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Celebrando a la Guadalupana en los años veinte: ¿una ceremonia política o religiosa?

María Gabriela Aguirre Cristiani - UAM-Xochimilco

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

La Madre de Dios en MAi??xico

La Madre de Dios en México

El XXV aniversario de la coronación a la Virgen de Guadalupe fue objeto de una magna celebración. Desde muy temprano, en aquella mañana del 12 de octubre de 1920 la Basílica se encontraba adornada de flores que cubrían todo el templo en señal de la gran fiesta que estaba por empezar. La ceremonia fue la oportunidad para que en torno al arzobispo de México, monseñor José Mora y del Río, se reuniera todo el episcopado en pleno, en un homenaje a la Reina y Madre de México.

Muy probablemente, el contexto político revolucionario eclipsó la importancia de este evento. No habían pasado cinco meses desde que el presidente Venustiano Carranza se trasladara a Veracruz a establecer su gobierno, cuando fue asesinado en el poblado de Tlaxcalantongo, Puebla.

Inmediatamente el Congreso de la Unión nombró al entonces gobernador de Sonora, Adolfo de la Huerta, presidente provisional con la tarea de convocar a elecciones. Ello significó el triunfo de la rebelión de Agua Prieta que apoyó la candidatura de Álvaro Obregón a la presidencia. En este contexto, a escaso mes y medio de que este general tomara posesión de su cargo, tuvo lugar el jubileo a la Virgen de Guadalupe.

La Guadalupana

Siendo todavía presidente interino Adolfo de la Huerta, los preparativos para el festejo religioso iniciaron su curso en un ambiente en el que prevalecía la inestabilidad política. A pesar de que su interinato fue muy conciliador, los levantamientos locales seguían dando problemas a la Federación. El logro más importante de este gobierno fue la rendición de Francisco Villa y el repliegue a su hacienda de Canutillo.

En estas circunstancias, la ceremonia a la Virgen de Guadalupe no quedó registrada en la historia oficial de la Revolución e intentar reconstruirla pone de manifiesto no sólo la magnitud del culto a la Guadalupana, sino la fuerza que en ese momento tenía la Iglesia católica como una institución que pretendía restaurar el orden social cristiano.

El Abad Mitrado de la Colegiata de Guadalupe, Antonio Plancarte y Labastida

El Abad Mitrado de la Colegiata de Guadalupe, Antonio Plancarte y Labastida

Si recordamos que para esos momentos la recién promulgada Constitución de 1917 establecía importantes límites a las iglesias entre los que se encontraba la prohibición del culto externo, es decir, el culto fuera de los templos (artículo 24), la conmemoración a la Guadalupe adquiría una dimensión no sólo religiosa, sino política. La Iglesia católica mostraba una postura más combativa que ya venía trabajando, incluso, desde antes de que estallara el movimiento revolucionario, a fin de lograr hacer valer su proyecto social de nación.

En efecto, conmemorar los veinticinco años de la coronación a la Virgen era la gran oportunidad para convocar a todos los mexicanos a un acto masivo que mostrara la unidad y concordia de un pueblo que hasta el momento no lograba la paz, pero con su fe y su fervor proclamaría su amor a la patria. También era el momento de recordar el origen del culto a la Guadalupana, el cual, a los ojos del clero era, sin lugar a dudas, el símbolo de la identidad nacional. En efecto, la celebración significó traer a la luz el pasado virreinal cuando la Virgen se le apareció a Juan Diego; fueron los indógenas y los mestizos originarios de las tierras mexicanas los primeros en sentirse “hijos de Guadalupe”. En el siglo XVIII se consagró el culto cuando en 1737 fue proclamada Patrona de la ciudad de México y nueve años después, de todo el reino de la Nueva España. Más adelante, en 1754, el papa Benedicto XIV aprobó el patronato, autorizó la traslación de su fiesta al 12 de diciembre y le concedió misa y oficio propios.

Grabado italiano anA?nimo a partir de una pintura de Miguel Cabrera, 1732

Grabado italiano anónimo a partir de una pintura de Miguel Cabrera, 1732

La fecha paradigmática de esta celebración fue el 12 de octubre de 1895, cuando el entonces arzobispo de México, Próspero María Alarcón, en nombre y con la autoridad del pontífice León XIII coronó a la Virgen, Señora de Guadalupe. En estas bodas de plata, el jubileo retomaba esta tradición devocional convirtiéndose en una fiesta religiosa de carácter público. El Universal ofreció una descripción de cómo se vivió el homenaje ese día:

Desde las primeras horas cada minuto partía del Zócalo un tranvía lleno de fieles y de peregrinos. La calzada de Guadalupe iba colmada de gente que caminaba a la Basílica a pie o en carros de tracción animal, adornados con flores y banderitas de papel de vivos colores. Las fachadas de las casas estaban igualmente adornadas, y por la antigua calzada de los Misterios, iban también las peregrinaciones de devotos, que rezando avemarías se detenían ante los restos de aquellos toscos monumentos levantados en trechos, en pretéritos tiempos. Todo México y toda la población flotante estuvieron allí.

El alcance que esta celebración adquirió en términos de los fieles que acudieron a la Basílica y en función de los resultados obtenidos, una vez que la jerarquía católica se reunió con el fin de tomar acuerdos en cuanto a su política a seguir, nos lleva a reflexionar sobre el carácter del evento: ¿religioso o político?

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“El Mixcoac de mis recuerdos…”

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a través de los prismas de la niñez.

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Irineo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto.

Es un conjunto de recuerdos que nos permite visualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

Ladrillera en Mixcoac

Ladrillera en Mixcoac

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre, Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquél entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, al poco tiempo murió, mi mamá quedó viuda y en Mixcoac vivían mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante y le dijo: “no, tú ya no te vas”, porque yo tenía un año de nacida. Dijo: “¿qué vas a hacer con la niña?, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época avenida Cuauhtémoc, ahora se llama Rubens, entonces, rentó esa casa muy grande que tenía huerta, un corral, una alberca, estaba muy bien esa casa. Ahí vivimos muy bien, se casó otra de mis tías, se casó uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, que es también paralela a Rubens. Casi vivíamos en la esquina de Augusto Rodin. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré?, entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando ya es una más grande.

Mi casa era… una casa muy grande, tenía siete ventanas. El zaguán y siete ventanas, entonces, adentro, teníamos un jardín. Primero… ya ve cómo eran los corredores para las puertas de las recámaras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas y el jardín. Atrás del jardín estaba la huerta, una huerta enorme, teníamos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas, teníamos árboles frutales. Después, mi tío como hobbie puso su estadía, puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. Había en la zona varios establos. Había uno muy grande hacia adelante, para avenida Revolución.

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México y los mexicanos en las páginas de National Geographic (1910-1919)

Laura Muñoz / Instituto Mora
Revista Bicentenario #17

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México es, sin duda, uno de los países que más ha llamado la atención de la revista National Geographic a lo largo de sus más de cien años de vida. Enorme cantidad de artículos sobre nuestro país lo confirman. Si tomamos en particular el periodo que va de 1910 a 1919, encontraremos más de 20 artículos publicados como resultado de “la gran demanda de información sobre México” que recibía la revista, de acuerdo con lo dicho en el número de mayo de 1914. Estando el país en medio de una revolución, ¿qué les interesaba a los editores dar a conocer sobre México? ¿Qué tipo de información se ofrecía? ¿Qué estrategias se siguieron para ofrecer determinadas imágenes a los lectores?

México, el país vecino

El primero de los 22 artículos publicados en la década seleccionada apareció en agosto de 1910, muy cerca de las fiestas del Centenario. El último en octubre de 1919. A través de 379 fotografías y más de 500 páginas, National Geographic muestra a sus suscriptores en Estados Unidos una versión de México y los mexicanos. Dice que México es un país de contrastes. Contrastes entre lo moderno y lo antiguo; entre los distintos sectores sociales; entre los diversos grupos económicos; entre los diferentes climas y paisajes. Esta idea subyace en los relatos de textos y fotografías. No obstante, en ambos campos, pero más en las fotografías, se privilegia el deseo de mostrar lo menos cercano (para los estadounidenses), las escenas que muestran el atraso, las reliquias del pasado, como señala el número de diciembre de 1910. La imagen de los mexicanos en las fotografías es la de gente humilde y trabajadora, en su mayoría habitantes del campo, y cuando se los ve en las ciudades, son vendedores de productos artesanales. De las ciudades no se ven los edificios modernos, excepto un plano general del de Correos, más bien son escenario para enmarcar a esos habitantes pintorescos que aparecen en primer plano arreando burros cargados de bultos, o que transitan por las calles. Las mujeres casi siempre llevan rebozo. Pero las que seducen a los fotógrafos, por su belleza y joyería, son las llamativas tehuanas, ejemplo de exotismo. En las casi cuatrocientos fotografías no encontramos retratos de ningún miembro de la élite económica, ni de la política o la intelectual.

Los artículos

En todos los artículos, dedicados casi siempre a un tema particular, se manifiesta la fascinación de los viajeros y fotógrafos ante el país y su gente, la riqueza del territorio, la variedad de productos agrícolas y minerales, la diversidad de especies de aves, de climas y de vegetación (los cactus son particularmente atrayentes); la posesión de A?reas estratégicas para la comunicación (como el istmo de Tehuantepec), el potencial para el desarrollo comercial, la tierra fértil. En esos textos se advierte, también, la admiración que producen los espectaculares vestigios arqueológicos, huellas de culturas avanzadas y atractivo para los turistas. Fotografías a página completa permiten observar, en primeros planos, basamentos piramidales, estelas, restos de edificaciones en Mitla, Teotihuacán o Xochicalco. Los títulos de los artículos indican la orientación de cada uno. Con una rápida ojeada el lector percibe que los títulos se refieren, en primer lugar, a los recursos naturales y después a las maravillas del México antiguo. En correspondencia, los contenidos se centran en las posibilidades agrícolas de México, se refieren a las escenas que se desarrollan en diversas actividades económicas, detallan las características del territorio nacional, mencionan lo que se puede encontrar en él (desiertos, haciendas, jardines divididos por canales de agua), y enfatizan los distintivos de cada sitio arqueológico (las tallas en piedra, la raza olvidada de la misteriosa Chichén Itzá, el lustre del México antiguo).

México es el país vecino. Y de acuerdo con los adjetivos utilizados hasta el cansancio, es un país interesante, con tesoros maravillosos y paisajes fantásticos, o pintorescos. Es romantico, es misterioso. Pero no todo es enamoramiento, los pies de foto son el espacio utilizado para hacer comentarios de distinta índole, muchas veces insidiosos. Como el que acompaña a la imagen publicada en el número de julio de 1916 con el título “Casa en el campo cerca de Córdoba”. En ella aparecen, en primer plano, cuatro personajes, dos adultos y dos menores, de los que se dice son una familia campesina que, como buena parte de la población en México, posee muy pocas cosas. La leyenda afirma: “los bueyes bien alimentados de las haciendas no se sentirían orgullosos de que los hambrientos peones sean considerados sus iguales”. ¿A qué responde ese comentario? ¿Qué se quiere evidenciar?

Captura de pantalla 2013-10-23 a las 13.30.31En algunos casos, encontramos en esos pies de foto comentarios de admiración. Por ejemplo, para los tarahumaras. Junto a una imagen sin autor (que ha sido atribuida a C. B. Waite), en la que un grupo de tarahumaras posan para el fotógrafo, mirando a la cámara, se les reconoce por su resistencia física y su capacidad para correr, tanto de hombres como de mujeres. También por el volumen de producción de plata que hizo de México uno de los países que más contribuyó a la producción mundial, la imagen muestra una vista de un poblado minero, La Luz, cerca de Guanajuato, que contrasta visiblemente por su pobreza. Y, en otros, se percibe la nostalgia por Porfirio Díaz, bajo cuya administración el país tenía calma y estaba en vías de progreso; o se hace referencia a la ultramoderna Ciudad de México, en la que se podía pasar del siglo XVI al XX al cruzar una calle. Esto último, es lo que dice el pie de foto que acompaña la fotografía del edificio de correos, la única que muestra algo de la modernidad de México de la que a veces se habla.

Los autores

En cuanto a los autores de los artículos, encontramos a antiguos representantes consulares de Estados Unidos en México (como E. H. Thompson o Frederick Simpich); otros eran ingenieros vinculados a compañías mineras (entre ellos Walter W. Bradley), visitantes estadounidenses que recorrían las haciendas adquiridas por compañías de connacionales (es el caso de J. E. Kirkwood), o eran funcionarios del departamento de Agricultura del país vecino (E. W. Nelson). No faltaron fotógrafos, reporteros, comerciantes, viajeros particulares, es decir, una legión de estadounidenses que se desplazaron por el territorio nacional, de norte a sur, del golfo al Pacífico, haciendo levantamientos e inventarios de lo que podía verse en él y sus instantáneas muestran un recorrido por un país rico, poco poblado y agradable tanto para turistas ávidos de conocer lugares diferentes como para inversionistas en busca de áreas atractivas para sus capitales. Entre los fotógrafos aparecen más de quince nombres (entre ellos James H. Hare, John H. Hall, C. M. Tozzer, Franklin Adams y tres mujeres: Helen Olsson-Seffer, Harriet Chalmersy Janet M. Cummings).

Esos fotógrafos qué podían ser particulares o funcionarios del gobierno estadounidense, miembros de su ejército o de compañías,como Underwood and Underwood o Galloway, reprodujeron por decenas escenas pintorescas, paisajes rurales, retratos de pobladores de diversos puntos de la República mexicana, trabajadores en sus faenas. También propagaron imágenes emblemáticas de la arquitectura antigua (Mitla, Chichén Itzá, Teotihuacán, Xochicalco). National Geographic publicó esas fotografías desplegadas a página entera en la mayor parte de los casos y distribuidas en diversos artículos, de tal suerte que un conjunto de fotografías dedicadas a un tema particular, por ejemplo, a los volcanes de México, no sólo están en el artículo específico, sino aparecen en ese y otros.

Las fotografías

En las fotografías de gran tamaño, además de las vistas rurales, bucólicas e idílicas, y de los paisajes imponentes, tomados desde cierta altura, en general vacíos de gente, pero siempre evidencia de la fertilidad de los suelos y de los diversos cultivos agrícolas, predominan los personajes típicos por su atuendo y oficio. Esos personajes eran ya conocidos por haberse difundido en las revistas ilustradas publicadas después de los años 30 del siglo XIX, producto del trabajo de artistas mexicanos. Por ejemplo en el libro titulado “Los mexicanos pintados por sí mismos” y, luego, en México y sus alrededores. Los fotógrafos extranjeros que visitaron o vivieron en México en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, se encargaron de retomar esas imágenes y de multiplicarlas y distribuirlas, a través de postales, en las que a diferencia de las litografías que les sirvieron de modelo, acentuaron los rasgos de pobreza y desaliño de muchos de los tipos mexicanos que popularizaron. Es sabido que gran parte de esas postales eran mercadeadas por la Sonora News Company. National Geographic, con su creciente circulación, contribuyó a difundir esas imágenes.

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La selección de las fotografías hecha por los editores de National Geographic parece obedecer al deseo de ilustrar los textos, utilizando las imágenes con las que contaba la revista, suministradas mediante regalos o por compra, pues en esa época la revista no contaba todavía con su propio equipo de fotógrafos. Varias de las incluidas en un artículo están relacionadas con el tema del mismo, pero otras son de lugares distantes o sin relación con el contenido. Los pies de foto, de diversa extensión, contribuyen a subrayar lo que se quiere mostrar con determinadas imágenes.

Sobre los temas de las fotografías, ya se ha dicho cuáles son los dominantes. Falta añadir que algunos asuntos que no mencionan los textos de los artículos están abordados en las imágenes, como la deportación de indios yaquis, los festejos del Centenario, la revuelta de Pascual Orozco y la expedición punitiva que perseguía a Villa. La particularidad es que si bien esos temas aparecen en las imágenes, éstas se incluyen en números cuya publicación es posterior al momento en el que ocurrieron los hechos. Las fotografías del traslado de yaquis a la península yucateca se publican en diciembre de 1910, las del desfile con motivo de las fiestas del centenario en mayo de 1911, la que muestra a las tropas de Orozco en 1914. Es decir, un año o dos después de los acontecimientos. En cambio, en julio de 1916 National Geographic incluyó fotografías que muestran al ejército estadounidense en la expedición punitiva, apenas cuatro meses después de iniciada.

El Centenario y la revolución

En torno a la celebración del centenario de la independencia de México solamente encontramos nueve fotografías. Las tres primeras son de cadetes en uniforme de gala. Son diferentes tomas de alumnos del Colegio Militar, el West Point de México. Un nutrido público en ambas aceras de una calle observa el desfile de la caballería de ese colegio en una de esas fotografías que ocupa toda la página. En las siguientes, más pequeñas, los cadetes se ven formando vallas en diferentes puntos de la ciudad. El pie de foto indica que la fama de estos “que defendieron el Castillo de Chapultepec del ejército americano es histórica”. Varias páginas más adelante el lector se encuentra con otras fotografías alusivas al desfile, la mayoría de gran tamaño, en las que varios personajes representan a los antiguos mexicanos, portando atuendos vistosos y tocados de plumas. Según los pies de foto, esos individuos eran “descendientes de aquellos a quienes representaban”.

En cuanto a las imágenes sobre la lucha armada, son muy pocas y sin explicación de por qué fueron elegidas esas en particular. La que encabeza aquellas que tocan de alguna manera el tema de la guerra es una imagen, acreditada a Aultman y Dorman, publicada en mayo de 1914, que muestra a parte de las tropas de Pascual Orozco. Después, observamos a un típico revolucionario. Se trata de una imagen atribuida a Shirley C. Hulse en la que aparece un jinete –con sombrero y cananas– posando para la cámara. El pie de foto informa que fue tomada a petición del retratado. Hulse es, asimismo, autor de varias fotografías publicadas en la revista. En una de ellas aparecen, en primer plano, dos soldaderas viendo a la cámara, que las capta caminando al lado de los soldados federales a los que acompañan. Portan sombrero y el rebozo amarrado, cargando probablemente a sus hijos.

En el mismo número de 1914 hay un par de fotografías, sin autor, en que se muestra primero una campana y, en la siguiente, un cañón. La leyenda al pie de esta segunda fotografía informa que ese cañón fue construido con el material de la campana. Es decir, no hay ningún comentario adicional, ni positivo ni negativo, de lo que ocurre en México.

De igual manera, dos años después, sin relación con el tema del artículo, de julio de 1916, se incluyen varias imágenes en que se alude a la persecución a Villa tras su incursión a territorio de Estados Unidos. Por ejemplo, encontramos dos del capitán D. H. Scott del ejército estadounidense, que muestran a las tropas de ese ejército acampando al sur de Columbus. Los pies de foto describen el paisaje donde se asientan los campamentos. Los textos aluden a las condiciones en que viven temporalmente los soldados. En ese número hay dos de la compañía Underwood and Underwood, en que vemos trenes con tropas mexicanas. La primera es una imagen dividida en dos por la vía del tren. A la izquierda las tropas de Estados Unidos esperan al borde de la vía. A la derecha, el tren estacionado en otra vía tiene su techo cubierto por tropas mexicanas. En la segunda, en primer plano aparece un tren con el techo también cubierto por tropas mexicanas. Aquí sobresalen varias mujeres, algunas viendo a la cámara. Se señala el hecho de que en todos los campamentos se encontraba siempre “una sección para que las mujeres y los niños vivieran”. En conjunto y por su número, el tema de la expedición es el central en las imágenes publicadas.

Captura de pantalla 2013-10-23 a las 13.31.15La mirada de National Geographic

El conjunto de artículos, fotografías y pies de fotos, enmarcados por los títulos escogidos, muestran cómo la revista National Geographic mantuvo su mirada en los tesoros de su vecino México, transmitiendo una imagen de tranquilidad apenas alterada, pareciera ser, por algunos acontecimientos violentos, como si estos fueran aislados y no llegaran a causar inestabilidad. La percepción prevaleciente es la de un México que se hubiera detenido en el tiempo, en el periodo previo a la revolución. En los textos no se habla de la lucha, en las fotografías escasamente se asoma y, no es, por lo tanto, suficiente para cambiar la representación de México. Cuando en octubre de 1919 se publica el último artículo analizado, México estaba cerca de cumplir una década en armas, pero National Geographic se había esmerado en no mostrar esto.

PARA SABER MÁS:

  • “La tarjeta postal” en Artes de México, número 48, México, Conaculta, 1999.
  • Arturo Guevara Escobar, Fotógrafos de la Revolución, en: http://fotografosdelarevolucion.blogspot.com/
  • National Geographic en: http://ngm.nationalgeographic.com/
  • María Esther Pérez Salas, Costumbrismo y litografía en México: un nuevo modo de ver, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Estéticas, 2005.

Aventuras de un diplomático en México

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

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Después de la derrota de México por Estados Unidos en 1847, el presidente James K. Polk envió como comisionado a Nathan Clifford, su procurador general, con la misión de negociar la última etapa del tratado de paz. Si bien se ocupó de esta tarea, el novel diplomático tuvo ocasión de conocer la ciudad de México así como de escribir a su familia, residente en Newfield, Maine, a donde él había llegado en 1822, ejercido como abogado e iniciado su carrera política en el Partido Demócrata. De las impresiones de viaje que dejó en estas cartas, hablaremos a continuación.

Clifford inició el 19 de marzo de 1848 un viaje que apenas duró dos semanas; la rapidez revelaba la urgencia de que entrara en vigor el Tratado de Guadalupe Hidalgo, pues el movimiento Todo México, que exigía la anexión de más territorio a Estados Unidos, tomaba gran fuerza. El Senado lo había ratificado y contaba con la aprobación presidencial. Faltaban ahora la ratificación y aprobación mexicanas y Polk consideró a Clifford como el más apropiado para conseguirlas:

Está perfectamente familiarizado con todos mis puntos de vista, tales como se han discutido frecuentemente en el gabinete, respecto al tratado y todas sus estipulaciones. Es además un hombre discreto y muy sensato. [...] no hay otra persona de mi gabinete que pudiera estar tan bien preparado para llevar a cabo mis propósitos [...] Es un abogado digno de confianza y capaz y he estado satisfecho con él como miembro de mi gabinete.

Pese a que le disgustaba mucho la tarea, Clifford la asumió como un deber. De modo que, por una ruta que de Washington se dirigió a Wilmington, Carolina del Norte, y luego pasó por Charleston, Carolina del Sur; Augusta, Atlanta y Griffin, Georgia; Auburn, Montgomery y Mobile, Alabama, para finalmente llegar a Nueva Orleáns el 26, recorrido en el que viajó en lancha, carruaje, ferrocarril y barco de vapor, y no le faltaron tormentas, incendios e incluso un ligero resfrío, a pesar de lo cual conservó el optimismo: Creo que estoy en el camino del deber y me apresurará confiado en la guía y el apoyo de una Providencia todopoderosa.

James Polk

James Polk

El 27 abordó el Massachusetts; esperaba desembarcar en Veracruz a las 72 horas. Pero el viento obraba en contra y el velero no pudo anclar frente al castillo de San Juan de Ulúa sino una semana después. Sin duda, la buena recepción del mando militar, que lo acogió con salvas de cañón y los acordes de Sweet Home y Star Spangled Banner, interpretados por una banda, le deben haber resarcido las molestias de la travesía.

El puerto de Veracruz, despertado a cañonazos en la madrugada, estaba tranquilo y al parecer bajo perfecto control, si bien dirige a la policía la autoridad mexicana, restaurada hace tres días por el nuevo armisticio. Se alojó en casa de Louis S. Hargous, un comerciante estadounidense allí radicado. La ciudad le dejó una pésima impresión: “temeré pasar por este lugar cuando regrese a casa”. No era sólo el mal clima; los mexicanos se mantienen apartados de nosotros y no lamento que lo hagan porque no me agradan en lo más mínimo. Era ésta una actitud insólita en el pueblo hospitalario que es el mexicano, sin duda explicada por la reciente y muy dolorosa derrota militar.

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Los presos y el Centenario

Diego Pulido Esteva / El Colegio de México

BiCentenario #9

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Los redactores de El Diario recibieron en la primavera de 1910 la que consideraron una conmovedora carta suscrita por cincuenta y dos presos de Puebla, quienes en nombre de todos los reclusos del estado pedían apoyo para que se les redujeran sus penas con motivo del Centenario. Lejos de ser éste un hecho aislado, la carta se sumaba a una petición generalizada de indulto a lo largo y ancho del país. La expectativa de los presos era clara: recibir la gracia del Ejecutivo que mediante el perdón –decían– emularía las gestas heroicas de los insurgentes.

Con toda seguridad no era algo que estuviese en todos los periódicos. Ventilaba un asunto oculto, tan oculto quizá como la voz de los presos en la sociedad, una voz de rastros exiguos para el historiador. En este sentido, las peticiones de indulto invitan a pensar qué significados tuvieron el Centenario y los héroes patrios en el mundo carcelario.

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Peticiones patrióticas

Entre la correspondencia personal de Porfirio Díaz, se conservan cartas y telegramas que le dirigieron los presos. Estos documentos exhiben una estrategia para conseguir ya sea la libertad o la reducción del castigo. Los presos en Tulancingo, Hidalgo,comunicaron el día 2 de abril:

Los desvalidos que gimen en los obscuros calabozos de esta prisión y que profesan a usted amor y veneración, le piden respetuosamente para el próximo Centenario de nuestra Independencia y libertad, el indulto para los sentenciados a sentencia plena, la reducción de ella para el condenado a muchos años y la absoluta libertad para los que, arrepentidos de todo corazón de su falta, tienen ya sufridos muchos años de prisión.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 11.19.46Aunque no debe descartarse la presencia de litigantes con o sin título de abogado –llamado tinterillos o huizacheros-, es claro que estas peticiones implicaban la aprobación de los presos. Al menos, todos los registros hablaban en su nombre, la mayoría tenía sus firmas y referían emotivamente su condición de encierro, arrepentimiento y anhelo de libertad. Por lo tanto, puede afirmarse que más allá de los mediadores presentes en el mundo litigioso, las peticiones estaban acreditadas por ellos mismos y permiten escuchar, así sea de manera fragmentaria y tenue, la voz de los sentenciados a cárcel o muerte por algún delito.

PARA SABER MÁS:

  • Heriberto Frías, La cárcel y el boulevard, México, Joaquín Mortiz, 2002.
  • Antonio Padilla Arroyo, De Belén a Lecumberri. Pensamiento social y penal en el México decimonónico, Archivo General de la Nación, México, 2001.
  • Elisa Speckman,¿Quién es el criminal? Un recorrido por el delito, la ley, la justicia y el castigo en México (desde el virreinato hasta el siglo XX), Castillo, México, 2006.
  • ———————–, Crimen y castigo: legislación penal, interpretaciones de la criminalidad y administración de justicia (Ciudad de México, 1872-1910), El Colegio de México/UNAM-IIH, México, 2002.

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Adolfo López Mateos exhuma a Madero

Harim Benjamín Gutiérrez Márquez
UAM-Xochimilco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  20.

Los festejos en 1960 por los 150 años de la independencia y medio siglo de la revolución mexicana se convirtieron en una autocelebración. Había logros políticos y económicos, pero a los opositores apenas se les reconocía legitimidad.

 

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Durante muchos años los restos de Francisco I. Madero yacieron en el Panteón Francés de La Piedad. Su reposo terminó el 18 de noviembre de 1960, cuando los sepultureros Vicente Alcántara Martínez y Fidel Reyes los exhumaron para colocarlos en una bolsa forrada de seda. Luego fueron puestos en una urna y entregados a sus familiares, quienes los llevaron a una capilla para celebrarles una misa; afuera, guardando las formas del Estado laico, permanecían varios funcionarios gubernamentales. Terminada la misa, una escolta militar trasladó los huesos a la Cámara de Diputados, donde los instalaron al pie de la tribuna, cubiertos con la bandera nacional y una guardia de cuatro cadetes del Heroico Colegio Militar. El 20 de noviembre se celebró una sesión solemne ante los restos del prócer. Luego los llevaron a la Plaza de la República, donde el presidente Adolfo López Mateos los colocó personalmente en una cripta en la esquina noroeste del monumento a la revolución.

Ese fue el momento más solemne del año de las conmemoraciones del sesquicentenario de la independencia y el cincuentenario de la revolución mexicana. La primera fue brillante, pero la segunda tuvo un peso especial, pues fue aprovechada para celebrar el origen del régimen político que imperaba en el país. En efecto, hay que recordar que durante la serie de luchas que comenzaron con el llamado a las armas de Madero del 20 de noviembre de 1910, el viejo régimen porfirista fue destruido, se dotó al país de una nueva Constitución y se comenzó a formar un nuevo Estado. Esa tarea continuó durante la década de 1920 y tuvo como resultado que se modificaran las instituciones y las reglas para conquistar y ejercer el poder, por lo que se desarrolló un nuevo régimen político, el régimen de la revolución mexicana, el cual debe su nombre al hecho de que sus gobiernos se asumían como los herederos y continuadores de la revolución; es decir, se echaban a cuestas –no siempre con éxito– la tarea de hacer realidad los principios y metas surgidos a lo largo de ese proceso histórico, como el sufragio efectivo, la no reelección, el reparto agrario y la mejora de las condiciones de vida de los obreros, así como la reivindicación de la soberanía de la nación y de su propiedad sobre los recursos naturales.

Equilibrios

En su libro La ideología de la revolución mexicana, Arnaldo Córdoba explica que este régimen fue populista, pues se apoyó –valga la redundancia– en las clases populares satisfaciendo de manera limitada las demandas de obreros y campesinos; al mismo tiempo, un gran número de estos se integró a organizaciones rurales y sindicatos que se afiliaron al partido oficial y se convirtieron en las vías preferentes para hacer peticiones o recibir beneficios del gobierno. Este régimen estaba encabezado por un gobierno paternalista y autoritario, con un presidente dotado de gran poder, pues entre otras cosas de él dependía el reparto de tierras para los campesinos, y era además el árbitro supremo para las controversias entre trabajadores y patronos. Por último, durante el siglo XX se fue gestando un modelo de desarrollo económico capitalista vigilado y apoyado por el Estado, que defendía el principio de la propiedad privada, promovía a los empresarios y trataba de conciliar a las distintas clases sociales.

La naturaleza del régimen de la revolución le imponía la tarea de guardar un equilibrio entre los distintos sectores de la sociedad. Por ejemplo, necesitaba a los empresarios para fomentar el crecimiento económico, pero no podía dejar de proporcionar beneficios a sus bases obreras y campesinas (o por lo menos darles la expectativa razonable de conseguirlos en un futuro próximo). Se corría el riesgo de que, en cierto momento, el equilibrio se rompiera en favor de un sector, aumentando el descontento y comprometiendo la estabilidad del país.

Portada de la revista "PolAi??tica", diciembre, 1960.

Portada de la revista “Política”, diciembre, 1960.

Esa tarea era muy difícil, pero en 1960 los gobiernos del régimen de la revolución podían presumir un balance generalmente favorable o exitoso en cuanto a estabilidad política, crecimiento económico y prestigio internacional; por consiguiente, las efemérides de ese año eran una oportunidad imperdible para exhibir esos logros. El país podía presumir también de la vitalidad de su economía, su crecimiento demográfico y urbano, la expansión de su clase media, de avances importantes en salud y educación –a pesar de grandes rezagos– y de tener un ejército excepcional en América Latina por su lealtad a las autoridades civiles. El crecimiento económico –en especial el de las industrias–, fue calificado con cierta exageración como el milagro mexicano.

Sin embargo también había cuentas pendientes y fracasos. Por ejemplo, el reparto de tierras benefició a muchos campesinos con los ejidos, pero no bastó para la creciente población rural ni acabó con los latifundios.

PARA SABER MÁS:

  • Benjamin, Thomas, La revolución mexicana, memoria, mito e historia, México, Taurus, 2003.
  • Córdoba, Arnaldo, La ideología de la revolución mexicana, México, Era, 1973, reimpresión 2003.
  • Krauze, Enrique, La presidencia imperial, México, Tusquets, 2009.
  • Medina, Luis, Hacia el nuevo Estado, 1920-2000, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.

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Al acecho de “La Bestia”

Cecilia SuA?rez Trueba

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  20.

¿Porqué, a pesar de los peligros de muerte y complejidades del trayecto, los migrantes centroamericanos siguen intentando desesperadamente cruzar a Estados Unidos? El hambre, la falta de empleos bien remunerados, la inseguridad y la violencia en sus países de origen, entre otras muchas problemáticas, obligan a que la migración parezca ser la única opción.

Fue a finales del 2006 cuando tuve la ocasión de encontrarme por primera vez con la realidad de la migración centroamericana, cuando empecé a trabajar con un sacerdote jesuita en Acayucan, Veracruz. Una mañana recibimos una llamada, solicitándonos urgentemente apoyo para dar de comer a los 200 migrantes que llegarían a la comunidad de Medias Aguas, Veracruz. La Bestia, como los migrantes conocen al tren, había estado varada por varios días y acababa de reanudar su circulación. Sabíamos que todos los migrantes llegarían insolados, hambrientos, cansados y desesperados por todas las dificultades que habían tenido para viajar durante los últimos días. Sin embargo, lo que mis ojos presenciaron en aquella llegada del tren fue más allá de cualquier explicación: cientos de personas paradas encima de los vagones, deseosas de bajar para recibir un poco de comida, agua, curaciones y la oportunidad de descansar bajo la sombra de algún árbol.

La comunidad de Medias Aguas los recibía en el patio de una casa con ollas de agua fresca, bolillos, un poco de frijoles, queso, jamón y salsa. Estas imágenes me sacudieron y aún sin entender bien lo que estábamos presenciando, tuve la impresión de observar nada más la punta del iceberg de un fenómeno muy complejo.

Foto: Cecilia SuA?rez Trueba

Foto: Cecilia Suárez Trueba

Quiero compartir y hacer una reflexiA?n, desde mi experiencia, sobre algunas de las causas y consecuencias de este reciente fenómeno migratorio humano, rodeado de abusos y complicaciones, suscitadas primordialmente por la realidad ilegal que encierra. A pesar de leerse como una situación pesimista, desesperada, sin solución, representa el nacimiento de una nueva era de intercambio socio-cultural en América, protagonizado, en primer lugar, por estas miles de personas que, sin ser conscientes, están generando cambios políticos, económicos, sociales y culturales; en segundo lugar, por la sociedad civil organizada que ha demostrado capacidad solidaria y de denuncia, con un gran impacto a largo plazo.

Foto: Cecilia SuA?rez Trueba

Foto: Cecilia Suárez Trueba

El actual flujo masivo Centroamérica-Norteamérica tiene como detonante fundamental la economía. Las políticas y los tratados mal negociados de los países latinoamericanos han afectado la capacidad de subsistencia de muchas comunidades rurales y urbanas y favorecido condiciones laborales diseñadas para promover y sostener la ilegalidad de los trabajadores migrantes irregulares. La estabilidad económica actual depende de la disposición de mano de obra barata para los países de destino y del envío de remesas para los países de origen, realidades que complican la regularización de esta migración.

El éxodo presente está impulsado por la extrema pobreza, la inseguridad y la violencia que están viviendo poblaciones de Honduras, El Salvador y Guatemala. Gran parte de los migrantes atraviesan la frontera sur de México con el objetivo de encontrar trabajo en Estados Unidos. Buscan hacer su recorrido en el menor tiempo posible, pues conocen los peligros y las dificultades del camino, tratan a toda costa de pasar inadvertidos ya que la invisibilidad es su escudo más poderoso. Con él, el riesgo de ser detenidos, deportados, robados, abusados, secuestrados será mucho menor.

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Alameda Central de la Ciudad de México. Cuatro siglos de remodelaciones

Eulalia Ribera Carbó
Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  20.

Cuando en 1592 se iniciaron los trabajos de jardínes en lo que hoy es la Alameda capitalina, los anegamientos eran una constante. El ganado compartía el lugar con un tianguis. Durante décadas formó parte del esplendor del virreinato, el porfiriato lo hizo uno de sus símbolos y en el último siglo los remozamientos fueron a la par de la estética de los momentos políticos.

Casimiro Castro, “La ciudad de México tomada en el globo desde el noroeste”, México y sus alrededores, México, Decaen, 1864.

El jardín de la Alameda Central de la ciudad de México fue reabierto el 26 de noviembre de 2012 para gozo de los paseantes, con el anuncio de que, luego de ocho meses de haberle sometido a intensos trabajos de remodelación y limpieza, los mexicanos recobrábamos parte de nuestra historia. Lo cierto es que, más que recobrarla, esta última actuación en la Alameda escribió una más de las páginas de historia de un espacio que se redefine desde hace más de 400 años, cada vez que el gobierno decide recomponerlo y adaptarlo a las exigencias políticas, sociales, ideológicas o estéticas de su tiempo.

Casimiro Castro, "Interior de la Alameda de MAi??xico, MAi??xico y sus alrededores, MAi??xico, Decaen, 1864.

Casimiro Castro, “Interior de la Alameda de México, México y sus alrededores, México, Decaen, 1864.

A mediados del siglo XVI el virrey Antonio de Mendoza inició el reordenamiento de la ciudad de México con los lineamientos dictados por el urbanismo utópico y el espíritu humanista del Renacimiento. Quiso ensanchar también la traza reticular hacia el poniente, más allá de los límites del islote de México-Tenochtitlán, y para eso adquirió los terrenos cenagosos comprendidos entre la vieja calzada Méxicoa-Tacuba (hoy Avenida Hidalgo) y la recién prolongada calle de San Francisco (hoy Madero). Fue ahí donde en 1592 se iniciaron las obras de un jardín para el ornato urbano por iniciativa del virrey Luis de Velasco.

Miguel Mata y Reyes, El aguador, 1854, Museo Nacional de Historia

Miguel Mata y Reyes, El aguador, 1854, Museo Nacional de Historia

Se plantaron los primeros álamos que dieron el nombre al sitio y proyectaron las calzadas y una fuente; pero la saturación de agua en un suelo chinampero hizo penosos y difíciles los trabajos. El jardín quedaba constantemente anegado, y durante todo el siglo XVII fue siempre pisoteado por el ganado que libre lo invadía para pastar en él, aplastado por el tianguis que se instalaba encima y sucio por la basura que azolvaba las acequias.

Pese a todo, se mantuvo la vocación asignada al lugar, y a comienzos del XVIII, la Alameda era el paseo público de la capital de Nueva España. Cada año, el cabildo elegía a un alcalde encargado de su cuidado y el jardín era escenario importante del calendario festivo: el arribo de virreyes y arzobispos, la celebración veraniega de San Juan, Corpus Christi, carnestolendas; todo pasaba por ahí. Para la segunda mitad de siglo, los ejidos y barrios que se extendían alrededor habían ido perdiendo su carácter rural, y la edificación y reconstrucción de iglesias, conventos y casas reflejó el crecimiento económico y el esplendor urbano del virreinato. El jardín se hizo eco de la reforma administrativa, la ciencia, la técnica y las inquietudes higiénicas. Fue un paseo ilustrado con la desecación y consolidación definitiva de su suelo, la instalación de cañerías, nuevas plantaciones, riego y por supuesto decoración con cercas, fuentes, estatuas, portadas y ampliaciones diseñadas por arquitectos de la talla de Ignacio de Castera y Manuel Tolsá.

La Alameda, circa 1960, Col. RAA

La Alameda, circa 1960, Col. RAA

A fines de la colonia, la Alameda era el paseo predilecto de los moradores de la ciudad de México. Pero, como es lógico suponer, con la lucha de independencia y los difíciles años de inestabilidad política y zozobra económica que siguieron, quedó lastimada y abandonada. No fue sino hasta después de la restauración de la república, una vez pasados los horrores de la guerra civil y la intervención extranjera, cuando se reiniciaron con dedicación los trabajos para rehacer las infraestructuras del jardín y mejorar su imagen. Desde entonces todo fue innovación. El Estado liberal, definitivamente consolidado con la dictadura de Porfirio Díaz, se empeñó en mostrar grandeza y refinamiento con fuentes, monumentos “clásicos”, bancas de fierro fundido, columnas de chiluca y banquetas de cemento Portland. En la Alameda se instalaba cuanto exigía la bella época: kioscos para la música; carpas para bailes, teatro y zarzuelas; jacalones provisionales para títeres, acróbatas y prestidigitadores; puestos de comida y bebida; aparatos mecánicos desmontables; una pajarera y un reloj eléctrico; un tren infantil; el extraordinario pabellón morisco; flores y árboles de los nuevos gustos botánicos y el fastuoso hemiciclo de inspiración clásica, dedicado a Benito Juárez. Esta es la Alameda que modificada más o menos, hemos heredado en el siglo XXI y la que los encargados del ordenamiento, acicalamiento y gobierno del espacio urbano han restaurado para su conservación.

La Alameda en mayo de 2013

La Alameda en mayo de 2013

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Los diarios de un obispo en el exilio

Gerardo Salvador González Lara
Tecnlógico de Monterrey
Revista Bicentenario #17

 

La relación de la iglesia católica con el gobierno de México remonta sus orígenes al proceso de conquista y colonización del territorio y las culturas que habitaban el espacio denominado Nueva España, realizado por la monarquía española. De allí que resulte muy difícil separar lo espiritual de lo secular en los actos y móviles de conquistadores y religiosos, pues además la influencia de aquella fue casi constante desde la época de la Colonia hasta mediados del siglo XX, a pesar de los embates secularizadores de los siglos XVIII y XIX, de la revolución mexicana y de la radica- lización de los gobiernos posteriores de los generales Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas. A continuación presentamos como testimonio de esta historia algunos fragmentos de los diarios que Jesús María Echavarría y Aguirre, tercer obispo de Saltillo, llevó durante los años de conflicto revolucionario y de la guerra cristera, y pueden ser vistos como representativos del destierro y exilio al que se vieron sometidos obispos y religiosos de menor jerarquía durante los conflictos señalados, presumiendo que quienes lo sufrieron ignoraban cómo ni cuándo esta condición llegaría a su fin.

Jesús María Echavarría y Aguirre nació el 6 de julio de 1859 en un antiguo centro minero llamado San Pedro Bacubirito, en Sinaloa. Fue ordenado sacerdote el 28 de octubre de 1886 y consagrado obispo de la diócesis de Saltillo en la ciudad de Aguascalientes el 12 de febrero de 1905, cuando tenía 46 años de edad. El 4 de junio de 1923 recibió de la Santa Sede el decreto de erección del Instituto de Hermanas Catequistas Guadalupanas, lo cual le permitió fundar esta casa religiosa y así impulsar el desarrollo de esta congregación y sus distintas casas en tiempos difíciles para la expresión de la religiosidad en México y, a petición de la iglesia católica en Estados Unidos, extendió este servicio mediante la fundación de más casas en distintas ciudades del sur de este país. Murió en Saltillo el 5 de abril de 1954 a los 96 años de edad, luego de 49 años de ejercer en esta diócesis su labor pastoral.

Los diarios de Echavarría y Aguirre registran las experiencias que su autor vivió durante sus dos exilios fuera de la diócesis de Saltillo y del territorio nacional, y el difícil entorno que tuvo que enfrentar. La primera experiencia hacia el destierro se inició con su salida el 27 de abril de 1914, durante el gobierno de Venustiano Carranza, y concluyó con su regreso el 2 de mayo de 1918. En el trayecto estuvo en Saltillo, Guadalajara, ciudad de México, San Luis Potosí, Poza Rica, Tejería, Orizaba para llegar finalmente al puerto de Veracruz, desde donde salió a La Habana y, luego de una estania corta, se trasladó a Key West, Florida, y a Nueva Orleáns, Louisiana; en el estado de Texas estuvo en las ciudades de San Antonio, El Álamo, Santa Rosa, Fort Worth, Eagle Pass y Brackenridge.

Echevarría y Aguirre vivió un segundo exilio durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, del 21 de abril de 1927 al 2 de julio de 1929. Salió entonces de Saltillo rumbo a la ciudad de México, donde después de ser interceptado por fuerzas oficiales, fue enviado vía ferrocarril a Nuevo Laredo, Tamaulipas, de donde, forzado por militares y junto con otros seis prelados, cruzó a Laredo, Texas, para luego llegar a las ciudades de San Antonio, Santa Rosa y Brackenridge. Posteriormente viajó a Memphis, Tennessee, y a Salt Lake City, Utah, y en el estado de California estuvo en las ciudades de Los Ángeles, Redondo, San Francisco y San Fernando, para regresar de nuevo a San Antonio, Texas.

En ambos exilios, el obispo de Saltillo permaneció la mayor parte del tiempo en la ciudad de San Antonio.

Los diario referidos se localizan actualmente en la edición crítica Palabras y silencios del tercer Obispo de Saltillo Jesús María Echavarría y Aguirre durante sus exilios (2011), de quien suscribe, donde se explora la forma en que el prelado enfrentó la condición de exiliado desde que dejó su diócesis y demuestra la situación que vivió el colectivo religioso católico mexicano justo en las dos etapas históricas mencionadas, así como su convivencia con integrantes de diferentes congregaciones. De igual manera, ese trabajo identifica las percepciones e interacciones que tuvo este obispo con exiliados de diversos grupos que se pueden caracterizar como revoltosos y reaccionarios o bien como magonistas, porfiristas exiliados, anticarrancistas y otros de menor fuerza contestataria, y de igual manera con el grupo llamado del “México de afuera”.

Estos diarios brindan información y datos relevantes desde la visión religiosa sobre acontecimientos poco o nada conocidos tanto en México como en Estados Unidos, por lo que su contenido ayuda a entender una parte de la historia política, económica y social de los países con los que el autor tuvo contacto.

Veamos cómo este prelado migrante inició su destierro dentro de México, desde que dejó la diócesis de Saltillo hasta que cruzó la frontera de México con Estados Unidos:

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Accidentes viales: un problema para el presente y el futuro de México

Marie Karaisl
Cátedra Daimler-Anáhuac*Carlos Domínguez
Instituto MoraRevista BiCentenario #17

 

¿Cuántas veces, querido lector, ha hablado usted por teléfono celular mientras conduce su automóvil? ¿Cuántas veces no hemos conducido un automóvil cansados o después de echarnos tan sólo una más? ¿Cuántas veces ha conducido imprudentemente o a exceso de velocidad porque ya se le hizo tarde para llegar a esa junta de trabajo que era tan importante? Seguramente hay pocos conductores que pueden contestar a estas preguntas sin sentirse culpables y la verdad es que pocas veces reflexionamos sobre la magnitud y las implicaciones que un accidente vial puede tener.

El tema suena un tanto aburrido y sin embargo, estamos hablando de uno de los mayores problemas de salud pública que afectan a México y al resto del mundo actualmente. Sólo por mencionar algunos datos, los accidentes viales a nivel mundial cobran la vida de alrededor de 3,500 personas diariamente (según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud). Esto es equivalente a 1.2 millones de muertes y 50 millones de lesionados al año.

No por nada diversos organismos internacionales hablan de una epidemia de muertes a causa de los accidentes viales. De hecho, el problema es tan grave que la Comisión para la Seguridad Vial Mundial hizo un llamado en favor de un Decenio de Acción para la Seguridad Vial en 2009 y la propuesta fue adoptada por la Asamblea General de Naciones Unidas. En el marco de esta iniciativa se han instrumentado diversos programas y proyectos para atender el problema, incluyendo el caso de México con la creación de la Iniciativa Mexicana de Seguridad Vial (Imesevi).

¿Qué tan grave es el problema en nuestro país? Se estima que cada año suceden más de 400 mil accidentes viales, los cuales causan entre 10 y 24 mil muertes y entre 20 y 40 mil discapacitados permanentes. Uno de los estudios más recientes sobre el tema, llevado a cabo por los autores en el marco de la Cátedra Daimler-Anáhuac sobre Cultura y Educación Vial, sugiere que el costo económico de los accidentes viales es equivalente a 1.43% del Producto Interno Bruto (PIB). Esta cifra incluye el costo de los daños materiales, el costo de la atención médica y la pérdida de años productivos debido a lesiones y fatalidades por parte de conductores, peatones y otros afectados directamente por los accidentes viales. Para aquellos que no están familiarizados con este tipo de términos y conceptos económicos, 1.43% del PIB es equivalente más o menos a 15 mil millo- nes de dólares o para ponerlo en perspectiva, a 70% de lo que México recibe anualmente por concepto de remesas. Con estos recursos podrían construirse cada año cuatro nuevos aeropuertos para la Ciudad de México o treinta nuevas presas hidroeléctricas; alternativamente se podría pagar el presupuesto completo de la Secretaría de Salud o de la Secretaría de Desarrollo Social.

Por supuesto, lo más preocupante de los accidentes viales no radica en las pérdidas económicas sino en las pérdidas humanas. En este sentido, datos oficiales del INEGI, la Secretaría de Salud y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes confirman el siguiente perfil de las víctimas: alrededor del 78% son varones, casi la mitad son peatones, 42% no cuenta con seguro médico y el rango de edad con mayor probabilidad de morir en un accidente de tránsito se encuentra entre los 15 y los 44 años de edad. Es decir, si hilamos cabos y analizamos todos estos datos en conjunto resulta inevitable concluir que la víctima de un accidente vial tiene altas probabilidades de ser el jefe de familia, de estar en la edad más productiva económicamente, de ser el principal aportador de ingresos a un hogar de bajos recursos económicos y de tener uno o varios dependientes (hijos y esposas, principalmente).

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