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La infancia de Justo Sierra Méndez en Campeche

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

El hombre que le dio un vuelco fundamental a la educación en México vivió sus primeros nueve años de vida en una apacible pero también convulsionada ciudad de Campeche. Cobijado en la contención de una de las familias más ricas de la ciudad, su estadía allí se cortó definitivamente por los conflictos políticos locales. Casi medio siglo después regresaría como un hijo pródigo.

Plaza de la Independencia, Campeche (800x578)

Plaza de la Independencia de Campeche, fotografía, ca. 1900, en Marie Robinson Wright, México, una historia de su progreso y desarrollo en cien aAi??os, Estados Unidos, George Barrie & Sons, 1911.

La ciudad de Campeche mantenía todavía en la primera mitad del siglo XIX un aire colonial, guarnecida de murallas que recordaban ese pasado violento de su lucha contra los enemigos de España: los piratas. Las murallas que la protegían y aislaban permitieron sin pro- ponérselo establecer una diferencia de clases que se recrudeció con este cinturón de piedra donde convivían los de adentro y los de afuera.

Desde su fundación, la vida de la villa, después ciudad, giró en torno a la plaza principal, la cual estaba rodeada de los edificios más importantes: el palacio municipal, la iglesia parroquial, la Aduana y las casas de los principales vecinos, poderosos comerciantes y miembros del Ayuntamiento de la ciudad. En una de estas viviendas, situada en el extremo oriental mirando al mar y a la plaza, estaba la residencia del más poderoso e influyente caudillo regional, don Santiago Méndez Ibarra.

3c22273u (510x640)Su nieto, Justo Sierra Méndez, nació allí en un año complicado para la región, 1848, pues la rebelión indígena asolaba a toda la península arrasando pueblos enteros, principalmente en la parte norte. Esta situación motivaba que oleadas de refugiados buscaran la protección y el amparo de las murallas campechanas. La ciudad vivía momentos de caos y fervor, cientos de personas durmiendo en las calles, las rogativas al Cristo milagroso y protector de la ciudad, el Señor de San Román, no paraban y en procesión el Cristo fue sacado de su templo y llevado a un lugar seguro. Los pobladores ante cualquier estruendo de gritos lejanos e inexplicables corrían a refugiarse a sus casas, al mismo tiempo que se sellaban las puertas de la muralla. Por las noches -a manera de precaución- cientos de antorchas eran encendidas a lo largo del cinturón de piedra. Pero lejos de esta barbarie, en el hogar de los abuelos, la vieja casa colonial y al amparo de la familia materna -su padre se encontraba en Washington-, nació Justo.

La Infancia

or orden del patriarca a los pocos días de nacido fue bautizado en la iglesia parroquial por su tío materno, el presbítero Vicente Méndez, y fungió como padrino otro de sus tíos, Luis Méndez, tejiéndose a su alrededor toda una red de ligas familiares provenientes del lado materno quienes en ese momento controlaban la vida política y económica de la ciudad y de la región. Su padre conocería a su primogénito hasta el mes de agosto, a su regreso de Estados Unidos.

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Aurora del Río, nana campechana de clase alta,Siglo XIX. Colección particular.

Justo Sierra vivió en la ciudad murada por nueve años. Sus primeros tiempos estuvieron acompañados y matizados por los cuidados de su madre y de su chichí (abuela) y de sus x-k’oos mayas, muchachas que llegaban a la casa de las familias acomodadas para el servicio, sin retribución económica ya que solo obtenían protección familiar, alimentación y vestido. Muchas permanecían hasta su muerte como parte de la familia. De ellas, Justo habrá escuchado azorado y temeroso los relatos de la Xtabay, el chivo brujo o de la bruja del morro.

De los viejos marinos que tejían sus redes cerca de su casa, relatos de piratas que se robaban a las mujeres, así como los milagros del Cristo negro o las hazañas de pescadores enfrentados a animales reales o imaginarios.

 

 

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Joseph Hucks Gibbs, el inglés que sostuvo los lazos con Londres

Paris Padilla
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

En momentos de tensión en las relaciones entre México y Gran Bretaña, el joven director inglés de la compañía ferroviaria que llevaría el primer tren hasta Veracruz supo ganarse la confianza de los gobiernos de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, y el respeto de la elite local. Un regreso inesperado a Londres cortó con cinco años clave de su residencia en los que México entraba en la modernidad de finales del siglo XIX.

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Luis Coto, La colegiata de Guadalupe, óleo sobre tela, 1859. Museo Nacional de Arte, 2014.

A finales de enero de 1869 desembarcaron en el puerto de Veracruz el súbdito británico Joseph Hucks Gibbs acompañado de Mary, su joven esposa, provenientes de Inglaterra. El inglés, miembro de la prestigiosa firma financiera internacional Antony Gibbs & Sons, llegaba a México en circunstancias difíciles. Poco más de un año atrás el presidente Benito Juárez había suspendido las relaciones diplomáticas entre México y Gran Bretaña por el apoyo que la reina Victoria había prestado al imperio de Maximiliano de Habsburgo. Las relaciones económicas entre los dos países también pasaban por una mala etapa, México se encontraba fuera de la órbita de los mercados internacionales y era considerado un país de alto riesgo para las inversiones. En tales condiciones, ¿qué asuntos traían a este personaje al país?

Un ferrocarril que conectara el puerto de Veracruz con la ciudad de México había sido el anhelo de todos los gobernantes desde 1837. Su concesión pasó por distintos propietarios y la construcción avanzó muy poco hasta que finalmente Antonio Escandón, un reconocido empresario mexicano, viajó a Londres en 1864 con la intención de conseguir el financiamiento necesario para dicho proyecto. Square Mile o The City, apodos con los que se le conocía al distrito financiero de la capital inglesa, era considerado en aquel entonces el centro financiero del mundo, de tal manera que Londres resultó el lugar apropiado para impulsar el proyecto de la primera línea troncal ferroviaria en México.

Ferrocarril Mexicano Veracruz ramal Jalapa Anuncio (304x640)Escandón y un grupo de banqueros ingleses formaron una compañía denominada Compañía del Ferrocarril Imperial Mexicano la cual tendría por objetivo construir y administrar el ferrocarril entre la ciudad de México y Veracruz. Los rumores de que Antonio había involucrado a una reconocida casa comercial bancaria de la city en el pro- yecto del ferrocarril comenzaron a llegar a México en agosto de 1864. La dichosa casa era Antony Gibbs & Sons, la cual aceptó convertirse en el respaldo financiero de la Compañía Limitada del Ferrocarril Imperial Mexicano.

Cuando la compañía del ferrocarril fue constituida en Londres, en México iniciaba el reinado del archiduque Maximiliano de Habsburgo, y aunque durante su gobierno hubo considerable avances en la construcción, el fe- rrocarril entró en crisis junto con la inminente caída del imperio. Los republicanos retomaron el poder en el país y la compañía decidió que cambiaría su nombre quitando la palabra Imperial para llamarse sólo Compañía Limitada del Ferrocarril Mexicano. En noviembre de 1867 el presidente Benito Juárez renovó la concesión a la compañía inglesa para que continuara los trabajos de construcción, lo cual causó molestia en algunos políticos nacionalistas, como el ex ministro de Hacienda y escritor Manuel Payno. Había muchos que no podían olvidar la cooperación entre el ferrocarril y el gobierno imperial y el hecho de que, no obstante su nombre, el Ferrocarril Mexicano fuera en realidad un ferrocarril de propiedad inglesa.

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Un fraile olvidado entre los independentistas novohispanos

Lucía Hernández Flores – Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

En los primeros esbozos por la emancipación de Nueva España apareció un documento de fray Melchor de Talamantes, un personaje poco conocido quien llegó de Lima en 1799. Proponía una nueva organización política, disminución de la presión comercial y fiscal de la metrópoli, así como la transformación del virreinato en una nación culta e independiente de cualquier otra. Ideas muy adelantadas para la época..

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Alegoría de Fray Melchor de Talamantes en Genaro García, Documentos históricos mexicanos, México, Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, 1910. Biblioteca “Ernesto de la Torre Vi- llar”-Instituto Mora

La crisis política que España y sus reinos sufrieron en 1808, después de la renuncia al trono de Carlos IV y de su hijo Fernando VII, aunada a la invasión de la península hispana en manos de Napoleón Bonaparte, generó diversas reacciones en los habitantes del virreinato de Nueva España. Algunos se mantuvieron fieles al orden establecido, otros demandaron autogobierno y unos más se unieron al proyecto independentista que se materializó, un par de años después, con la rebelión campesina iniciada por el cura de Dolores, Miguel Hidalgo.

En las historias generales, cuando se hace referencia a los primeros intentos de eman- cipación, son escasas las ocasiones en que encontramos el nombre de fray Melchor de Talamantes acompañado de una breve explicación de las ideas y el proyecto político que presentó al Ayuntamiento de la ciudad de México. Su ausencia en los libros de divulgación histórica y aun en los libros de texto de educación básica es más evidente si se compara con las referencias que existen de la participación del síndico Francisco Primo de Verdad y del regidor Juan Francisco Azcárate y Ledezma, con quienes mantenía continua y abierta relación.

En el presente artículo nos enfocaremos en datos biográficos que nos revelan carac- terísticas de la personalidad de fray Melchor de Talamantes y en algunas de sus ideas, plas- madas en el texto Congreso Nacional del reino de Nueva España. Expónense brevemente los graves motivos de su urgente celebración, el modo de convocarlo, individuos que deben componer y asunto de sus deliberaciones, escrito el 28 de julio de 1808.

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Catedral de Perú, donde se ubicaba el arzobispado a principios del siglo XIX, litografía, ca.
1850 en Manuel Fuentes, Lima. Bosquejos de la capital de Perú, Inglaterra, Trübner & Co., 1866, en www.flickr. com/commons

Enciclopedista Bullicioso

Presentémoslo entonces. Melchor Talamantes Salvador y Baeza vio la luz por primera vez el 10 de enero de 1765 en Lima, capital del virreinato del Perú; creció en el seno de una familia poco favorecida por la fortuna, lo cual se puede confirmar al percatarnos de que no realizó sus primeros estudios en los centros más importantes que había entonces en dicho virreinato. Para el año 1775, cuando contaba con diez años de edad, comenzó a educarse bajo la dirección de fray Manuel de Alcocer quien lo cobijó como su alumno durante cuatro años hasta que en 1779 entró a la Real y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced. Es preciso señalar que aquella orden religiosa tenía la costumbre de atraer, desde pequeños, a los miembros de familias poco acomodadas, permitiéndoles la subsistencia y el porvenir, siempre y cuando los niños ingresados dieran clara muestra de suma inteligencia.

Gracias a sus constantes esfuerzos, Talamantes obtuvo el grado de doctor teólogo en la Universidad de San Marcos, donde fue opositor a las cátedras de filosofía, teología y sagrada escritura. Desarrolló su carrera como religioso pues sirvió como lector jubilado, examinador sinodal del arzobispado del Perú, regente mayor de estudios y definidor general en la provincia de la Merced. Por sus manos pasaron muchos de los libros prohibidos que el fraile jeronimiano Diego Cisneros introducía de contrabando en Lima. Gracias a este personaje cargado de saberes, nuestro mercedario se fue haciendo poco a poco de una visión enciclopedista e ilustrada del mundo. Su interés por la lectura era mucho mayor que su interés por practicar los preceptos, principios y obligaciones de su orden: no iba a coro, no asistía a las celebraciones que le correspondían ni daba los sermones que le eran solicitados. Esto, más su carácter bullicioso e inquieto, su inteligencia y su calidad de criollo, le causaron serias dificultades dentro de la comunidad mercedaria.

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Editorial #25

Revista Bicentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

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A principios del siglo XIX el ferrocarril arrastrado por locomotoras de vapor comenzaba sus primeras pruebas en Inglaterra. La tecnología le daba la mano al incipiente desarrollo industrial que necesitaba trasladar mercancías por tierra en grandes volúmenes de una manera más eficiente y rápida. Su desarrollo fue creciendo a lo largo de las décadas siguientes hasta que después de la segunda guerra mundial la creación de carreteras y autopistas frenaron sus años dorados, especialmente para el transporte de pasajeros. Hoy parece revivir en México de la mano de algunos proyectos e iniciativas concentrados en el Distrito Federal y sus vínculos con ciudades cercanas. Pero los trenes mexicanos forman parte de las postales de un rico esplendor del país hace ya más de un siglo. Las imágenes de la revolución mexicana y el valor que tenía por entonces el ferrocarril han recorrido el mundo.

El México independiente del siglo XIX había querido entrar con fuerza en el progreso siguiendo el espejo europeo. Y el ferrocarril, lo supo Benito Juárez como también antes Maximiliano de Habsburgo, era un arma imprescindible. Impulsar la conexión de la capital con el puerto de Veracruz resultaba estratégica para insertar al país en el mundo. Juárez lo hubiera hecho realidad, pero la muerte se lo impidió y quien se llevaría los oropeles en 1873 sería el gobierno de Lerdo de Tejada, al inaugurar el servicio. Llevarlo a cabo tuvo como protagonista a un inglés desconocido que llegó a México casi por casualidad y terminó por ser un puente para las deterioradas relaciones diplomáticas del país con Inglaterra. Joseph Hucks Gibbs, uno de los hermanos de la familia propietaria de la compañía inglesa encargada de la construcción de la línea ferroviaria, logró con su empuje e integración con México, que aquel proyecto con más de tres décadas de buenas intenciones se concretara

De ese paso de cerca de seis años de Hucks Gibbs por tierras mexicanas nos da cuenta la portada elegida para esta edición 25 de BiCentenario. El joven director era un buen jugador de cricket que se supo relacionar con los hombres de poder en el país –hablaba un español fluido- para hacer negocios. Concretó el primer trazado ferroviario, pero también instaló con otra de sus compañías los primeros faroles de gas en la ciudad de México. Cuando tuvo que dejar México por una enfermedad, ya poco se supo de él, pero en su legado queda el aporte que brindó a la entrada del país en el progreso de la época.

Distintos personajes que contribuyeron a darle identidad y vida a México se van integrando como en cada nueva edición a estas páginas de la revista. Fray Melchor de Talamantes es un hombre que nacido en Perú, y poco recordado en la gestación de la independencia de Nueva España, llegó aquí para participar decididamente con ideas y documentos embrionarios. Si bien se ha dado cuenta de las actividades de Francisco Primo de Verdad y Juan Francisco Azcárate y Ledezma, poco se sabe de este orador influyente, de ideas revolucionarias para entonces y al cual el activismo le terminó por costar la pérdida de su libertad.

En sus antípodas, otra figura destacada de la Iglesia, el padre Francisco Javier Miranda y Morfi, ligado al Partido Conservador y en sus inicios políticos al dictador Antonio López de Santa Anna, fue un prominente impulsor del intervencionismo francés. En una carta de 1863 enviada a la prensa, y que aquí recuperamos, relata su viaje a Trieste junto a una comisión de monarquistas para solicitar a Maximiliano de Habsburgo, que gobernara México. El texto, que describe la vida en palacio del archiduque y su admiración por él, relata también el trato que recibieron en el castillo de Miramar y hace una encendida defensa política frente a los críticos de aquel viaje.

La corta infancia de Justo Sierra Méndez en Campeche nutre también estás páginas de BiCentenario, al igual que la influencia que aportó entre los pintores mexicanos el español Joaquín Sorolla al cumplirse el centenario de la independencia del país. La publicidad, tan invasiva en la actualidad, tuvo un interesante antecedente que aquí retratamos allá por fines del siglo XIX cuando firmas francesas y estadunidenses se insertaban en el mercado local con la promoción de productos destinados a sostener un alto umbral de belleza tanto para mujeres como para hombres. Entre los aportes científicos rescatamos el trabajo de Joaquín Gallo y un grupo de investigadores que se prepararon durante seis años para observar y obtener conclusiones de los escasos tres minutos y medio que duró el eclipse solar de 1923.

La revolución mexicana también está presente en este número de la publicación con un análisis de las distintas monedas y billetes que Francisco Villa acuñó e imprimió durante su gobierno en Chihuahua y un corto tiempo del conflicto armado. Algunas de aquellas monedas aún quedan, para regocijo de coleccionistas. El jefe revolucionario también se encuentra presente en las vivencias que relata Regino Hernández Llergo de una entrevista que le realizara durante diez días, donde descubre una personalidad diferente a la imagen negativa de Villa que se relataba por entonces. El testimonio del periodista, que describe también las dificultades de sus charlas con los generales Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas, nos revela una figura inquieta y destacada para comprender al periodismo del siglo pasado en México.

Otros textos ilustran el último número del año de BiCentenario. Quedan para el descubrimiento de los lectores.

Darío Fritz

Sumario #25

EDITORIAL

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

F.Parra Fray Melchor de Talamantes, 1910 (390x640)Un fraile olvidado entre los independentistas novohispanos
Lucía Hernández Flores

BAJA Luis Coto, EstaciA?n del ferrocarril mexicano, 1869 MNH (2)Joseph Hucks Gibbs, el inglés que sostuvo los lazos con Londres
Paris Padilla

Boda_Justo_Sierra_MendezLa infancia de Justo Sierra Méndez en Campeche
José Manuel Alcocer Bernés

PENTAX ImageMilagros contra la calvicie y otros enjuagues
Lillian Briseño Senosiain

$1 Peso Dos caritas FRENTE (1280x555)Las caras del dinero villista
Alfonso Milán

Eclipse total  de sol fotografiado por J.Gallo, YerbanAi??s, Durango, 1923 (518x640)A la sombra de la luna
Susana Biro

DESDE HOY

14946574407_7c3f256302_o (537x800)El equilibrio frágil de los megaproyectos
Carlos Domínguez Virgen

DESDE AYER

Caballito aAi??o 1860 (640x375)Más vale paso que dure y no trote que canse
Regina Hernández Franyuti

TESTIMONIO

Padre Miranda 454084Relatos de un monarquista mexicano desde el castillo de Maximiliano
Norberto Nava Bonilla

ARTE

Dama espaAi??olaJoaquín Sorolla y los pintores españoles en la otra América
Roberto Fernández Castro

CUENTO HISTÓRICO

Reina SofAi??a con Franz Joseph (422x560)Amaneceres de junio
Silvia L. Cuesy

ENTREVISTA

90030 (924x1280)Regino Hernández Llergo, el office boy que se hizo periodista
Graziella Altamirano Cozzi

SEPIA

img687 - copiaIlusiones
Darío Fritz