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Una historia de emociones. Los motines de pachucos de 1943

Ivonne Meza Huacuja 
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Los prejuicios raciales marcaron en California, hacia 1943, a los grupos juveniles conocidos como pachucos. Las acusaciones de generar disturbios y motines en California obedecían al rechazo a una forma de vestir diferente, pero detrás de ellos estaba también la cosificación racial –no tenían acceso a educación, por ejemplo– y la desconfianza a que se integraran socialmente.

La noche del 3 de junio de 1943 fue el comienzo de una de las más celebres confrontaciones juveniles en la historia de Estados Unidos. Su misma denominación zoot suit riots plantea, de antemano, la arbitrariedad y los prejuicios contra las juventudes mexicoamericanas que habitaban en el que 100 años antes había constituido, geográficamente, parte del septentrión mexicano. Los zoot suit riots o motines de pachucos, como sería traducido, no se trataba de una sublevación contra la “nueva” autoridad anglosajona, tal como el Diccionario de la Real Academia Española define el término motín. El concepto disturbio o motín más bien denota cuál fue la argumentación con mayor fuerza en la sociedad estadunidense, la cual evidentemente atribuye a los jóvenes zoot suits el inicio de los enfrentamientos. Algunos jóvenes marinos argumentaban que la afrenta había comenzado días antes cuando algunos compañeros habían sido atacados por pachucos, y que las incursiones grupales de los marinos estadunidenses, en Los Ángeles, California, golpeando y desvistiendo a los zoot suits fue una simple respuesta a dicha provocación. Los enfrentamientos recrudecieron con el paso de los días, los jóvenes mexicanos, vestidos o no a la usanza pachuca eran agredidos indiscriminadamente. Inclusive, la intervención tardía de las autoridades policiales y marciales no lograron contrarrestar las agresiones completamente, sino que consiguieron únicamente enfriar los ánimos de la sociedad en general. 

Los prejuicios raciales contra la población de origen mexicano en Estados Unidos no es un fenómeno privativo del siglo xx. De acuerdo con algunos investigadores, estos pueden vincularse con la reforma protestante en Europa en el siglo xvi y fue agudizándose siglos posteriores con el proceso de secularización impulsado por la Ilustración en todos los ámbitos de la vida cotidiana, pero en particular, en el discurso político. En otras palabras, la confluencia de las explicaciones generadas bajo preceptos religiosos fue robustecida con discursos sustentados por algunas teorías de la ciencia moderna. El determinismo biológico fue una de ellas. Esta apuntaba que el clima, el origen racial y la herencia (cuando la genética comenzó a gestarse, a mediados del siglo xix), tenían efecto en la capacidad intelectual y de autogobierno de los distintos grupos raciales y comunidades nacionales. Todos estos elementos alimentados por el nativismo estadunidense convergieron y justificaron, desde finales del siglo xix, el expansionismo militar, político y cultural sobre la base científica de una supuesta superioridad racial caucásica (y protestante), y enfatizaron el excepcionalismo de Estados Unidos como una nación destinada a proteger y difundir el proceso civilizatorio. 

Una idea de nación 

Paradójicamente, pese a las proclamaciones de Estados Unidos como la tierra prometida y de su composición multirracial, el determinismo biológico tuvo implicaciones negativas en el interior de la nación. El elemento extranjero dentro y fuera de sus límites espaciales del Estados Unidos continental, durante el siglo xx, incrementó los viejos temores y las sospechas sobre el otro y lo diferente. Enclavado en los constantes y distintos intentos en mantener cierta unidad nacional en un país heterogéneo y en constante construcción y expansión, el otro, el “no asimilable” a los usos y costumbres de lo estadunidense fue segregado, invisibilizado o criminalizado. 

De acuerdo con especialistas, como el historiador Peter Stearns, algunos elementos definitorios de la identidad estadunidense se basan en algunas ideas y emociones cuyo significado y práctica se han reconfigurado a partir de los dogmas de las distintas confesiones protestantes, como, por ejemplo, la búsqueda de la felicidad como el objetivo central y único de la vida y el consumismo como una de las formas de alcanzarla. Por el otro, el temor, la ira y el avivamiento del odio –en donde el racismo puede considerarse como una de sus tantas dimensiones– se convirtieron en emociones unificadoras y consolidadoras del Estado nacional, así como reforzadora de su autoimagen como potencia mundial, tal y como lo haría Henry Luce en su artículo “The American Century”, aparecido en la revista Life en 1941. 

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La terrible china poblana

Faustino A. Aquino 
Museo Nacional de las Intervenciones, INAH

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Si el traje de charro es considerado el símbolo de la masculinidad mexicana, el vestido de china poblana lo es de la feminidad, sólo que este último, a diferencia del primero, se encuentra envuelto en el mito y la suspicacia. 

El mito fue inventado por el coronel Antonio Carreón quien, en su Historia de la ciudad de Puebla (1896), afirmó que la mística poblana Catarina de San Juan (1613-1688) era de origen chino y, por ello, fue conocida como la China Poblana. Se trataba de una princesa india quien, luego de ser secuestrada por corsarios portugueses hacia 1622-1623, fue llevada a Cochín, en la costa de Malabar, donde la bautizaron como Catarina de San Juan; posteriormente fue llevada a Manila, donde la vendieron como esclava a un agente del capitán poblano Miguel Sosa. Llevada a la ciudad de Puebla hacia 1625, sirvió en la casa de Sosa y en la del sacerdote Pedro Suárez, al tiempo que llevaba una vida de ascetismo, al grado de que el pueblo llegó a considerarla santa. A la mentira de que Catarina era de origen chino, el escritor Ramón Mena añadió que las criollas de aquella ciudad, por honrar la memoria de la mística, imitaron su manera de vestir y que ese fue el origen de las chinas poblanas.  

La última mentira es fácil de probar pues, a los trece años de que muriera, la Inquisición prohibió sus retratos y culto, so pena de excomunión: tales imágenes ponen en evidencia que vestía como monja y, por tanto, el vestido de china poblana no tiene nada que ver con ella. Además, es un hecho que dicho atuendo fue usado cotidianamente por las mexicanas (no sólo poblanas) desde fines del siglo xviii hasta mediados del xix, por lo cual es de suponer que en Puebla se habría perdido de Catarina hasta el recuerdo, por no hablar de su indumentaria. 

Pero, entonces, ¿de dónde sale la china? China es una voz quechua que significa hembra y que, a raíz de la conquista, tuvo el de sirvienta, india, mestiza, mujer del pueblo. Con este significado se difundió por toda Hispanoamérica, y es de notar que hasta hoy se llama china a la pareja de todos los jinetes del subcontinente, representantes de las diversas nacionalidades: el gaucho argentino y uruguayo, el huaso chileno, el llanero colombo-venezolano, el chagra ecuatoriano, el chalán peruano y el charro mexicano. 

En el caso mexicano abundan las descripciones, plásticas y escritas, del vestido de china; por ejemplo la de Niceto de Zamacois (1855): “Enaguas con lentejuelas, hasta media pierna, dejando ver el pie sin media, calzado por un zapato de raso verde, ceñida la estrecha y mórbida cintura por una banda bordada caprichosamente con sedas de colores.” Tal descripción se refiere a las chinas de la plaza de San Juan de la ciudad de México, las cuales eran poblanas, pero, según Gutierre Tibón (Aventuras en México 1937-1983), no por ser angelopolitanas (es decir, habitantes de la Puebla de Los Ángeles), sino por la acepción que en el siglo xix tenía el adjetivo poblana: aldeana, villana, pueblerina, mujer del pueblo. La frase “china poblana” viene a ser entonces una especie de pleonasmo. Por la convergencia de poblano-pueblerino y poblano-gentilicio de Puebla, aclara Tibón, se ha creado una evidente confusión; por tanto, una china poblana podía ser de cualquier región de México. Se considera que el área donde se acostumbraba vestir de china iba desde Oaxaca al Bajío, hasta que el atuendo comenzó a caer en desuso hacia la década de 1850. 

En un artículo del diario capitalino El Monitor Republicano, del 14 de febrero de aquel año, puede comprobarse que, en efecto, las chinas pertenecían a la clase social más baja, y que no eran exclusivas de la Angelópolis: “Como a las cuatro de la tarde comenzaron a aparecer los coches [durante un carnaval en la capital]: todas las familias más distinguidas concurrieron ocupando sus elegantes carruajes; la mayor parte de las lindas mexicanas de la clase media ocupaban los modestos simones, y las provocativas chinas mezcladas con lo más pobre y repugnante de la población.” 

La suspicacia 

De lo que no se tiene certeza es sobre el carácter o calidad de las mujeres que portaban el vestido, duda que fue sembrada, sin querer, por Frances Erskine Inglis, mejor conocida como madame o marquesa Calderón de la Barca, en su conocido libro La vida en México durante una residencia de dos años en ese país. Cuenta ella que, al ser invitada a un baile de disfraces, recibió como obsequio: “un hermoso traje de china poblana […] que consiste de una falda de lana [a esa tela de lana se le llamaba castor] color marrón, con fleco de oro, galones dorados y lentejuelas, y enagua bordada y adornada de ricos encajes, y que debe llevarse debajo de la falda.”  

Días después, en una carta a su familia anotaba que había gran expectación en la ciudad por saber si, de verdad, la esposa del ministro español asistiría al baile vestida de china: 

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El comerciante de fotografías

Fernando Aguayo 
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

A finales del siglo xix, el empresario Charles Beets Waite descubrió una gran oportunidad de enriquecerse con la compra de archivos fotográficos, cuyos contenidos luego vendió como propios. Diversas investigaciones muestran sus artilugios, incluso legales, para apropiarse del trabajo de reconocidos fotógrafos de entonces.

En la parte final del porfiriato se publicaron miles de libros, folletos y publicaciones periódicas que tenían como propósito alabar los logros del régimen y justificar medidas de control social, además de construir obras faraónicas. Decenas de ejemplares de este tipo de materiales, los cuales se han calificado como todo un género editorial de promoción del régimen porfiriano, se resguardan en el acervo bibliográfico del Instituto Mora.  

Tal es el caso del texto de John R. Southworth, México Ilustrado. Distrito Federal. (Liverpool, Blake and Mackenzie, 1903), en el cual se indica que muchas de sus imágenes fueron manufacturadas por los fotógrafos Percy S. Cox y Ralph J. Carmichael, expresamente para esta obra. Un ejemplo de las imágenes incorporadas a México Ilustrado es la fotografía 322. A Highway in Xochimilco, Mexico, hoy preservada en la Southern Methodist University. 

Como puede constatarse al revisar en otros libros del fondo reservado del Instituto Mora, Ralph J. Carmichael y su socio Percy S. Cox fueron los creadores de cientos de imágenes que aparecen en los libros. Sin embargo, las autorías de ambos no son tan conocidas. ¿A qué se puede deber esto? Una, entre otras posibles explicaciones, se expone aquí y es la relacionada con el empresario Charles Beets Waite, quien se apropió del trabajo de estos personajes, borró sus nombres y puso su firma con el sello: “Es propiedad asegurada C. B. Waite foto”, y de esta forma aparece clasificada como de “su autoría” en el Archivo General de la Nación. 

Cox y Carmichael crearon una sociedad fotográfica entre los años 1899 y 1903 y produjeron cientos de fotografías que se vendían en los establecimientos dedicados a la venta de imágenes, curiosidades y recuerdos. También, de forma individual o en sociedad, publicaron sus imágenes en varios libros promocionales de la época. Después de crear cientos de imágenes, a inicios del mes de marzo de 1904 The Mexican Herald publicó un anuncio en el cual se informaba que el señor C. B. Waite había comprado el negocio de vistas fotográficas de P. S. Cox y R. J. Carmichael, por lo cual se invitaba a los que requirieran las vistas de estos autores, pasaran ahora a adquirirlas en el establecimiento de C. B. Waite, San Juan de Letrán, número 3. 

Con la compra de estos negativos, C. B. Waite comprendió que podría enriquecerse, por lo que, presuroso, acudió a las oficinas del Registro Público de la Propiedad de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes de México, para registrar como de “su autoría” cuantiosas fotografías. De esta forma, a inicios del año 1905, el Diario Oficial de la Federación publicó una nota en la que “C. B. Waite, ante usted respetuosamente expongo. Que soy autor de las siguientes fotografías, marcadas con los siguientes números y títulos”. En esa nota, Waite señalaba que, de acuerdo con el artículo “1,234 del Código Civil del Distrito Federal, me reservo el derecho de propiedad artística que me corresponde respecto de las mencionadas fotografías, de las cuales acompaño los dos ejemplares que manda la ley”.  

Los ejemplares fotográficos que C. B. Waite depositó en las oficinas gubernamentales son los que ahora se preservan en el Archivo General de la Nación y el Acervo Histórico de la Academia de San Carlos. Se tienen evidencias de que después de concretado el negocio de compra de fotografías, el empresario comercializó las imágenes de Percy S. Cox y R. J. Carmichael como suyas. Lo que hizo fue suprimir las inscripciones que ellos habían realizado y colocó su firma, además de los sellos que protegían “su propiedad”. Los restos de las inscripciones originales y los cambios de la autoría se pueden observar en las fotografías del acueducto de Chapultepec. 

Dado que desde inicios del año 1898 se pueden encontrar notas e imágenes en importantes periódicos nacionales sobre el supuesto trabajo fotográfico de C. B. Waite, se había considerado que la abundancia en las notas periodísticas sobre este “fotógrafo”, así como otras evidencias que sobrevivieron de esa época, se debía exclusivamente a la calidad de su trabajo artístico. Ahora es preciso considerar que la mayor información sobre este personaje tiene otras dos explicaciones. La primera es que Waite tenía buenas conexiones con las esferas del poder, lo que le permitió tener un trato privilegiado; la segunda es que su habilidad empresarial le hizo apropiarse del trabajo de otros, imprimir su nombre en fotografías que no había hecho y por ese medio aumentar su prestigio.

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Heriberto Frías y los pericos de la cárcel de Belem

Sergio Moreno Juárez 
Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

El abuso de menores fue la constante de la cárcel de Belem, erigida en el sur de la ciudad de México a mediados del siglo xix con el fin de aplicar métodos modernos para la época de reinserción social. El periodista queretano pudo constatarlo durante dos detenciones y hacerlo público.

El 22 de enero de 1863, a las seis de la mañana, ocurrió un insólito evento en la ciudad de México. Ante la mirada estupefacta de familiares y vecinos, tuvo lugar una procesión de reos procedente de la cárcel nacional de la ex Acordada –en el extremo oeste de la Alameda– con destino a la recién inaugurada cárcel de Belem, ubicada al sur de la capital. El nuevo penal, instituido en el vetusto edificio del colegio de niñas huérfanas de San Miguel de Belem –popularmente denominado Belem de las Mochas–, asumió como fin la enmienda, confirió el encierro a modo de castigo y suprimió las penas corporales. Pese a ello, los diarios capitalinos El Demócrata y El Relámpago denunciaron continuamente el uso excesivo de la fuerza para ejercer el control sobre los presos. 

Las autoridades carcelarias intentaron replicar en Belem los principios básicos de los modernos sistemas de rehabilitación implementados en las penitenciarías estadunidenses: reclusión celular y moralización a través de la educación, el rezo y el trabajo. Con ese fin, instauraron departamentos de confinamiento diferenciado –varones, mujeres, jóvenes, encausados, presos “distinguidos”, providencia, separos– y los dotaron de escuelas, patios y talleres, pero resultó imposible recluir a los reos de modo individual porque la cárcel fue proyectada para aislar únicamente a 600 personas. Tan sólo en su primer año de servicio la prisión acogió un total de 7 672 inculpados –4 973 varones y 2 699 mujeres–, de los cuales 6 703 recuperaron su libertad y 969 permanecieron en reclusión. 

Ante la imposibilidad de aislar celularmente a los reos, los mandos priorizaron la prevención moral del delito y la erradicación del ocio a través de la educación y el trabajo. El estudio de las primeras letras y los principios rudimentarios de aritmética o el aprendizaje de algún oficio –carpintería, carrocería, hojalatería, sastrería, tejido de mantas y zarapes, zapatería– permitiría a los reos acceder a un modo honesto de vivir al salir de prisión. No obstante, la sobrepoblación obstaculizó la regeneración moral y el pleno desarrollo de sus habilidades. Además, la falta de mobiliario y pertrechos en los talleres y galeras solía acrecentar su aflicción, a excepción de los reos “distinguidos” que tenían acceso a servicios personales y celdas amuebladas de primera y segunda categorías. 

La violencia, la insalubridad, la falta de reglamentación interna y la escasa e ínfima calidad de alimentos minaron el proyecto de regeneración social y ampliaron el penar de los presos. La dieta diaria en la cárcel de Belem consistía en un jarro de atole y una pieza de pan en el desayuno, un plato de caldo con un trozo de carne y una pieza de pan en la comida, y un plato de arroz con frijoles y una pieza de pan durante la cena, pero frecuentemente la escasez de fondos dejaba a los reos sin recibir alimento alguno. Asimismo, la falta de enseres obligó a los presos a hacer uso de cualquier objeto –bolsas, sombreros, trapos– para recibir sus alimentos o guarecerse. Esta situación ocasionó incesantes rencillas, que subían de tono al anochecer por la falta de petates y el hacinamiento en las celdas. 

El Departamento de Jóvenes 

En abril de 1872 entró en vigor el primer cuerpo de leyes del ramo penal que tipificó la imputabilidad del menor a partir de su edad y capacidad de discernimiento. El Código Penal determinó que los menores de nueve años eran incapaces de discernir entre el bien y el mal, razón por la cual recaía sobre sus padres o tutores la responsabilidad jurídica de sus acciones. En cambio, graduó progresivamente la madurez mental de los inculpados mayores de nueve años y menores de dieciocho, diferenciando dos grupos de edad necesitados de vigilancia por considerarlos proclives al delito: los niños de nueve a catorce años y los jóvenes de catorce a 18 años. En ambos casos, la sanción correctiva consistía en aislamiento penal en un departamento diferenciado para prevenir su asociación delictiva con los demás presos. 

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El traje del emperador

Guadalupe Villa G. 
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Agustín de Iturbide fue proclamado emperador el 21 de julio de 1822 con la mayor pompa posible, pese a las restricciones económicas. La vestimenta siguió los lineamientos señalados en el Pontifical Romano, los principales edificios públicos fueron iluminados y engalanados, y las coronas de la pareja imperial se elaboraron con joyas prestadas y valiosas. Fue una gran fiesta que incluyó el lanzamiento de monedas de plata al pueblo desde la catedral y el antiguo palacio virreinal.

La situación económica del imperio en aquellos primeros días, veíase contrariada o desvanecida por la pobreza general. 

Lucas Alamán  

Proclamado y elegido Agustín de Iturbide primer emperador constitucional de México, se iniciaron los preparativos para organizar su coronación y la “Casa Imperial”. Imaginemos por un momento lo que para el novel monarca significaba su nuevo encargo. Desde luego ideó una ceremonia de entronización espléndida, algo único para estas tierras que jamás habían visto monarca alguno en persona. Los virreyes, representantes de los reyes españoles, eran la personificación del soberano; sin embargo, nunca trasladaron ni arreglaron en las colonias el boato de corte alguna.  

¿Cómo solemnizar la ocasión con toda pompa a sabiendas de la penuria de la Hacienda pública? Si bien Iturbide pidió al Congreso que en la planificación de la “Casa” se actuara con “recomendable moderación” y sólo se proporcionaran los fondos para gastos estrictamente indispensables, la sugerencia no aplicó para su investidura. Coronas, mantos y ropas especiales para él, su esposa y familia cercana parecían imprescindibles. Lucas Alamán, político, historiador y testigo, relata que, para confeccionar las coronas del emperador y la emperatriz, se tomaron prestadas joyas de gran valor para simular una riqueza artificial, “a semejanza de las representaciones teatrales”. 

Diversas láminas y grabados, los cuales mostraban la consagración del emperador Napoleón I y la coronación de la emperatriz Josefina en la Catedral de Notre-Dame de París el 2 de diciembre de 1804, sirvieron de guía para imprimir la majestuosidad necesaria al acto de entronización de Iturbide, el cual serviría para legitimar sus derechos como nuevo monarca y asentar la continuidad de su dinastía. 

Una modista francesa, al parecer baronesa, cuyo nombre se ignora, asumió el compromiso de elaborar los trajes para tan solemne ocasión, apegándose a los lineamientos señalados en el Pontifical Romano, documento que contiene los ritos que debían presidir los obispos, entre los cuales se encuentra la coronación de reyes. El Pontificale Romanum, escrito en latín, fue traducido al español, en la parte referente al ritual en cuestión, por el padre dominico Luis Carrasco y Enciso. La versión, aprobada por el Congreso, hubo de ajustarse a las circunstancias. Por ejemplo, el obispo celebrante no coronaría a Iturbide, le pasaría la corona al presidente del Congreso, Rafael Mangino –subrayando el hecho de que el emperador debía su nombramiento a la nación y al Congreso que la representaba–, quien a su vez la colocaría en la cabeza del emperador. El mismo procedimiento se realizaría para entronizar a la emperatriz: el presidente entregaría la corona a Iturbide y este a su vez la colocaría a su esposa. Entre otras modificaciones, se suprimieron del vocabulario palabras que implicaran la idea de un gobierno absolutista, sustituyendo “vasallos” por “súbditos”. Queda la interrogante de la razón por la cual no se optó por “ciudadanos”. 

La monarquía mexicana, fundada en el mérito, sería constitucional y hereditaria, con Agustín Primero como raíz de su estipe. Su padre, José Joaquín de Iturbide y Arregui, recibió el título de príncipe de la nación; a su hermana, María Nicolasa, se le distinguió como princesa de Iturbide. Agustín Jerónimo, hijo mayor y heredero al trono, fue intitulado príncipe imperial. Sus demás hijos: Ángel, Salvador, Sabina, María de Jesús, Josefa y Juana serían príncipes mexicanos con tratamiento de alteza. El 19 de mayo se declaró día festivo por ser el aniversario de la proclamación.  

Organizar la “Casa Imperial” implicó también buscar un modelo a seguir y fue el canónigo Gamboa –familiarizado con el ceremonial real por haber vivido durante su juventud en España– quien impartió algunas lecciones elementales. Como bien señala Lucas Alamán, la etiqueta europea “se sostenía por la tradición y la costumbre, pero en México, donde no se había visto nada parecido, era ridícula”. 

Acordados los títulos, había que nombrar a quienes ocuparían los siguientes cargos en la casa real: “Mayordomo Mayor”, intendente principal de palacio, recayó en el 5o. marqués de San Miguel de Aguayo (José María de Echevertz del Espinal y Valdivieso Vidal de Lorca ); “Caballerizo Mayor”, encargado de la dirección y gobierno de las caballerizas del rey, a quien acompañaba tan pronto salía de su residencia, en el Tercer conde de Regla (Pedro José María Romero de Terreros); “Capitán de Guardia”, cuyo cometido era proporcionar la guardia militar, rendir honores, dar escoltas al rey y a los miembros de la familia real, en el Sexto marqués de Salvatierra (Miguel Jerónimo de Cervantes y Velasco). Entre los muchos ayudantes elegidos por el emperador estaban el capitán general Gabino Gainza y Fernández de Medrano, el brigadier Domingo Malo de Iturbide, primo suyo, y José María Cervantes, entre otros. 

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Stella Inda

Héctor Zarauz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55

Consagrada bajo la dirección de Luis Buñuel y Roberto Galvadón, la actriz michoacana supo abrirse camino en el cine impulsada por su actitud y convencimiento de sus propias capacidades. Hizo cine de crítica social y experimental, pero especialmente cine que marcó una época.

María de la Soledad García Corona, mejor conocida como Stella Inda, nació en Pátzcuaro, Michoacán, el 28 de junio de 1917. Fue una connotada actriz que participó en algunas de las películas más polémicas y emblemáticas del cine nacional. Estudió actuación en la Escuela de Arte Teatral del INBA, realizó papeles secundarios e incidentales en varias películas como en La mujer del puerto, hasta que Adolfo Best Maugard, impulsor de vanguardias culturales en nuestro país, la invitó a desempeñar el papel central de La mancha de sangre (1937), luego filmó La noche de los mayas, cinta de tono indigenista realizada por Chano Urueta en 1939, que le darían proyección en el ámbito nacional.

Después de esta etapa inicial en su carrera participaría en varias películas realizando papeles de soporte, entre ellas Captain from Castile (1947), producción estadunidense, con Tyron Power, en la que interpretó a la Malinche, bajo la dirección de Henry King. Seguirían un par de filmes que la consagraron como Los olvidados, bajo la dirección de Luis Buñuel (1951). El personaje interpretado por Inda y la película serían repudiados por la prensa “especializada” y por la sociedad mexicana, que consideraban que la figura materna era mancillada y que se denigraba a la nación. Las terribles verdades reflejadas en la película animaron a algunos sectores a exigir la expulsión del país de Buñuel. Los Olvidados obtendría la Palma de Oro en el festival de Cannes, fue entonces cuando el filme resultó revalorado. Por su actuación en esa película Stella Inda recibiría su primer premio Ariel como mejor actriz.

Su segundo Ariel vendría por El rebozo de Soledad, dirigida en 1952 por Roberto Gavaldón. Este proyecto, en el que se mostraba la marginación y machismo imperante en el medio rural, fue ampliamente impulsado por la propia Inda. Durante la filmación sufrió una afección en el oído que redujo su capacidad auditiva, afectando su carrera cinematográfica.

Como se observa, Stella Inda no fue una “estrella vacía”, grabó películas con tramas que pasaron de lo experimental al nacionalismo, y de cierta crítica social. Adicionalmente fue actriz de teatro, escritora, adaptadora de guiones y profesora de interpretación teatral e incluso fundó un grupo de danza folklórica.

Todos estos aspectos, y varios más, quedaron reflejados en la entrevista que le realizara Ximena Sepúlveda en diciembre de 1975, la cual se conserva en el Archivo de la Palabra del Instituto Mora, bajo la clasificación PHO/2/42, y constituye un valioso testimonio que retrata el mundo cinematográfico nacional, que en esta ocasión se reproduce en las páginas de BiCentenario. Stella Inda falleció en la ciudad de México en diciembre de 1995. Su trabajo ha sido reconocido, y como ejemplos de ello es que en 1964 se fundó el teatro Stella Inda, en 1989 recibió la Medalla Filmoteca y en 2005 fue homenajeada en el marco del Festival Internacional de Cine de Morelia.

“Buñuel, uno de los mejores directores del mundo”
(Extracto de la entrevista a Stella Inda, realizada por Ximena Sepúlveda en diciembre de 1975)

[En mis inicios], cuando estaba de extra, hubo un baile que todavía se hace que le llaman “Las orquídeas del cine nacional”. Fue cuando conocí a Adolfo Best Maugard. Recuerdo que [llevaba] un vestido muy pegado, de lentejuela negra, bordado de arriba a abajo, y yo me sentía […] feliz con mi vestido. Algo le llamó la atención en mí a Adolfo Best Maugard, recuerdo que se acercó a mí, yo dije: “¡Ay!, qué señor tan raro, tiene tipo de diablo”, me lo imaginé como el Mefistófeles. Porque efectivamente, tenía un tipo tan extraordinario. Bueno, parecía una pintura de El Greco; de esos rostros alargados, muy finos, nariz ligeramente aguileña, frente alta muy amplia, muy alto, con manos muy largas, y sonreía fácilmente […] en tal forma que no [infundía] miedo; un hombre muy sabio, además. Entonces me pereció un viejo, pero debe haber tenido quizá 40 años o algo cercano, pero yo pensaba que era un viejo, y me dijo ¿Bailamos? Pues yo quería bailar con los muchachos, como siempre, prefería bailar con un extra joven que con el magnate viejo, que yo lo consideraba. Entonces me dijo:

‒Mire muchachita, si no baila conmigo ya me voy.

‒Pues váyase‒, le dije.

Pasó el tiempo y después supe quién era don Aldolfo Best Maugard y que estaba preparando una película experimental, La mancha de sangre. Entonces me informé de su dirección y lo fui a ver para pedirle que me incluyera, que me diera esa película, y me dijo:

‒ Nooo, ¿te acuerdas que no quisiste bailar conmigo?

‒Ay, sí señor; pero yo lo siento mucho, perdóneme.

No sé cuántas explicaciones le di y cuántas disculpas.

‒Bueno –me dijo–, muy bien [pero], este papel fue escrito para María Teresa Montoya.

Porque era mujer madura la que tenía que hacerlo. Y en ese entonces la señora Montoya pues debe haber sido una mujer madura. Era el papel de una prostituta, de una cabaretera. Le dije:

‒Pues no le hace, yo lo hago mejor que nadie. ¿Para qué quiere usted a María Teresa Montoya?

Se rio naturalmente mucho de mí y dijo:

‒Vamos a hacer unas pruebas.

Las pruebas las hicimos con una película que él estaba haciendo que se llamó Humanidad, era un corto, un documental. Nunca la vi, no sé qué se hizo, pero era, creo, algo de un mensaje social. Entonces me dijo:

‒Muy bien niña, pues te voy a llevar a los cabarets para que conozcas ese ambiente, porque se trata de una prostituta.

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Sumario #55

EDITORIAL

Manuela Taboada. La mujer leal que Hidalgo menospreció.
Rodrigo Sánchez Arce

El dominio naval en la estrategia militar de la independencia
José Francisco Vera Pizaña

La educación femenina de la elite en el siglo XIX
Laura Suárez de la Torre

Emiliano Zapata. Digno representante y protector de los derechos agrarios de su pueblo
María Eugenia Arias Gómez

Las flappers de “los locos años veinte” en la prensa mexicana
María Estela García Concileón

Las demandas reprimidas del movimiento médico
José Luis Gómez de Lara

DESDE HOY

40 Aniversario. El México en el que surgió el Instituto Mora
Guadalupe Villa G.

ARTE

El Gran Teatro Nacional
Omar Alfonso Flores Tavera

TESTIMONIO

Días de pandemia
Darío Fritz

CUENTO

El salmo 103
Ana Suárez

ENTREVISTA

Stella Inda
Héctor Zarauz

SEPIA

Artesanos de plomo y tinta
Darío Fritz


EL SALMO 103

Ana Suárez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55.

“Nada más mis hijas, no quiero que me cuide nadie más.” Las palabras de doña Refugio resuenan en sus oídos mientras la procesión se dirige al cementerio y se repite una y otra vez: “Dios perdona todas las iniquidades.” Acató la voluntad de su madre quien, desde que cayó en cama, postrada por la misma enfermedad de la abuela, se negó a que la atendiera nadie más. Su hermana, en cambio, se asomó de vez en cuando, dizque porque la hacienda exigía toda su atención.

Nana con niños en la hacienda, litografía en William Henry Bishop, Old Mexico and her lost provinces, Nueva York, Harper & brothers, 1883. Brown University Library.

Todo terminó. Ahora siguen a los peones que cargan el cajón de madera sobre los hombros. Avanzan luego los criados y, al final, los vecinos y demás trabajadores. Al arribar, el cortejo entra en el camposanto y enfila hacia el sepulcro.

Si Carmen, su hermana, hubiera compartido su carga, ahora se sentiría mejor. Aunque ha de admitir que fue una fortuna que se encargara de la hacienda, justo cuando, por haber enviudado, acababa de volver. Mientras, la casa se convirtió en un hospital-prisión y Micaela, a sus apenas quince años, en la prisionera. ¡No más ir y venir a caballo por los potreros, ni nadar en el río, ni conversar con los vecinos! ¡Fue además tan triste ver cómo la hasta entonces señora y dueña dejaba de interesarse en lo que sucedía más allá de su lecho! ¡Tan doloroso advertir la forma lenta e inexorable en que se marchitaba la antes hermosa y altiva dama!

Micaela espera descansar por fin, al menos físicamente, pues jamás perderá el miedo a que se sepa lo que tuvo que hacer. “La maldita enfermedad ganó y yo, que ayudé a bien morir a mi madre, y sé cuán difícil será para ti, te lo ruego, hazlo por mí; Dios te perdonará y aprenderás a vivir con ello, como aprendí yo.”Su madre no quiso aguardar; se estremecía tan sólo de evocar lo mucho que sufrió la abuela e imaginarse lo que iba a padecer.

Aunque la sobrecogía hacerlo, debió obedecer: sacó la vieja Biblia del ropero, como le dijo, la abrió en el salmo 103 y ahí, donde se leía: “Él es quien perdona todas tus iniquidades”, halló una lista de ingredientes anotados con lápiz, los cuales se abocó a reunir y luego machacó y revolvió en el molcajete hasta convertirlos en polvo. Después, de a poquitos, lo echó en las tazas de café con leche, lo único que doña Refugio lograba ingerir. A partir de entonces, su final se apresuró. Nadie se extrañó de que llegara antes de lo previsto; todos lo consideraron un alivio para la hoy difunta.

El panteonero los recibe frente a la fosa recién abierta y, con ayuda de varios peones, comienza a trabajar. Micaela se siente extenuada, le urge volver a la casa, darse un baño y dormir muchas horas; quiere librarse de la angustia que sufre desde que su madre le rogó su ayuda. Por la mañana, saldrá a pasear a caballo y meditará sobre el porvenir. Ignora qué hará. Vivir al lado de quien, hasta el momento, no ha derramado una lágrima será muy difícil; apenas la conoce y la diferencia de edad es tan grande que jamás podrán entenderse.

El ataúd es amarrado con mecates y desciende lentamente a la fosa. Micaela cierra los ojos: prefiere pensar que, al día siguiente, podrá levantarse temprano para asistir a la ordeña, al mediodía bañarse en el río y, por la tarde, arrear el ganado hacia los establos. ¡Jugará otra vez a que es la dueña y señora de la hacienda! ¡Será libre de nuevo! Escucha cómo la tierra cae sobre el cajón, palada tras palada. “Él es quien perdona todas mis iniquidades, iniquidades…” Las mujeres lloran, los hombres suspiran, los niños callan. Carmen se agita fastidiada; mira el reloj como si tuviera prisa, ni siquiera finge aflicción.

Micaela sale de su ensimismamiento cuando alguien se detiene a su lado. Observa que un desconocido de bombín y bastón saluda a su hermana. El panteonero coloca varios adobes sobre el sepulcro; lo protegerán mientras llega el mausoleo de mármol que su madre encargó a Tangassi, en la capital, cuando supo qué padecía –esa misma tarde fue a la oficina del notario para hacer su testamento.

Por fin, los concurrentes hacen fila para despedirse, reiterándoles el pésame, que agradece maquinalmente. Ahora se dirigen a la salida, Carmen al lado del desconocido; ella, detrás. Tiene un presentimiento desagradable cuando nota que el hombre susurra algo a su hermana y esta suspira, como aliviada. Se detienen a la entrada. Micaela espera a que el hombre diga adiós, pero ambos giran hacia ella. Carmen le presenta al notario de doña Refugio y le dice que, si bien el testamento deberá leerse formalmente en su despacho, le ha adelantado que ella quedó como albacea de la sucesión, su tutora y administradora de los bienes que se dividirán cuando cumpla 25 años. Agrega que ha pedido al licenciado indagar a qué internado puede enviarla a estudiar, de preferencia de monjas. ¡Nunca ha entendido porqué su madre la dejó crecer como una salvaje!

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El Gran Teatro Nacional

Omar Alfonso Flores Tavera
Posgrado en Historia del Arte, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55.

Inaugurado en 1844 y demolido en 1901, la obra del arquitecto Lorenzo de la Hidalga vino a romper época, con la intención de un reordenamiento urbano y acabar con el antiguo orden colonial y el dominio del clero sobre la vida social. Diseñado bajo las influencias arquitectónicas italiana y francesa, se convirtió en parte de los escenarios del poder que confluían en el actual centro histórico capitalino.

Murguía, Gran Teatro Nacional, litografía, en Manuel Rivera Cambas, México pintoresco, artístico y monumental, t. 1, México, Imprenta de la Reforma, 1881. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”-Instituto Mora.

–¡Bellísimo edificio! –dijo Arturo a Rugiero, al entrar al pórtico del teatro nacional, situado en la ancha calle de Vergara–. ¿Os agrada, Rugiero?

–Hay teatros mejores en Europa.

–¡Oh, indudablemente! Pero no deja de ser orgullo para un mexicano el poseer un teatro tan magnífico.

–¡Oh!, en cuanto al orgullo –respondió Rugiero irónicamente–, ustedes los mexicanos tienen bastante para no pensar que más valía un buen hospital y una penitenciaría que no el lujo de un teatro rodeado de limosneros y de gentes cubiertas de harapos y de miseria. Pero no os incomodéis, Arturo: el teatro es en efecto magnífico y digno de llamar la atención; y por otra parte, más negocios hago yo en una noche en esta clase de edificios que en todos los hospitales del mundo.

–Venid, Arturo; examinemos lo que nos rodea.

El anterior es un fragmento del segundo capítulo de la novela costumbrista de don Manuel Payno, El fistol del diablo, en donde Arturo, un joven que con ardor desea el amor de una mujer, es invitado por un decimonónico Mefistófeles, ahora bajo el seudónimo de Rugiero, a un baile celebrado en el recién inaugurado Teatro Nacional en la calle de Vergara (hoy Bolívar y 5 de Mayo). El baile en cuestión, al que Arturo se presenta elegantemente vestido con polainas y guantes con la intención de atraer la mirada de alguna bella señorita, debió tener lugar entre el 18 y el 20 de febrero de 1844, pues más allá de la historia fantástica y novelada que ofrece Payno, los registros históricos revelan que, en efecto, se celebraron bailes de máscaras en el marco de la inauguración del Gran Teatro Santa Anna que se llevó a cabo el 10 de febrero del mismo año, con la presentación del violinista alemán Maximiliano Bohrer. En la invitación, el empresario que patrocinó la fábrica arquitectónica, don Francisco Arbeu, anuncia lo siguiente: “Bailes de máscaras para el 18, 19 y 20 de febrero de 1844. Al fin este edificio se halla en estado de presentarse a los habitantes de la hermosa México.”

La impresión que los personajes de esta novela expresan por el edificio, debe ser afín al asombro que en efecto causó entre los habitantes de la ciudad de México a principios de la década de los cuarenta de aquel siglo; e incluso en el propio Payno, quien decidió ubicar el arranque de su historia en uno de los sucesos más llamativos de la época, tomando en cuenta que El fistol del diablo se empezó a publicar en entregas apenas al año siguiente de la inauguración. Lo provocativo del acontecimiento se resume en el hecho de que el Gran Teatro Nacional fue el primer espacio escénico moderno que se alzó en la capital, pues hasta 1841 sólo existían tres lugares de representación: El Teatro Principal, también llamado Coliseo Nuevo, el Teatro de los Gallos y el Teatro de Nuevo México, que más bien tenían características afines a los corrales de comedias españoles del Siglo de Oro que a un teatro propiamente moderno como los que ya habían empezado a popularizarse en la Europa ilustrada desde el siglo xviii.

En la misma invitación para los bailes de máscaras, Francisco Arbeu ensalza su empresa de la siguiente manera:

Su erección era una necesidad exigida de tiempo atrás, para poner este ramo de civilización y de mejora en armonía con los mejores monumentos que decoran nuestra capital, y con la suntuosidad de sus fiestas: era necesario poner el teatro al nivel del gusto y de tantas otras mejoras formales y materiales […] El mexicano que conoce los mejores teatros de Europa no sentirá humillación ni vergüenza al mostrar el nuestro a los extranjeros, que le hacen justicia ¡puedan el tiempo y el progreso de las ciencias hacer de este edificio el verdadero teatro en que la susceptibilidad de los talentos y el ingenio mexicanos, luzca algún día y corone a los que sigan las huellas de Calderón, Vega Moreto, Bretón de los Herreros, Racine, Molière, Shakespeare, Alfieri, etcétera.

Siguiendo la idea del fragmento anterior, la construcción del nuevo teatro formó parte de los proyectos públicos que habían comenzado desde finales de la década de los años treinta del siglo xix con los que se buscó modernizar la capital, pues más allá de haber sido la iniciativa de un particular como lo era el señor Arbeu, la obra también recibió el apoyo económico gubernamental del presidente Antonio López de Santa Anna, luego de que el señor Loperena, socio inicial de don Francisco Arbeu, se arrepintiera de la inversión por considerarla riesgosa.Si bien es cierto que el proyecto se originó en el impulso y deseo de un hombre particularmente aficionado al teatro, también lo es que el edificio terminó por ser un destacado referente de la modernidad en una ciudad que buscaba igualarse a las capitales que en aquel momento representaban la punta de lanza de la civilización occidental. De este modo, la aparición del Gran Teatro Nacional o Teatro Santa Anna también queda enmarcada por un drástico proceso de reordenamiento urbano que en el fondo pretendía iniciar la ruptura con el viejo orden colonial y el dominio del clero sobre la vida de la población capitalina. Por ello, en estas líneas se propone que la construcción del Teatro Nacional es el claro ejemplo de la secularización urbana y arquitectónica del espacio teatral como el punto de encuentro social por excelencia durante el siglo xix.

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40 Aniversario El México en el que surgió el Instituto Mora

Guadalupe Villa G.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55.

Corría 1981 y con la guerra fría aún condicionando las relaciones multilaterales, el gobierno de López Portillo echaba a andar un plan de desarrollo que, a la postre, tuvo resultados deficientes ante una economía dependiente del petróleo que se precipitó en picada. En medio de la inflación y fuga de capitales, la gente buscaba el solaz a su alcance, ya fuera en el cine o con la música de los artistas del momento.

Fachada de Bibliotecas Mexicanas A.C. durante su remodelación, julio de 1982. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”-Instituto Mora.

Hace cuatro décadas el Instituto Mora asumió el reto de forjarse un nombre y buscar un lugar preponderante en el ámbito de la cultura.

            ¿Cómo era el México de aquel entonces? A pesar de la crisis económica que parecía asirse con fuerza al país, localmente había menos población, menos contaminación, menos ambulantaje. Era, quizá –ya adentrados en la nostalgia–, una ciudad con un paisaje urbano más amable, sin graffitis, una capital que se sentía menos amenazadora y hostil, aunque la inseguridad y los delitos sean perpetuos compañeros de las grandes urbes.

En aquel entonces el presidente de la república –a un año de cumplir su mandato– era José López Portillo y en 1981 ocurrieron cosas que sin duda hoy evocaremos, quienes las vivimos, y no dejarán de asombrar a los jóvenes que lean este número de BiCentenario.

El panorama internacional

En 1981 comenzó para México una nueva etapa en las relaciones diplomáticas con Estados Unidos de América. El exactor Ronald Reagan, presidente electo de ese país, se entrevistó con José López Portillo en la frontera de Ciudad Juárez y El Paso, Texas. “Nos reunimos para acordar reuniones”, escribió el presidente de México en sus Memorias. Hubo intercambio de regalos, entre ellos el obsequio a Reagan de un caballo árabe. Acompañaban al corcel los libros escritos por el presidente mexicano y sus símbolos quetzalcoicos. Con la “modestia” que siempre caracterizó al mandatario mexicano, expresó que le hizo a Reagan la descripción de los símbolos, “lo que le dio una ventaja no buscada y un carácter de intelectual del que no quería hacer ostentación”. El estadunidense, en correspondencia, lo agasajó con una carabina de mira telescópica y un vino “San Pascual”.

Al inicio de su administración, Reagan –apoyado por la británica Margaret Thatcher– se negó rotundamente a que Fidel Castro participara en la Reunión Internacional de Cooperación y Desarrollo, conocida como Cumbre Norte-Sur de jefes de Estado, a celebrarse en Cancún en agosto de 1981. Esta reunión ya había tenido la “sugerencia” del anterior mandatario James Carter de que Castro no asistiese a Cancún, pero Reagan lo consideró condición forzosa para confirmar su asistencia. Como pueden apreciar, aquella frase célebre de “comes y te vas”, de Vicente Fox, no fue el primer desaire que hizo un presidente mexicano al líder de más larga duración en Cuba. La presión del estadunidense se tradujo en “te invito a Cozumel, pero te abstienes de ir a Cancún”, porque a López Portillo no le quedó más remedio que tratar de subsanar el involuntario desaire a Castro, trayéndolo a México y atendiéndolo con gran esplendidez.

En el año que hoy rememoramos, México ingresó, por vez primera, en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, con Porfirio Muñoz Ledo como (su) representante. El mundo supo de los atentados contra Reagan y el papa Juan Pablo II y de la muerte de los presidentes Jaime Roldós, de Ecuador, y Omar Torrijos, de Panamá.

Las relaciones con Centroamérica y el Caribe

A principios de 1981 en la frontera sur de México empezaron a formarse campamentos de refugiados guatemaltecos que huían de la dictadura militar de su país, pues esta, en su lucha contra la guerrilla, asolaba los poblados del norte, principal escenario de la lucha revolucionaria.

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