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El exilio de Marietta Blau en México

Pilar Baptista Lucio
Universidad Panamericana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

En una Austria tomada por los nazis, la científica judía no podía sobrevivir. Fue Albert Einstein quien la salvó de una muerte segura consiguiéndole trabajo en un México donde poco se hacía aún en investigación científica. Durante los seis años que permaneció en el IPN, poco pudo avanzar en su especialidad, la aplicación del método fotográfico para el registro de partículas nucleares. La actividad profesional en un área dominada por los hombres y con escasos recursos resultó compleja. Su contribución a la formación de investigadores en física ha sido su gran legado para el país.

Profesores de ESIME (800x449)

Personal docente de la ESIME en su 25 aniversario, 25 de noviembre de 1941. Marietta Blau sentada en el costado izquierdo. IPN, Archivo Histórico de la ESIME.

Marietta Blau es un talento desperdiciado en su país
Albert Einstein a Francisco Castillo Nájera, 24 de junio de 1941

Pequeña de estatura, tímida, con mirada intensa e inteligente, son los adjetivos que coinciden en las descripciones de quienes conocieron  a la gran científica austriaca Marietta Blau, quien vivió en la ciudad de México de 1938 a 1944. Una fotografía tomada en 1940 confirma esta narrativa. En la imagen, Marietta se asoma por una esquinita del retrato de grupo. Aparece con otros 57 profesores –todos ellos varones– del Instituto Politécnico Nacional. Pese a esta impresión, lo que sobresale en su vida es gran valentía y tenacidad, ya que pese a los múltiples obstáculos que enfrentó, no abandonó su carrera científica.

Marietta Blau RecorteMarietta Blau nació en Viena el 29 de abril de 1894, en el seno de una familia acomoda- da, judía e intelectual. Su padre Markus era abogado y su madre Florentine Goldenzweig se dedicó al hogar y a sus cuatro hijos: Fritz, Otto, Marietta y Ludwig. El primero murió de pequeño, y tanto Otto como Ludwig fueron llamados al ejército cuando empezó la Gran Guerra en 1914. En ese mismo año Marietta comenzaría el pregrado en física y matemáticas. Se matrícula en la Universidad de Viena junto con otras 22 compañeras del bachillerato. Ante la falta de hombres jóvenes quienes habían decidido defender al imperio austrohúngaro de los Habsburgo en frentes muy lejanos se abrieron puertas para que las mujeres tuvieran nuevas oportunidades profesionales, pero también altas probabilidades de soltería. Como a otras chicas de su generación, ambas cosas marcarían a Marietta. Sus hermanos sobrevivieron la guerra y regresaron tardíamente a terminar sus carreras cuando Marietta ya se doctoraba en Física en 1919.

Después de un par de estancias de trabajo en Alemania, Marietta vuelve en 1923 a una Viena desesperanzada. Imaginemos a una ciudad devastada por las pérdidas humanas, en continua crisis política y económica y, sobre todo, con la humillación de transitar en tan sólo cuatro años de ser la capital del orgulloso imperio austrohúngaro con casi 50 000 000 de personas, a serlo de una nueva república con 6 000 000 de habitantes. Con la desin- tegración del imperio austrohúngaro –dice la historiadora Maureen Healy en su libro sobre la vida cotidiana en Viena después de la Gran Guerra–, se pierde también un sistema de identificación que cohesionaba a los diferentes grupos y etnias. Sin aquel, pocos eran verdaderamente austriacos y se tachaba a los judíos de traidores, a los checos de cobardes, a los marxistas de ilusos y a los católicos de egoístas y convenencieros.Todos contra todos. En la posguerra, o más bien en el periodo de entreguerras, Austria careció de unión ante la desgracia común. Divisiones, odios y tensiones se intensificaban cada día y, sin embargo, el interés por el conocimiento, las artes y la investigación científica –anclado en el siglo XIX– no parecía menguarse.

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