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Sólo una idea

Ana Suárez – Instituto Mora.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México / Durango, 450 años de historia, edición especial.

La guerra ya se huele. Casi se palpita. El país puede desaparecer. Qué hacer para impedirla. Hay que desatar antes de romper, dice alguien en tono diplomático. ¿Una carta que en su ambigüedad ayude a ganar tiempo?

L. Garcés, Palacio Nacional, ca. 1855. Col. RAA.

L. Garcés, Palacio Nacional, ca. 1855. Col. RAA.

Arista se pregunta si destapa la jaula, pero piensa que mejor no, apenas pasan de las seis y, aunque haya llegado abril, el canarito puede coger frío. Por su parte es inútil que se acueste de nuevo, como suele decirse nomás daría vueltas y todo lo vería peor. Y si por suerte lograra conciliar el sueño sentiría otra vez la angustia de la derrota, no de cualquier derrota, sino de la última, la final.

Se dice que no es posible seguir de esa manera, tiene que hacer algo, organizar sus ideas, tomar decisiones, sólo así recuperaría el sosiego. Y reniega: Si por mí fuera carajo ya me encontraría yo en Minatitlán, listo para combatir y caer junto a los defensores del fuerte. Pero no, su posición se lo impide, se ha convertido en el primer prisionero de la nación y no le resta más que permanecer en palacio y aguardar allí las noticias que logren remitir quienes están al cargo. Respira profundo y murmura: Debo calmarme, el país continúa en paz, mientras yo viva, algo podré hacer. Ordena que le lleven el traje de general, con todas sus medallas y hasta la banda de presidente. Sacará fuerzas de donde sea, y el rango y las condecoraciones le ayudarán, son suyas después de todo, sudor, y sangre, e incluso lágrimas sellaron su posesión, y en este mundo y en el otro son muchos quienes pueden dar testimonio de ello.

Después de arreglarse con cuidado, Arista da un trago al café que le acaban de poner sobre la mesilla de noche, elige un bizcocho del cesto colocado junto a la taza, lo muerde, es inútil, no pasa bocado, y murmura ¡puta madre, yo nunca he dejado de comer! Acaso es porque que en esta ocasión a él le corresponde el principal deber. No queda más que enfrentar el problema, pero resuelve sacar antes la jaula del cuarto y, con ella en brazos, poco a poco para no asustar a su huésped, recorre galerías y pasillos guardados por soldados y, ya en su despacho, la cuelga de otra percha, allí, junto a la ventana, a donde más tarde pegará el sol.

jose fernando ramirez. Mil personajes en el México del siglo XIX, 1840-1870-Editorial Extinta (453x640)

José Fernando Ramírez (1804-1871).

Se arrellana en seguida en una butaca, reclina la cabeza contra el respaldo y ahora sí da espacio a sus reflexiones. Es claro que no hay remedio, la cámara dio su dictamen, en verdad que él podría anular el decreto y contentar de esa manera a los gringos de mierda, pero no, no quiere, no va a actuar como un dictador. Una cosa es que en el pasado hiciera sus negocitos, todos extraen ventajas de sus puestos y él también ha tenido sus necesidades, otra dar un golpe de Estado, eso sí sería demasiado. No importa que los pinches diputados hayan metido la pata, tuvieron que haber pospuesto el rechazo del tratado para permitirle ganar tiempo, pues lo que quisieron impedir sucederá de todas maneras, y por la mala: los americanos van a ocupar el istmo en cuanto se enteren de que la votación fue en su contra, y construirán sin tardar el ferrocarril transoceánico.

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