Archivo de la categoría: BiCentenario #13

Celebrando a la Guadalupana en los aAi??os veinte: A?una ceremonia polAi??tica o religiosa?

MarAi??a Gabriela Aguirre Cristiani -Ai??UAM-Xochimilco

RevistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 13.

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La Madre de Dios en MAi??xico

La Madre de Dios en MAi??xico

El XXV aniversario de la coronaciA?n a la Virgen de Guadalupe fue objeto de una magna celebraciA?n. Desde muy temprano, en aquella maAi??ana del 12 de octubre de 1920 la BasAi??lica se encontraba adornada de flores que cubrAi??an todo el templo en seAi??al de la gran fiesta que estaba por empezar. La ceremonia fue la oportunidad para que en torno al arzobispo de MAi??xico, monseAi??or JosAi?? Mora y del RAi??o, se reuniera todo el episcopado en pleno, en un homenaje a la Reina y Madre de MAi??xico.

Muy probablemente, el contexto polAi??tico revolucionario eclipsA? la importancia de este evento. No habAi??an pasado cinco meses desde que el presidente Venustiano Carranza se trasladara a Veracruz a establecer su gobierno, cuando fue asesinado en el poblado de Tlaxcalantongo, Puebla.

Inmediatamente el Congreso de la UniA?n nombrA? al entonces gobernador de Sonora, Adolfo de la Huerta, presidente provisional con la tarea de convocar a elecciones. Ello significA? el triunfo de la rebeliA?n de Agua Prieta que apoyA? la candidatura de A?lvaro ObregA?n a la presidencia. En este contexto, a escaso mes y medio de que este general tomara posesiA?n de su cargo, tuvo lugar el jubileo a la Virgen de Guadalupe.

La Guadalupana

Siendo todavAi??a presidente interino Adolfo de la Huerta, los preparativos para el festejo religioso iniciaron su curso en un ambiente en el que prevalecAi??a la inestabilidad polAi??tica. A pesar de que su interinato fue muy conciliador, los levantamientos locales seguAi??an dando problemas a la FederaciA?n. El logro mA?s importante de este gobierno fue la rendiciA?n de Francisco Villa y el repliegue a su hacienda de Canutillo.

En estas circunstancias, la ceremonia a la Virgen de Guadalupe no quedA? registrada en la historia oficial de la RevoluciA?n e intentar reconstruirla pone de manifiesto no sA?lo la magnitud del culto a la Guadalupana, sino la fuerza que en ese momento tenAi??a la Iglesia catA?lica como una instituciA?n que pretendAi??a restaurar el orden social cristiano.

El Abad Mitrado de la Colegiata de Guadalupe, Antonio Plancarte y Labastida

El Abad Mitrado de la Colegiata de Guadalupe, Antonio Plancarte y Labastida

Si recordamos que para esos momentos la reciAi??n promulgada ConstituciA?n de 1917 establecAi??a importantes lAi??mites a las iglesias entre los que se encontraba la prohibiciA?n del culto externo, es decir, el culto fuera de los templos (artAi??culo 24), la conmemoraciA?n a la Guadalupe adquirAi??a una dimensiA?n no sA?lo religiosa, sino polAi??tica. La Iglesia catA?lica mostraba una postura mA?s combativa que ya venAi??a trabajando, incluso, desde antes de que estallara el movimiento revolucionario, a fin de lograr hacer valer su proyecto social de naciA?n.

En efecto, conmemorar los veinticinco aAi??os de la coronaciA?n a la Virgen era la gran oportunidad para convocar a todos los mexicanos a un acto masivo que mostrara la unidad y concordia de un pueblo que hasta el momento no lograba la paz, pero con su fe y su fervor proclamarAi??a su amor a la patria. TambiAi??n era el momento de recordar el origen del culto a la Guadalupana, el cual, a los ojos del clero era, sin lugar a dudas, el sAi??mbolo de la identidad nacional. En efecto, la celebraciA?n significA? traer a la luz el pasado virreinal cuando la Virgen se le apareciA? a Juan Diego; fueron los indAi??genas y los mestizos originarios de las tierras mexicanas los primeros en sentirse ai???hijos de Guadalupeai???. En el siglo XVIII se consagrA? el culto cuando en 1737 fue proclamada Patrona de la ciudad de MAi??xico y nueve aAi??os despuAi??s, de todo el reino de la Nueva EspaAi??a. MA?s adelante, en 1754, el papa Benedicto XIV aprobA? el patro- nato, autorizA? la traslaciA?n de su fiesta al 12 de diciembre y le concediA? misa y oficio propios.

Grabado italiano anA?nimo a partir de una pintura de Miguel Cabrera, 1732

Grabado italiano anA?nimo a partir de una pintura de Miguel Cabrera, 1732

La fecha paradigmA?tica de esta celebraciA?n fue el 12 de octubre de 1895, cuando el entonces arzobispo de MAi??xico, PrA?spero MarAi??a AlarcA?n, en nombre y con la autoridad del pontAi??fice LeA?n XIII coronA? a la Virgen, SeAi??ora de Guadalupe. En estas bodas de plata, el jubileo retomaba esta tradiciA?n devocional convirtiAi??ndose en una fiesta religiosa de carA?cter pA?blico. El Universal ofreciA? una descripciA?n de cA?mo se viviA? el homenaje ese dAi??a:

Desde las primeras horas cada minuto partAi??a delAi??ZA?calo un tranvAi??a lleno de fieles y de peregrinos. La calzada de Guadalupe iba colmada de gente que ca- minaba a la BasAi??lica a pie o en carros de tracciA?n animal, adornados con flores y banderitas de papel de vivos colores. Las fachadas de las casas estaban igualmente adornadas, y por la antigua calzada de los Misterios, iban tambiAi??n las peregrinaciones de devotos, que rezando avemarAi??as se detenAi??an ante los restos de aquellos toscos monumentos levantados en trechos, en pretAi??ritos tiempos. Todo MAi??xico y toda la poblaciA?n flotante estuvieron allAi??.

El alcance que esta celebraciA?n adquiriA? en tAi??rminos de los fieles que acudieron a la BasAi??lica y en funciA?n de los resultados obtenidos, una vez que la jerarquAi??a catA?lica se reuniA? con el fin de tomar acuerdos en cuanto a su polAi??tica a seguir, nos lleva a reflexionar sobre el carA?cter del evento: A?religioso o polAi??tico?

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Sumario #13

EDITORIAL

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

01Las advertencias del conde de Aranda
Victor A. Villavicencio

Sin tAi??tuloEn busca de un disfraz para el Carnaval: oportunidad de lucir con ingenio
Maria Esther Pérez Salas

02México y la Guerra Civil estadunidense
Gerardo Gurza

03El fantasma de la intervención: las argucias del embajador Henry Lane Wilson
Graziella Altamirano Cozzi

04Celebrando a la Guadalupana en los años veinte:¿una ceremonia política o religiosa?
María Gabriela Aguirre Cristiani

05“Vamos a aprender de los mejores” La participación de la selección mexicana en el primer Mundial de fútbol
Rogelio Jiménez Marce

06Hombres ilustres de México en París
Miguel Rodríguez

DESDE HOY

07¿Que esperamos? Televisión comercial y hábitos alimenticios
Lourdes Roca

DESDE AYER

08La caída del coloso
Octavio Paz Solórzano

09La pelota vasca en México en los siglos XIX y XX
Héctor Olivares Aguilera

CUENTO HISTÓRICO

10Crónica de dos hermanos
Yolanda Pintos

ARTE

11Mariano Azuela y José Clemente Orozco: Los de abajo en Nueva York
Roberto Fernández Castro

ENTREVISTA

12Arrasaron cuanto había y levantaron edificios…las llamadas Torres de Mixcoac
Testimonio de Manuel Guevara Oropeza, psiquiatra de La Castañeda / editado por Cristina Sacristán

La falta de un varón

Arturo Sigüenza
Taller de Artificios

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Marc Chagall, birth-1910 (640x466)

1894. Hacienda “Los Tres Zapotes”. Un cigarrillo y otro más. El patio entero donde se secaba el fruto de higuerilla se le hacía chico y las cuatro horas de espera le parecían veinte minutos. ¿O era al revés? No lo sabía y mandaba por más tabaco para liar unos cuantos. No estaba seguro de que ese doctorcito que trajeron de la ciudad pudiera hacer el trabajo de día Crescencia (la partera más confiable del poblado), quien se había encargado de recibir a sus siete hijas. Alguno de sus compadres le había aconsejado: “confía en la ciencia, Rogaciano, no seas tan ignorante, los doctores estudiados en la capital pueden hacer que nazca un machito”.

Sacó su reloj de oro más por presumir que por ver la hora. Aunque sabía leerlo, siempre le pedía a alguien más que lo hiciese por él, de hecho se le había vuelto un tic nervioso. Se alzó un poco el sombrero para limpiarse el sudor con la mano, y se aflojó el cinturón de cuero de víbora que él mismo había matado, cuando la encontró debajo de su cama. Los gritos de su mujer eran más desesperados que de costumbre, quizá porque el tener un varón sea más doloroso — pensó– o porque el méndigo doctorcito no sabía traer un niño al mundo.

“¡¿Qué esperan para ir por doña Chencha!? ¿No oyen a mi mujer chillando como puerco?” gritó don Rogaciano. Uno de sus mozos de confianza cogió un caballo con la advertencia de mejor no regresar si no era con la partera. Don Rogaciano estaba tan encabritado que no sintió, sino instantes después, cuando el cigarrillo le quemó los dedos. Lo pisoteó maldiciéndolo y con premura encendió otro. Se dirigió a la recámara, abrió de un golpe las dos altas puertas de madera y las dejó de par en par.

“¿Qué carajos pasa? ¡Llevan horas con este griterío!” refunfuñó palmoteando en una puerta. El doctor y su ayudanta se sintieron algo más que intranquilos con la amenaza que hizo don Rogaciano pistola en mano. Tenían que traer un varoncito al mundo o ¿quién sabe qué les podía pasar, verdá de Dios?. Mas allá de la preservación del apellido, estaba en juego la preservación de la Hacienda y la de su honra, pues sus parientes y amigos le machacaban cada que podían ¿para cuándo el varoncito, para cuándo?. Don Rogaciano sabía que su problema de erección era cada vez más severo, y que la edad y los problemas de la Raya lo tenían al tope de sus cabales.

El padre de don Rogaciano escuchó los gritos y caminó pronto a la recámara, se acercó por detrás y lo sacudió por los hombros. Le dijo que se dejara de pendejadas y que mejor se fuera a atender al turco que lo esperaba hacía ya un buen rato. Don Rogaciano salió del cuarto, pero antes dejó el revólver encima de la mesa donde el doctor tenía sus utensilios. “Varoncito, doctor, varoncito” advirtió con sus ojos de lince enfadado.

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Arrasaron cuanto había y levantaron edificios… las llamadas Torres de Mixcoac

Testimonio de Manuel Guevara Oropeza - psiquiatra de La Castañeda, editado por Cristina Sacristán.

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Sobre una extensión de 141,000 metros cuadrados, perteneciente a la antigua Hacienda de La Castañeda, se edificó en 1910 un manicomio de grandes dimensiones, forjando uno de los proyectos arquitectónicos más ambiciosos del presidente Porfirio Díaz. Seis décadas después, en esos terrenos no quedaba rastro alguno de las 25 construcciones destinadas a albergar 1,200 pacientes, en lo que con el tiempo fue la institución psiquiátrica más importante del país por su contribución a la investigación, la enseñanza y la asistencia de enfermos mentales. En su lugar fue erigida una zona habitacional que se inauguró en 1972, las Torres de Mixcoac.

 

La CastaAi??eda

La Castañeda

Como sucede con muchas instituciones, los orígenes del Manicomio de La Castañeda se conocen bien porque en su momento fue portador de una gran promesa de cambio. Al paso de los años afloraron las carencias en las instalaciones, en la falta de personal capacitado y de recursos terapéuticos, hasta que el gobierno federal, de quien dependía, decidió su clausura y demolición como si estos males se pudieran echar al olvido con hacerlo desaparecer. Quienes vivieron de cerca los últimos años de La Castañeda nos han relatado esta historia, los esfuerzos por rescatarla una y otra vez, los obstáculos encontrados y la leyenda negra que la acompañó.

El Archivo de la Palabra del Instituto Mora conserva el testimonio del psiquiatra Manuel Guevara Oropeza, quien trabajó en La Castañeda durante casi 40 años, siendo su director en dos ocasiones. Nacido en 1899 en la ciudad de Orizaba y fallecido en 1980 en la ciudad de México, fue entrevistado tres años antes de su muerte. De ese encuentro publicamos tres fragmentos donde alude a situaciones que no suelen dejar rastro en los documentos: el papel desempeñado por los administradores, cuyos lazos con el poder resultaron muy perniciosos para el Manicomio; la dificultad para emprender una reforma psiquiátrica nacional por la insensibilidad de las autoridades federales ante el tema de la enfermedad mental; y la campaña desatada contra La Castañeda hacia el final de sus días, acaso para crear un clima favorable a su destrucción.

La CastaAi??eda

                                             La Castañeda

Manuel Guevara Oropeza fue designado director por primera vez de 1932 a 1934. Durante esos años le dio continuidad a una terapéutica muy en boga que había sido impulsada por el director anterior, la terapia ocupacional. Esta polémica forma de tratamiento consistía en hacer trabajar a los enfermos, de donde derivaban ingresos monetarios importantes cuya contabilidad no siempre se vigilaba con la debida pulcritud. En su segundo periodo, de 1938 a 1944, resultó mucho más innovador. Ante el gravísimo problema que representaba para el Manicomio el número de enfermos (que en 1943 alcanzó la cifra de 3,400), propuso un modelo asistencial que atendiera de manera diferenciada a los pacientes agudos de aquellos considerados incurables. Este programa, firmemente apoyado por el doctor Salvador Zubirán, subsecretario de Asistencia Pública en la Secretaría del mismo nombre, vio nacer la primera Granja para enfermos mentales, inaugurada en 1945.

Ya jubilado, el doctor Guevara Oropeza dio un discurso con motivo de la ceremonia de clausura del Manicomio, que tuvo lugar el 27 de junio de 1968. En la entrevista recuerda una sorpresiva petición que le hicieron las autoridades de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, en ese entonces encabezadas por el secretario Rafael Moreno Valle. También hace el recuento de lo único que se salvó de aquella fabulosa y monumental construcción y de lo mucho que se perdió.

Cristina Sacristán
Instituto Mora

Malos manejos administrativos

La administración de La Castañeda fue el punto negro de toda su vida. Antes de que yo tomara la dirección y en los tiempos más amargos, cuando había tan poco alimento y en fin, que estuvieron en condiciones muy malas, el administrador de La Castañeda era el que iba, hacía las compras, venía, hacía lo que quería, pero siempre hubo una enorme dificultad para controlar a los administradores. El administrador de La Castañeda era casi siempre un individuo con conexiones políticas más o menos medianas, bajas, pero muy bien ligado con otras personas, con otros funcionarios y se diluía completamente toda la responsabilidad, al grado de que difícilmente se podía lograr coger a la gente en sus malos manejos. Cuando se estableció el sistema de terapia ocupacional, como se hizo muy en grande y había talleres de varias clases, se pretendió que produjeran y se hizo una comisión para que manejara el dinero, y algunas personas muy seleccionadas que llevaban las cuentas de aquello. Entre las cosas que se hacían en La Castañeda se hacían tapetes persas que se vendían bien caros: llegaron a pagar hasta cinco mil pesos por un tapete de ésos; naturalmente esos ingresos iban a ser distribuidos entre los enfermos que los habían hecho, y entre los demás del departamento de terapia ocupacional. Por otro lado, la otra forma de terapia ocupacional era la del campo, entonces sacaban a los enfermos a sembrar y la extensión era muy grande, todo lo que quedaba atrás de La Castañeda.

Fachada original de La CastaAi??eda transportada a una hacienda en Amecameca

Fachada original de La Castañeda transportada a una hacienda en Amecameca

Cuando se hizo toda la reorganización de La Castañeda, se había dividido en dos secciones, una sección para hospitalización, donde estaban los enfermos que se tenían que atender médicamente, que se les ponían inyecciones, que se les hacía el tratamiento de paludismo, en fin, todas las cosas que hasta entonces se podían hacer; y el otro, de colonia-asilo, esa colonia-asilo era la de enfermos incurables, pero suficientemente aptos para hacer alguna cosa. [Había] otros que eran totalmente improductivos, inadaptables, ésos se quedaban en el pabellón, pero los demás salían todos los días a trabajar en el campo, y parece que empezó a producir, pero producía en manos del administrador. Entonces el administrador vio que aquello era un buen negocio, y cuando yo dejó la primera vez La Castañeda [como director], eliminaron a los enfermos y llevaron trabajadores para explotar el campo: naturalmente se perdió todo lo que había pensado de que aquello fuera terapia, de que el producto se pudiera repartir entre los enfermos. Ahí se echó a perder todo… pues yo no culpo a nadie especialmente, sino a esa organización burocrática que nos hace depender tanto del fulanito que recomendó a menganito y que el otro lo sostiene. Total, que cambiaron de administrador que era una persona muy hábil, sobre todo para sus manejos, y [se] perdió ya el control médico sobre la terapia.

[El administrador] era un recomendado y una persona muy allegada al Jefe de la Beneficencia, acordaba directamente con el Jefe de la Beneficencia, hacía lo que quería. El que yo tuve durante la época en que, gracias a las amistades y situaciones especiales que teníamos entonces (a mí me consideraban como persona influyente), me trataba muy bien. El administrador procuraba darme cuenta de lo que hacía, pero yo sabía que me estaba dando cuenta de cosas que no eran ciertas y que no eran lo debido. Si yo protestaba, si yo decía, no había manera de comprobar qué era lo que estaba pasando. Esto es lo que se refería a estas cosas grandes, de la producción del campo, la producción de algunas cosas del taller. En general, las cosas del taller como eran poquitas sí se podían controlar mejor y después se abandonaron porque se empezó a dejar. Lo de los tapetes ya no se hizo, lo de encuadernación ya no había material y todas esas cosas fueron abandonándose; pero en general, la administración que comprendía no nada más esto de la terapia ocupacional sino todo el manejo de alimentación para los enfermos, de ropa para los enfermos, se prestaba a multitud de abusos, y eso es lo que principalmente produjo en La Castañeda un malestar y una cosa de maltrato para los enfermos, de mala atención, de descuido y de abuso; se presentaron abusos dentro de los mismos pabellones, ya no era nada más del administrador, sino multitud de empleados que vivían en La Castañeda, que lograron tener la concesión del administrador, de ocupar un departamento en un lugar, una habitación en otro lugar, y así sucesivamente, y de los mismos jefes de pabellón, de los enfermeros, que sacaban la comida, que se llevaban alimentos, que las raciones que debían ser para los pabellones se las llevaban para su casa, y esto a pesar de que se habían implantado medidas de revisión para que al salir los trabajadores se viera qué llevaban. Provocaba esto muchas fricciones, muchas protestas, y conforme fue pasando ya el tiempo en la segunda etapa, es decir, después de que yo salí llegaron a tener abusos muy grandes y muy difícilmente se pudieron corregir.

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Mariano Azuela y José Clemente Orozco: Los de abajo en Nueva York

Roberto Fernádez Castro - Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Mariano Azuela, médico de profesión, simpatizante de Madero y después villista, ocupa uno de los sitios más importantes dentro de la narrativa mexicana. Si es verdad que la fuerza de sus obras reside sobre todo en su honradez, el amor entrañable que expresó por la gente y las cosas de México explican por qué en sus novelas quiso exhibir virtudes y lacras por igual. Su verdad consistió en ofrecer, con la mayor fidelidad posible, una imagen del pueblo mexicano y de lo que somos. Por eso, en más de una ocasión, hizo crítica de una Revolución en la que él mismo había participado. La necesidad de decir o de gritar lo que pensaba y sentía, con tal de no traicionarse a sí mismo, le llevó a ser también censurado, pero como él mismo dijo, lo comprendieron los que más le importaban, los revolucionarios auténticos e íntegros.

JosAi?? Clemente Orozco

           José Clemente Orozco

Entre las obras más notables de Mariano Azuela se encuentran Mala Yerba (1909), Andrés Pérez, maderista (1911), Los de abajo: Cuadros y escenas de la revolución mexicana (1916), Los caciques (1917), La luciérnaga (1932), El camarada Pantoja (1937) y Nueva burguesía (1941). Sin embargo, Los de abajo, ese “grande y terrible librito”, como se dijo de él en Madrid cuando comenzó a ser conocido por los críticos literarios de la época, fue la obra de Mariano Azuela que muy pronto se ganó un lugar entre los esfuerzos literarios más representativos en Hispanoamérica, junto a Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos y Don Segundo Sombra, del argentino Ricardo Güiraldes. La novela se publicó por primera vez en El Paso, Texas y su impacto en Estados Unidos sería considerable, aunque sólo algunos años después. La historia de su fama en esta nación comenzó en 1929, en Nueva York.

Orozco, "La batalla" IlustraciA?n para The Underdogs, 1929

Orozco, “La batalla” Ilustración para The Underdogs, 1929

Siendo todavía muy joven, Anita Brenner fue comisionada por la Universidad Nacional de México para realizar una investigación sobre arte mexicano en colaboración con los fotógrafos Tina Modotti y Edward Weston. Aunque estudiante de nacionalidad estadounidense, ella había nacido en Aguascalientes en 1905 y parte de su niñez trascurrió en México, de modo que cuando regresó a Estados Unidos en 1928, después de cumplir su compromiso con la Universidad, se dedicó a preparar la publicación de su libro Ídolos tras de los altares (1929), se encargó de editar la sección de temas latinoamericanos de la revista The Nation y, lo más importante, la editorial Alfred A. Knopf le propuso encargarse de traducir al inglés Los de abajo. Ella había publicado algunos fragmentos de la novela en The Nation, sin pedir permiso a nadie, así que fue la primera que recibió las felicitaciones por dar a conocer un relato tan vivo y tan desconocido de la Revolución mexicana. Advirtió desde entonces que la obra era casi intraducible por las dificultades que implicaba encontrar el significado apropiado de algunas palabras y expresiones de habla popular empleadas. En cualquier caso, Mariano Azuela rechazó la propuesta de Knopf porque en esos días había comprometido ya la traducción con la editorial Brentano; lo interesante es que en una carta que Anita dirigió al doctor Azuela en enero de 1929 le sugirió que José Clemente Orozco debería ilustrar la obra, pues acababa de hacer unos dibujos a los que ella misma había bautizado como Los horrores de la revolución, que correspondían exactamente con el momento emocional de Los de abajo y además eran los únicos que tenían la fuerza debida. Por el momento, el asunto quedó ahí, aunque más adelante Anita se haría cargo de traducir Mala Yerba con el título de Marcela. A Mexican Love Story (1932).

JosAi?? Clemente Orozco, "Bandit and girl", hecha para la revista The Underdogs, 1929

     José Clemente Orozco, “Bandit and girl”,      hecha para la revista The Underdogs, 1929

José Clemente Orozco es nuestro segundo personaje clave. El artista, que desde 1904 perdió su mano izquierda en un accidente manipulando pólvora, era conocido en México primero como caricaturista de los periódicos El Imparcial, El Ahuizote, El Malora, La Vanguardia y El Machete, pero sobre todo como el autor de los murales de la Escuela Nacional Preparatoria pintados entre 1923 y 1926. Sin embargo, tras los ataques de algunos estudiantes y mujeres católicas que consideraron ofensivos parte de sus temas, el propio Orozco sustituyó y modificó los frescos que fue- ron dañados o destruidos. Al final, se conservó en ellos la imagen de los campesinos revolucionarios junto al banquete de los ricos ridiculizados. Es cierto que el propio Orozco escribió en su Autobiografía que la revolución fue “sainete, drama y barbarie”, pero lo más importante es que él, como Azuela, tampoco necesitó penetrar clínicamente en la mente de los revolucionarios para convencer a sus espectadores. Sus obras son un enjuiciamiento de la raza humana, describen con espantosa sinceridad y honradez la insensata carnicería que implica toda guerra civil, con escenas donde unos a otros se matan y se ultrajan. Lo único que sobrevive es el sentimiento de dolor que se trasmite al espectador para extrañarlo de la violencia, del egoísmo despiadado y de la animalidad, para que no se acostumbre a la brutalidad.

Orozco, "Soldaderas" para la revista The Underdogs, 1929

Orozco, “Soldaderas” para la revista The Underdogs, 1929

Orozco salió de la estación Colonia con rumbo a Nueva York el 11 de diciembre de 1927, pero tuvo que pasar como inmigrante, mediante declaraciones bajo juramento y pagando diez dólares adicionales, una suma de poca importancia, salvo porque viajaba entonces sólo con recursos para el pasaje de ida y tres meses de subsistencia que generosamente le facilitó don Genaro Estrada, entonces secretario de Relaciones Exteriores. Comenzaban los tiempos difíciles para la economía estadounidense y la vida material era muy cara, más que la primera vez que había estado en San Francisco diez años atrás. Esa misma razón le impidió encontrar pronto un apartamento para trabajar; primero pasó el invierno en un frío sótano de Riverside Drive, a una cuadra de la Universidad de Columbia, después instaló su estudio al oeste de la calle 22, donde comenzó a pintar y a dibujar sus primeras impresiones acerca de Nueva York.

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