Los presos y el Centenario

Diego Pulido Esteva / El Colegio de México

BiCentenario #9

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Los redactores de El Diario recibieron en la primavera de 1910 la que consideraron una conmovedora carta suscrita por cincuenta y dos presos de Puebla, quienes en nombre de todos los reclusos del estado pedían apoyo para que se les redujeran sus penas con motivo del Centenario. Lejos de ser éste un hecho aislado, la carta se sumaba a una petición generalizada de indulto a lo largo y ancho del país. La expectativa de los presos era clara: recibir la gracia del Ejecutivo que mediante el perdón —decían— emularía las gestas heroicas de los insurgentes.

Con toda seguridad no era algo que estuviese en todos los periódicos. Ventilaba un asunto oculto, tan oculto quizá como la voz de los presos en la sociedad, una voz de rastros exiguos para el historiador. En este sentido, las peticiones de indulto invitan a pensar qué significados tuvieron el Centenario y los héroes patrios en el mundo carcelario.

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Peticiones patrióticas

Entre la correspondencia personal de Porfirio Díaz, se conservan cartas y telegramas que le dirigieron los presos. Estos documentos exhiben una estrategia para conseguir ya sea la libertad o la reducción del castigo. Los “presos” en Tulancingo, Hidalgo, comunicaron el día 2 de abril:

Los desvalidos que gimen en los obscuros calabozos de esta prisión y que profesan a usted amor y veneración, le piden respetuosamente para el próximo Centenario de nuestra Independencia y libertad, el indulto para los sentenciados a sentencia plena, la reducción de ella para el condenado a muchos años y la absoluta libertad para los que, arrepentidos de todo corazón de su falta, tienen ya sufridos muchos años de prisión.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 11.19.46Aunque no debe descartarse la presencia de litigantes con o sin título de abogado —llamados tinterillos o huizacheros—, es claro que estas peticiones implicaban la aprobación de los presos. Al menos, todos los registros hablaban en su nombre, la mayoría tenía sus firmas y referían emotivamente su condición de encierro, arrepentimiento y anhelo de libertad. Por lo tanto, puede afirmarse que más allá de los mediadores presentes en el mundo litigioso, las peticiones estaban acreditadas por ellos mismos y permiten escuchar, así sea de manera fragmentaria y tenue, la voz de los sentenciados a cárcel o muerte por algún delito.

PARA SABER MÁS:

Heriberto Frías, La cárcel y el boulevard, México, Joaquín Mortiz, 2002.

Antonio Padilla Arroyo, De Belén a Lecumberri. Pensamiento social y penal en el México decimonónico, Archivo General de la Nación, México, 2001.

Elisa Speckman, ¿Quién es el criminal? Un recorrido por el delito, la ley, la justicia y el castigo en México (desde el virreinato hasta el siglo XX), Castillo, México, 2006.

———————–, Crimen y castigo: legislación penal, interpretaciones de la criminalidad y administración de justicia (ciudad de México, 1872-1910), El Colegio de México/UNAM-IIH, México, 2002.

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