Archivo de la categoría: Revista por número

Mariana Yampolsky. Los caminos por México

Arjen van der Sluis

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

El México rural, su gente, sus tradiciones y cultura fueron el gran motor de la obra fotográfica de esta artista que desde su llegada al país a los 19 años lo hizo propio. Libros y exposiciones atestiguan varias décadas de trabajo centrados en mostrar y revelar el arte popular mexicano.

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Hay artistas cuya identidad creativa se forma y se fragua en medio de su propia cultura y raíces. Pero hay otras cuya sensibilidad gana empuje con la salida de su país de origen. Ese fue el caso de Mariana Yampolsky (1925-2002) quien nació en Chicago, Illinois, pero que a los 19 años –justo después de la muerte de su padre– decidió viajar a México para conocer de cerca a los artistas y corrientes artísticas de vanguardia para nunca más dejar al país. Se enamoró de la gente, del campo, los colores, las flores y la vida en México. Se integró tanto a su país de elección que decidió naturalizarse mexicana en 1958. Muy joven, y atraída por el muralismo mexicano y los movimientos artísticos progresistas, se integró al Taller de Gráfica Popular (TGP), un colectivo de artistas muy comprometidos con las causas populares y sociales mexicanas. La sensibilidad artística la cultivó desde sus estudios de literatura e historia del arte en Chicago y en México los continuó en La Esmeralda y en San Carlos. Fue una gran grabadora e ilustradora, sobre todo de libros para niños. A partir de los años sesenta, Mariana Yampolsky se dedicó por completo a la fotografía: su tema favorito era el campo mexicano y sus habitantes, muchas veces olvidados.

Siempre le cautivó viajar a lo largo y ancho de México. Acaso esta fascinación tenía que ver con los años de su infancia en la finca de sus abuelos, en Crystal Lake, ambiente rural, rodeado de ganado, sembradíos y trabajadores agrícolas. Durante los años cuarenta y cincuenta, Mariana emprendió largos viajes con amigos y colegas del Taller de Gráfica Popular, en tren, autobús, caballo o a pie. Durante los cinuenta, ella y sus colegas del Taller hicieron una caminata de varias semanas por las mixtecas de Oaxaca –Alta y Baja– desde el frío de Chicahuaxtla hasta el calor de Pinotepa Nacional. A partir de los años 1960, mejoraron las condiciones para viajar por el país, principalmente por la ampliación de la red carretera y el incremento de las líneas de autobuses. Mientras tanto, Mariana aprendió a manejar, compró su primer auto –un inglés, de marca Singer, de segunda mano– para el traslado en la ciudad y, sobre todo, para visitar las poblaciones cercanas. En esos mismos años, hizo un viaje en avioneta a Olinalá, población guerrerense enclavada en plena sierra, de muy difícil acceso por carretera…, siempre con su cámara fotográfica Rolleiflex. Tomó una gran cantidad de fotos de la muy reconocida artesanía de laca de Olinalá: baúles, charolas, platones, platos, vasijas, cajas, etc. Este viaje fue muy importante ya que el material recopilado sirvió de base para un gran libro encargado por el Fondo Editorial de la Plástica Mexicana, proyecto en el cual trabajó como asistente del editor. Fue asi que se publicó Lo efímero y eterno del Arte Popular Mexicano, en dos tomos. Tuvo dos ediciones, una en 1971 y la otra en 1974.

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El legado de Fotografía Guerra para la memoria de Yucatán

Ricardo Pat Chan

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41

Fotografía Guerra marcó y registró una época retratando a miles de meridanos. Durante diez décadas, el negocio de la familia acumuló medio millón de imágenes que hoy se pueden disfrutar en la fototeca de la Universidad Autónoma de Yucatán.

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Fundada en 1877 en la ciudad de Mérida, Yucatán, por Pedro Guerra Jordán, logró perdurar por más de 100 años como uno de los negocios fotográficos más importantes de la península yucateca. En su larga vida comercial retrató diversos procesos históricos de la región, como el auge henequenero, el porfiriato, las modas y las costumbres. Sin embargo, más allá de la importancia histórica de su fundador, se sabe muy poco de las condiciones que dieron lugar a su formación.

Lo que comenzó como un negocio precario con limitaciones económicas, que tenía que enfrentarse a diversas adversidades –falta de experiencia en hacer fotografía, la competencia del fotógrafo Manuel Espinosa quien contaba con gran clientela y la inversión en equipamiento–, logró consolidarse como uno de los negocios de mayor prestigio en la península. Muestra de esto es la publicidad en diferentes periódicos y directorios de la época. Anunciaba que disponía de “aparatos nuevos especiales para El legado de Fotografía Guerra para la memoria de Yucatán Fotografía Guerra marcó y registró una época retratando a miles de meridanos. Durante diez décadas, el negocio de la familia acumuló medio millón de imágenes que hoy se pueden disfrutar en la fototeca de la Universidad Autónoma de Yucatán trabajos a domicilio, de día o de noche. Retratos amplificados al tamaño natural, en fotografía, al crayón, acuarela y al óleo.”

Mérida contaba con una gran tradición fotográfica, debido a la pronta introducción del daguerrotipo en el estado en 1841. Esto tuvo su origen en la visita de exploradores que buscaban registrar los vestigios mayas y quienes traían consigo nuevas tecnologías que servirían también para retratar a eclesiásticos y políticos.

Desde entonces, comenzó la “carrera” por documentar la evolución que vivía la ciudad. Se centraba en el retrato de estudio o en exteriores de la sociedad yucateca, así como edificaciones que expresaban la nueva modernidad–el estilo afrancesado porfiriano gracias al auge económico henequenero– de finales del siglo XIX y comienzo del XX.

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Rubén Gámez y los gérmenes del cine experimental mexicano

Alejandro Gracida Rodríguez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41

Un concurso que pretendía generar nuevos valores en la dirección del cine mexicano a mediados de los años sesenta permitió al público descubrir a este director sonorense. Severo consigo mismo, inconformista, creador solitario, su carrera profesional no pudo hacer pie después de que fuera premiado con La fórmula secreta. La profunda crítica social que reflejaban sus trabajos, mal vista en círculos gubernamentales y rechazada por las casas productoras, le terminó por cerrar puertas.

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El Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC) lanzó la convocatoria al I Concurso de Cine Experimental de Largometraje el 8 de agosto de 1964. El objetivo del certamen radicaba en inyectar algo de vitalidad a una industria fílmica en franca crisis. Lejos se veía la pujanza productiva que había caracterizado a la llamada “época de oro” del cine nacional.

Las causas que habían llevado al estancamiento eran múltiples y profundas. Circunstancias como la corrupción de líderes sindicales, la reducción en presupuestos de producción por película, la asfixia que el monopolio del recién fallecido William O’Jenkins mantuvo sobre la exhibición, así como la creciente presencia de la televisión en los hogares, hacían que el panorama de la cinematografía mexicana, en conjunto, fuera prácticamente desolador.

Ante esta situación, las expectativas generadas por el concurso fueron elevadas ya que significaba, sobre todo, la inusual oportunidad de formar parte del hermético círculo de creadores cinematográficos, así como la posibilidad de explorar narrativas diferentes.

Entre las catorce producciones que fueron inscritas ante el jurado, La fórmula secreta, de Rubén Gámez, resultó la película ganadora del concurso. La decisión fue reñida y sorpresiva. Hasta entonces la imagen de Gámez no sobresalía en el medio cinematográfico ni en el intelectual, de hecho apenas contaba con un cortometraje medianamente exitoso. Sin embargo, su película sorprendía por ser una visión muy crítica y sui generis de las condiciones sociales del país, así como de la poderosa filtración del imperialismo cultural estadounidense.

El más sorprendido de todos fue el mismo vencedor. El nombre de Rubén Gámez cobraba una insospechada fama tras vencer a quienes él denominaba sarcásticamente como “los universitarios”, entre quienes se encontraban los directores Alberto Isaac, Juan Ibáñez, Juan José Gurrola y Manuel Michel, entre otros.

En sentido estricto, el filme de Gámez ganó porque fue el que mejor respondía al calificativo de “experimental” enarbolado por la convocatoria. Las imágenes que llenaron los 45 minutos de La fórmula secreta no sólo eran originales en técnica y narrativa para el cine nacional, sino que el ensayo resultó tan radical y sombrío que generó la incomodidad de muchas personalidades en los mundos de la cultura y la política, al grado de que algunos miembros del jurado decidieron dar a conocer los resultados antes de la premiación, por miedo a que las autoridades, tanto gubernamentales como sindicales, presionaran para revertir el veredicto final.

Pese a todas las vicisitudes y polémicas, el premio fue entregado a Rubén Gámez, quien de inmediato pasó a formar parte del selecto grupo de directores con licencia para filmar.

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La “gripe española”. Un desastre inesperado en México

Claudia Patricia Pardo Hernández
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41

México no estuvo inmune a la pandemia de influenza que en 1918 se propagó por los cinco continentes causando al menos 21 000 000 de víctimas mortales. Jóvenes adultos de entre 21 y 40 años, mujeres y personas de bajos recursos económicos, fueron los más afectados. Se cree que aquí hubo más de 7 000 fallecidos.

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Algunos autores postulan que la llegada a Europa de la terrible pandemia de influenza, mal llamada “gripe española”, precipitó en 1918 el fin de la primera guerra mundial. Los ejércitos, principalmente el alemán, el francés y el estadounidense, se vieron diezmados, más por la enfermedad que por las batallas bélicas. Como ocurriera en la antigüedad, los ejércitos y los medios de transporte, en este caso barcos y trenes, fueron los principales portadores y diseminadores de la enfermedad que en cuestión de semanas dejó su rastro de muerte.

En toda América, Europa, África, Asia y Australia se padeció el flagelo. La falta de estadísticas nacionales en muchos países ha impedido disponer de un conteo preciso de víctimas, pero se estima que tan sólo en España el saldo mortal fue de 240 000 personas. Los cálculos hablan de entre 21 000 000 y 50 000 000 de muertes en el mundo, monto que superó absolutamente a los caídos en la contienda militar. Fue el mayor desastre sanitario que ha vivido la humanidad. La Organización Mundial de la Salud catalogó el brote de 1918 con un índice de gravedad de cinco, el más alto.

Se ha considerado que fue en Fort Riley, Kansas, un campo de entrenamiento de los soldados estadounidenses, donde, desde marzo de 1918, se inició la influenza. Pero se maneja también la teoría de que el contagio surgió en el frente francés, mientras que otros hablan de que los portadores del virus fueron trabajadores chinos llevados a Europa a cavar trincheras. Actualmente se conoce que la pandemia se dio en tres momentos: en la primavera, con un ataque suave; en otoño, con el brote severo que provocó más muertes y, finalmente, a inicios de 1919, nuevamente de forma moderada. Después desapareció, pero otros ataques de influenza se han dado en diferentes momentos: en 1957 con la “gripe asiática”, en 1968 con la llamada “gripe de Hong Kong”, variantes de influenza con características parecidas. Finalmente, todos recordamos el terrible brote de 2009, idéntico al de 1918, de AH1N1, cuando en México se vivió con miedo al más leve de los estornudos.

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Carl Khevenhüller. El príncipe austriaco desconocido

Ana Karen Hernández Hernández
Universidad Autónoma Metropolitana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41

Una deuda de juventud trajo por casualidad a México a este conde que se transformaría en uno de los hombres de confianza en la seguridad de Maximiliano de Habsburgo. Luchó contra Porfirio Díaz y fue derrotado, aunque supo negociar para escapar de una posible muerte. Luego se convertirían en amigos. México tuvo una impronta tan fuerte en su vida que atesoró objetos en su castillo en Austria, convertidos tras su muerte en piezas de museo.

Johann Carl Von Khevenhüller-Metsch

Johann Carl Von Khevenhüller-Metsch

Uno de los aristócratas que llegó a México como consecuencia de la intervención francesa fue el conde Carl Khevenhüller. La huella del paso por el país de este austriaco de noble cuna es poco conocida, a pesar de que fue una de las figuras sobresalientes del segundo imperio. José Luis Blasio, secretario particular del emperador Maximiliano, lo describió así:

Era el conde Khevenhüller un guapo mozo de 25 años, recién llegado al país, y desde los primeros días de su llegada, llamó la atención por su elegancia, su distinción y varonil postura. En muy pocos días fue héroe de varios lances amorosos, de varios duelos y de otros acontecimientos ruidosos que demostraban su alma aficionada al género de aventuras, pero siempre muy estricto en el cumplimiento de sus deberes militares.

Johannes Franz Carl von Khevenhüller-Metsch nació en Ladendorf, al norte de Viena en 1840. Fue el hijo primogénito del príncipe Rikard von Khevenhüller-Metsch y de Antoine  Lichnowsky. Sus tempranos talentos para la esgrima y la equitación lo llevaron a alistarse en el ejército imperial austriaco. Gracias a su apellido logró convertirse en capitán de caballería a los 24 años. En febrero de 1863 participó en el carrusel de equitación en Viena; para dicho evento compró un traje al sastre de la corte imperial Vincenz Harapatt y un caballo al tratante Herman Herscheless. Al año siguiente, el adeudo por esas compras ascendía a 150 000 florines. Pero los ingresos de Carl eran de 162 florines al mes, por lo que dicho monto era impagable y, como consecuencia, fue demandado.

Ante ello, la madre de Carl acudió a su tío, el comandante Franz Thun, primo del conde Guido von Thun, representante de Austria ante la corte de Maximiliano, para que a su hijo se le concediera una licencia en el extranjero y así pudiera salir de Viena. Le fue concedida y el joven moroso salió rumbo a Francia en agosto de 1864. Agotadas las vías legales, no se llegó a ningún arreglo con los acreedores, por lo que la familia Khevenhüller tomó la última salida: por recomendación del general Franz von Thun Hohenstein, recién nombrado líder de las tropas que se enviarían a México, el capitán Carl Khevenhüller quedó integrado al cuerpo austriaco de voluntarios: formado por 6 500 efectivos, tropa escogida y personal de Maximiliano, así como núcleo del Ejército Nacional Imperial Mexicano que debía formarse.

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