Archivo de la categoría: BiCentenario #13

Celebrando a la Guadalupana en los aAi??os veinte: A?una ceremonia polAi??tica o religiosa?

MarAi??a Gabriela Aguirre Cristiani -Ai??UAM-Xochimilco

RevistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 13.

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La Madre de Dios en MAi??xico

La Madre de Dios en MAi??xico

El XXV aniversario de la coronaciA?n a la Virgen de Guadalupe fue objeto de una magna celebraciA?n. Desde muy temprano, en aquella maAi??ana del 12 de octubre de 1920 la BasAi??lica se encontraba adornada de flores que cubrAi??an todo el templo en seAi??al de la gran fiesta que estaba por empezar. La ceremonia fue la oportunidad para que en torno al arzobispo de MAi??xico, monseAi??or JosAi?? Mora y del RAi??o, se reuniera todo el episcopado en pleno, en un homenaje a la Reina y Madre de MAi??xico.

Muy probablemente, el contexto polAi??tico revolucionario eclipsA? la importancia de este evento. No habAi??an pasado cinco meses desde que el presidente Venustiano Carranza se trasladara a Veracruz a establecer su gobierno, cuando fue asesinado en el poblado de Tlaxcalantongo, Puebla.

Inmediatamente el Congreso de la UniA?n nombrA? al entonces gobernador de Sonora, Adolfo de la Huerta, presidente provisional con la tarea de convocar a elecciones. Ello significA? el triunfo de la rebeliA?n de Agua Prieta que apoyA? la candidatura de A?lvaro ObregA?n a la presidencia. En este contexto, a escaso mes y medio de que este general tomara posesiA?n de su cargo, tuvo lugar el jubileo a la Virgen de Guadalupe.

La Guadalupana

Siendo todavAi??a presidente interino Adolfo de la Huerta, los preparativos para el festejo religioso iniciaron su curso en un ambiente en el que prevalecAi??a la inestabilidad polAi??tica. A pesar de que su interinato fue muy conciliador, los levantamientos locales seguAi??an dando problemas a la FederaciA?n. El logro mA?s importante de este gobierno fue la rendiciA?n de Francisco Villa y el repliegue a su hacienda de Canutillo.

En estas circunstancias, la ceremonia a la Virgen de Guadalupe no quedA? registrada en la historia oficial de la RevoluciA?n e intentar reconstruirla pone de manifiesto no sA?lo la magnitud del culto a la Guadalupana, sino la fuerza que en ese momento tenAi??a la Iglesia catA?lica como una instituciA?n que pretendAi??a restaurar el orden social cristiano.

El Abad Mitrado de la Colegiata de Guadalupe, Antonio Plancarte y Labastida

El Abad Mitrado de la Colegiata de Guadalupe, Antonio Plancarte y Labastida

Si recordamos que para esos momentos la reciAi??n promulgada ConstituciA?n de 1917 establecAi??a importantes lAi??mites a las iglesias entre los que se encontraba la prohibiciA?n del culto externo, es decir, el culto fuera de los templos (artAi??culo 24), la conmemoraciA?n a la Guadalupe adquirAi??a una dimensiA?n no sA?lo religiosa, sino polAi??tica. La Iglesia catA?lica mostraba una postura mA?s combativa que ya venAi??a trabajando, incluso, desde antes de que estallara el movimiento revolucionario, a fin de lograr hacer valer su proyecto social de naciA?n.

En efecto, conmemorar los veinticinco aAi??os de la coronaciA?n a la Virgen era la gran oportunidad para convocar a todos los mexicanos a un acto masivo que mostrara la unidad y concordia de un pueblo que hasta el momento no lograba la paz, pero con su fe y su fervor proclamarAi??a su amor a la patria. TambiAi??n era el momento de recordar el origen del culto a la Guadalupana, el cual, a los ojos del clero era, sin lugar a dudas, el sAi??mbolo de la identidad nacional. En efecto, la celebraciA?n significA? traer a la luz el pasado virreinal cuando la Virgen se le apareciA? a Juan Diego; fueron los indAi??genas y los mestizos originarios de las tierras mexicanas los primeros en sentirse ai???hijos de Guadalupeai???. En el siglo XVIII se consagrA? el culto cuando en 1737 fue proclamada Patrona de la ciudad de MAi??xico y nueve aAi??os despuAi??s, de todo el reino de la Nueva EspaAi??a. MA?s adelante, en 1754, el papa Benedicto XIV aprobA? el patro- nato, autorizA? la traslaciA?n de su fiesta al 12 de diciembre y le concediA? misa y oficio propios.

Grabado italiano anA?nimo a partir de una pintura de Miguel Cabrera, 1732

Grabado italiano anA?nimo a partir de una pintura de Miguel Cabrera, 1732

La fecha paradigmA?tica de esta celebraciA?n fue el 12 de octubre de 1895, cuando el entonces arzobispo de MAi??xico, PrA?spero MarAi??a AlarcA?n, en nombre y con la autoridad del pontAi??fice LeA?n XIII coronA? a la Virgen, SeAi??ora de Guadalupe. En estas bodas de plata, el jubileo retomaba esta tradiciA?n devocional convirtiAi??ndose en una fiesta religiosa de carA?cter pA?blico. El Universal ofreciA? una descripciA?n de cA?mo se viviA? el homenaje ese dAi??a:

Desde las primeras horas cada minuto partAi??a delAi??ZA?calo un tranvAi??a lleno de fieles y de peregrinos. La calzada de Guadalupe iba colmada de gente que ca- minaba a la BasAi??lica a pie o en carros de tracciA?n animal, adornados con flores y banderitas de papel de vivos colores. Las fachadas de las casas estaban igualmente adornadas, y por la antigua calzada de los Misterios, iban tambiAi??n las peregrinaciones de devotos, que rezando avemarAi??as se detenAi??an ante los restos de aquellos toscos monumentos levantados en trechos, en pretAi??ritos tiempos. Todo MAi??xico y toda la poblaciA?n flotante estuvieron allAi??.

El alcance que esta celebraciA?n adquiriA? en tAi??rminos de los fieles que acudieron a la BasAi??lica y en funciA?n de los resultados obtenidos, una vez que la jerarquAi??a catA?lica se reuniA? con el fin de tomar acuerdos en cuanto a su polAi??tica a seguir, nos lleva a reflexionar sobre el carA?cter del evento: A?religioso o polAi??tico?

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Sumario #13

EDITORIAL

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

01Las advertencias del conde de Aranda
Victor A. Villavicencio

Sin tAi??tuloEn busca de un disfraz para el Carnaval: oportunidad de lucir con ingenio
Maria Esther Pérez Salas

02México y la Guerra Civil estadunidense
Gerardo Gurza

03El fantasma de la intervención: las argucias del embajador Henry Lane Wilson
Graziella Altamirano Cozzi

04Celebrando a la Guadalupana en los años veinte:¿una ceremonia política o religiosa?
María Gabriela Aguirre Cristiani

05“Vamos a aprender de los mejores” La participación de la selección mexicana en el primer Mundial de fútbol
Rogelio Jiménez Marce

06Hombres ilustres de México en París
Miguel Rodríguez

DESDE HOY

07¿Que esperamos? Televisión comercial y hábitos alimenticios
Lourdes Roca

DESDE AYER

08La caída del coloso
Octavio Paz Solórzano

09La pelota vasca en México en los siglos XIX y XX
Héctor Olivares Aguilera

CUENTO HISTÓRICO

10Crónica de dos hermanos
Yolanda Pintos

ARTE

11Mariano Azuela y José Clemente Orozco: Los de abajo en Nueva York
Roberto Fernández Castro

ENTREVISTA

12Arrasaron cuanto había y levantaron edificios…las llamadas Torres de Mixcoac
Testimonio de Manuel Guevara Oropeza, psiquiatra de La Castañeda / editado por Cristina Sacristán

La falta de un varA?n

Arturo SigA?enza
Taller de Artificios

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 14.

Marc Chagall, birth-1910 (640x466)Ai??

1894. Hacienda ai???Los Tres Zapotesai???. Un cigarrillo y otro mA?s. El patio entero donde se secaba el fruto de higuerilla se le hacAi??a chico y las cuatro horas de espera le parecAi??an veinte minutos. A?O era al revAi??s? No lo sabAi??a y mandaba por mA?s tabaco para liar unos cuantos. No estaba seguro de que ese doctorcito que trajeron de la ciudad pudiera hacer el trabajo de doAi??a Crescencia ai??i??la partera mA?s confiable del pobladoai??i??, quien se habAi??a encargado de recibir a sus siete hijas. Alguno de sus compadres le ha- bAi??a aconsejado: ai???confAi??a en la ciencia, Rogaciano, no seas tan ignorante, los doctores estudiados en la capital pueden hacer que nazca un machitoai???.

SacA? su reloj de oro mA?s por presumir que por ver la hora. Aunque sabAi??a leerlo, siempre le pedAi??a a alguien mA?s que lo hiciese por Ai??l, de hecho se le habAi??a vuelto un tic nervioso. Se alzA? un poco el sombrero para limpiarse el sudor con la mano, y se aflojA? el cinturA?n de cuero de vAi??bora que Ai??l mismo habAi??a matado, cuando la encontrA? debajo de su cama. Los gritos de su mujer eran mA?s desesperados que de costumbre, quizA? porque el tener un varA?n sea mA?s doloroso ai??i??pensA?ai??i?? o porque el mAi??ndigo doctorcito no sabAi??a traer un niAi??o al mundo.

ai??i??A?QuAi?? esperan para ir por doAi??aAi??Chencha! A?No oyen a mi mujer chillando como puerco? ai??i??gritA? don Rogaciano. Uno de sus mozos de confianza cogiA? un caballo con la adver- tencia de mejor no regresar si no era con la partera. Don Rogaciano estaba tan encabritado que no sintiA?, sino instantes despuAi??s, cuando el cigarrilloAi??le quemA? los dedos. Lo pisoteA? maldiciAi??ndolo y con premura encendiA? otro. Se dirigiA? a la recA?mara, abriA? de un golpe las dos altas puertas de madera y las dejA? de par en par.

ai??i?? A?QuAi?? carajos pasa? A?Llevan horas con este griterAi??o! ai??i??refunfuAi??A? palmoteando en una puerta. El doctor y su ayudanta se sintieron algo mA?s que intranquilos con la amenaza que hizo don Rogaciano pistola en mano. TenAi??an que traer un varoncito al mundo o ai???quiAi??n sabe quAi?? les podAi??a pasar, verdA? de Diosai???. Mas allA? de la preservaciA?n del apellido, estaba en juego la preservaciA?n de la Hacienda y la de su honra, pues sus parientes y amigos le machacaban cada que podAi??an ai???paraAi??cuA?ndo el varoncito, para cuA?ndoai???. Don Rogaciano sabAi??a que su problema de erecciA?n era cada vez mA?s severo, y que la edad y los problemas de la Raya lo tenAi??an al tope de sus cabales.

El padre de don Rogaciano escuchA? los gritos y caminA? pronto a la recA?mara, se acercA? por detrA?s y lo sacudiA? por los hombros. Le dijo que se dejara de pendejadas y que mejor se fuera a atender al turco que lo esperaba hacAi??a ya un buen rato. Don Rogaciano saliA? del cuarto, pero antes dejA? el revA?lver encima de la mesa donde el doctor tenAi??a sus utensilios. ai??i??Varoncito, doctor, varoncito ai??i??advirtiA? con sus ojos de lince enfadado.

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Arrasaron cuanto habAi??a y levantaron edificios… las llamadas Torres de Mixcoac

Testimonio de Manuel Guevara OropezaAi??psiquiatra de La CastaAi??eda, editado por Cristina SacristA?n.

RevistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 13.

Sobre una extensiA?n de 141,000 metros cuadrados, perteneciente a la antigua Hacienda de La CastaAi??eda, se edificA? en 1910 un manicomio de grandes dimensiones, forjando uno de los proyectos arquitectA?nicos mA?s ambiciosos del presidente Porfirio DAi??az. Seis dAi??cadas despuAi??s, en esos terrenos no quedaba rastro alguno de las 25 construcciones destinadas a albergar 1,200 pacientes, en lo que con el tiempo fue la instituciA?n psiquiA?trica mA?s importante del paAi??s por su contribuciA?n a la investigaciA?n, la enseAi??anza y la asistencia de enfermos mentales. En su lugar fue erigida una zona habitacional que se inaugurA? en 1972, las Torres de Mixcoac.

 

La CastaAi??eda

La CastaAi??eda

Como sucede con muchas instituciones, los orAi??genes del Manicomio de La CastaAi??eda se conocen bien porque en su momento fue portador de una gran promesa de cambio. Al paso de los aAi??os afloraron las carencias en las instalaciones, en la falta de personal capacitado y de recursos terapAi??uticos, hasta que el gobierno federal, de quien dependAi??a, decidiA? su clausura y demoliciA?n como si estos males se pudieran echar al olvido con hacerlo desaparecer. Quienes vivieron de cerca los A?ltimos aAi??os de La CastaAi??eda nos han relatado esta historia, los esfuerzos por rescatarla una y otra vez, los obstA?culos encontrados y la leyenda negra que la acompaAi??A?.

El Archivo de la Palabra del Instituto Mora conserva el testimonio del psiquiatra Manuel Guevara Oropeza, quien trabajA? en La CastaAi??eda durante casi 40 aAi??os, siendo su director en dos ocasiones. Nacido en 1899 en la ciudad de Orizaba y fallecido en 1980 en la ciudad de MAi??xico, fue entrevistado tres aAi??os antes de su muerte. De ese encuentro publicamos tres fragmentos donde alude a situaciones que no suelen dejar rastro en los documentos: el papel desempeAi??ado por los administradores, cuyos lazos con el poder resultaron muy perniciosos para el Manicomio; la dificultad para emprender una reforma psiquiA?trica nacional por la insensibilidad de las autoridades federales ante el tema de la enfermedad mental; y la campaAi??a desatada contra La CastaAi??eda hacia el final de sus dAi??as, acaso para crear un clima favorable a su destrucciA?n.

La CastaAi??eda

La CastaAi??eda

Manuel Guevara Oropeza fue designado director por primera vez de 1932 a 1934. Durante esos aAi??os le dio continuidad a una terapAi??utica muy en boga que habAi??a sido impulsada por el director anterior, la terapia ocupacional. Esta polAi??mica forma de tratamiento consistAi??a en hacer trabajar a los enfermos, de donde derivaban ingresos monetarios importantes cuya contabilidad no siempre se vigilaba con la debida pulcritud. En su segundo periodo, de 1938 a 1944, resultA? mucho mA?s innovador. Ante el gravAi??simo problema que representaba para el Manicomio el nA?mero de enfermos (que en 1943 alcanzA? la cifra de 3,400), propuso un modelo asistencial que atendiera de manera diferenciada a los pacien- tes agudos de aquellos considerados incurables. Este programa, firmemente apoyado por el doctor Salvador ZubirA?n, subsecretario de Asistencia PA?blica en la SecretarAi??a del mismo nombre, vio nacer la primera Granja para enfermos mentales, inaugurada en 1945.

Ya jubilado, el doctor Guevara Oropeza dio unAi??discurso con motivo de la ceremonia de clausura del Manicomio, que tuvo lugar el 27 de junio de 1968. En la entrevista recuerda una sorpresiva peticiA?n que le hicieron las autoridades de la SecretarAi??a de Salubridad y Asistencia, en ese entonces encabezadas por el secretario Rafael Moreno Valle. TambiAi??n hace el recuento de lo A?nico que se salvA? de aquella fabulosa y monumental construcciA?n y de lo mucho que se perdiA?.

Cristina SacristA?n
Instituto Mora

Malos manejos administrativos

La administraciA?n de La CastaAi??eda fue el punto negro de toda su vida. Antes de que yo tomara la direcciA?n y en los tiempos mA?s amargos, cuando habAi??a tan poco alimento y en fin, que estuvieron en condiciones muy malas, el administrador de La CastaAi??eda era el que iba, hacAi??a las compras, venAi??a, hacAi??a lo que querAi??a, pero siempre hubo una enorme dificultad para controlar a los administradores. El administrador de La CastaAi??eda era casi siempre un individuo con conexiones polAi??ticas mA?s o menos medianas, bajas, pero muy bien ligado con otras personas, con otros funcionarios y se diluAi??a completamente toda la responsabilidad,Ai??al grado de que difAi??cilmente se podAi??a lograr coger a la gente en sus malos manejos. Cuando se estableciA? el sistema de terapia ocupacional, como se hizo muy en grande y habAi??a talleres de varias clases, se pretendiA? que produjeran y se hizo una comisiA?n para que manejara el dinero, y algunas personas muy seleccionadas que llevaban las cuentas de aquello. Entre las cosas que se hacAi??an en La CastaAi??eda se hacAi??an tapetes persas que se vendAi??an bien caros: llegaron a pagar hasta cinco mil pesos por un tapete de Ai??sos; naturalmente esos ingresos iban a ser distribuidos entre los enfermos que los habAi??an hecho, y entre los demA?s del departamento de terapia ocupacional. Por otro lado, la otra forma de terapia ocupacional era la del campo, entonces sacaban a los enfermos a sembrar y la extensiA?n era muy grande, todo lo que quedaba atrA?s de La CastaAi??eda.

Fachada original de La CastaAi??eda transportada a una hacienda en Amecameca

Fachada original de La CastaAi??eda transportada a una hacienda en Amecameca

Cuando se hizo toda la reorganizaciA?n de La CastaAi??eda, se habAi??a dividido en dos secciones, una secciA?n para hospitalizaciA?n, donde estaban los enfermos que se tenAi??an que atender mAi??dicamente, que se les ponAi??an inyecciones, que se les hacAi??a el tratamiento de paludismo, en fin, todas las cosas que hasta entonces se podAi??an hacer; y elAi??otro, de colonia-asilo, esa colonia-asilo era la de enfermos incurables, pero suficientemente aptos para hacer alguna cosa. [HabAi??a] otros que eran totalmente improductivos, inadaptables, Ai??sos se quedaban en el pabellA?n, pero los demA?s salAi??an todos los dAi??as a trabajar en el campo, y parece que empezA? a producir, pero producAi??a en manos del administrador. Entonces el administrador vio que aquello era un buen negocio, y cuando yo dejAi?? la primera vez La CastaAi??eda [como director], eliminaron a los enfermos y llevaron trabajadores para explotar el campo: naturalmente se perdiA? todo lo que habAi??a pensado de que aquello fuera terapia, de que el producto se pudiera repartir entre los enfermos. AhAi?? se echA? a perder todo… pues yo no culpo a nadie especialmente, sino a esa organizaciA?n burocrA?tica que nos hace depen- der tanto del fulanito que recomendA? a menganito y que el otro lo sostiene. Total, que cambiaron de administrador que era una persona muy hA?bil, sobre todo para sus manejos, y [se] perdiA? ya el control mAi??dico sobre la terapia.

[El administrador] era un recomendado y una persona muy allegada al Jefe de la Beneficencia, acordaba directamente con el Jefe de la Beneficencia, hacAi??a lo que querAi??a. El que yo tuve durante la Ai??poca en que, gracias a las amistades y situaciones especiales que tenAi??amos entonces (a mAi?? me consideraban como persona influyente), me trataba muy bien. El administrador procuraba darme cuenta de lo que hacAi??a, pero yo sabAi??a que me estaba dando cuenta de cosas que no eran ciertas y que no eran lo debido. Si yo protestaba, si yo decAi??a, no habAi??a manera de comprobar quAi?? era lo que estaba pasando. Esto es lo que se referAi??a a estas cosas grandes, de la producciA?n del campo, la producciA?n de algunas cosas del taller. En general, las cosas del taller como eran poquitas sAi?? se podAi??an controlar mejor y despuAi??s se abandonaron porque se empezA? a dejar. Lo de los tapetes ya no se hizo, lo de encuadernaciA?n ya no habAi??a material y todas esas cosas fueron abandonA?ndose; pero en general, la administraciA?n que comprendAi??a no nada mA?s esto de la terapia ocupacional sino todo el manejo de alimentaciA?n para los enfermos, de ropa para los enfermos, se prestabaAi??a multitud de abusos, y eso es lo que principalmente produjo en La CastaAi??eda un malestar y una cosa de maltrato para los enfermos, de mala atenciA?n, de descuido y de abuso; se presentaron abusos dentro de los mismos pabellones, ya no era nada mA?s del administrador, sino multitud de empleados que vivAi??an en La CastaAi??eda, que lograron tener la concesiA?n del administrador, de ocupar un departamento en un lugar, una habitaciA?n en otro lugar, y asAi?? sucesivamente, y de los mismos jefes de pabellA?n, de los enfermeros, que sacaban la comida, que se llevaban alimentos, que las raciones que debAi??an ser para los pabellones se las llevaban para su casa, y esto a pesar de que se habAi??an implantado medidas de revisiA?n para que al salir los trabajadores se viera quAi?? llevaban. Provocaba esto muchas fricciones, muchas protestas, y conforme fue pasando ya el tiempo en la segunda etapa, es decir, despuAi??s de que yo salAi?? llegaron a tener abusos muy grandes y muy difAi??cilmente se pudieron corregir.

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Mariano Azuela y JosAi?? Clemente Orozco: Los de abajo en Nueva York

Roberto FernA?ndez Castro -Ai??Facultad de FilosofAi??a y Letras, UNAM

RevistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 13.

Mariano Azuela, mAi??dico de profesiA?n, simpatizante de Madero y despuAi??s villista, ocupa uno de los sitios mA?s importantes dentro de la narrativa mexicana. Si es verdad que la fuerza de sus obras reside sobre todo en su honradez, el amor entraAi??able que expresA? por la gente y las cosas de MAi??xico explican por quAi?? en sus novelas quiso exhibir virtudes y lacras por igual. Su verdad consistiA? en ofrecer, con la mayor fidelidad posible, una imagen del pueblo mexicano y de lo que somos. Por eso, en mA?s de una ocasiA?n, hizo crAi??tica de una RevoluciA?n en la que Ai??l mismo habAi??a participado. La necesidad de decir o de gritar lo que pensaba y sentAi??a, con tal de no traicionarse a sAi?? mismo, le llevA? a ser tambiAi??n censurado, pero como Ai??l mismo dijo, lo comprendieron los que mA?s le importaban, los revolucionarios autAi??nticos e Ai??ntegros.

JosAi?? Clemente Orozco

JosAi?? Clemente Orozco

Entre las obras mA?s notables de MarianoAi??Azuela se encuentran Mala Yerba (1909), AndrAi??s PAi??rez, maderista (1911), Los de abajo: Cuadros y escenas de la revoluciA?n mexicana (1916), Los caciques (1917), La luciAi??rnaga (1932), El camarada Pantoja (1937) y Nueva burguesAi??a (1941). Sin embargo, Los de abajo, ese ai???grande y terrible libritoai???, como se dijo de Ai??l en Madrid cuando comenzA? a ser conocido por los crAi??ticos literarios de la Ai??poca, fue la obra de Mariano Azuela que muy pronto se ganA? un lugar entre los esfuerzos literarios mA?s representativos en HispanoamAi??rica, junto a DoAi??a BA?rbara, del venezolano RA?mulo Gallegos y Don Segundo Sombra, del argentino Ricardo GA?iraldes. La novela se publicA? por primera vez en El Paso, Texas y su impacto en Estados Unidos serAi??a considerable, aunque sA?lo algunos aAi??os despuAi??s. La historia de su fama en esta naciA?n comenzA? en 1929, en Nueva York.

Orozco, "La batalla" IlustraciA?n para The Underdogs, 1929

Orozco, “La batalla” IlustraciA?n para The Underdogs, 1929

Siendo todavAi??a muy joven, Anita Brenner fue comisionada por la Universidad Nacional de MAi??xico para realizar una investigaciA?n sobre arte mexicano en colaboraciA?n con los fotA?grafos Tina Modotti y Edward Weston. Aunque estudiante de nacionalidad estadunidense, ella habAi??a nacido en Aguascalientes en 1905 y parte de suAi??niAi??ez trascurriA? en MAi??xico, de modo que cuando regresA? a Estados Unidos en 1928, despuAi??s de cumplir su compromiso con la Universidad, se dedicA? a preparar la publicaciA?n de su libro A?dolos tras de los al- tares (1929), se encargA? de editar la secciA?n de temas latinoamericanos de la revista The Nation y, lo mA?s importante, la editorial Alfred A. Knopf le propuso encargarse de traducir al inglAi??s Los de abajo. Ella habAi??a publicado algunos fragmentos de la novela en The Nation, sin pedir permiso a nadie, asAi?? que fue la primera que recibiA? las felicitaciones por dar a conocer un relato tan vivo y tan desconocido de la RevoluciA?n mexicana. AdvirtiA? desde entonces que la obra era casi intraducible por las dificultades que implicaba encontrar el significado apropiado de algunas palabras y expresiones deAi??habla popular empleadas. En cualquier caso, Mariano Azuela rechazA? la propuesta de KnopfAi??porque en esos dAi??as habAi??a comprometido ya la traducciA?n con la editorial Brentano; lo interesante es que en una carta que Anita dirigiA? al doctor Azuela en enero de 1929 le sugiriA? que JosAi?? Clemente Orozco deberAi??a ilustrar la obra, pues acababa de hacer unos dibujos a los que ella misma habAi??a bautizado como Los horrores de la revoluciA?n, que correspondAi??anAi??exactamente con el momento emocional de Los de abajo y ademA?s eran los A?nicos que tenAi??an la fuerza debida. Por el momento, el asunto quedA? ahAi??, aunque mA?s adelante Anita se harAi??a cargo de traducir Mala Yerba con el tAi??tulo de Marcela. A Mexican Love Story (1932).

JosAi?? Clemente Orozco, "Bandit and girl", hecha para la revista The Underdogs, 1929

JosAi?? Clemente Orozco, “Bandit and girl”, hecha para la revista The Underdogs, 1929

JosAi?? Clemente Orozco es nuestro segundo personaje clave. El artista, que desde 1904 perdiA? su mano izquierda en un accidente manipulando pA?lvora, era conocido en MAi??xico primero como caricaturista de los periA?dicos El Imparcial, El Ahuizote, El Malora, La Vanguardia y El Machete, pero sobre todo como el autor de los murales de la Escuela Nacional Preparatoria pintados entre 1923 y 1926. Sin embargo, tras los ataques de algunos estudiantes y mujeres catA?licas que con- sideraron ofensivos parte de sus temas, el propio Orozco sustituyA? y modificA? los frescos que fue- ron daAi??ados o destruidos. Al final, se conservA? en ellos la imagen de los campesinos revolucionarios junto al banquete de los ricos ridiculizados. Es cierto que el propio Orozco escribiA? en su AutobiografAi??a que la revoluciA?n fue ai???sainete, drama y barbarieai???, pero lo mA?s importante es que Ai??l, como Azuela, tampoco necesitA? penetrar clAi??nicamente en la mente de los revolucionarios para convencer a sus espectadores. Sus obras son un enjuiciamiento de la raza humana, describen con espantosa sinceridad y honradez la insensata carnicerAi??a que implica toda guerra civil, con escenas donde unos a otros se matan y se ultrajan. Lo A?nico que sobrevive es el sentimiento de dolor que se trasmite al espectador para extraAi??arlo de la violencia, del egoAi??smo despiadado y de la animalidad, para que no se acostumbre a la brutalidad.

Orozco, "Soldaderas" para la revista The Underdogs, 1929

Orozco, “Soldaderas” para la revista The Underdogs, 1929

Orozco saliA? de la estaciA?n Colonia con rumbo a Nueva York el 11 de diciembre de 1927, pero tuvo que pasar como inmigrante, mediante declaraciones bajo juramento y pagando diez dA?lares adicionales, una suma de poca importancia, salvo porque viajaba entonces sA?lo con recursos para el pasaje de ida y tres meses de subsistencia que generosamente le facilitA? don Genaro Estrada, entonces secretario de Relaciones Exteriores. Comenzaban los tiempos difAi??ciles para la economAi??a estadounidense y la vida material era muy cara, mA?s que la primera vez que habAi??a estado en San Francisco diez aAi??os atrA?s. Esa misma razA?n le impidiA? encontrar pronto un apartamento para trabajar; primero pasA? el invierno en un frAi??o sA?tano de Riverside Drive, a una cuadra de la Universidad de Columbia, despuAi??s instalA? su estudio al oeste de la calle 22, donde comenzA? a pintar y a dibujar sus primeras impresiones acerca de Nueva York.

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