Archivo de la categoría: BiCentenario #13

Celebrando a la Guadalupana en los años veinte: ¿una ceremonia política o religiosa?

María Gabriela Aguirre Cristiani - UAM-Xochimilco

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

La Madre de Dios en MAi??xico

La Madre de Dios en México

El XXV aniversario de la coronación a la Virgen de Guadalupe fue objeto de una magna celebración. Desde muy temprano, en aquella mañana del 12 de octubre de 1920 la Basílica se encontraba adornada de flores que cubrían todo el templo en señal de la gran fiesta que estaba por empezar. La ceremonia fue la oportunidad para que en torno al arzobispo de México, monseñor José Mora y del Río, se reuniera todo el episcopado en pleno, en un homenaje a la Reina y Madre de México.

Muy probablemente, el contexto político revolucionario eclipsó la importancia de este evento. No habían pasado cinco meses desde que el presidente Venustiano Carranza se trasladara a Veracruz a establecer su gobierno, cuando fue asesinado en el poblado de Tlaxcalantongo, Puebla.

Inmediatamente el Congreso de la Unión nombró al entonces gobernador de Sonora, Adolfo de la Huerta, presidente provisional con la tarea de convocar a elecciones. Ello significó el triunfo de la rebelión de Agua Prieta que apoyó la candidatura de Álvaro Obregón a la presidencia. En este contexto, a escaso mes y medio de que este general tomara posesión de su cargo, tuvo lugar el jubileo a la Virgen de Guadalupe.

La Guadalupana

Siendo todavía presidente interino Adolfo de la Huerta, los preparativos para el festejo religioso iniciaron su curso en un ambiente en el que prevalecía la inestabilidad política. A pesar de que su interinato fue muy conciliador, los levantamientos locales seguían dando problemas a la Federación. El logro más importante de este gobierno fue la rendición de Francisco Villa y el repliegue a su hacienda de Canutillo.

En estas circunstancias, la ceremonia a la Virgen de Guadalupe no quedó registrada en la historia oficial de la Revolución e intentar reconstruirla pone de manifiesto no sólo la magnitud del culto a la Guadalupana, sino la fuerza que en ese momento tenía la Iglesia católica como una institución que pretendía restaurar el orden social cristiano.

El Abad Mitrado de la Colegiata de Guadalupe, Antonio Plancarte y Labastida

El Abad Mitrado de la Colegiata de Guadalupe, Antonio Plancarte y Labastida

Si recordamos que para esos momentos la recién promulgada Constitución de 1917 establecía importantes límites a las iglesias entre los que se encontraba la prohibición del culto externo, es decir, el culto fuera de los templos (artículo 24), la conmemoración a la Guadalupe adquiría una dimensión no sólo religiosa, sino política. La Iglesia católica mostraba una postura más combativa que ya venía trabajando, incluso, desde antes de que estallara el movimiento revolucionario, a fin de lograr hacer valer su proyecto social de nación.

En efecto, conmemorar los veinticinco años de la coronación a la Virgen era la gran oportunidad para convocar a todos los mexicanos a un acto masivo que mostrara la unidad y concordia de un pueblo que hasta el momento no lograba la paz, pero con su fe y su fervor proclamaría su amor a la patria. También era el momento de recordar el origen del culto a la Guadalupana, el cual, a los ojos del clero era, sin lugar a dudas, el símbolo de la identidad nacional. En efecto, la celebración significó traer a la luz el pasado virreinal cuando la Virgen se le apareció a Juan Diego; fueron los indógenas y los mestizos originarios de las tierras mexicanas los primeros en sentirse “hijos de Guadalupe”. En el siglo XVIII se consagró el culto cuando en 1737 fue proclamada Patrona de la ciudad de México y nueve años después, de todo el reino de la Nueva España. Más adelante, en 1754, el papa Benedicto XIV aprobó el patronato, autorizó la traslación de su fiesta al 12 de diciembre y le concedió misa y oficio propios.

Grabado italiano anA?nimo a partir de una pintura de Miguel Cabrera, 1732

Grabado italiano anónimo a partir de una pintura de Miguel Cabrera, 1732

La fecha paradigmática de esta celebración fue el 12 de octubre de 1895, cuando el entonces arzobispo de México, Próspero María Alarcón, en nombre y con la autoridad del pontífice León XIII coronó a la Virgen, Señora de Guadalupe. En estas bodas de plata, el jubileo retomaba esta tradición devocional convirtiéndose en una fiesta religiosa de carácter público. El Universal ofreció una descripción de cómo se vivió el homenaje ese día:

Desde las primeras horas cada minuto partía del Zócalo un tranvía lleno de fieles y de peregrinos. La calzada de Guadalupe iba colmada de gente que caminaba a la Basílica a pie o en carros de tracción animal, adornados con flores y banderitas de papel de vivos colores. Las fachadas de las casas estaban igualmente adornadas, y por la antigua calzada de los Misterios, iban también las peregrinaciones de devotos, que rezando avemarías se detenían ante los restos de aquellos toscos monumentos levantados en trechos, en pretéritos tiempos. Todo México y toda la población flotante estuvieron allí.

El alcance que esta celebración adquirió en términos de los fieles que acudieron a la Basílica y en función de los resultados obtenidos, una vez que la jerarquía católica se reunió con el fin de tomar acuerdos en cuanto a su política a seguir, nos lleva a reflexionar sobre el carácter del evento: ¿religioso o político?

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Sumario #13

EDITORIAL

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

01Las advertencias del conde de Aranda
Victor A. Villavicencio

Sin tAi??tuloEn busca de un disfraz para el Carnaval: oportunidad de lucir con ingenio
Maria Esther Pérez Salas

02México y la Guerra Civil estadunidense
Gerardo Gurza

03El fantasma de la intervención: las argucias del embajador Henry Lane Wilson
Graziella Altamirano Cozzi

04Celebrando a la Guadalupana en los años veinte:¿una ceremonia política o religiosa?
María Gabriela Aguirre Cristiani

05“Vamos a aprender de los mejores” La participación de la selección mexicana en el primer Mundial de fútbol
Rogelio Jiménez Marce

06Hombres ilustres de México en París
Miguel Rodríguez

DESDE HOY

07¿Que esperamos? Televisión comercial y hábitos alimenticios
Lourdes Roca

DESDE AYER

08La caída del coloso
Octavio Paz Solórzano

09La pelota vasca en México en los siglos XIX y XX
Héctor Olivares Aguilera

CUENTO HISTÓRICO

10Crónica de dos hermanos
Yolanda Pintos

ARTE

11Mariano Azuela y José Clemente Orozco: Los de abajo en Nueva York
Roberto Fernández Castro

ENTREVISTA

12Arrasaron cuanto había y levantaron edificios…las llamadas Torres de Mixcoac
Testimonio de Manuel Guevara Oropeza, psiquiatra de La Castañeda / editado por Cristina Sacristán

La falta de un varón

Arturo Sigüenza
Taller de Artificios

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Marc Chagall, birth-1910 (640x466)

1894. Hacienda “Los Tres Zapotes”. Un cigarrillo y otro más. El patio entero donde se secaba el fruto de higuerilla se le hacía chico y las cuatro horas de espera le parecían veinte minutos. ¿O era al revés? No lo sabía y mandaba por más tabaco para liar unos cuantos. No estaba seguro de que ese doctorcito que trajeron de la ciudad pudiera hacer el trabajo de día Crescencia (la partera más confiable del poblado), quien se había encargado de recibir a sus siete hijas. Alguno de sus compadres le había aconsejado: “confía en la ciencia, Rogaciano, no seas tan ignorante, los doctores estudiados en la capital pueden hacer que nazca un machito”.

Sacó su reloj de oro más por presumir que por ver la hora. Aunque sabía leerlo, siempre le pedía a alguien más que lo hiciese por él, de hecho se le había vuelto un tic nervioso. Se alzó un poco el sombrero para limpiarse el sudor con la mano, y se aflojó el cinturón de cuero de víbora que él mismo había matado, cuando la encontró debajo de su cama. Los gritos de su mujer eran más desesperados que de costumbre, quizá porque el tener un varón sea más doloroso — pensó– o porque el méndigo doctorcito no sabía traer un niño al mundo.

“¡¿Qué esperan para ir por doña Chencha!? ¿No oyen a mi mujer chillando como puerco?” gritó don Rogaciano. Uno de sus mozos de confianza cogió un caballo con la advertencia de mejor no regresar si no era con la partera. Don Rogaciano estaba tan encabritado que no sintió, sino instantes después, cuando el cigarrillo le quemó los dedos. Lo pisoteó maldiciéndolo y con premura encendió otro. Se dirigió a la recámara, abrió de un golpe las dos altas puertas de madera y las dejó de par en par.

“¿Qué carajos pasa? ¡Llevan horas con este griterío!” refunfuñó palmoteando en una puerta. El doctor y su ayudanta se sintieron algo más que intranquilos con la amenaza que hizo don Rogaciano pistola en mano. Tenían que traer un varoncito al mundo o ¿quién sabe qué les podía pasar, verdá de Dios?. Mas allá de la preservación del apellido, estaba en juego la preservación de la Hacienda y la de su honra, pues sus parientes y amigos le machacaban cada que podían ¿para cuándo el varoncito, para cuándo?. Don Rogaciano sabía que su problema de erección era cada vez más severo, y que la edad y los problemas de la Raya lo tenían al tope de sus cabales.

El padre de don Rogaciano escuchó los gritos y caminó pronto a la recámara, se acercó por detrás y lo sacudió por los hombros. Le dijo que se dejara de pendejadas y que mejor se fuera a atender al turco que lo esperaba hacía ya un buen rato. Don Rogaciano salió del cuarto, pero antes dejó el revólver encima de la mesa donde el doctor tenía sus utensilios. “Varoncito, doctor, varoncito” advirtió con sus ojos de lince enfadado.

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Arrasaron cuanto había y levantaron edificios… las llamadas Torres de Mixcoac

Testimonio de Manuel Guevara Oropeza - psiquiatra de La Castañeda, editado por Cristina Sacristán.

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Sobre una extensión de 141,000 metros cuadrados, perteneciente a la antigua Hacienda de La Castañeda, se edificó en 1910 un manicomio de grandes dimensiones, forjando uno de los proyectos arquitectónicos más ambiciosos del presidente Porfirio Díaz. Seis décadas después, en esos terrenos no quedaba rastro alguno de las 25 construcciones destinadas a albergar 1,200 pacientes, en lo que con el tiempo fue la institución psiquiátrica más importante del país por su contribución a la investigación, la enseñanza y la asistencia de enfermos mentales. En su lugar fue erigida una zona habitacional que se inauguró en 1972, las Torres de Mixcoac.

 

La CastaAi??eda

La Castañeda

Como sucede con muchas instituciones, los orígenes del Manicomio de La Castañeda se conocen bien porque en su momento fue portador de una gran promesa de cambio. Al paso de los años afloraron las carencias en las instalaciones, en la falta de personal capacitado y de recursos terapéuticos, hasta que el gobierno federal, de quien dependía, decidió su clausura y demolición como si estos males se pudieran echar al olvido con hacerlo desaparecer. Quienes vivieron de cerca los últimos años de La Castañeda nos han relatado esta historia, los esfuerzos por rescatarla una y otra vez, los obstáculos encontrados y la leyenda negra que la acompañó.

El Archivo de la Palabra del Instituto Mora conserva el testimonio del psiquiatra Manuel Guevara Oropeza, quien trabajó en La Castañeda durante casi 40 años, siendo su director en dos ocasiones. Nacido en 1899 en la ciudad de Orizaba y fallecido en 1980 en la ciudad de México, fue entrevistado tres años antes de su muerte. De ese encuentro publicamos tres fragmentos donde alude a situaciones que no suelen dejar rastro en los documentos: el papel desempeñado por los administradores, cuyos lazos con el poder resultaron muy perniciosos para el Manicomio; la dificultad para emprender una reforma psiquiátrica nacional por la insensibilidad de las autoridades federales ante el tema de la enfermedad mental; y la campaña desatada contra La Castañeda hacia el final de sus días, acaso para crear un clima favorable a su destrucción.

La CastaAi??eda

                                             La Castañeda

Manuel Guevara Oropeza fue designado director por primera vez de 1932 a 1934. Durante esos años le dio continuidad a una terapéutica muy en boga que había sido impulsada por el director anterior, la terapia ocupacional. Esta polémica forma de tratamiento consistía en hacer trabajar a los enfermos, de donde derivaban ingresos monetarios importantes cuya contabilidad no siempre se vigilaba con la debida pulcritud. En su segundo periodo, de 1938 a 1944, resultó mucho más innovador. Ante el gravísimo problema que representaba para el Manicomio el número de enfermos (que en 1943 alcanzó la cifra de 3,400), propuso un modelo asistencial que atendiera de manera diferenciada a los pacientes agudos de aquellos considerados incurables. Este programa, firmemente apoyado por el doctor Salvador Zubirán, subsecretario de Asistencia Pública en la Secretaría del mismo nombre, vio nacer la primera Granja para enfermos mentales, inaugurada en 1945.

Ya jubilado, el doctor Guevara Oropeza dio un discurso con motivo de la ceremonia de clausura del Manicomio, que tuvo lugar el 27 de junio de 1968. En la entrevista recuerda una sorpresiva petición que le hicieron las autoridades de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, en ese entonces encabezadas por el secretario Rafael Moreno Valle. También hace el recuento de lo único que se salvó de aquella fabulosa y monumental construcción y de lo mucho que se perdió.

Cristina Sacristán
Instituto Mora

Malos manejos administrativos

La administración de La Castañeda fue el punto negro de toda su vida. Antes de que yo tomara la dirección y en los tiempos más amargos, cuando había tan poco alimento y en fin, que estuvieron en condiciones muy malas, el administrador de La Castañeda era el que iba, hacía las compras, venía, hacía lo que quería, pero siempre hubo una enorme dificultad para controlar a los administradores. El administrador de La Castañeda era casi siempre un individuo con conexiones políticas más o menos medianas, bajas, pero muy bien ligado con otras personas, con otros funcionarios y se diluía completamente toda la responsabilidad, al grado de que difícilmente se podía lograr coger a la gente en sus malos manejos. Cuando se estableció el sistema de terapia ocupacional, como se hizo muy en grande y había talleres de varias clases, se pretendió que produjeran y se hizo una comisión para que manejara el dinero, y algunas personas muy seleccionadas que llevaban las cuentas de aquello. Entre las cosas que se hacían en La Castañeda se hacían tapetes persas que se vendían bien caros: llegaron a pagar hasta cinco mil pesos por un tapete de ésos; naturalmente esos ingresos iban a ser distribuidos entre los enfermos que los habían hecho, y entre los demás del departamento de terapia ocupacional. Por otro lado, la otra forma de terapia ocupacional era la del campo, entonces sacaban a los enfermos a sembrar y la extensión era muy grande, todo lo que quedaba atrás de La Castañeda.

Fachada original de La CastaAi??eda transportada a una hacienda en Amecameca

Fachada original de La Castañeda transportada a una hacienda en Amecameca

Cuando se hizo toda la reorganización de La Castañeda, se había dividido en dos secciones, una sección para hospitalización, donde estaban los enfermos que se tenían que atender médicamente, que se les ponían inyecciones, que se les hacía el tratamiento de paludismo, en fin, todas las cosas que hasta entonces se podían hacer; y el otro, de colonia-asilo, esa colonia-asilo era la de enfermos incurables, pero suficientemente aptos para hacer alguna cosa. [Había] otros que eran totalmente improductivos, inadaptables, ésos se quedaban en el pabellón, pero los demás salían todos los días a trabajar en el campo, y parece que empezó a producir, pero producía en manos del administrador. Entonces el administrador vio que aquello era un buen negocio, y cuando yo dejó la primera vez La Castañeda [como director], eliminaron a los enfermos y llevaron trabajadores para explotar el campo: naturalmente se perdió todo lo que había pensado de que aquello fuera terapia, de que el producto se pudiera repartir entre los enfermos. Ahí se echó a perder todo… pues yo no culpo a nadie especialmente, sino a esa organización burocrática que nos hace depender tanto del fulanito que recomendó a menganito y que el otro lo sostiene. Total, que cambiaron de administrador que era una persona muy hábil, sobre todo para sus manejos, y [se] perdió ya el control médico sobre la terapia.

[El administrador] era un recomendado y una persona muy allegada al Jefe de la Beneficencia, acordaba directamente con el Jefe de la Beneficencia, hacía lo que quería. El que yo tuve durante la época en que, gracias a las amistades y situaciones especiales que teníamos entonces (a mí me consideraban como persona influyente), me trataba muy bien. El administrador procuraba darme cuenta de lo que hacía, pero yo sabía que me estaba dando cuenta de cosas que no eran ciertas y que no eran lo debido. Si yo protestaba, si yo decía, no había manera de comprobar qué era lo que estaba pasando. Esto es lo que se refería a estas cosas grandes, de la producción del campo, la producción de algunas cosas del taller. En general, las cosas del taller como eran poquitas sí se podían controlar mejor y después se abandonaron porque se empezó a dejar. Lo de los tapetes ya no se hizo, lo de encuadernación ya no había material y todas esas cosas fueron abandonándose; pero en general, la administración que comprendía no nada más esto de la terapia ocupacional sino todo el manejo de alimentación para los enfermos, de ropa para los enfermos, se prestaba a multitud de abusos, y eso es lo que principalmente produjo en La Castañeda un malestar y una cosa de maltrato para los enfermos, de mala atención, de descuido y de abuso; se presentaron abusos dentro de los mismos pabellones, ya no era nada más del administrador, sino multitud de empleados que vivían en La Castañeda, que lograron tener la concesión del administrador, de ocupar un departamento en un lugar, una habitación en otro lugar, y así sucesivamente, y de los mismos jefes de pabellón, de los enfermeros, que sacaban la comida, que se llevaban alimentos, que las raciones que debían ser para los pabellones se las llevaban para su casa, y esto a pesar de que se habían implantado medidas de revisión para que al salir los trabajadores se viera qué llevaban. Provocaba esto muchas fricciones, muchas protestas, y conforme fue pasando ya el tiempo en la segunda etapa, es decir, después de que yo salí llegaron a tener abusos muy grandes y muy difícilmente se pudieron corregir.

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Mariano Azuela y José Clemente Orozco: Los de abajo en Nueva York

Roberto Fernádez Castro - Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Mariano Azuela, médico de profesión, simpatizante de Madero y después villista, ocupa uno de los sitios más importantes dentro de la narrativa mexicana. Si es verdad que la fuerza de sus obras reside sobre todo en su honradez, el amor entrañable que expresó por la gente y las cosas de México explican por qué en sus novelas quiso exhibir virtudes y lacras por igual. Su verdad consistió en ofrecer, con la mayor fidelidad posible, una imagen del pueblo mexicano y de lo que somos. Por eso, en más de una ocasión, hizo crítica de una Revolución en la que él mismo había participado. La necesidad de decir o de gritar lo que pensaba y sentía, con tal de no traicionarse a sí mismo, le llevó a ser también censurado, pero como él mismo dijo, lo comprendieron los que más le importaban, los revolucionarios auténticos e íntegros.

JosAi?? Clemente Orozco

           José Clemente Orozco

Entre las obras más notables de Mariano Azuela se encuentran Mala Yerba (1909), Andrés Pérez, maderista (1911), Los de abajo: Cuadros y escenas de la revolución mexicana (1916), Los caciques (1917), La luciérnaga (1932), El camarada Pantoja (1937) y Nueva burguesía (1941). Sin embargo, Los de abajo, ese “grande y terrible librito”, como se dijo de él en Madrid cuando comenzó a ser conocido por los críticos literarios de la época, fue la obra de Mariano Azuela que muy pronto se ganó un lugar entre los esfuerzos literarios más representativos en Hispanoamérica, junto a Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos y Don Segundo Sombra, del argentino Ricardo Güiraldes. La novela se publicó por primera vez en El Paso, Texas y su impacto en Estados Unidos sería considerable, aunque sólo algunos años después. La historia de su fama en esta nación comenzó en 1929, en Nueva York.

Orozco, "La batalla" IlustraciA?n para The Underdogs, 1929

Orozco, “La batalla” Ilustración para The Underdogs, 1929

Siendo todavía muy joven, Anita Brenner fue comisionada por la Universidad Nacional de México para realizar una investigación sobre arte mexicano en colaboración con los fotógrafos Tina Modotti y Edward Weston. Aunque estudiante de nacionalidad estadounidense, ella había nacido en Aguascalientes en 1905 y parte de su niñez trascurrió en México, de modo que cuando regresó a Estados Unidos en 1928, después de cumplir su compromiso con la Universidad, se dedicó a preparar la publicación de su libro Ídolos tras de los altares (1929), se encargó de editar la sección de temas latinoamericanos de la revista The Nation y, lo más importante, la editorial Alfred A. Knopf le propuso encargarse de traducir al inglés Los de abajo. Ella había publicado algunos fragmentos de la novela en The Nation, sin pedir permiso a nadie, así que fue la primera que recibió las felicitaciones por dar a conocer un relato tan vivo y tan desconocido de la Revolución mexicana. Advirtió desde entonces que la obra era casi intraducible por las dificultades que implicaba encontrar el significado apropiado de algunas palabras y expresiones de habla popular empleadas. En cualquier caso, Mariano Azuela rechazó la propuesta de Knopf porque en esos días había comprometido ya la traducción con la editorial Brentano; lo interesante es que en una carta que Anita dirigió al doctor Azuela en enero de 1929 le sugirió que José Clemente Orozco debería ilustrar la obra, pues acababa de hacer unos dibujos a los que ella misma había bautizado como Los horrores de la revolución, que correspondían exactamente con el momento emocional de Los de abajo y además eran los únicos que tenían la fuerza debida. Por el momento, el asunto quedó ahí, aunque más adelante Anita se haría cargo de traducir Mala Yerba con el título de Marcela. A Mexican Love Story (1932).

JosAi?? Clemente Orozco, "Bandit and girl", hecha para la revista The Underdogs, 1929

     José Clemente Orozco, “Bandit and girl”,      hecha para la revista The Underdogs, 1929

José Clemente Orozco es nuestro segundo personaje clave. El artista, que desde 1904 perdió su mano izquierda en un accidente manipulando pólvora, era conocido en México primero como caricaturista de los periódicos El Imparcial, El Ahuizote, El Malora, La Vanguardia y El Machete, pero sobre todo como el autor de los murales de la Escuela Nacional Preparatoria pintados entre 1923 y 1926. Sin embargo, tras los ataques de algunos estudiantes y mujeres católicas que consideraron ofensivos parte de sus temas, el propio Orozco sustituyó y modificó los frescos que fue- ron dañados o destruidos. Al final, se conservó en ellos la imagen de los campesinos revolucionarios junto al banquete de los ricos ridiculizados. Es cierto que el propio Orozco escribió en su Autobiografía que la revolución fue “sainete, drama y barbarie”, pero lo más importante es que él, como Azuela, tampoco necesitó penetrar clínicamente en la mente de los revolucionarios para convencer a sus espectadores. Sus obras son un enjuiciamiento de la raza humana, describen con espantosa sinceridad y honradez la insensata carnicería que implica toda guerra civil, con escenas donde unos a otros se matan y se ultrajan. Lo único que sobrevive es el sentimiento de dolor que se trasmite al espectador para extrañarlo de la violencia, del egoísmo despiadado y de la animalidad, para que no se acostumbre a la brutalidad.

Orozco, "Soldaderas" para la revista The Underdogs, 1929

Orozco, “Soldaderas” para la revista The Underdogs, 1929

Orozco salió de la estación Colonia con rumbo a Nueva York el 11 de diciembre de 1927, pero tuvo que pasar como inmigrante, mediante declaraciones bajo juramento y pagando diez dólares adicionales, una suma de poca importancia, salvo porque viajaba entonces sólo con recursos para el pasaje de ida y tres meses de subsistencia que generosamente le facilitó don Genaro Estrada, entonces secretario de Relaciones Exteriores. Comenzaban los tiempos difíciles para la economía estadounidense y la vida material era muy cara, más que la primera vez que había estado en San Francisco diez años atrás. Esa misma razón le impidió encontrar pronto un apartamento para trabajar; primero pasó el invierno en un frío sótano de Riverside Drive, a una cuadra de la Universidad de Columbia, después instaló su estudio al oeste de la calle 22, donde comenzó a pintar y a dibujar sus primeras impresiones acerca de Nueva York.

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Crónica de dos hermanos

Yolanda Pintos – Taller de Artificios

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Valerio Trujano

Una mañana luminosa de abril de 1812, un barco llegó de España al puerto de Veracruz. El recibimiento corría por parte de la Guardia Real y españoles notables en espera de noticias, órdenes y sobre todo de armamento para hacer frente a los motines insurgentes que se sucedían en diferentes puntos. En el puerto no se hablaba de otra cosa. Detrás de ellos, en el malecón, una fila inmensa de curiosos no perdía detalle del momento. En el barco todo era movimiento y bullicio, sólo dos jóvenes españoles permanecían expectantes. Escondidos entre sus crecidas melenas y barbas, los ojos sombríos contrastaban con la claridad del día. Habían pasado la noche en vela sumergidos en sus propias cavilaciones al tiempo que oteaban el horizonte; en el aire se percibía ya el olor a tierra. Las palabras de don Agustín Loranca disiparon la euforia con que habían abordado el barco. Su decisión fue irrevocable, dejar España para siempre y venir a pelear brazo con brazo, codo con codo con los novohispanos. No renunciaban a España ni lucharían jamás contra ella, pero sí contra el despotismo de la Corona. La mirada de Rodrigo se oscureció como si pájaros negros hubieran cruzado por ella, pensaba en la muerte de su padre. Él y Prisciliano se preguntaban si no se habrían precipitado y la duda hizo presa de ellos.

Vicente Guerrero

Vicente Guerrero

Agustín Loranca era un criollo de mediana edad que había ido a España a conocer la tierra de sus mayores, Las noticias llegaban lentas, pero cuando supo de los levantamientos en la Nueva España decidió regresar a proteger a su familia. De esta forma coincidió con los hermanos en el barco. No era hombre de armas, aunque tampoco se oponía a que la Nueva España, después de 300 años de sometimiento, tomase otro rumbo. Pensaba en el trato tan desigual hacia los criollos, considerados inferiores con respecto a los verdaderos españoles; por eso y más no abandonaría a estos muchachos. En el fondo sentía un cierto orgullo por ellos que ofrendaban su juventud y su fuerza por una buena causa.

Parroquia de Tepecoacuilco, Guerrero

Parroquia de Tepecoacuilco, Guerrero

Pero ya sabéis, de esto ni una sola palabra a nadie. Ah, y al bajar del barco nada de ponerse los uniformes, bajad así como estáis con esas camisas sucias, sin escarmenar el pelo. Si antes de estar a salvo, alguien os preguntara por vuestra identidad, decid que sois sobrinos de don Felipe de Unda, quien os ha mandado llamar para ayudarle. Tened esto presente, pues de lo contrario os haríais sospechosos para ambos bandos. Como traidores para unos o posibles espías para los otros. En cualquier caso como corderitos listos para ser sacrificados, ya sea por los unos o los otros.

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El entramado de la Historia

La revista reseñada en Milenio Semanal:

La intriga estadounidense contra Madero y la edición neoyorquina de la novela de Azuela Los de Abajo (The under dogs) ilustrada por Orozco. Las ideas en pro de la independencia americana del hispano conde Aranda y los disfraces de carnaval de mediados del XIX. Los efectos de la Guerra de Secesión estadunidense en México y la fiesta político-guadaluapana de 1920. Los inicios de la pelota vasca en nuestro país y la primera de tantas derrotas mundialistas del futbol nacional, en 1930. Los estudiantes contra Porfirio Díaz y la destrucción de La Castañeda. Leves historias tejidas en el entramado de la gran Historia. En su tránsito de la política a la vida cotidiana, del hecho histórico al suceder deportivo, de lo colectivo a lo individual, esta publicación continúa enriqueciendo nuestra percepción de México.

REVISTA BICENTENARIO. EL AYER Y HOY DE MÉXICO (VOL. 3, NO. 13 JULIO-SEPTIEMBRE) INSTITUTO MORA, 96 PP. MÉXICO 2011

Alejandro de la Garza aladelagarza@yahoo.com.mx

¿Qué esperamos? Televisión comercial y hábitos alimenticios

Lourdes Roca- Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Obesidad infantil

Obesidad infantil

Somos el primer país a nivel mundial en sobrepeso y obesidad infantiles. Esta sentencia (quizás el término nunca haya sido tan apropiado), lejos de revertirse en los últimos tiempos, sigue causando todavía mayores estragos entre la población que a inicios de la década pasada, cuando en el Laboratorio Audiovisual de Investigación Social del Instituto Mora empezamos un estudio sobre las relaciones entre la infancia y la televisión, donde se evidenció el papel dañino que juega la exposición a la televisión comercial en la salud de las niñas y los niños de nuestro país y, por supuesto, en su futuro.

El problema de sobrepeso y obesidad infantiles se ha triplicado en los últimos veinte años; de los 43 millones de infantes con sobrepeso en el mundo, 35 millones viven en países en desarrollo. En el caso de México, el sobrepeso y la obesidad entre niños de 5 a 11 años se ha incrementado un 40% en tan sólo siete años. Y esta tendencia viene aumentando cada vez de forma más acelerada debido a una combinación terrible para las edades en pleno crecimiento y desarrollo: el sedentarismo y el consumo de bebidas y comida que sobrepasan en mucho sus necesidades.

Junto con el aumento en el consumo de alimentos bajos en nutrientes y altos en harinas y grasas, el consumo de refrescos es uno de los que más ha aumentado en las últimas décadas. Como si fuera poco, la población que ingiere mayor cantidad de bebidas gasificadas en el día es la escolar. El promedio consumido por niños y adolescentes, tres y más veces al día, es de 500 mililitros, ahora, además, con gran presencia en la mesa desde el desayuno; muchos llegan a la escuela habiendo ingerido sólo este tipo de bebida por la extendida certeza de que sacia y da energía. El resultado es que, con apenas seis años de edad, un niño mexicano consume al año 800 litros de refresco, frente a 150 litros de leche. Si consideramos que a esta edad se definen la mayoría de los hábitos de consumo que se tendrán de por vida, podemos imaginar a dónde nos está conduciendo esta alta ingesta de azúcares y ácido fosfórico junto con el bajo consumo de calcio y las diversas formas en que se limita su fijación en los huesos. Esta situación está mermando de forma alarmante la salud infantil y, junto con la gran ingesta calórica y el aumento del sedentarismo, ocasiona graves problemas de desarrollo físico y psíquico.

El problema es, por supuesto, multifactorial, pero si reconocemos que gobierno, familia y escuela juegan papeles fundamentales en él, veremos aquí cómo el mercado, sobre todo a través de la televisión comercial, también tiene gran parte de responsabilidad en el asunto, responsabilidad apenas detectada como determinante.

HA?bitos alimenticios infantiles

Hábitos alimenticios infantiles

Medios de “comunicación” comerciales

Los medios de comunicación modernos apelan a nuestros sentidos, sobre todo al oído y los ojos. En la primera mitad del siglo XX, cuando la radio y el cine sonoro fueron el deleite de las familias, ahí el sentido de escucha era el principal. Hacia el último tercio del siglo, después de varias décadas de convivir estrechamente con la televisión, el desarrollo de las opciones de distracción con pantallas sería espectacular: hoy interactuamos con una gran diversidad que se amplió de la televisión a las computadoras y del Nintendo a internet con todas sus posibilidades. Por eso nuestro entorno es considerado hoy hipervisual.

Este desarrollo mediático tiene su lado lamentable, como veremos. Lo que en su momento tuvo fines de interés social y altruistas, con medios diseñados para llenar espacios y tiempos de esparcimiento de la población, fue visto también como un gran negocio por parte de mentes emprendedoras, poco o nada preocupadas por los problemas que aquejan a la sociedad y que lograron hacer verdaderos emporios de algunos de estos medios.

Esta es la triste historia de los medios en México, donde a la fecha imperan los de carácter comercial, con honrosas pero escasísimas excepciones. La televisión que ve la gran mayoría de la población está en manos de dos grandes empresas, que juntas forman un duopolio con amplio poder económico y político en el país: Televisa y TvAzteca. Asimismo, muchas de las publicaciones periódicas que circulan a nivel nacional son de su propiedad. Las ventas resultantes de toda la publicidad intercalada entre sus mensajes constituyen un suculento negocio, con multimillonarias ganancias anuales. Estas dos grandes empresas reúnen la mayor cobertura televisiva nacional, llegan a casi todos los hogares, escuelas y circulan por la propia calle, a través de grandes anuncios espectaculares, revistas impresas y boletines electrónicos. De manera que el poder de penetración de sus mensajes se ha fortalecido en gran medida, particularmente en las últimas décadas, en que las reiteradas crisis han orillado a las familias a disponer cada vez de menos opciones, para informarse y conocer tanto como para entretenerse y divertirse.

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La caída del Coloso

Octavio Paz Solórzano, edición Regina Hernández – Instituto Mora.

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

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La ciudad de México en 1910 era una ciudad llena de contrastes. Como símbolo del poder, representaba a un régimen que sostenía el orden y el progreso. Las obras de urbanización, agua, drenaje, pavimentación de calles, alumbrado, servicios y nuevas comunicaciones traslapaban los contrastes entre la miseria y la riqueza y bajo el cual las diferencias entre pobres y ricos se incrementaban. Representaba asimismo a un régimen que, entre afeites, perfumes franceses, carreras de caballos, clubes hípicos, grandes salones y restaurantes, pretendía esconder su cansancio y decrepitud. Desde 1908 “después de la entrevista Díaz-Creelman”, la capital vio aparecer en sus calles, cafés, plazas, mercados, barrios y colonias voces discordantes que rompían el silencio y la apatía. Nuevos grupos políticos se sumaban a los partidarios de la No Reelección de Porfirio Díaz. El pueblo quería y buscaba un cambio.

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Esperando la renuncia de Díaz frente a la Cámara de Diputados, junio 2, 1911

En 1910 la ciudad de México vivía en un dilema. Por un lado, se hizo festiva, patriota, retomó el sentido nacionalista producido por el redescubrimiento de los héroes que 100 años antes habían lanzado el grito libertario. Por el otro, era cuestionadora, crítica, exigente, tomaba las calles para exigir un cambio que le permitiera obtener mejores salarios, elegir libremente a sus gobernantes e imponer la bandera del nuevo proyecto que reclamaba el Sufragio Efectivo y la No Reelección.

Por la calle de Tacuba transitaban jóvenes estudiantes, obreros, empleados, maestros, periodistas, que se dirigían al Centro Antirreleccionista a escuchar las propuestas de Emilio Vázquez Gómez, Francisco I. Madero, Luis Cabrera, Filomeno Mata y José Vasconcelos. Leían con sumo interés los artículos publicados en dos nuevos periódicos: México Nuevo y El Constitucional. Pero a la vez la población se preparaba para esconder sus inconformidades y mostrar al mundo los logros del régimen porfirista. Las fiestas del Centenario la convirtieron en escenario de los desfiles de huéspedes distinguidos. Se veían bombines, jaquís, kepis, levitas, sombreros emplumados y vestidos de seda y muselina, en contraste con los anchos sombreros de palma, los calzones de manta, los huaraches, los sacos de lana burda y corriente. El escritor y diplomático Federico Gamboa anota en su Diario: “La sociedad íntegra y el pueblo entero secundaron al gobierno con patriótica y cálida cooperación inolvidable”.

El pueblo observaba detrás de la valla de soldados y policías las inauguraciones de los edificios del manicomio de La Castañeda, la Normal para Maestros y la Asociación Cristiana de Jóvenes en la calle de Balderas, vio colocar las estatuas de Luis Pasteur, George Washington y Alejando Von Humboldt. En la Alameda aplaudió la inauguración del Hemiciclo a Juárez y desde el elegante paseo de la Reforma admiró elevarse la columna de la Independencia. Fiestas, bailes y banquetes halagaban a los invitados, pero las notas discordantes se escabullían para aparecer en el anónimo grito de apoyo a Madero y el Sufragio Efectivo, No Reelección.

Una vez que transcurrió el jolgorio, la tensión política aumentó. La oposición ganó terreno. Díaz utilizó los medios oficiales y oficialistas para declararse triunfante. El descontento recorría las calles de la ciudad. La protesta levantaba su voz. Las noticias llegaron pronto: Madero había promulgado el Plan de San Luis Potosí y llamaba a un levantamiento armado. Aquiles Serdán cayó luchando en Puebla. La misma capital de la república se enfrentó al régimen: el 18 de marzo de 1911 un grupo de intelectuales encabezado por Camilo Arriaga dio a conocer el Plan de Tacubaya, en el que se convocaba a una rebelión armada y a la toma del cuartel de San Diego. Al denunciarse la conspiración, algunos de sus participantes fueron hechos prisioneros, otros escaparon y se refugiaron en Estados Unidos. La represión aumentó, hubo delaciones y acoso. Las cárceles se llenaron.

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Díaz se tardó mucho en reaccionar; cuando por fin se percató de la importancia del movimiento maderista quiso revertir la situación. Hizo renunciar al gabinete en pleno con excepción del ministro de Hacienda José Yves Limantour. El 1° de abril envió al Congreso una iniciativa de ley para restablecer el principio de no reelección y repartir algunas tierras de las grandes haciendas. Buscó también un acercamiento con el jefe revolucionario Madero pero sus emisarios se negaron a discutir acerca de la renuncia presidencial. La lucha creció, el ejército fue incapaz de dominar las sublevaciones. La ciudad de México no escondió su inconformidad y se lanzó a la calle; estudiantes y obreros unieron sus gritos y exigieron la salida de Díaz, apedrearon su casa y el taller de El imparcial, reconocido como la voz del régimen, fue incendiado. El coloso tembló, su caída era inminente.

El fragmento que reproducimos a continuación expresa de excelente forma la efervescencia que se vivió en el Distrito Federal los días previos a la renuncia de Porfirio Díaz. Procede del “Magazine Para Todos” del diario El Universal, del 10 de noviembre de 1929. Su autor, Octavio Paz Solórzano, era hijo de don Ireneo Paz, y hacia 1910 colaboraba con su padre en La Patria, el periódico que este había fundado por él. Atendamos pues a su testimonio.

Regina Hernández
Instituto Mora

[...] Los más entusiastas en los ideales [revolucionarios] por los que se combatía eran los estudiantes: Unos, decididamente después de haber estado comprometidos en las conspiraciones que se fraguaban y temiendo ser aprehendidos, se agregaron a los amigos o conocidos que tenían en la revolución. [José] Siurob marchó a Guanajuato; Enrique Estrada al norte; Rafael Cal y Mayor, que había sido comisionado por Siurob para hacer propaganda entre los estudiantes, con el objeto de conseguir adeptos al Plan de Tacubaya y que el día designado para el levantamiento debía apoderarse, en compañía de otros estudiantes, del armamento de la guardia del Hospital Militar. Al fracasar la conspiración fue a unirse con Rafael Tapia, al Estado de Veracruz.

Un grupo de estudiantes de las diversas escuelas metropolitanas, encabezados por Fandila Peña y Gonzalo Zúñiga, tuvieron la audacia de irle a pedir la renuncia al general Díaz, pero al estar en su presencia les impuso de tal manera la voz ronca de don Porfirio, que ya ni hallaban ni cómo salir, y todos aterrorizados cuando se les preguntaba qué les había respondido el presidente, no sabían ni qué contestar, pues decían que sólo habían oído un ronquido. Después de este hecho, Fandi la Peña, con un grupo de los atrevidos se fue con los revolucionarios surianos.

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La pelota vasca en México en los siglos XIX y XX

Héctor Olivares Aguilar – Facultad de Filosofía y letras, UNAM

Revista BiCetenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

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Corría el año de 1895 cuando en la ciudad de México se inauguraba el frontón “Eder Jai” (en vasco, fiesta hermosa) y se presentaba el “Jai Alai” (fiesta alegre). Casi de inmediato, esta modalidad de la pelota vasca ganó afición en nuestro país por la rapidez con que la xistera o cesta moderna lanzaba la pelota contra la pared, exigiendo al pelotari gran agilidad física y mental. Sin embargo, el nuevo espectáculo tendría que competir con el teatro y los toros.

Se dice que la idea de convertir este deporte en espectáculo fue de don Lucio González, rico propietario de San Sebastián, España, a quien se le ocurrió profesionalizarlo, pues antes, cuando todavía no se conocían los frontones con entradas de pago, los pelotaris no tenían sueldo, se fijaba un premio, 100 duros por ejemplo, que se entregaban al jugador o pareja vencedora; el perdidos o no cobraba. La idea fue tomada por el empresario Rogelio Zubirá, quien, con una cuadrilla de pelotaris vasco-españoles, inauguró “Eder Jai”. Llegó así el frontón industrial, es decir, la empresa encargada de contratar pelotaris, ofreciéndoles hospedaje y un sueldo que podía aumentar según el desempeño, y de manejar las apuestas a través de ventanillas y corredores especiales.

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El frontón industrial precisaba de una fuerte inversión pues, además de tener una amplia cancha rectangular de tres muros (54 A? 60 m de largo, 10 m de ancho y 10 m de altura), debía ofrecer gradas al público, cajas para apuestas, baños y vestidores para los pelotaris; algunos contaban incluso con cantina y restaurante. No obstan- te, y pese al riesgo de presentar un espectáculo nuevo, resultó ser una excelente inversión; el 29 de abril de 1897, “El Centinela Español”, un diario mexicano, afirmaba que, si bien los toros contaban con muchos aficionados, los frontones atraían cada vez a más concurrentes.

02 (252x500)03 (266x500)Poco a poco comenzaron a construirse más instalaciones para la exhibición y práctica del deporte y a llegar pelotaris vascongados, quienes hacían gala de destreza, (lo mismo que de su mala fea), pues muchas de las apuestas estaban arregladas y más de un fanático acabó en bancarrota. Al inicio del siglo XX, un decreto gubernamental contra las apuestas cerró los frontones.

Hay que aclarar que el gusto por la pelota vasca no era nuevo en México, sino que ésta se había jugado desde la llegada de los españoles, con un juego directo, sin pared de por medio, en que sólo un lazo dividía el terreno y no se recurría más que las manos para pasar la pelota de un extremo a otro. Hacia fines del siglo XVIII e inicios del XIX existía una cancha en el convento de San Camilo en la ciudad de México, construida para cuidar la salud física de los hermanos de esa orden. Se prestaba a los comerciantes vascos que, al término de su jornada en el Parián, querían distraerse y apostar un poco de sus ganancias, confiados en ellos mismos o en sus jóvenes ayudantes, “previamente entrenados”.Se jugaba también de forma directa y con red o cuerda en el medio, sólo que para lanzar la pelota de extremo a extremo se usaba el chacual (derivado de zacuali, en náhuatl vaso en que se echa alguna cosa, o de tzacua, tapar o atajar algo) utensilio con forma de canasta y amarrado como guante. El juego atrajo con el tiempo la atención de los léperos; para evitar su presencia se comenzó a cobrar la entrada y se destinó el dinero reunido al hospital de San Andrés. Que se jugara en San Camilo y otros sitios de los que existen algunos registros debió de contribuir a que el Jai Alai adquiriera tanta popularidad. La ciudad de México llegaría a tener más frontones que plazas de toros, entre otros el Frontón Hispano-Mexicano y el Nacional.

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A lo largo del siglo XX, pese a que el espectáculo se prohibió en varias ocasiones, los frontones llegaron a ser tan numerosos que la ciudad de México se consideró como la de más canchas de pelota vasca en el mundo. Acaso lo sea aún: a la fecha, tan sólo en delegación de Xochimilco cada barrio, pueblo y colonia tienen al menos dos de ellas. Sin embargo, el que es uno de los deportes de mayor tradición en el país está desprestigiado “se le acusa incluso de ser un ‘juego para vagos’” y carece de apoyo y difusión. Aun así, conserva su popularidad y se practica en sus diferentes modalidades en canchas públicas y privadas, destacando las siguientes: mano, cesta punta, paleta, trinquete y frontenis.

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