﻿{"id":11198,"date":"2018-06-21T17:21:05","date_gmt":"2018-06-21T22:21:05","guid":{"rendered":"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/?p=11198"},"modified":"2024-06-27T10:52:53","modified_gmt":"2024-06-27T16:52:53","slug":"lucidez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/index.php\/archivos\/lucidez\/","title":{"rendered":"Lucidez"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Dar\u00edo Fritz<\/p>\n<h3 style=\"text-align: justify;\"><strong><span style=\"color: #800000;\">En revista <em>BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico<\/em>, n\u00fam.\u00a0 39.<\/span><\/strong><\/h3>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a href=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/06\/image0014.jpg\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-11199\" src=\"http:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/06\/image0014.jpg\" alt=\"image001\" width=\"700\" height=\"482\" srcset=\"https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/06\/image0014.jpg 700w, https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/06\/image0014-300x206.jpg 300w, https:\/\/revistabicentenario.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/06\/image0014-624x429.jpg 624w\" sizes=\"(max-width: 700px) 100vw, 700px\" \/><\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>C<\/strong>uando yo ten\u00eda sus edades muchachas, la palabra de un hombre ante una mujer era letra escrita, ni se olvidaba ni marchitaba, simplemente se cumpl\u00eda, y si alguno quitaba el dedo del rengl\u00f3n y se apartaba, pasaba a ocupar el puesto de los irredimibles, irrecuperables y gru\u00f1ones. A sus edades las puertas de las casas estaban abiertas porque nadie se atrever\u00eda a entrar sin antes pedir permiso. Los juguetes eran de madera o hechos a mano, llegaban una vez al a\u00f1o y deb\u00edan durar hasta el pr\u00f3ximo d\u00eda de Reyes. Ten\u00edamos un solo par de tenis que no se cambiaba hasta que la suela tuviera m\u00e1s de tres hoyos, y una muda de ropa era la misma para cada fiesta. Escuchar radio era obligatorio, no hab\u00eda otra comunicaci\u00f3n, a excepci\u00f3n del cine que lo ve\u00edamos en la carpa m\u00f3vil los domingos y ten\u00edamos que cuidarnos de algunos que llegaban armados y hac\u00edan disparos al aire cuando alguna escena les gustaba. Con mis hermanos nos pod\u00edamos ba\u00f1ar en el agua de alg\u00fan r\u00edo, una ca\u00f1ada o bajo la lluvia porque nos quitaba lo sucio. A mi edad, y les hablo de m\u00e1s de cuatro veces la que ustedes llevan en su piel, los pap\u00e1s rega\u00f1aban con la mirada, la voz alzada, un cintur\u00f3n amenazante y quiz\u00e1 un buen tir\u00f3n de oreja; en casa hab\u00eda alguien que nos esperaba con comida sabrosa a la salida de la escuela; los maestros ten\u00edan conocimiento de lenguaje, \u00e1lgebra, geograf\u00eda o matem\u00e1ticas y usaban una varita, que no era para hacer magia, sino para aplicarnos un coscorr\u00f3n cuando no prest\u00e1bamos atenci\u00f3n; se desayunaba caf\u00e9 con leche, jugo o agua, y el refresco estaba prohibido; las chicas por entonces practicaban baloncesto y voleibol, o nadaban, aunque pocas. Al f\u00fatbol o al tenis no le entraban. Si hab\u00eda alg\u00fan amigo de lo ajeno no tardaba en disfrutar de su autorregalo que ya ca\u00eda preso. Las noches por entonces ten\u00edan estrellas, los p\u00e1jaros gorjeaban en las ma\u00f1anas y al atardecer nuestras madres nos mandaban a llamar a gritos para que regres\u00e1ramos de la calle. El tranv\u00eda o el cami\u00f3n pasaba por casa, nos llevaba y tra\u00eda, y ech\u00e1bamos relajo con otros compa\u00f1eros mientras el chofer nos miraba con desgano y ordenaba ubicarnos en el fondo del veh\u00edculo. Pero alg\u00fan d\u00eda vi que eso cambiaba, que la palabra de los hombres s\u00ed se marchitaba, que hubo que ponerle triple cerrojo a las puertas, que los Reyes Magos no llegaban, que la televisi\u00f3n pretend\u00eda sustituir al cine y hasta el agua de lluvia ven\u00eda sucia. Cuando descubr\u00ed que nadie se inmuta si te desvalijan en la calle, que s\u00f3lo el reloj despertador canta en las ma\u00f1anas, el cami\u00f3n a veces ni se detiene y nuestros pap\u00e1s ya se fueron; yo, solito, tom\u00e9 mis b\u00e1rtulos y qued\u00e9 encerrado entre las paredes de este manicomio, para que el tiempo no me atrapara y mis hermanos que me trajeron hasta aqu\u00ed disfrutaran de la herencia paterna. Promet\u00ed una sola cosa, muchachas, que s\u00f3lo saldr\u00eda al patio para contarles a ustedes estas locuras.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Dar\u00edo Fritz En revista BiCentenario. El ayer y hoy de M\u00e9xico, n\u00fam.\u00a0 39. 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