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El sueño de José María Morelos

Miguel Ángel Fernández Delgado
Universidad del Sur de Florida

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

El ex cura de Carácuaro encabezó y dirigió las principales operaciones militares insurgentes independentistas. Se ganó la credibilidad de la gente y le dio sustento a la causa al abrir el camino hacia el primer Congreso, la primera declaración de independencia y la Constitución. Su empeño heroico tuvo también algunos desaciertos que terminaron por costarle la vida.

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Petronilo Monroy, Retrato del general José María Morelos, 1865, óleo sobre tela. Palacio Nacional, SHCP


Entre sus primeras declaraciones en el momento de ser capturado, José María Morelos, el ex cura de Carácuaro, debió explicar las razones que lo llevaron a convertirse en líder militar y político de la lucha insurgente. Al contestar que sólo cumplía las órdenes que le comunicó Miguel Hidalgo, los realistas le exigieron detallar las instrucciones que, se darían cuenta entonces, llevaba grabadas en la memoria desde hacía más de cinco años, como marcas de fuego: que se introduciría un gobierno americano y habría que desplazar a las autoridades españolas de todos los puestos de mando. A él correspondía, en su carácter de lugarteniente por la costa sur, tomar, en primer lugar, el puerto de Acapulco y recibir el gobierno y las armas de los que fueron sus dueños por todos los sitios que tocara, dejando en su lugar a autoridades americanas. Para sostener a sus tropas, embargaría los bienes de los europeos, y a estos los enviaría a la intendencia más cercana, donde serían confinados, dando lugar a los casados para que se reuniesen con sus familias, para que cada uno marchase a su tierra o a una isla. Era un plan teóricamente pacífico, pero sabemos que la violencia se había liberado desde el principio por parte de los dos bandos contendientes, como suele suceder en semejantes episodios históricos, sin importar el siglo, las personas, las naciones o las circunstancias.

Entrevista entre Hidalgo y Morelos (640x367)

Rafael Gallegos, Encuentro entre Miguel Hidalgo y Costilla y José Ma. Morelos y Pavón, 1953, óleo sobre tela, Museo Casa de la Constitución de Apatzingán, Apatzingán, Michoacán

Las instrucciones de Hidalgo a Morelos y al resto de los comandantes de las divisiones, si bien eran claras en cuanto a la meta de independencia que anhelaban, no iban más allá de los pasos iniciales para desatar la guerra por todo el territorio. ¿Qué era lo que había que hacer después? Desde la captura de los primeros caudillos, el 21 de marzo de 1811, fecha en que iniciaron sus lamentables prisiones y un proceso militar que culminó con la ejecución de la mayoría, el 26 de junio, y el cura Hidalgo, que no tendría un fin diferente, pero que, además, debió sufrir luego un largo proceso eclesiástico, hasta el 30 de julio, fecha de su fusilamiento, el resto de los rebeldes, a pesar del desánimo, no olvidaron el objetivo del movimiento. ¿Cuál de los comisionados lo encabezaría? Al principio tomó la estafeta el abogado de Tlalpujahua, Ignacio L. Rayón, quien fuera secretario de Hidalgo. Formó la Suprema Junta Nacional Americana o Junta de Zitácuaro y un proyecto constitucional, pues así interpretó los deseos manifestados por Hidalgo al final de su manifiesto contra el edicto de la Inquisición, el 15 de noviembre de 1810, de reunir un congreso que se componga de representantes de todas las ciudades, villas y lugares de este reino con el propósito de dictar las leyes más urgentes y necesarias para la reforma del gobierno. Rayón dirigió entonces la insurgencia copiando el patrón de las juntas surgidas en la península ibérica con el fin de hacer frente al invasor francés, las cuales, además, regían en ausencia del monarca secuestrado por Napoleón. Pensó, al igual que gran parte de los insurgentes y de los seguidores de la causa en la Nueva España, que Fernando VII era la inocente víctima de la ambición del Gran Corso y, por lo mismo, declaró que luchaba por preservar el trono del rey Borbón español contra las autoridades impuestas por el invasor francés, las cuales también suponía infiltradas en el virreinato novohispano, o muy cerca de establecerse en él. No fue sino hasta el regreso a España de dicho rey, apodado El Deseado, en 1814, poco después de revelar su verdadero carácter al desconocer la Constitución de Cádiz, que Rayón y muchos otros rebeldes se convencieron de que debían luchar por la independencia absoluta y no por cuidar el trono de ningún monarca español.

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