Un naufragio en Los Alacranes

Lorena Careaga
Universidad del Caribe

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

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Marina (1825)

Mi nombre es Cecilia Grierson Duffy, nací en Buenos Aires en 1859, tengo 30 años y soy la primera mujer en la historia de Argentina que ha logrado titularse de doctora en medicina. No es mi culpa. Provengo de una estirpe escocesa de hembras inteligentes, recias y valientes; de varones aventureros, emprendedores y líderes.

Cecilia Grierson Duffy

Cecilia Grierson Duffy

Siendo todavía una niña, mi padre me llevó a conocer la tierra de nuestros ancestros: Kelso, la ciudad más bella y romántica de Escocia (al decir de Sir Walter Scott). En Duff Manor, la propiedad de su tío, el empresario y diplomático William Parish Robertson, transcurrieron dos años inolvidables de mi existencia, de aquellos que dejan una marca imborrable. Ahí empecé a saber quién era yo y qué quería en la vida. O al menos, lo que no quería. Ahí pasé tardes enteras escuchando y aprendiendo de la prima de mi padre, la tía H.

Nunca supe bien a bien su nombre; todos le decíamos “Prima H”, “Auntie H”, “Miss H”. Podría haberse llamado Harriet, Hannah, Hellen o Hope. No importa. La tía H era mucho más que un nombre; era una leyenda.

A los 17 años, un memorable diciembre de 1848, la tía H tomó la decisión de acompañar a su padre, William, a América, concretamente a México. éste había sido nombrado agente de los bonos de la deuda inglesa, con la encomienda de visitar las minas de plata de Real del Monte. Era una travesía larga y peligrosa; bien lo sabía William, viajero empedernido y experimentado. Pero de nada sirvió su negativa inicial; la tía H no se quedaría en tierra, y no se quedó. Su energía y entusiasmo contagiaron a toda la familia, que les ayudó a empacar, comprar los pasajes y dejar sus asuntos en orden en menos de 48 horas. El 2 de diciembre, H y su padre partieron de Southampton en el Avon, un vapor de la Royal Mail Steam Packet Company.

“Desde el principio, las cosas pintaron mal” solía relatarme la tía H, mientras tomábamos el te frente a la chimenea de la biblioteca, el pastor irlandés Darach echado a sus pies. “Catorce días, sin parar, de vientos y oleaje. ¡No te puedes imaginar lo que implicaba vestirme con tanto bamboleo, y trastabillar, mareada y magullada, hasta el salón! El vendaval nos desvió irremediablemente de nuestro curso. En vez de llegar a Bermuda, terminamos en Madeira. En vez de pasar por Nassau, acabamos dirigiéndonos a St. Thomas. Pero como eran lugares desconocidos para mí y tan diferentes de lo que estaba acostumbrada, me parecieron fascinantes, lo mismo que el cambio en la temperatura, la vegetación y la gente.”

“¡Cuéntame de St Thomas, Auntie H!” le pedía yo. Eso de las Islas Vírgenes me sonaba tan lejano y exótico que mi imaginación volaba. Y ella me hablaba de la población negra (los darkies) y su alegría, el control que ejercía el gobierno danés, el pujante comercio y el cruce de caminos caribeños de aquel puerto cosmopolita que era St. Thomas, salpicando aquí y allí el relato con historias de piratas y escondites de bucaneros.

Carta de las Indias Occidentales (1796)

Carta de las Indias Occidentales (1796)

“En La Habana cambiamos de barco, con la peregrina idea de recuperar el tiempo perdido y llegar a Veracruz cuánto antes. ¡Ah, si hubiésemos sabido lo que nos esperaba!” decía la tía H suspirando. “Pero a nadie nos es dado anticipar el futuro, así que, esperanzados, mi padre y yo abordamos el Forth, otro vapor igual de elegante y cómodo. Tenía un camarote para mi sola y pronto hice amistades entre los demás pasajeros, especialmente con un jovenzuelo nada feo, por cierto, pero con el ridículo nombre de Agapito Jenkins.”

“Desde nuestra partida, un evento predominó en la mente de todos nosotros: el trágico naufragio del Tweed, de la misma compañía de paquebotes que el Avon y el Forth, acaecido en el arrecife de Los Alacranes casi dos años antes, en febrero de 1847. Unas 80 personas perdieron la vida. Con nosotros viajaba el Dr. Rowland, el médico de a bordo, quien era uno de los sobrevivientes del Tweed, y no nos cansábamos de pedirle que nos narrara la tragedia, aunque mi padre insistía en que no escuchara aquellas descripciones de pánico y muerte, pues no había de qué preocuparse. Sin embargo, él mismo no las tenía todas consigo. Entre broma y broma, manifestó al capitán Sturdee que tuviera buen cuidado de dar un gran rodeo a tan peligroso arrecife, y éste lo invitó al puente, donde le mostró, en varias cartas náuticas, la posición que guardábamos en aquellos momentos y la trayectoria esperada.”

Aquí, la tía H solía hacer una pausa dramática, de la cual yo era presa irremediable. “¿Y qué pasó entonces, Auntie H? ¡Sigue!”

“¡Ay, Cecilia querida!” exclamaba gesticulando. “Me fui a dormir tan tranquila, pero a eso de las cinco de la mañana, todavía a oscuras, me despertó una fuerte sacudida. No sabía qué había sucedido, pero el movimiento del barco y los gritos me indicaron que debía ser algo terrible. En camisón y descalza corrí al camarote de mi padre, pero lo encontró vacío, porque él mismo se había dirigido de inmediato a cubierta. Cuando regresó, vi en la palidez y expresión de su cara, que estábamos perdidos. Nos abrazamos unos instantes. Un abrazo que era, en realidad, una despedida.”

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