Archivo de la categoría: BiCentenario #26

Pedaleando en el siglo XIX

Alejandra García Vélez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

La bicicleta recupera su lugar en estos días en ciudades atestadas de automóviles. Pero hace más de 130 años cuando llegó al país junto a la electricidad y el ferrocarril, como sinónimos de modernidad, también disputaba espacios en las calles y hasta con los transeúntes. La ciudad de México tuvo que poner orden con un reglamento para su uso y dispuso un impuesto. Los clubes de ciclistas contribuyeron a darle popularidad y aceptación.

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Ciclista en la ciudad de México, 1912. Archivo Casasola, inv. 114035. SINAFO, CONACULTA-INA-MEX.

De las modas que nos llegan de París y Nueva York, hay una sin igual, que nos llama la atención. Son las bicicletas que transitan por Plateros y Colón, Y por ellas han olvidado la sombrilla y el bastón.

Las bicicletas,niña hermosa,son las que andan por ahí. Ellas corren muy veloz igual que el ferrocarril, vámonos pa’ la Alameda con muchísimo placer, y ahí con más violencia las veremos ya correr.

“Las Bicicletas”, Salvador Morlet (1894)

MAi??xico ca. 1890 453121 - copia¡Perdí el equilibrio! ¡Me caí de la bici! ¡Choqué contra un árbol!… Todos tenemos anécdotas sobre el momento en el que aprendimos a usar la bicicleta. Pero, ¿cómo lo vivieron los primeros usuarios de la bicicleta en el México del siglo xix?, ¿por qué les gustó tanto a los mexicanos este invento y se popularizó tan rápido?, ¿cómo un objeto que inició principal- mente como una diversión se convirtió, con el paso del tiempo, en un elemento de entrete- nimiento, deporte y un medio de transporte alternativo y ecológico?

La primera bicicleta que rodó sus llantas en el territorio mexicano, a mediados del siglo XIX, fue la francesa llamada “Sacudehuesos”. Por su inestabilidad e incomodidad este tipo de bicicleta no prosperó en el país y rápidamente desapareció. Unos años después, en 1880, llegaron también de Francia las denominadas bicicletas ordinarias, las cuales tenían la rueda delantera más grande que la trasera, lo que provocaba que al tropezar, los ciclistas volaran por encima del manubrio antes de caer. Estas bicicletas fueron utilizadas hasta la década de 1890, cuando llegaron de Inglaterra las seguras que tenían las ruedas del mismo tamaño, lo que ayudó a disminuir los accidentes y gracias a sus neumáticos, transitar por las calles empedradas. Se popularizaron rápidamente y se utilizaron hasta bien entrado el siglo XX.Sin tAi??tulo (1280x353)


Vida Moderna

Durante el porfiriato llegaron diversas modas de Europa, que incluían diversiones y deportes, pues se buscaba que el país adquiriera una imagen europea para así reflejar un México moderno ante el mundo. En este contexto llegó la bicicleta, la cual se insertó, dentro de la modernidad tecnológica, junto al ferrocarril y la electricidad, como un elemento más que denotaba el progreso del país. El historiador William Beezley escribe: El ferrocarril señalaba el ingreso de la sociedad a la tecnología; la bicicleta señalaba el mismo fenómeno pero en el nivel individual. Al comprar una bicicleta el mexicano aprendía a manejarla, componerla, correr en ella, cambiarla. Aceptaba así, tecnología, producción masiva, desgaste y otros valores que hacen la vida moderna. Por lo tanto, tener una bicicleta hacía del mexicano un hombre moderno, con acceso a la tecnología y por lo tanto al progreso. A partir de 1890 la bicicleta se hizo cada vez más común y pasear en ella por las tardes en Reforma, la Alameda o la calle de San Francisco se volvió más frecuente.

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Sin embargo, como un nuevo artefacto, los citadinos tuvieron que aprender a utilizarla, por lo que escribieron diversos manuales que explicaban desde cómo encontrar el equilibrio y pedalear, hasta cómo alcanzar altas velocidades. José Echegaray y Eizaguirre, ingeniero, político, matemático y premio Nobel de Literatura 1904, es autor del texto

Sr. Adolfo MartAi??nez, fotografAi??a de Geegorio GA?mez, antes de 1910. col particular RamA?n Aureliano A. (459x640)La bicicleta y su teoría, en el que explica el funcionamiento del vehículo y su experiencia al aprender a montarla –incluyendo las caídas que sufrió-, y da útiles consejos para aquellos que quisieran aprender a utilizarla: La bicicleta hace muy poco por el ciclista. El ciclista no consigue el equilibrio en balde; él se lo ha de procurar. Con poquísimo trabajo es cierto, pero como él no se lo procure, a tierra va fatalmente con la máquina encima, por más que se encomiende, como yo me encomendaba al empezar, a todos los giroscopios de la física.

Echegaray y Eizaguirre encontró el lado ventajoso a la bicicleta en el ámbito social, pues señala que esta sería de gran utilidad para los sectores medios y bajos que no tenían acceso a los autos, caballos o choferes: El obrero no tendrá que vivir en cuchitriles antihigiénicos ni antiestéticos, sino a una legua o dos de la población, a veinte minutos sin fatiga. La bicicleta, entonces, representaba para la gente pobre la posibilidad de agrandar la ciudad y conseguir alcanzar una vida cómoda, sana, económica e higiénica. No sólo podía ser una diversión sino también contribuir a la solución de los problemas sociales.

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Una familia de hacendados que dio su vida por la independencia

Norberto Nava Bonilla
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.


Cinco hermanos Bravo dominaban una franja de tierras entre el Pacífico y Chilpancingo. Entrada la guerra con el imperio español se sumaron con recursos y espadas.También lo hicieron varios de sus hijos, entre los que destacaría Nicolás.Salieron victoriosos,aunque dos morirían fusilados y el poderío económico se diluiría.

Natal Pesado, Nicolás Bravo perdona a los prisioneros realistas, 1892 Palacio Nacional (800x502)

Natal Pesado, Nicolás Bravo perdona a los prisioneros realistas 1897, óleo sobre tela. Conservaduría de Palacio Nacional, SHCP.

 

Nicolás Bravo tiene un lugar importante en la galería de los héroes patrios de México. Numerosas calles, escuelas, plazas cívicas y algunos poblados llevan su nombre a lo largo del país. Participó en muchos combates durante la revolución de independencia, pero quizá el episodio más recordado de su vida es cuando liberó a 300 soldados realistas sentenciados a muerte. No obstante, poco se sabe de su familia y de su importante participación en la lucha armada. El siguiente artículo aborda las actividades de la familia Bravo durante este periodo histórico, lo difícil de sus decisiones y el precio que pagaron por seguir al cura José María Morelos.

El punto de partida es la hacienda de Chichihualco, ubicada a 35 kilómetros de Chilpancingo, actual capital del estado de Guerrero. Esta era una zona importante para los comerciantes durante el virreinato, por ahí pasaba el Camino Real México-Acapulco que transportaba productos provenientes de Asia. A finales del siglo XVIII, la hacienda era propiedad de los hermanos Bravo: Leonardo, Miguel, Víctor, Máximo y Casimiro, hijos de españoles arribados a Nueva España en la década de 1750.

Casa de Nicolas Bravo

Casona Bravo, antigua hacienda de la familia Bravo, Chichihualco, Guerrero,ca. 1920. Centro INAH, Guerrero. CONACULTA-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Comerciantes acaudalados, los hermanos Bravo eran dirigidos por Leonardo, el mayor, quien administraba y vivía en la hacienda. Su producción principal estaba en el ganado y la caña de azúcar, pero además comerciaban con el algodón y algunos productos que adquirían en la ciudad de México. Además, eran dueños de varias tierras que se encontraban en los poblados de Chilpancingo y Tixtla. Sus negocios iban desde las costas del Pacífico hasta la capital novohispana, situación que los hizo crear vínculos con políticos, comerciantes, arrieros, propietarios y religiosos. Los hermanos Bravo, a excepción de Máximo, se enlistaron en el Regimiento de Infantería Provincial de la Costa Sur hacia 1781; debido a esto, asumían la obligación de defender a la corona en tiempos de guerra. La milicia les ofreció la ventaja del fuero militar y consideraciones por parte del gobierno. Por ejemplo, se les censaba como españoles a pesar de haber nacido en Nueva España. Al poco tiempo obtuvieron grados militares que les daban el beneficio de uniformar y dirigir sus propias tropas, compuestas por los propios trabajadores y familiares.

La familia Bravo mantenía buenos tratos no sólo con gente importante de su localidad sino con sus jornaleros, lo cual ayudó a que su economía se mantuviera estable y su situación, en general, fuera de bienestar. Este es un caso interesante, pues contradice la idea común de que muchos criollos, resentidos con el gobierno novohispano, se unieron al movimiento insurgente para compensar agravios hechos por los españoles. Si bien no podemos asegurar que los Bravo lo hubieran sufrido, tampoco parece que sus enemistades o resentimientos les impidieran el crecimiento económico.

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Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

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Hace poco más de un siglo, Paseo de la Reforma y la Alameda se vestían de gala con ciclistas que daban sus primeros pedaleos. Los muchachos de saco y corbata, y las señoritas con vestido zagalejo o pantalón bombacho, a nadie le falta- ba su sombrero. Eran momentos en que la bicicleta junto al ferrocarril y las bombillas eléctricas dejaban ver la modernidad. Los manuales enseñaban los secretos del equilibrio, los riesgos de la velocidad, las mejores posturas para sentarse y los beneficios y perjuicios para la salud. Similitudes y semejanzas no faltan con el presente revival de la bicicleta. Lo bueno que aquellos ciclistas no tenían que lidiar con automovilistas, metrobuses y un esmog poco aconsejable para los pulmones. Pero igual no faltaban los vecinos molestos porque había que cuidarse de distracciones que generaban choques fortuitos, aunque si el ciclista no conocía las reglas acababa multado por el policía de tránsito. Cual auto o motocicleta de nuestro días, había una tenencia que pagar… y mensual, por rodar en la ciudad. El presente y el pasado no tienen mejor ejemplo para abrir desde la portada esta edición de BiCentenario 26. Cualquier similitud con el presente, podría ser mera coincidencia, pero no.

Hay personajes, momentos, situaciones, que a lo largo del tiempo parecen redundantes. Como el caso de Marietta Blau, una científica de origen judío, que Albert Einstein pudo sacar de Alemania antes del estallido de la segunda guerra mundial y ubicarla en México. Pero Marietta no pudo profundizar aquí sus investigaciones sobre la radiación. Una imagen explica de algún modo el porqué: se trata de una foto con colegas del IPN, ubicada ella en una esquina junto a 57 hombres. Muchas mujeres pasaron por situaciones similares, y quedaron en el olvido. El rescate de su obra y su personalidad, que nos presenta Pilar Baptista Lucio, es un buen ejercicio para apaciguar arbitrariedades.

Es el caso también de la familia Bravo. Hacendados durante el dominio español en estas tierras, los inicios de los levantamientos independentistas en la Nueva España fueron para los cinco hermanos un parteaguas. Reticentes en un principio a incorporarse a la lucha de José María Morelos, después dieron hasta su vida por la causa –dos de ellos morirían– y el poderío económico que se extendía desde Chilpancingo hasta el Pacífico, se diluiría.

Un amplio listado de personajes recorre este número 26 de BiCentenario. Miguel Agustín Pro era un sacerdote de mucha alegría y candidez, según los recuerdos de quienes lo conocieron durante su corto periplo estudiantil por Europa. El activo joven que moriría como consecuencia del duro enfrentamiento Iglesia-Estado durante la guerra cristera llevó con dignidad y resignación sus serios problemas de salud estomacal, como relataría su amigo John J. Druhan. María Gabriela Aguirre Cristiani nos cuenta que al padre Pro le disgustó su regreso intempestivo a México que poco tiempo después le costaría la vida.

Quienes vivieron su tiempo con jovialidad fueron las bailarinas que impulsaron el cancán en México, y que por un corto tiempo trajeron alegría a un amplio abanico de capitalinos entusiasmados con la noche y la cultura. A pesar de los cuestionamientos conservadores, la moda que llegaba de París generaba una discusión apasionante. ¿Qué tanto se aceptaba cambiar por aquellos días y adaptarse a un mundo de transformaciones vertiginosas?

Villa y Zapata vuelven a ser parte de nuestras páginas. Dos textos abordan sus dos encuentros de diciembre de 1914 en Xochimilco y Palacio Nacional. El primero es la mirada complementaria de la reunión que hicieron el funcionario estadunidense León Canova y Gonzalo Atayde, secretario particular del coronel Roque González Garza, en la escuela del poblado sureño. El segundo corresponde a las fotos que se hicieron en Palacio Nacional y que son un icono de los tiempos de la revolución. Miguel Ángel Berumen realiza un análisis sui géneris donde desvela si fueron una, dos, tres o más y cuántos fotógrafos las tomaron.

El arte se abre al debate con dos textos también muy recomendables. El genial Luis Buñuel, que al final de su vida confesaría sus preferencias por escribir y pintar, antes que por el cine, es retratado en diferentes momentos de su vida. Junto a Salvador Dalí y Federico García Lorca durante sus primeros sueños vanguardistas, el paso frustrado y poco productivo por Estados Unidos, y hasta llegar finalmente al estallido creativo en México.

El segundo de esos textos son las reflexiones que nos trae el escultor y pintor Arnaldo Coen en una amplia charla. Coen analiza la comercialización del arte, la necesidad de complementarlo con otras disciplinas y de cómo México no ha logrado universalizar a sus artistas cuando tiene todo para hacerlo. “Hay espectadores que legitiman a un artista, el artista no se legitima a sí mismo”, polemiza.

Y todavía queda más por contarles antes de entrar a abrir estas páginas, como la historia del célebre telegrama Zimmerman que planteaba la descabellada idea de que México entrara en guerra con Estados Unidos, a cambio de devolverle a nuestro país los territorios perdidos. La tradición del jarabe tapatío que de fiesta marginal terminó en símbolo nacional. O la compleja vida de un espía de Santa Anna y otros interesantes artículos. ¡Qué disfruten la lectura!

Darío Fritz

El Cancán rompe tradiciones

Ramón Jiménez Gómez
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de Méico, núm. 26.

En la segunda mitad del siglo XIX irrumpía en México la cultura francesa. Era la tendencia de la época. Quien estuviera fuera del modelo cultural que irradiaba desde París se quedaba anquilosado en el pasado. Un ejemplo fue aquel baile de mujeres que alzaban sus piernas e inmortalizaría el pintor Toulouse Lautrec. Indecentes para algunos, tuvo su furor que decaería al cabo de un corto tiempo, hasta renacer durante el porfiriato.

4. Antecedente del CANCAN (640x438)

Winslow Homer, A Parisian Ball – Dan- cing at the mobille, Paris, en Harper’s Weekly, Estados Unidos, New York: Harper & Brothers, publishers, 23
de noviembre de 1867. Boston Public Library

La noche del 23 de julio de 1869 la compañía española de zarzuelas, dirigida por el compositor Joaquín Gatzambide, estrenó en el Gran Teatro Nacional la opereta Orfeo en los infiernos, con libreto de Ludovico Halevy y música de Jacques Offenbach. De repente el público se volvió loco: cayó y subió el telón rápidamente en más de diez ocasiones; cada vez que subía, la gente se deleitaba con esa extraña y alegre música, contemplando a la par las pantorrillas de Elisa Zamacois y Amalia Gómez, primeras émulas de la Rigolboche en México. Esa no- che, como ya se estaba haciendo costumbre, el Teatro Nacional había ofrecido el espectáculo del cancán, aquella función venida de Francia que alborotaba a los mexicanos por igual: algunos la aplaudían eufóricamente, otros la condenaban categóricamente, pero eso sí, no pasaba inadvertida.

Sin duda, surgen varias preguntas. ¿Qué tan generalizado estaba el cancán en México? ¿A partir de cuándo se comenzó a poner en escena este espectáculo? ¿Cuáles fueron las opiniones que generó este baile? Son cuestionamientos que abordaré en el presente texto para poder comprender un poco mejor este aspecto cultural del México decimonónico.

Efectos de la Cola Marini en el Nacional,  El Mundo cA?mico t III, domingo, primero de enero de 1899 (895x1280)

Efectos de la cola Marini en el Nacional, en El mundo cómico, 1 de enero de 1899. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”-Instituto Mora.

Según la Real Academia de la Lengua cancán es la definición de una danza frívola y muy movida que se importó de Francia en la segunda mitad del siglo XIX, y que hoy se ejecuta sólo por mujeres como parte de un espectáculo, pero también es un sinónimo de molestia o fastidio. Y es que el mismo vocablo en francés también hace referencia al escándalo, pues en un principio esta danza nació como parte de las fiestas de los trabajadores: apareció por primera vez en París hacia 1830, en los barrios de Montparnasse, como una versión más del baile rápido; en ese sentido, el cancán era una danza para parejas, las cuales realizaban patadas altas y otra serie de gesticulaciones con los brazos y las piernas. Durante estos primeros años el baile fue conocido como chahut, término que igualmente significaba ruido o alboroto.

Frou Frou CANCAN

Leonetto Capiello, Le Frou Frou 20’, Jurnal Humoristique, 1899, litografía, Francia. Library of Congress, Washington, Estados Unidos.

Los lugares donde gestó su primera época de oro fueron en los jardines y Bals Publics; el más famoso fue el Jardín Mabille situado en la avenida Montaigne, inaugurado en 1840 y en uso hasta 1870. A las presentaciones acu- dían todas las clases sociales, pues asistían tanto los aristócratas como los intelectuales (un Alexandre Dumas, por ejemplo) o los humildes grisettes. Dentro de estos últimos surgieron personalidades que, con más ca- risma que técnica, llegaron a convertirse en estrellas del cancán, tales como Rigolboche, Finette, Rosalba o Alice La Provenzale. Para 1858 el cancán se había consagrado ya como una opereta teatral definitiva, especialmente gracias a la inmortalización de la composición musical Orfeo en los infiernos del francoalemán Jacques Offenbach.

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