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De fotA?grafos y fotografAi??as en Campeche

Ai??JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s / Cronista de Campeche

BiCentenario #16Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.31.02

La fotografAi??a se ha convertido con el paso del tiempo en un documento histA?rico. A travAi??s de las imA?genes captadas podemos revivir tiempos pasados, reconocer en ellas cA?mo ha ido evolucionando una ciudad, cA?mo era la arquitectura, sus habitantes, cA?mo vestAi??an e incluso conocer las comidas que formaban parte de las tradiciones de un paAi??s, una ciudad, un pueblo o incluso una familia.

Mirar las imA?genes captadas por la lente de fotA?grafos distintos que en diversas Ai??pocas retrataron a Campeche, nos permite conocer la evoluciA?n histA?rica de la ciudad amurallada. ImA?genes permanentes que dan cuenta de cA?mo Campeche se ha ido transformado gracias a las fotografAi??as tomadas por un aficionado o por uno profesional, de estudio. Su labor captA? la vida cotidiana de la ciudad.

Familia campechana (ambrotipo, dAi??cada de 1870)

Familia campechana (ambrotipo, dAi??cada de 1870)

Para empezar a saber acerca de cA?mo se fue recogiendo en fotografAi??as la imagen de Campeche y los campechanos, habrAi??a que preguntarnos A?quiAi??n o quiAi??nes tomaron las primeras imA?genes de Campeche?

Se sabe que para 1840, empezaron a circular los primeros daguerrotipos en MAi??xico que habAi??an sido traAi??dos al paAi??s por el francAi??s Jean-FranAi??ois Prelier, quien realizA? las primeras impresiones sobre habitantes, ciudades y paisajes del paAi??s. En la Biblioteca Nacional de Austria se encuentra un daguerrotipo de ese aAi??o de Emanuel von Friedrichsthal, quien fuera primer secretario de la LegaciA?n austriaca en MAi??xico y uno de los primeros extranjeros que se interesA? por las ruinas mayas, despuAi??s de haber leAi??do las obras de John L. Stephens y Frederick Catherwood. Este aventurero llegA? al puerto de Campeche con direcciA?n a MAi??rida, pero antes de continuar su viaje tomA? algunas imA?genes de la ciudad de las que solamente se conserva una, la que corresponde a la calle 59. En ella, podemos ver las ventanas tAi??picas de las casas campechanas y al fondo la puerta de mar que formaba parte del conjunto arquitectA?nico que fue destruido a principios del siglo XX. A partir de entonces hay un flujo constante de fotA?grafos extranjeros que llegaban al puerto, atraAi??dos por las ruinas mayas.

Pero la fotografAi??a no sA?lo sirviA? para captar ruinas o ciudades como lo muestra el periA?dicoAi??local El Amigo del Pueblo, de 1847. Un anuncio seAi??alaba que ai???Ricardo Carr reciAi??n llegado de Europa ofrece una mA?quina nueva que permite sacar retratos con la mejor exactitud tanto con coloresAi??como sin ellos y de una o mA?s personas sobre la misma placaai???. AdemA?s, ofrecAi??a que sus ai???retratos saldrA?n perfectamente iguales al originalai???, con un costo por retrato de cinco pesos. Brindaba un amplio surtido de cajas y marcos en su estudio, ubicado en la Casa de la Sociedad Campechana que se encontraba frente al muelle fiscal.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.38.09

No sabemos si Carr seguAi??a en la ciudad o ya se habAi??a marchado, cuando dos aAi??os despuAi??s, otro fotA?grafo extranjero, el seAi??or H. Custing, que se habAi??a salvado de un naufragio frente a las costas de Campeche, y que milagrosamente habAi??a podido rescatar su aparato fotogrA?fico, puso un estudio frente a la casa de doAi??a Salvadora Duque de Estrada, anunciando en el periA?dico El FAi??nix sus servicios, ai???ai??i??tomar retratos y vistas al daguerrotipo [ai??i??] sobre planchas de diferentes dimensiones, hasta el tamaAi??o de un fistolai??? y comunicaba a sus posibles clientes que traAi??a muestras de su trabajo para que el pA?blico comprobara la calidad.

Los anuncios fueron un medio para promover la fotografAi??a y el que siguieran publicitA?ndose revela que en Campeche los fotA?grafos tuvieron Ai??xito. No hay que olvidar que era un puerto deAi??entrada a la penAi??nsula y que numerosos barcos llegaban con viajeros deseosos de conocer el paAi??s y su historia y entre ellos se contaron a los fotA?grafos. La presencia de estos personajes revela una parte de la historia de la fotografAi??a pues va dando cuenta de los adelantos que se hicieron en ese campo, asAi?? como mostrar que se iniciA? como una profesiA?n de extranjeros que atrajo a los de casa y que se llevA? a las distintas poblaciones con el propA?sito de tener Ai??xito.

PARA SABER MA?S:Ai??

GASPAR CAHUICH RAMA?REZ, Cicero & PAi??rez y las postales del Campeche antiguo, Campeche, 2008.

Campeche celebraciA?n de la memoria, Campeche, Gobierno del Estado, 2010.

DELIO CARRILLO, El lenguaje de la cal y el canto, Campeche, Universidad AutA?noma de Campeche, 2010.

* Visitar la ciudad de Campeche.

Para leer el artAi??culo completo,Ai??suscrAi??baseAi??a la RevistaAi??BiCentenario.

La celebración del Centenario del natalicio de Benito Juárez en Jalapa (1905-1906)

Rogelio Jiménez Marce 

Universidad Iberoamericana-Puebla

Revista BiCentenario #16

ImA?genes integradas 1

 

Durante el Porfiriato, la figura de Benito Juárez alcanzó gran relevancia en el panteón patrio. No sólo el 18 de julio se incorporó como festividad cívica, sino que el mismo presidente Díaz lo consideraba su antecesor, pese a que habían sido enemigos políticos. Es más, como en 1906 se iban a celebrar 100 años de su natalicio, el mandatario ordenó que se formara la Comisión Nacional del Centenario del Natalicio de Benito Juárez, con la tarea de organizar los eventos alusivos en la capital del país, así como de coordinar las actividades de las delegaciones que se establecerían en cada uno de los estados.

La nueva comisión se constituyó en agosto de 1905 y estaba integrada por Félix Romero (presidente), Pablo Macedo (vicepresidente), José Casarín, Adalberto A. Esteva, Victoriano Salado Álvarez y Ramón Prida (secretarios), Carlos Rivas (tesorero), Gabriel Mancera, José de Landero y Cos, Rosendo Pineda, Emilio Velasco, Jesús Alonso Flores y José B. Cueto (vocales). Una de sus primeras determinaciones fue erigir un monumento en honor a Juárez en la ciudad de México, para lo cual se invitó a los gobernadores a cooperar económicamente. Con tal de que la iniciativa se llevara a cabo, Aurelio G. Venegas, en representación de la Junta Patriótica de Toluca y de un comité de estudiantes de la misma ciudad, propuso que la Comisión Nacional no se disolviera sino hasta que se hubiera concluido con la edificación del monumento. Otra iniciativa de la comisión fue que el 21 de marzo se realizara, en todas las escuelas públicas de la nación, una conferencia sobre el Benemérito de las Américas –título que fue otorgado a Juárez en 1867 por el Congreso de Colombia–, cuyo objetivo sería hacer a los niños partícipes de la celebración.

Los dos proyectos fueron recibidos con beneplácito, pero la construcción del monumento implicó dificultades, ya que no todos los gober- nadores contribuyeron con la parte que les correspondía. Así, el 24 de septiembre de 1905 la Comisión Nacional informó que los mandatarios de los estados de México, Tlaxcala, Aguascalientes, Durango, Veracruz, Oaxaca, Puebla, Sonora y Michoacán no habían entregado su respectiva colaboración pecuniaria.

Respecto a las conferencias, la comisión indicó que no sólo despertaron un “gran entusiasmo” en las escuelas públicas, sino también en las privadas. Ejemplo de ello era un colegio particular de Pachuca que les había informado acerca del nombramiento de una mesa directiva y varias comisiones con la tarea de organizar la festividad del 21 de marzo. En este “patriótico empeño” eran ayudados por el profesor Teodomiro Manzano.

Para alentar la participación de los infantes, la Comisión Nacional indicaba que, en los primeros días de marzo de 1906, publicaría un libro donde se haría una crónica de los festejos e incluiría una sección con las composiciones literarias en honor de Juárez, tanto de niños como de “escritores notables”.

ImA?genes integradas 2

Se recibieron diversas notas de personas que buscaban colaborar, de una u otra forma, en los festejos. Jesús A. Flores sugirió que se efectuara un concurso pictórico, un señor apellidado Salas López propuso que el día de la celebración en todas las poblaciones del país se pusiera el nombre de Juárez a una calle o plaza y el profesor Ildefonso Estrada y Zenea informó que él mismo costearía la impresión de 600 ejemplares de un monólogo titulado Juárez, que se repartiría de manera gratuita en las escuelas de la capital.

Es de advertirse que las propuestas anteriores no fueron incluidas en el programa general de la celebración del Centenario del Natalicio de Juárez, pues lo estipulado era que el 21 de marzo sería día de asueto para los empleados y obreros de toda la república y realizarían concursos literarios y arquitectónicos en honor al Benemérito. Se colocaría, además, la primera piedra de su monumento; se efectuaría una gran manifestación popular a la que concurrirían los delegados de los ayuntamientos, los representantes de las delegaciones, los comités de la Comisión Nacional y las asociaciones invitadas; se realizaría una velada en la que se entregarían los premios de los concursos; se organizarían conferencias en las escuelas públicas y privadas; se fijarían 21 lápidas conmemorativas en los edificios en los que Juárez ejerció como presidente de la República de manera transitoria o permanente y las distintas representaciones estatales incluirían una manifestación popular en su programa.

Como hubo problemas para determinar los lugares donde se colocarían las lápidas, la Comi- sión Nacional acordó el 13 de enero de 1906 que sólo se pusieran en los estados de Puebla, México, Veracruz, Querétaro, Guanajuato, Jalisco, San Luis Potosí, Coahuila, Durango, Nuevo León y Chihuahua, motivo por el que se solicitó a los gobernadores de esas entidades que formaran co- misiones para investigar los lugares de residencia de Juárez.

En el caso de Veracruz, el gobernador Teodoro Dehesa solicitó, en octubre de 1905, el envío de 1,000 ejemplares de una biografía de Juárez, a fin de repartirlas en las escuelas cantonales, así como el programa general de la Comisión Nacional. El 9 de diciembre de 1905 ordenó que cada ayuntamiento nombrara uno o dos delegados para que acudieran a la manifestación popular que se llevaría a cabo en la ciudad de México. Ellos recibirían un “subsidio de viaje”, el cual saldría de las arcas municipales. El mandatario acordó también que se formara un comité encargado de los festejos en cada cantón.

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

 

Intrigas y pasiones, el otro frente de la batalla del 5 de mayo

RosalAi??a Martha PAi??rez RamAi??rezAi??-Ai??Instituto Alfonso VAi??lez Pliego, BUAP

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 16.

Ai??ImA?genes integradas 1

A?QuiAi??n no recuerda alguna pelAi??cula en la queAi??una carta lo decidiA? todo, como aquella que le rindiA? homenaje a un amor trA?gico durante la guerra contra los franceses? Se llamA? Una carta de amor y en ella Jorge Negrete, en el papel de oficial del ejAi??rcito republicano le escribe a su esposa antes de ser pasado por las armas. En novelas, radio novelas, cuentos y relatos histA?ricos o policAi??acos una carta o un legajo de cartas ocasiona suicidios, cA?rcel, la pAi??rdida del honor… A?Alguna vez pensA? usted que alrededor de la cAi??lebre batalla del 5 de mayo se escribieron cartas comprometedoras, yAi??algunas en lenguaje cifrado? La noche de la victoria de Zaragoza fue interceptado un mensaje que salAi??a del campamento francAi??s urgiendo la presencia del general conservador JosAi?? MarAi??a Cobos. A?QuiAi??n lo enviaba? Una buena pelAi??cula podrAi??a empezar con el mensaje interceptado, pero sugiero dejarlo para la A?ltima escena, o el A?ltimo pA?rrafo de este breve texto.

Multitud de cartas comprometedoras que tuvieron que ver con la intervenciA?n de los franceses en MAi??xico y con la batalla del 5 de mayo de 1862, se escribieron hace siglo y medio. A pesar del tiempo que ha pasado, todavAi??a se desprende de ellas un halo de intriga y quiAi??rase o no, siguen siendo comprometedoras para sus autores, los cuales acababan de perder la guerra de Reforma contra JuA?rez. Las escribieron con el anhelo de cambiar la suerte de un paAi??s cuya direcciA?n no se resignaban a perder; muy grande fue su desesperaciA?n por la entrada triunfal de los liberales en la ciudad de MAi??xico y por el recrudecimientoAi??de las persecuciones contra los derrotados. Las cartas que vamos a leer, por lo menos en parte, provienen de uno de los bandos en pugna, el autodenominado grupo reaccionario. Por mi parte,Ai??asumo la sinceridad de un testigo de estos hechos, el poblano Tirso Rafael CA?rdoba, quien retratA? a los conservadores como ai???hombres que amaban de corazA?n a MAi??xicoai???, y lamentA? ai???las desgracias extremas que [los] impulsaron a implorar de la naciA?n mA?s gloriosa de la tierra [Francia] un auxilio poderoso y vitalai???. Pero la lectura de estas cartas revela que no siempre hubo pureza de intenciones, pues destilan deseos de protagonismo, intolerancia y burda competencia entre ellos.

Tales misivas fueron escritas por muchos corresponsales y serAi??a imposible mencionarlos a to- dos, asAi?? que propongo revisar algunas, enviadas o recibidas por mexicanos conocidos internacionalmente como ai???los emigradosai???, los cuales habAi??an sido empleados de legaciones de MAi??xico en el extranjero desde la A?ltima dictadura de Santa Anna, quien desde entonces les dio la encomienda de conseguir un prAi??ncipe extranjero. TambiAi??n provienen de otros personajes que fueron expulsados o desterrados por distintas razones y se agruparon en torno a la vieja idea de instituir una monarquAi??aAi??en MAi??xico presidida por un prAi??ncipe europeo, o quizA?s por algA?n mexicano.

Esas cartas cruzadas entre los emigrados y otros personajes de su partido buscaban la manera de allanar el camino a la intervenciA?n extranjera, todos urgidos por el apremio y el deseo ferviente de que los liberales mexicanos fueran derrotados y muestran, a quien lo quiera ver, la exacerbaciA?n de sus pasiones y los deseos de gloria personal, sentimientos que se confundieron con la gran crisis del partido conservador que sobrevivAi??a solamente en torno a una utopAi??a: que un paAi??s extranjero vi- niera a salvar a MAi??xico de los bA?rbaros liberales, como los veAi??an ellos. No era otro el propA?sito de la campaAi??a francesa y por lo tanto, de la batalla de Puebla, segA?n creyeron errA?neamente.

Siglo y medio despuAi??s podemos leer estas car- tas con respeto, pero es probable que no sintamos el mismo apremio con el que se pensaron ni la sensaciA?n de peligro que los obligA? a firmarlas con nombres supuestos y enviarlas o recibirlas a travAi??s de terceras personas. Algunas estA?n escritas con desesperaciA?n; otras con rabia por las traiciones de sus socios en esa empresa y algunas mA?s muestran la labia de sus autores, como el general Santa Anna. Eran tiempos de guerra, y no hay que olvidar que en la guerra cabalgan los jinetes del Apocalipsis. Observaremos que no solamente el poder corrompe, sino tambiAi??n la ambiciA?n de poder, por explicables que puedan ser estos deseos dentro de una ideologAi??a y su particular visiA?n del parto de una naciA?n. VotarAi??a porque la lectura de estas cartas prueba su desesperaciA?n ante las eras de poder perdidas.

ImA?genes integradas 2Sabemos que cada bando llamA? al otro traidor, pero no considero que podamos conformarnos con su propuesta de que la salvaciA?n del paAi??s sA?lo la podrAi??a hacer un prAi??ncipe extranjero. La revisiA?n de esta correspondencia revela cA?mo un grupo de mexicanos se vio envuelto en la desesperaciA?n cuando el hAi??roe que, sin lugar a dudas, fue Ignacio Zaragoza, demostrA? la superioridad del ejAi??rcito mexicano al vencer en los tres asaltos intentados por los franceses, al mando del conde de Lorencez, a su bastiA?n de Guadalupe; que esa victoria fue el resultado de las modificaciones acertadas del valiente general mexicano a susAi??posiciones, en plena acciA?n; del orden con que mandA? apoyar los puntos en riesgo, moviendo al conjunto acertadamente por cinco horas, atacando y defendiendo con precisiA?n, eficacia y valentAi??a. Eso fue para ellos una derrota, pero hay queAi??preguntarnos A?QuiAi??nesAi??eran esos personajes queAi??tanto lamentaron el triunfo mexicano?

Misterios insondables reposan en el fondo de la historia. Hubo un acontecimiento increAi??ble en los momentos de la batalla… sA?lo puedo decir que un prisionero mexicano de nombre Luis Nava, que iba a ser pasado por las armas en el campo francAi??s, pudo ver e informar despuAi??s a Zaragoza que en ese campamento estuvieron mirando la batalla el general mexicanoAi??Juan Nepomuceno Almonte (el Juan Pamuceno de las canciones de los chinacos) y un grupo de poblanos: el padre Francisco Javier Miranda, el general Antonio Haro y Tamariz, el padre Villalobos, el gobernador de la mitra de Puebla y un LA?pez de Amozoc A?QuAi?? hacAi??an militares y religiosos mexicanos en el campo francAi??s? Estaban esperando avanzar en seguida a la ciudad de MAi??xico y tomar el poder, seguros de que JuA?rez habAi??a salido corriendo de la capital por miedo a los franceses, y luego concederle el trono al archiduque. Pero no eran los A?nicos mexicanos deseosos de encumbramiento por esa hazaAi??a, y quien quiera saber mA?s de ese ai???grupitoai??? puede leer libros sobre el generalAi??Juan Prim, dado que los altos comisionados de la llamada Triple Alianza habAi??an roto los acuerdos entre ellos apenas unas semanas antes a causa de la entrada al paAi??s de esos emigrados y de la necedad del general Lorencez de no reembarcarlos, como lo exigAi??a el gobierno de JuA?rez y lo pedAi??an sus socios de Inglaterra y EspaAi??a. Ai??l respondiA? que Almonte era ai???honrado con la benevolencia de Su Majestadai??? y preferAi??a romper la alianza y todos sus acuerdos antes que reembarcarlo, y tampoco a los otros, pues esperaba mucho de ellos lo mismo que el emperador NapoleA?n III. Sin embargo, sabemos que cinco horas despuAi??s del caAi??onazo que anunciA? el inicio de la batalla ese grupo cayA? de su gracia y junto con ellos muchos falsos supuestos sobre MAi??xico y los mexicanos. SucediA? lo increAi??ble: Francia habAi??a sido derrotada.

Tampoco eran los A?nicos personajes que participaban en esta intriga internacional, pues varios diplomA?ticos urdAi??an, organizaban y se disputa- ban entre sAi?? el llamado negocio de la intervenciA?n ai??i??negocio significaba asunto en ese tiempoai??i?? desde Roma, ParAi??s, Nueva York,Ai??Madrid y el castillo de Miramar: JosAi?? MarAi??a GutiAi??rrez de Estrada y JosAi?? Manuel Hidalgo y EsnaurrAi??zar, ambos mA?ximos impulsores de la monarquAi??a extranjera en este paAi??s; Antonio LA?pez de Santa Anna ai??i??desde su exilio en la isla caribeAi??a de Santo TomA?sai??i?? y una cauda de ayudantes y socios. Otro grupo que participA? en la intriga pero que no estaba al tanto de las maquinaciones que desde hacAi??a aAi??os unAi??an a los anteriores era la cA?pula militar conservadora, que lejos de pisar alfombras pasaba hambre en los frentes de batalla: FAi??lix Zuloaga, presidente por el golpe de Tacubaya; su sucesor en la presidencia, Miguel MiramA?n; el jefe mA?ximo de lasAi??fuerzas reaccionarias, Leonardo MA?rquez, y muchos otros. Lo mA?s interesante en este breve texto es que la pista de sus actividades nos conduce a algunas explicaciones de los errores tA?cticos que el general Lorencez cometiA? frente a Puebla, frente al cerro de Guadalupe, frente al general Zaragoza y para vergA?enza de Francia, frente a la historia.

Uno de estos personajes es el doctor Francisco Javier Miranda, rijoso pA?rroco de la diA?cesis poblana, ex diputado y miembro prominente del partido conservador, al que habAi??an exiliado los presidentes Juan A?lvarez e Ignacio Comonfort por abrir paso a la A?ltima dictadura del general Santa Anna, segA?n explicaciones que Miranda dio en un libro en el que hizo su defensa. En Ai??l se declarA? inocente y vAi??ctima del gobierno y el partido liberal, de los que se expresaba en los peores tAi??rminos yAi??cuyo desprecio fue sin duda un mal ejemplo para los oficiales franceses que se burlaban igualmente del ejAi??rcito mexicano. Este doctor de la Iglesia mantenAi??a relaciones con Santa Anna, al que en las pelAi??culas vemos ya viejo y con su pata de palo, pero en su juventud fue muy apuesto; y tambiAi??n con el citado GutiAi??rrez de Estrada. SegA?n expresan algunas cartas, este A?ltimo se sentAi??a muy dolido por las preferencias que NapoleA?n III, a quien la historia ha llamado el pequeAi??o, tenAi??a por Almonte (Juan Pamuceno) y eso fue motivo de rivalidad entre ellos, al grado de que instA? al exiliado Santa Anna a presentarse en el teatro de los hechos. Ni tardo ni perezoso, Ai??ste le respondiA? en una carta reservada del 15 de octubre de 1861: ai???desde la profanaciA?n de nuestros templos me he decidido a ser el vengador de tan sacrAi??lego ultraje… pronto estarAi?? en MAi??xicoai???. GutiAi??rrez le respondiA?: ai???Usted… debe tomar las riendas del gobierno… desbarate usted los planes de Prim y MiramA?n (que explicarAi?? adelante)ai???. Pero Santa Anna no pudo entrar al paAi??s.

Estaba tambiAi??n el joven general mexicano de ascendencia francesa, Miguel MiramA?n, quien se concebAi??a a sAi?? mismo como el monarca que necesi- taba MAi??xico y por esos sueAi??os era enemigo declarado de todos los anteriores. En su exilio se topA? con la intriga francesa; decidiA? venir a MAi??xico, tratA? de desembarcar en Veracruz bajo un seudA?nimo que nadie le creyA? y no pudo hacerlo. Otro personaje en esta intriga es el joven y encantador diplomA?tico JosAi?? Manuel Hidalgo, tan experimentado en su oficio que causa sonrojo leer lo que escribiA? al padre Miranda desde ParAi??s sobre MiramA?n, el 30 de noviembre de 1861: MiramA?n ha salido de aquAi?? furioso…contra la intervenciA?n que se ha hecho sin consultarle. RiAi??A? con el Sr. GutiAi??rrez de Estrada…quiso ver al Emperador pero Almonte se negA? a pedir la audiencia… los periA?dicos mencionan el terrible desaire. Y se atreviA? a escribir al propio MiramA?n: En Madrid decAi??a usted que para monarca ahAi?? estaba usted… TenAi??a hasta preparada la diadema para su esposa…que regresa a MAi??xico porque los intervencionistas no sabrAi??an a quiAi??n dirigirse…que la idea monarquista A?Me trae extraviada la razA?n!

Pues resulta que el aludido general no se quedA? con las ganas de reclamar a su vez al padre Miranda el 5 de noviembre 5 de 1862: ai???A?TendrA? usted inconveniente en decirme… cuA?les eran las miras polAi??ticas que supo usted llevaba yo a la repA?blica cuando se me impidiA? desembarcar en Veracruz por la marina inglesa?ai??? Y es que se enfureciA? cuando supo que el padre habAi??a aconsejado impedir su ingreso al paAi??s. El negocio de todos ellos era traer a Maximiliano, no coronar a MiramA?n y a su esposa, como Ai??ste soAi??aba.

Sin embargo, la victoria de Zaragoza cayA? como una lA?pida sobre todos ellos, aun cuando temeroso de que algo semejante sucediera, GutiAi??rrez de Estrada habAi??a dispuesto un recurso extraordinario: ai???si la expediciA?n por una desgracia imprevista no da el resultado que se apetece, el doctor Miranda procurarA? sacar el mejor partido… una presidencia vitalicia, o una dictadura de diez aAi??osai???, segA?n escribiA? en un manual con el que regulaba las actividades del religioso, y naturalmente que Miranda esperaba sacarse ese as de la manga. Pero sucediA? lo que no se esperaba: la derrota francesa ocasionA? una guerra entre Ai??l y Almonte, a un grado tal que escribiA? a Santa Anna: ai???No se detenga usted para decidirse por el movimiento iniciado a favor de Almonteai??? ai??i??a quien se proponAi??a como jefe mA?ximo-, ai???pues la incapacidad de este general harA? perder todo lo que he construidoai???. El diablo dictA? la respuesta del colmilludo Santa Anna: ai???Mi presencia allA? en estas complicadas circunstancias me desprestigiarAi??aai???. Y conforme se complicaba laAi??trama, el descontento entre ellos tambiAi??n subAi??a de tono.

Ante un negocio tan confuso, el general en jefe del ejAi??rcito nacional reaccionario, LeonardoAi??MA?rquez, escribiA? a Miranda: ai???Me avisa una persona… que… se han de seguir las instrucciones de usted… [pero] estando establecido el gobierno [conservador] es el A?nico que debe hablarai???. YAi??ya porque querAi??a que aceptara o como un gesto indicativo de la posiciA?n subordinada que le correspondAi??a, le enviA? el nombramiento de ministro. A?ApostarAi??an a que Miranda lo aceptA?? Su respuesta llegA? desde Veracruz: ai???no puede figurarse cuA?nto he trabajado para que los aliados reconociesen al gobierno que usted presideai??? (lo que era una gran mentira). AsAi?? las cosas, Miranda anotA? a MA?rquez entre sus enemigos.

HacAi??a meses que el cura poblano se mostraba desesperado. HabAi??a escrito a GutiAi??rrez Estrada: ai???Jurien de la GraviA?re [jefe de la expediciA?n francesa]…es la nulidad mA?s grande, el hombre mA?s dAi??bil, versA?til e irresoluto…que Ai??l [Jurien] no podAi??a decidirse por un solo partido, que Maximiliano no podAi??a ser emperador de un partido sino de la naciA?n…he sido engaAi??ado miserablementeai???… Para colmo, su hermano Rafael le habAi??a informado el 20 de marzo desde ParAi??s: ai???El almirante ha escrito aquAi?? diciendo que han sido engaAi??ados que no hay en MAi??xico tal partido conservador, que es menester hacer la guerra… a pesar de todo el emperador sigue firme… van ya mA?s tropasai???. Y no puede ignorarse la carta del general Bruno Aguilar a Miranda del 12 de febrero: ai???Por Dios que urja usted para que se muevan [los franceses] y que sea hasta esta ciudad [de MAi??xico)] si no somos perdidosai???. Por todo esto los mexicanos que estaban en el campamento francAi??s imploraban que la capital fuera tomada y para eso era indispensable derrotar a Zaragoza en Puebla. Lo prometido es deuda: un correo que saliA? del campamento francAi??s enAi??la noche del 5 de mayo fue interceptado y entre sus ropas se encontrA? un papelito en el que el padre Miranda llamaba desesperadamente al general conservador JosAi?? MarAi??a Cobos, instA?ndolo a que esa misma noche fuera tomado el fuerte de Guadalupe, importA?ndole un comino que los franceses estuvieran llorando su derrota y la muerte de dos oficiales de alta graduaciA?n.

 

PARA SABER MA?S:

  • ANTONIA PISUAi??ER LLORENS y AGUSTA?N SA?NCHEZ ANDRAi??S, Una historia de encuentros y desencuentros. MAi??xico y EspaAi??a en el siglo XIX, MAi??xico, SecretarAi??a de Relaciones Exteriores, 2001.
  • LUIS RAMA?REZ FENTANES, Zaragoza, Puebla, Gobier- no del Estado, 2012. CATALINA SIERRA y AGUSTA?N YA?Ai??EZ, Puebla a cien aAi??os del 5 de mayo de 1862, Puebla, Gobierno del Estado, 2012.

 

Para leer el artAi??culo completo,Ai??suscrAi??base a la Revista BiCentenario.

 

 

La inundaciA?n de San Antonio de BAi??xar

La inundaciA?n de San Antonio de BAi??xar 

Andrew J. TorgetAi??

Universidad del Norte de Texas

Revista BiCentenario #16

 

TraducciA?n: Gabriela Montes de Oca

 

* Las palabras resaltadas en cursivas a lo largo del texto corresponden a tAi??rminos usados en espaAi??ol en la versiA?n original en inglAi??s.

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Durante la noche del 4 de julio de 1819 comenzA? a caer una suave lluvia al norte de San Antonio. La lluvia golpeaba la tierra reseca con una interminable corriente de agua que se necesitaba con desesperaciA?n. Una grave sequAi??a habAi??a quemado la regiA?n durante los A?ltimos aAi??os, chamuscando vastas franjas de las praderas originarias y diezmando numerosas manadas de bisontes y ganado salvaje. Ese verano los campos marchitados por el sol habAi??an sido incapaces de mantener las cosechas de maAi??z necesarias para mantener a los espaAi??oles refugiados en San Antonio y habAi??an dejado en la aldea una grave escasez de alimentos. Incluso los caballos morAi??an de hambre y las monturas de los espaAi??oles estaban tan desnutridas, que algunas apenas se sostenAi??an en pie. Pero al fin la lluvia habAi??a empezado a caer. Rodando por la tierra quemada, el agua empezaba a llenar los lechos de riachuelos y los arroyos secos que serpenteaban hacia el sur. La tormenta acabA? por llegar a San Antonio. Para quienes vivAi??an en la pequeAi??a y reseca aldea, elAi??estrAi??pito de la lluvia sobre sus tejados seguramente sonA? como un acto de misericordia enviado desde el cielo.

San Antonio era una poblaciA?n necesitada de gracia divina. Fundada en 1718, poco mA?s de un siglo antes, estaba asentada en un trecho de tierra entre el rAi??o San Antonio al este y el riachuelo de San Pedro al oeste. El pueblo original se habAi??a construido alrededor de una instalaciA?n militar conocida como presidio, que resguardaba las cinco misiones catA?licas que establecieron los espaAi??oles a lo largo del rAi??o San Antonio para atender a los indios del lugar. Fue creciendo por rachas a lo largo del siglo xviii y funcionaba como la capital provisional de Texas, la provincia mA?s remota de la lejana frontera noreste de Nueva EspaAi??a. Sin embargo, a pesar de su estratAi??gica ubicaciA?n en la frontera, San Antonio siempre habAi??a languidecido en aislamiento, pues las autoridades espaAi??olasAi??de Monterrey y la ciudad de MAi??xico se rehusaban a invertir recursos significativos en la regiA?n y sA?lo enviaban tropas y abastecimientos suficientes para mantener viva su presencia militar en Texas. Asnicamente podAi??an encontrarse otros dos puestos de avanzada en todo Texas: Nacogdoches y La BahAi??a, que estaban en peores condiciones que San Antonio. En definitiva, la agobiante pobreza que padecAi??an los espaAi??oles en Texas revelaba lo mucho que se habAi??a deteriorado la situaciA?n a lo largo de la frontera norte de Nueva EspaAi??a durante los aAi??os anteriores a la revuelta de Miguel Hidalgo. Cuando en 1803 el gobernador de Texas elaborA? un informe sobre la regiA?n, su evaluaciA?n de San Antonio fue sombrAi??a. Se lamentaba de que la villa ai???carecAi??a absolutamente de comercio y de industriaai??? para mantener a su modesta poblaciA?n de 2,500 habitantes y si no hubiese sido por un puAi??ado de cazadores que les suministraban carne de bA?falo ai???la mayorAi??a de las familias perecerAi??an en la miseriaai???.

Si durante el siglo xviii San Antonio no logrA? progresar, en el siglo xix fue devastado. Cuando estallA? la guerra de independencia en MAi??xico, a principios del siglo xix, una banda de rebeldes tomA? el pueblo en 1813 y ejecutA? al gobernador. Como represalia, las autoridades espaAi??olas lanzaron una sangrienta campaAi??a militar para recuperar la regiA?n y asesinaron a cientos de sospechosos de rebeldAi??a en San Antonio, ademA?s de provocar que cientos de pobladores buscaran salvar su vida huyendo hacia el campo. Quienes sobrevivieron a la despiadada confirmaciA?n de la autoridad espaAi??ola vivieron sitiados desde entonces. Envalentonados por la debilidad de San Antonio, los comanches y los apaches emprendieron una interminable serie de ataques que desangraron a los espaAi??oles de lo poco que les quedaba de caballos, ganado y cosechas. Para 1819, las guerras, la sequAi??a y la hambruna habAi??an reducido a la poblaciA?n de San Antonio a tan sA?lo mil seicientos habitantes, casi mil personas menos que las que vivAi??an ahAi?? tan sA?lo dos dAi??cadas antes.

Sin embargo, en esa tarde de julio de 1819, finalmente llegaron las lluvias. Y continuaron durante toda la noche, aunque cayendo demasiado rA?pido para el suelo endurecido por la sequAi??a. Desde el lecho de los riachuelos poco profundos pronto empezaron a canalizarse torrentes de agua a borbotones hacia el rAi??o San Antonio, que au- mentaba de fuerza y velocidad conforme avanzaba hacia el sur, a la aldea. Al alba, el rAi??o, que se enroscaba alrededor del este de San Antonio, empezaba ya a desbordarse en la ribera. Una pared de agua irrumpiA? en el norte de la aldea poco despuAi??s de las seis de la maAi??ana, precipitA?ndose sobre las calles a una velocidad aterradora. El A?nico puente que cruzaba el rAi??o empezA? a crujir por la fuerza de la marea creciente antes de despedazarse. El agua continuA? avanzando con fuerza, anegando cada calle y plaza, antes de unirse al arroyo de San Pedro en la remota parte oeste de San Antonio. Casi tan pronto como comenzA? la inundaciA?n, ya no habAi??a aldea, sA?lo quedA? un rAi??o ancho y furioso que lo absorbiA? todo.

El gobernador Antonio MartAi??nez despertA? con el agua que se filtraba a su casa. El anciano patriarca inmediatamente empezA? a mover documentos y a su familia para salvarlos, pero el agua avanzaba con demasiada rapidez. Cuando tres cuartas partes de la casa estaban ya bajo el agua, indicA? a su familia que abandonara el hogar. Mientras vadeaba por las calles inundadas, MartAi??nez apenas podAi??a comprender la escena. Cada avenida se habAi??a transformado en un rAi??o furibundo que arrasaba con hombres y mujeres que gritando y agitA?ndose intentaban desesperadamente llegar a un lugar seguro. Aquellos que tenAi??an la suerte de atrapar la rama de algA?n A?rbol se trepaban a la cima en busca de refugio. Otros, incapaces de alejarse del agua, se quitaban la ropa a tirones para evitar ser arrastrados hacia el fondo. La fuerte corriente habAi??a incluso arrancado las casas de las amarras de sus cimientos. Las familias mA?s pobres de San Antonio vivAi??an en destartaladas chozas de madera llamadas jacales, construidas de vigas repelladas con lodo y barro. MartAi??nez observaba, impotente, cA?mo la corriente destruAi??a los jacales, a menudo con las familias dentro. SegA?n recordaba despuAi??s, sA?lo miraba mientras las ai???casas empezaban a desaparecer y A?nicamente quedaban fragmentos flotando que indicaban el desastre que las habAi??a rebasadoai???. El gobernador ordenA? a sus soldados que sacaran del agua a todos los que pudieran y mandA? a los mejores nadadores a rescatar a las personas que se habAi??an refugiado en la copa de los A?rboles. Pero la lluvia seguAi??a cayendo, de modo que MartAi??nez decidiA? abandonar la aldea antes de que el agua subiera mA?s. OrdenA? a todos los sobrevivientes que lo siguieran y encabezA? una marcha hacia las colinas de las afueras de San Antonio, donde se acurrucaron bajo los A?rboles. Y de pronto, tan rA?pidamente como llegaron, las aguas empezaron a retroceder.

Cuando los sobrevivientes regresaron, revisaron la extensiA?n de la destrucciA?n. En 1819 San Antonio estaba dividida en cuatro vecindarios que correspondAi??an a grandes rasgos a las direcciones de una brA?jula. Los vecindarios del norte y del sur eran las A?reas mA?s viejas de la poblaciA?n, donde vivAi??an las familias con mejores relaciones polAi??ticas, y que de algA?n modo se habAi??an salvado de los peores daAi??os. Aunque en el norte y el sur habAi??a casas inundadas, la mayorAi??a habAi??an quedado intactas. Al parecer la inundaciA?n habAi??a concentrado su furia en los mA?s vulnerables.

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Escena en San Antonio, 1879

Escena en San Antonio, 1879

 

 

 

Entre Sevilla, La Habana y Orizaba Una fA?brica de caAi??ones del siglo XVIII

Entre Sevilla, La Habana y Orizaba Una fábrica de cañones del siglo XVIII

Eder Antonio de Jesús Gallegos Ruiz
Universidad Pablo de Olavide, Sevilla
Revista BiCentenario #16

El estado del armamento en la Nueva España dejó mucho que desear desde principios del siglo XVIII, pues no eran pocas las dificultades de la península para surtir al Nuevo Mundo. Los extensos territorios debían cubrirse con una Real Armada en mal estado, una burocracia ineficiente, las inclemencias del tiempo en los viajes transatlánticos y la escasez en las fundiciones de la metrópoli, que apenas podían hacer frente a sus propias exigencias.

Si a esto se suma la especulación por la abundancia y el costo de metales en América, obtendremos un resultado desastroso. Por ello, la Corona planeó la construcción de una maestranza de Indias, fábrica que dotara de artillería a la América septentrional y el Caribe, como una forma de complementar los envíos tradicionales.

El virrey Baltasar de Zúñiga había previsto desde 1717 la imperiosa necesidad de la tecnología artillera en los territorios del actual México. Por ello pidió el envío de dos fundidores expertos, a fin de erigir una maestranza para la construcción y reparación de nuevas piezas de armamento, según la disponibilidad y el bajo costo de los metales en el territorio. Su petición fue expedida dentro de una carta personal a Felipe V con fecha 11 de junio y se le respondió el 3 de enero de 1718 con la orden de envío de un operario, facultado para la edificación de una o dos fábricas de cañones.

Sin embargo, no sería sino hasta dos años des- pués que un fundidor de la maestranza de Pamplona llamado José Escartín, estaría dispuesto a ir a la Nueva España, no sin antes establecer un contrato con la Corona en el que se estipulaban las condiciones para su pago, fletes, viáticos para él y su familia, la designación de tres ayudantes y su reconocimiento como Maestro Mayor Fundidor. Tras su llegada a Veracruz, Escartín decidió peinar la zona, pues consideraba que la maes- tranza debería erigirse estratégicamente en las proximidades del puerto, escogiendo dos caseríos ubicados en la calle de Tres Cruces en la villa de Orizaba.

Fue el primer intento de la recién entronizada casa real de los Borbones por introducir una tecnología que mejoraba a pasos agigantados. Pero los beneficios para el erario público no eran muy obvios y, al parecer, el peligro aún no parecía acuciante como para generar tales gastos, estimados según los fundidores auxiliares y los maestros carpinteros en $63,197 pesos de antaño, sin incluir $2 mil pesos del costo de dos hornos de fundición y gastos posteriores, como madera para las cureñas y carbón destinado a los hornos de fundición.

De allí que en 1722 el virrey decidiera cancelar el proyecto, presionado además por una carta de José del Campillo (secretario de José Patiño, Intendente General de la Marina y el Ejército), donde éste dejaba entrever que existiría una nueva instrucción para erigir la fabrica, no en Orizaba, sino en La Habana. Posteriormente se aclararía que todo había sido un malentendido, pero la vicisitud alimentó el escepticismo sobre la viabilidad del proyecto por parte de Juan de Acuña, el nuevo virrey, quien se inclinaba más por el tradicional sistema de envíos de artillería desde Sevilla.

 

De este curioso antecedente podemos inferir que, si bien la especulación sobre la calidad, abundancia y bajo costo de metales en el territorio novohispano (cobre y estaño para fabricar artillería de bronce) desde la península eran clave para las propuestas a favor, existía en contra un aparato burocrático que, en la práctica, solo generaba confusiones y superposición de mandos, escasez de operarios españoles dispuestos a trasladarse a las Indias y segregación en los mandos militares, provocando la ausencia de auxiliares novohispanos con conocimientos previos.

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La caída de La Habana en 1762 y la cesión de Florida a Inglaterra en 1763 volvió la defensa militar una empresa capital en la agenda de la Corona. Así, habiendo transcurrido 46 años de haberse descartado el primer proyecto, el virrey marqués de Croix volvería a pensar en construir una fábrica de artillería próxima al golfo de México, para auxiliar al Caribe y defender a la Nueva España de la gran invasión terrestre que se pensaba inminente.

El virrey dio la orden en 1768 al gobernador de Veracruz Félix de Terras, para prestar toda su ayuda al fundidor español Francisco de Ortúzar, a fin de que reconociera el sitio adecuado para el nuevo proyecto de maestranza en las inmediaciones del puerto de Veracruz. Tras recorrer 25 leguas alrededor de esta población, acompañado del capitán de artillería peninsular Andrés Sanz, siguieron hacia el camino de Jalapa sin examinar Orizaba y determinaron que el lugar idóneo era un sitio llamado Molino de Villa a dos leguas del Camino Real de Perote y 30 de Veracruz. Pero no se llegó a una resolución definitiva, pues sólo se les había designado para reconocer la zona.

En una nueva expedición ordenada por el virrey Antonio de Bucareli en septiembre 1776, Ortúzar, esta vez con el español Diego Ponce, di- rector de las obras de construcción de la nueva fortaleza de San Carlos en Perote, ratificaron la locación anterior. El dilema era entonces saber si se trataba de hacer una maestranza temporal o permanente. Se pensó que, de ser provisional, con situarse en Molino de Villa hubiera bastado para el traslado de las piezas de artillería. Sin embargo, en caso de ser permanente, el terreno sinuoso obligaba a trazar dos caminos, de entrada y salida, así como una vía fluvial para dar mayor facilidad al traslado de cañones al puerto de Veracruz.

 

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PARA SABER MÁS:

CHRISTEN JÖRGENSEN et al., Técnicas bélicas del mundo moderno, 1500-1763. Equipamiento, técnicas y tácticas de combate, Madrid, Libsa,

2007. JUAN ORTIZ ESCAMILLA, El teatro de la guerra. Veracruz: 1750-1825, Xalapa, Universidad Veracruzana/Universitat Jaume I, 2010.

EULALIA RIBERA CARBÓ. Herencia colonial y mo- dernidad burguesa en un espacio urbano. El caso de Orizaba en el siglo XIX, México, Instituto Mora, 2002.

GUILLERMINA DEL VALLE PAVÓN, “Ocupación y especialización en la villa de Orizaba en 1791” en CARLOS CONTRERAS CRUZ y CARMEN BLÁZQUEZ DOMÍNGUEZ (coords.), De costas y valles. Ciudades de la provincia mexicana a finales de la colonia, México, Instituto Mora- Universidad Veracruzana-Conacyt-BUAP, 2003.

“Museo de la Real Fábrica de Artillería” en http://www.youtube.com/watch?v=t21ECDfVA4c&feature=related