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De costureras y jefas de hogar

Fernando Vialli Ávila Campos
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Los talleres domésticos femeninos dedicados a la producción de ropa para tiendas departamentales de la ciudad de México, mostraban en 1921 un fenómeno laboral oculto para la mayoría de los capitalinos: destacaban por una paga baja y extensas horas de trabajo, asociado a las múltiples actividades hogareñas.

Costureras en un taller, ca. 1934. Colección particular.

Costureras en un taller, ca. 1934. Colección particular.

Durante la década de 1920 en la ciudad de México, las trabajadoras del hilo y la aguja se ubicaban en pequeños talleres domésticos al interior de las vecindades. Era muy poco común verlas en las grandes aceras o en la vía pública. Tampoco interactuaban cotidianamente con los múltiples empleados y aquellos que pregonaban sus oficios en las calles ante la mirada de la muchedumbre. Estas mujeres pertenecían a una realidad oculta a la mirada de las multitudes en las grandes urbes. Quizá esta sea una de las razones por las cuales fueron las grandes ausentes de las estadísticas oficiales y censos de la época. Retrataban un submundo de la costura que no se veía, pero estaba presente.

En las encuestas de inspección del Departamento del Trabajo de 1921, realizadas a 58 trabajadoras, las costureras dedicadas a la producción de ropa no están identificadas como costureras, a pesar de que ellas referían las actividades que hacían en sus talleres domésticos. Sin embargo, las labores de confección permiten caracterizarlas como un sector trascendental en el mundo del trabajo femenino correspondiente a la industria del vestido, a partir de cinco elementos clave: la manufactura de prendas y el tipo de tela empleada, la jornada laboral, los ingresos obtenidos, los años dedicados al oficio y el papel de jefas de hogar.

Las costureras parecían ser “las anónimas, las fulanitas del gozo que nunca gozan”, como mencionó Joao do Rio, un cronista brasileño que en 1907 describió el sórdido mundo de las trabajadoras de Río de Janeiro, quienes laboraban rodeadas por los lujos de las tiendas departamentales.

Confección de prendas

Desde mediados del siglo xix y hasta las primeras décadas de la centuria siguiente, las industrias en las que mayormente se empleaban las mujeres correspondían a las del vestido y el tabaco. Las costureras confeccionaban ropa por cuenta propia o para los grandes almacenes y tiendas comerciales. Algunos estudios explican cómo, a partir de la creciente industrialización que se vivió durante el porfiriato, el sector femenino dedicado a este oficio comenzó a apropiarse de espacios laborales que normalmente aseguraban un lugar para los hombres. Más aún, emprendió un papel activo tanto en el comercio como en los servicios.

Ante este contexto, era habitual que un sinfín de mujeres se emplearan como costureras y modistas en fábricas, talleres de tiendas departamentales, casas de moda y talleres domésticos. El oficio de costurera tenía una demanda considerable en la ciudad de México porque implicaba una serie de tareas específicas. Había trabajadoras dedicadas a confeccionar prendas completas como chalecos, pantalones, faldas, abrigos y ropa interior de hombre. Otras elaboraban piezas parciales como cuellos, puños y diferentes guarniciones. Estas actividades eran peculiares en los hogares adaptados para estas labores. Normalmente las hijas cumplían el papel de aprendizas.

Cabe aclarar que también estaban las costureras remendonas, que en algunas ocasiones hacían pequeñas composturas para el vecindario o familiares sin ningún giro comercial. En cambio, las mujeres que trabajaban utilizando máquinas de coser Singer (las cuales comenzaron a tener auge en el porfiriato tardío) se empleaban en fábricas donde convivían con bordadoras, dobladoras, planchadoras y sombrereras. Pero en el caso de las costureras de talleres domésticos, confeccionaban la ropa de forma manual empleando como herramientas principales el hilo y la aguja.

Por ejemplo, la costurera María Becerril, con domicilio en la 6ª calle de la Moneda número 73, informaba al Ayuntamiento de la ciudad que no tenía giro comercial de una tienda de modas, sino que simplemente trabajaba en su domicilio como costurera para su sostenimiento. Del mismo modo, Luisa Martínez, de la casa número 24 de la 1ª calle de la Amargura, exponía ante el presidente municipal que “hacía con sus hermanas costuritas pendientes de trajes humildes de señoras”. Los testimonios de estas mujeres eran emitidos ante las acusaciones de no contar con las licencias correspondientes para dedicarse a trabajar como costureras en sus talleres. Asimismo, referían que llevaban a cabo este oficio en sus habitaciones para servirse de una labor honrada a la que se dedicaban desde que eran pequeñas aprendizas.

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PARA SABER MÁS

Campo, Ángel de, La Rumba, México, Conaculta, 2013.

Porter, Susie, Mujeres y trabajo en la ciudad de México. Condiciones materiales y discursos públicos (1879-1931), Zamora, El Colegio de Michoacán, 2008.

Sánchez Parra, Cristina, “Novedad y tradición. Las tiendas departamentales en la ciudad de México y su influencia en el consumo, 1891-1915”, tesis de doctorado en Historia, México, Centro de Estudios Históricos-El Colegio de México, 2017.

Mitidieri, Gabriela, “Entre modistas de París y costureras del país. Espacios de labor, consumo y vida cotidiana de trabajadoras de la aguja, Buenos Aires, 1852-1862”, Trashumante. Revista Americana de Historia Social, núm. 12, 2018.