Víctor, la otra cara del 68

Javier Rico Moreno / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

BiCentenario #20

En el año que marcó un quiebre para el sistema político mexicano –el de las luchas estudiantes, la democracia como estandarte, el amanecer del rock y las Olimpiadas como máscara–, hubo otros jóvenes olvidados a los que la prosperidad evitó, Quijotes de la calle, bohemios, habitantes de múltiples oficios, rebeldes de la vida.

Margarita IMSS 1Desde niño te gustó jugar con fuego. Una tarde, mientras las nubes blancas hacían más apacible la tarde de Tlalpan, Lucía me contó cómo había terminado aquella intrépida aventura de pirotecnia infantil a la que te lanzaste con Josefina. Aunque era dos años mayor que tú, a Josefina se le llenaron los ojos de espanto cuando vio tus manos de Prometeo mortal en llamas; entonces te llevó a jalones hasta el lavadero de piedra y te hizo meterlas al agua de la pileta para que se apagaran. Y luego no se le ocurrió otra cosa que cubrirlas con un trapito blanco. Por eso las persistentes cicatrices que te dejaron el dorso de las manos con un relieve como de papel maché.

Por eso, porque desde niño te gustó jugar con fuego, la helada imagen de tu muerte se me escurrió por el espinazo una noche, ya fría de por sí. Yo había visto una sombra que se acercaba a lo lejos, en medio de la banqueta flanqueada de truenos, esos árboles tan de Tlalpan, siempre llenos de hojas verdes. Sin distinguirte bien supe que eras tú. Apareciste de repente como un cometa. Supe que eras tú porque ese andar de pasos largos, desafiante, nervioso y juguetón te delataba a la distancia. Te uniste al ritual entre los saludos y miradas de aprobación de los más viejos, que pronto recordaron tus hazañas. Hacía frío y los tragos de alcohol barato ya empezaban a escasear. Luego llegó aquel forastero montado en su bestia de acero. Lanzó el reto y fuiste el único que aceptó a pesar de que los vapores del alcohol ya menguaban tus reflejos. Montaste en las ancas de aquel caballo endemoniado que cruzó la noche con el estrépito y la velocidad de un rayo.

Este no va a regresar –pensé, mientras una angustia me mordisqueaba las entrañas. Me pareció ver que en un pequeño salto aquella bestia te lanzaba por el aire, y tu humanidad –carne de mi carne– quedaba regada en el pavimento, mientras el forastero huía en su Harley Davidson. Pero no fue así. Una vez más volvías victorioso, mostrando aquella cínica sonrisa, diciéndole al mundo que otra vez habías saltado el filo de la navaja. Y mírate ahora…

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.