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México y la Guerra Civil estadounidense

Gerardo Gurza – Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Tropas de la UniA?n

El 12 de abril de 2011 se cumplieron 150 años del bombardeo al fuerte Sumter en la bahía de Charleston, Carolina del Sur, acontecimiento que marca el inicio de la Guerra Civil en Estados Unidos (1861-1865). El choque armado entre el Norte libre y el Sur esclavista cobraría las vidas de más de 600 mil soldados, incontables civiles, y llevaría a la antes próspera y estable república al borde del derrumbe. La guerra representa un auténtico hito en la historia estadounidense, una línea que marca un antes y un después en el siglo XIX, e incluso en la totalidad de su vida como nación. La victoria del Norte tuvo como consecuencia la abolición de la esclavitud (emancipando a cuatro millones de hombres, mujeres y niños sujetos a servidumbre involuntaria); provocó cambios sociales y económicos de alcances revolucionarios, y estableció de manera más firme la supremacía del poder federal sobre el de los estados.

Abraham Lincoln

Abraham Lincoln

Anotar las consecuencias más notables de la guerra, aun de manera resumida, sería materia de un volumen muy grueso. Aquí intentaremos simplemente una exploración muy breve de los efectos que la Guerra Civil (también llamada Guerra de Secesión) tuvo en el vecino del sur. En México, Tropas de la Unión. la conmemoración de esos 150 años nos invita a reflexionar y preguntarnos: ¿qué significó para nuestro país la victoria del Norte, el restablecimiento de la Unión y el fin de la esclavitud?

Quizás el efecto más evidente fue la presión que ejerció el gobierno victorioso de la Unión para apresurar la retirada francesa de nuestro país en 1866-67. Es cierto que para 1866, después de más de cuatro años de iniciada la intervención, Napoleón III se encontraba ya decepcionado de los resultados de su proyecto mexicano, y que ni el tesoro francés, ni la creciente oposición política, hubieran soportado mucho tiempo más el gasto de dinero y vidas francesas para sostener a Maximiliano. Sin embargo, no puede dudarse que Napoleón tuvo que acelerar el regreso de sus soldados una vez que Estados Unidos superó su crisis doméstica y pudo nuevamente mirar con atención hacia el exterior. Por obvias razones, a lo largo del conflicto interno el gobierno estadounidense mantuvo una actitud completamente pasiva con respecto a la intervención francesa. La única manifestación clara de su repudio al experimento imperial fue su negativa a otorgar el reconocimiento oficial al gobierno de Maximiliano y su insistencia en considerar al de Juárez como el legal y legítimamente constituido. Al final de la guerra, Washington mantuvo una postura cautelosa (demasiado cautelosa para el gusto de militares como Ulysses Grant, quien creía que aplacada la rebelión sudista el ejército debía enviarse a desalojar a los franceses de territorio mexicano), pero empezó a insistir en la necesidad de que las tropas galas abandonaran el territorio mexicano. Si el gobierno de Maximiliano no era una imposición al pueblo mexicano, sino una expresión legítima de la voluntad de las mayorías, como habían sostenido hasta el cansancio los diplomáticos franceses, entonces había llegado el momento de que las bayonetas europeas dejaran de apoyar al régimen imperial y se embarcaran de regreso. Más aún, William Seward, el secretario de Estado, instruyó a su ministro en París para que señalara a sus anfitriones que Washington no podría continuar ignorando por mucho tiempo la presión de la opinión pública, y que tarde o temprano tendría que tomar medidas más decisivas encaminadas a provocar la retirada francesa.

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¿Hubieran sido diferentes las cosas si la Confederación sudista hubiese mantenido su independencia? Es imposible saberlo con certeza, pero es ilustrativo tener en cuenta que, por una parte, Maximiliano declaró varias veces su convicción de que el futuro de su gobierno dependía del éxito de la lucha confederada, y, por la otra, que los dirigentes de la Confederación hicieron intentos reiterados de lograr una alianza con los franceses, apoyándose siempre en el argumento de que Francia jamás podría consolidar su satélite mexicano si la Unión era restablecida. En este sentido, los sudistas ofrecían olvidarse para siempre de la famosa doctrina Monroe (la cual postulaba que América era un continente vedado a nuevas aventuras colonialistas europeas) a cambio de que se les reconociese como nación independiente. Por lo tanto, es posible aventurar la conjetura de que el imperio hubiese tenido al menos un poco más de vida de haberse producido una victoria confederada en la guerra. Todo esto, por otra parte, debe sopesarse también con la certeza de que, para empezar, la intervención francesa en México seguramente no se hubiera llevado a cabo sin el estallido de la Guerra Civil, de modo que es posible ver el choque entre el Norte y el Sur como una circunstancia que posibilitó la intervención y que, una vez consumado, también contribuyó a su terminación. Este es quizás el ejemplo más claro de que existen episodios de la historia de México que simplemente no se entienden sin saber lo que estaba ocurriendo en Estados Unidos.

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TESTIMONIO DE UN JAPONÉS RADICADO EN MÉXICO DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL / TEIJI SEKIGUCHI

Teiji Sekiguchi

Testimonio de un japonés radicado en México durante la Segunda Guerra Mundial

 

Cuando el presidente Manuel Ávila Camacho supo, en el curso del día 7 de diciembre de 1941, que aviones del Imperio japonés habían a atacado a las 7.55 a.m. la la flota de Estados Unidos anclada en Pearl Harbor y, posiblemente, bombardeado Manila, no debió dudar sobre el camino que iba a seguir. Le obligaban los pactos de cooperación hemisférica y de defensa de la costa del Pacífico firmados meses antes con el gobierno de Estados Unidos y que facultaban a la fuerza aérea de este país a servirse de nuestros aeropuertos para el aterrizaje y el servicio de las unidades en tránsito a otros puntos, a transmitir a Washington los datos que se recabaran sobre los agentes y ciudadanos del Eje Berlín-Roma-Tokio y a no vender materiales estratégicos a países no americanos.

Para calmar el temor del vecino del norte a que Japón empleara territorio mexicano para atacarlo, directamente o a través de sus súbditos, para asegurar la paz interna mediante la vigilancia de una !quinta columna” y para cumplir con los acuerdos panamericanos, a administración de Ávila Camacho condenó el proceder de Japón, con el cual de inmediato rompió relaciones. Poco después tomó medidas que afectaron severamente la vida y los bienes de los inmigrantes japoneses. Ordenó a los que residían en el norte y en las costas del país que se concentraran en Celaya, Guadalajara y el Distrito Federal, embargó sus propiedades, congeló sus cuentas bancarias y suspendió sus garantías individuales. Dejó de otorgarles cartas de naturalización y revocó las otorgadas los dos años anteriores. Hizo todo esto antes aun de que declarara la guerra a las potencias del Eje el 22 de mayo de 1942.

¿Cuántas personas padecieron estas medidas? Sin restar el dolor, las pérdidas y las penas que sufrieron, se calcula que fueron unos 6,000. Y es que la colonia nipona, surgida a fines del siglo XIX, era pequeña, humilde y dispersa. A partir de la firma del Tratado de Comercio y Navegación con el Imperio Japonés en 1924, México pudo regular y medir el número de entradas al país, ya que se requirió a quienes llegaran con intención de quedarse que tuvieran la invitación de un connacional aquí radicado. Así, entre los 2,183 japoneses que se contaron hasta 1932 se hallaba Teiji Sekiguchi, autor del testimonio que, gracias a la generosidad de sus hijos, Concepción y Jorge, reproducimos enseguida, y que se publicó por primera vez en su país de origen en 1993. Nos relata en él sus primeros años en la que acabó por ser su segunda patria y moriría. Años en los que con trabajo y empeño inició un sólido negocio de ferretería, vinculado siempre en forma estrecha a sus compatriotas. Nos relata también los tiempos difíciles que vivieron los nikkei (inmigrantes de origen japonés y sus descendientes) en vísperas y durante la segunda guerra mundial. Tiempos difíciles en los que, como si fuera poco, hubieron sin duda de sobrevivir en una sociedad tradicional y católica, en parte discriminadora y racista, como era y es aún la sociedad mexicana.

A pesar su número escaso, los nikkei se organizaron y ayudaron uno a otro ante el impacto de sucesos lejanos, de los que no eran responsables, pero que no los dejaron escapar. Se formó el Comité de Ayuda Mutua Kyoeikai, dirigido por tres de los más reconocidos por su alcance político y económico, el cual albergó en el edificio que rentó en la colonia Santa María la Ribera a quienes habían sido reubicados y comenzaban a presentarse en la capital, luego de malbaratar sus bienes y deshacer sus hogares en unos cuantos días. Vistos como “prisioneros de guerra” y sin dinero hasta para comer, su traslado se realizó, muchas veces, en condiciones infrahumanas.

A quienes llegaron con algún recurso, se les permitió instalarse en departamentos o casas de renta módica, por lo general situados en barrios pobres como eran entonces la colonia Obrera y la Jardín Balbuena. La mayoría llegó al edificio de la Santa María, que pronto se volvió insuficiente. El Sr. Sanshiro Matsumoto, dueño de un importante negocio de jardinería y floricultura, puso entonces a su disposición la Hacienda Batán, de su propiedad, cerca del pueblo de San Jerónimo dice, al sur de la ciudad de México.

Sin embargo, la Hacienda Batán llegó también al límite y con rapidez; así, un informe de la secretaría de Gobernación da cuenta a mediados de 1942 de que era habitada por 569 personas, que dormían sobre colchones y sin otra cosa que comer que lo que les podían llevar sus connacionales más afortunados. El Comité de Ayuda Mutua propuso entonces la compra de una propiedad rural, para lo que primero hubo de obtenerse el permiso gubernamental. Lo facilitó la amistad de Matsumoto y Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente y poderoso secretario de Comunicaciones y Obras Públicas.

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La ópera en México del siglo XIX al siglo XXI

Ingrid S. Bivián
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Vestido de A?pera

Estimado público, esta es la tercera llamada, tercera llamada. ¡Comenzamos! Un silencio se apodera del teatro. La orquesta comienza a tocar y el telón se abre para mostrar el soberbio escenario. Ante nosotros aparecen los protagonistas de esta historia que hoy en día seguimos escribiendo.

Adelina PattiPrimer acto

La acción se sitúa en los albores del México independiente, cuando en la ciudad de México son estrenadas una tras otra las A?peras de Rossini. Un público de clase media y alta se aficiona al divino arte y tararea divertido la obertura del Barbero de Sevilla. Es tal el éxito del tenor español Manuel GarcAía (1827-1828), que lo seguirán los más brillantes cantantes del siglo, y otros muchos no tan famosos. Los aficionados aplauden hasta el delirio a Henriette Sontag (1854), Enrico Tamberlick (1871) y Adelina Patti (1887), mientras que los poetas les dedican odas enteras. Mención especial merece Ángela Peralta (1845-1883), el Ruiseñor mexicano, la primera cantatriz que muestra al mundo que su país también sabe cantar A?pera.Adelaide Ristori

El gusto nacional se inclina por la A?pera italiana. Los aficionados escuchan, durante largas temporadas, ya sea en el Gran Teatro Nacional, el Principal, el Arbeu o el Coliseo Viejo, las grandes obras de Rossini, Bellini, Donizetti y Verdi, pero también las de Mozart, Offenbach y Wagner. Y la ópera no se oye sólo en la capital. Los habitantes de Querétaro, Jalisco, Guanajuato, Sinaloa y otros estados asisten a teatros recién estrenados para disfrutar de Lucía de Lammermoor o Aída.

Los compositores mexicanos también se hacen presentes en los escenarios: Melesio Morales, Cenobio Paniagua, Miguel Meneses y Aniceto Ortega son los principales; en algunos casos, Jenny Lind en La Sonnambulaenfrentan grandes dificultades, pues público y empresarios, en su mayoría, carecen de interés por las obras nacionales. Fue el caso de Morales, con Ildegonda.

Hay ópera en el teatro, la tertulia, los domingos en la Alameda, la clase de música, la literatura, los periódicos y revistas. El público ríe, llora, sufre y maldice junto con los cantantes; y, aunque a veces se niegue a asistir al teatro, las compañías de ópera no dejan de ofrecer estrenos cada vez con mayor presteza, pues la escena mexicana era entonces una de las más importantes del continente.

Se acerca el final de siglo, nuestros cantantes, teatros, compositores y aficionados se despiden.

Poster Turandot, 1926, Mushii

Segundo acto

Comenzamos el siglo XX y… ¿y el teatro?, ¿qué fue del Gran Teatro Nacional (1844-1901)? Don Porfirio Díaz tuvo por buena la idea de deshacerse de él, no importando que aún no estuviera listo el Palacio de Bellas Artes (1934). Pero el que es buen gallo, donde quiera canta, y la ópera sigue presentándose en el Arbeu, el Esperanza Iris, el Circo Teatro Orrín y, cuando la ocasión lo amerita, el mismo Toreo (Caruso, 1919). Los mexicanos siguen yendo a la A?pera a deleitarse con las voces de sopranos, tenores, barítonos y contraltos. Se interpretan notas distintas: de Puccini, Massenet, Leoncavallo y Tchaikovsky. Es el tiempo de Madame Butterfly y hay óperas mexicanas como Atzimba (Ricardo Castro).

Llegan los años treinta y transcurren hasta los setenta. El mundo cambia con rapidez; las nuevas tecnologías (cine, radio y televisión) se convierten en sinónimo de entretenimiento. Si las tempo- radas de ópera de principios de siglo no se comparaban en cantidad con las del XIX, éstas menos. No obstante, las grandes figuras del arte lírico siguen visitándonos: la Callas (1950) y, más tarde, Plácido Domingo, a la fecha de aparición constante.

Manuel Garcia as Otello in Paris from Gallica, c. 1821 (532x640)

Los músicos mexicanos siguen componiendo óperas. Carlos Jiménez Mabarak, Luis Sandi, Alicia Urreta y Daniel Catán, por referir algunos, contribuyen a formar todo un corpus de ópera nacional. A fines de siglo, la A?pera parece recuperar popularidad entre círculos más amplios de la sociedad.

Opera_ViennaTercer acto

El siglo XXI inicia con atisbos de progreso. Los medios de comunicación no dejan de revolucionar la relación entre la ópera y el público: cualquiera que cuente con una computadora y tenga acceso a internet puede disfrutar de A?peras completas sin salir de casa. Y quién iba a pensar que se podía dedicar un fin de semana para ir al Auditorio Nacional a escuchar las representaciones del Metropolitan de Nueva York. Sin duda alguna, México tiene interés por la ópera; lo prueba el éxito del reality show Ópera prima y los llenos en el Auditorio, Bellas Artes y el Esperanza Iris.

El siglo adelanta con la esperanza de que el divino arte siga siendo revalorado en nuestro país y cause el mismo embeleso que a nuestros abuelos, para que su historia no termine en tragedia.

Cae el telón.

Una mirada a la Plaza Mayor de México en el siglo XVIII

Blanca Azalia Rosas B.
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

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Es posible que no exista mejor manera de saber cómo era la vida cotidiana en la ciudad de México en el periodo colonial que acercándose a La Plaza Mayor de México en el siglo XVIII, pintura anónima al A?leo sobre tela, de gran formato (2.66 x 2.12 m.), que se encuentra resguardada por el Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec.

Esta obra singular se ha fechado en 1768, debido a que la escena representada es similar a la descripción de la salida en público del virrey Marqués de Croix, relatada en la crónica de Manuel de San Vicente, Exacta descripción de la Magnófica Corte Mexicana, Cabeza del Nuevo Americano Mundo, Significada por sus essenciales partes, para el bastante conocimiento de su Grandeza. A pesar de que estudios posteriores ubican la elaboración de la pintura en la primera mitad del siglo XVIII, con base en detalles como los de la indumentaria de los personajes representados, Lo más probable es que haya sido elaborada entre 1757 y 1768, entre los gobiernos de los virreyes marqueses De las Amarillas (1755-1760) y De Croix (1766- 1771), debido a la presencia de elementos como a acequia, techada entre 1753 y 1754, y los cajones de San José, construidos en 1757. También destaca la columna de Fernando VI, obsequiada a la ciudad de México por el mismo rey en 1747, que por su ubicación protagónica en el centro de la composición, al margen de la población y con el resguardo de la milicia, sugieren que el A?leo pudo estar dedicado a ese monarca, aunque fuera en los años inmediatos a su muerte en 1759.

Podemos identificar el tema de la pintura como una vista urbana con escenas costumbristas. Se trata de la Plaza Mayor de la ciudad de México, observada de oriente a poniente. Debió pintarse desde el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional, pues en la parte inferior, a manera de marco, se distingue el almenado de este edificio.

Hay que recordar la importancia de las plazas mayores. Eran, dentro de las ciudades, el espacio público por excelencia, el sitio donde se llevaban a cabo las actividades cotidianas. Fueron por ello un elemento indispensable tanto en las ciudades americanas como en las europeas y se inspiraban en el urbanismo clásico. En el siglo XVIII la Plaza Mayor de la ciudad de México no sólo fue un centro de actividades comerciales, fiestas religiosas y civiles, impartición pública de justicia, sino también fue el lugar donde se reunía la sociedad novohispana para ponerse al tanto de los acontecimientos más recientes, de poca o mucha relevancia, las modas y las ideas en boga.

El ángulo imaginario en que se acomoda la escena representada nos permite una mayor visibilidad sobre toda la plaza, es decir, la perspectiva errónea y la falta de una escala adecuada en los edificios nos deja apreciar con mayor detalle un espacio más amplio de la Plaza Mayor. No quiere decir que el pintor de la obra careciera de conocimientos compositivos, ni que su estilo pictórico fuera ingenuo, sino que pudo valerse de un recurso visual para alcanzar una mirada más completa sin el estorbo de los edificios circundantes.

Una lectura de la imagen, contraria al correr de las manecillas del reloj, parece iniciarse con el traslado del virrey y su comitiva del Palacio a la Catedral. En la composición, el recorrido parece prolongarse para rodear la Plaza Mayor, pasando primero entre el Portal de Mercaderes y el Parián, representantes de los comerciantes más ricos del reino y lugar de abasto de las clases más acomodadas y las provincias del interior. En seguida, al costado izquierdo de la pintura, la calle de la Acequia pasa frente a las casas de Cabildo, donde ejercían sus funciones los miembros del ayuntamiento de la ciudad, importante grupo de poder local, a la par del virrey, las audiencias y la Iglesia.

Por último, como resultado de la barrera de los numerosos espectadores del evento oficial, el camino, así como la base del aparato social jerárquico, desemboca en los puestos y las mesillas que componen el Mercado de Bastimentos y el Baratillo chico, sitios de reunión y abasto del grueso de la población de escasos recursos. Este último aspecto queda unido y sometido al poder del rey en la Columna de Fernando VI, al centro de la composición, la cual resulta indispensable para la ceremonia de afianzamiento de poder que preside el virrey.

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Formar lectores Una labor cotidiana

Hilda Saucedo López
FFyL, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12. 

Carl Spitzweg

Los mexicanos, se dice, leemos en promedio medio libro al año. Este dato incierto dibuja una realidad preocupante pero de ninguna manera definitiva, estoy segura de que puede y debe cambiarse. Pero, ¿cómo desarrollar un interés verdadero por la lectura?, ¿cómo fomentar el gusto por leer?, ¿cómo propiciar un encuentro entre la literatura y aquellos quienes no tienen ni el hábito adquirido en su formación académica ni pertenecen a una tradición de lectores?, un encuentro que emule el de la chispa y la yesca.

Leer, cuando se realiza por gusto, es el acceso a realidades diversas, a universos posibles o probables, es también la fuente nutricia donde abrevamos ideas con las que podemos coincidir o discrepar al comparar con las propias. Y si leer nos lleva a reflexionar es claro que nos ofrece la posibilidad de ser cada vez mejores como personas y también ser capaces de acceder a un mejor nivel de vida.

Finalmente, estamos sembrando en la tierra más fértil escuchó un día y me propuse probar que era cierto. Trabajaba entonces en un poblado al cual, de ranchos esparcidos en la árida serranía, llegaban cada mañana a la casa ejidal acondicionada para utilizarse como escuela, algunos niños y niñas, yo atendía al primer año. Todos tenían responsabilidades sin fin dentro de sus familias y ninguno podía leer un renglón completo (nunca habían leído en voz alta), uno que iba de un rancho particularmente lejano ni siquiera conocía todas las letras.

Los alumnos y yo debíamos cumplir con un programa muy extenso, una cantidad increíble de páginas por leer y comprender y ejercicios por realizar en cuarenta minutos, luego de la emisión del tema televisado de 20 minutos. Una misión casi imposible.

La meta era el aprendizaje de los temas, pero antes era indispensable que aprendieran a leer, y para ello los chicos necesitaban conocer todas las letras y su sonido, leer las frases, las oraciones, los párrafos y entender el contenido, explicarse los conceptos y finalmente tomarle gusto a la lectura. Todo mientras el año lectivo iba ya caminando.

Ese primer día de clase, luego de la sorpresa, realicé un diagnóstico individual: cada alumno leyó en voz alta uno o dos renglones de su libro de texto con la solemnidad que el caso ameritaba. Prohibó realizar ruidos que denotaran la más leve burla. Al intentar leer, a unos les lloraron los ojos por el esfuerzo, otros lloraron ante su incapacidad.

Necesitaba una idea eficaz y veloz. ¿Cómo combinar disciplina, constancia, placer, curiosidad, esparcimiento, con equidad y honestidad para no ahuyentarlos o fracturar al grupo?

Enumeré unos cuantos puntos de disciplina no sólo para los alumnos, también para mí: jamás, por ningún motivo habría una burla ni un regaño por un logro no alcanzado, las llamadas de atención se circunscribirían a la disciplina y el respeto, quedó proscrita cualquier exclamación que denotara la percepción de un fracaso, aunque este fuera real e inminente. El respeto es necesario, la aceptación de las deficiencias todavía más.

Dado que en los planes de estudio no figuraba un tiempo específico para la lectura, la actividad tendría carácter extracurricular, sin calificación, su inserción entre las horas de clase obedecería a la posibilidad de dejar libres unos minutos.

La tarea comenzó ese mismo día. En los lapsos entre una clase televisada y otra leían a coro en el libro de texto de la clase recién vista intentando hacerlo de manera simultánea. No lo consiguieron.

Feria Internacional del Libro Universitario

En los días siguientes la lectura en coro siguió siendo la actividad básica. Al iniciar cada materia los conceptos se leían en coro y voz alta. Con el paso de los días adquirieron soltura pero, sin comprensión, no era útil.

Unas semanas más adelante la lectura en coro durante la clase de español se realizaba despacio y atendiendo a un suave golpe en el escritorio con el que yo marcaba las pausas, todas: las de comas, dos puntos, punto y seguido, punto y aparte, y punto final iguales. Cuando ya eran capaces de detenerse sincronizadamente, vino el ejercicio de la entonación que distinguía a cada una de ellas, una vez aprendida se aceleró el ritmo de la lectura. Pues como lo enseña Mijail Bajtíon, teórico y crítico literario de origen ruso, quien realizó estudios de la obra de Dostoievski, la entonación (por supuesto) le da sentido al texto.

Feria del libro Oaxaca 2010

Fue en esta etapa en la que uno a uno, empezaron a comprender el contenido de los textos. Algo cambiaba en su interior al descubrir que el texto realmente “les decía” algo, la expresión de alegría y sorpresa en sus rostros, semejante a la apertura de la corola de una flor, se repitió sin excepción en cada chico.

Durante unos pocos días se siguió con la lectura en coro. Las participaciones para explicar o preguntar entre ellos eran tímidas, sin embargo, adquirieron seguridad para completar, corregir o refutar lo escuchado. Era evidente el inicio del proceso de construcción de significados a partir de la lectura.

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La batalla de Cerro Gordo (1847)

Faustino A. Aquino Sánchez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Bandera de las tropas mexicanas en Cerro Gordo

La guerra entre México y Estados Unidos, y la derrota final del primero han sido interpretadas como el resultado lógico de la vecindad entre una potencia en expansión y un país atrasado e inmerso en el caos político. Sin embargo, desde el punto de vista mexicano, se han subrayado al mismo tiempo varios hechos y aspectos del conflicto que desconciertan, decepcionan e inquietan porque, en cada batalla, la victoria estuvo casi siempre al alcance de la mano. Y es que los ejércitos estadunidenses que invadieron el territorio nacional por el norte y el oriente fueron de tamaño reducido (nunca pasaron de 10,000 soldados), lo cual los obligó a combatir en inferioridad numérica y al borde del desastre para ser salvados en el momento decisivo por alguna desgracia o algún error en el lado mexicano.

Así, en Monterrey, el general Pedro Ampudia entregó la plaza en el momento en que, agotados al extremo, los invasores estaban a punto de emprender la retirada; en La Angostura, el general Antonio López de Santa Anna decidió abandonar el campo de batalla aduciendo el agotamiento de los soldados y una acuciante carencia de víveres (razones que fueron cuestionadas por testigos presenciales) cuando tenía el triunfo en las manos; en Veracruz, los comandantes de la guarnición entregaron la plaza cuando estaba a punto de ser auxiliada por un ejército de 14,000 hombres; en Cerro Gordo, como veremos, el general Santa Anna hizo una mala elección del campo de batalla; en Padierna, los generales Santa Anna y Valencia pudieron infringir al invasor una derrota decisiva pero no fueron capaces de coordinar esfuerzos; en Molino del Rey el general Juan Álvarez lanzó de manera deficiente una carga de caballería que pudo terminar en victoria y en Chapultepec y las garitas de la ciudad de México el general Santa Anna dejó en reserva a por lo menos 9,000 soldados mientras con tan sólo 2,000 enfrentaba el ataque de 7,000 estadunidenses.

Ante tal muestra de ineptitud militar, el público lector ha juzgado siempre que hubo traición en el bando mexicano, específicamente por parte del general Santa Anna. Los historiadores, por su parte, se han dividido entre quienes apoyan el juicio popular, quienes defienden a Santa Anna con base en que las pruebas que existen de una traición (documentos sobre las relaciones secretas entre Santa Anna y James K. Polk, el presidente de Estados Unidos, publicados por historiadores de este país después de la guerra) son insuficientes y quienes optan por reservar su juicio a la aparición de evidencias nuevas y definitivas.

Investigaciones recientes nos permiten afirmar que el juicio popular fue siempre certero: el general Santa Anna propició la derrota mexicana en todas las batallas que dirigió con el objeto de permitir el avance del ejército invasor hacia la capital de la Reública y asAí obligar al Congreso a sancionar un tratado de paz que entregara a Estados Unidos los territorios del norte (California, Nuevo México y la franja texana comprendida entre los ríos Bravo y Nueces), a cambio de apoyo, primero para eliminar al partido monárquico de Lucas Alamán y Mariano Paredes y Arrillaga, y después para imponer una dictadura.

La batalla de Cerro Gordo es un ejemplo de lo anterior; el objetivo que se trazó el caudillo jalapeño al regalar al invasor una nueva victoria fue el de quebrantar el espíritu de resistencia que trataba de suscitar entre la población, hacia marzo-abril de 1847, el presidente Pedro MarAía Anaya, cuyo gobierno procedía de la alianza entre la rama moderada del partido liberal y el general Santa Anna y sus partidarios.

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Cuba libre, México soberano

Elsa V. Aguilar Casas
INEHRM-UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Vista de la Habana, siglo XIX, E. Leplante (detalle)

Mientras que potencias como Gran Bretaña y Francia se demoraron en fijar su posición con respecto a la Independencia de México, en 1830 el diplomático mexicano Manuel Eduardo de Gorostiza escribió un folleto titulado An Englishman, Cuba or the policy of England. Mexico and Spain with regard to that island, que se difundió en español como Cuba o la política de Inglaterra, México y España con respecto a la isla. Esa publicación formó parte del plan ideado por dicho personaje para obligar a aquellos gobiernos a manifestarse con respecto a la presencia de fuerzas españolas en Cuba. Aquí la historia.

Al consumarse la Independencia en septiembre de 1821, México tuvo la tarea de consolidarla frente a las grandes potencias y de defenderse de una posible reconquista por parte de España, que no reconoció la recién alcanzada libertad de la Nueva España. Cuba adquirió entonces una importancia fundamental: Para decirlo de manera muy general y breve, la situación geográfica de la conocida como Perla del Caribe la convertía en la base de operaciones militares de la metrópoli en el Nuevo Mundo desde la cual podía tanto proveerse de suministros como desplazarse con facilidad a las costas continentales. Era, de hecho, su única base en la región puesto que había perdido el resto de sus colonias americanas.

No sólo el gobierno mexicano estuvo muy atento a lo que allí sucedía, también las autoridades de Gran Bretaña y Estados Unidos observaban con particular atención los sucesos, pues el papel que la isla jugaba en la geopolítica del Nuevo Mundo les era de sumo interés. Desde 1823, el imperio británico comunicó al general Guadalupe Victoria su deseo de que la isla fuera libre y que en eso no tenía

más miras que el impedir que la ocupe una potencia extraña, dejando a [su] arbitrio [...] constituirse por sí misma o unirse a México.

Ya un año antes, el ministro estadunidense en España, John Forsyth, había advertido a su gobierno acerca de la posibilidad de que México y la Gran Colombia intentaran apoderarse de ella, ya que resultaba evidente que, por puro espíritu de conservación, ambos países lucharían por arrebatarla al reino español.

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Insurgentes de color quebrado

Dolores Ballesteros
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Insurgentes de color quebrado

En estos meses en los que se ha venido celebrando la Independencia de México, se han recuperado los acontecimientos en los que participaron distintos miembros de la sociedad del momento, desde los llamados héroes nacionales hasta la sociedad en su conjunto. Sin embargo, un grupo de novohispanos no ha sido tan mencionado pero también participó en esta lucha insurgente: la población de origen africano. Este grupo estaba formado por los africanos traídos como esclavos y sus descendientes, producto, muchos de ellos, de las mezclas con la población indígena y española. Así, se presentará brevemente su participación en la Independencia, la legislación que les afectó en este momento de transición política y el cambio en su representación del periodo virreinal al México independiente. En definitiva, se buscará recuperar brevemente su participación y presencia en este momento clave en la historia de México.

Con el estallido del movimiento insurgente, la población de origen africano, como el resto de los habitantes, tomó posiciones en el conflicto. Entre los detenidos acusados de haber participado en la causa insurgente entre 1810 y 1812 había 48 afronovohispanos, como señala el historiador Eric van Young. Se desempeñaban como trabajadores rurales, artesanos, pequeños comerciantes y arrieros y la mayoría fue condenado a trabajos forzados de 13 a 24 años y unos pocos a muerte (7%).

En los testimonios de la época se encuentran referencias a las actitudes que adoptaron hacia el movimiento insurgente. Por ejemplo, Manuel Ignacio HernA?ndez, cura de Tlapacoyan (Veracruz), declaraba que la causa insurgente recibía un apoyo considerable del pueblo de Nautla, en especial de los habitantes de origen africano que, según el religioso, guardaban cierto odio a la población blanca. Asimismo, en Papantla, unos 200 hombres de origen racial mixto apoyaban allí a los insurgentes, aunque sólo tenían armas 50 o 60. En Veracruz, los afronovohispanos defendieron las costas, camuflados en la vegetación del lugar de tal forma que las tropas realistas no se atrevían a avanzar.

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Surcar con luz y abonar con miradas: Filmando el campo mexicano

Abe Yillah Román Alvarado
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Desierto adentro, Rodrigo Pla

Si consideramos que los materiales fílmicos son documentos que revelan cómo se ha visto e interpretado un tema en diversos momentos y espacios socio-culturales, en el cine mexicano se advirtió durante varias décadas la intención de construir un imaginario social del agro desde la visión de las clases en el poder, las cuales veían con recelo y reserva las demandas de los de abajo. Por ello, desde sus inicios, la producción cinematográfica nacional ocultó con un halo romántico el anhelo agrícola social de la Revolución, que buscó un cambio completo en la tenencia de la tierra tanto como los esfuerzos de redistribuirla que se alcanzarían con la reforma agraria cardenista.

Tras la Revolución armada, se produjeron relatos rudimentarios con el campo como escenario (por ejemplo En la hacienda, de Ernesto Vollrath y El caporal, de Miguel Contreras), que inauguraron el ambiente idílico campirano y sus personajes arquetipo (campesinos heroicos, caciques malvados, indias sumisas, etcétera). Fueron antecedentes directos de célebres filmes posteriores. Así, dado que el campo era tan cercano y a la vez tan desconocido para las clases en el poder, se engrandecía la belleza del paisaje e idealizó la pureza y lealtad de los campesinos al instaurar en la pantalla grande argumentos dramáticos que evidenciaran el maltrato a los peones y defendieran la hacienda como una importante institución económico-social amenazada por la insensible y obstinada exigencia de hacer ejidos.

Los herederos, Rodrigo Polgovsky

El cine posrevolucionario de tema rural tomó así tres vertientes: la primera contempla las imágenes de postal, resultantes del exagerado gusto por las luces y sombras erigido por el cineasta ruso Sergei Eisenstein en la década de 1930, influyendo en películas apegadas a un nacionalismo a ultranza, con cierto contenido crítico, como Janitzio, de Navarro y Redes, de Zinnemann (ambas de 1934). En esta línea, hubo interesantes esfuerzos gubernamentales de producción cinematográfica, algunos patrocinados por la Secretaría de agricultura y fomento e incluso por el Partido Nacional Revolucionario, en el marco de la Reforma Agraria, pero ninguna de estas cintas se pudo vincular con la política cardenista. De allí que el tópico viraría a las historias ingenuas y taquilleras de la comedia ranchera.

Esta segunda vertiente, impulsada por grupos opuestos a Lázaro Cárdenas, desarrolló el estereotipo de una provincia mexicana más próxima al siglo XIX que al XX; la intención era que los reveses que el estado propiciaba a las clases acomodadas pudieran ser revocados en la pantalla grande mediante un falso gusto campirano, tal y como sucede en Allí en el rancho grande, de Fernando de Fuentes (1936). Entonces los ambientes fueron haciendas dichosas y pueblos impecables y festivos, que dejaban los del campo propiamente dicho, generando todos los arquetipos de lo mexicano: sarapes, sombreros, un amplio repertorio de trajes tAi??picos, canciones populares, mariachis, tequila, cantinas, juegos de azar, muchachas enamoradas y algunas valentonas.

Definió a la tercera vertiente la mancuerna de Emilio “El Indio” Fernández y Gabriel Figueroa, guiados por el auge del indigenismo y la antropología cívica en nuestro país. Mientras el primero dirigía escenas agobiadas de dramas protagonizados por indias bonitas y nobles campesinos, cuya fatalidad los volvía indomables, estoicos e impasibles, a través de sus imágenes el segundo desarrollaba un estilo sensible, plagado de encuadres e inspirado en el claroscuro del país rural registrado por el muralismo. Este cine inició el mito del campo y los campesinos envueltos por la tragedia, en sitios entre estancados y heroicos, territorios desconocidos de topografía infinita y pueblos abandonados o adoloridos por la gesta revolucionaria. Fue un estilo fulminante que impuso la época de oro del cine mexicano (caracterizada por actrices-divas como Dolores del Río, María Félix y Columba Domínguez), que encasilló toda capacidad expresiva y sirvió de modelo hasta los años 1990 (El cometa, de Marise Sistach y José Bull, 1998).

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El gran circo Chiarini

Osiris Arista
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

EL CIRCO CHIARINI EN JAPAi??N

El Segundo Imperio Mexicano llegaba a su fin. Mientras el ejército liberal dirigido por el general Porfirio Díaz sitiaba la capital a mediados de 1867, los espectáculos trataban vanamente de sobrevivir. Los asistentes eran tan pocos que todos acabaron por cerrar, menos el Gran Circo Chiarini que permaneció abierto, y el mismo 15 de julio, día de la entrada triunfal del presidente Benito Juáez, ofreció una función de gala en su honor.

Fue con la llegada en 1864 de Giuseppe Chiarini, un italiano nacido en Roma, quien había hecho varias giras por Europa, Argentina y el Caribe y que soñaba con recorrer todo el continente americano, cuando empezaron los “años dorados” del circo en México. Un buen día, muy a tono con el espíritu circense que lo apremiaba a visitar lugares insospechados, se le ocurrió venir a nuestro país. A su arribo, se topó con el recién proclamado Segundo Imperio, encabezado por Maximiliano de Habsburgo.

Jules Leotard

Su empresa presentaba espectáculos de categoría y muy refinados, sobre todo si se les comparaba con los que hasta entonces se habían presentado en México. Siendo Chiarini el último descendiente de na importante dinastía circense italiana (de la que existen noticias desde el siglo XVI), quiso levantar en el mismo zócalo de la capital mexicana una carpa de madera “firme, pero a la vez desmontable” e izar en ella el pabellón imperial; incluso proyectó una decoración interna sencilla y elegante que contemplaba la instalación de un palco especial para la pareja real. No consiguió sus propósitos, pero acabó por instalarse en la calle de San Agustín (hoy esquina de Uruguay e Isabel la Católica), donde haría una temporada.

El gran debut fue el 17 de octubre de 1864. La “crema y nata” de la sociedad mexicana dejó de lado las funciones en los teatros más lujosos e importantes para presenciar el nuevo espectáculo. Ese día, cientos de personas se quedaron afuera por no obtener lugar. Estuvieron en el programa Josephine y Katie, hija y esposa de Giuseppe, quienes realizaban ejercicios ecuestres; Palmyra Holloway como amazona; los Orozco Brothers, gimnastas españoles; Benoít Tourniaire, el primer malabarista hípico que contemplaron los mexicanos, y Verbut, trapecista. El éxito fue arrollador

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