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Sumario #16

BiCentenario #16

Editorial

Correo del lector

ARTÍCULOS

Entre Sevilla, La Habana y Orizaba: Una fábrica de cañones en el siglo XVIII

Eder Antonio de Jesús Gallegos Ruiz

La gran inundación de San Antonio de Béxar

Andrew J. Torget

Mujer de altos vuelos

María de los Ángeles Avelar Mayer

Intrigas y pasiones, el oro frente a la batalla del 5 de mayo

Rosalía Martha Pérez Ramírez

La celebración del Centenario del Natalicio de Benito Juárez en Jalapa, Veracruz (1905-1906)

Rogelio Jiménez Marce

De fotógrafos y fotografías en Campeche

José Manuel Alcocer Bernés

Esta fue su bandera

María Eugenia Arias Gómez

Mujeres “incorregibles” y el Hospital Morelos en tiempos posrevolucionarios

Rosa Lili Salguero Báez

DESDE HOY

¿Quién triunfará en los comicios de 2012?

Diana Guillén

DESDE AYER

Testimonios

Carta desde Nuevo México

Alexander B. Dyer

Imágenes

La capirotada en México en los siglos XIX y XX

CUENTO

El jusilado

Armando Alanís

ARTE

Una capital porfiriana: Mérida à la parisienne (1860-1914)

ENTREVISTA

Taxi Libre(ría)/ entrevista a Juan Manuel Landeros Romero

Guadalupe Villa Guerrero

Taxi Libre(ría). Biblioteca sobre ruedas

Juan Manuel Landeros en su taxi libre(ría)

Juan Manuel Landeros en su taxi libre(ría)

 

En los años 20, cuando José Vasconcelos fungió como secretario de Educación Pública, inició un proyecto alfabetizador a través de las Misiones Culturales Rurales cuyo propósito subrayaba el papel de la educación en el cambio social. El flamante funcionario consideró que el trabajo desarrollado no tendría ningún sentido sin dotar de lecturas a los ya alfabetizados y concibió un plan editorial masivo de literatura universal destinado a promover el crecimiento personal de los lectores.

Obras de Romain Rolland, Goethe, Rabindranath Tagore, Dante, Tolstoi, Esquilo, Eurípides, Homero y Plutarco, entre otros, se destinaron mayoritariamente a las bibliotecas públicas y la intención fue que llegaran hasta los más apartados lugares en los que hubiera escuelas rurales. El costo de la producción fue de 94 centavos y el precio final de venta al público un peso. 

La selección bibliográfica del señor secretario fue celebrada por unos y criticada por otros al considerar que gente no avezada en la lectura difícilmente podría entender y concluir cualquiera de dichas lecturas. Sin instrumentos confiables de medición, difícilmente podremos saber, más allá del mítico proyecto educativo vasconcelista, el impacto real que tuvo. El año pasado, como parte de las conmemoraciones por el nonagésimo aniversario de la Secretaría de Educación Pública (sep), se reeditaron aquellos clásicos “popularizados” por Vasconcelos. 

Desde aquel entonces, no han cesado los esfuerzos por convertir a México en un país de lectores, como lo demuestran los gobiernos de las últimas tres décadas, encabezados por Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón. Este último mandatario afirmó que la falta de lectura en nuestro país es un problema crónico. ¿En dónde radica el fracaso de casi treinta años de intentos fallidos, para que los mexicanos leamos más y mejor? La Ley de Fomento para la Lectura y el Libro ¿correrá con buena fortuna?

En un pasado reportaje sobre ¿Qué se lee en México? la premiada escritora y periodista cultural Magali Tercero señaló que los mexicanos sí leen y mucho, pero lo que eligen está lejos de la literatura. El ejemplo puesto por ella muestra que anualmente se venden casi 42 millones de ejemplares de El libro vaquero, mientras que el 60 por ciento del tiraje de autores como el escritor brasileño Rubem Fonseca tiene como destino la trituración.

La pregunta obvia es ¿por qué en lugar de hacer “picadillo de libros” las editoriales no donan sus excedentes a las bibliotecas? La respuesta es porque es tan engorroso el procedimiento legal que prefieren pasarlos por la guillotina. Los libros tienen una dualidad contradictoria: son bienes culturales y a la vez mercancías que tienen como todo producto industrial un ciclo comercial de vida: después de sus diversas ediciones, experimentan distintos precios de descuento, saldos y remates, y es muy costoso almacenar los ejemplares invendidos; la ley fiscal permite su destrucción. 

Volvemos al punto de partida ¿qué lee la gente? ¿Se puede cuantificar la lectura? La respuesta es ¡no! Se pueden cuantificar los libros más no la lectura ni los lectores. Tenemos que considerar que hay obras cuya circulación es casi infinita, va de mano en mano. Los libros se recomiendan y se compran o se prestan. La primera forma es medible, la segunda imposible.

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (unesco) recomienda para el sano desarrollo de la sociedad leer mínimo cuatro libros al año, pero la misma Magali Tercero refiere mucha gente prefiere adquirir revistas de lectura rápida porque están llenas de ilustraciones o imágenes que las hacen más atractivas, sin importar su calidad.

Otro aspecto que se ha destacado es que los libros buenos no siempre son los que se venden. El éxito comercial depende, en estos tiempos, de la promoción o la publicidad que se le de en los medios: radio, televisión, internet, prensa. Lo único cierto es que desconocemos cuáles libros se leen, cuántos, cómo y con qué frecuencia. Son muchos los fenómenos que ocurren alrededor de las publicaciones que, además, cuentan en su haber con mala distribución, mal que aqueja a editoriales comerciales, gubernamentales y universitarias. 

Una de las personas entrevistadas por Magali Tercero, señala que es difícil decir qué se debe leer, de acuerdo a los cánones culturales. Para lo que necesita la industria editorial, hay muy pocos compradores: “te lo demuestran nuestras deplorables librerías. Hay millones de mexicanos que no consideran que la librería sea algo tan importante como cualquier otro lugar de esparcimiento”. 

¿Será esa una de las razones por las que varias librerías han cerrado? En el Distrito Federal, dicen las estadísticas, hay un 70 por ciento menos de las que había hace 30 años. En Estados Unidos, Barnes & Noble, prestigiosa cadena de librerías, clausuró uno de sus mayores locales en la ciudad de Nueva York. Aparentemente el fenómeno es debido al impacto del libro electrónico. ¿Está destinado a desaparecer el libro impreso? ¿Será acaso una combinación de nuevas tecnologías y piratería? En México, de acuerdo a la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (caniem), dos de cada diez libros son pirateados o reprografíados. ¿Cuáles son las obras pirateadas? ¿Cuál es su nicho de lectores? 

En la actualidad se producen volúmenes importantes con temas esotéricos, de superación personal, autoayuda, “exigencias del mercado creado por lectores”. Como bien señala Magali, los hábitos de lectura no son responsabilidad de la industria. Probablemente aquellos temas tengan que ver con la situación por la que está pasando nuestro país: ¿a quién invocar para superar la crisis económica, política y social? ¿Cómo superarnos para conseguir un mejor nivel de vida? ¿Cómo no caer en la depresión? Estos asuntos tienen que estar íntimamente ligados a requerimientos y necesidades muy puntuales.

Un diario español publicó que “uno de los grandes problemas actuales es la sobreoferta de lectura, lo que hace que el público se paralice y al final no escoja nada ni lea nada”. De ahí quizá que editoriales como Taurus orienten con libros como Todo lo que hay que leer.

La promoción de la lectura se está dando, en algunos casos, de manera ingeniosa. En algunos países de Latinoamérica se están desarrollando políticas públicas para promover la lectura y aunque no sabemos a ciencia cierta qué tan exitosas han sido, algunas se asemejan a las que se están efectuando en México, por ejemplo en Argentina existe el proyecto “Vagón Biblioteca del Subte Metrovías” y hay otro que es conmovedor, el de los abuelos lectores.

Cualquier esfuerzo que se haga en pro de la lectura es encomiable, pero desde luego convendría analizar de manera seria y profunda los porqués del reiterado fracaso de cuanta campaña se ha instrumentado. 

Leer, sí. Pero ¿qué, para qué, por qué? Estas preguntas siguen buscando respuestas, no obstante las reiteradas campañas instrumentadas en pro de la lectura durante los últimos treinta años. 

Pero lo que aquí quiero resaltar es que en México, además de las políticas educativas gubernamentales, hay esfuerzos paralelos que deben conocerse y reconocerse, como la muy original y creativa idea del “Taxi-Libre(ría)”, sobre la cual nos cuenta su promotor principal, Juan Manuel Landeros Romero. 

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Guadalupe Villa Guerrero 

Instituto Mora

Me llamo Juan Manuel Landeros Romero, soy originario de la Ciudad de México. Mi madre fue Rita Romero Rosales y mi padre es José Rosario Landeros Oria; provengo de una numerosa familia, somos diez hermanos.

A mí me surgió el gusto por la lectura desde que estaba cursando la secundaria. Las recomendaciones de los maestros fueron determinantes porque, en casa, mis padres no eran lectores, aunque mi papá solía llevarme a una biblioteca de Tlalpan, ubicada en San Fernando. Yo si les he inculcado a mis hijos el interés y gusto por la lectura. Prefiero sobre todo, como género, las novelas y los cuentos.

Cuando entré a la vocacional ya era un buen lector, porque compraba obras en una librería de viejo que estaba también en Tlalpan, en la calle de Once Mártires: Crimen y Castigo de Fedor Dostoievsky, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, son algunos de mis libros preferidos.

Estudié la licenciatura en contaduría en la Escuela Superior de Comercio y Administración (ESCA) de Tepepan, y ejercí mi carrera como contador público a nivel gerencial en una empresa, sin embargo luego de 35 años me liquidaron. Con el dinero obtenido intenté poner un negocio que no prosperó y entonces opté, desde 2006, dedicarme al taxi.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 11.11.11La idea del Taxi Libre(ría) me surgió porque el tránsito y el estrés son frecuentes para quienes se transportan en la ciudad de México. Al prever la situación, decidí hacer placentero el trayecto de los pasajeros, por lo que instalé “Taxi Libre(ría)”. Pensé en agregarle un plus a mi servicio para que los pasajeros no se aburrieran y debido a que soy aficionado a la lectura, se me ocurrió compartir con ellos el gusto por los libros. De este modo interactúo con las personas y ayudo a que ambos, pasajero y chofer, tengamos una plática amena en donde aprendamos algo nuevo cada día.

Este proyecto, que también se denomina “textoservidores”, está integrado además por José Luis Landeros Romero, Ulises Landeros Enríquez, Iván Landeros Servín y Mauricio Sánchez Romero.

Muchas personas piensan que los pasajeros no cuentan con el tiempo suficiente –entre uno y otro trayecto– para “engancharse” en la lectura de una obra, pero están equivocados. En términos culturales mi idea ha sido un éxito, pues la mayoría de los pasajeros muestran interés por el cartel del Taxi Libre (ría) que está colocado en el respaldo del asiento del copiloto, ahí pueden ver la lista de títulos que recomiendo: El libro vacío, Un hilito de sangre, El frágil latido del corazón de un hombre, Los ojos de los hombres, 52 tips para escuchar a Mozart, La ira de Dios es mayor y Los tamaños del amor.

Entre los cinco integrantes del proyecto decidimos la selección de estos títulos, porque hemos leído a estos autores, nos pareció que tienen calidad en su escritura y no son tan conocidos como Octavio Paz, Carlos Fuentes o Elena Poniatowska.

La reacción de la gente cuando se da cuenta de que abordó una biblioteca ambulante es de sorpresa y de agrado. Recuerdo que el primer día, por la mañana, una señora de mediana edad abordó el taxi, observó el cartel y dijo:

–¿Esto lo traen todos los taxistas, o solamente usted?

–Por el momento, sólo yo, contesté.

–Oiga ¡es una excelente idea! –exclamó–. Es la primera vez que veo en un taxi que el chofer trae libros. Lo había visto en el metro con el programa “Para leer de boleto”. ¡Qué bueno que se le ocurrió! Ojalá que haya más taxistas que hagan lo mismo, porque si algo nos hace falta es leer.

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Una capital porfiriana. Mérida “à la parisienne” (1860-1914)

Emiliano Canto Mayén / Universidad Autónoma de Yucatán

BiCentenario #16

Quinta Montes Molina, en el Paseo Montejo

Quinta Montes Molina, en el Paseo Montejo

La ciudad de Mérida, se modernizó a la francesa a finales del siglo XIX y principios del XX. Se afirma lo anterior, debido a que la élite política y cultural yucateca rompió, en este periodo, con las características más emblemáticas de esta urbe de origen colonial y reemplazó esta tradición constructiva con las ideas y preceptos de la metrópoli francesa. Así, el trazado de las calles dejó de ser el que se había cumplido religiosamente desde su fundación, las residencias se ornamentaron con motivos arquitectónicos neoclásicos y los espacios y dependencias públicas se volvieron laicos. En esta misma lógica, la infraestructura, los servicios y medios de transporte que se introdujeron entre 1860 y 1914 buscaron hacer de la Ciudad Blanca una capital limpia, ordenada y cómoda y pregonaron que, en esta localidad, se gozaba del mismo desarrollo que en los países más avanzados.

Para entender cabalmente cómo se inició este cambio, es necesario relatar la introducción de elementos franceses en nuestro país y cómo se fueron adoptando éstos en la región henequenera y en su capital, a fines del siglo XIX y principios del XX.

Lo francés en México

El afrancesamiento de las élites en México representa la expansión del cosmopolitismo. Ideología ecuménica que se recuerda en nuestra república, entre otras razones, por sus anhelos de obtener el ingreso de nuestro país al catálogo de los llamados países civilizados.

Con respecto a las prácticas que lo distinguen, el afrancesamiento consistió en el aprendizaje de la lengua de Molière, la adopción de modas parisinas y la construcción de paseos, edificios públicos, monumentos y mansiones de estilo neoclásico que rompían con el centenario cuño criollo de la ex colonia hispánica.

Las primeras manifestaciones mexicanas de estas prácticas, se registraron en el siglo XVIII. A inicios de esta centuria, ascendió al trono de España la familia Borbón, casa reinante que implantó en Madrid una corte similar a la de Versalles. A causa de este cambio dinástico, los virreyes nombrados para la Nueva España, trajeron consigo arquitectos, artistas, cocineros y sastres afrancesados, con el deseo de mejorar su estadía en la Ciudad de los Palacios.

Palacio Cantón, en el Paseo Montejo

Palacio Cantón, en el Paseo Montejo

Posteriormente a estos antecedentes, el conocimiento y gusto por lo francés incubó como larva entre las élites. Esto se debió a que las prohibiciones, motivaron que los postulados filosóficos y políticos de los pensadores ilustrados, solo se discutieran en el íntimo ámbito de la vida privada, cautela que se recrudeció, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, por la reacción en contra de la Revolución francesa y sus secuelas napoleónicas.

El germen del afrancesamiento mexicano se desarrolló después de la Independencia, debido a que toda prohibición cesó con el fin del dominio hispano y a causa de que los puertos y mercados nacionales abrieron sus rutas y escaparates a las mercancías extranjeras. Esta apertura inauguró un proceso de cambio en los hábitos, vestimenta y espacios de la vida cotidiana, en donde los antiguos modelos criollos cedieron ante la imitación y adopción de galicismos y modas importadas de la Ciudad Luz.

La Mérida Porfiriana

Durante el siglo XIX, el desarrollo material y político de Francia fue admirado en América Latina como la cúspide de la elegancia y del progreso. En esta centuria en la cual el vapor, el hierro y la electricidad extendieron sus adelantos a través del hemisferio occidental, París se convirtió en la ciudad moderna por excelencia.

Lo anterior se debió a que las universidades, los hospitales, la iluminación, el drenaje, el metro, el cine y demás adelantos que tuvieron como cuna la Ciudad Luz, fueron proyectados al mundo en las exposiciones universales y permitieron, a su vez, que se erigiera en hierro, el más increíble monumento al progreso humano: la Torre Eiffel.

En nuestro país, el afán del gobierno porfiriano y la sociedad civil por igualar a las capitales de las naciones consideradas “civilizadas”, motivó la remodelación de los espacios públicos y privados de la ciudad de México y de las principales localidades estatales. A causa de este afán modernizador, la capital del estado de Yucatán acogió durante la llamada Bella Época, la influencia francesa que se extendió a través de todo el mundo occidental.

Residencia porfiriana El Pinar, en la calle 60

Residencia porfiriana El Pinar, en la calle 60

Dos factores primordiales provocaron el despliegue del afrancesamiento en Mérida: en lo político, esta ciudad fungía como la capital de Yucatán desde su fundación, en 1542, y en lo económico, las fabulosas ganancias del henequén –industria que alcanzó su auge a finales del siglo XIX– se invirtieron en construcciones y mejoras materiales que embellecieron a esta urbe.

A lo largo del periodo que va de 1860 a 1914, Mérida registró un crecimiento sin precedentes. Entre 1860 y 1870, distintos gobiernos yucatecos, ante la imposibilidad de disponer de fondos para construir edificios ex profeso, fundaron el Hospital General en un convento abandonado, el Instituto Literario de Yucatán en la sede del Comisariato imperial de Yucatán y el Instituto Literario de Niñas en el ex convento de monjas concepcionistas.

En la siguiente década, en el porfiriato temprano, se inauguró un periodo constructivo inédito: en cuanto a la obra pública, se comenzó a erigir un nuevo palacio de gobierno (1879–1892), se inauguró el servicio de tranvías entre los suburbios meridanos (1880), se concluyó el ferrocarril Mérida–Progreso (1881) y se proyectó el Paseo Montejo (1888–1906).

Residencia de la familia Regil de Peón, en el Paseo Montejo

Residencia de la familia Regil de Peón, en el Paseo Montejo

Entre 1886 y 1889, las líneas férreas y telegráficas (y alguna que otra telefónica) se extendieron de la capital peninsular hacia Temax, Campeche, Valladolid, Espita y Tizimín y comenzó a funcionar la primera planta eléctrica que iluminó las cuadras en torno a la Plaza Grande.

En esta época, los liberales yucatecos tuvieron una manía por rebautizar el nombre de lugares públicos con el de próceres de la Guerra de Castas y de la lucha contra el Segundo Imperio, las calles y las poblaciones del interior del estado recibieron el nombre de militares y políticos distinguidos, el teatro de San Carlos se renombró José Peón Contreras (1879), el Hospital General se llamó Agustín O’Horán (1883) y las plazas de los barrios recibieron apelativos como Andrés Quintana Roo (barrio de Santa Anna) o Vicente María Velázquez (barrio de San Juan).

Ya en las postrimerías del porfiriato, las plazas se embellecieron con estatuas como las de Manuel Cepeda Peraza (1895), Justo Sierra O’Reilly (1906) y Benito Juárez García (1910), y los edificios emblemáticos de la urbe yucateca se decoraron con bustos de próceres como Agustín O’Horán, José Peón Contreras, Olegario Molina Solís, Norberto Domínguez Elizalde, Crescencio Carrillo Ancona, Rita Cetina Gutiérrez, Porfirio Díaz y Francisco Cantón entre muchos otros.

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Carta desde Nuevo México. Alexander B. Dyer

Gerardo Alcalá Dyer / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM 

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Alexander B. Dyer

A menos de un año de la declaración de guerra contra México por parte del Congreso de Estados Unidos, tuvo lugar la ocupación de las provincias del noroeste de México por este país: Nuevo México y California, en los primeros meses de 1847. El mando del ejército que invadiría la primera fue confiado al general Stephen Watts Kearny, un veterano que se había distinguido en la guerra de 1812 contra Gran Bretaña. Como medida preparatoria para su avance hacia territorio mexicano, Kearny publicó una proclama el 22 de agosto de 1846, anunciando su intención de buscar la alianza con, y mejorar la condición de sus habitantes. Éstos eran una mezcla seudo civilizada de españoles e indios, en ese entonces bajo la completa influencia de Manuel Armijo, el gobernador de Nuevo México, quien había reunido una fuerza compuesta por indios y unos cuantos soldados regulares, en un cañón cercano a la capital, Santa Fe, para detener el avance del enemigo. Sin embargo, no llegó a dar la batalla pues el miedo lo dominó y huyó de manera precipitada, dejando a la provincia desprotegida ante la invasión. 

Sin hallar resistencia alguna, Kearny tomó posesión de Santa Fe el 15 de agosto. Erigió allí un fuerte para una guarnición de 250 hombres y estableció un gobierno civil semejante al de los territorios de Estados Unidos. Fue así que, en un periodo de 100 días, se las había arreglado para reunir y organizar a sus tropas, marchado 1,600 km, adquirido una nueva posesión y establecido en ella el gobierno estadunidense. México, en cambio, había perdido un territorio. Kearney se dirigió después hacia California. 

Todo pareció continuar armoniosamente en Nuevo México hasta el 15 de diciembre, cuando el coronel Sterling Price, quien estaba al mando, recibió informes de una próxima insurrección, la cual en efecto estalló el 14 de enero de 1847. Congregando sus fuerzas con rapidez, Price partió al valle de Taos con 350 efectivos, y el 24 rastreó y encontró a 1,500 insurgentes cerca del pueblo de Santa Cruz de la Cañada. Poco después, con el refuerzo de los dragones del capitán John Burgwin, marchó a través de pasos escabrosos y profundas capas de nieve rumbo al pueblo de Taos, el cual tomó por asalto el 14 de febrero con una cuantiosa baja de mexicanos. 

La siguiente carta de Alexander Brydie Dyer, en ese entonces teniente de artillería del ejército invasor, nos ilustra, entre otros aspectos, acerca del pensamiento de un soldado estadunidense situado en Nuevo México respecto a la guerra, así como sobre los sucesos ocurridos en las semanas posteriores a la toma del pueblo de Taos, y la represión del complot para acabar con los invasores. Nos brinda también detalles acerca de los ataques que las tribus indígenas de Nuevo México emprendían contra los convoyes militares y cómo su relación con las nuevas autoridades estadunidenses se tornaba cada vez más tensa. A lo largo de la carta, Dyer puso énfasis en la disciplina y la superioridad del ejército al que pertenecía, en comparación con el ejército enemigo. En esta carta, así como en otros escritos que elaboró durante su estancia en Nuevo México, califica a los mexicanos de ignorantes y pobres diablos, considerando que no merecían el privilegio de convertirse en ciudadanos estadunidenses. Se hacía vocero, de esta manera, de la ideología del “Destino manifiesto”, que veía a las poblaciones al sur del río Bravo como racial y culturalmente inferiores.

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¿Quién era el autor de esta carta? Alexander Brydie Dyer nació el 10 de enero de 1815, en Richmond, Virginia. A temprana edad había adquirido una buena educación primaria, sentando así bases formativas que le servirían en el futuro. A los 18 años de edad, apoyado por el general William H. Ashley, un integrante del Congreso por parte del estado de Missouri, Dyer fue designado cadete, y el 1º de julio de 1833 ingresó a la Academia Militar de West Point, en la cual se graduó años más tarde como sexto de su clase. El 1º de julio de 1837 fue promovido al rango de teniente segundo en el tercer regimiento de artillería, con el que desempeñó labores en el Fuerte Monroe, Virginia, y durante la segunda guerra contra los indios seminolas en Florida. A partir de la ampliación del Departamento de Ordenanza, el 9 de julio de 1838 fue transferido a él, y desempeñó labores en varios arsenales hasta los años de la guerra con México. En este conflicto no tuvo la suerte de servir bajo las órdenes de los generales Zachary Taylor o Winfield Scott, en cualquiera de las grandes líneas de invasión. Asignado a una esfera de menor actividad militar, fue en cierto modo recompensado, a pesar de ser apenas teniente segundo, con el nombramiento de jefe de Ordenanza del ejército que ocupó Nuevo México. Al aceptar este cargo, Dyer asumió la responsabilidad de garantizar el abastecimiento de armas y municiones para las tropas de ocupación. A. B. Dyer demostró tal energía, fervor y habilidad en el manejo de la artillería que el 16 de marzo de 1848, cuando el conflicto aún no se había terminado, fue ascendido al grado de capitán, por su valiente y meritoria conducta.

Trece años después de la salida de las tropas invasoras de la república mexicana y, ante la amenaza de secesión por parte de los estados del Sur, se vio obligado a elegir entre la Confederación y la Unión. A pesar de haber nacido en Virginia, un estado sureño, no dudó en jurar lealtad a la segunda. No le fue fácil pues, en un principio, fue calumniado por su origen. Sin embargo, todas las calumnias y las sospechas cedieron ante la incansable industria y la eficiencia que Dyer demostró en todos los departamentos que tuvo bajo su mando. Así, el 21 de agosto de 1861 el Congreso no encontró razones para no otorgar a un sureño el mando de la Armería de Springfield, Massachussetts, en ese entonces uno de los más importantes centros de producción armamentística de Estados Unidos. El modo en como desempeñara tal cargo determinaría en gran medida el triunfo o la derrota de la Unión. No decepcionó a la última, pues mientras sirvió como superintendente de la Armería, sus instalaciones se ampliaron y la calidad del personal mejoró notablemente. Estos aspectos se vieron reflejados en la producción, que se cuadruplicó a mil rifles por día. Desempeñó el cargo hasta el 12 de septiembre de 1864, día en que, con el rango de general brigadier, fue nombrado jefe del departamento de Ordenanza a nivel federal, con la responsabilidad de supervisar la producción y distribución de armamento, así como la modernización de las instalaciones para el aumento de la producción de armas cortas y municiones. Al término de sus labores en Springfield, 3 mil oficiales y empleados le otorgaron como felicitación por haber sido promovido a jefe de su departamento una charola de plata de 82×50 cm, con una imagen grabada de la Armería. 

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El 13 de marzo de 1865, un mes antes de ser asesinado, el presidente Lincoln, quien lo estimaba grandemente, le confirió el rango de general de división del ejército de Estados Unidos, por sus fieles, meritorios y distinguidos servicios en el departamento de Ordenanza durante la guerra civil, cargo que desempeñó hasta su muerte, el 20 de mayo de 1874. Dyer fue inhumado en el Cementerio Nacional de Arlington, Virginia. Yacen en la misma tumba su esposa, Elizabeth Allen Dyer y 4 de sus 6 hijos. 

La carta que sigue, dirigida por Dyer al coronel George H. Talcott, se localiza en la sección de Documentos Familiares (colección 2087), en la División de Manuscritos y Colecciones Raras de la biblioteca de la Universidad de Cornell, en Nueva York. 

 

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16. Esta fue su bandera

María Eugenia Arias Gómez / Instituto Mora

BiCentenario #16

Mire, señor Madero, si yo, aprovechándome de que estoy armado, le quito su reloj y me lo guardo, y andando el tiempo nos llegamos a encontrar, los dos armados con igual fuerza ¿Tendría derecho a exigirme su devolución?Sin duda, le dijo Madero; incluso le pediría una indemnizaciónPues eso, justamente termina diciendo Zapata, es lo que nos ha pasado en Morelos, en donde unos cuantos hacendados se han apoderado por la fuerza de las tierras de los pueblosMis soldados (los campesinos armados y los pueblos todos) me exigen diga a usted, con todo respeto, que desean se proceda desde luego a la restitución de sus tierras

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.45.05Hace cien años, Emiliano Zapata Salazar se suma a la Revolución en 1911. Este jefe morelense, que inicia con unos cuantos seguidores en su entidad, reúne a miles durante el curso revolucionario en el que sostiene una causa agrarista que hereda y por la que da la vida. Después de ser asesinado a traición, su firmeza en la guerra trasciende en la historia, convirtiéndolo en símbolo del agrarismo en Morelos, a lo largo y ancho de los Estados Unidos Mexicanos, así como en otros países del mundo.

La autenticidad de esa causa no data del tiempo de Emiliano. Para entenderla como la fuerza palpitante y resurgida que es a la fecha, hay que retroceder muy atrás: a la época colonial, porque inicia entonces el problema entre pueblos y haciendas por el agravio de estas últimas unidades en contra de los campesinos al despojarlos de sus tierras, aguas, pastos, bosques y demás recursos naturales. El conflicto acontece en diversas comarcas, principalmente en el centro sur de nuestra república, en la región que hoy se llama estado de Morelos y donde nace Zapata.

A través de varias centurias, los campesinos reclaman sus derechos mediante representantes que llevan los títulos de propiedad ante las autoridades en forma pacífica, pero otras veces lo hacen con las armas en la mano. Aquella causa ancestral, sustentada por los precursores agraristas, se asociará al liderazgo del sujeto histórico que con tenacidad reclamará la devolución de la tierra a sus legítimos dueños y que tendrá un nombre nuevo: zapatismo.

El problema agrario, que se recrudece, culmina en la época porfiriana y al momento en que Francisco I. Madero llama a la guerra, buena parte del campesinado se suma a ella esperanzado en que se hará justicia, pues el artículo 3º del plan de San Luis señala que se regresará la tierra a quien le pertenece. La participación de este sector significa una fuerza poderosa que promueve la caída del gobierno dictatorial encabezado por Porfirio Díaz, fin por el que se convocara a la revolución y una vez que se logra, Francisco León de la Barra sube al poder de manera interina y luego Madero.

David Alfaro Siqueiros, "Revolucionarios a caballo" (fragmento)

David Alfaro Siqueiros, “Revolucionarios a caballo” (fragmento)

Pluma y fusil apuntan contra los combatientes desde que se incorporan a la lucha en marzo de 1911, hasta que muere el caudillo en abril de 1919. Una campaña de desprestigio llevada a cabo sobre todo por la prensa conservadora del año once en la ciudad de México exhorta a ir contra “la barbarie”, ya que los zapatistas se manifiestan como “rebeldes y elementos mórbidos que brotan del subsuelo y atentan contra la civilización”; es entonces que se aplican los peores denuestos a Zapata para concebirlo como bestia y bandido, como la aparición del subsuelo que quiere borrar todas las luces de la superficie, y para llamarlo Gengis Kan y Atila del Sur.

Un hecho importante en el proceso histórico del zapatismo es cuando Emiliano adquiere el mando al ser reconocido por gente del municipio de Ayala y jefes locales de otros lugares en su estado, lo que acontece tras la muerte de Pablo Torres Burgos, cabeza del maderismo y director inicial del movimiento en los últimos meses de 1910 y los primeros de 1911; uno más, el momento en que los zapatistas se separan de Madero considerándolo traidor, porque da prioridad al licenciamiento de armas y a la instauración de un orden democrático.

A mediados de 1911, Emiliano se entrevista con Madero en la ciudad de México, expone las razones de su levantamiento y le solicita que cumpla lo prometido, pero aquél insiste en que desarme a sus tropas. Y es, de acuerdo con Gildardo Magaña, que Zapata acercándose, señala la cadena de oro que trae y en el que ambos sostienen el diálogo con que inició el relato.

A poco de que Madero resultara electo como presidente constitucional, en noviembre de 1911, los zapatistas se manifiestan a través de un documento que enarbolan como su bandera: el Plan de Ayala, cuya versión original, que data del 25 de aquel mismo mes y año, se atribuye principalmente a Otilio Edmundo Montaño; días antes, Zapata y unos seguidores son perseguidos en la zona de Ayala y arrojados de Morelos a Puebla por fuerzas del gobierno y, cerca de Miquetzingo, él y Montaño revisan lo que ambos han bosquejado por escrito desde que Madero postergara las demandas agrarias, terminan de redactarlo y lo proclaman en Ayoxustla, Puebla.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 12.54.16Los jefes locales, respondiendo al llamado del caudillo, se concentran con su gente en Ayoxustla y esperan inquietos. Zapata y Montaño salen del jacal donde han ultimado detalles; el primero los exhorta: “¡Ésos que no tengan miedo, que pasen a firmar!” Luego, de pie, junto a una pequeña y rústica mesa que sirve de base, se lee el plan. Sorprendidos y emocionados, pasan a firmarlo. Unos músicos traídos de Miquetzingo interpretan el himno nacional que se canta en posición de firmes. Unos cohetes truenan y se hace la jura de la bandera de México que, puesta en alto, es flanqueada por Emiliano y Eufemio Zapata ante los que desfilan las tropas.

Después, cada quien toma su camino. Emiliano regresa a Morelos y estando acampando en una ranchería cercana al mineral de Huautla, ordena que traigan una máquina de escribir, papel carbón y al cura local. Emigdio Marmolejo le pregunta: “¿Y si no quiere venir”, a lo que aquél contesta que no va a consultarle su opinión, que lo lleve y que si se resiste lo obligue a caminar con la máquina en la cabeza. El sacerdote acude y reproduce el plan.

Zapata envía carta a Gildardo Magaña, comisionado en la ciudad de México, y le recomienda que lo imprima; le expresa no le importa que la prensa mercenaria les llame bandidos y los colme de oprobios; que él como no es político, ni entiende de esos triunfos en que los derrotados son los que ganan, está resuelto a luchar contra todo y todos sin más baluarte que la confianza, el cariño y el apoyo de su pueblo. Es entonces que la primera versión impresa se publica en el periódico liberal Diario del Hogar, a mediados de diciembre de 1911, y es la que se conoce en la capital del país; en ella, hay correcciones gramaticales, varias modificaciones de contenido y el lema original de la manuscrita (Justicia y Ley), aumenta a Libertad, Justicia y Ley.

El plan de Ayala legitima a la causa agrarista y determina la identidad del zapatismo. Constituye un programa radical que señala cómo resolver la problemática en el campo tanto en Morelos y sitios donde se enarbola, como en todo el país. Plantea además la manera de seguir la lucha y con qué mecanismos legales se sostendrá. Hace suyo y reforma al plan de San Luis; revela las ideas que lo inspiran, entre ellas las de los hermanos Flores Magón a través del Partido Liberal Mexicano y de Regeneración, su portavoz, asimismo las de Paulino Martínez y los hermanos Magaña.

Está integrado con una breve introducción y quince artículos. Inicia diciendo que quienes lo suscriben, se han constituido en junta revolucionaria para sostener y llevar a cabo las promesas que hiciera la revolución de 1910; que declaran ante la faz del mundo civilizado que los juzga y ante la nación a que pertenecen y aman, los propósitos que formulan para acabar con la tiranía que los oprime y redimir a la patria de las dictaduras que se les imponen, las cuales determinan en el plan.

Arnold Belkin, "Serie Zapata II"

Arnold Belkin, “Serie Zapata II”

El plan advierte por qué Madero es traidor y exige su renuncia, así como la de otros representantes políticos. Demanda que haya otros gobernadores y que tenga lugar una reunión de revolucionarios para designar a un ejecutivo interino en México, quien ha de convocar a elecciones de los poderes federales. Propone como Jefe de la Revolución Libertadora a Pascual Orozco y en su defecto a Emiliano Zapata. Plantea la restitución agraria inmediata, la expropiación previa indemnización, la nacionalización de bienes de los enemigos y cómo pensionar a los deudos de quienes caen en la guerra. Termina exhortando al pueblo mexicano para que lo apoye con las armas en la mano.

En sostén de dicha insignia están las personas que han sufrido el despojo agrario y el ultraje; campesinos pobres y medios, peones acasillados, medieros y arrendatarios; rancheros que tienen que pagar a las haciendas por derechos de peaje y paso de animales. Y si la tierra es el eje en torno al que gira la presencia zapatista, también hay otros motivos por los que muchos se suman a la guerra: el temor a los amos y los capataces, a la leva y a las autoridades, a las campañas de persecución; por tener libertad, o porque sus mayores o compañeros se han ido con Emiliano.

La mayoría que defiende el plan de Ayala en Morelos, es de campesinos armados que dedican un tiempo a la lucha y otro al cultivo; forma bandas que no viajan juntas, que sólo se reúnen para atacar objetivos comunes y que dan la impresión de vivir diseminados en las montañas. Como cuerpo militar, integra al Ejército Libertador del Centro y Sur, cuyas unidades son tropas pequeñas no siempre bien organizadas y que practican la guerra de guerrillas como táctica principal, basada en el ataque sorpresivo y la dispersión inmediata.

La supervivencia del movimiento en ese estado se debe a quienes enarbolan el plan con fervor, mujeres y hombres apoyados por ancianos, jóvenes y niños. El carácter popular y campesino del zapatismo se advierte en la ropa de los guerrilleros, que visten por lo general con camisa y calzón de manta, sombreros de ancha ala y huaraches, vestimenta por la que se han dado en llamar las liebres blancas y por su agilidad, que les permite escabullirse en los montes, donde andan a salto de mata al ser perseguidos por sus enemigos.

Rasgo singular e incipiente del movimiento que enarbola aquel emblema es su sentido original agrarista y local. Sin embargo, al paso de los años, el zapatismo tiene carácter regional y nacional cuando gana mayor espacio y amplía sus metas, a partir de que se propaga en los estados circunvecinos y alcanza otras comarcas, adhiriéndose a él más adeptos con diversas ideas. Aun así, en el comportamiento de los locales y en la expresión de sus demandas, hay signos en los que prevalecen la tradición o la costumbre morelense… Emiliano, por ejemplo, siendo el jefe más reconocido en la región centro sureña de México, se remite a veces a la autoridad de los ancianos.

Conforme avanza la lucha, la enseña zapatista incluye considerandos, reconocimientos, desconocimientos, adiciones; variantes que explican el porqué de su separación de otros movimientos. Entre sus enmiendas cabe la de fines de mayo de 1913 mediante la que se desconoce a Pascual Orozco como líder, por haber simpatizado con el gobierno de Victoriano Huerta, y por la que Emiliano Zapata queda a la cabeza del Ejército Libertador del Centro y Sur.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 12.53.00Después que Huerta cae del poder, las controversias de los revolucionarios tratan de allanarse en la Convención reunida en la ciudad de México y en la de Aguascalientes en octubre de 1914; a esta última asiste una comisión zapatista, encabezada por Paulino Martínez. El plan de Ayala es reconocido casi en su totalidad, gracias a la participación del ideólogo Antonio Díaz Soto y Gama. El gobierno convencionista, a poco de constituirse inicia y promueve cambios en Morelos y en los lugares donde se adopta el plan, al tiempo que es desacreditado y perseguido por el que instituyen los carrancistas.

A partir de ese año catorce se produce un gran número de edicionesdel plan con sus ratificaciones; en una de las publicaciones salida a la luz en México en 1915 destaca el “Proemio” debido a pluma de Dolores Jiménez y Muro, quien, afiliada al zapatismo, escribe una alabanza a Emiliano, donde lo compara con Hidalgo, Morelos, Guerrero y Juárez, y señala además que aunque le pese a muchos, hasta los mismos poderosos comprenden y reconocen la justicia que abriga la bandera de Ayala.

Firme compromiso en apoyo de aquel pabellón, considerado como una cosa sagrada convertida en blasón, se revela en las fuentes a las que recurre el historiador: ya la palabra escrita y la oral, ya el corrido popular, aún en otros materiales como la literatura y la iconografía en su diversidad. “Plan de Ayala-lucha agrarista-Emiliano” constituyen una frase, un símbolo que, tras morir el caudillo y a partir de los años veinte sugiere, connota, cómo la Historia da el fallo a favor, y al hacer justicia mueve a la bandera, la causa y al hombre en heroico nicho donde ha de venerarse al antes “Atila del Sur” como “el reivindicador agrario” de todo un país.

 PARA SABER MÁS:

FELIPE ÁVILA ESPINOSA, Los orígenes del zapatismo, México, Centro de Estudios Históricos-El Colegio de México/Instituto de Investigaciones Históricas- UNAM, 2001.

FRANCISCO PINEDA GÓMEZ, La irrupción zapatista, 1911, México, Era, 1997.

* Ver ¡Viva Zapata!, dir. Elia Kazan, 1952, DVD.

* Visitar el museo de Anenecuilco, Morelos.

* Escuchar el Corrido del Plan de Ayala, de Leonardo

Kosta, interpretado por el grupo Tribu en http://www.bibliotecas.tv/zapata/corridos/corr03.html