Archivo de la categoría: Sepia

Ilusiones

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

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Niños en la vía del tren, [s.f.]. Colección de Graziella Altamirano Cozzi.

La escenografía ha cambiado, pero el presente y el pasado de los niños que piden ayuda –seguramente unas monedas– se mantienen en su lugar. Manos alzadas que imploran por algo que llevar a casa. Del otro lado de las vías entonces, o del otro lado de una vereda, un camellón, una avenida, en la actualidad. Sólo pueden ofrecer a cambio la bondad de sus rostros aún inocentes. Son solidarios con las necesidades de quienes los arropan todos los días, les aportan unos bocados y los duermen en las noches. Detrás de ellos hay quienes están fuera del mercado laboral, que seguramente pasaron por situaciones similares a sus edades, que por poco rato fueron a la escuela y no les quedó más que aprovechar las oportunidades de hacer los trabajos más duros. Los tiempos cambian y la humanidad hace sus progresos, pero la pobreza no deja de regenerarse. La esperanza de vida de ellos no era la misma de sus contemporáneos de hoy, que por necesidad los evocan. Ahora podemos hablar de 75 años de expectativas de vida, aunque para ellos –sean los niños de la foto o los que vemos hoy en nuestras calles–, quizá las cifras se mantengan en los 35 años de principios del siglo XX, cuando fue tomada la imagen. La actual no deja de ser una realidad más dura.

Los niños de la calle habitan las calles. Y hasta alcantarillas. Muchos han perdido familias. Sus familias son otros como ellos, de la misma edad. Con suerte y caen en manos generosas de casas-hogar donde pueden comer, bañarse y compartir un colchón. Es el lujo de cada día. Si los tratan con respeto, se habrán sacado la lotería. Los niños de nuestra foto vivían en poblaciones que por su tamaño aún se fundían con el campo. Alimentarse, al menos, estaba más al alcance de la mano. Las milpas cercanas proveían del maíz, el nopal o los frijoles, y hasta frutas. Y era posible criar una gallina o un cerdo en un terreno vecino. Sufrir es un concepto que en la marginalidad los niños deben aprenden demasiado pronto. Nunca regales dinero, deben aprender el esfuerzo del trabajo, decimos muchos. ¿Pero se les puede inculcar si los adultos no podemos ofrecerles la educación, el alimento o la compensación de un juguete? Seis de los niños que nos miran desde la cámara están distraídos en la curiosidad de ser retratados o atentos a algún truco del fotógrafo. Pero dos –semioculta aparece lo que sus cabellos largos y vestimentas denotan una niña–, permanecen imperturbables en su objetivo: el sombrero y las manos se alzan para pedir. Arriba del vagón un adulto que no vemos posiblemente se preste a entregar algo. O a permanecer indiferente y esperar a que el tren se mueva para dejarlos allí con sus esperanzas truncas. ¿Acaso no es esa la imagen que podemos descubrir en algunas de nuestras calles de hoy?

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Pasiones de un maquinista

Darío Fritz

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México núm. 24.

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A mi Lucha adorada, con todo mi cariño, Orizaba, Guillermo, 22 de octubre de 1921, Veracruz. Colección ARSA.

Los que nacieron con el ferrocarril a un paso de sus casas  o formando parte de sus vivencias personales –subir en él para vacacionar, visitar familiares, asistir a una cita médica importante–, saben de los ritos que podía generar y el respeto que deparaba. Desde preparar maletas, llegar con anticipación a la estación, instalarse a conversar en la sala de espera, divagar por los acompañantes que la fortuna deparaba para la travesía (especialmente para los pasajeros de poblaciones intermedias que subían sin asientos numerados) o si la calefacción ayudaría a hacer más soportables las noches gélidas. El andén de una estación ferroviaria podía ser bullicioso, y nadie dejaba de otear en el horizonte para ver al filo de las vías si aquella mole de hierro se acercaba. Un punto de luz en la inmensidad lo delataba en la noche; el vibrar de los durmientes o un pitido perdido lo hacía reconocer en el día. Pero su entrada a una estación siempre era triunfal. Nadie se animaría a llamarle la Bestia. Todos callaban a su paso, sinónimo de respeto y gratitud, o una necesidad ante el estruendo ensordecedor. El olor particular del combustible y de los frenos de la locomotora invadían con su aura, diferente del que se sentía dentro de los vagones. El rito continuaba: mientras los pasajeros se acomodaban en sus asientos y  hasta algún familiar subía a ayudar, especialmente hombres, abajo los más curiosos caminaban junto al convoy para ubicar a conocidos de otros pueblos o descubrir nuevas caras. Era también una forma de sociabilizar. Tres personajes eran clave en la llegada del tren: el jefe de estación, tan respetado como el jefe policial del pueblo, el guarda y uno casi invisible pero imprescindible, el maquinista. Serio y concentrado observaba todo el tiempo el horizonte, atento a que nada se le atravesara sobre las vías. Tenía su glamour, como el de los pilotos de aviones actuales, aunque eran su antítesis. Desconocidos para el pasajero, vestían overol, se engrasaban con tanto fierro que manipulaban y como cumplían funciones de mecánicos, sus manos distaban de estar sedosas. El glamour lo alimentaba el poder de conducir hasta un nuevo destino. Ese era el caso de Guillermo Fernández (manos en la cintura en la imagen) posando junto a su equipo en la locomotora que en los años veinte cubría el recorrido México-Veracruz. Después de haber sido uno de los reprimidos en la huelga de Río Blanco, sumarse a la revolución y sufrir la persecución de los huertistas, en tiempos de paz ya pudo dedicarse a su pasión de la infancia: manejar locomotoras. Al pasar por Orizaba gozaba con tocar el silbato y que le saludaran. Allí estaba Luz del Carmen Bravo, que corría desde su casa cercana. En poco tiempo se casarían y tendrían dos hijos. El 22 de octubre de 1921 el maquinista enamorado le envió esta foto con dedicatoria, una postal de su otra pasión.

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El Bello Sexo

Darío Fritz – Revista BiCentenario.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México / Durango, 450 años de historia, edición especial.

Festejos durante la IV exposición regional de la ciudad de Durango, 1908. Col. Francisco Durán.

Festejos durante la IV exposición regional de la ciudad de Durango, 1908. Col. Francisco Durán.

Se puede decir que esta es una foto de usurpadores. Y me refiero a los hombres, que deberían haber quedado fuera de la imagen. Porque era un día dedicado al culto y entusiasta bello sexo, según relata una crónica de la época. En mayo de 1908 los duranguenses tiraron la casa por la ventana. Todo el mes fue de exhibición y también de fiesta. Sus orgullosos 26 000 habitantes mostraban sobre mesas, estantes y vitrinas desde lo más común a lo más exótico de la producción estatal: aguas minerales, coches carruajes, artículos de cuero, las vacas más redondas y los caballos más lustrosos, los trajes locales que copiaban la moda en París o Nueva York, el oro de las minas de Tamazula y la plata de Santiago Papasquiaro. A mitad de mes, el día 16, las señoritas de la mejor sociedad se dedicaron a ofrecer las bebidas elaboradas en el estado, así como flores, dulces y confetis. Tuvieron su día especial dentro de aquella IV Exposición Regional de Durango, realizada dentro del edificio aún en construcción del futuro Hospital Civil de la ciudad. Claro que las damas no estaban solas. Los miembros de la junta organizadora se sumaban a sus esposas, hijas o familiares en la atención a los asistentes. Aquellos hombres, encabezados por Ignacio Gómez Palacio y Francisco Asúnsolo habían convencido desde ochos meses atrás al gobernador Esteban Fernández, de la necesidad de la exposición y de que las mujeres no podían quedar fuera. De allí, el lugar que finalmente se ganaron para la foto. Muy serias, aunque felices, las damas exhibían la mejor moda de esos años. Sus sombreros remarcan la ubicación social de cada una de ellas. Ellos, con su levita, a tono con el estilo francés porfiriano. Aquel día dedicado al culto y entusiasta bello sexo –eufemismo que podría hacer referencia a ellos, ¿por qué no?–se cerró con una kermés de cuatro horas donde una orquesta y una banda le regalaron su día a señoras y señoritas. Por supuesto hubo lluvia de serpentinas y confetis que como queda claro cayeron sobre aquellos atildados integrantes de la alta sociedad duranguense.

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Aquellas Selfies

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

[TranvAi??as de Orizaba ]col. RamA?n Aureliano (1024x631)

Autor no identificado, sin fecha, [Tranvías de Orizaba], col. RAA.

Ser o no ser. Ser vistos o no ser nada. La fotografía siempre ha sido la huella más amistosa para dejar rastros de quiénes fuimos, de dónde venimos. Una huella tan poderosa, aunque de resultados lúdicos, semejante al documento que nos identifica, el acta de nacimiento, la casa donde crecimos, o la calle que lleva un nombre familiar, si es que tan alto llegamos en las consideraciones de los vecinos. ¿Cómo resistirse a no dejar una impronta visual, al menos, si está en nuestro ADN exhibirnos, así sea enmarcados? Los retratos quizá hayan sido los primeros, aunque estuvieran fuera del alcance de la mayoría cuando la fotografía no era ni siquiera sueño. Los hubo esculpidos en piedra en el Antiguo Egipto o en construcciones monumentales de la Edad Media. Le siguieron los célebres de la pintura: Durero, Botticelli, Goya, Van Gogh, Renoir, Frida Khalo, que mostraron en autorretratos cómo se veían a sí mismo. Verdaderas autobiografías en paletas de colores. La fotografía fue el siguiente paso. Las familias Araoz y Pontones se paseaban de la estación del ferrocarril al mercado de Orizaba en los modernos tranvías tirados por mulitas. Inaugurado en 1878, aunque la imagen no tiene fecha, era una muestra de modernidad, una novedad que debía quedar registrada. Al pie de una mesa, junto a otras imágenes muy apreciadas, enmarcadas en una pared, protegidas celosamente en albúmenes, las fotografías se inmortalizaron como huellas familiares, testigos de las vestimentas de época, los registros del dolor o los hechos históricos. Algunas de aquellas miradas posadas y serias habrán podido repetirse cuando llegaron los primeros autos a la ciudad. ¿Quién no ha seguido la misma rutina de mostrarse junto a lo nuevo y excitante? Entrado el siglo XXI los rastros que dejamos se van apagando. El formato perenne de la fotografía se desvanece. La captura del momento ya no tiene la vigencia de lo perdurable. Ahora son instantes de autopromoción que se pierden en las redes sociales. Uno tras otro. La adicción, en todo caso narcisista, por el autorretrato –ahora con impronta sajona bautizada como selfie–, de las risas individuales o grupales congeladas en pixeles, tiene la durabilidad del disparo de la cámara. La imagen se sale de la sala de la casa para buscar reconocimiento entre amigos y desconocidos donde la web lo permita. Es la nueva huella vanidosa de un instante que no pretende perpetuarse. Mírenme, luego existo.

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El mundo de los adultos

Darío Fritz

postal 2Las ilusiones del mundo de los adultos están iluminadas con el cambio de cada año de un cúmulo de necesidades materiales y afectivas que se comprimen la mayor parte de las veces en aspiraciones de dinero, salud y afectos correspondidos. Las de los niños, traducidas en juguetes los días 6 de enero, según la usanza occidental, se edifican a la medida del contexto en el que van construyendo sus vidas: muñecas, casitas en miniatura, manualidades, en el caso de las niñas; el balón, el carrito, un arma, en los varones. Eso ha sido lo tradicional que en el siglo XXI las nuevas tecnologías han ayudado a transformar –a la par de vaciar los bolsillos de los padres– en utensilios más sofisticados pero que no distinguen género: el videojuego, la consola de vanguardia y los celulares igualan las ilusiones femeninas y masculinas. Nuestro niño de la foto nos lleva a ese mundo que construían los adultos en la primera mitad del siglo pasado acechado por revoluciones, guerras y conflictos armados donde la propiedad de los territorios y del poder se resolvía a golpe de caballerizas, espadas y birretes bonapartistas. Pocas mujeres montaban por entonces a caballo para ir a pelear, pero colaboraban muy de cerca, más por obligación que por gusto. La mirada propia que los padres depositaron sobre la ilusión del niño, hoy estaría fuera de lugar. En la imagen están puestas las ficciones de los adultos, no las de un niño. ¿Para qué guerra se debía ilusionar? La de aliados frente a nazis y fascistas estaba a la vuelta de la esquina, aunque impensable en los resultados atroces que daría. ¿Otra guerra en casa? Ya no. Las niñas de ese principio del siglo XX serían las protagonistas futuras de otras luchas mucho más saludables: por su emancipación, por alcanzar la igualdad con los hombres. La inocencia del niño transmite una mirada inteligente hacia alguien. Aquí tienen su foto, parece decir, ya déjenme con mis ilusiones infantiles que no son las de ir a la guerra

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Fórmula Matemática

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 21.

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Fotógrafo José Bustamante Valdés, Francisco Escudero, Escuela primaria NA? 7, Pachuca, Hidalgo, 1909. Col. Ramón Aureliano Alarcón

Las matemáticas no puede decirse que tengan buena prensa. Desde la niñez siempre han sido un quebradero de cabeza. Cuando se evalúa la educación de los hijos en casa, en la propia escuela o el mismo país siempre están allí para recordarnos que son la insignia que marca el horizonte. Por eso cuesta tanto formar ingenieros, transforman en imperiosa la necesidad de los contadores y nos dicen que sin conocerla a fondo no hay prosperidad posible. Pero siempre habrá un imprescindible maestro Francisco Escudero Hidalgo que pueda hacernos más legible el camino para domarlas y convivir con sabiduría con ellas.

La profesión de educar ha de ser una de las más nobles de las que nos rodean. Da todo sin pedir nada a cambio más que atención, no persigue el dinero, desalienta la fama y deja huellas imborrables en la memoria. Se puede educar al aire libre y hasta sin necesidad de pupitre. La nobleza está en transmitir el conocimiento.

Escudero Hidalgo daba clases como las de la imagen en el Hidalgo de 1909, y llevaba muy en las entrañas la enseñanza. Dirigió escuelas en su estado, Tlaxcala y el Distrito Federal, participó en debates nacionales sobre educación y también escribió textos sobre pedagogía e historia. A juzgar por el porte y su actitud directriz hacia la fórmula matemática del pizarrón, sin duda habría validado con creces el más complejo de cualquier examen de evaluación. Y sus doce atentos y atildados alumnos, a los que ni un mosco intentaría interrumpirlos, seguramente hubiesen superado con prestancia cualquier prueba ENLACE. Sólo la ausencia de niñas hace imperfecto el momento que captó el fotógrafo José Bustamante Valdés.

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