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La inundaciA?n de San Antonio de BAi??xar

La inundaciA?n de San Antonio de BAi??xar 

Andrew J. TorgetAi??

Universidad del Norte de Texas

Revista BiCentenario #16

 

TraducciA?n: Gabriela Montes de Oca

 

* Las palabras resaltadas en cursivas a lo largo del texto corresponden a tAi??rminos usados en espaAi??ol en la versiA?n original en inglAi??s.

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Durante la noche del 4 de julio de 1819 comenzA? a caer una suave lluvia al norte de San Antonio. La lluvia golpeaba la tierra reseca con una interminable corriente de agua que se necesitaba con desesperaciA?n. Una grave sequAi??a habAi??a quemado la regiA?n durante los A?ltimos aAi??os, chamuscando vastas franjas de las praderas originarias y diezmando numerosas manadas de bisontes y ganado salvaje. Ese verano los campos marchitados por el sol habAi??an sido incapaces de mantener las cosechas de maAi??z necesarias para mantener a los espaAi??oles refugiados en San Antonio y habAi??an dejado en la aldea una grave escasez de alimentos. Incluso los caballos morAi??an de hambre y las monturas de los espaAi??oles estaban tan desnutridas, que algunas apenas se sostenAi??an en pie. Pero al fin la lluvia habAi??a empezado a caer. Rodando por la tierra quemada, el agua empezaba a llenar los lechos de riachuelos y los arroyos secos que serpenteaban hacia el sur. La tormenta acabA? por llegar a San Antonio. Para quienes vivAi??an en la pequeAi??a y reseca aldea, elAi??estrAi??pito de la lluvia sobre sus tejados seguramente sonA? como un acto de misericordia enviado desde el cielo.

San Antonio era una poblaciA?n necesitada de gracia divina. Fundada en 1718, poco mA?s de un siglo antes, estaba asentada en un trecho de tierra entre el rAi??o San Antonio al este y el riachuelo de San Pedro al oeste. El pueblo original se habAi??a construido alrededor de una instalaciA?n militar conocida como presidio, que resguardaba las cinco misiones catA?licas que establecieron los espaAi??oles a lo largo del rAi??o San Antonio para atender a los indios del lugar. Fue creciendo por rachas a lo largo del siglo xviii y funcionaba como la capital provisional de Texas, la provincia mA?s remota de la lejana frontera noreste de Nueva EspaAi??a. Sin embargo, a pesar de su estratAi??gica ubicaciA?n en la frontera, San Antonio siempre habAi??a languidecido en aislamiento, pues las autoridades espaAi??olasAi??de Monterrey y la ciudad de MAi??xico se rehusaban a invertir recursos significativos en la regiA?n y sA?lo enviaban tropas y abastecimientos suficientes para mantener viva su presencia militar en Texas. Asnicamente podAi??an encontrarse otros dos puestos de avanzada en todo Texas: Nacogdoches y La BahAi??a, que estaban en peores condiciones que San Antonio. En definitiva, la agobiante pobreza que padecAi??an los espaAi??oles en Texas revelaba lo mucho que se habAi??a deteriorado la situaciA?n a lo largo de la frontera norte de Nueva EspaAi??a durante los aAi??os anteriores a la revuelta de Miguel Hidalgo. Cuando en 1803 el gobernador de Texas elaborA? un informe sobre la regiA?n, su evaluaciA?n de San Antonio fue sombrAi??a. Se lamentaba de que la villa ai???carecAi??a absolutamente de comercio y de industriaai??? para mantener a su modesta poblaciA?n de 2,500 habitantes y si no hubiese sido por un puAi??ado de cazadores que les suministraban carne de bA?falo ai???la mayorAi??a de las familias perecerAi??an en la miseriaai???.

Si durante el siglo xviii San Antonio no logrA? progresar, en el siglo xix fue devastado. Cuando estallA? la guerra de independencia en MAi??xico, a principios del siglo xix, una banda de rebeldes tomA? el pueblo en 1813 y ejecutA? al gobernador. Como represalia, las autoridades espaAi??olas lanzaron una sangrienta campaAi??a militar para recuperar la regiA?n y asesinaron a cientos de sospechosos de rebeldAi??a en San Antonio, ademA?s de provocar que cientos de pobladores buscaran salvar su vida huyendo hacia el campo. Quienes sobrevivieron a la despiadada confirmaciA?n de la autoridad espaAi??ola vivieron sitiados desde entonces. Envalentonados por la debilidad de San Antonio, los comanches y los apaches emprendieron una interminable serie de ataques que desangraron a los espaAi??oles de lo poco que les quedaba de caballos, ganado y cosechas. Para 1819, las guerras, la sequAi??a y la hambruna habAi??an reducido a la poblaciA?n de San Antonio a tan sA?lo mil seicientos habitantes, casi mil personas menos que las que vivAi??an ahAi?? tan sA?lo dos dAi??cadas antes.

Sin embargo, en esa tarde de julio de 1819, finalmente llegaron las lluvias. Y continuaron durante toda la noche, aunque cayendo demasiado rA?pido para el suelo endurecido por la sequAi??a. Desde el lecho de los riachuelos poco profundos pronto empezaron a canalizarse torrentes de agua a borbotones hacia el rAi??o San Antonio, que au- mentaba de fuerza y velocidad conforme avanzaba hacia el sur, a la aldea. Al alba, el rAi??o, que se enroscaba alrededor del este de San Antonio, empezaba ya a desbordarse en la ribera. Una pared de agua irrumpiA? en el norte de la aldea poco despuAi??s de las seis de la maAi??ana, precipitA?ndose sobre las calles a una velocidad aterradora. El A?nico puente que cruzaba el rAi??o empezA? a crujir por la fuerza de la marea creciente antes de despedazarse. El agua continuA? avanzando con fuerza, anegando cada calle y plaza, antes de unirse al arroyo de San Pedro en la remota parte oeste de San Antonio. Casi tan pronto como comenzA? la inundaciA?n, ya no habAi??a aldea, sA?lo quedA? un rAi??o ancho y furioso que lo absorbiA? todo.

El gobernador Antonio MartAi??nez despertA? con el agua que se filtraba a su casa. El anciano patriarca inmediatamente empezA? a mover documentos y a su familia para salvarlos, pero el agua avanzaba con demasiada rapidez. Cuando tres cuartas partes de la casa estaban ya bajo el agua, indicA? a su familia que abandonara el hogar. Mientras vadeaba por las calles inundadas, MartAi??nez apenas podAi??a comprender la escena. Cada avenida se habAi??a transformado en un rAi??o furibundo que arrasaba con hombres y mujeres que gritando y agitA?ndose intentaban desesperadamente llegar a un lugar seguro. Aquellos que tenAi??an la suerte de atrapar la rama de algA?n A?rbol se trepaban a la cima en busca de refugio. Otros, incapaces de alejarse del agua, se quitaban la ropa a tirones para evitar ser arrastrados hacia el fondo. La fuerte corriente habAi??a incluso arrancado las casas de las amarras de sus cimientos. Las familias mA?s pobres de San Antonio vivAi??an en destartaladas chozas de madera llamadas jacales, construidas de vigas repelladas con lodo y barro. MartAi??nez observaba, impotente, cA?mo la corriente destruAi??a los jacales, a menudo con las familias dentro. SegA?n recordaba despuAi??s, sA?lo miraba mientras las ai???casas empezaban a desaparecer y A?nicamente quedaban fragmentos flotando que indicaban el desastre que las habAi??a rebasadoai???. El gobernador ordenA? a sus soldados que sacaran del agua a todos los que pudieran y mandA? a los mejores nadadores a rescatar a las personas que se habAi??an refugiado en la copa de los A?rboles. Pero la lluvia seguAi??a cayendo, de modo que MartAi??nez decidiA? abandonar la aldea antes de que el agua subiera mA?s. OrdenA? a todos los sobrevivientes que lo siguieran y encabezA? una marcha hacia las colinas de las afueras de San Antonio, donde se acurrucaron bajo los A?rboles. Y de pronto, tan rA?pidamente como llegaron, las aguas empezaron a retroceder.

Cuando los sobrevivientes regresaron, revisaron la extensiA?n de la destrucciA?n. En 1819 San Antonio estaba dividida en cuatro vecindarios que correspondAi??an a grandes rasgos a las direcciones de una brA?jula. Los vecindarios del norte y del sur eran las A?reas mA?s viejas de la poblaciA?n, donde vivAi??an las familias con mejores relaciones polAi??ticas, y que de algA?n modo se habAi??an salvado de los peores daAi??os. Aunque en el norte y el sur habAi??a casas inundadas, la mayorAi??a habAi??an quedado intactas. Al parecer la inundaciA?n habAi??a concentrado su furia en los mA?s vulnerables.

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Escena en San Antonio, 1879

Escena en San Antonio, 1879

 

 

 

Entre Sevilla, La Habana y Orizaba Una fA?brica de caAi??ones del siglo XVIII

Entre Sevilla, La Habana y Orizaba Una fábrica de cañones del siglo XVIII

Eder Antonio de Jesús Gallegos Ruiz
Universidad Pablo de Olavide, Sevilla
Revista BiCentenario #16

El estado del armamento en la Nueva España dejó mucho que desear desde principios del siglo XVIII, pues no eran pocas las dificultades de la península para surtir al Nuevo Mundo. Los extensos territorios debían cubrirse con una Real Armada en mal estado, una burocracia ineficiente, las inclemencias del tiempo en los viajes transatlánticos y la escasez en las fundiciones de la metrópoli, que apenas podían hacer frente a sus propias exigencias.

Si a esto se suma la especulación por la abundancia y el costo de metales en América, obtendremos un resultado desastroso. Por ello, la Corona planeó la construcción de una maestranza de Indias, fábrica que dotara de artillería a la América septentrional y el Caribe, como una forma de complementar los envíos tradicionales.

El virrey Baltasar de Zúñiga había previsto desde 1717 la imperiosa necesidad de la tecnología artillera en los territorios del actual México. Por ello pidió el envío de dos fundidores expertos, a fin de erigir una maestranza para la construcción y reparación de nuevas piezas de armamento, según la disponibilidad y el bajo costo de los metales en el territorio. Su petición fue expedida dentro de una carta personal a Felipe V con fecha 11 de junio y se le respondió el 3 de enero de 1718 con la orden de envío de un operario, facultado para la edificación de una o dos fábricas de cañones.

Sin embargo, no sería sino hasta dos años des- pués que un fundidor de la maestranza de Pamplona llamado José Escartín, estaría dispuesto a ir a la Nueva España, no sin antes establecer un contrato con la Corona en el que se estipulaban las condiciones para su pago, fletes, viáticos para él y su familia, la designación de tres ayudantes y su reconocimiento como Maestro Mayor Fundidor. Tras su llegada a Veracruz, Escartín decidió peinar la zona, pues consideraba que la maes- tranza debería erigirse estratégicamente en las proximidades del puerto, escogiendo dos caseríos ubicados en la calle de Tres Cruces en la villa de Orizaba.

Fue el primer intento de la recién entronizada casa real de los Borbones por introducir una tecnología que mejoraba a pasos agigantados. Pero los beneficios para el erario público no eran muy obvios y, al parecer, el peligro aún no parecía acuciante como para generar tales gastos, estimados según los fundidores auxiliares y los maestros carpinteros en $63,197 pesos de antaño, sin incluir $2 mil pesos del costo de dos hornos de fundición y gastos posteriores, como madera para las cureñas y carbón destinado a los hornos de fundición.

De allí que en 1722 el virrey decidiera cancelar el proyecto, presionado además por una carta de José del Campillo (secretario de José Patiño, Intendente General de la Marina y el Ejército), donde éste dejaba entrever que existiría una nueva instrucción para erigir la fabrica, no en Orizaba, sino en La Habana. Posteriormente se aclararía que todo había sido un malentendido, pero la vicisitud alimentó el escepticismo sobre la viabilidad del proyecto por parte de Juan de Acuña, el nuevo virrey, quien se inclinaba más por el tradicional sistema de envíos de artillería desde Sevilla.

 

De este curioso antecedente podemos inferir que, si bien la especulación sobre la calidad, abundancia y bajo costo de metales en el territorio novohispano (cobre y estaño para fabricar artillería de bronce) desde la península eran clave para las propuestas a favor, existía en contra un aparato burocrático que, en la práctica, solo generaba confusiones y superposición de mandos, escasez de operarios españoles dispuestos a trasladarse a las Indias y segregación en los mandos militares, provocando la ausencia de auxiliares novohispanos con conocimientos previos.

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La caída de La Habana en 1762 y la cesión de Florida a Inglaterra en 1763 volvió la defensa militar una empresa capital en la agenda de la Corona. Así, habiendo transcurrido 46 años de haberse descartado el primer proyecto, el virrey marqués de Croix volvería a pensar en construir una fábrica de artillería próxima al golfo de México, para auxiliar al Caribe y defender a la Nueva España de la gran invasión terrestre que se pensaba inminente.

El virrey dio la orden en 1768 al gobernador de Veracruz Félix de Terras, para prestar toda su ayuda al fundidor español Francisco de Ortúzar, a fin de que reconociera el sitio adecuado para el nuevo proyecto de maestranza en las inmediaciones del puerto de Veracruz. Tras recorrer 25 leguas alrededor de esta población, acompañado del capitán de artillería peninsular Andrés Sanz, siguieron hacia el camino de Jalapa sin examinar Orizaba y determinaron que el lugar idóneo era un sitio llamado Molino de Villa a dos leguas del Camino Real de Perote y 30 de Veracruz. Pero no se llegó a una resolución definitiva, pues sólo se les había designado para reconocer la zona.

En una nueva expedición ordenada por el virrey Antonio de Bucareli en septiembre 1776, Ortúzar, esta vez con el español Diego Ponce, di- rector de las obras de construcción de la nueva fortaleza de San Carlos en Perote, ratificaron la locación anterior. El dilema era entonces saber si se trataba de hacer una maestranza temporal o permanente. Se pensó que, de ser provisional, con situarse en Molino de Villa hubiera bastado para el traslado de las piezas de artillería. Sin embargo, en caso de ser permanente, el terreno sinuoso obligaba a trazar dos caminos, de entrada y salida, así como una vía fluvial para dar mayor facilidad al traslado de cañones al puerto de Veracruz.

 

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

CHRISTEN JÖRGENSEN et al., Técnicas bélicas del mundo moderno, 1500-1763. Equipamiento, técnicas y tácticas de combate, Madrid, Libsa,

2007. JUAN ORTIZ ESCAMILLA, El teatro de la guerra. Veracruz: 1750-1825, Xalapa, Universidad Veracruzana/Universitat Jaume I, 2010.

EULALIA RIBERA CARBÓ. Herencia colonial y mo- dernidad burguesa en un espacio urbano. El caso de Orizaba en el siglo XIX, México, Instituto Mora, 2002.

GUILLERMINA DEL VALLE PAVÓN, “Ocupación y especialización en la villa de Orizaba en 1791” en CARLOS CONTRERAS CRUZ y CARMEN BLÁZQUEZ DOMÍNGUEZ (coords.), De costas y valles. Ciudades de la provincia mexicana a finales de la colonia, México, Instituto Mora- Universidad Veracruzana-Conacyt-BUAP, 2003.

“Museo de la Real Fábrica de Artillería” en http://www.youtube.com/watch?v=t21ECDfVA4c&feature=related

 

 

La diputaciA?n novohispana en las Cortes de Madrid

Carlos Cruzado Campos
UNAM

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 14.

SesiA?n de apertura de las cortes, 1820 (Museo Municipal de Madrid) (640x456)

Las modernas Cortes espaAi??olas, lugar para la representaciA?n polAi??tica surgido a partir de la invasiA?n napoleA?nica, tuvieron dosAi??momentos histA?ricos en relaciA?n con la Nueva EspaAi??a: las Cortes reunidas en CA?diz entre 1810- 1814, que promulgaron la ConstituciA?n de 1812,Ai??y las Cortes del trienio liberal reunidas en Madrid de 1820 a 1823, tras el golpe militar que Rafael de Riego, el hAi??roe del liberalismo espaAi??ol, asestara a la monarquAi??a absoluta de Fernando VII para restablecer el orden constitucional gaditano, que habAi??a sido cancelado en 1814 cuando iniciA? elllamado sexenio absolutista. Los historiadores mexicanos han concedido poco espacio a los diputados novohispanos en estas reuniones parlamentarias. En tAi??rminos generales se dice que hubo una representaciA?n escasa, tanto en nA?mero, como en lo relativo aAi??su participaciA?n polAi??tica. A travAi??s de estas lAi??neas, comprobaremos que estas afirmaciones merecen por lo menos un matiz distinto.

El proceso electoral

Para entender mejor la elecciA?n de los parlamentarios novohispanos conviene seAi??alar que el proceso se presentA? en lugares y fechas distintas. Los trabajos de las Cortes arrancaron en el mes de julio de 1820; de igual forma que habAi??a pasado con las Cortes gaditanas de 1810, para que las provincias de Ultramar no se quedaran sin representaciA?n mientras hacAi??an su arribo los diputados propietarios, el dAi??a 29 de mayo se llevA? a cabo en Madrid una primera elecciA?n de 30 diputados suplentes. Por la Nueva EspaAi??a fueron electos JosAi?? Mariano Michelena, JosAi?? Miguel Ramos Arizpe, Juan de Dios CaAi??edo, JosAi?? MarAi??a Couto, Francisco Fagoaga, JosAi?? MarAi??a Montoya y Manuel CortA?zar, personajes que en ese momento radicaban en la penAi??nsula y quienes participaron desde el inicio en las sesiones del congreso.

La otra parte del proceso electoral, un complejo mecanismo que dividAi??a la elecciA?n en tres niveles: parroquia, partido y provincia, se celebrA? desde los primeros dAi??as de junio en todo el territorio de la Nueva EspaAi??a. De acuerdo con la ConstituciA?n de CA?diz, habrAi??a un diputado en cada provincia por cada 70,000 almas, es decir, aquellas personas en cuyo linaje no hubiera sangre africana. El primer lugar donde se verificA? la elecciA?n fue YucatA?n; en el mes de agosto se eligieron los primeros nueve diputados. SA?lo asistirAi??an cuatro, entre ellos estaba Lorenzo de Zavala, quien antes de salir con rumbo a EspaAi??a habAi??a pasado algunas horas en prisiA?n, debido a sus conflictos con el comandante militar de YucatA?n.

Unos dAi??as despuAi??s en Guadalajara, fueron electos seis representantes, todos eclesiA?sticos, y todos partAi??cipes en las Cortes. En Zacatecas, de los tres electos sA?lo hizo el viaje Bernardo del Castillo, dos prominentes abogados no integraron la asamblea: Juan JosAi?? Flores Alatorre y Pedro VAi??lez, quien ocuparAi??a por algunas semanas el Ejecutivo de MAi??xico durante 1829.

En las Provincias Internas de Occidente, huboAi??tres juntas electorales. Una defifiniA? a los diputados por Sonora y Sinaloa ya en el mes de noviembre; de ellos solo asistiA? JosAi?? QuirA?s y MillA?n. Durango y Chihuahua eligieron dos representantes, aunque ninguno participA? en las Cortes. Fue el mismo caso del lejano reino de Nuevo MAi??xico, donde desde septiembre se eligiA? a Pedro Bautista Pino, quien estuvo en las Cortes de CA?diz, pero al final decidiA? no volver a EspaAi??a.

En las lejanas y poco pobladas Provincias Internas de Oriente, formadas por Nuevo LeA?n, Nuevo Santander, Coahuila y Texas, la elecciA?n se llevA? a cabo en el mes de octubre de 1820; en Monterrey, los representantes electos fueron Juan Bautista ValdAi??s, eclesiA?stico, y el militar Felipe de la Garza, quien no hizo el viaje; aAi??os mA?s tarde tendrAi??a intervenciA?n directa en el fusilamiento de AgustAi??n de Iturbide.

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La jura de “El Deseado”, A?ltimo rey de la Nueva EspaAi??a

Regina HernA?ndez Franyuti -Ai??Instituto Mora

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 3.

El pendA?n

Hace 200 aAi??os la Ciudad de MAi??xico tenAi??a mA?s de cien mil habitantes. Era una ciudad que aA?n se debatAi??a entre la importancia de su capitalidad y su provincialismo. Su espacio urbano habAi??a roto los lAi??mites de la excluyente traza espaAi??ola y se extendAi??a por el poniente mA?s allA? de los muros de los conventos de Santa Isabel y San Francisco hasta el convento de San Fernando y el Paseo de Bucareli, por el sur del convento de San JerA?nimo hasta San Antonio Abad, por el oriente de la iglesia de la SantAi??sima hasta los pA?ramos de San LA?zaro y por el norte del convento de Santo Domingo hasta mA?s allA? del barrio de Tepito. El espacio urbano habAi??a arremetido contra las tierras de las parcialidades y de los cuatro barrios indAi??genas que, como un cinturA?n, apretaban y ahogaban el crecimiento de la ciudad.

Sus calles manifestaban la contraposiciA?n de lo cerrado, tortuoso, con lo abierto, recto y uniforme. Obscuras, sucias, la mayorAi??a sin banquetas ni empedrados, eran las venas que daban vida a una ciudad que despertaba con el toque de las campanas y se sumergAi??a durante el dAi??a en el bullicio que hacAi??an los vendedores ambulantes quienes, a voz en cuello, anunciaban toda clase de mercancAi??as. Por las calles andaban los vaqueros que arriaban las vacas para la venta de leche, los aguadores que iban de casa en casa proveyendo el tan necesitado lAi??quido, los sacerdotes llevando el viA?tico a los enfermos y moribundos, los mendigos que pululaban por las plazas y se sentaban en las puertas de las iglesias, los estudiantes, los dependientes, los sirvientes y lacayos, las seAi??oras y seAi??oritas con traje de raso, de seda y mantilla espaAi??ola y que concurrAi??an a los mercados de El PariA?n y de El Volador. En 1803 Humboldt quedA? maravillado con el colorido de la capital, admirA? el mosaico de personas que hacAi??an su dAi??a a dAi??a, marcado por el toque de las campanas que anunciaban el A?ngelus, las VAi??speras, el Rosario y las misas.

el Virrey Iturrigaray y su familia

La Ciudad de MAi??xico permanecAi??a ajena a los hechos que se sucedAi??an en Europa y en EspaAi??a en particular. NapoleA?n Bonaparte iniciaba el siglo XIX dispuesto a dominar todo el Viejo Continente con su grande armAi??e. Gran BretaAi??a se oponAi??a, pero en 1802 llegA? a un arreglo de paz con ella. Dos aAi??os despuAi??s era proclamado emperador de Francia y volvAi??a a la guerra contra los ingleses. EspaAi??a, gobernada por el rey Carlos IV bajo la influencia del primer ministro Manuel Godoy, conocido como PrAi??ncipe de La Paz e ai???Ai??ntimoai??? de la reina MarAi??a Luisa, tuvo que aliarse a la polAi??tica francesa y la secuela fue la destrucciA?n de su marina en la trA?gica batalla de Trafalgar. Sometido a los intereses de NapoleA?n, Godoy firmA? el tratado secreto de Fontainebleau, por el cual se permitAi??a que los ejAi??rcitos franceses cruzaran el territorio espaAi??ol rumbo a Portugal. Sin cumplir el arreglo, NapoleA?n ocupA? EspaAi??a. Esto, junto con el descontento general hacia el primer ministro por su gobierno lleno de corruptelas y desigualdades, indignaron a la poblaciA?n espaAi??ola: el rey al igual que Godoy eran vistos como los causantes de la miseria pA?blica y de la situaciA?n ignominiosa de la monarquAi??a.

Virrey Iturrigaray, A?leo sobre lienzo de autor desconocido, 1805, Museo Nacional de Historia.

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