La Guadalajara pujante de la primera mitad del siglo XIX

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

Poco mas de dos décadas de su corta vida, Mariano Otero creció y se destacó como abogado en una Guadalajara sin tantos contrastes, a diferencia de la ciudad de México. Allí sí se conciliaba la unidad nacional con las necesidades locales, según sus palabras. Se formó en una sociedad liberal y federalista, que rechazaba los privilegios de las minorías, y de la que fue inoculando seguramente muchas ideas que luego llevaría a cabo como legislador.

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Carl Nebel, Plaza Mayor de Guadalajara, litografía a color en Carl Nebel, Voyage pittoresque et archéologique dans la partie la plus intéressante du Mexique, Paris, Chez M. Moench, 1836.

Cuando nació Mariano Otero, el 4 de febrero de 1817, Guadalajara era la cabecera de la Intendencia del mismo nombre, perteneciente al que fuera reino de Nueva Galicia. La elegante urbe había arribado al siglo XIX convertida en un importante corredor comercial, financiero, político, religioso y cultural que conectaba el centro y el occidente del territorio virreinal. Tenía cerca de 37 000 habitantes y estaba compuesta, en ese tiempo, por más de 350 manzanas y una extensa área suburbana, cuyo crecimiento se debía, principalmente, a una acelerada afluencia de inmigrantes procedentes de las áreas rurales aledañas, y a una mayor diversificación de sus actividades comerciales, preindustriales y artesanales. Desde antes del estallido de la guerra de Independencia, su vida económica y política había estado bajo el dominio de una elite integrada por un estrecho círculo de peninsulares vinculados por redes familiares, los cuales controlaban el poder y la economía.

En el año del nacimiento de Otero, el movimiento libertario iniciado en 1810 aún no terminaba. Se había convertido en una “guerra de guerrillas” operada por unas cuantas gavillas insurgentes que se mantenían en actividad asolando pueblos y haciendas en diversas regiones de la provincia, tratando de sobrevivir a la represión del gobierno virreinal y procurando mantener vivo el desgastado movimiento rebelde. Sin embargo, después de siete años de violencia, este se apagaba y en Guadalajara se oían cada vez menos los relatos de las hazañas del “Amo Torres” y del cura Mercado, iniciadores de la lucha en la Intendencia, y se iba borrando el recuerdo de los días en que el cura Miguel Hidalgo fue recibido en medio de la aclamación popular.

Durante el tiempo de la guerra, la ciudad creció e incrementó su población por la migración de numerosas familias que huyeron de la violencia e inseguridad de otras regiones buscando refugio y protección para sus fortunas. En esos años, se mantuvo relativamente tranquila y sólo se alteró en mayo de 1818 cuando la sacudió un fuerte temblor causado por la erupción del volcán de Colima que derribó las cúpulas de las torres de su bella catedral, que Otero colocaba “en los primeros lugares entre las iglesias del Nuevo Mundo por la grandeza de sus formas, la sencillez de su estilo y el lujo de sus adornos”.

Según él, la independencia se consumó en Guadalajara “sin sangre ni lágrimas”. En junio de 1821 se juró la independencia de acuerdo con el Plan de Iguala proclamado por Agustín de Iturbide y en septiembre se celebró con grandes muestras de júbilo la entrada triunfal del Ejército Trigarante a la ciudad de México. Hubo música y fuegos artificiales y las calles principales se vieron llenas de impresos con la imagen del caudillo. Al año siguiente, se festejó de igual manera su coronación como emperador de México, con adornos, iluminaciones, serenatas, desfiles, salvas de artillería, ceremonias religiosas, representaciones en el coliseo y corridas de toros. Los festejos duraron varios días.

Sin embargo, muy pronto el brillo del efímero emperador Iturbide se fue apagando por la acción de antiguos jefes insurgentes que lo obligaron a abdicar. En Guadalajara se extinguió la flama imperialista y surgieron nuevas ideas que se propagaron en el naciente Estado Libre de Xalisco, iniciando bajo el grito de “federación o muerte” una intensa campaña en pro del federalismo y la soberanía estatal, la cual fue vista desde el centro como una postura insurrecta, “disidente” e “infiel”. En palabras de Otero, “Guadalajara dio el grito de federación, que cundiendo por toda la república mostró la justa conciliación de la unidad nacional con las necesidades locales”. Por esta aguerrida defensa de sus valores, Jalisco fue considerado entonces como el estado más rebelde de la confederación mexicana y su Congreso el más liberal, mismo que, ante el sentimiento antiespañol en un amplio sector de la población y a fin de asegurar la tranquilidad y prevenir pronunciamientos en favor de la monarquía, expidió una ley para reglamentar la expulsión de los hispanos que mantenían una privilegiada situación. Más tarde, en 1833, los liberales jaliscienses respaldarían con firmeza las trasformaciones sociales dictadas desde la capital a través del programa de la llamada “primera Reforma”, expidiendo decretos que iban en contra de los intereses de los conservadores y la Iglesia.

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