras, practicando el lenguaje secreto de los abanicos para comunicarse de lejos con sus pretendientes. Mis hermanos ten\u00edan tanto tiempo de ocio que se les ocurr\u00edan haza\u00f1as como la de reunir en botellas de vidrio sus flatulencias, y entre carcajadas aseguraban que la combinaci\u00f3n de sus gases produc\u00eda colores inauditos. En una ocasi\u00f3n les sorprend\u00ed mamando leche de burra, se peleaban por su turno para disfrutar de las ubres rebosantes, seg\u00fan ellos, de la leche m\u00e1s rica de todas. Los d\u00edas de mi padre se iban en supervisar los cultivos de algod\u00f3n y granos de temporada, el pastoreo del ganado bovino y la explotaci\u00f3n de la mina de carb\u00f3n. Bien pudieron ayudarle mis hermanos, pero \u00e9l los consideraba in\u00fatiles para el trabajo de campo, por lo que pagaba maestros particulares de historia general, aritm\u00e9tica y geograf\u00eda, m\u00e1s por tenerlos ocupados que por meter cultura a sus cabezas. Como al resto de mis hermanas, a m\u00ed tambi\u00e9n me prohibi\u00f3 tomar estas clases, pues no quer\u00eda que sus hijas aprendieran algo distinto al piano, el bordado y el canto.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><img decoding=\"async\" class=\"ngg-singlepic ngg-center aligncenter\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/gallery\/bicentenario-3\/oaxaca19323.jpg\" alt=\"Oaxaca 1923\" width=\"300\" height=\"222\" \/><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por ello, el arduo inter\u00e9s que yo ten\u00eda por aprender a leer y escribir tuvo que sofocarlo mi madre, quien hab\u00eda recibido una pulcra educaci\u00f3n en la capital del pa\u00eds. Mi lugar en la familia ocupaba el punto medio de dieciocho hermanos de la misma madre, de los otros hijos de mi padre nadie sab\u00eda la cuenta exacta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La novedad de los patines de acero me ten\u00eda fascinada. Incluso dej\u00f3 de practicar el tenis y obligaba al instructor a que me llevara de la mano, bajo la consigna de acusarlo con mi padre para que lo despidiera. Adem\u00e1s, mi madre me vigilaba desde su enorme ventanal, pues insist\u00eda que esas ruedas en mis pies hac\u00edan peligrar mi virginidad, idea que no comprend\u00eda pero que nunca me atrev\u00ed a cuestionar. Llegu\u00e9 a tener tal dominio sobre los patines, que corr\u00eda desaforada sobre los cuadros de m\u00e1rmol reluciente en el comedor y la sala, esquivando poltronas barrocas, sillones de largos respaldos y piezas asi\u00e1ticas de porcelana montadas en columnas de yeso. Si tropec\u00e9 alguna vez, los restos de las figurillas fueron enterrados por mis furtivas manos bajo el zapotal que estaba en el jard\u00edn frente a mi alcoba, el mismo que aprend\u00ed a reconocer entre las sombras que me espantaban el sue\u00f1o. Para tranquilizarme en esas noches de insomnio, tomaba alguna de mis mu\u00f1ecas y le trenzaba sus diminutos cabellos; lo hac\u00eda a ciegas, bajo las frescas s\u00e1banas que a veces quedaban tiesas por el exceso de almid\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>[&#8230;]<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>Para leer el art\u00edculo completo,\u00a0<a title=\"\u00a1Anda suscr\u00edbete!\" href=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/suscripciones\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener noreferrer\">suscr\u00edbase a la Revista BiCentenario.<\/a><\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>AprendAi?? a hacer tortillas cuando contaba con doce aAi??os, hecho que resulta normal de haber sido hija de tortillera. Pero no fue asAi??.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[34,5],"tags":[2255,2277,78],"class_list":{"0":"post-140","1":"post","2":"type-post","3":"status-publish","4":"format-standard","6":"category-bicentenario-3","7":"category-cuento","8":"tag-cuento","9":"tag-oaxaca","10":"tag-revolucion-mexicana"},"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/140","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=140"}],"version-history":[{"count":12,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/140\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":15782,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/140\/revisions\/15782"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=140"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=140"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=140"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}