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Porfirio Díaz en Yucatán. Una visita Triunfal

Marisa Pérez Domínguez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

El general tuvo múltiples agasajos y realizó un buen número de inauguraciones de obras a su paso por Mérida, a principios de 1906. Pero su presencia significó también un fuerte respaldo a los hacendados henequeneros, denunciados por el maltrato laboral y las prácticas esclavistas de sus jornaleros.

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Como fecha “memorable” fue calificada la llegada del general Porfirio Díaz a tierras yucatecas en los primeros días del mes de febrero de 1906. El viaje presidencial, o “Las Fiestas Presidenciales”, como fue bautizada la inédita visita, revestía gran importancia, pues por primera vez honraba al Estado la visita de un presidente de la República.

El acontecimiento adquiría aún mayor relevancia porque, desde 1902, se había obtenido finalmente la “pacificación” de los mayas rebeldes, que habían permanecido en pie de lucha en el entonces territorio de Quintana Roo. Consumado este esfuerzo, el general Díaz arribaría a Mérida para inaugurar las mejoras materiales realizadas por la administración de Olegario Molina, recién reelecto como gobernador, y que representaban “el progreso de Yucatán”.

La insistencia local en conseguir que don Porfirio visitara Yucatán también respondía a preocupaciones de otro orden, relacionadas con una polémica campaña que algunos periódicos de la ciudad de México habían iniciado años atrás, acusando a los hacendados henequeneros de prácticas esclavistas contra los jornaleros yucatecos. La presencia del presidente significaba así para los terratenientes la ocasión de demostrar que las denuncias eran falsas, producto de una campaña instrumentada en la capital y que, lo que se vivía en Yucatán, distaba mucho de lo que la prensa nacional aseveraba.

Porfirio DAi??az en YucatA?n 5306 (640x455)

La visita tendría una amplia cobertura por parte de la prensa nacional e internacional, particularmente la de La Habana, Cuba, que dio cuenta de los detalles del viaje con una gran cantidad de fotografías, como fue el caso de El Fígaro. Revista Universal Ilustrada, quien le dedicó un número especial. Empero, la mirada de esta fuente representaría la visión parcial de un sector de la sociedad yucateca, que contrastaba con las lamentables condiciones laborales que imperaban en las haciendas henequeneras.

El 1 de enero de 1906, durante la comparecencia de Olegario Molina ante la Legislatura del Estado, se anunció que el general Díaz había sido invitado para concurrir a la inauguración de las obras recién erigidas en Mérida. Se trataba del nuevo Hospital O’Horán y el Asilo Ayala, entre otras.

La “fiesta” presidencial, como señaló el cronista de la misma, Rafael de Zayas Enríquez, “debía ser una verdadera marcha triunfal y tener caracteres de apoteosis”, ya que “venía a destruir la excepción que por circunstancias especiales se había hecho de la península, porque esa visita vendría a robustecer más aún los vínculos fraternales que la unen con los demás estados”. Asimismo, apuntaba que la presencia del presidente era excepcional por el número y la calidad de los huéspedes, y excepcional también tenía que ser el recibimiento y los festejos con que se obsequiase a quienes concurrían.

El entusiasmo que la noticia ocasionó fue más que patente. Los miembros de la elite yucateca, para estar a tono con el acontecimiento, pusieron a trabajar a sastres y modistas de la capital y el extranjero; se gastaron una fortuna en joyas, carruajes y troncos de caballos de pura sangre; las fachadas de las casas y edificios públicos fueron pintadas. Se invirtieron muchos recursos económicos en los preparativos.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Sólo ustedes lo saben

Silvia L. Cuessy

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 21.

 

Malhaya la tarde en que lo conociste, Nacho. Me di cuenta de inmediato. Ese instante cambiA? tu suerte. A?Te acuerdas? Pues claro que te acuerdas. Incluso el todopoderoso de la naciA?n te lo dijo: ese hombre sA?lo te traerA? dolores de cabeza, conozco su estirpe. Pero ya era tarde para enterarte de lo que no querAi??as saber. Cuando te topaste con Ai??l, tu lAi??nea del destino quedA? trazada. No pensaste en otra cosa sino averiguar quiAi??n era, y pronto tu gente te lo dijo. Te aturdiste con su galanura y su porte bragado. Un apremio se te metiA? en la piel, y las ganas de conocerlo te desbordaban los poros. La idea de que fuera rebelde e indomable te avivA? una extraAi??a mirada sA?lo entendida por los que sabAi??an tus secretos. TA? que entonces manipulabas la CA?mara a tu antojo; tA? que poseAi??as innumerables tierras y eras dueAi??o del destino de tantas personas, tenAi??as que acercA?rtele. Los caballos sirvieron de pretexto. TA? tenAi??as los mA?s finos del paAi??s; Ai??l era el mejor arrendador de la regiA?n.

Amada DAi??az de la Torre, JosAi?? Francisco Godoy. Porfirio DAi??az, President of Mexico, the Master Builder of a GReat Commonwealth, Nueva York, G. P. Putman's Sons, 1910

Amada DAi??az de la Torre, JosAi?? Francisco Godoy. Porfirio DAi??az, President of Mexico, the Master Builder of a GReat Commonwealth, Nueva York, G. P. Putman’s Sons, 1910

Hoy sAi?? piensas en Amada, A?verdad? EstA?s agonizando en esa cama del Hospital Stern, Nacho, y ahora sAi?? la llamas. Maldito. OjalA? tambiAi??n te acuerdes de lo mucho que la hiciste sufrir. AAi??o tras aAi??o la dejaste sola en Navidades y aniversarios, ademA?s de los otros 355 dAi??as del aAi??o, si descontamos los ocho en que quizA? la llevaste al teatro o a algA?n baile porque asAi?? te convenAi??a hacerlo. Desdichada. Deambulaba por cualquiera de las casas, ya fueran las de la capital o en alguna de las haciendas. Sola en su hogar, sola en los ajenos. Sus lamentos, zumbidos molestos a tus oAi??dosai??i?? Nacho, ya no quiero que me miren con lA?stima cada vez que llego sin ti a una fiesta. Nacho no soporto los cuchicheos detrA?s de las copas de cognac o los abanicosai??i?? Sola, porque ni un hijo le quisiste dar; ni para cubrir las apariencias o acallar las malas lenguas. RehuAi??as las miradas de tu esposa suplicando caricias, y el contacto de sus manos sobre las tuyas te revolvAi??a las entraAi??as. Por las noches escuchaste sus pasos detenerse a la puerta de tu habitaciA?n y no abriste ni siquiera para un buenas noches. A?QuAi?? te costaba sacrificarte un poquito con tal de cumplirle el deseo de la maternidad? Te vas a morir pronto, Nacho, y esa mujer merecAi??a por lo menos el consuelo de un heredero. Ella te dio fidelidad y devociA?n, y tA? le devolviste penas y vergA?enza. Ya no tendrA? otra opciA?n que cuidar sobrinos y morirse de vieja con los brazos vacAi??os.

Ni el azA?car producido en todas tus haciendas lograba endulzarte el carA?cter, bromeaba tu suegro con el resto de la familia. Fuiste siempre tan arrogante. Las fotos no mienten, en ellas pareces estatua de conquistador moderno. Un sportman de revista: mano a la cintura, bigote retorcido a manera de kA?iser mexicano, chaqueta de tweed, pantalA?n golf y boina de lana: pura moda inglesa, no hay duda. A?Ah! quAi?? diferencia A?verdad? Y ahora, mAi??rate ahAi?? tan vulnerable con el trasero purulento reventado por las almorranas; alrededor, enfermos que al igual que tA? tienen los minutos contados; sin embargo ninguno del mismo mal, ninguno se retuerce tanto en la cama para calmar sus dolores, y ninguno tan arrepentido de sus pecados mientras suplica y llora. EspAi??rate tantito, desgraciado, Amada no tarda, viene en camino desde MAi??xico. Llevaba meses buscA?ndote; en la capital, en Morelos, bajo las piedras. Seguro dio gracias a Dios y a los santos del cielo cuando le llegA? la nota furtiva en la que le avisabas, desde Veracruz, que ya ibas rumbo a Nueva York. Ni ella misma supo cA?mo habAi??a sido la huida. No importa si fue mediante su ayuda o la de otros, no interesa si fue un milagro divino. VendiA? las alhajas que le diste en lugar de amor despuAi??s de que los rebeldes le quitaron a tu familia cuanta pertenencia tenAi??a; esas joyas eran su esperanza de no depender de los parientes y de la supuesta herencia de su padre. Viene a firmar la autorizaciA?n para que los mAi??dicos te sometan a una cirugAi??a. SorteA? obstA?culos y lA?grimas en medio de tiempos convulsionados. Quiere estar a tu lado y cumplir con su deber de esposa abnegada. Pareces cadA?ver, quiAi??n sabe si aguantes. Por lo menos dale ese A?nico gusto. EspAi??rala vivo, infeliz.

Utilizabas a la gente. La movAi??as a placer para proteger tus intereses. Para eso son el poder y el dinero, decAi??as. Confabulaste con tus colegas diputados para acabar con el gobierno de Madero, mandaste a tu chofer a rentar un auto frente a La Alameda; un coche que llevarAi??a al presidente y al vicepresidente a su encuentro con la traiciA?n y la muerte, junto a la penitenciarAi??a de Lecumberri. Pensaste que acabado su gobierno, todo volverAi??a a ser igual y los capitales, tuyos y de tu camarilla, estarAi??an a salvo.

 

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Los retratos del general y la imagen del presidente

Roberto Fernández Castro
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 20.

Porfirio Díaz supo aprovechar la fotografía para cuidar una imagen sin emociones ni sentimientos, de un militar frío, inquebrantable y de mano dura. Ya en la ancianidad, se retrataba como un patriarca austero y benigno. De héroe militar republicano a estadista y constructor de una nación moderna. El culto porfirista sería sustituido luego de su caída por un antiporfirismo igualmente poderoso.

El mundo ilustrado, MAi??xico, 5 de abril de 1913

El mundo ilustrado, México, 5 de abril de 1913

¿Qué clase de persona fue Porfirio Díaz? La pregunta que el periodista y caricaturista Carlo de Fornaro se hizo, y que con tremenda saña respondió en las páginas de su libro Díaz, zar de México (1909) no puede ser extraña para un biógrafo, pero a veces lo es para el historiador, sobre todo cuando nos olvidamos de la importancia de nuestro trato con las personas del pasado, o cuando la vida personal, incluyendo la propia, deja de ser el inicio y el fin de la historia. Para Fornaro, director artístico del suplemento dominical del Diario Ilustrado que dirigía Juan Sánchez Azcona, como ocurría con las biografías de la antigüedad, la descripción física de Porfirio Díaz ocupa el sitio de primera importancia: un hombre de mediana estatura que gracias a la excelente proporción de sus miembros parecía alto; de gesticulación mesurada y calmosa, con la frente baja, oblicua e intelectual.

Los ojos, como cuentas, penetrantes, eran algunas veces bondadosos y festivos, pero siempre observadores y suspicaces. La nariz deformada por sus ventanillas demasiado amplias, la barba ancha, las mandíbulas macizas y articuladas, las orejas grandes y afeadas por largos lóbulos, pero características de hombres y de razas destinados a la longevidad. El pelo y el bigote blancos, el cutis claro y salpicado de rojas manchas hécticas.

Retrato del general Porfirio DAi??az sentado en la silla presidencial, MAi??xico, principios del siglo XX, Col. de postales de la UACJ

Retrato del general Porfirio Díaz sentado en la silla presidencial, México, principios del siglo XX, Col. de postales de la UACJ

El objeto de tan minuciosa descripción era servir como contraste con los retratos de cuando Díaz tenía 37 años, para percibir una transformación tan maravillosa como increíble, pues merced al restregamiento, al estropajo, a los baños de regadera, al jabón y a la alimentación propia de la gente, el general se había transformado de un grasiento capitán de mercenarios en un completo zar blanco, algo así como el producto del cruzamiento de un prusiano Bismarck de frente estrecha y de un dorado Crispi azteca.

Díaz había concentrado además todas sus energías en el gran juego de la política y de su ambición personal, desechando todo aquello que para los hombres de su tiempo y de su posición resultaba atractivo: jugar, fumar, beber, poseer mujeres, asistir al teatro, aficionarse a las bellas artes, a los deportes o a la lectura.

PARA SABER MÁS:

  • Díaz y de Ovando, Clementina, Invitación al baile: arte, espectáculo y rito en la sociedad mexicana (1825-1910), México, UNAM, 2006, 2 vols. + 1 CD ROM.
  • Fornaro, Carlo de, Díaz zar de México, México, Debolsillo, 2010.
  • Garner, Paul, Porfirio Díaz: del héroe al dictador. Una biografía política, México, Planeta, 2010.
  • Rosa Casanova, Francisco I. Madero, entre la imagen pública y la acción política 1901-1913, México, Museo Nacional de Historia INAH, 2012.

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La caída del Coloso

Octavio Paz Solórzano, edición Regina Hernández – Instituto Mora.

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

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La ciudad de México en 1910 era una ciudad llena de contrastes. Como símbolo del poder, representaba a un régimen que sostenía el orden y el progreso. Las obras de urbanización, agua, drenaje, pavimentación de calles, alumbrado, servicios y nuevas comunicaciones traslapaban los contrastes entre la miseria y la riqueza y bajo el cual las diferencias entre pobres y ricos se incrementaban. Representaba asimismo a un régimen que, entre afeites, perfumes franceses, carreras de caballos, clubes hípicos, grandes salones y restaurantes, pretendía esconder su cansancio y decrepitud. Desde 1908 “después de la entrevista Díaz-Creelman”, la capital vio aparecer en sus calles, cafés, plazas, mercados, barrios y colonias voces discordantes que rompían el silencio y la apatía. Nuevos grupos políticos se sumaban a los partidarios de la No Reelección de Porfirio Díaz. El pueblo quería y buscaba un cambio.

Esperando la renuncia de DAi??az frente a la CA?mara de Diputados, junio 2, 1911

Esperando la renuncia de Díaz frente a la Cámara de Diputados, junio 2, 1911

En 1910 la ciudad de México vivía en un dilema. Por un lado, se hizo festiva, patriota, retomó el sentido nacionalista producido por el redescubrimiento de los héroes que 100 años antes habían lanzado el grito libertario. Por el otro, era cuestionadora, crítica, exigente, tomaba las calles para exigir un cambio que le permitiera obtener mejores salarios, elegir libremente a sus gobernantes e imponer la bandera del nuevo proyecto que reclamaba el Sufragio Efectivo y la No Reelección.

Por la calle de Tacuba transitaban jóvenes estudiantes, obreros, empleados, maestros, periodistas, que se dirigían al Centro Antirreleccionista a escuchar las propuestas de Emilio Vázquez Gómez, Francisco I. Madero, Luis Cabrera, Filomeno Mata y José Vasconcelos. Leían con sumo interés los artículos publicados en dos nuevos periódicos: México Nuevo y El Constitucional. Pero a la vez la población se preparaba para esconder sus inconformidades y mostrar al mundo los logros del régimen porfirista. Las fiestas del Centenario la convirtieron en escenario de los desfiles de huéspedes distinguidos. Se veían bombines, jaquís, kepis, levitas, sombreros emplumados y vestidos de seda y muselina, en contraste con los anchos sombreros de palma, los calzones de manta, los huaraches, los sacos de lana burda y corriente. El escritor y diplomático Federico Gamboa anota en su Diario: “La sociedad íntegra y el pueblo entero secundaron al gobierno con patriótica y cálida cooperación inolvidable”.

El pueblo observaba detrás de la valla de soldados y policías las inauguraciones de los edificios del manicomio de La Castañeda, la Normal para Maestros y la Asociación Cristiana de Jóvenes en la calle de Balderas, vio colocar las estatuas de Luis Pasteur, George Washington y Alejando Von Humboldt. En la Alameda aplaudió la inauguración del Hemiciclo a Juárez y desde el elegante paseo de la Reforma admiró elevarse la columna de la Independencia. Fiestas, bailes y banquetes halagaban a los invitados, pero las notas discordantes se escabullían para aparecer en el anónimo grito de apoyo a Madero y el Sufragio Efectivo, No Reelección.

Una vez que transcurrió el jolgorio, la tensión política aumentó. La oposición ganó terreno. Díaz utilizó los medios oficiales y oficialistas para declararse triunfante. El descontento recorría las calles de la ciudad. La protesta levantaba su voz. Las noticias llegaron pronto: Madero había promulgado el Plan de San Luis Potosí y llamaba a un levantamiento armado. Aquiles Serdán cayó luchando en Puebla. La misma capital de la república se enfrentó al régimen: el 18 de marzo de 1911 un grupo de intelectuales encabezado por Camilo Arriaga dio a conocer el Plan de Tacubaya, en el que se convocaba a una rebelión armada y a la toma del cuartel de San Diego. Al denunciarse la conspiración, algunos de sus participantes fueron hechos prisioneros, otros escaparon y se refugiaron en Estados Unidos. La represión aumentó, hubo delaciones y acoso. Las cárceles se llenaron.

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Díaz se tardó mucho en reaccionar; cuando por fin se percató de la importancia del movimiento maderista quiso revertir la situación. Hizo renunciar al gabinete en pleno con excepción del ministro de Hacienda José Yves Limantour. El 1° de abril envió al Congreso una iniciativa de ley para restablecer el principio de no reelección y repartir algunas tierras de las grandes haciendas. Buscó también un acercamiento con el jefe revolucionario Madero pero sus emisarios se negaron a discutir acerca de la renuncia presidencial. La lucha creció, el ejército fue incapaz de dominar las sublevaciones. La ciudad de México no escondió su inconformidad y se lanzó a la calle; estudiantes y obreros unieron sus gritos y exigieron la salida de Díaz, apedrearon su casa y el taller de El imparcial, reconocido como la voz del régimen, fue incendiado. El coloso tembló, su caída era inminente.

El fragmento que reproducimos a continuación expresa de excelente forma la efervescencia que se vivió en el Distrito Federal los días previos a la renuncia de Porfirio Díaz. Procede del “Magazine Para Todos” del diario El Universal, del 10 de noviembre de 1929. Su autor, Octavio Paz Solórzano, era hijo de don Ireneo Paz, y hacia 1910 colaboraba con su padre en La Patria, el periódico que este había fundado por él. Atendamos pues a su testimonio.

Regina Hernández
Instituto Mora

[...] Los más entusiastas en los ideales [revolucionarios] por los que se combatía eran los estudiantes: Unos, decididamente después de haber estado comprometidos en las conspiraciones que se fraguaban y temiendo ser aprehendidos, se agregaron a los amigos o conocidos que tenían en la revolución. [José] Siurob marchó a Guanajuato; Enrique Estrada al norte; Rafael Cal y Mayor, que había sido comisionado por Siurob para hacer propaganda entre los estudiantes, con el objeto de conseguir adeptos al Plan de Tacubaya y que el día designado para el levantamiento debía apoderarse, en compañía de otros estudiantes, del armamento de la guardia del Hospital Militar. Al fracasar la conspiración fue a unirse con Rafael Tapia, al Estado de Veracruz.

Un grupo de estudiantes de las diversas escuelas metropolitanas, encabezados por Fandila Peña y Gonzalo Zúñiga, tuvieron la audacia de irle a pedir la renuncia al general Díaz, pero al estar en su presencia les impuso de tal manera la voz ronca de don Porfirio, que ya ni hallaban ni cómo salir, y todos aterrorizados cuando se les preguntaba qué les había respondido el presidente, no sabían ni qué contestar, pues decían que sólo habían oído un ronquido. Después de este hecho, Fandi la Peña, con un grupo de los atrevidos se fue con los revolucionarios surianos.

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Hombres ilustres de México en París

Miguel Rodríguez - Université Paris Sorbonne (Paris IV), Institut d’Etudes Hispaniques

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Los monumentos a personajes públicos se multiplicaron en las grandes capitales europeas desde mediados del siglo XIX. Ya no se trataba más de venerar a los santos o de hacer honores a la figura del monarca, sino de exaltar los valores ciudadanos del varián virtuoso. Como se inscribe sobre la fachada del Panthéon en París, templo laico en el que están enterrados militares heroicos, sabios, políticos y escritores, a los Hombres Ilustres, la Patria agradecida. El primer motivo del monumento es obviamente la conmemoración.

Busto de Justo Sierra en ParAi??s

Busto de Justo Sierra en París

La multiplicación de monumentos recibió bastantes ataques: Pasamos nuestro tiempo, desde hace muchos años, erigiendo estatuas, a menudo mediocres, a una pléyade de hombres ilustres cuya fama no va más allá del límite del distrito en el que están situadas, escribe un crítico en 1908. Cuatro años más tarde, otra obra denuncia la “estatuoman parisina”, esto es, el abuso en la costumbre de erigir estatuas en el espacio público. Fue entonces cuando Jacques Duclos, un joven provinciano francés, quien haría después una larga carrera política en las filas del comunismo, descubrió la capital de su país: “París” expresa después “me hacía el efecto de un libro de historia con grabados de piedra”. Y es que otro objeto esencial de los monumentos públicos es la educación del transeúnte.

En esta “capital del siglo XIX” (como la llamó Walter Benjamin, el filósofo alemán), la memoria de hombres ilustres de otras naciones se consagró tardíamente (una excepción notable fue la del precursor de la independencia de las colonias españolas en Sudamérica, el venezolano Francisco de Miranda, cuyo nombre está escrito en el Arco del Triunfo desde 1836, en reconocimiento a que fue un destacado general de la Revolución francesa).El conquistador Diego Velázquez fue por mucho tiempo el único español y, antes de 1914, Georges Washington (1900) y Benjamin Franklin (1906) representaron al Nuevo Mundo. En la época posterior a la primera guerra mundial, cuando el gobierno francés inició una campaña de acercamiento a sus “hermanas latinas” del continente americano, se consideró importante la consagración de cada una de las naciones latinoamericanas, a través de la colocación de una figura heroica que las representase en París. A las funciones evidentes del monumento se suma de tal modo la de contribuir a la legitimación, tanto del personaje representado como de los grupos o instancias que lo apoyan.

Y como en otras grandes metrópolis —Nueva York (1921), Madrid (1925), Roma (1933)— se planeó honrar, antes que a otro, a Simón Bolívar, el prócer por antonomasia que, además de sus virtudes propias, integra la historia de los países andinos. Su estatua ecuestre sería el eje de un espacio conmemorativo construido expresamente como parque de América Latina, como se le llamó desde 1934. Se trataba de una zona un tanto periférica en el noroeste de París, cuyos terrenos baldíos y jardines desordenados sustituían las fortificaciones y las murallas de antaño y que el gobierno municipal trataba de ocupar con edificios populares y lugares de recreo.

Visita de Luis EcheverrAi??a a ParAi??s en abril 1973

Visita de Luis Echeverría a París en abril 1973

En los años siguientes, con un claro cuidado por la armonía y el equilibrio del parque, se fueron instalando pequeños bustos a ambos lados del gran Bolívar: los de Rubén Darío y de José Enrique Rodó en 1934, luego los de José Martí y Juan Montalvo en 1939, siguiendo con los de Vicuña Mackenna y Ricardo Palma (1955 y 1960), que enaltecían así a cada uno de sus países: Nicaragua, Uruguay, Cuba, Ecuador, Chile y Perú. En una publicación de 1936, firmada por Gonzalo Zaldumbide, literato y entonces ministro ecuatoriano, y por el escritor franco-argentino Max Daireaux, se decía que la presencia de esas figuras en el parquecito parisino era como la realización de esa hermosa página en la que Rodó, hablando precisamente de Montalvo, lo representa en los Campos Elíseos de la Antigüedad, conversando con los espíritus elegidos sobre las cosas eternas: así nos parece verlos, reunidos aquí en la perennidad del bronce, y oír en el silencio el diálogo ideal de estas tutelares sombras de nuestra América.

Hay que observar de entrada que todas esas sombras tutelares son de hombres; si por lo general las estatuas ignoraban el género femenino (a menos que se tratase de alegorías), la tendencia crecía en el caso de las naciones latinoamericanas. De allí que no haya un monumento a Gabriela Mistral o Sor Juana. ¿Qué virtudes se subrayan al erigirse estos bustos, al elegirse a estos hombres ilustres? Letrados todos, con su pluma contribuyeron a la cimentación de la identidad nacional, algunos habiendo jugado también un importante papel en la vida política e institucional en el primer siglo de vida independiente.

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Una boda por conveniencia

Maddelyne Uribe
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Carmen Romero a los 17 aAi??os

Una noche del ya lejano año de 1878, en el número 5 de la calle de San AndrAés (hoy Tacuba) en la Ciudad de México, Carmen Romero Castelló despertaba de una horrible pesadilla en la que, como escribió a su padrino unos días después, vestida de novia y ya en camino para el templo, aparecía una nube que deshaciéndose en tempestad dejaba escapar un rayo que fulminaba a Pepe, quien iba sonriéndose con inefable ternura.

Aún perturbada por el sueño, avanzó hasta el tocador de su habitación para contemplar con la mirada fija su reflejo. A los catorce años, Carmen era una sonriente jovencita de maneras distinguidas cuya espontaneidad y ameno trato (decía el poeta) eran capaces de encantar de un modo casi inconsciente a todos cuantos la rodeaban. Sin presentar en su conjunto una fisonomía hermosa, no dejaba por ello de ser agradable: era delgada y de proporciones armoniosas, la cara ligeramente redonda enmarcada por una rizada cabellera azabache; pequeños ojos negros muy expresivos, frente y mentón amplios, nariz aguileña y labios delgados.

Un dejo de añoranza se dibujó en su rostro al intentar recordar aquellos efímeros tiempos mejores en que las comidas familiares transcurrían en absoluta paz, ajenas a las penurias económicas; los cumpleaños al lado de sus hermanas María Luisa y Sofía eran motivo de verdadero regocijo cuando su padre, Manuel Romero Rubio, ejercía como secretario de Relaciones Exteriores del gabinete presidencial de Sebastián Lerdo de Tejada, a quien ella llamaba “querido papá Lerdo” por ser su padrino de bautismo.

Tras concluir con estas cavilaciones e intentando vencer en lo posible su preocupación, Carmen decidió volver a la cama. Las primeras luces del amanecer comenzaban a surgir.

El retrato esbozado parece testimoniar la sensibilidad de su carácter, pero, al mismo tiempo revela el desconocimiento de lo que, en términos de estrategia política, transformaría su tranquila existencia en un cálculo de ventajas e intereses que, con astucia, su padre se dio a la tarea de asegurar. En el invierno del año siguiente, todos los miembros de la familia Romero Castelló estaban nuevamente reunidos, tras el difícil exilio de don Manuel en Nueva York, causado por la rebelión de Tuxtepec que, bajo el liderazgo de Porfirio Díaz, había logrado capitalizar desde 1876 una amplia oposición política y popular contra Lerdo y sus partidarios obligándolos a salir del país el 25 de diciembre del mismo año a bordo del vapor El Colima.

Como sería congruente pensar, la felicidad de recibir al padre ausente debió contrastar con los sentimientos adversos que la joven había desarrollado hacia aquel jacobino causante de todas sus penas. Cabría entonces preguntarnos lo siguiente, ¿cómo puede explicarse que en el transcurso de 1880 a 1881 su relación con el general Porfirio Díaz se estrechara con tanta rapidez? La figura que se impone desde un principio es, naturalmente, la de Carmen Romero Castelló, pues sobre ella gira, el episodio que a continuación narramos.

La mañana del 26 de octubre de 1881, Carmen, aún sin haberse peinado, se reunió en el despacho de su padre, don Manuel, con él y con su madre, doña Agustina Castelló. No podía evitar recordar una y otra vez aquellas palabras que la noche anterior la habían mantenido en vela:

Carmelita: yo debo avisar a usted que la amo. Comprendo que sin una imperdonable presunción no puedo esperar que el ánimo de usted pase otro tanto y por eso no se lo pregunto; pero creo que en un corazón bueno, virgen y presidido de una clara inteligencia como la de usted puede germinar ese generoso sentimiento, siempre que sea un caballero el que lo cultive y sepa amar tan leal, sincera y absolutamente como usted merece y yo lo hago ya casi de un modo inconsciente. [...] si usted me dice que debo prescindir no necesita usted decirme por qué, yo siempre juzgar poderosas su razones e hijas de una prudente meditación.

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¿Festejar o conmemorar la Revolución?

Eugenia Meyer

Revista BiCentenario #10

Revista de revistas

Las fechas en que el pasado se hace presente en rituales públicos activan sentimientos e interrogan razones. Se construyen y reconstruyen las memorias del pasado, se significan finalmente los momentos y las circunstancias que los diferentes actores eligen para expresar y confrontar en el escenario nacional los sentidos que otorgan a los quiebres institucionales que unos impulsaron y otros padecieron. Celebrar o conmemorar parecen un binomio indisoluble en la acción de hurgar en los diversos escenarios en los que se despliegan los conflictos entre las diferentes interpretaciones y significados del pasado: cómo se transforma a lo largo del tiempo, por qué algunas fechas pueden cobrar mayor importancia hasta convertirse en emblemáticas o ser sólo hitos locales o regionales. Recuerdo e historia van de la mano en la construcción de las memorias sociales: establecen, a través de prácticas, marcas y celebraciones, los rituales públicos, las inscripciones simbólicas, los monumentos. Las diferentes interpretaciones sociales del pasado, las efemérides nacionales, se tornan objeto de disputas y conflictos. ¿Quiénes celebran o conmemoran? ¿Por qué? lo hacen? Es difícil lograr consenso al respecto, pues las mismas fechas pueden tener acepciones diferentes para los diversos actores en todos los niveles y estratos de la vida social del país, empezando por la esfera política. La operación del recuerdo y la del olvido ocurren siempre de acuerdo con las temporalidades subjetivas; remiten a hechos y procesos del pasado, que a su vez cobran sentido al vincularse con la proyección del futuro. También es cierto que la temporalidad se dirige al mañana, al paso del tiempo y a las transformaciones de los procesos sociales a lo largo de la historia. Por ello quizás es menester insistir en historizar la memoria para analizar las transformaciones y los cambios en los actores que recuerdan y olvidan los hechos del ayer, o bien que celebran y conmemoran esos procesos. En medio de tantos avatares “celebratorios” habría que reconocer que el término revolución ha quedado fuera del vocabulario político. Luego de tantas décadas de construir el discurso del estado mexicano alrededor de la gesta de 1910, parece que todo ello pertenece a una historia vieja, anquilosada. En su lugar se encauza la propuesta de la modernización y el cambio por los que tantos mexicanos han apostado su futuro.

Hasta hace unos años, desde que los legítimos herederos de la Revolución perdieron el poder, la misma parecía estar ya en el olvido. Sin embargo, con el bullicio del centenario, de repente nos encontramos con que la Revolución, por arte y magia de los calendarios, ha logrado ponerse de moda nuevamente. Inmersos como estamos ahora en la vorágine y la borrachera colectiva de las conmemoraciones, que no logran ocultar o disfrazar la torpeza y la miopía del gobierno (o los gobiernos), se pone de manifiesto la falta de imaginación y desorientación en el asunto de los festejos; en parte, debido a que el partido en el poder no entiende ni se identifica (y porque le son ajenas) con la Independencia y la Revolución. Como hechos extraños, son atendidos de mil formas, y sin meditarlo a conciencia les han dado un tratamiento de sacralización piadosa.

La Revolución (que parece haber renacido de sus cenizas) es un proceso distante con el que es casi imposible esperar empatía de parte del Partido Acción Nacional. El movimiento que echó raíces con la construcción de un partido surgido de la lucha armada (el Partido Nacional Revolucionario, luego Partido de la Revolución Mexicana y finalmente Partido Revolucionario Institucional) quedó atrás con lo que algunos despistados y hasta optimistas definieron como el triunfo de la democracia, con la alternancia partidista y el ya distante (aunque no añorado) gobierno de Vicente Fox.

No resulta estéril, por ende, hacer el esfuerzo por reflexionar sobre lo que la Revolución fue y el significado que hoy tiene. Con sus cien años a cuestas, la revolución es (como dijera de manera insistente desde los años cuarenta Jesús Silva Herzog) un hecho histórico. Se perdió la reverencia, se debilitó o anquilosó la mitología y, en consecuencia, se dio paso a una visión más madura, quizá también más real y objetiva, del periodo que transformó la vida nacional, el ser y el hacer de México.

En los sesenta, cuando nuestra Revolución empezó a ser entendida como la preferida (en especial por los ideólogos estadounidenses), luego del sobresalto causado por la revolución cubana y la declaración de su carácter socialista, la atención hacia el proceso mexicano fue mayor. Los estudios y centros académicos dedicados a nosotros crecieron de manera significativa, muy especialmente en Estados Unidos. Esto es coincidente con la políticas implantadas y desarrolladas por la Alianza para el Progreso, el programa de ayuda económica y social destinado a América Latina gestado por John F. Kennedy, que habría de estar vigente casi una década.

La Sucesión Presidencial

Héctor L. Zarauz López / Comisión para las celebraciones del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución en la Ciudad de México
Revista BiCentenario No.5, pág.39

Tan sólo un libro

Apenas se han cumplido cien años de la edición (diciembre de 1908) y divulgación de La Sucesión Presidencial de 1910. El Partido Nacional Democrático, el libro al que se ha considerado como uno de los principales eslabones del proceso revolucionario en 1910. Consta de siete capítulos, en los que se describe y analiza la situación política, social, económica y la historia de nuestro país. A la obra no le faltaron contradicciones pues, aunque hace una valoración positiva de Porfirio Díaz, a quien reconoce los méritos por haber logrado la pacificación, estabilidad y desarrollo nacionales, lo censura también aun cuando con cierta cautela.

Creelman B-5Las principales crítcas son contra el militarismo y la falta de democracia, la manera en que Díaz había centralizado el poder, la ausencia de partidos políticos, la falta de elecciones confiables, la persecución a la prensa libre y a los opositores, todo lo cual situaba a México como un país rezagado en términos de la democracia que se vivía en naciones como Francia y Estados Unidos (que son algunos de los modelos con los que Madero efectuó comparaciones).

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