Archivo de la categoría: Entrevistas

José Revueltas. Luces y sombras de un andar apasionado

Diana Guillén – Instituto Mora.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México / Durango 450 años de historia, edición especial.

En noviembre de 1975, Eugenia Meyer entrevisto al intelectual de origen duranguense para el Programa de Historia Oral del Cine Mexicano, del INAH. Del testimonio respectivo a continuación se rescatan algunos extractos en los que habla de su infancia, de cómo se hizo autodidacta, de sus profundas inquietudes por la política, y del cine y la escritura.

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José Revueltas, ca. 1945. Archivo General de la Nación, fondo Hermanos Mayo, Revueltas José, sobre 75331.

Hombre tímido y modesto a pesar de la luci­dez que acompañó su apasionado andar, José Revueltas no buscó el reconocimiento que al paso del tiempo propios y extraños le conce­den. Su presencia autodidacta en las esferas política y cultural de un México que dejaba atrás la vida decimonónica para incursionar en las modernidades asociadas con el siglo xx, se materializó en obras literarias y adap­taciones cinematográficas de primer nivel. Aun si hay quienes sólo lo recuerdan por sus posturas críticas frente al régimen que emergió de la revolución de 1910 y cuya construcción acompañó como una piedra incrustada en el zapato de manera cuasi cabalística, pues su nacimiento en Durango el 20 de noviembre de 1914, se adelantó a las conmemoraciones que hasta el día de hoy se realizan para festejar el inicio de la gesta revolucionaria.

Su actitud indómita hacia el poder insti­tuido también se manifestó a la hora de com­batir ortodoxias de una izquierda a la que se adscribía y en la que desde muy temprana edad había militado. Quizá por ello con la misma facilidad que cosechaba amistades en andanzas bohemias prolongables por días, generaba animadversiones que cruzaban desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda del espectro político nacional. Entre las luces y sombras que iluminaron u obscurecieron una existencia marcada por el anhelo de cambio y el compromiso para alcanzarlo a costa incluso del aislamiento, se delineó así un personaje que más allá de sus tintes polémicos dejó un importante legado artístico y contribuyó a escribir parte de la historia de nuestro país.

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José Revueltas, ca. 1945. Archivo General de la Nación, fondo Hermanos Mayo, Revueltas José, sobre 75331.

Desde tal perspectiva, la entrevista que le concedió a Eugenia Meyer a fines de 1975 nos permite acercarnos a un testimonio en sí mismo valioso, pues a pesar de que las respuestas por momentos parecían fluir a cuenta gotas, quedan en ellas los restos del balance que tiende a hacerse cuando se acerca el final del camino. Menos de seis meses después José Revueltas se llevaría consigo desde los recuerdos de la niñez vivida en Durango durante los primeros años de la revolución, hasta los tatuajes personales que le dejó el movimiento estudiantil de 1968, pasando por sus experiencias en la ciudad de México durante una juventud que rayando en la adolescencia conoció los rigores de la cárcel.

El encuentro entre Meyer y Revueltas se realizó como parte del Programa de Historia Oral del Cine Mexicano diseñado por el De­partamento de Etnología y Antropología Social del inah, en el modestísimo apartamento arrendado por el entrevistado en la ciudad de México. El interés central era, por lo tanto, la faceta cinematográfica del duranguense, pero además de la información que en tal sentido aportó, y que sin duda constituye una buena veta para los estudiosos del tema, el oficio de la entrevistadora abrió la puerta para que se colaran otros temas. Es así que nos enteramos de los sinsabores del familión al estilo pro­vinciano que en la década de los veinte salió de Durango buscando mejores horizontes o de las satisfacciones que la vena artística de Silvestre, Fermín y Rosaura, además del propio José, produjeron en padres con enorme sensibilidad y gusto por las ramas que los hijos contribuyeron a engrandecer. O, en fin, de in­numerables detalles de su trayectoria personal que a manera de instantáneas fotográficas nos acercan a escenarios ya idos.

A continuación se incluye una pequeña pro­bada de todo ello, con la invitación a consultar la plática completa en el Archivo de la Palabra que resguarda el Instituto Mora: Entrevista a José Revueltas realizada por Eugenia Meyer el 18 de noviembre de 1975, Archivo de la Palabra, Instituto Mora, PHO/2/42.

El Indio Fernandez, Olivia Peralta, José y Rosaura Revultas llegando al homenaje por el premio a El luto humano, 1943 (800x531)

Emilio “El Indio” Fernández, Olivia Peralta y José Revueltas, 1943. Archivo General de la Nación.

Mientras se tiene acceso a dicha versión, el texto que ofrece este número especial de BiCen­tenario ha sido editado para facilitar la lectura y aun cuando en todo momento se respetaron los argumentos e ideas que se desprenden de las más de 100 páginas en que quedó transcrita la entrevista, en algunos casos la secuencia original debió modificarse atendiendo a los cuatro ejes temáticos utilizados para recuperar los fragmentos elegidos: Un familión al viejo estilo provinciano, Una educación abrupta, La cárcel, sombra reincidente y De las películas por metro a la adaptación cinematográfica.

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Gilberto Nava Presa. Memorias de un militar villista

Guadalupe Villa Guerrero / Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

Yo les puedo relatar toda la campaña del general Villa, dice este hombre orgulloso de estar junto al caudillo en momentos clave de su lucha revolucionaria. La sangrienta batalla por Zacatecas, el paso por la tensa convención de Aguascalientes y la derrota en Celaya forman parte de la riqueza histórica de su narración.

Fot. H. J. Gutierrez,Fuerzas revolucionarias de la División del Norte, La Ilustración Semanal, 2 de noviembre de 1914. (800x439)

Francisco Villa con la escolta que lo acompañó a la Convención de Aguascalientes, en La Ilustración Semanal, 1914.

En este 2014 se conmemoran varios centenarios que dan cuenta del agitado año que se vivió en el México revolucionario: las grandes batallas de la División del Norte encabezadas por Francisco Villa; la invasión de Veracruz por la armada estadunidense; la Soberana Convención Revolucionaria de Aguascalientes y el encuentro de Villa y Emiliano Zapata en la ciudad capital.

El testimonio que aquí se presenta es el de un hombre que –deduzco-, se unió a Villa en 1913 y permaneció a su lado hasta la derrota de 1915. La entrevista con el teniente coronel Gilberto Nava Presa transcurrió 46 años después, por lo que el personaje incurre en algunos olvidos comprensibles. No obstante, sus recuerdos sobre la toma de Zacatecas (23 de junio de 1914) y su participación en la convención de Aguascalientes (octubre) destacan por su importancia; en el primer caso, la crudeza de la batalla y la gran mortandad; en el segundo, la ruptura con Venustiano Carranza y la escisión revolucionaria.

Diversos autores han considerado que, durante el constitucionalismo, la batalla de Zacatecas fue la más sangrienta de todas las que tuvieron lugar en la lucha contra el gobierno de Victoriano Huerta. Los testimonios de testigos y partícipes –revolucionarios, federales y civiles, nacionales y extranjeros- dan cuenta de ello. Algo que llama poderosamente la atención es la poca información que, en ese momento, se produjo sobre la batalla de Zacatecas. En los días en que estaba por resolverse la victoria a favor de los revolucionarios no hubo periódicos, ni siquiera el oficial del gobierno del estado, que brindaran amplia información. Victoriano Huerta ejerció control absoluto sobre la prensa nacional y en Zacatecas hubo una cuidadosa supervisión para que no se supiera de las derrotas federales. Pero, por otra parte, la atención estaba centrada en un hecho que ocasionó una tensa situación diplomática: la ocupación del Puerto de Veracruz por marinos de la armada de Estados Unidos. Su estancia se prolongaría por espacio de siete meses (21 de abril al 23 de noviembre). El comandante Frank Fletcher impedía el desembarco de armas destinadas a Victoriano Huerta; el alarde de fuerza (44 barcos de guerra) persuadió a las tropas federales de retirarse, en tanto que la defensa de Veracruz estaba a cargo de los cadetes de la Escuela Naval y de voluntarios civiles.

Con este panorama como telón de fondo, transcurrió la Convención de Aguascalientes a la que el teniente coronel Gilberto Nava Presa concurrió como uno de los observadores del general Villa, subrayando el hecho de la tensión ocasionada por la elección de Eulalio Gutiérrez como presidente provisional y el desconocimiento de la primera jefatura de Carranza. El entrevistado concluye la narración de sus recuerdos con la derrota del ejército villista en Celaya, fracaso atribuido al suministro de parque falsificado.

A continuación se presenta una selección de la entrevista realizada por Alexis Arroyo y Daniel Casez, al teniente coronel Nava Presa, el 19 de enero de 1961, en la ciudad de México, catalogada en el Archivo de Historia Oral bajo el registro (PHO/1/26).

Relatos de más de una batalla

Alexis Arroyo y Daniel Casez

…En Chihuahua me incorporé como capitán a un regimiento que se llamaba Hidalgo. En ese tiempo se estaba organizando la División del Norte, ya se oía la División del Norte, entonces ese regimiento se quedó con el nombre de Segundo Regimiento de la Primera Brigada de Villa. Yo les puedo relatar toda la campaña del general Villa… Tengo el más grande honor de haber participado con él en los más grandes combates de la revolución… la parte medular, las principales tomas.

39253-Tropas constitucionalistas durante la batalla de Celaya

Combate en Celaya, abril de 1915, SINAFO.

[De Chihuahua] venimos en trenes con el general Villa, yo ya como oficial del Segundo Regimiento de la Primera Brigada Villa, y desembarcamos en una estación que se llama el Bote [en] Zacatecas. Ya habíamos sabido de que íbamos a tomar Zacatecas porque Pánfilo Natera y todos esos generales… [no] habían podido tomar Zacatecas donde estaban reunidos. Pero nosotros, la División del Norte, éramos pura chamacada de allá del norte, de Durango y todos esos… pues gente que estábamos impuestos a tirar balazos. Luego me acuerdo que llegamos a un rancho que se llama Morelos [cercano a] las inmediaciones de Zacatecas, [donde] hay… muy buenas tunas, por cierto. Ya no me acuerdo cuántos días estuvimos ahí, pero sí… que llegó el general Villa en la mañana, el día precisamente del ataque, estábamos con una bola de generales ahí comiendo…  Fierro… José Rodríguez, el coronel José Ordóñez, y no me acuerdo cuantos. Creo que hasta don Raúl Madero, me parece. Estábamos comiendo tunas cuando se soltó la balacera por el lado de Guadalupe, ahí se vino prendiendo, prendiendo, cuando le llegó un correo ahí al general Villa y le dije que el combate pues ya se había echado encima. Me acuerdo que textualmente dijo el general Villa: Bueno hijos, si quieren entrarle a los trancazos, pues vamos a tomar Zacatecas y, diciendo eso, ya ni comió tunas, sino que se fue para donde venían los trancazos, donde venía prendiéndose la mecha, y empezaron a funcionar las ametralladoras, empezaron a funcionar los cañones del cerro del Bote… Nos ordenaron… que organizáramos nuestros contingentes para entrarle a los balazos, yo… ya era mayor, en Torreón me habían dado el grado de mayor. Y entonces, el mismo general Villa me dio a mí el nombramiento de coronel, después del combate de Zacatecas. Le entramos muy duro, por cierto que estaba tan limpio como donde acampamos nosotros con todo el cuerpo, nadie se separaba, nos dieron la contraseña y ¡vámonos! No recuerdo cómo era la contraseña que me dio el general, y ahí vamos, ¡éntrele! y ¡éntrele! hasta que llegamos, para la una de la tarde estábamos adentro de la ciudad de Zacatecas. Pero era un combate ¡terrible, terrible! Me acuerdo que llegamos a las trincheras de la federación y los agarramos al hilo, nosotros de un solo balazo podíamos matar cuatro o cinco. Nada más volteadera y volteadera, hubo una mortandad ¡horrible!  Pues… acabamos con aquellos pobres, también nosotros tuvimos algunas bajas y entramos a Zacatecas; luego recibimos la orden de mandar quemar todas las cantinas, mandar quebrar todas las botellas de vino que hubiera en las cantinas, porque era una de las cosas que más recomendaba el general Villa, tan pronto entrábamos a una ciudad, inmediatamente a destruir todo lo que hubiera de licor, esa fue una orden terminante del general Villa en toda la campaña… Era una orden que se cumplía y ¡cuidado el que no la cumpliera! El general Villa era un hombre ignorante, pero era un hombre, que era, no sé qué, pues sabía pensar y sabía calcular, calcular todo… tenía una intuición tan terrible. Yo veía que cualquier cosa que le iba a hacer un mal, inmediatamente él lo percibía y lo percibía por ese conocimiento propio que él tenía de las personas… [...]

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Fantasías y desilusiones de un inmigrante judío

Tamara Gleason Freidberg / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

BiCentenario #22

La emigración a México de judíos europeos está hecha de familias como las de Román Wajsfeld y Rivke Leye Gura, dos militantes socialista bundistas y antirreligiosos a los que hasta el mismo hecho de ser patrones y no empleados les generaba contradicción. El espíritu liberal de la Constitución mexicana los animó a abandonar Francia ante la llegada del nazismo a Europa. Se asentaron, formaron parte de la comunidad y fueron solidarios sin importar si se trataba de perseguidos políticos o empleados.

2. Acercamiento a la foto anterior. Primera línea al centro, principales líderes del Bund.Col. Lily Sheiman.

Principales líderes bundistas en México, ca. 1940. Col. Lily Sheinman

Los judíos llegaron a México de diversos países, con tradiciones, idiomas y costumbres diferentes. Para las primeras décadas del siglo XX se encontraban en el país judíos que provenían de Medio Oriente, los Balcanes, Europa Central y Europa del Este. La mayoría llegó a México sin saber cómo era el país, debido a que en realidad deseaban ir a Estados Unidos, a pesar de que allí se había establecido un sistema de cuotas que dificultaba la migración. Con el tiempo, los diversos grupos de judíos se establecieron en el país e inclusive buscaron que sus familiares consiguieran visas para reunirse con ellos.

 Los judíos de Europa del Este –Polonia, Rusia, Lituania, Ucrania, etcétera— eran conocidos como askenazí y su lengua principal era el idish, idioma germánico con elementos lingüísticos semíticos y eslavos. Llegaron a México principalmente entre 1900 y 1930, etapa durante la cual la migración no fue tan difícil como lo sería durante los años siguientes cuando también aquí se comenzó a aplicar un sistema de cuotas.

Los askenazíes salieron de Europa ya que perseguían mejorar sus condiciones económicas y sociales. La pobreza y la violencia del antisemitismo eran, además, una constante en sus vidas. Inclusive algunos de ellos emigraron por la persecución que sufrieron por su filiación a movimientos políticos de izquierda democrática. Por ejemplo, los grandes cambios que tuvieron lugar en Europa del Este desde fines del siglo XIX habían favorecido el desarrollo de movimientos judíos no religiosos como el sionismo y el bundismo, este último surgido del Bund, partido de orientación socialista y democrática nacido en 1897 como la Liga de Trabajadores y con gran impacto en Polonia en el periodo de entreguerras. Sus participantes provenía por lo general de hogares muy religiosos, que una vez en el partido se hicieron laicos, sin renunciar a su identidad judía, aunque no sobre la base de la religión sino apoyándose en el idish y la reciente cultura judía laica.

Los que se establecieron en México mejoraron de manera paulatina su situación económica. Pasaron de ser obreros y artesanos a convertirse en comerciantes y empresarios. Para algunos, principalmente para los socialistas, este cambio de vida representó una contradicción con su propia ideología y tuvieron que enfrentarla.

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Trabajadores judíos en un taller de sastrería en México D.F., ca. 1935. Col. Lily Sheinman..

Y es aquí cuando comienza la historia que vamos a contar. Es la historia de una pareja de judíos polacos: Roman Wajsfeld y Rivke Leye Gura, una de tantas parejas que dejó a un lado su pasado religioso, se unió al partido bundista y después, debido a las represiones en contra de los socialistas, decidió emigrar a Francia, donde no se quedaría. Con ayuda de un amigo bundista polaco, residente en México, Wajsfeld recibió en 1936 los documentos necesarios para emigrar hasta aquí. La situación en Europa lo asustaba cada vez más, el nazismo ya estaba en el poder y el antisemitismo se olía en las calles.

Una vez en México, los Wajsfeld tuvieron que empezar desde abajo y para eso cosieron ropa y la vendieron en las calles. Con tiempo y esfuerzo lograron establecer un negocio y sufrieron las contradicciones de ser socialistas al mismo tiempo que empresarios. Para conocer esta historia con más detalle su hija, Maya Wajsfeld, nos cuenta sobre la migración y vida en México de la pareja.

Maya nació en París en mayo de 1931. En su casa habló siempre idish, el idioma de los judíos de Europa del Este. Cuando tenía cinco años de edad sus padres consiguieron visas para trasladarse a México y ya en la ciudad de México, estudió en escuelas públicas y más tarde en una judía. Después de casarse y tener hijos, decidió incorporarse al seminar, seminario de maestros de idish y hebreo. Desde entonces ha sido una activista del idish, duramente debilitado porque la mayoría de sus hablantes murieron en el Holocausto, aunque en México fue enseñado durante décadas por la comunidad judía. Durante 35 años ha dado clases de historia y literatura idish en escuelas judías y hasta la fecha su grupo de conversación en idish se reúne cada quince días. Da también clases a grupos de la tercera edad.

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Entrevista. Fernando Soler

Graziella Altamirano / Instituto Mora

“El cine es para divertir y emocionar”

En una charla de 1975 con Eugenia Mayer, el actor relata sus inicios en el teatro y el cine, las vicisitudes en la actuación y la dirección, y sus discrepancias con la cinematografía vista como enseñanza o dirigida a públicos especializados

Fernando Soler, El Indiano, dirigida por F. soler, 1954. Col. Ramón Aureliano Alarcón

Fernando Soler, El Indiano, dirigida por F. soler, 1954. Col. Ramón Aureliano Alarcón

¿Quién no ha visto las películas de la Época de Oro del cine mexicano con actores como Fernando Soler en sus diversas caracterizaciones? Muchos recordarán al bohemio y parrandero don Chucho en un mano a mano actoral con Joaquín Pardavé; el inocente y pícaro don Susanito, de la comedia México de mis recuerdos; al padre autoritario y estricto del melodrama familiar Una familia de tantas; o al padre borrachín de la comedia de enredos El gran Calavera; así como al inolvidable norteño irresponsable Cruz Treviño Martínez de la Garza, compartiendo actuación estelar con Pedro Infante, en La oveja negra.

Fernando Soler, cuyo verdadero nombre era Fernando Díaz Pavía, es considerado como uno de los mejores actores que ha tenido el cine mexicano, principalmente por su calidad histriónica y su naturalidad interpretativa. Fue miembro de una familia de artistas -la inastía Soler- vinculados al teatro y a la industria cinematográfica, ocupando un lugar destacado como actores, guionistas, productores y directores.

Hijo de padres españoles, Fernando Soler nació en Saltillo, Coahuila, el 24 de mayo de 1903. Al inicio de la revolución la familia Soler emigró a California, donde Fernando estudió administración, al mismo tiempo que su padre formaba el Cuarteto Infantil Soler con él y tres de sus hermanos -Irene, Andrés y Domingo-, empezando desde entonces, su carrera artística. Siendo mayor de edad formó su propia compañía en La Habana con la que recorrió gran parte del continente americano hasta que se estableció en la ciudad de México en donde realizaría una larga y exitosa carrera artística en la industria fílmica nacional, siendo protagonista de más de un centenar de películas y director de más de 22 filmes. Contrajo matrimonio con la actriz Sagrario Gómez Seco, con quien viviría hasta su muerte en 1979.

Eugenia Meyer entrevistó a Fernando Soler el 15 de junio de 1975, para el Programa de Historia Oral del Cine Mexicano, del Departamento de Etnología y Antropología Social del INAH (PHO/2/19). La conversación fue editada y publicada, junto con el testimonio de un grupo de creadores del cine nacional, en sus diferentes especialidades, en los Cuadernos de la Cineteca Nacional. Testimonio para la historia del cine mexicano (coord. Eugenia Meyer), Secretaría de Gobernación, 1975.

No obstante su precaria salud, Soler estuvo dispuesto a conceder la entrevista en la que recordó algunos momentos de su vida artística, expresó su amor por el teatro y su experiencia en la industria cinematográfica, reflexionando sobre las distintas etapas del cine en México. A continuación, presentamos una selección de textos de aquella entrevista de Eugenia Meyer.

El teatro y el cine

Se me metieron porque sí; realmente nunca me he puesto a analizar las razones. Antes, lo único que quise ser fue médico o aviador, después actor; toda mi vida lo he sido, hasta la fecha. En teatro he hecho de todo y he tenido muchas satisfacciones a lo largo de mi vida. Lo que más me atrae es la tragicomedia; prueba de ello es que mis más grandes aciertos han sido siempre en ese género.

En el teatro, unos días se siente uno genial y otros, un ignorante. A veces lo hace uno mejor, está sublime. No olvidemos que el actor no es una máquina sino un ser. Por eso, con una sala medio vacía, el artista se desconsuela y le cuesta mucho entregarse; pero si la ve llena da todo su entusiasmo.

Tengo personajes y obras preferidas, como son Cyrano de Bergerac, que hice en Bellas Artes; Bajo el puente, El círculo de yeso y El verdugo de Sevilla.

En México debuté con mi compañía en el Teatro Ideal, que estaba en las calles de Dolores. Obtuve grandes aplausos. En aquella época trabajábamos todos los días y simultáneamente montábamos las piezas nuevas. Hubo un momento en que cambiábamos de obra cada semana. Las entradas resultaban muy baratas; creo que costaba dos pesos la luneta y uno cincuenta general. Yo, como jefe de la compañía, no tenía sueldo fijo, a veces podía sacar veinte, treinta o cuarenta pesos diarios.

En 1930 me llamaron para debutar en el Teatro Infanta Beatriz de Madrid. En esa ocasión me estaba jugando la carrera porque todo el mundo -los periodistas y los amigos de América- me decían que esa era la oportunidad para consagrarme en España y llegar a la meta. El triunfo fue rotundo. Junto con mi propio elenco permanecí allá durante tres temporadas consecutivas. Mi esposa, Sagra del Río, iba como primera actriz y yo como actor principal. Recuerdo en una ocasión que íbamos de gira, nos tocó el cambio de gobierno; subimos en Albacete al tren siendo monárquicos y bajamos en Valencia como republicanos. Se había hecho la transformación, pero los disturbios no los acepté nunca; fueron completamente ajenos a mí.

En esta época me solicitaron de París (aún el cine mudo estaba en pleno apogeo) para filmar una cinta sonora que se llamó Cuándo te suicidas. Llevaría el papel estelar junto con la actriz española Imperio Argentina. Era una comedia y la Paramount decidió contratarme. A pesar de que antes había hecho unas cuantas películas mudas en Hollywood junto con mi hermana Irene, al iniciar esta producción en Francia sentí unos nervios espantosos; no me di cuenta de lo que pasaba dentro de mí; era como romper un enigma.

Cartel, El Gran Calavera.

Cartel, El Gran Calavera.

 

Regresé de Paris y empecé a dedicarme en serio al cine. Fui advirtiendo la enorme variedad de técnicas que existen para expresar un mismo parlamento. Desde el principio noté las diferencias entre cine y teatro. Aunque he sido un actor excesivamente natural y no me costó gran esfuerzo pasar de un escenario a un foro cinematográfico, sí percibí cierta modificación. En el teatro hay que utilizar el gesto, la palabra, el ademán para llegar hasta las últimas filas; mientras que el cine es un acto de gigantes; estás tan grande que tienes que condensar tu presentación, si no, resultas artificial. Mis primeras intervenciones estaban un poco sobreactuadas, así las veo ahora, pero poco a poco fui tomando confianza frente a las cámaras, como si estuviera en mi casa.

 

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“El Mixcoac de mis recuerdos…”

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a tra- vés de los prismas de la niñez.

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Irineo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto.

Es un conjunto de recuerdos que nos permite vi- sualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

Ladrillera en Mixcoac

Ladrillera en Mixcoac

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre, Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquél entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, al poco tiempo murió, mi mamá quedó viuda y en Mixcoac vivían mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante y le dijo: “no, tú ya no te vas”, porque yo tenía un año de nacida. Dijo: “qué vas a hacer con la niña”, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época avenida Cuauhtémoc, ahora se llama Rubens, entonces, rentó esa casa muy grande que tenía huerta, un corral, una alberca, estaba muy bien esa casa. Ahí vivimos muy bien, se casó otra de mis tías, se casó uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, que es también paralela a Rubens. Casi vivíamos en la esquina de Augusto Rodin. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré?, entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando ya es una más grande.

Mi casa era… una casa muy grande, tenía siete ventanas. El zaguán y siete ventanas, entonces, adentro, teníamos un jardín. Primero… ya ve cómo eran los corredores para las puertas de las recámaras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas y el jardín. Atrás del jardín estaba la huerta, una huerta enorme, teníamos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas, teníamos árboles frutales. Después, mi tío como hobbie puso su estadía, puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. Había en la zona varios establos. Había uno muy grande hacia adelante, para avenida Revolución.

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