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La migración permanente en Simojovel

Perla Shiomara del Carpio y Eduardo Fernández
Universidad de Guanajuato, Campus Celaya-Salvatierra

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

La producción de café o la recolección y elaboración de artesanías de ámbar han sido insuficientes para que los habitantes de este municipio chiapaneco permanezcan en sus poblados. La mejora educativa también suele ser determinante para emigrar

Iglesia de Simojovel de Allende. WIKICOMMONS

Iglesia de Simojovel de Allende. WIKICOMMONS

A lo largo de la historia de México, los movimientos migratorios han presentado características diversas, producto de múltiples causas, y el territorio nacional ha sido testigo de desplazamientos de población con diferentes matices y modalidades. Por un lado, observamos un fenómeno de migración internacional ya centenaria, que coloca a México como el principal país exportador de recursos humanos en el mundo y a 98 por ciento de sus migrantes residiendo en Estados Unidos. Por el otro, desde la conquista española, el país es destino de inmigrantes de distintas partes del mundo.

Ahora bien, existen otros fenómenos de movimiento de población. Sin duda, el más antiguo es el de la migración interna; las mismas culturas prehispánicas, a través del comercio y las guerras, tuvieron una intensa movilidad. Otros fenómenos más recientes son la migración de retorno (de los migrantes internacionales) y la de tránsito, esto es, el paso por nuestras tierras de centroamericanos y sudamericanos, entre otros orígenes, con el propósito de llegar a Estados Unidos.

Las causas de las diferentes modalidades migratorias van de las adversas situaciones económicas, como la pobreza y falta de oportunidades, a las políticas: conflagraciones, persecuciones religiosas y étnicas, e inseguridad (mafias y caciquismo). No faltan también los desastres naturales: terremotos, sequías, inundaciones, erupciones volcánicas y degradación del ambiente. O razones culturales: tradición e industria de la migración, redes sociales, etcétera.

Si bien es cierto que hoy en día la migración internacional, la migración de retorno y la transmigración han atrapado la atención de la mayoría de los estudiosos del tema en México, el desplazamiento interno presenta aristas muy interesantes por analizar. Es el caso de la población de Simojovel –conocida como tierra del café y del ámbar--, que a lo largo de los últimos siglos ha sido sacudida por eventos que la mantienen en movimiento permanente.

El siglo de la finca

El municipio de Simojovel de Allende se encuentra ubicado en la región De Los Bosques, en el estado de Chiapas, a 130 kilómetros de Tuxtla Gutierrez Esta región, donde habitan numerosos pueblos indígenas, se caracteriza por la existencia de minas de ámbar, la fabricación de joyería con esta resina y la producción, recolección y venta de café.

La región estaba habitada por grupos pertenecientes a la etnia tsotsil desde mucho antes de la llegada de los españoles, grupos que fundaron pueblos de regular importancia, entre ellos Simojovel y Huitiupán, ambos con población dedicada a la agricultura y a la explotación de las minas de ámbar. Más tarde, en el siglo XVI, el pueblo de Simojovel seguía habitado por una mayoría indígena, que después de haber sido desplazada por la conquista española, se convirtió en punto de congregación de mano de obra para la producción agrícola, lo cual facilitó el pago del tributo indígena a la Corona.

Simojovel y la comarca en su conjunto destacaban desde tiempos prehispánicos como contribuyentes de productos agrícolas y recursos naturales aportados por sus pobladores, a la vez que fue escenario de diversas revueltas campesinas e indígenas y zona de refugio de dirigentes acosados por la acción punitiva de los sectores dominantes, tanto en el periodo colonial como durante la época independiente.

CafAi?? tostado. WIKICOMMONS

Café tostado. WIKICOMMONS

Es probable que antes de la entrada del café en la región y del avance de las fincas donde comenzó a cultivarse en la segunda mitad del siglo XIX, comenzaran a llegar de manera esporádica individuos no indígenas, pobres o medianamente acomodados, algunos de los cuales posiblemente establecieron luego las primeras haciendas dedicadas al maíz, el tabaco y la ganadería. Provenían de San Cristóbal de las Casas y Comitán, sobre todo de lugares donde la población se hallaba marginada del poder económico y político, y se relacionarían más bien con actividades como el comercio y la arriería. La importancia de la producción agrícola contribuiría a que la zona se mantuviera y progresase como lugar de reunión y encuentro entre diferentes grupos étnicos.

Fue por entonces cuando se empezó a consolidar el nuevo sistema de fincas, fomentado y protegido por las leyes y las disposiciones del Estado liberal, que dominaría la región por alrededor de un siglo. Este tiempo fue conocido como el siglo de la finca.

El sistema se fortaleció propiamente a finales del siglo XIX y su término comenzó a partir de la segunda mitad del siglo XX. Se caracterizó porque en él la población nativa constituyó una fuerza de trabajo permanente. Para los indígenas de la región de Simojovel el establecimiento de fincas cafetaleras significaría el acasillamiento y el baldiaje, es decir, el servicio de los trabajadores a cambio de renta, el cual los fijaba a la tierra de una manera que ha sido considerada como servidumbre.

Y es que las relaciones de producción que se instauraron fueron, por un largo periodo, de índole semifeudal y con salarios casi simbólicos. Aún en las postrimerías del siglo XX, los peones estaban obligados a pagar renta en sus tres modalidades: trabajo, especie y dinero. Dentro de este esquema laboral y productivo, el trabajo de las mujeres y los niños en las fincas era también importante, su condición de género y edad favorecia que no se les pagara lo correspondiente por su labor.

Este era, en suma, el panorama en que el poder de los patrones y la subordinación de los trabajadores en general gozaron de legitimidad durante mucho tiempo, casi cien años. En estas condiciones es comprensible que aconteciera un fenómeno migratorio, pues para los pobladores resultó necesario buscar mejores condiciones de vida y de trabajo.

Collar de A?mbar. WIKICOMMONS

Collar de ámbar. WIKICOMMONS

Para saber más

  • BALCÁZAR, JORGE, Museo comunitario del ámbar. Simojovel de Allende, Museo Comunitario del ámbar, 2009.
  • DEL CARPIO OVANDO, PERLA SHIOMARA, “Entre el textil y el ámbar: las funciones psicosociales del trabajo artesanal en artesanos tsotsiles de la ilusión, Chiapas, México”, Athenea Digital, 2012, v. 12, núm. 2, pp. 185-198, en: http://xurl.es/j8i0w
  • TOLEDO, SONIA, Fincas, poder y cultura en Simojovel, Chiapas, San Cristóbal de las Casas, PROIMMSE, 2002.
  • _________________, “La fiesta de San Andrés y los espacios de poder en Simojovel, Chiapas”, Anuario de Estudios Indígenas, 2009, v. 13, pp. 265-297.
  • “Museo comunitario de ámbar”, en: http://xurl.es/5i3xo

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Las piedras azules que cayeron del cielo Distintas miradas a la rebelión chamula de 1868-1869

Elizabeth Balladares Gómez / UAM-I
Revista BiCentenario #7

El cielo de Chiapas se encontraba cargado de nubes oscuras y presagios. Era el año de 1868 cuando el cielo arrojó tres piedras sobre Tzajalhemel, un paraje cercano al pueblo tzotzil de San Juan Chamula. Los indios tomaron las piedras por dioses, en cuyo honor ofrendaron un Cristo indio; hechizados por las revelaciones de estas piedras-dioses, desencadenaron su odio sobre los habitantes de San Cristóbal, marcando el comienzo de la llamada guerra de castas.

San CristA?bal de las Casas

Este relato se perpetuó en el tiempo y los corazones de los habitantes de la región de los Altos de Chiapas y distintos estudiosos del tema se basaron en él para la reconstrucción de esta historia, pero algunas voces de tiempos recientes la han desmitificado a partir del escrutinio cuidadoso de las fuentes de ese tiempo y nos ofrecen otra mira- da de la guerra de castas, situándola en el contexto regional, mostrando que se halla inscrita en los procesos políticos de la nación mexicana que buscaba construirse después de la independencia, periodo en que las distintas facciones políticas y las leyes esgrimidas desde el centro hicieron posible el culto de Tzajalhemel y sus consecuencias que a continuación se narran.

La mirada en el momento

En Tzajalhemel, la indígena Agustina Gómez Checheb pastoreaba un rebaño de ovejas cuando aparecieron en su camino tres piedras de color azul oscuro y de forma redonda. Al ver a su madre le dijo: “estas piedras bajaron del cielo”. Siguiendo el consejo del fiscal de San Juan Chamula, Pedro Díaz Cuscate, Agustina envolvió las piedras caídas del cielo y las ocultó en una caja de madera. Se cuenta que las piedras golpeaban la caja para poder salir, por lo que Díaz Cuscate, valiéndose del respeto que gozaba por ser el encargado de la iglesia, difundió la noticia de que las piedras hablaban y se autonombró sacerdote del nuevo culto. Y la noticia no tardó en llegar a los pueblos aledaños.

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Una gran tormenta inundaría las calles de San Cristóbal en esos días. Desde un altar improvisado en Tzajalhemel, Pedro Díaz Cuscate la interpretó como un castigo a los ladinos “los habitantes no indígenas de la ciudad”, y una muestra de la fuerza de sus dioses que se negaban a abandonar a los primeros habitantes de estas tierras.

En medio de rezos, olor a incienso y a juncia, los indígenas de Chamula y pueblos cercanos adoraron a las piedras: sus dioses que volvían. Que cayesen del cielo era una señal de inconformidad por el olvido en que se les había tenido, era un reclamo por ser suplidos por la nueva religión y así lo entendieron sus fieles, quienes decidieron escucharlos y redimirse otorgándoles la dignidad que se merecían.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 19.05.53Tzajalhemel se llenó pronto de vida: rezos, procesiones, flores, incienso y posh (la bebida embriagante de cañaa) se ofrecían a los dioses en señal de respeto. Era tanta la gente que visitaba las cuevas del lugar, que se instaló un mercado en el que los indios comerciaban libremente por medio del trueque y sin intervención de ladinos. La noticia no tardaría en llegar hasta los oídos del cura de Chamula, quien ya se preguntaba el por qué de la poca asistencia a la iglesia, así que decidió visitar Tzajalhemel. Al llegar y darse cuenta de lo que sucedía, reprendió severamente a los indios por sus prácticas paganas, ante lo cual éstos se mostraron sumisos y abandonaron las cuevas.

PARA SABER MÁS:

Rosario CASTELLANOS, Oficio de tinieblas, en Obras reunidas I, México, FCE, 2005.

Flavio Paniagua , Florinda, México, Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, 2003.

JAN RUS, ¿Guerra de castas según quién?: indios y ladinos en los sucesos de 1869, en Juan Pedro Viqueira y Mario Humberto Ruz (eds.), Chiapas: los rumbos de otra historia, México, UNAM/ CIESAS, 1995, pp. 145-174.

Indios somos con orgullo. Poesía Maya-Tojolabal, recopilación, traducción, notas, comentarios e introducción por Carlos Lenkersdorf, México, UNAM/ IIFL, Centro de Estudios Mayas, 1999.

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La Casa del Estudiante Indígena, ¿un experimento psicológico-social? (1926-1932)

Sofía Crespo Reyes
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

El Presidente entrega la bandera en la Casa del estudiante indAi??gena

La Casa del Estudiante Indígena o, como también se le llamó, Internado Nacional Indígena, fue un proyecto educativo pre-sentado en la clausura de la campaña electoral de Plutarco Elías Calles, en junio de 1924, como el más grande experimento psicológico-social que realizaría el nuevo gobierno, dirigido a incorporar a los grupos indígenas a la vida civilizada.

Se trataba de reunir en la ciudad de México a indios varones de raza pura, originarios de comarcas con densa población indígena, que hablaran una lengua autóctona y contaran con inteligencia, vigor físico y salud. Los jóvenes seleccionados recibirían instrucción primaria y la enseñanza de un oficio manual, agrícola o industrial. Una vez concluidos sus estudios regresarían a sus comunidades como líderes y gestores del desarrollo, enseñando las formas de vida civilizada y moderna que las motivarían a salir del atraso en que se hallaban.

Casa del estudiante indAi??gena

Pese a que hubo diversos proyectos dirigidos a la incorporación de estos grupos durante el decenio de 1920, la Casa del Estudiante Indígena sobresalió por sus objetivos: anular la distancia evolutiva que separa a los indios de la época actual, transformando su mentalidad, tendencia y costumbres, probar su capacidad intelectual por medio de la educación, promover una solidaridad étnica que animaría a los alumnos a volver a sus pueblos a enseñar y fomentar el alma nacional en sus hermanos de raza.

Joven huichol y su padre al llegar a la casa del estudiante indAi??gena

El plantel se inauguró el 1° de enero de 1926 (sin acto político alguno), con 200 alumnos, cuyas edades oscilaban entre los 11 y 19 años, procedentes de 27 grupos indígenas. El plantel se encontraba en la Calzada la Verónica núm. 85, colonia Santa Julia, Tacuba. El doctor José Manuel Puig Casauranc, secretario de Educación Pública, cuenta en La casa del estudiante indígena. 16 meses de labor (1927) cómo se pretendió que el lugar fuera sobrio y de buen gusto y que se dio un énfasis particular a los espacios amplios, ventilados, higiénicos y bien iluminados, para acostumbrar a los alumnos a vivir en un ambiente sano y limpio, distinto del jacal al que “dice” estaban acostumbrados.

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