Archivo de la categoría: BiCentenario #16

Sumario #16

BiCentenario #16

Editorial

Correo del lector

ARTÍCULOS

Entre Sevilla, La Habana y Orizaba: Una fábrica de cañones en el siglo XVIII

Eder Antonio de Jesús Gallegos Ruiz

La gran inundación de San Antonio de Béxar

Andrew J. Torget

Mujer de altos vuelos

María de los Ángeles Avelar Mayer

Intrigas y pasiones, el oro frente a la batalla del 5 de mayo

Rosalía Martha Pérez Ramírez

La celebración del Centenario del Natalicio de Benito Juárez en Jalapa, Veracruz (1905-1906)

Rogelio Jiménez Marce

De fotógrafos y fotografías en Campeche

José Manuel Alcocer Bernés

Esta fue su bandera

María Eugenia Arias Gómez

Mujeres “incorregibles” y el Hospital Morelos en tiempos posrevolucionarios

Rosa Lili Salguero Báez

DESDE HOY

¿Quién triunfará en los comicios de 2012?

Diana Guillén

DESDE AYER

Testimonios

Carta desde Nuevo México

Alexander B. Dyer

Imágenes

La capirotada en México en los siglos XIX y XX

CUENTO

El jusilado

Armando Alanís

ARTE

Una capital porfiriana: Mérida la parisienne (1860-1914)

ENTREVISTA

Taxi Libre(ría)/ entrevista a Juan Manuel Landeros Romero

Guadalupe Villa Guerrero

Taxi Libre(ría). Biblioteca sobre ruedas

Juan Manuel Landeros en su taxi libre(rAi??a)

Juan Manuel Landeros en su taxi libre(ría)

En los años 20, cuando José Vasconcelos fungió como secretario de Educación Pública, inició un proyecto alfabetizador a través de las Misiones Culturales Rurales cuyo propósito subrayaba el papel de la educación en el cambio social. El flamante funcionario consideró que el trabajo desarrollado no tendría ningún sentido sin dotar de lecturas a los ya alfabetizados y concibió un plan editorial masivo de literatura universal destinado a promover el crecimiento personal de los lectores.

Obras de Romain Rolland, Goethe, Rabindranath Tagore, Dante, Tolstoi, Esquilo, Eurípides, Homero y Plutarco, entre otros, se destinaron mayoritariamente a las bibliotecas públicas y la intención fue que llegaran hasta los más apartados lugares en los que hubiera escuelas rurales. El costo de la producción fue de 94 centavos y el precio final de venta al público un peso.

La selección bibliográfica del señor secretario fue celebrada por unos y criticada por otros al considerar que gente no avezada en la lectura difícilmente podría entender y concluir cualquiera de dichas lecturas. Sin instrumentos confiables de medición, difícilmente podremos saber, más allá del mítico proyecto educativo vasconcelista, el impacto real que tuvo. El año pasado, como parte de las conmemoraciones por el nonagésimo aniversario de la Secretaría de Educación Pública (SEP), se reeditaron aquellos clásicos “popularizados” por Vasconcelos.

Desde aquel entonces, no han cesado los esfuerzos por convertir a México en un país de lectores, como lo demuestran los gobiernos de las últimas tres décadas, encabezados por Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón. Este último mandatario afirmó que la falta de lectura en nuestro país es un problema crónico. ¿En dónde radica el fracaso de casi treinta años de intentos fallidos, para que los mexicanos leamos más y mejor? La Ley de Fomento para la Lectura y el Libro correró con buena fortuna.

En un pasado reportaje sobre “¿Qué se lee en México?” la premiada escritora y periodista cultural Magali Tercero señaló que los mexicanos sí leen y mucho, pero lo que eligen está lejos de la literatura. El ejemplo puesto por ella muestra que anualmente se venden casi 42 millones de ejemplares de El libro vaquero, mientras que el 60 por ciento del tiraje de autores como el escritor brasileño Rubem Fonseca tiene como destino la trituración.

La pregunta obvia es ¿por qué en lugar de hacer “picadillo de libros” las editoriales no donan sus excedentes a las bibliotecas? La respuesta es porque es tan engorroso el procedimiento legal que prefieren pasarlos por la guillotina. Los libros tienen una dualidad contradictoria: son bienes culturales y a la vez mercancías que tienen como todo producto industrial un ciclo comercial de vida: después de sus diversas ediciones, experimentan distintos precios de descuento, saldos y remates, y es muy costoso almacenar los ejemplares invendidos; la ley fiscal permite su destrucción.

Volvemos al punto de partida ¿qué lee la gente? A?Se puede cuantificar la lectura? La respuesta es A?no! Se pueden cuantificar los libros más no la lectura ni los lectores. Tenemos que considerar que hay obras cuya circulación es casi infinita, va de mano en mano. Los libros se recomiendan y se compran o se prestan. La primera forma es medible, la segunda imposible.

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) recomienda para el sano desarrollo de la sociedad leer mínimo cuatro libros al año, pero la misma Magali Tercero refiere mucha gente prefiere adquirir revistas de lectura rápida porque están llenas de ilustraciones o imágenes que las hacen más atractivas, sin importar su calidad.

Otro aspecto que se ha destacado es que los libros buenos no siempre son los que se venden. El éxito comercial depende, en estos tiempos, de la promoción o la publicidad que se le de en los medios: radio, televisión, internet, prensa. Lo único cierto es que desconocemos cuáles libros se leen, cuántos, cómo y con qué frecuencia. Son muchos los fenómenos que ocurren alrededor de las publicaciones que, además, cuentan en su haber con mala distribución, mal que aqueja a editoriales comerciales, gubernamentales y universitarias.

Una de las personas entrevistadas por Magali Tercero, señala que es difícil decir qué se debe leer, de acuerdo a los cánones culturales. Para lo que necesita la industria editorial, hay muy pocos compradores: “te lo demuestran nuestras deplorables librerías. Hay millones de mexicanos que no consideran que la librería sea algo tan importante como cualquier otro lugar de esparcimiento”.

¿Será esa una de las razones por las que varias librerías han cerrado? En el Distrito Federal, dicen las estadísticas, hay un 70 por ciento menos de las que había hace 30 años. En Estados Unidos, Barnes & Noble, prestigiosa cadena de librerías, clausuró uno de sus mayores locales en la ciudad de Nueva York. Aparentemente el fenómeno es debido al impacto del libro electrónico. ¿Está destinado a desaparecer el libro impreso? ¿Será acaso una combinación de nuevas tecnologías y piratería? En México, de acuerdo a la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), dos de cada diez libros son pirateados o reprografíados. ¿Cuáles son las obras pirateadas? ¿Cuál es su nicho de lectores?

En la actualidad se producen volúmenes importantes con temas esotéricos, de superación personal, autoayuda, “exigencias del mercado creado por lectores”. Como bien señala Magali, los hábitos de lectura no son responsabilidad de la industria. Probablemente aquellos temas tengan que ver con la situación por la que está pasando nuestro país: ¿a quién invocar para superar la crisis económica, política y social? ¿Cómo superarnos para conseguir un mejor nivel de vida? ¿Cómo no caer en la depresión? Estos asuntos tienen que estar íntimamente ligados a requerimientos y necesidades muy puntuales.

Un diario español publicó que “uno de los grandes problemas actuales es la sobreoferta de lectura, lo que hace que el público se paralice y al final no escoja nada ni lea nada”. De ahí quizá que editoriales como Taurus orienten con libros como Todo lo que hay que leer.

La promoción de la lectura se está dando, en algunos casos, de manera ingeniosa. En algunos países de Latinoamérica se están desarrollando políticas públicas para promover la lectura y aunque no sabemos a ciencia cierta qué tan exitosas han sido, algunas se asemejan a las que se están efectuando en México, por ejemplo en Argentina existe el proyecto “Vagón Biblioteca del Subte Metrovías” y hay otro que es conmovedor, el de los abuelos lectores.

Cualquier esfuerzo que se haga en pro de la lectura es encomiable, pero desde luego convendría analizar de manera seria y profunda los porqués del reiterado fracaso de cuanta campaña se ha instrumentado.

Leer, sí. Pero ¿qué, para qué, por qué? Estas preguntas siguen buscando respuestas, no obstante las reiteradas campañas instrumentadas en pro de la lectura durante los últimos treinta años.

Pero lo que aquí quiero resaltar es que en México, además de las políticas educativas gubernamentales, hay esfuerzos paralelos que deben conocerse y reconocerse, como la muy original y creativa idea del “Taxi-Libre(ría)”, sobre la cual nos cuenta su promotor principal, Juan Manuel Landeros Romero.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 11.12.34

Guadalupe Villa Guerrero

Instituto Mora

Me llamo Juan Manuel Landeros Romero, soy originario de la Ciudad de México. Mi madre fue Rita Romero Rosales y mi padre es José Rosario Landeros Oria; provengo de una numerosa familia, somos diez hermanos.

A mí me surgió el gusto por la lectura desde que estaba cursando la secundaria. Las recomendaciones de los maestros fueron determinantes porque, en casa, mis padres no eran lectores, aunque mi papá solía llevarme a una biblioteca de Tlalpan, ubicada en San Fernando. Yo si les he inculcado a mis hijos el interés y gusto por la lectura. Prefiero sobre todo, como género, las novelas y los cuentos.

Cuando entró a la vocacional ya era un buen lector, porque compraba obras en una librería de viejo que estaba también en Tlalpan, en la calle de Once Mártires: Crimen y Castigo de Fedor Dostoievsky, Cien años de soledad de Gabriel García MA?rquez, Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, son algunos de mis libros preferidos.

Estudié la licenciatura en contaduría en la Escuela Superior de Comercio y Administración (ESCA) de Tepepan, y ejercí mi carrera como contador público a nivel gerencial en una empresa, sin embargo luego de 35 años me liquidaron. Con el dinero obtenido intenté poner un negocio que no prosperé y entonces opté, desde 2006, dedicarme al taxi.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 11.11.11

La idea del Taxi Libre(ría) me surgió porque el tránsito y el estrés son frecuentes para quienes se transportan en la ciudad de México. Al prever la situación, decidí hacer placentero el trayecto de los pasajeros, por lo que instalé “Taxi Libre(ría)”. Pensé en agregarle un plus a mi servicio para que los pasajeros no se aburrieran y debido a que soy aficionado a la lectura, se me ocurrió compartir con ellos el gusto por los libros. De este modo interactúo con las personas y ayudo a que ambos, pasajero y chófer, tengamos una plática amena en donde aprendamos algo nuevo cada día.

Este proyecto, que también se denomina “textoservidores”, está integrado además por José Luis Landeros Romero, Ulises Landeros Enríquez, Iván Landeros Serván y Mauricio Sánchez Romero.

Muchas personas piensan que los pasajeros no cuentan con el tiempo suficiente “entre uno y otro trayecto” para “engancharse” en la lectura de una obra, pero están equivocados. En términos culturales mi idea ha sido un éxito, pues la mayoría de los pasajeros muestran interés por el cartel del Taxi Libre (ría) que está colocado en el respaldo del asiento del copiloto, ahí pueden ver la lista de títulos que recomiendo: El libro vacío, Un hilito de sangre, El frágil latido del corazón de un hombre, Los ojos de los hombres, 52 tips para escuchar a Mozart, La ira de Dios es mayor y Los tamaños del amor.

Entre los cinco integrantes del proyecto decidimos la selección de estos títulos, porque hemos leído a estos autores, nos pareció que tienen calidad en su escritura y no son tan conocidos como Octavio Paz, Carlos Fuentes o Elena Poniatowska.

La reacción de la gente cuando se da cuenta de que abordó una biblioteca ambulante es de sorpresa y de agrado. Recuerdo que el primer día, por la mañana, una señora de mediana edad abordó el taxi, observó el cartel y dijo:

“¿Esto lo traen todos los taxistas, o solamente usted?”

“Por el momento, sólo yo”, contesté.

“¡Oiga A?es una excelente idea!” exclamó. “Es la primera vez que veo en un taxi que el chófer trae libros. Lo había visto en el metro con el programa ‘Para leer de boleto’. ¡Qué bueno que se le ocurrió! Ojalá que haya más taxistas que hagan lo mismo, porque si algo nos hace falta es leer.”

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

Una capital porfiriana. Mérida “à la parisienne” (1860-1914)

Emiliano Canto Mayén / Universidad Autónoma de Yucatán

BiCentenario #16

Quinta Montes Molina, en el Paseo Montejo

Quinta Montes Molina, en el Paseo Montejo

La ciudad de Mérida, se modernizó a la francesa a finales del siglo XIX y principios del XX. Se afirma lo anterior, debido a que la élite política y cultural yucateca rompió, en este periodo, con las características más emblemáticas de esta urbe de origen colonial y reemplazó esta tradición constructiva con las ideas y preceptos de la metrópoli francesa. Así, el trazado de las calles dejó de ser el que se había cumplido religiosamente desde su fundación, las residencias se ornamentaron con motivos arquitectónicos neoclásicos y los espacios y dependencias públicas se volvieron laicos. En esta misma lógica, la infraestructura, los servicios y medios de transporte que se introdujeron entre 1860 y 1914 buscaron hacer de la Ciudad Blanca una capital limpia, ordenada y cómoda y pregonaron que, en esta localidad, se gozaba del mismo desarrollo que en los países más avanzados.

Para entender cabalmente cómo se inició este cambio, es necesario relatar la introducción de elementos franceses en nuestro país y cómo se fueron adoptando éstos en la región henequenera y en su capital, a fines del siglo XIX y principios del XX.

Lo francés en México

El afrancesamiento de las élites en México representa la expansión del cosmopolitismo. Ideología ecuménica que se recuerda en nuestra república, entre otras razones, por sus anhelos de obtener el ingreso de nuestro país al catálogo de los llamados países civilizados.

Con respecto a las prácticas que lo distinguen, el afrancesamiento consistió en el aprendizaje de la lengua de Moliére, la adopción de modas parisinas y la construcción de paseos, edificios públicos, monumentos y mansiones de estilo neoclásico que rompían con el centenario criollo de la ex colonia hispánica.

Las primeras manifestaciones mexicanas de estas prácticas, se registraron en el siglo XVIII. A inicios de esta centuria, ascendió al trono de España la familia Borbón, casa reinante que implantó en Madrid una corte similar a la de Versalles. A causa de este cambio dinástico, los virreyes nombrados para la Nueva España, trajeron consigo arquitectos, artistas, cocineros y sastres afrancesados, con el deseo de mejorar su estadía en la Ciudad de los Palacios.

Palacio CantA?n, en el Paseo Montejo

Palacio Cantón, en el Paseo Montejo

Posteriormente a estos antecedentes, el conocimiento y gusto por lo francés incubó como larva entre las élites. Esto se debió a que las prohibiciones, motivaron que los postulados filosóficos y políticos de los pensadores ilustrados, solo se discutieran en el íntimo ámbito de la vida privada, cautela que se recrudeció, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, por la reacción en contra de la Revolución francesa y sus secuelas napoleónicas.

El germen del afrancesamiento mexicano se desarrolló después de la Independencia, debido a que toda prohibición cesó con el fin del dominio hispano y a causa de que los puertos y mercados nacionales abrieron sus rutas y escaparates a las mercancías extranjeras. Esta apertura inauguró un proceso de cambio en los hábitos, vestimenta y espacios de la vida cotidiana, en donde los antiguos modelos criollos cedieron ante la imitación y adopción de galicismos y modas importadas de la Ciudad Luz.

La Mérida Porfiriana

Durante el siglo XIX, el desarrollo material y político de Francia fue admirado en América Latina como la cúspide de la elegancia y del progreso. En esta centuria en la cual el vapor, el hierro y la electricidad extendieron sus adelantos a través del hemisferio occidental, París se convirtió en la ciudad moderna por excelencia.

Lo anterior se debió a que las universidades, los hospitales, la iluminación, el drenaje, el metro, el cine y demás adelantos que tuvieron como cuna la Ciudad Luz, fueron proyectados al mundo en las exposiciones universales y permitieron, a su vez, que se erigiera en hierro, el más increíble monumento al progreso humano: la Torre Eiffel.

En nuestro país, el afín del gobierno porfiriano y la sociedad civil por igualar a las capitales de las naciones consideradas “civilizadas”, motivó la remodelación de los espacios públicos y privados de la ciudad de México y de las principales localidades estatales. A causa de este afán modernizador, la capital del estado de Yucatán acogió durante la llamada Bella época, la influencia francesa que se extendió a través de todo el mundo occidental.

Residencia porfiriana El Pinar, en la calle 60

Residencia porfiriana El Pinar, en la calle 60

Dos factores primordiales provocaron el despliegue del afrancesamiento en Mérida: en lo político, esta ciudad fungía como la capital de Yucatán desde su fundación, en 1542, y en lo económico, las fabulosas ganancias del henequén –industria que alcanzó su auge a finales del siglo XIX– se invirtieron en construcciones y mejoras materiales que embellecieron a esta urbe.

A lo largo del periodo que va de 1860 a 1914, Mérida registró un crecimiento sin precedentes. Entre 1860 y 1870, distintos gobiernos yucatecos, ante la imposibilidad de disponer de fondos para construir edificios ex profeso, fundaron el Hospital General en un convento abandonado, el Instituto Literario de Yucatán en la sede del Comisariato imperial de Yucatán y el Instituto Literario de Niñas en el ex convento de monjas concepcionistas.

En la siguiente década, en el porfiriato temprano, se inauguró un periodo constructivo inédito: en cuanto a la obra pública, se comenzó a erigir un nuevo palacio de gobierno (1879-1892), se inauguró el servicio de tranvías entre los suburbios meridanos (1880), se concluyó el ferrocarril Mérida-Progreso (1881) y se proyectó el Paseo Montejo (1888-1906).

Residencia de la familia Regil de PeA?n, en el Paseo Montejo

Residencia de la familia Regil de Peón, en el Paseo Montejo

Entre 1886 y 1889, las líneas férreas y telegráficas (y alguna que otra telefónica) se extendieron de la capital peninsular hacia Temax, Campeche, Valladolid, Espita y Tizimán y comenzó a funcionar la primera planta eléctrica que iluminó las cuadras en torno a la Plaza Grande.

En esta época, los liberales yucatecos tuvieron una manía por rebautizar el nombre de lugares públicos con el de próceres de la Guerra de Castas y de la lucha contra el Segundo Imperio, las calles y las poblaciones del interior del estado recibieron el nombre de militares y políticos distinguidos, el teatro de San Carlos se renombró José Peón Contreras (1879), el Hospital General se llamó Agustín O’Horán (1883) y las plazas de los barrios recibieron apelativos como Andrés Quintana Roo (barrio de Santa Anna) o Vicente María Veláquez (barrio de San Juan).

Ya en las postrimerías del porfiriato, las plazas se embellecieron con estatuas como las de Manuel Cepeda Peraza (1895), Justo Sierra O’Reilly (1906) y Benito Juárez García (1910), y los edificios emblemáticos de la urbe yucateca se decoraron con bustos de próceres como Agustín O’Horán, José Peón Contreras, Olegario Molina Solís, Norberto Domínguez Elizalde, Crescencio Carrillo Ancona, Rita Cetina Gutiérrez, Porfirio Díaz y Francisco Cantán entre muchos otros.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

Carta desde Nuevo México. Alexander B. Dyer

Gerardo Alcalá Dyer / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.54.21

Alexander B. Dyer

A menos de un año de la declaración de guerra contra México por parte del Congreso de Estados Unidos, tuvo lugar la ocupación de las provincias del noroeste de México por este país: Nuevo México y California, en los primeros meses de 1847. El mando del ejército que invadiría la primera fue confiado al general Stephen Watts Kearny, un veterano que se había distinguido en la guerra de 1812 contra Gran Bretaña. Como medida preparatoria para su avance hacia territorio mexicano, Kearny publicó una proclama el 22 de agosto de 1846, anunciando su intención de buscar la alianza con, y mejorar la condición de sus habitantes. éstos eran una mezcla pseudo civilizada de españoles e indios, en ese entonces bajo la completa influencia de Manuel Armijo, el gobernador de Nuevo México, quien había reunido una fuerza compuesta por indios y unos cuantos soldados regulares, en un cañón cercano a la capital, Santa Fe, para detener el avance del enemigo. Sin embargo, no llegó a dar la batalla pues el miedo lo dominó y huyó de manera precipitada, dejando a la provincia desprotegida ante la invasión.

Sin hallar resistencia alguna, Kearny tomó posesión de Santa Fe el 15 de agosto. Erigió allí un fuerte para una guarnición de 250 hombres y estableció un gobierno civil semejante al de los territorios de Estados Unidos. Fue así que, en un periodo de 100 días, se las había arreglado para reunir y organizar a sus tropas, marchado 1,600 km, adquirido una nueva posesión y establecido en ella el gobierno estadounidense. México, en cambio, había perdido un territorio. Kearney se dirigió después hacia California.

Todo pareció continuar armoniosamente en Nuevo México hasta el 15 de diciembre, cuando el coronel Sterling Price, quien estaba al mando, recibió informes de una próxima insurrección, la cual, en efecto estalló el 14 de enero de 1847. Congregando sus fuerzas con rapidez, Price partió al valle de Taos con 350 efectivos, y el 24 rastreó y encontró a 1,500 insurgentes cerca del pueblo de Santa Cruz de la Cañada. Poco después, con el refuerzo de los dragones del capitán John Burgwin, marchó a través de pasos escabrosos y profundas capas de nieve rumbo al pueblo de Taos, el cual tomó por asalto el 14 de febrero con una cuantiosa baja de mexicanos.

La siguiente carta de Alexander Brydie Dyer, en ese entonces teniente de artillería del ejército invasor, nos ilustra, entre otros aspectos, acerca del pensamiento de un soldado estadounidense situado en Nuevo México respecto a la guerra, así como sobre los sucesos ocurridos en las semanas posteriores a la toma del pueblo de Taos, y la represión del complot para acabar con los invasores. Nos brinda también detalles acerca de los ataques que las tribus indígenas de Nuevo México emprendían contra los convoyes militares y cómo su relación con las nuevas autoridades estadounidenses se tornaba cada vez más tensa. A lo largo de la carta, Dyer puso énfasis en la disciplina y la superioridad del ejército al que pertenecía, en comparación con el ejército enemigo. En esta carta, así como en otros escritos que elaboró durante su estancia en Nuevo México, califica a los mexicanos de ignorantes y pobres diablos, considerando que no merecían el privilegio de convertirse en ciudadanos estadounidenses. Se hacía vocero, de esta manera, de la ideología del “Destino manifiesto”, que veía a las poblaciones al sur del río Bravo como racial y culturalmente inferiores.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.55.23

¿Quién era el autor de esta carta? Alexander Brydie Dyer nació el 10 de enero de 1815, en Richmond, Virginia. A temprana edad había adquirido una buena educación primaria, sentando así bases formativas que le servirían en el futuro. A los 18 años de edad, apoyado por el general William H. Ashley, un integrante del Congreso por parte del estado de Missouri, Dyer fue designado cadete, y el 1° de julio de 1833 ingresó a la Academia Militar de West Point, en la cual se graduó años más tarde como sexto de su clase. El 1° de julio de 1837 fue promovido al rango de teniente segundo en el tercer regimiento de artillería, con el que desempeñó labores en el Fuerte Monroe, Virginia, y durante la segunda guerra contra los indios seminolas en Florida. A partir de la ampliación del Departamento de Ordenanza, el 9 de julio de 1838 fue transferido a él, y desempeñó labores en varios arsenales hasta los años de la guerra con México. En este conflicto no tuvo la suerte de servir bajo las órdenes de los generales Zachary Taylor o Winfield Scott, en cualquiera de las grandes líneas de invasión. Asignado a una esfera de menor actividad militar, fue en cierto modo recompensado, a pesar de ser apenas teniente segundo, con el nombramiento de jefe de Ordenanza del ejército que ocupó Nuevo México. Al aceptar este cargo, Dyer asumió la responsabilidad de garantizar el abastecimiento de armas y municiones para las tropas de ocupación. A. B. Dyer demostró tal energía, fervor y habilidad en el manejo de la artillería que el 16 de marzo de 1848, cuando el conflicto aún no se había terminado, fue ascendido al grado de capitán, por su valiente y meritoria conducta.

Trece años después de la salida de las tropas invasoras de la república mexicana y, ante la amenaza de secesión por parte de los estados del Sur, se vio obligado a elegir entre la Confederación y la Unión. A pesar de haber nacido en Virginia, un estado sureño, no dudó en jurar lealtad a la segunda. No le fue fácil pues, en un principio, fue calumniado por su origen. Sin embargo, todas las calumnias y las sospechas cedieron ante la incansable industria y la eficiencia que Dyer demostró en todos los departamentos que tuvo bajo su mando. Así, el 21 de agosto de 1861 el Congreso no encontró razones para no otorgar a un sureño el mando de la Armería de Springfield, Massachussetts, en ese entonces uno de los más importantes centros de producción armamentística de Estados Unidos. El modo en como desempeñara tal cargo determinaría en gran medida el triunfo o la derrota de la Unión. No decepcionó a la última, pues mientras sirvió como superintendente de la Armería, sus instalaciones se ampliaron y la calidad del personal mejoró notablemente. Estos aspectos se vieron reflejados en la producción, que se cuadruplicó a mil rifles por día. Desempeñó el cargo hasta el 12 de septiembre de 1864, día en que, con el rango de general brigadier, fue nombrado jefe del departamento de Ordenanza a nivel federal, con la responsabilidad de supervisar la producción y distribución de armamento, así como la modernización de las instalaciones para el aumento de la producción de armas cortas y municiones. Al término de sus labores en Springfield, 3 mil oficiales y empleados le otorgaron como felicitación por haber sido promovido a jefe de su departamento una charola de plata de 82×50 cm, con una imagen grabada de la Armería.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.50.16

El 13 de marzo de 1865, un mes antes de ser asesinado, el presidente Lincoln, quien lo estimaba grandemente, le confirió el rango de general de división del ejército de Estados Unidos, por sus fieles, meritorios y distinguidos servicios en el departamento de Ordenanza durante la guerra civil, cargo que desempeñó hasta su muerte, el 20 de mayo de 1874. Dyer fue inhumado en el Cementerio Nacional de Arlington, Virginia. Yacen en la misma tumba su esposa, Elizabeth Allen Dyer y 4 de sus 6 hijos.

La carta que sigue, dirigida por Dyer al coronel George H. Talcott, se localiza en la sección de Documentos Familiares (colección 2087), en la División de Manuscritos y Colecciones Raras de la biblioteca de la Universidad de Cornell, en Nueva York.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

 

Esta fue su bandera

María Eugenia Arias Gómez / Instituto Mora

BiCentenario #16

Mire, señor Madero, si yo, aprovechándome de que estoy armado, le quito su reloj y me lo guardo, y andando el tiempo nos llegamos a encontrar, los dos armados con igual fuerza ¿tendría derecho a exigirme su devolución?Sin duda, le dijo Madero; incluso le pediría una indemnizaciónPues eso, justamente termina diciendo Zapata, es lo que nos ha pasado en Morelos, en donde unos cuantos hacendados se han apoderado por la fuerza de las tierras de los pueblos. Mis soldados (los campesinos armados y los pueblos todos) me exigen diga a usted, con todo respeto, que desean se proceda desde luego a la restitución de sus tierras.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.45.05Hace cien años, Emiliano Zapata Salazar se suma a la Revolución en 1911. Este jefe morelense, que inicia con unos cuantos seguidores en su entidad, reúne a miles durante el curso revolucionario en el que sostiene una causa agrarista que hereda y por la que da la vida. Después de ser asesinado a traición, su firmeza en la guerra trasciende en la historia, convirtiéndolo en símbolo del agrarismo en Morelos, a lo largo y ancho de los Estados Unidos Mexicanos, así como en otros países del mundo.

La autenticidad de esa causa no data del tiempo de Emiliano. Para entenderla como la fuerza palpitante y resurgida que es a la fecha, hay que retroceder muy atrás: a la época colonial, porque inicia entonces el problema entre pueblos y haciendas por el agravio de estas últimas unidades en contra de los campesinos al despojarlos de sus tierras, aguas, pastos, bosques y demás recursos naturales. El conflicto acontece en diversas comarcas, principalmente en el centro sur de nuestra república, en la región que hoy se llama estado de Morelos y donde nace Zapata.

A través de varias centurias, los campesinos reclaman sus derechos mediante representantes que llevan los títulos de propiedad ante las autoridades en forma pacífica, pero otras veces lo hacen con las armas en la mano. Aquella causa ancestral, sustentada por los precursores agraristas, se asociará al liderazgo del sujeto histórico que con tenacidad reclamará la devolución de la tierra a sus legítimos dueños y que tendrá un nombre nuevo: zapatismo.

El problema agrario, que se recrudece, culmina en la época porfiriana y al momento en que Francisco I. Madero llama a la guerra, buena parte del campesinado se suma a ella esperanzado en que se hará justicia, pues el artículo 3° del plan de San Luis señala que se regresará la tierra a quien le pertenece. La participación de este sector significa una fuerza poderosa que promueve la caída del gobierno dictatorial encabezado por Porfirio Díaz, fin por el que se convocara a la revolución y una vez que se logra, Francisco León de la Barra sube al poder de manera interina y luego Madero.

David Alfaro Siqueiros, "Revolucionarios a caballo" (fragmento)

David Alfaro Siqueiros, “Revolucionarios a caballo” (fragmento)

Pluma y fusil apuntan contra los combatientes desde que se incorporan a la lucha en marzo de 1911, hasta que muere el caudillo en abril de 1919. Una campaña de desprestigio llevada a cabo sobre todo por la prensa conservadora del año once en la ciudad de México exhorta a ir contra “la barbarie”, ya que los zapatistas se manifiestan como “rebeldes y elementos mórbidos que brotan del subsuelo y atentan contra la civilización”; es entonces que se aplican los peores denuestos a Zapata para concebirlo como bestia y bandido, como la aparición del subsuelo que quiere borrar todas las luces de la superficie, y para llamarlo Gengis Khan y Atila del Sur.

Un hecho importante en el proceso histórico del zapatismo es cuando Emiliano adquiere el mando al ser reconocido por gente del municipio de Ayala y jefes locales de otros lugares en su estado, lo que acontece tras la muerte de Pablo Torres Burgos, cabeza del maderismo y director inicial del movimiento en los últimos meses de 1910 y los primeros de 1911; uno más, el momento en que los zapatistas se separan de Madero considerándolo traidor, porque da prioridad al licenciamiento de armas y a la instauración de un orden democrático.

A mediados de 1911, Emiliano se entrevista con Madero en la ciudad de México, expone las razones de su levantamiento y le solicita que cumpla lo prometido, pero aquél insiste en que desarme a sus tropas. Y es, de acuerdo con Gildardo Magaña, que Zapata acercándose, señala la cadena de oro que trae y en el que ambos sostienen el diálogo con que inició el relato.

A poco de que Madero resultara electo como presidente constitucional, en noviembre de 1911, los zapatistas se manifiestan a través de un documento que enarbolan como su bandera: el Plan de Ayala, cuya versión original, que data del 25 de aquel mismo mes y año, se atribuye principalmente a Otilio Edmundo Montaño; días antes, Zapata y unos seguidores son perseguidos en la zona de Ayala y arrojados de Morelos a Puebla por fuerzas del gobierno y, cerca de Miquetzingo, él y Montaño revisan lo que ambos han bosquejado por escrito desde que Madero postergara las demandas agrarias, terminan de redactarlo y lo proclaman en Ayoxustla, Puebla.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 12.54.16Los jefes locales, respondiendo al llamado del caudillo, se concentran con su gente en Ayoxustla y esperan inquietos. Zapata y Montaño salen del jacal donde han ultimado detalles; el primero los exhorta: “¡Ésos que no tengan miedo, que pasen a firmar!” Luego, de pie, junto a una pequeña y rústica mesa que sirve de base, se lee el plan. Sorprendidos y emocionados, pasan a firmarlo. Unos músicos traídos de Miquetzingo interpretan el himno nacional que se canta en posición de firmes. Unos cohetes truenan y se hace la jura de la bandera de México que, puesta en alto, es flanqueada por Emiliano y Eufemio Zapata ante los que desfilan las tropas.

Después, cada quien toma su camino. Emiliano regresa a Morelos y estando acampando en una ranchería cercana al mineral de Huautla, ordena que traigan una máquina de escribir, papel carbón y al cura local. Emigdio Marmolejo le pregunta: “¿Y si no quiere venir?”, a lo que aquél contesta que no va a consultarle su opinión, que lo lleve y que si se resiste lo obligue a caminar con la máquina en la cabeza. El sacerdote acude y reproduce el plan.

Zapata envía carta a Gildardo Magaña, comisionado en la ciudad de México, y le recomienda que lo imprima; le expresa no le importa que la prensa mercenaria les llame bandidos y los colme de oprobios; que él como no es político, ni entiende de esos triunfos en que los derrotados son los que ganan, está resuelto a luchar contra todo y todos sin más baluarte que la confianza, el cariño y el apoyo de su pueblo. Es entonces que la primera versión impresa se publica en el periódico liberal Diario del Hogar, a mediados de diciembre de 1911, y es la que se conoce en la capital del país; en ella, hay correcciones gramaticales, varias modificaciones de contenido y el lema original de la manuscrita (Justicia y Ley), aumenta a Libertad, Justicia y Ley.

El plan de Ayala legitima a la causa agrarista y determina la identidad del zapatismo. Constituye un programa radical que señala cómo resolver la problemática en el campo tanto en Morelos y sitios donde se enarbola, como en todo el país. Plantea además la manera de seguir la lucha y con qué mecanismos legales se sostendrá. Hace suyo y reforma al plan de San Luis; revela las ideas que lo inspiran, entre ellas las de los hermanos Flores Magón a través del Partido Liberal Mexicano y de Regeneración, su portavoz, asimismo las de Paulino Martínez y los hermanos Magaña.

Está integrado con una breve introducción y quince artículos. Inicia diciendo que quienes lo suscriben, se han constituido en junta revolucionaria para sostener y llevar a cabo las promesas que hiciera la revolución de 1910; que declaran ante la faz del mundo civilizado que los juzga y ante la nación a que pertenecen y aman, los propósitos que formulan para acabar con la tiranía que los oprime y redimir a la patria de las dictaduras que se les imponen, las cuales determinan en el plan.

Arnold Belkin, "Serie Zapata II"

Arnold Belkin, “Serie Zapata II”

El plan advierte por qué Madero es traidor y exige su renuncia, así como la de otros representantes políticos. Demanda que haya otros gobernadores y que tenga lugar una reunión de revolucionarios para designar a un ejecutivo interino en México, quien ha de convocar a elecciones de los poderes federales. Propone como Jefe de la Revolución Libertadora a Pascual Orozco y en su defecto a Emiliano Zapata. Plantea la restitución agraria inmediata, la expropiación previa indemnización, la nacionalización de bienes de los enemigos y cómo pensionar a los deudos de quienes caen en la guerra. Termina exhortando al pueblo mexicano para que lo apoye con las armas en la mano.

En sostén de dicha insignia están las personas que han sufrido el despojo agrario y el ultraje; campesinos pobres y medios, peones acasillados, medieros y arrendatarios; rancheros que tienen que pagar a las haciendas por derechos de peaje y paso de animales. Y si la tierra es el eje en torno al que gira la presencia zapatista, también hay otros motivos por los que muchos se suman a la guerra: el temor a los amos y los capataces, a la leva y a las autoridades, a las campañas de persecución; por tener libertad, o porque sus mayores o compañeros se han ido con Emiliano.

La mayoría que defiende el plan de Ayala en Morelos, es de campesinos armados que dedican un tiempo a la lucha y otro al cultivo; forma bandas que no viajan juntas, que sólo se reúnen para atacar objetivos comunes y que dan la impresión de vivir diseminados en las montañas. Como cuerpo militar, integra al Ejército Libertador del Centro y Sur, cuyas unidades son tropas pequeñas no siempre bien organizadas y que practican la guerra de guerrillas como táctica principal, basada en el ataque sorpresivo y la dispersión inmediata.

La supervivencia del movimiento en ese estado se debe a quienes enarbolan el plan con fervor, mujeres y hombres apoyados por ancianos, jóvenes y niños. El carácter popular y campesino del zapatismo se advierte en la ropa de los guerrilleros, que visten por lo general con camisa y calzón de manta, sombreros de ancha ala y huaraches, vestimenta por la que se han dado en llamar las liebres blancas y por su agilidad, que les permite escabullirse en los montes, donde andan a salto de mata al ser perseguidos por sus enemigos.

Rasgo singular e incipiente del movimiento que enarbola aquel emblema es su sentido original agrarista y local. Sin embargo, al paso de los años, el zapatismo tiene carácter regional y nacional cuando gana mayor espacio y amplía sus metas, a partir de que se propaga en los estados circunvecinos y alcanza otras comarcas, adhiriéndose a él más adeptos con diversas ideas. Aun así, en el comportamiento de los locales y en la expresión de sus demandas, hay signos en los que prevalecen la tradición o la costumbre morelense– Emiliano, por ejemplo, siendo el jefe más reconocido en la región centro sureña de México, se remite a veces a la autoridad de los ancianos.

Conforme avanza la lucha, la enseña zapatista incluye considerandos, reconocimientos, desconocimientos, adiciones; variantes que explican el porqué de su separación de otros movimientos. Entre sus enmiendas cabe la de fines de mayo de 1913 mediante la que se desconoce a Pascual Orozco como líder, por haber simpatizado con el gobierno de Victoriano Huerta, y por la que Emiliano Zapata queda a la cabeza del Ejército Libertador del Centro y Sur.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 12.53.00Después que Huerta cae del poder, las controversias de los revolucionarios tratan de allanarse en la Convención reunida en la ciudad de México y en la de Aguascalientes en octubre de 1914; a esta última asiste una comisión zapatista, encabezada por Paulino Martínez. El plan de Ayala es reconocido casi en su totalidad, gracias a la participación del ideólogo Antonio Díaz Soto y Gama. El gobierno convencionista, a poco de constituirse inicia y promueve cambios en Morelos y en los lugares donde se adopta el plan, al tiempo que es desacreditado y perseguido por el que instituyen los carrancistas.

A partir de ese año catorce se produce un gran número de ediciones del plan con sus ratificaciones; en una de las publicaciones salida a la luz en México en 1915 destaca el “Proemio” debido a pluma de Dolores Jiménez y Muro, quien, afiliada al zapatismo, escribe una alabanza a Emiliano, donde lo compara con Hidalgo, Morelos, Guerrero y Juárez, y señala además que aunque le pese a muchos, hasta los mismos poderosos comprenden y reconocen la justicia que abriga la bandera de Ayala.

Firme compromiso en apoyo de aquel pabellón, considerado como una cosa sagrada convertida en blasón, se revela en las fuentes a las que recurre el historiador: ya la palabra escrita y la oral, ya el corrido popular, aún en otros materiales como la literatura y la iconografía en su diversidad. “Plan de Ayala-lucha agrarista-Emiliano” constituyen una frase, un símbolo que, tras morir el caudillo y a partir de los años veinte sugiere, connota, cómo la Historia da el fallo a favor, y al hacer justicia mueve a la bandera, la causa y al hombre en heroico nicho donde ha de venerarse al antes “Atila del Sur” como “el reivindicador agrario” de todo un país.

PARA SABER MÁS:

  • FELIPE ÁVILA ESPINOSA, Los orígenes del zapatismo, México, Centro de Estudios Históricos-El Colegio de México/Instituto de Investigaciones Históricas-UNAM, 2001.
  • FRANCISCO PINEDA GÓMEZ, La irrupción zapatista, 1911, México, Era, 1997.
  • * Ver ¡Viva Zapata!, dir. Elia Kazan, 1952, DVD.
  • * Visitar el museo de Anenecuilco, Morelos.
  • * Escuchar el Corrido del Plan de Ayala, de Leonardo
  • Kosta, interpretado por el grupo Tribu en http://www.bibliotecas.tv/zapata/corridos/corr03.html

De fotógrafos y fotografías en Campeche

José Manuel Alcocer Bernás / Cronista de Campeche

BiCentenario #16Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.31.02

La fotografía se ha convertido con el paso del tiempo en un documento histórico. A través de las imágenes captadas podemos revivir tiempos pasados, reconocer en ellas cómo ha ido evolucionando una ciudad, cómo era la arquitectura, sus habitantes, cómo vestían e incluso conocer las comidas que formaban parte de las tradiciones de un país, una ciudad, un pueblo o incluso una familia.

Mirar las imágenes captadas por la lente de fotógrafos distintos que en diversas épocas retrataron a Campeche, nos permite conocer la evolución histórica de la ciudad amurallada. Imágenes permanentes que dan cuenta de cómo Campeche se ha ido transformado gracias a las fotografías tomadas por un aficionado o por uno profesional, de estudio. Su labor captó la vida cotidiana de la ciudad.

Familia campechana (ambrotipo, dAi??cada de 1870)

Familia campechana (ambrotipo, década de 1870)

Para empezar a saber acerca de cómo se fue recogiendo en fotografías la imagen de Campeche y los campechanos, habría que preguntarnos ¿quién o quiénes tomaron las primeras imágenes de Campeche?

Se sabe que para 1840, empezaron a circular los primeros daguerrotipos en México que habían sido traídos al país por el francés Jean-François Prelier, quien realizó las primeras impresiones sobre habitantes, ciudades y paisajes del país. En la Biblioteca Nacional de Austria se encuentra un daguerrotipo de ese año de Emanuel von Friedrichsthal, quien fuera primer secretario de la Legación austriaca en México y uno de los primeros extranjeros que se interesó por las ruinas mayas, después de haber leído las obras de John L. Stephens y Frederick Catherwood. Este aventurero llegó al puerto de Campeche con dirección a Mérida, pero antes de continuar su viaje tomó algunas imágenes de la ciudad de las que solamente se conserva una, la que corresponde a la calle 59. En ella, podemos ver las ventanas típicas de las casas campechanas y al fondo la puerta de mar que formaba parte del conjunto arquitectónico que fue destruido a principios del siglo XX. A partir de entonces hay un flujo constante de fotógrafos extranjeros que llegaban al puerto, atraídos por las ruinas mayas.

Pero la fotografía no sólo sirvió para captar ruinas o ciudades como lo muestra el periódico local El Amigo del Pueblo, de 1847. Un anuncio señalaba que “Ricardo Carr recién llegado de Europa ofrece una máquina nueva que permite sacar retratos con la mejor exactitud tanto con colores como sin ellos y de una o más personas sobre la misma placa”. Además, ofrecía que sus “retratos saldrán perfectamente iguales al original”, con un costo por retrato de cinco pesos. Brindaba un amplio surtido de cajas y marcos en su estudio, ubicado en la Casa de la Sociedad Campechana que se encontraba frente al muelle fiscal.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.38.09

No sabemos si Carr seguía en la ciudad o ya se había marchado, cuando dos años después, otro fotógrafo extranjero, el señor H. Custing, que se había salvado de un naufragio frente a las costas de Campeche, y que milagrosamente había podido rescatar su aparato fotográfico, puso un estudio frente a la casa de doña Salvadora Duque de Estrada, anunciando en el periódico El Fénix sus servicios, “…tomar retratos y vistas al daguerrotipo [...] sobre planchas de diferentes dimensiones, hasta el tamaño de un fistol” y comunicaba a sus posibles clientes que traía muestras de su trabajo para que el público comprobara la calidad.

Los anuncios fueron un medio para promover la fotografía y el que siguieran publicitándose revela que en Campeche los fotógrafos tuvieron éxito. No hay que olvidar que era un puerto de entrada a la península y que numerosos barcos llegaban con viajeros deseosos de conocer el país y su historia y entre ellos se contaron a los fotógrafos. La presencia de estos personajes revela una parte de la historia de la fotografía pues va dando cuenta de los adelantos que se hicieron en ese campo, así como mostrar que se inició como una profesión de extranjeros que atrajo a los de casa y que se llevó a las distintas poblaciones con el propósito de tener éxito.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • GASPAR CAHUICH RAMÍREZ, Cicero & Pérez y las postales del Campeche antiguo, Campeche, 2008.
  • Campeche celebración de la memoria, Campeche, Gobierno del Estado, 2010.
  • DELIO CARRILLO, El lenguaje de la cal y el canto, Campeche, Universidad Autónoma de Campeche, 2010.
  • * Visitar la ciudad de Campeche.

La celebración del Centenario del natalicio de Benito Juárez en Jalapa (1905-1906)

Rogelio Jiménez Marce 

Universidad Iberoamericana-Puebla

Revista BiCentenario #16

ImA?genes integradas 1

 

Durante el Porfiriato, la figura de Benito Juárez alcanzó gran relevancia en el panteón patrio. No sólo el 18 de julio se incorporó como festividad cívica, sino que el mismo presidente Díaz lo consideraba su antecesor, pese a que habían sido enemigos políticos. Es más, como en 1906 se iban a celebrar 100 años de su natalicio, el mandatario ordenó que se formara la Comisión Nacional del Centenario del Natalicio de Benito Juárez, con la tarea de organizar los eventos alusivos en la capital del país, así como de coordinar las actividades de las delegaciones que se establecerían en cada uno de los estados.

La nueva comisión se constituyó en agosto de 1905 y estaba integrada por Félix Romero (presidente), Pablo Macedo (vicepresidente), José Casarín, Adalberto A. Esteva, Victoriano Salado Álvarez y Ramón Prida (secretarios), Carlos Rivas (tesorero), Gabriel Mancera, José de Landero y Cos, Rosendo Pineda, Emilio Velasco, Jesús Alonso Flores y José B. Cueto (vocales). Una de sus primeras determinaciones fue erigir un monumento en honor a Juárez en la ciudad de México, para lo cual se invitó a los gobernadores a cooperar económicamente. Con tal de que la iniciativa se llevara a cabo, Aurelio G. Venegas, en representación de la Junta Patriótica de Toluca y de un comité de estudiantes de la misma ciudad, propuso que la Comisión Nacional no se disolviera sino hasta que se hubiera concluido con la edificación del monumento. Otra iniciativa de la comisión fue que el 21 de marzo se realizara, en todas las escuelas públicas de la nación, una conferencia sobre el Benemérito de las Américas –título que fue otorgado a Juárez en 1867 por el Congreso de Colombia–, cuyo objetivo sería hacer a los niños partícipes de la celebración.

Los dos proyectos fueron recibidos con beneplácito, pero la construcción del monumento implicó dificultades, ya que no todos los gobernadores contribuyeron con la parte que les correspondía. Así, el 24 de septiembre de 1905 la Comisión Nacional informó que los mandatarios de los estados de México, Tlaxcala, Aguascalientes, Durango, Veracruz, Oaxaca, Puebla, Sonora y Michoacán no habían entregado su respectiva colaboración pecuniaria.

Respecto a las conferencias, la comisión indicó que no sólo despertaron un “gran entusiasmo” en las escuelas públicas, sino también en las privadas. Ejemplo de ello era un colegio particular de Pachuca que les había informado acerca del nombramiento de una mesa directiva y varias comisiones con la tarea de organizar la festividad del 21 de marzo. En este “patriótico empeño” eran ayudados por el profesor Teodomiro Manzano.

Para alentar la participación de los infantes, la Comisión Nacional indicaba que, en los primeros días de marzo de 1906, publicaría un libro donde se haría una crónica de los festejos e incluiría una sección con las composiciones literarias en honor de Juárez, tanto de niños como de “escritores notables”.

ImA?genes integradas 2

Se recibieron diversas notas de personas que buscaban colaborar, de una u otra forma, en los festejos. Jesús A. Flores sugirió que se efectuara un concurso pictórico, un señor apellidado Salas López propuso que el día de la celebración en todas las poblaciones del país se pusiera el nombre de Juárez a una calle o plaza y el profesor Ildefonso Estrada y Zenea informó que él mismo costearía la impresión de 600 ejemplares de un monólogo titulado Juárez, que se repartiría de manera gratuita en las escuelas de la capital.

Es de advertirse que las propuestas anteriores no fueron incluidas en el programa general de la celebración del Centenario del Natalicio de Juárez, pues lo estipulado era que el 21 de marzo sería día de asueto para los empleados y obreros de toda la república y realizarían concursos literarios y arquitectónicos en honor al Benemérito. Se colocaría, además, la primera piedra de su monumento; se efectuaría una gran manifestación popular a la que concurrirían los delegados de los ayuntamientos, los representantes de las delegaciones, los comités de la Comisión Nacional y las asociaciones invitadas; se realizaría una velada en la que se entregarían los premios de los concursos; se organizarían conferencias en las escuelas públicas y privadas; se fijarían 21 lápidas conmemorativas en los edificios en los que Juárez ejerció como presidente de la República de manera transitoria o permanente y las distintas representaciones estatales incluirían una manifestación popular en su programa.

Como hubo problemas para determinar los lugares donde se colocarían las lápidas, la Comi- sión Nacional acordó el 13 de enero de 1906 que sólo se pusieran en los estados de Puebla, México, Veracruz, Querétaro, Guanajuato, Jalisco, San Luis Potosí, Coahuila, Durango, Nuevo León y Chihuahua, motivo por el que se solicitó a los gobernadores de esas entidades que formaran comisiones para investigar los lugares de residencia de Juárez.

En el caso de Veracruz, el gobernador Teodoro Dehesa solicitó, en octubre de 1905, el envío de 1,000 ejemplares de una biografía de Juárez, a fin de repartirlas en las escuelas cantonales, así como el programa general de la Comisión Nacional. El 9 de diciembre de 1905 ordenó que cada ayuntamiento nombrara uno o dos delegados para que acudieran a la manifestación popular que se llevaría a cabo en la ciudad de México. Ellos recibirían un “subsidio de viaje”, el cual saldría de las arcas municipales. El mandatario acordó también que se formara un comité encargado de los festejos en cada cantón.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

 

Intrigas y pasiones, el otro frente de la batalla del 5 de mayo

Rosalía Martha Pérez Ramírez - Instituto Alfonso Vélez Pliego, BUAP

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 16.

ImA?genes integradas 1

¿Quién no recuerda alguna película en la que una carta lo decidió todo, como aquella que le rindió homenaje a un amor trágico durante la guerra contra los franceses? Se llamó Una carta de amor y en ella Jorge Negrete, en el papel de oficial del ejército republicano le escribe a su esposa antes de ser pasado por las armas. En novelas, radio novelas, cuentos y relatos históricos o policíacos una carta o un legajo de cartas ocasiona suicidios, cárcel, la pérdida del honor… ¿Alguna vez pensó usted que alrededor de la célebre batalla del 5 de mayo se escribieron cartas comprometedoras, y algunas en lenguaje cifrado? La noche de la victoria de Zaragoza fue interceptado un mensaje que salía del campamento francés urgiendo la presencia del general conservador José María Cobos. ¿Quién lo enviaba? Una buena película podría empezar con el mensaje interceptado, pero sugiero dejarlo para la última escena, o el último párrafo de este breve texto.

Multitud de cartas comprometedoras que tuvieron que ver con la intervención de los franceses en México y con la batalla del 5 de mayo de 1862, se escribieron hace siglo y medio. A pesar del tiempo que ha pasado, todavía se desprende de ellas un halo de intriga y quiérase o no, siguen siendo comprometedoras para sus autores, los cuales acababan de perder la guerra de Reforma contra Juárez. Las escribieron con el anhelo de cambiar la suerte de un país cuya dirección no se resignaban a perder; muy grande fue su desesperación por la entrada triunfal de los liberales en la ciudad de México y por el recrudecimiento de las persecuciones contra los derrotados. Las cartas que vamos a leer, por lo menos en parte, provienen de uno de los bandos en pugna, el autodenominado grupo reaccionario. Por mi parte, asumo la sinceridad de un testigo de estos hechos, el poblano Tirso Rafael Córdoba, quien retrató a los conservadores como “hombres que amaban de corazón a México”, y lamentó “las desgracias extremas que [los] impulsaron a implorar de la nación más gloriosa de la tierra [Francia] un auxilio poderoso y vital”. Pero la lectura de estas cartas revela que no siempre hubo pureza de intenciones, pues destilan deseos de protagonismo, intolerancia y burda competencia entre ellos.

Tales misivas fueron escritas por muchos corresponsales y sería imposible mencionarlos a todos, así que propongo revisar algunas, enviadas o recibidas por mexicanos conocidos internacionalmente como “los emigrados”, los cuales habían sido empleados de legaciones de México en el extranjero desde la última dictadura de Santa Anna, quien desde entonces les dio la encomienda de conseguir un príncipe extranjero. También provienen de otros personajes que fueron expulsados o desterrados por distintas razones y se agruparon en torno a la vieja idea de instituir una monarquía en México presidida por un príncipe europeo, o quizá por algún mexicano.

Esas cartas cruzadas entre los emigrados y otros personajes de su partido buscaban la manera de allanar el camino a la intervención extranjera, todos urgidos por el apremio y el deseo ferviente de que los liberales mexicanos fueran derrotados y muestran, a quien lo quiera ver, la exacerbación de sus pasiones y los deseos de gloria personal, sentimientos que se confundieron con la gran crisis del partido conservador que sobrevivía solamente en torno a una utopía: que un país extranjero viniera a salvar a México de los bárbaros liberales, como los veían ellos. No era otro el propósito de la campaña francesa y por lo tanto, de la batalla de Puebla, según creyeron erróneamente.

Siglo y medio después podemos leer estas cartas con respeto, pero es probable que no sintamos el mismo apremio con el que se pensaron ni la sensación de peligro que los obligó a firmarlas con nombres supuestos y enviarlas o recibirlas a través de terceras personas. Algunas están escritas con desesperación; otras con rabia por las traiciones de sus socios en esa empresa y algunas más muestran la labia de sus autores, como el general Santa Anna. Eran tiempos de guerra, y no hay que olvidar que en la guerra cabalgan los jinetes del Apocalipsis. Observaremos que no solamente el poder corrompe, sino también la ambición de poder, por explicables que puedan ser estos deseos dentro de una ideología y su particular visión del parto de una nación. Votaría porque la lectura de estas cartas prueba su desesperación ante las eras de poder perdidas.

ImA?genes integradas 2Sabemos que cada bando llamó al otro traidor, pero no considero que podamos conformarnos con su propuesta de que la salvación del país sólo la podría hacer un príncipe extranjero. La revisión de esta correspondencia revela cómo un grupo de mexicanos se vio envuelto en la desesperación cuando el héroe que, sin lugar a dudas, fue Ignacio Zaragoza, demostró la superioridad del ejército mexicano al vencer en los tres asaltos intentados por los franceses, al mando del conde de Lorencez, a su bastión de Guadalupe; que esa victoria fue el resultado de las modificaciones acertadas del valiente general mexicano a sus posiciones, en plena acción; del orden con que mandó apoyar los puntos en riesgo, moviendo al conjunto acertadamente por cinco horas, atacando y defendiendo con precisión, eficacia y valentía. Eso fue para ellos una derrota, pero hay que preguntarnos ¿quiénes eran esos personajes que tanto lamentaron el triunfo mexicano?

Misterios insondables reposan en el fondo de la historia. Hubo un acontecimiento increíble en los momentos de la batalla… sólo puedo decir que un prisionero mexicano de nombre Luis Nava, que iba a ser pasado por las armas en el campo francés, pudo ver e informar después a Zaragoza que en ese campamento estuvieron mirando la batalla el general mexicanoJuan Nepomuceno Almonte (el Juan Pamuceno de las canciones de los chinacos) y un grupo de poblanos: el padre Francisco Javier Miranda, el general Antonio Haro y Tamariz, el padre Villalobos, el gobernador de la mitra de Puebla y un López de Amozoc ¿qué hacían militares y religiosos mexicanos en el campo francés? Estaban esperando avanzar en seguida a la ciudad de México y tomar el poder, seguros de que Juárez había salido corriendo de la capital por miedo a los franceses, y luego concederle el trono al archiduque. Pero no eran los únicos mexicanos deseosos de encumbramiento por esa hazaña, y quien quiera saber más de ese “grupito” puede leer libros sobre el general Juan Prim, dado que los altos comisionados de la llamada Triple Alianza habían roto los acuerdos entre ellos apenas unas semanas antes a causa de la entrada al país de esos emigrados y de la necedad del general Lorencez de no reembarcarlos, como lo exigía el gobierno de Juárez y lo pedían sus socios de Inglaterra y España. Él respondió que Almonte era “honrado con la benevolencia de Su Majestad” y prefería romper la alianza y todos sus acuerdos antes que reembarcarlo, y tampoco a los otros, pues esperaba mucho de ellos lo mismo que el emperador Napoleón III. Sin embargo, sabemos que cinco horas después del cañonazo que anunció el inicio de la batalla ese grupo cayó de su gracia y junto con ellos muchos falsos supuestos sobre México y los mexicanos. Sucedió lo increíble: Francia había sido derrotada.

Tampoco eran los únicos personajes que participaban en esta intriga internacional, pues varios diplomáticos urdían, organizaban y se disputaban entre sí el llamado negocio de la intervención (negocio significaba asunto en ese tiempo) desde Roma, París, Nueva York, Madrid y el castillo de Miramar: José María Gutiérrez de Estrada y José Manuel Hidalgo y Esnaurrúzar, ambos máximos impulsores de la monarquía extranjera en este país; Antonio López de Santa Anna “desde su exilio en la isla caribeña de Santo Tomás” y una cauda de ayudantes y socios. Otro grupo que participó en la intriga pero que no estaba al tanto de las maquinaciones que desde hacía años unían a los anteriores era la cúpula militar conservadora, que lejos de pisar alfombras pasaba hambre en los frentes de batalla: Félix Zuloaga, presidente por el golpe de Tacubaya; su sucesor en la presidencia, Miguel Miramón; el jefe máximo de las fuerzas reaccionarias, Leonardo Márquez, y muchos otros. Lo más interesante en este breve texto es que la pista de sus actividades nos conduce a algunas explicaciones de los errores tácticos que el general Lorencez cometió frente a Puebla, frente al cerro de Guadalupe, frente al general Zaragoza y para vergüenza de Francia, frente a la historia.

Uno de estos personajes es el doctor Francisco Javier Miranda, rijoso párroco de la diócesis poblana, ex diputado y miembro prominente del partido conservador, al que habían exiliado los presidentes Juan Álvarez e Ignacio Comonfort por abrir paso a la última dictadura del general Santa Anna, según explicaciones que Miranda dio en un libro en el que hizo su defensa. En él se declaró inocente y víctima del gobierno y el partido liberal, de los que se expresaba en los peores términos y cuyo desprecio fue sin duda un mal ejemplo para los oficiales franceses que se burlaban igualmente del ejército mexicano. Este doctor de la Iglesia mantenía relaciones con Santa Anna, al que en las películas vemos ya viejo y con su pata de palo, pero en su juventud fue muy apuesto; y también con el citado Gutiérrez de Estrada. Según expresan algunas cartas, este último se sentía muy dolido por las preferencias que Napoleón III, a quien la historia ha llamado el pequeño, tenía por Almonte (Juan Pamuceno) y eso fue motivo de rivalidad entre ellos, al grado de que instó al exiliado Santa Anna a presentarse en el teatro de los hechos. Ni tardo ni perezoso, éste le respondió en una carta reservada del 15 de octubre de 1861: “desde la profanación de nuestros templos me he decidido a ser el vengador de tan sacrílego ultraje… pronto estará en México”. Gutiérrez le respondió: “Usted… debe tomar las riendas del gobierno… desbarate usted los planes de Prim y Miramón (que explicará adelante)”. Pero Santa Anna no pudo entrar al país.

Estaba también el joven general mexicano de ascendencia francesa, Miguel Miramón, quien se concebía a sí mismo como el monarca que necesitaba México y por esos sueños era enemigo declarado de todos los anteriores. En su exilio se topó con la intriga francesa; decidió venir a México, trató de desembarcar en Veracruz bajo un pseudónimo que nadie le creyó y no pudo hacerlo. Otro personaje en esta intriga es el joven y encantador diplomático José Manuel Hidalgo, tan experimentado en su oficio que causa sonrojo leer lo que escribió al padre Miranda desde París sobre Miramón, el 30 de noviembre de 1861: Miramón ha salido de aquí furioso…contra la intervención que se ha hecho sin consultarle. Riñó con el Sr. Gutiérrez de Estrada…quiso ver al Emperador pero Almonte se negó a pedir la audiencia… los periódicos mencionan el terrible desaire. Y se atrevió a escribir al propio Miramón: En Madrid decía usted que para monarca ahí estaba usted… Tenía hasta preparada la diadema para su esposa…que regresa a Mexico porque los intervencionistas no sabrían a quién dirigirse…que la idea monarquista ¡me trae extraviada la razón!

Pues resulta que el aludido general no se quedA? con las ganas de reclamar a su vez al padre Miranda el 5 de noviembre 5 de 1862: ai???A?TendrA? usted inconveniente en decirme… cuA?les eran las miras polAi??ticas que supo usted llevaba yo a la repA?blica cuando se me impidiA? desembarcar en Veracruz por la marina inglesa?ai??? Y es que se enfureciA? cuando supo que el padre habAi??a aconsejado impedir su ingreso al paAi??s. El negocio de todos ellos era traer a Maximiliano, no coronar a MiramA?n y a su esposa, como Ai??ste soAi??aba.

Sin embargo, la victoria de Zaragoza cayó como una lápida sobre todos ellos, aun cuando temeroso de que algo semejante sucediera, Gutiérrez de Estrada había dispuesto un recurso extraordinario: “si la expedición por una desgracia imprevista no da el resultado que se apetece, el doctor Miranda procurará sacar el mejor partido… una presidencia vitalicia, o una dictadura de diez años”, según escribió en un manual con el que regulaba las actividades del religioso, y naturalmente que Miranda esperaba sacarse ese as de la manga. Pero sucedió lo que no se esperaba: la derrota francesa ocasión una guerra entre él y Almonte, a un grado tal que escribió a Santa Anna: “No se detenga usted para decidirse por el movimiento iniciado a favor de Almontea -a quien se proponía como jefe máximo-, pues la incapacidad de este general hará perder todo lo que he construido”. El diablo dictó la respuesta del colmilludo Santa Anna: “Mi presencia allá en estas complicadas circunstancias me desprestigiaría”. Y conforme se complicaba la trama, el descontento entre ellos también subía de tono.

Ante un negocio tan confuso, el general en jefe del ejército nacional reaccionario, Leonardo Márquez, escribió a Miranda: “Me avisa una persona… que… se han de seguir las instrucciones de usted… [pero] estando establecido el gobierno [conservador] es el único que debe hablar”. Y ya porque quería que aceptara o como un gesto indicativo de la posición subordinada que le correspondía, le envió el nombramiento de ministro.¿Apostarían a que Miranda lo aceptó? Su respuesta llegó desde Veracruz: “no puede figurarse cuánto he trabajado para que los aliados reconociesen al gobierno que usted preside” (lo que era una gran mentira). Así las cosas, Miranda anotó a Márquez entre sus enemigos.

Hacía meses que el cura poblano se mostraba desesperado. Había escrito a Gutiérrez Estrada: “Jurien de la Graviére [jefe de la expedición francesa]…es la nulidad más grande, el hombre más débil, versátil e irresoluto…que él [Jurien] no podía decidirse por un solo partido, que Maximiliano no podía ser emperador de un partido sino de la nación…he sido engañado miserablemente”… Para colmo, su hermano Rafael le había informado el 20 de marzo desde París: “El almirante ha escrito aquí diciendo que han sido engañados que no hay en México tal partido conservador, que es menester hacer la guerra… a pesar de todo el emperador sigue firme… van ya más tropas”. Y no puede ignorarse la carta del general Bruno Aguilar a Miranda del 12 de febrero: “Por Dios que urja usted para que se muevan [los franceses] y que sea hasta esta ciudad [de México] si no somos perdidos”. Por todo esto los mexicanos que estaban en el campamento francés imploraban que la capital fuera tomada y para eso era indispensable derrotar a Zaragoza en Puebla. Lo prometido es deuda: un correo que salió del campamento francés en la noche del 5 de mayo fue interceptado y entre sus ropas se encontró un papelito en el que el padre Miranda llamaba desesperadamente al general conservador José María Cobos, instándolo a que esa misma noche fuera tomado el fuerte de Guadalupe, importándole un comino que los franceses estuvieran llorando su derrota y la muerte de dos oficiales de alta graduación.

 

PARA SABER MÁS:

  • ANTONIA PISUAÑER LLORENS y AGUSTÍN NCHEZ ANDRÉS, Una historia de encuentros y desencuentros. México y España en el siglo XIX, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 2001.
  • LUIS RAMÍREZ FENTANES, Zaragoza, Puebla, Gobierno del Estado, 2012. CATALINA SIERRA y AGUSTÍN YAÑEZ, Puebla a cien años del 5 de mayo de 1862, Puebla, Gobierno del Estado, 2012.

 

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

 

La inundación de San Antonio de Béxar

La inundación de San Antonio de Béxar

Andrew J. Torget

Universidad del Norte de Texas

Revista BiCentenario #16

 

Traducción: Gabriela Montes de Oca

 

* Las palabras resaltadas en cursivas a lo largo del texto corresponden a términos usados en español en la versión original en inglés.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.05.48

 

Durante la noche del 4 de julio de 1819 comenzó a caer una suave lluvia al norte de San Antonio. La lluvia golpeaba la tierra reseca con una interminable corriente de agua que se necesitaba con desesperación. Una grave sequía había quemado la región durante los últimos años, chamuscando vastas franjas de las praderas originarias y diezmando numerosas manadas de bisontes y ganado salvaje. Ese verano los campos marchitados por el sol habían sido incapaces de mantener las cosechas de maíz necesarias para mantener a los españoles refugiados en San Antonio y habían dejado en la aldea una grave escasez de alimentos. Incluso los caballos morían de hambre y las monturas de los españoles estaban tan desnutridas, que algunas apenas se sostenían en pie. Pero al fin la lluvia había empezado a caer. Rodando por la tierra quemada, el agua empezaba a llenar los lechos de riachuelos y los arroyos secos que serpenteaban hacia el sur. La tormenta acabó por llegar a San Antonio. Para quienes vivían en la pequeña y reseca aldea, el estrépito de la lluvia sobre sus tejados seguramente sonó como un acto de misericordia enviado desde el cielo.

San Antonio era una población necesitada de gracia divina. Fundada en 1718, poco más de un siglo antes, estaba asentada en un trecho de tierra entre el río San Antonio al este y el riachuelo de San Pedro al oeste. El pueblo original se había construido alrededor de una instalación militar conocida como presidio, que resguardaba las cinco misiones católicas que establecieron los españoles a lo largo del río San Antonio para atender a los indios del lugar. Fue creciendo por rachas a lo largo del siglo XVIII y funcionaba como la capital provisional de Texas, la provincia más remota de la lejana frontera noreste de Nueva España. Sin embargo, a pesar de su estratégica ubicación en la frontera, San Antonio siempre había languidecido en aislamiento, pues las autoridades españolas de Monterrey y la ciudad de México se rehusaban a invertir recursos significativos en la región y sólo enviaban tropas y abastecimientos suficientes para mantener viva su presencia militar en Texas. Asnicamente podían encontrarse otros dos puestos de avanzada en todo Texas: Nacogdoches y La Bahía, que estaban en peores condiciones que San Antonio. En definitiva, la agobiante pobreza que padecían los españoles en Texas revelaba lo mucho que se había deteriorado la situación a lo largo de la frontera norte de Nueva España durante los años anteriores a la revuelta de Miguel Hidalgo. Cuando en 1803 el gobernador de Texas elaboró un informe sobre la región, su evaluación de San Antonio fue sombría. Se lamentaba de que la villa “carecía absolutamente de comercio y de industria” para mantener a su modesta población de 2,500 habitantes y si no hubiese sido por un puñado de cazadores que les suministraban carne de búfalo “la mayoría de las familias perecerían en la miseria”.

Si durante el siglo XVIII San Antonio no logró progresar, en el siglo XIX fue devastado. Cuando estalló la guerra de independencia en México, a principios del siglo XIX una banda de rebeldes tomó el pueblo en 1813 y ejecutó al gobernador. Como represalia, las autoridades españolas lanzaron una sangrienta campaña militar para recuperar la región y asesinaron a cientos de sospechosos de rebeldía en San Antonio, además de provocar que cientos de pobladores buscaran salvar su vida huyendo hacia el campo. Quienes sobrevivieron a la despiadada confirmación de la autoridad española vivieron sitiados desde entonces. Envalentonados por la debilidad de San Antonio, los comanches y los apaches emprendieron una interminable serie de ataques que desangraron a los españoles de lo poco que les quedaba de caballos, ganado y cosechas. Para 1819, las guerras, la sequía y la hambruna habían reducido a la población de San Antonio a tan sólo mil seiscientos habitantes, casi mil personas menos que las que vivían ahí tan sólo dos décadas antes.

Sin embargo, en esa tarde de julio de 1819, finalmente llegaron las lluvias. Y continuaron durante toda la noche, aunque cayendo demasiado rápido para el suelo endurecido por la sequía. Desde el lecho de los riachuelos poco profundos pronto empezaron a canalizarse torrentes de agua a borbotones hacia el río San Antonio, que aumentaba de fuerza y velocidad conforme avanzaba hacia el sur, a la aldea. Al alba, el río, que se enroscaba alrededor del este de San Antonio, empezaba ya a desbordarse en la ribera. Una pared de agua irrumpió en el norte de la aldea poco después de las seis de la mañana, precipitándose sobre las calles a una velocidad aterradora. El único puente que cruzaba el río empezó a crujir por la fuerza de la marea creciente antes de despedazarse. El agua continuó avanzando con fuerza, anegando cada calle y plaza, antes de unirse al arroyo de San Pedro en la remota parte oeste de San Antonio. Casi tan pronto como comenzó la inundación, ya no había aldea, sólo quedó un río ancho y furioso que lo absorbió todo.

El gobernador Antonio Martínez despertó con el agua que se filtraba a su casa. El anciano patriarca inmediatamente empezó a mover documentos y a su familia para salvarlos, pero el agua avanzaba con demasiada rapidez. Cuando tres cuartas partes de la casa estaban ya bajo el agua, indicó a su familia que abandonara el hogar. Mientras vadeaba por las calles inundadas, Martínez apenas podía comprender la escena. Cada avenida se había transformado en un río furibundo que arrasaba con hombres y mujeres que gritando y agitándose intentaban desesperadamente llegar a un lugar seguro. Aquellos que tenían la suerte de atrapar la rama de algún árbol se trepaban a la cima en busca de refugio. Otros, incapaces de alejarse del agua, se quitaban la ropa a tirones para evitar ser arrastrados hacia el fondo. La fuerte corriente había incluso arrancado las casas de las amarras de sus cimientos. Las familias más pobres de San Antonio vivían en destartaladas chozas de madera llamadas jacales, construidas de vigas repelladas con lodo y barro. Martínez observaba, impotente, cómo la corriente destruía los jacales, a menudo con las familias dentro. Según recordaba después, sólo miraba mientras las “casas empezaban a desaparecer y únicamente quedaban fragmentos flotando que indicaban el desastre que las había rebasado”. El gobernador ordenó a sus soldados que sacaran del agua a todos los que pudieran y mandó a los mejores nadadores a rescatar a las personas que se habían refugiado en la copa de los árboles. Pero la lluvia seguía cayendo, de modo que Martínez decidió abandonar la aldea antes de que el agua subiera más. Ordenó a todos los sobrevivientes que lo siguieran y encabezó una marcha hacia las colinas de las afueras de San Antonio, donde se acurrucaron bajo los árboles. Y de pronto, tan rápidamente como llegaron, las aguas empezaron a retroceder.

Cuando los sobrevivientes regresaron, revisaron la extensión de la destrucción. En 1819 San Antonio estaba dividida en cuatro vecindarios que correspondían a grandes rasgos a las direcciones de una brújula. Los vecindarios del norte y del sur eran las áreas más viejas de la población, donde vivían las familias con mejores relaciones políticas, y que de algún modo se habían salvado de los peores daños. Aunque en el norte y el sur había casas inundadas, la mayoría habían quedado intactas. Al parecer la inundación había concentrado su furia en los más vulnerables.

 

Escena en San Antonio, 1879

Escena en San Antonio, 1879

 

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario

Entre Sevilla, La Habana y Orizaba Una fábrica de cañones del siglo XVIII

Entre Sevilla, La Habana y Orizaba Una fábrica de cañones del siglo XVIII

Eder Antonio de Jesús Gallegos Ruiz
Universidad Pablo de Olavide, Sevilla
Revista BiCentenario #16

El estado del armamento en la Nueva España dejó mucho que desear desde principios del siglo XVIII, pues no eran pocas las dificultades de la península para surtir al Nuevo Mundo. Los extensos territorios debían cubrirse con una Real Armada en mal estado, una burocracia ineficiente, las inclemencias del tiempo en los viajes transatlánticos y la escasez en las fundiciones de la metrópoli, que apenas podían hacer frente a sus propias exigencias.

Si a esto se suma la especulación por la abundancia y el costo de metales en América, obtendremos un resultado desastroso. Por ello, la Corona planeó la construcción de una maestranza de Indias, fábrica que dotara de artillería a la América septentrional y el Caribe, como una forma de complementar los envíos tradicionales.

El virrey Baltasar de Zúñiga había previsto desde 1717 la imperiosa necesidad de la tecnología artillera en los territorios del actual México. Por ello pidió el envío de dos fundidores expertos, a fin de erigir una maestranza para la construcción y reparación de nuevas piezas de armamento, según la disponibilidad y el bajo costo de los metales en el territorio. Su petición fue expedida dentro de una carta personal a Felipe V con fecha 11 de junio y se le respondió el 3 de enero de 1718 con la orden de envío de un operario, facultado para la edificación de una o dos fábricas de cañones.

Sin embargo, no sería sino hasta dos años des- pués que un fundidor de la maestranza de Pamplona llamado José Escartín, estaría dispuesto a ir a la Nueva España, no sin antes establecer un contrato con la Corona en el que se estipulaban las condiciones para su pago, fletes, viáticos para él y su familia, la designación de tres ayudantes y su reconocimiento como Maestro Mayor Fundidor. Tras su llegada a Veracruz, Escartín decidió peinar la zona, pues consideraba que la maes- tranza debería erigirse estratégicamente en las proximidades del puerto, escogiendo dos caseríos ubicados en la calle de Tres Cruces en la villa de Orizaba.

Fue el primer intento de la recién entronizada casa real de los Borbones por introducir una tecnología que mejoraba a pasos agigantados. Pero los beneficios para el erario público no eran muy obvios y, al parecer, el peligro aún no parecía acuciante como para generar tales gastos, estimados según los fundidores auxiliares y los maestros carpinteros en $63,197 pesos de antaño, sin incluir $2 mil pesos del costo de dos hornos de fundición y gastos posteriores, como madera para las cureñas y carbón destinado a los hornos de fundición.

De allí que en 1722 el virrey decidiera cancelar el proyecto, presionado además por una carta de José del Campillo (secretario de José Patiño, Intendente General de la Marina y el Ejército), donde éste dejaba entrever que existiría una nueva instrucción para erigir la fabrica, no en Orizaba, sino en La Habana. Posteriormente se aclararía que todo había sido un malentendido, pero la vicisitud alimentó el escepticismo sobre la viabilidad del proyecto por parte de Juan de Acuña, el nuevo virrey, quien se inclinaba más por el tradicional sistema de envíos de artillería desde Sevilla.

 

De este curioso antecedente podemos inferir que, si bien la especulación sobre la calidad, abundancia y bajo costo de metales en el territorio novohispano (cobre y estaño para fabricar artillería de bronce) desde la península eran clave para las propuestas a favor, existía en contra un aparato burocrático que, en la práctica, solo generaba confusiones y superposición de mandos, escasez de operarios españoles dispuestos a trasladarse a las Indias y segregación en los mandos militares, provocando la ausencia de auxiliares novohispanos con conocimientos previos.

ImA?genes integradas 1

La caída de La Habana en 1762 y la cesión de Florida a Inglaterra en 1763 volvió la defensa militar una empresa capital en la agenda de la Corona. Así, habiendo transcurrido 46 años de haberse descartado el primer proyecto, el virrey marqués de Croix volvería a pensar en construir una fábrica de artillería próxima al golfo de México, para auxiliar al Caribe y defender a la Nueva España de la gran invasión terrestre que se pensaba inminente.

El virrey dio la orden en 1768 al gobernador de Veracruz Félix de Terras, para prestar toda su ayuda al fundidor español Francisco de Ortúzar, a fin de que reconociera el sitio adecuado para el nuevo proyecto de maestranza en las inmediaciones del puerto de Veracruz. Tras recorrer 25 leguas alrededor de esta población, acompañado del capitán de artillería peninsular Andrés Sanz, siguieron hacia el camino de Jalapa sin examinar Orizaba y determinaron que el lugar idóneo era un sitio llamado Molino de Villa a dos leguas del Camino Real de Perote y 30 de Veracruz. Pero no se llegó a una resolución definitiva, pues sólo se les había designado para reconocer la zona.

En una nueva expedición ordenada por el virrey Antonio de Bucareli en septiembre 1776, Ortúzar, esta vez con el español Diego Ponce, director de las obras de construcción de la nueva fortaleza de San Carlos en Perote, ratificaron la locación anterior. El dilema era entonces saber si se trataba de hacer una maestranza temporal o permanente. Se pensó que, de ser provisional, con situarse en Molino de Villa hubiera bastado para el traslado de las piezas de artillería. Sin embargo, en caso de ser permanente, el terreno sinuoso obligaba a trazar dos caminos, de entrada y salida, así como una vía fluvial para dar mayor facilidad al traslado de cañones al puerto de Veracruz.

 [...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario

PARA SABER MÁS:

  • CHRISTEN JÖRGENSEN et al., Técnicas bélicas del mundo moderno, 1500-1763. Equipamiento, técnicas y tácticas de combate, Madrid, Libsa,
  • 2007. JUAN ORTIZ ESCAMILLA, El teatro de la guerra. Veracruz: 1750-1825, Xalapa, Universidad Veracruzana/Universitat Jaume I, 2010.
  • EULALIA RIBERA CARBÓ. Herencia colonial y mo- dernidad burguesa en un espacio urbano. El caso de Orizaba en el siglo XIX, México, Instituto Mora, 2002.
  • GUILLERMINA DEL VALLE PAVÓN, “Ocupación y especialización en la villa de Orizaba en 1791” en CARLOS CONTRERAS CRUZ y CARMEN BLÁZQUEZ DOMÍNGUEZ (coords.), De costas y valles. Ciudades de la provincia mexicana a finales de la colonia, México, Instituto Mora- Universidad Veracruzana-Conacyt-BUAP, 2003.
  • “Museo de la Real Fábrica de Artillería” en http://www.youtube.com/watch?v=t21ECDfVA4c&feature=related