Archivo de la etiqueta: MAi??xico

Gran viaje pintoresco por las diversiones públicas en la Ciudad de México

Raquel Alfonseca Arredondo
Facultad de Filosofía y Letras, UNAMRevista BiCentenario #17
Linterna mA?gica

Hoy como ayer, los habitantes de la ciudad de México disipamos el aburrimiento pagando por espectáculos que además de distraernos, nos diviertan, incluso eleven nuestro espíritu, pero difícilmente se nos ocurriría comprar un boleto para ver el cadáver de un niño como forma de entretenimiento. En 1827 el Ayuntamiento de la ciudad de México recibió una solicitud para presentar este tipo de pasatiempo, si bien no era una situación habitual –me refiero a cobrar– la muerte infantil no era tratada como una intrusa. Fueron comunes los retratos de niños en su último lecho, incluso ya entrado el siglo XX; un ritual donde “el angelito tran- sitaba hacia la Gloria y ese momento era compartido por sus seres queridos”.

Diversiones menos fúnebres, pero igual de extrañas para nosotros, lo fueron las que involucraban artilugios que combinaban insólitas funciones. La máquina del hombre invisible es un ejemplo. El afán de divertir a la gente estimuló la creatividad de algunos personajes decimonónicos, quienes lograban su sustento presentando artefactos que despertaban la imaginación del público. José Miguel Muñoz copió la máquina inventada por un tal Mr. Muyan y dio al Ayuntamiento una detallada descripción al momento de solicitar una licencia para presentarla en 1805:

Un bastidor cuadrado como de vara y media de alto, y en el centro un cojincillo como de tres cuartos de largo y una de ancho, pendiente de dos hilos de alambre gruesos; y en el centro de la parte superior una copita de madera, de cuyo centro sale un hilo muy delgado de metal, que sube al techo con tres bombillas de cristal, dos en los centros de los extremos, y una en la parte inferior, y dos bocinas, una en cada costado por donde se habla y contesta categóricamente a lo que se pregunta, y aún con más claridad que se observó en la primera máquina que se conoció del hombre invisible y hoy está en la calle de San Felipe de Jesús. Igualmente se halla ilustrada ésta respecto de expeler ambientes aromáticos, y dar música cuando se le pide como se verificó tocando un minué, boleros y otros sones del país, todo con perfección y en tono bastante perfectible.

Un hombre invisible que responde preguntas, la máquina que toca música y por si no fuera suficiente, expulsa aromas agradables. La mezcla es extraña y seguramente los espectadores quedarían confundidos intentando explicarse el prodigio. ¿Predecesor del fonógrafo? ¿Caja que graba voces? ¿Aromatizante artificial? ¿Un truco que esconde al hombre que habla?

Sin embargo, lo insólito a veces podía acarrear graves problemas para quienes presentaban espectáculos que el público no acababa de entender, pues se corría el riesgo de que el prodigio se confundiera con brujería. Las fantasmagorías fueron un tipo de entretenimiento donde se mezclaban trucos, prestidigitación y en ocasiones se intercalaban juegos ópticos. Carlos María de Bustamante nos relata los inconvenientes sufridos en una presentación que se llevó a cabo en 1824:

Anoche comenzó el titiritero Castelli a hacer sus evoluciones de fantasmagoría en el Patio de los Gallos, al efecto se apagaron las luces, y sobre la multitud de señoras y demás mujeres comenzó una lluvia de orines de hombres inciviles y libertinos que causó el mayor desorden; de tal conducta se avergonzarían los mismos cínicos, lo que quiere decir es que no hay costumbres, ni se respeta la moral de los pueblos.

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

Una virreina durante la guerra de independencia

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora
Revista BiCentenario #17

Sabemos acerca del papel desempeñado por un sinnúmero de mujeres durante la lucha por la Independencia de México y cómo, de manera más o menos emprendedora y eficaz, participaron en las distintas conspiraciones que se dieron, llevaron armas e información al campo de campaña colaboraron económicamente con la causa rebelde. Conocemos muy poco, sin embargo, de aquellas vinculadas con el bando realista, bien por convencimiento propio, bien por razones familiares o de clase social. En este sentido, la historia de María Francisca de Góndara resulta interesante pues como esposa del general Félix María Calleja tuvo ocasión de estar cerca, primero del mando militar, más tarde del mando político por haberse convertido su esposo en virrey de la Nueva España. Siendo criolla por nacimiento, uno puede preguntarse si este origen no marcó su visión de la insurgencia, si por lo mismo ella pudo influir en la toma de decisiones o si más bien se limitó a desempeñar el rol femenino disminuido que le concedían la tradición y las costumbres. Busquemos una respuesta en la obra titulada La virreina mexicana, doña María Francisca de la Góndara de Calleja, escrita por José de Jesús Núñez y Domínguez, escritor, político y diplomático mexicano (1887-1959), obra publicada por la Imprenta Universitaria en 1950 y que al día de hoy representa el mejor y más completo trabajo que se ha escrito acerca de ella.

María Francisca de Góndara nació el 29 de enero de 1786, en la hacienda de San Juan de Vanegas, propiedad de su padre, en San Luis Potosí. Muertos sus progenitores cuando era muy pequeña, ella y sus dos hermanas fueron educadas por los tíos, como las niñas de la élite de entonces, en las primeras letras, la costura, la cocina y el rezo. Solían pasar el tiempo entre la ciudad de San Luis Potosí y la cercana hacienda de Bledos, propiedad de su tío. Por ser éste el Alférez Real de la Intendencia, las tres se convertirían con los años en buenos partidos. Esto, y un rostro amable, buen porte y maneras distinguidas, debieron atraer muchos pretendientes a María Francisca. Nadie iba a suponer que un día marcharía al altar con un hombre mucho mayor y de carácter sesudo y melancólico: don Félix María Calleja.
Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

¿Quién triunfará en los comicios de 2012?

Diana Guillén
Instituto Mora
Revista BiCentenario #16

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.11.14

 

Adivinar el futuro no forma parte de las tareas que emprendemos los estudiosos de la realidad social, pero conforme se acercan las elecciones presidenciales de 2012 la tentación de aventurar algunas ideas sobre el posible resultado de las mismas gana terreno y además de académicos interesados en el tema, se suman a la aventura prospectiva muchos mexicanos que al emitir su voto se convertirán en protagonistas anónimos de la historia que está por escribirse.

El derrotero que tome la misma nos involucra a todos, de allí que se entienda la complicidad tejida entre extraños cuando al abordar un taxi el conductor y el pasajero intercambian preferencias electorales sin importar posibles diferencias en términos de nivel socioeconómico, de antecedentes culturales y educativos e inclusive de filias y fobias políticas.

La escena que se repite en el mercado, en el lugar de trabajo, a la salida de la escuela de los hijos y en otros tantos espacios públicos que se prestan para la socialización en las pequeñas y grandes ciudades, constituye un buen indicador de la inquietud que flota en el aire a propósito del ejercicio cívico que, bajo condiciones que de antemano sabemos restringen sus alcances dados los altos índices de pobreza y analfabetismo imperantes, tendrá lugar el 1° de julio. Ignoro si patrones similares se reproducen en el campo, pero me inclino a pensar que las inquietudes a propósito de los partidos y en su defecto personajes que atraerán el voto mayoritario de la sociedad mexicana, se delinean con más claridad en el ambiente urbano, quizá precisamente porque los niveles de marginalidad son menos agudos.

La ciudad de México constituye en ese sentido un buen escaparate para ubicar las distintas hebras con las que se teje la vida política nacional. Sus pobladores comparten las carencias que imperan en otros puntos de nuestro país, pero en tanto centro político-administrativo del mismo, la competencia partidaria y la lucha por ocupar cargos de representación popular son particularmente encarnizadas, así que las escenas a las que me refería antes suelen adquirir un tinte proselitista y en más de una ocasión se acompañan de acaloradas discusiones que humanizan el paisaje impersonal propio de toda gran urbe.

Presenciarlas y formar parte activa de ellas constituyen experiencias que invitan a la reflexión; por ello, en las siguientes líneas tratará de identificar los elementos de nuestro pasado y de nuestro presente que ofrecen pistas sobre las rutas por las que transitará nuestra recién estrenada alternancia política, con la idea de realizar en compañía de los lectores de BiCentenario un fugaz recorrido a través de las ventanas que se abren hacia el futuro a partir de nuestro ayer y de nuestro hoy.

Una mirada al ayer y al hoy

Durante 70 años el único camino para triunfar en las urnas era ser postulado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI); poco importaba la plataforma electoral que lanzara, la campaña que llevara a cabo, el discurso que desarrollara, la forma en la que hubiese actuado previamente o inclusive el candidato que eligiera, de antemano se podía vaticinar su triunfo. Los mecanismos para erigir tan incuestionable poderío descansaban en el control sobre el aparato estatal y sobre los recursos vinculados con el mismo, pero también respondían a imaginarios individual y socialmente construidos a propósito de los procesos electorales.

Con el paso del tiempo este modelo de ejercicio político terminó por desgastarse y el priismo, de la mano de los mecanismos y canales que lo habían encumbrado, vivió procesos de quiebre importantes; durante la década de 1980 los resquebrajamientos del partido oficial propiciaron conflictos poselectorales y movilizaciones en el plano local, al tiempo que en el marco de una creciente demanda a favor de la democracia se reconocieron triunfos a la oposición en el nivel estatal.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.13.13

Ambos elementos marcan a mi juicio el principio del fin de uno de los mecanismos ideológicos que apuntaló el poderío del PRI dentro del escenario político mexicano: la convicción de que era imposible derrotarlo en las urnas. Se había aprendido en el día a día que cuando el partido oficial no ganaba a pesar de todas las ventajas de las que disponía, arrebataba; en ese contexto la simple idea de cuestionar su indestructibilidad transformó en una llave que abrió la puerta a distintas formas de resistencia contra la imposición electoral.

La certidumbre que se extendió entre amplios sectores de la sociedad de que en 1988 el candidato priista llegó a la presidencia de la república gracias a un fraude apenas encubierto, fue un duro revés para quienes desde distintas trincheras empujaban a favor de la democracia, pero aún así la erosión del régimen siguió su marcha y las protestas contra el fraude propiciaron vientos de cambio marcados por reformas electorales, por el fortalecimiento de los partidos y por la recomposición de las fuerzas políticas.

A mediados de la década de 1990 las nuevas reglas del juego favorecieron contiendas electorales más equitativas y los triunfos de candidatos no priistas en las esferas legislativa y ejecutiva se multiplicaron. El problema fue que tras la pluralidad partidaria subsistieron estructuras de poder que históricamente habían beneficiado al PRI y hoy por hoy es claro que mientras dicha esencia se mantenga el priismo seguirá conservando ventaja sobre sus contendientes.

Atrás de la decisión de por quién votar, en la mayoría de los casos no han existido elecciones racionales sustentadas en posibles beneficios a obtener, en afinidades ideológicas y en un convencimiento propiciado por campañas publicitarias exitosas, lo que ha predominado son patrones propios de un régimen con esencia autoritaria que, entre sus triunfos, contaba el haber convencido a un buen número de mexicanos de que el partido oficial era invencible y de que convenía más aliarse con él que emprender infructuosos esfuerzos para derrotarlo.
El votante medio asistía a las urnas como parte de un ritual que poco incidía sobre la conducción del país. El desapego hacia los comicios y la débil legitimidad que envolvía los resultados emanados de las urnas tuvieron su origen en las prácticas que desde el siglo XIX hicieron del voto una ficción ejercida por ciudadanos imaginarios, por lo que el PRI solo reforzó esta impronta en los procesos políticos que nacieron al amparo del México posrevolucionario.

El PRI es responsable de haber recuperado las herencias decimonónicas y de haberlas refuncionalizado alrededor de tres ejes que marcaron su ascenso y consolidación: el corporativismo, el presidencialismo y el partido único. Su poder se erigió sobre tales pilares y las prácticas políticas asociadas a los mismos se convirtieron en el referente a partir del cual la sociedad aprendió a relacionarse con las estructuras estatales.

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

El rebozo en México durante los siglos XIX y XX

Ariana Martínez Otero – Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

 

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 20.21.24

El rebozo, prenda de forma rectangular, larga y tejida con hilos de seda, algodón o una combinación de estos materiales, ha sido indispensable para muchas mujeres a lo largo y ancho del país durante gran parte del periodo colonial y los siglos XIX al XXI.

Su origen se remonta a Persia e India, de dónde llegó a México vía España; es más, la palabra chal deriva de xal, manto con que se cubrían los sacerdotes persas. Se dice que fueron los árabes quienes lo introdujeron a la península el rebociño (02toca blanca de un lienzo tenue, ceñido a la cabeza y el rostro femenino, que a veces caía sobre los hombros o el pecho); y también que procede del ayate prehispánico. El hecho es que en nuestro país el chal se convirtió en rebozo, vocablo que viene de arrebozarse o sea, cubrirse el rostro con una capa o manto.

En las novelas del siglo XIX existen extraordinarias descripciones de las costumbres y vestimenta femenil mexicana, lo cual se aprecia a partir de los personajes que cobran vida en ellas. Un ejemplo aparece en El fistol del diablo, de Manuel Payno:

Arturo volvió la cara y se encontró con una mujer tapada con un rebozo y unas enaguas blancas y delgadas, cuya vejez, a pesar de su aseo, se podía notar. [...] La muchacha, con uno de esos movimientos admirables y divinos de pudor, cubrió un poco más su cara y sólo dejó contemplar al joven dos hermosos y apacibles ojos azules.

03El rebozo es una prenda cuyo uso no distinguía clase social, siendo utilizado tanto por mujeres adineradas que seguían la moda del momento, como por aquellas cuya condición económica no era tan favorecida. También podía recibir un mal uso. Fanny Calderón de la Barca cuenta como

El rebozo mismo, tan gracioso y adecuado, tiene el inconveniente de ser la prenda más a propósito, hasta ahora inventada, para encubrir todas las suciedades, los despeinados cabellos y los andrajos. Aun en las mejores clases contribuye al disimulo del desaliño en el vestir, pero en el pueblo el efecto es intolerable.

0406El uso generalizado del rebozo mantuvo esta prenda como una de las mercancías textiles más demandadas por la población a lo largo del siglo XIX. Se le podía encontrar en las tiendas de telas en los portales, pero también en los mercados y con los vendedores ambulantes. El rebozo servía para que las mujeres cubrieran su cabeza al asistir a misa, para protegerse de la lluvia o el viento o simplemente de la vista de quienes andaban los pueblos o las ciudades, como una forma de recato. Se empleaba también como cuna infantil: los niños iban sujetos y abrigados a la espalda de sus madres, mientras éstas se atareaban. Era canasto improvisado para transportar verduras o cachivaches o asiento de los canastos repletos de fruta e incluso cobija con que se tapaban las ollas de los tamales ubicadas en las esquinas de las calles. De igual forma podía llevarse como adorno sobre el pecho.

09

A dichos usos, habría de añadirse el que se le dio durante la revolución mexicana, pues las mujeres que acompañaban a las tropas federales o insurrectas y se conocían como soldaderas 07empleaban el rebozo para cargar alimentos o municiones y distribuirlas entre los hombres. Les servía además para cubrir su condición materna y aparentemente frágil, y a la vez para portar un rifle y acudir al campo de batalla. A veces lo aprovechaba para curar heridas y hasta como mortaja.

08La tradición del rebozo, manto de historia, perdura hasta hoy. Si bien su uso ha disminuido en comparación con los siglos precedentes, todavía es visto entre las mujeres que venden artículos en los cruceros de las grandes avenidas, o en aquellas cuyos ingresos son mayores y los destinan a ocasiones especiales.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 20.23.21

Todo esto nos permite considerar el rebozo como la prenda femenina mexicana por excelencia. Sus funciones y la forma de llevarlo sólo tienen por límite la imaginación de su portadora.

Actualmente, hay varios centros reboceros en el país. Los más conocidos son: Santa María del Río, en San Luis Potosí, famoso por sus rebozos de seda; Tenancingo, especializado en el rebozo de algodón fino, y Tejupilco, ambos en el estado de México; Zamora y Tangancícuaro, en Michoacán; Moroleón, Guanajuato, y Chilapa, Guerrero.

10

Suscríbase a la Revista BiCentenario.

Crónica de un aeropuerto anunciado

J. Carlos Domínguez Virgen
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Vista aAi??rea de las pistas del AICM en 1990

Vista aérea de las pistas del AICM en 1990

El actual Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) fue inaugurado en 1952 cuando la población de la capital era de tan solo tres millones de habitantes y la economía de México era doce veces más chica. Hoy, sesenta años después, es evidente que las necesidades de infraestructura han aumentado de manera considerable. Con una población que supera los 21 millones, incluidos los municipios conurbados y actividades económicas que representan cerca del 30% del total nacional y un voluminoso intercambio con el exterior en términos de carga y pasajeros, la demanda de tráfico aéreo también se ha multiplicado con gran velocidad y requiere de infraestructura de transporte que garantice el movimiento de entre 20 y 30 millones de usuarios al año. Sin embargo, la capacidad del AICM ha permanecido estancada durante todo este tiempo al punto de estar completamente saturado en épocas de mayor demanda como las vacaciones de verano. Aunque se han hecho ajustes menores, no se ha aumentado el número de pistas y la capacidad de largo plazo sigue siendo de hecho la misma. ¿Qué implica esto? En pocas palabras, un mayor riesgo para la seguridad aérea y mayor costo para los usuarios en cuanto a retrasos y tiempos de espera.

El aeropuerto postergado

El aeropuerto postergado

¿Por qué? no se ha solucionado este problema? La respuesta requiere de una breve crónica sobre un proyecto que ha sido estudiado muchas veces, pero que nunca ha encontrado el campo fértil y la coyuntura adecuada para su instrumentación. Por ejemplo, en 2002 la administración del presidente Vicente Fox Quesada promovió la construcción de un Nuevo Aeropuerto Internacional en la Ciudad de México (NAICM) en los municipios conurbados de Atenco y Texcoco. Desafortunadamente, las negociaciones con las comunidades afectadas fracasaron y la oposición al proyecto derivó en movilizaciones, algunas de carácter violento, por parte de grupos campesinos, organizaciones no gubernamentales, partidos políticos y otros grupos externos que no eran afectados directamente por el proyecto. La iniciativa de construir el nuevo aeropuerto fue finalmente cancelada en agosto de 2002.

Lo que pocos saben es que la propuesta del NAICM no fue una ocurrencia que apareció en la agenda del gobierno de la noche a la mañana. Este tipo de proyectos tienen normalmente una historia muy larga y reflejan luchas sociales y políticas de largo plazo. A través del tiempo los proyectos se van reconfigurando como resultado, entre otros factores, de transformaciones en el contexto sociopolítico, cambios en los valores y criterios de política pública, así como la evolución de los propios problemas que estas iniciativas pretenden resolver. En este sentido, vale la pena hacer un recorrido histórico para entender los antecedentes del proyecto y el origen de algunas condicionantes y obstáculos a los que se enfrentó el gobierno federal a la hora de anunciar el proyecto en 2001.

Echeverría y el aeropuerto en Zumpango

El problema de la limitada capacidad operativa del AICM, también conocido como Aeropuerto Benito Juárez, fue visualizado y analizado por primera vez durante los mandatos de los presidentes Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) y Luis Echeverría Álvarez (1970-1976). Ya desde entonces se había pronosticado que el número de operaciones aéreas crecerían hasta superar la capacidad anual de la infraestructura actual y que era necesario implementar una solución de largo plazo.

En este sentido, la principal propuesta era construir un nuevo aeropuerto en el A?rea de Zumpango, estado de México. Dicho proyecto significaba la relocalización completa del AICM y una enorme inversión para desarrollar un nuevo aeropuerto en un sitio que se encontraba relativamente cercano a la ciudad. Una segunda alternativa era la construcción de una nueva pista sin que esto implicara la relocalización del aeropuerto existente. Esta última opción era factible en la década de los 70 porque existía una considerable reserva territorial alrededor del actual AICM que no había sido cubierta por la mancha urbana.

La opción de Zumpango era defendida por un grupo político encabezado por la entonces llamada Secretaría de Obras Públicas (SOP), cuyo titular era el ingeniero Luis Enrique Bracamontes. Esta coalición se basaba en el argumento de que el aeropuerto existente debía ser relocalizado completamente al área de Zumpango porque éste era el sitio más cercano al centro de la demanda que además cumplía con las especificaciones técnicas de aquella época. Sin embargo, un segundo grupo era liderado por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), a cargo del ingeniero Eugenio Méndez Docurro. Esta coalición se basaba en que la infraestructura existente podía ser usada una década más, siempre y cuando se hicieran algunas mejoras menores.

Por supuesto, la fuerte competencia entre ambas secretarías no sólo se basaba en argumentos técnicos válidos sino en sus intereses particulares como dependencias del gobierno federal. En este caso, la SOP era encargada de desarrollar la nueva infraestructura de comunicaciones y transportes y por tanto, la construcción del nuevo aeropuerto en Zumpango implicaba que fuera la dependencia que dirigiría y se beneficiaría más de dicho proyecto. Por otro lado, la SCT estaba a cargo de la operación de la infraestructura de comunicaciones y transportes y la construcción de un nuevo aeropuerto tenía en sí poca importancia para los representantes de este sector. Mejorar y mantener la infraestructura existente por algún tiempo estaba más en línea con sus intereses institucionales.

Esta lucha se acentuó en el contexto de la transición presidencial que prevalecía en México durante la década de 1970, cuando el siguiente candidato del PRI a la presidencia era seleccionado de entre los miembros del gabinete al final de cada sexenio. Sin duda, un proyecto de política pública tan visible como el NAICM tenía el potencial de incrementar significativamente el capital político del secretario de Obras Públicas. De hecho, algunos ex-funcionarios de la época señalan que Luis Enrique Bracamontes, titular de esta dependencia entre 1970 y 1976, a menudo era mencionado como “presidenciable”. No queda claro si la cancelación del proyecto en Zumpango contribuyó a minar sus aspiraciones en el largo plazo. Sin embargo, no hay duda de que el proyecto aeroportuario hubiera significado un triunfo político que no era nada trivial.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

De cómo desde Estados Unidos se intentó llevar la Prohibición a México

Cecilia Autrique Escobar
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Si el consumo de licor sigue a este paso, Estados Unidos no será nada mejor que una nación de borrachines”, comentará un profesor de la universidad de Harvard al ex presidente Thomas Jefferson en 1821. Se cuenta que era común que las familias iniciaran el día con un “trago generoso” de alcohol (incluidos los niños), “para aguantar las demandas del mundo y evitar los ataques de mal humor”. Más tarde Abraham Lincoln diría: “el licor intoxicante era usado por todo el mundo, repudiado por nadie y entraba en el primer respiro de un infante y en el último pensamiento del moribundo”.

La cantina con la barra mA?s larga del mundo

La cantina con la barra más larga del mundo

El alcoholismo llegó a ser una preocupación pública tan seria que desde épocas tempranas de la república independiente distintos grupos se dieron a la lucha de moderar el consumo del licor y más tarde de prohibirlo. Algunos de estos grupos tratarían de extender su influencia al país vecino del sur durante los años de la Prohibición, esto es, de 1920 a 1933, cuando en la Constitución de Estados Unidos se proscribió la producción, la venta y el tráfico de “bebidas intoxicantes”. El proceso era la culminación de una lucha de muchos años, en la que habían tomado parte distintos organizaciones protestantes “los primeros fueron los metodistas en 1826 y sobresalieron también los bautistas” que pensaban que el alcohol era dañino para el hombre y tomarlo no causaba más que consecuencias negativas en el trabajo, la familia y la sociedad. Sustentarían estas ideas en investigaciones científicas y pretenderían educar a la gente sobre los males producidos, pero también se propondrían cambiar las leyes para limitarlo o prohibirlo.

El movimiento contra el alcohol coincidió con muchos cambios que transformaron a la sociedad estadounidense. Desde finales del siglo XIX, la inmigración masiva multiplicó la población, lo cual implicó el arribo de costumbres distintas respecto al alcohol (por ejemplo, entre los irlandeses y los alemanes para quienes es parte de su cultura), al tiempo que se daba un proceso de industrialización importante que contribuyó al crecimiento de las ciudades y tenía lugar una gran migración hacia el Oeste de gente que iba en pos de nuevas oportunidades. Todo esto fue cambiando tanto los valores como las instituciones tradicionales (familia, religión y sentido de comunidad) y provocó gran incertidumbre en la sociedad, lo que llevó a su vez a un gran incremento en el consumo de bebidas alcohólicas, sobre todo en lugares públicos como las cantinas, y el exceso fue tan notable que fueron muchos los que exigieron una solución.

Embotelladores clandestinos

Embotelladores clandestinos

Ilustremos lo anterior con algunos datos. Si en 1850 los estadunidenses bebían 136 millones de litros de cerveza al año (10.2 litros por persona), para 1890 la cantidad era de 323 millones de litros (30 litros por persona). Si bien la población se había triplicado en ese periodo, el consumo de cerveza creció 24 veces y esto sin contar el consumo de licores. El número de cantinas también aumentó visiblemente pues en 1870 había 100 mil en todo el país y en 1900 la cifra era de 300 mil.

Las ligas femeninas fueron otros grupos interesados en cambiar las reglas relativas al alcohol pues las mujeres eran las más afectadas al ver como los salarios de los maridos “se iban en la botella”, quedando las familias desprotegidas y sumidas en la pobreza. De ahí que lucharan por adquirir el derecho al voto para así ser parte de la vida política nacional y poder clausurar las cantinas.

A las organizaciones religiosas y de mujeres se sumaron los grupos políticos de orientación progresista, los cuales enarbolaban además otras causas sociales tales como la reforma de las condiciones laborales de los obreros, la prohibición del trabajo infantil, el impulso de la salud pública y la mejoría de las condiciones de pobreza, entre otros objetivos.

Movimiento femenino por la templanza

Movimiento femenino por la templanza

De tal modo, el movimiento a favor de la Prohibición fue cobrando fuerza. Surgieron instituciones como el Partido Nacional Prohibicionista (1869), la Unión de Mujeres Cristianas Temperantes (1874) y la Liga Anticantinas (1893), que buscaban reformar a la sociedad a través de leyes y educación. La última fue la más poderosa porque consiguió apartar el asunto de otros temas y utilizó estrategias políticas muy eficientes, tales como intimidar a los políticos, obligándolos a tomar una postura al respecto. También manejaban a las minorías que podían definir una elección e impulsaban a los candidatos locales para que fueran los propios condados los que votaran si cerrar o no sus cantinas, además de que tenían ocho imprentas que empleaban para su propaganda y sus campañas.

Conseguían recursos económicos a través de pequeñas contribuciones de las congregaciones de las iglesias protestantes con presencia en todo el país y de algunos industriales como Henry Ford o John D. Rockefeller, quien aportaba el equivalente al diez por ciento del dinero recaudado por la Liga. Los industriales favorecían la regulación del licor pues veían una relación directa con la eficiencia de los obreros en el trabajo. El poder de la liga llegó a ser tal que se dice que Wayne Wheeler, su estratega, influyó en seis Congresos y dos presidentes y mantuvo el equilibrio de poder entre los partidos Republicano y Demócrata.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Criar hijos ajenos: Las nodrizas en México durante los siglos XVIII y XIX

Luis Ernesto Hernandez Morales
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Contratar chichiguas fue algo común en México durante los años de la Colonia y en el siglo XIX pues las madres no siempre querían o podían amamantar a los recién nacidos, a pesar de que la alimentación infantil es, por razones naturales, su tarea y en nuestro país, las fuentes revelan que la crianza de los hijos ha sido parte central en las actividades cotidianas de las mujeres desde tiempos inmemoriales. Por ejemplo, en la época prehispánica, el cuidado de los niños era considerado asunto de gran vigilancia y cuidado; Fray Diego de Landa en su Relación de las cosas de Yucatán refiere que entre los mayas, los niños eran alimentados por sus madres biológicas hasta los cuatro años de edad, por lo que crecían sanos y fuertes. Sabemos también que los mexicas consideraban que atenderlos era obligación de las madres quienes, sólo en caso de verse incapacitadas para amamantarlos, podían disponer de una chichigua (palabra náhuatl para referirse a las nodrizas) con buena leche para hacerse cargo de esa labor por un periodo que podía ser bastante largo hasta cuatro años, pues los niños tardaban en ser destetados.

Durante la época colonial, Fray Toribio de Benavente Motolinía relata que si una mujer tenía gemelos, les daba a ambos la teta y no buscaba ama de leche para que los amamantara. Estamos al tanto de que la Santa Inquisición permitía a las madres presas tener a sus hijos en la celda durante el tiempo de lactancia y, en caso de que no pudieran alimentarlos adecuadamente, se buscaba a una nodriza para que lo hiciera.

Nodrizas mexicanas

Nodrizas mexicanas

Sin embargo, existieron innumerables casos entre las familias novohispanas (principalmente de clase alta y media) en las que el cuidado de los hijos fue depositado en manos de nodrizas. En este caso, la existencia de las amas de leche obedecía principalmente a que los recién nacidos no recibían el pecho de su madre, la que guardaba cama durante 40 días, atendida y alimentada por sus familiares y criados para que recuperaran su fuerza y vitalidad. Inmediatamente después de nacer, el niño era puesto en manos de una cuidadora de leche, que visitaba la casa varias veces al día pues podía trabajar para más de una persona o incluso vivía allí hasta que el niño era destetado.

José Alfarón, Castas, 1787

José Alfarón, Castas, 1787

El fraile español Francisco de AjofrAi??n, durante su estancia en nuestro país en el siglo XVIII, escribía: La crianza de los hijos en la gente principal es como corresponde a su carácter, aunque nunca calificaría por acertado el estilo de entregarlos a mulatas y mulatos… El testimonio del fraile capuchino muestra que el empleo de amas de leche de raza negra para el cuidado de los hijos de familias españolas, criollas y, en algunos casos, mestizas, era algo muy común para las madres del México colonial.

Castas, 1787

Castas, 1787

El uso de amas de crianza fue una práctica tan extendida entonces que instituciones como la Casa de Niños Expósitos requerían de sus servicios. En efecto, como la madre biológica no estaba disponible para alimentar a los infantes abandonados, no quedaba más que acudir a las nodrizas para que los amamantaran; había, por así decirlo, un mercado de trabajo para mujeres que pudiesen dar el pecho a una criatura y quisieran hacerlo a cambio de una remuneración. Y en varias ocasiones, el exceso de infantes o la falta de amas de leche hizo que una solo mujer amamantara a más de una criatura y que los encargados de la Casa se vieran en la necesidad de buscar más nodrizas para llenar la necesidad alimenticia de los expósitos. Para satisfacer esta demanda, recurrieron a mujeres indígenas con hijos recién nacidos que, como ya señalamos, buscaban un ingreso. Esto ocurría en pleno siglo XIX, tal y como lo muestra madame Calderón, quien en sus cartas de viaje nos cuenta:

En medio de la revolución nos divirtía el más pacífico de los espectáculos: la llegada de todas las nodrizas de la [Casa de] Cuna, que venían de los pueblos para recibir su mesada. Cuando el niño [nace] se le confía a una nodriza india en uno de los pueblos inmediatos a México. [...] Estas nodrizas tienen una fiadora, persona responsable que vive en el mismo pueblo y responde por su buena conducta. Se le paga a cada nodriza cuatro pesos al mes, suma suficiente para decidir a una india pobre y con familia, a que se agregue un ser más a la que ya tiene.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

La pelota vasca en México en los siglos XIX y XX

Héctor Olivares Aguilar – Facultad de Filosofía y letras, UNAM

Revista BiCetenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

00 (320x500)

Corría el año de 1895 cuando en la ciudad de México se inauguraba el frontón “Eder Jai” (en vasco, fiesta hermosa) y se presentaba el “Jai Alai” (fiesta alegre). Casi de inmediato, esta modalidad de la pelota vasca ganó afición en nuestro país por la rapidez con que la xistera o cesta moderna lanzaba la pelota contra la pared, exigiendo al pelotari gran agilidad física y mental. Sin embargo, el nuevo espectáculo tendría que competir con el teatro y los toros.

Se dice que la idea de convertir este deporte en espectáculo fue de don Lucio González, rico propietario de San Sebastián, España, a quien se le ocurrió profesionalizarlo, pues antes, cuando todavía no se conocían los frontones con entradas de pago, los pelotaris no tenían sueldo, se fijaba un premio, 100 duros por ejemplo, que se entregaban al jugador o pareja vencedora; el perdidos o no cobraba. La idea fue tomada por el empresario Rogelio Zubirá, quien, con una cuadrilla de pelotaris vasco-españoles, inauguró “Eder Jai”. Llegó así el frontón industrial, es decir, la empresa encargada de contratar pelotaris, ofreciéndoles hospedaje y un sueldo que podía aumentar según el desempeño, y de manejar las apuestas a través de ventanillas y corredores especiales.

01 (351x500)

El frontón industrial precisaba de una fuerte inversión pues, además de tener una amplia cancha rectangular de tres muros (54 A? 60 m de largo, 10 m de ancho y 10 m de altura), debía ofrecer gradas al público, cajas para apuestas, baños y vestidores para los pelotaris; algunos contaban incluso con cantina y restaurante. No obstan- te, y pese al riesgo de presentar un espectáculo nuevo, resultó ser una excelente inversión; el 29 de abril de 1897, “El Centinela Español”, un diario mexicano, afirmaba que, si bien los toros contaban con muchos aficionados, los frontones atraían cada vez a más concurrentes.

02 (252x500)03 (266x500)Poco a poco comenzaron a construirse más instalaciones para la exhibición y práctica del deporte y a llegar pelotaris vascongados, quienes hacían gala de destreza, (lo mismo que de su mala fea), pues muchas de las apuestas estaban arregladas y más de un fanático acabó en bancarrota. Al inicio del siglo XX, un decreto gubernamental contra las apuestas cerró los frontones.

Hay que aclarar que el gusto por la pelota vasca no era nuevo en México, sino que ésta se había jugado desde la llegada de los españoles, con un juego directo, sin pared de por medio, en que sólo un lazo dividía el terreno y no se recurría más que las manos para pasar la pelota de un extremo a otro. Hacia fines del siglo XVIII e inicios del XIX existía una cancha en el convento de San Camilo en la ciudad de México, construida para cuidar la salud física de los hermanos de esa orden. Se prestaba a los comerciantes vascos que, al término de su jornada en el Parián, querían distraerse y apostar un poco de sus ganancias, confiados en ellos mismos o en sus jóvenes ayudantes, “previamente entrenados”.Se jugaba también de forma directa y con red o cuerda en el medio, sólo que para lanzar la pelota de extremo a extremo se usaba el chacual (derivado de zacuali, en náhuatl vaso en que se echa alguna cosa, o de tzacua, tapar o atajar algo) utensilio con forma de canasta y amarrado como guante. El juego atrajo con el tiempo la atención de los léperos; para evitar su presencia se comenzó a cobrar la entrada y se destinó el dinero reunido al hospital de San Andrés. Que se jugara en San Camilo y otros sitios de los que existen algunos registros debió de contribuir a que el Jai Alai adquiriera tanta popularidad. La ciudad de México llegaría a tener más frontones que plazas de toros, entre otros el Frontón Hispano-Mexicano y el Nacional.

04 (500x393)

A lo largo del siglo XX, pese a que el espectáculo se prohibió en varias ocasiones, los frontones llegaron a ser tan numerosos que la ciudad de México se consideró como la de más canchas de pelota vasca en el mundo. Acaso lo sea aún: a la fecha, tan sólo en delegación de Xochimilco cada barrio, pueblo y colonia tienen al menos dos de ellas. Sin embargo, el que es uno de los deportes de mayor tradición en el país está desprestigiado “se le acusa incluso de ser un ‘juego para vagos’” y carece de apoyo y difusión. Aun así, conserva su popularidad y se practica en sus diferentes modalidades en canchas públicas y privadas, destacando las siguientes: mano, cesta punta, paleta, trinquete y frontenis.

05 (500x288)

Suscríbase a la Revista BiCentenario.

Hombres ilustres de México en París

Miguel Rodríguez - Université Paris Sorbonne (Paris IV), Institut d’Etudes Hispaniques

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Los monumentos a personajes públicos se multiplicaron en las grandes capitales europeas desde mediados del siglo XIX. Ya no se trataba más de venerar a los santos o de hacer honores a la figura del monarca, sino de exaltar los valores ciudadanos del varián virtuoso. Como se inscribe sobre la fachada del Panthéon en París, templo laico en el que están enterrados militares heroicos, sabios, políticos y escritores, a los Hombres Ilustres, la Patria agradecida. El primer motivo del monumento es obviamente la conmemoración.

Busto de Justo Sierra en ParAi??s

Busto de Justo Sierra en París

La multiplicación de monumentos recibió bastantes ataques: Pasamos nuestro tiempo, desde hace muchos años, erigiendo estatuas, a menudo mediocres, a una pléyade de hombres ilustres cuya fama no va más allá del límite del distrito en el que están situadas, escribe un crítico en 1908. Cuatro años más tarde, otra obra denuncia la “estatuoman parisina”, esto es, el abuso en la costumbre de erigir estatuas en el espacio público. Fue entonces cuando Jacques Duclos, un joven provinciano francés, quien haría después una larga carrera política en las filas del comunismo, descubrió la capital de su país: “París” expresa después “me hacía el efecto de un libro de historia con grabados de piedra”. Y es que otro objeto esencial de los monumentos públicos es la educación del transeúnte.

En esta “capital del siglo XIX” (como la llamó Walter Benjamin, el filósofo alemán), la memoria de hombres ilustres de otras naciones se consagró tardíamente (una excepción notable fue la del precursor de la independencia de las colonias españolas en Sudamérica, el venezolano Francisco de Miranda, cuyo nombre está escrito en el Arco del Triunfo desde 1836, en reconocimiento a que fue un destacado general de la Revolución francesa).El conquistador Diego Velázquez fue por mucho tiempo el único español y, antes de 1914, Georges Washington (1900) y Benjamin Franklin (1906) representaron al Nuevo Mundo. En la época posterior a la primera guerra mundial, cuando el gobierno francés inició una campaña de acercamiento a sus “hermanas latinas” del continente americano, se consideró importante la consagración de cada una de las naciones latinoamericanas, a través de la colocación de una figura heroica que las representase en París. A las funciones evidentes del monumento se suma de tal modo la de contribuir a la legitimación, tanto del personaje representado como de los grupos o instancias que lo apoyan.

Y como en otras grandes metrópolis —Nueva York (1921), Madrid (1925), Roma (1933)— se planeó honrar, antes que a otro, a Simón Bolívar, el prócer por antonomasia que, además de sus virtudes propias, integra la historia de los países andinos. Su estatua ecuestre sería el eje de un espacio conmemorativo construido expresamente como parque de América Latina, como se le llamó desde 1934. Se trataba de una zona un tanto periférica en el noroeste de París, cuyos terrenos baldíos y jardines desordenados sustituían las fortificaciones y las murallas de antaño y que el gobierno municipal trataba de ocupar con edificios populares y lugares de recreo.

Visita de Luis EcheverrAi??a a ParAi??s en abril 1973

Visita de Luis Echeverría a París en abril 1973

En los años siguientes, con un claro cuidado por la armonía y el equilibrio del parque, se fueron instalando pequeños bustos a ambos lados del gran Bolívar: los de Rubén Darío y de José Enrique Rodó en 1934, luego los de José Martí y Juan Montalvo en 1939, siguiendo con los de Vicuña Mackenna y Ricardo Palma (1955 y 1960), que enaltecían así a cada uno de sus países: Nicaragua, Uruguay, Cuba, Ecuador, Chile y Perú. En una publicación de 1936, firmada por Gonzalo Zaldumbide, literato y entonces ministro ecuatoriano, y por el escritor franco-argentino Max Daireaux, se decía que la presencia de esas figuras en el parquecito parisino era como la realización de esa hermosa página en la que Rodó, hablando precisamente de Montalvo, lo representa en los Campos Elíseos de la Antigüedad, conversando con los espíritus elegidos sobre las cosas eternas: así nos parece verlos, reunidos aquí en la perennidad del bronce, y oír en el silencio el diálogo ideal de estas tutelares sombras de nuestra América.

Hay que observar de entrada que todas esas sombras tutelares son de hombres; si por lo general las estatuas ignoraban el género femenino (a menos que se tratase de alegorías), la tendencia crecía en el caso de las naciones latinoamericanas. De allí que no haya un monumento a Gabriela Mistral o Sor Juana. ¿Qué virtudes se subrayan al erigirse estos bustos, al elegirse a estos hombres ilustres? Letrados todos, con su pluma contribuyeron a la cimentación de la identidad nacional, algunos habiendo jugado también un importante papel en la vida política e institucional en el primer siglo de vida independiente.

[...]
Para leer el artículo completo, Suscríbase a la revista BiCentenario.

"Vamos a aprender de los mejores" La participación de la Selección Mexicana en el Primer Mundial de fútbol

Rogelio Jiménez Marce - Universidad Iberoamericana, Puebla

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Fragmento de periA?dico

La primera edición del Campeonato Mundial de Fútbol se llevó a cabo en Uruguay del 13 de julio al 15 de agosto de 1930. La selección mexicana fue invitada a asistir por el país organizador, probablemente porque México había enviado una representación de este deporte a las Olimpiadas celebradas en Amsterdam en 1928. La suerte de las dos naciones en el certamen había sido distinta: los mexicanos fueron eliminados después de jugar los dos primeros partidos, mientras que la selección uruguaya se alzó con el trofeo.

El primer campeonato de futbol se celebraría dos años después de la Olimpiada, lo que mostraba el disgusto que sentía la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociado) por el hecho de que las autoridades olímpicas hubieran programado los partidos de fútbol antes de que comenzaran las actividades deportivas formales, con el argumento de que entre los participantes había algunos “profesionales”, lo cual, a decir del Comité Olímpico, distaba de cumplir con los objetivos de la justa pues el deporte debía estar desligado de remuneraciones económicas. De allí que el fútbol organizara un evento propio que, con el paso del tiempo, igualaría en importancia a las Olimpiadas y en cuanto al número de espectadores las ha llegado a superar. Se eligió a Uruguay como primera sede del certamen, debido a que, según los periódicos Excélsior y El Universal, se rendía así un homenaje a los “bravos jugadores” que se habían coronado en los torneos olímpicos de 1924 y 1928, pero también se contribuía a la celebración del Centenario de la Independencia de esa república.

La selecciA?n uruguaya en la final del Mundial de FA?tbol, 30 julio 1930

La selección uruguaya en la final del Mundial de Fútbol, 30 julio 1930

Los diarios mostraban entusiasmo por la organización del campeonato en Uruguay, pues sería la primera vez que se efectuaba un torneo de “máxima importancia” en tierras americanas, pero lo más importante era que este “varonil ejercicio” que “apasionaba a todo el continente”, ayudaría a desplazar a las “desprestigiadas” corridas de toros e impulsaría la difusión de un deporte en el que preponderaban la cortesía, la fuerza, la resistencia, la destreza, la habilidad y la velocidad.

¿Una “selección nacional?

Después de que se recibió la invitación para participar en el mundial, la Federación Mexicana de Fútbol (FMF) anunció que el 25 de mayo de 1930 se realizaría en el Parque España un partido para elegir a los jugadores que formarían la selección nacional. Excélsior indicaba que los futbolistas se habían escogido de los equipos que jugaban en las ligas capitalinas y se pusieron a las órdenes del entrenador español Luque de Serrallonga, quien, a decir del periódico, les había impuesto un “riguroso entrenamiento militar” y los concentró en el parque Delta de La Piedad.

Primer Campeonato Mundial de FA?tbol, Uruguay 1930

El día del partido, el entrenador dividió a los jugadores en dos equipos: el verde, formado por cinco jugadores del México, dos del América, dos del Necaxa y dos del Atlante, y el rojo, en el que alinearon cinco del Atlante, cuatro del América y dos del Necaxa. El partido resultó muy disputado y los rojos lograron la victoria en los últimos minutos. Como la intención del entrenador era comprobar la resistencia de los futbolistas, se jugaron los 90 minutos sin darles descanso, prueba que, se dijo, todos habían pasado. Después de observar las acciones, en el Excélsior se mencionaba que la selección nacional debía estar integrada por el portero Soto, los defensas Rosas y Record, los medios F. Rosas, Sánchez y Cerrilla y los delanteros Gayón, Mejía, Carreño, “Pichojos”y López.

Como último partido de preparación, el representativo mexicano se enfrentó al club Asturias en el Parque España. Antes de que comenzara el partido, el capitán del Asturias, Sigfrido Rot, pronunció un discurso de despedida y los dirigentes de la FMF entregaron a Record, quien era el capitA?n de la selección, y al delegado Soto la bandera con la que México desfilaría en campos uruguayos. El juego de preparación generó posiciones encontradas en la prensa. Excélsior alabó la actuación de los delanteros, pues habían mostrado “gran ligereza”. Si bien admitía que erraron muchos disparos, agregaba que no se debía olvidar que la instrucción de su entrenador era jugar rápido y tirar de inmediato. Pese a todo, la selección ganó el partido por seis goles a uno.

El representativo alineó con Bonfligio, Rosas, Record, Sánchez, Amezcua, Rosas, Hilario, Gayón, Nicho, Carreño y Pérez. Un artículo del El Universal, firmado por J. M. A., criticaba a la “selección nacional”; decía que a ésta no se la podía llamar selección, debido a que sólo se habían elegido jugadores de los equipos capitalinos, sin tomar en cuenta a los de las ligas de Guadalajara y Orizaba. Sin embargo, lo que mayor animosidad generaba al articulista era la designación de Luque de Serrallonga como entrenador, debido a que “carecía de méritos” para tener un puesto de tanta importancia; lo probaba que, en sus anteriores equipos, Real España y Germania, no había conseguido ningún resultado importante y en el último torneo sólo obtuvo una victoria con el Germania.

BalA?n

Sin embargo, la crítica en contra de Serrallonga ofrecía un argumento de mayor peso; J. M. A. enfatizó en diversas ocasiones que se había dado el puesto de entrenador a un español, lo que rechazaba pues a su juicio en la selección mexicana sólo debían estar los mejores jugadores y entrenadores nacionales. Proponía la formación de una Confederación Nacional de Deportes, con el objetivo de hacer del deporte un factor decisivo para el mejoramiento de la sociedad. Una de sus atribuciones sería elegir a los equipos que representaran a México en el extranjero, para lo cual debía tomar como ejemplo a la Asociación de Tenis, que sólo llevaba a los mejores jugadores a competir en los torneos internacionales.

El periodista consideraba que las “irregularidades” que prevalecían en los deportes estaban próximas a desaparecer, pues el Departamento Central pensaba formar una comisión deportiva que manejara los deportes organizados y acreditase a los equipos que representarían a México en el extranjero. Con un organismo de este tipo se evitaría repetir el caso de la selección nacional de fútbol, en la que el nombramiento del entrenador había sido fruto de la amistad de Serrallonga con los encargados del deporte. Sin andarse con rodeos, el anónimo crítico afirmaba que se debía preferir a los entrenadores nacionales sobre los extranjeros. Para colmo, Serrallonga no tenía la estimación del público, lo que resultó evidente durante el partido, cuando un grupo de espectadores requirió su salida, dando los nombres de entrenadores mexicanos, y clamó por Luis Cerrilla, jugador del América, que no fue incluido en la convocatoria final. J. M. A. agregó que, además de Cerrilla, faltaban Alatorre y Nadal, jugadores del Marte, y otros tres o cuatro más.

Sobre este punto, el periódico Excélsior opinaba que las muestras de repudio no tenían razón de ser, pues si los “jugadores antiguos” se sentían relegados por no ser parte de la selección, debían considerar que el objeto de este representativo era preparar a los futuros futbolistas que darían prestigio al país, pues el por- venir deportivo se encontraba en los jóvenes, no en los viejos.

[...]
Para leer el artículo completo, Suscríbase a la revista BiCentenario.