Archivo de la categoría: BiCentenario #44

Techo de cristal

Darío Fritz
BiCentenario

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Lupercio Escuela Comercial Miguel Lerdo de Tejada

Hay fotos que gritan, otras que nos hielan o entristecen, están las que nos aburren, las que injurian, desatan una carcajada, nos cargan de nostalgia o explotan en insultos. Hay fotos como esta que destellan por el silencio. Hasta el vuelo de una mosca se escucharía allí. Tanta concentración de las muchachas, si acaso hace sonar pausado el tecleo de sus máquinas. Unas leen distantes e inexpresivas, como la del fondo que al parecer camina parsimoniosa, la de la izquierda y sentada se empalaga con el texto sobre su escritorio, otra se detiene parada a dictar con lentitud, como diciendo con su mano apoyada sobre la adolescente que no se preocupe, poco a poco saldrá todo bien, si pone esmero y paciencia. ¡Tú puedes! Y es que tampoco esa tarea mecánica se resolvía con facilidad a la primera de cambio. Aplicar los diez dedos sobre unos teclados ruidosos requería aplicación. Nadie deseaba arruinar una hoja por una letra o un número que fuera a donde no correspondía en el texto. Los dedos se cansaban y hasta lastimaban. ¿A quién no le sucedía que por un mal cálculo la yema del medio o del anular se incrustara entre tecla y tecla y fuese a parar a los tentáculos de hierro que sostenían el teclado? Los anaqueles nos dicen que las prácticas están avanzadas o al menos el paso de alumnas por allí es nutrido. La heterogeneidad social también está presente. El recato de los vestidos por debajo de la rodilla de la mayoría, las mangas descubiertas y las que llegaban hasta el puño, y los cortes de cabello tradicionales sobre los más modernos, las distinguen entre sí. Silencio y compostura, dicen ellas, estudiantes en una de las aulas de la Escuela Comercial Miguel Lerdo de Tejada, cerca del Museo de San Ildefonso, en el centro capitalino, donde hacia los años veinte del siglo pasado se capacitaban para ser profesionistas exitosas y entrar a un mundo laboral de dominación masculina. Mujeres, que como en tantos lugares, lucharon para ganar un lugar ante la discriminación. Mucho se avanzó, pero la desigualdad persiste. Un techo de cristal, invisible, según la metáfora de los expertos, les impide aún abrirse paso en sus carreras.

Santa Anna en Turbaco, en 1856

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Durante su segundo exilio en Colombia y a un año de huir del país, el ex dictador recibió a un periodista de un medio estadunidense al que le relató su participación en el proceso de independencia, los “errores” de juventud de apostar por un país federado y el desprecio por las políticas americanas.

Cuando “Amigo” se enteró de que el general Antonio López de Santa Anna se había establecido en Turbaco, a dos horas de Cartagena, Nueva Granada, decidió sacar partido de su viaje a Bogotá y detenerse en aquella población para hacerle una entrevista. Debía estar convencido de que su editor tendría interés en ella, por lo que no dudó en visitar al ex hombre fuerte de México y departir un rato con él.

“Oliendo” una buena noticia, “Amigo” se presentó en la Casa de Tejas, como se conocía en Turbaco a la mansión donde residía el ex dictador mexicano y, sin libreta ni cuaderno para hacer anotaciones, ya que lo esencial en el ejercicio periodístico de entonces era la memoria, puso gran atención, no sólo a las respuestas que sus preguntas recibían, sino también a la casa, los entornos, la persona y las expresiones de aquél con quien hablaba. Tres días después intentaría reproducir por escrito, casi palabra por palabra, la mayor parte de lo que había visto, ído y dicho, y después de hacerlo, remitió el documento a Nueva York o, tal vez, lo llevó consigo al regresar a su país y lo entregó personalmente.

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Antonio López de Santa Anna, daguerrotipo ca. 1853, De-Golyer Library, Southern Methodist University. Flickr Commons.

“Amigo” no se equivocó sobre el interés por el material por parte de su editor, Horace Greeley. Se publicó en el New York Tribune escasamente unas semanas después: el 14 de febrero de 1856. La entrevista tendría una difusión que ni Santa Anna mismo pudo conjeturar: el importante periódico, reconocido por su independencia y orientación reformista (era abierto partidario, por ejemplo, de la abolición de la esclavitud), tenía por entonces una circulación diaria de más de 60 000 ejemplares; pero su influencia llegaba incluso a las áreas rurales. No era raro que Santa Anna llamara aún la atención. Apenas un año anterior, muchos mexicanos se postraban ante él y le aplaudían como Su Alteza Serenísima. Sin embargo, los abusos y las dificultades habían ido agotando su mandato. Mientras él inventaba impuestos y proscribía o confinaba a los disidentes, la revolución proclamada por el plan de Ayutla en marzo de 1854, iba ganando adeptos y, por más esfuerzos que hizo, el general presidente no consiguió derrotarla. En agosto de 1855, el triunfo de los “facciosos”, guiados por los generales Juan Álvarez e Ignacio Comonfort, era un hecho. El día 9, Santa Anna huyó de la capital por la noche, concediendo el triunfo al enemigo. El 12, en Perote, manifestó que dejaba México y la mañana del 17 partió hacia La Habana, en el vapor “El Guerrero”. Iniciaba de tal manera su tercer exilio, que sería el último y el más largo. Unas semanas después, en septiembre, zarpó para el puerto de Cartagena, para de allí, luego de recorrer, rumbo al sur, cuatro leguas (unos 20 kilómetros), llegar por fin a Turbaco.

El vecindario de esta pequeña población, que guardaba un buen recuerdo de su estancia anterior (de 1850 a 1853), lo recibió con agrado. El ya sexagenario Santa Anna recuerda en sus memorias: “El cura párroco a pie y mojado por la lluvia que había caído, asomó el primero seguido de una multitud que me saludaba entusiasta; la música del pueblo llenaba el aire con sus sonatas, y al apearme del caballo disputábanse la preferencia de abrazarme”.

Volvió a la casa que había construido anteriormente y procuró no estar ocioso. Destinó sus tierras a la agricultura y la cría de ganado. Inició por entonces el dictado de sus memorias. Además, crió gallos para divertirse con su juego favorito y se ocupó de sus vecinos. Les prestó dinero, sin obtener utilidad alguna, como hacen constar los protocolos notariales que pueden consultarse en Cartagena y fue dadivoso con quienes precisaban socorro para resolver sus penurias y mejorar sus condiciones de vida. Con su colaboración, casas más cómodas comenzaron a sustituir a las chozas miserables y a llenar los terrenos baldíos y se reedificaron el curato y la iglesia parroquial, con sus altares y ornamentos. Ayudó en la edificación de un cementerio. E impulsó el cultivo del azúcar y el tabaco y la cría de ganado.

Otro de sus intereses fue desarrollar los transportes y las comunicaciones de los alrededores. El entrevistador del New York Tribune reconoce la tentativa de Santa Anna de construir un camino de peaje que uniera Turbaco con Cartagena. Esto le ganó el afecto y la gratitud de los vecinos, quienes, cuando se enteraron de que se iba a marchar, le rogaron, como a “su padre y bienhechor”, que no lo hiciera. Sin embargo, vientos de fronda soplaban sobre Nueva Granada hacia 1858, año en que se aprobó una nueva constitución: liberal, federalista, antieclesiástica. El general Tomás Cipriano Mosquera intranquilizaba al país. Santa Anna, quien, como veremos en seguida, no parecía gozar de las simpatías de aquel militar, temió ser perjudicado y prefirió alejarse. El 9 de marzo de ese año emprendió el viaje a la colonia inglesa de Saint Thomas, en el Caribe; tenía la intención de volver cuando fuera prudente. No sucedió así; el temor de los vecinos de Turbaco de que no regresara acabaría por justificarse.

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Saturnino Herrán, artista del modernismo nacionalista

Luciano Ramírez
Universidad Autónoma de Aguascalientes

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

En su corta vida, el pintor hidrocálido, para algunos iniciador de la escuela mexicana de pintura, dejó una obra fundacional por su estilo. Se inspiró en la vida cotidiana, las tradiciones y rituales y los personajes del pueblo para resignificarlos, cuando en los primeros años del siglo XX no generaban interés en sus colegas, más institucionales y conservadores.

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Saturnino Herrán, La criolla del rebozo, óleo sobre tela, 1914. Instituto Cultural de Aguascalientes, Museo de Aguascalientes.

 

José Saturnino Efrén de Jesús Herrán Güinchard fue llamado por Ramón López Velarde “El poeta de la figura humana” y por Federico E. Mariscal “El más pintor de los mexicanos y el más mexicano de los pintores”. Mejor conocido simplemente como Saturnino Herrán, nació en 1887 en pleno período del porfiriato, en la calle del Codo, hoy centro histórico de la ciudad de Aguascalientes, al sexto año de haberse casado sus progenitores. Fueron sus padres José Herrán y Bolado (1851-1903), descendiente de españoles, y Josefa Güinchard Medina (1856-19¿?), de abuelo materno nacido en Suiza.

El padre era una persona instruida: catedrático, dramaturgo e inventor, estudioso y de un talento nada común. Fue político y funcionario público. Por varios años se desempeñó como tesorero General del Gobierno del Estado de Aguascalientes (de 1881 a 1887 y de nuevo en 1891), diputado en la legislatura local, redactor del periódico El Instructor, dirigido por su primo político el doctor Jesús Díaz de León, por una década. También enseñó matemáticas y teneduría de libros en el Instituto Científico y Literario (luego llamado Instituto de Ciencias) desde 1885, donde además fungió como jurado en numerosos exámenes, hasta 1895. Sostenía respetables conocimientos en torno al arte, la creación artística y los colores, temas de discusión que tenía con su prima, la artista plástica Ángela Bolado de Díaz de León. Esas pláticas pudieron haber ejercido algún tipo de influencia en el pequeño Saturnino; es decir, padre y tía fueron capaces de procurarle un ambiente propicio para la sensibilidad artística y animarle a realizar sus primeros dibujos.

La madre, Josefa Güinchard (hermana de un gobernador de Aguascalientes), se dedicó al hogar, a cuidarlo.

La infancia de Saturnino Herrán fue tranquila, feliz, cobijada por un entorno familiar que gozaba de prestigio social, rodeado además de amigos como Ramón López Velarde, Enrique Fernández Ledesma, los hermanos Arturo y Alberto J. Pani, entre otros, todos ellos futuros poetas, hombres de letras, escritores, políticos y diplomáticos destacados.

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Saturnino Herrán, El gallero, óleo sobre tela, 1912. Instituto Cultural de Aguascalientes, Museo de Aguascalientes.

Dice Víctor Muñoz, estudioso del tema: “La vida cotidiana de los Herrán-Güinchard, el cariño y una libertad lúcida deben haber generado un cálido espacio para las actividades creativas del niño Saturnino Herrán. Se sabe que dibujaba desde muy pequeño. Dibujaba la plaza bulliciosa de los domingos o las corridas de toros de la Feria de San Marcos a las que era llevado por su padre, amante de las ancestrales costumbres peninsulares”.

Por indagaciones de Alejandro Topete del Valle (1908-1999), nombrado cronista vitalicio de la ciudad en 1944, el párvulo Saturnino Herrán fue inscrito en el Instituto San Francisco Javier, escuelita fundada por el presbítero Francisco Ruiz y Guzmán, quien contrató los servicios del ameritado profesor Eugenio Alcalá. Comenta A. Topete: “A este centro fue llevado en edad propicia, el niño primero y joven después, José Saturnino Efrén de Jesús. Allí formó lo que había de constituir su grupo de amigos, con jóvenes pertenecientes a las más recomendables familias de la ciudad.” Saturnino, entonces, perteneció a la élite: “El medio social de la familia Herrán-Güinchard fue siempre el que correspondía a las familias distinguidas por su honorabilidad y buen trato, rodeado de parientes altamente apreciados por sus reconocidas cualidades.”

A principios del siglo XX, el joven Saturnino Herrán fue alumno de José Inés Tovilla (1884-1921), formado en la Escuela Nacional de Bellas Artes y a la sazón director de la Academia Municipal de Dibujo, quien además daba clase en el Instituto Científico y Literario. En este establecimiento educativo, Herrán aparece en la lista de alumnos examinados el 12 de septiembre de 1901 y 13 de septiembre de 1902 en la clase de dibujo lineal y dibujo de ornato, sacando la nota más alta. De este período se conservan dos dibujos: David, pedestal y ánfora (en realidad Ganimedes), fechado en febrero de 1902, y Adonis de enero de 1903. Ambos acusan un entrenamiento bien orientado y sistemático. Años más tarde, Tovilla y Herrán se volverían a encontrar en la Escuela Nacional de Bellas Artes, ambos como profesores en la institución en la materia de dibujo de imitación.

Saturnino Herrán, La criolla del mantón, crayón y acuarela sobre papel, 1915. Instituto Cultural de Aguascalientes, Museo de Aguascalientes.

Saturnino Herrán, La criolla del mantón, crayón y acuarela sobre papel, 1915. Instituto Cultural de Aguascalientes, Museo de Aguascalientes.

Al parecer, Saturnino Herrán también fue discípulo de Severo Amador Sandoval (1879-1931), artista egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes y discípulo de Jesús F. Contreras, quien a principios del siglo XX puso una escuela particular en la ciudad de Aguascalientes. Amador fue un dibujante, impresor y grabador de fino trazo –también músico, novelista y escritor–, adscrito a las corrientes simbolista y decadentista propias del modernismo. Había una comunidad de artistas e intelectuales aguascalentenses que radicaba en la capital del país. Por ejemplo, al sepelio del escultor aguascalentense Jesús F. Contreras Chávez, acaecido en la ciudad de México en julio de 1902, acudieron varios de sus paisanos y parientes, entre ellos el escritor, actor y dramaturgo José F. Elizondo, el arquitecto Samuel Chávez, el licenciado, filósofo y educador Ezequiel A. Chávez y el padre de Saturnino, en ese entonces diputado suplente ante el Congreso de la Unión.

Lamentablemente, medio año después, también en la capital del país, falleció José Herrán y Bolado, el 19 de enero de 1903. El desconcierto, el desaliento y las penurias morales y económicas, debieron de crear una situación de zozobra en los ánimos de madre e hijo, quienes se establecieron en la capital del país ese mismo año. El joven Saturnino se vio precisado a buscar un empleo para ayudar con los gastos.

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En la huerta de la casa de Don Valentín. El bullicio de la Colmena

Ana Buriano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

La ex coordinadora de la Biblioteca del Instituto Mora, fallecida en 2019, fue una destacada maestra de la historia latinoamericana del siglo xix. Con este texto que publicara en 2001 recuperamos su mirada pionera en la que trazaba casi dos décadas atrás las líneas que habría de seguir el centro bibliográfico de esta institución.

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A Ana Buriano Castro
Muy querida amiga y colega (1945-2019)

Nacida en Uruguay, destacó como investigadora del pensamiento político latinoamericano y el conservador ecuatoriano, del exilio uruguayo, los golpes de estado en Uruguay y Argentina y la antropología forense y los derechos humanos. Historiadora egresada de la UNAM fue maestra destacada de la historia de América Latina en el siglo XIX. Quienes convivieron con ella coinciden en destacar, además de su inteligencia, su compromiso con una sólida ética social, política e intelectual. Sobresalió en su gestión como coordinadora de la biblioteca del Instituto Mora, al punto que ésta fue conocida como la “biblioteca de Ana”; sin exagerar, durante este tiempo, supo llevar a esta a la mayoría de edad.

Una biblioteca es un mundo, encierra en su aparente recogimiento una vida bulliciosa que emana de las páginas de los ejemplares contenidos dentro de ella, de las mujeres y los hombres que se encargan de poner la información al servicio de la comunidad, de los usuarios que la requieren, en fin, guarda algún parecido con el ajetreo de la colmena. Y más aún cuando pertenece a una institución activa, como es el Instituto Mora, que en su segunda década rebasó la mayoría de edad y que utiliza su biblioteca como el laboratorio en el que funda sus investigaciones.

A incrementar, albergar, calificar y especializar esta biblioteca dedicó la institución importantes esfuerzos de su corta vida. Cierto es que a la Biblioteca del Mora le tocó nacer en cuna de oro pues, sucedánea del proyecto de Bibliotecas Mexicanas, recibió como colección de origen el fondo del bibliófilo poblano José Ignacio Conde, un magnífico conjunto de varios miles de impresos mexicanos provenientes de las bibliotecas de grandes personalidades de la vida intelectual, pública y política de México. Así lo testimonian los ex libris que acompañan los pergaminos y empastados antiguos que conforman el fondo reservado. De la marca de propiedad sobria de Lucas Alamán, a los duplicados de la colección de primeros impresos poblanos de Florencio Gavito, la lámpara del saber que adorna las obras que provienen de la colección de García Icazbalceta y su hijo, García Pimentel, a los garigoleados escudos de armas de la princesa Francesca Ruffo de Calabria, al lote de Intervención y Segundo Imperio de González de Cossío y muchos más, los ex libris contenidos en las contraportadas constituyen en sí mismos la historia de un fondo bibliográfico.

El desarrollo sostenido y calificado de las colecciones fue la preocupación y el anhelo de todas las direcciones de la institución. Así su estantería se fue enriqueciendo con ejemplares provenientes de las Bibliotecas Cervantes e Iberoamericana; el fondo San Román desarrolló los estudios latinoamericanos, las áreas geográficas se vieron beneficiadas por la incorporación de las bibliotecas de Ramón Alcorta y Jorge Vivó; los estudios sobre Estados Unidos recibieron donaciones y compras únicas en el medio nacional, como el Diario de los debates del Congreso desde la independencia hasta 1976 y la colección actualizada de microfichas e índices electrónicos de la documentación que manejan y generan las comisiones y comités que asesoran a los representantes, desde 1790 hasta el momento actual. Mucho más podríamos decir en cuanto a las fuentes básicas de investigación, las fuentes secundarias, los formatos magnéticos de consulta, la hemerografía de actualización y el marco de consulta, pero la tiranía del espacio nos impide una extensión mayor y deseamos que esta nota sirva como invitación para que los especialistas incursionen en el fondo bibliotecario, ya físicamente o por su catálogo en línea.

Afortunadamente pueden hacerlo, pues la Biblioteca del Mora no goza únicamente de un fondo con gran riqueza de investigación, sino que la documentación que alberga su acervo está totalmente puesta al servicio, con un criterio catalográfico lo suficientemente amplio, de las necesidades complejas que surgen en consultas especializadas, como las de un científico social contemporáneo. Y es que la evolución de dos décadas de la Biblioteca del Mora ha sido vanguardista en el plano de la automatización. En 1984, la maestra Gloria Escamilla y el Centro de Procesamiento Arturo Rosenblueth lograron, de forma totalmente pionera en el medio nacional, desarrollar el primer sistema automatizado bibliotecario. Así, la Biblioteca del Mora fue de las primeras en el país en abandonar las formas manuales de trabajo para disponer de una serie de módulos que contenían y posibilitaban la interacción de los datos.

Sala de lectura de la biblioteca Ernesto de la Torre Villar, ca. 1994. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.

Sala de lectura de la biblioteca Ernesto de la Torre Villar, ca. 1994. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.

En estas épocas, el equipo dificultaba mucho el manejo de la información pero, con el paso del tiempo y a partir de los apoyos que recibió de CONACYT, la biblioteca obtuvo la infraestructura de cómputo necesaria. De las viejas cajas de bernoulli pasó a los servidores de mediano tamaño y luego a los mayores; actualizó su sistema de cómputo, al adquirir uno de mercado de segunda generación que fue capaz de recoger los ricos contenidos de la base de datos Bibliomora y que satisface de manera adecuada las necesidades de información de la investigación social. Desde su primitivo y precario emplazamiento en el casco original de la antigua casona de don Valentín hasta las bellas y funcionales instalaciones actuales construidas en 1984 para albergarla, desde la máquina de escribir y los esténciles reproductores de tarjetas, pasando por las cajas de bernoulli que mal almacenaban la información a los actuales servidores, ha transcurrido mucho tiempo; varias generaciones de científicos sociales han cruzado sus puertas; miles de ejemplares han transitado por las manos de los bibliotecarios para ir a dormir un sueño de anaqueles, frecuentemente interrumpido por los usuarios que los solicitan. Sus horarios se han extendido aun a los sábados; los servicios públicos han incrementado su eficiencia; se ha optimizado el aprovechamiento del espacio de almacenamiento por medio de la incorporación de mobiliario compacto y por el desplazamiento y compactación de los espacios internos; los servicios de análisis informático se han especializado y han incursionado en la indización de publicaciones periódicas especializadas de actualización o muy antiguas, que no son recogidas por los índices internacionales; una constante política de extensión bibliotecaria posibilita que los especialistas y estudiantes conozcan y recurran a sus fondos. El taller de encuadernación y restauración de la biblioteca mantiene las áreas de almacenamiento y los materiales en las condiciones adecuadas y optimiza la vida útil de los documentos a través de técnicas de restauración y conservación de alta complejidad.

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México ante el cambio climático

Fernando Tudela
Centro para el Cambio Global y la Sustentabilidad A.C.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

El país ha tenido un desempeño proactivo en las negociaciones multilaterales y es pionero entre las naciones en desarrollo en la legislación integral sobre  cambio climático. Pero en las políticas públicas efectivamente aplicadas se  perciben retrocesos: los presupuestos van a la baja, permea el desinterés por el tema en las decisiones gubernamentales y se profundizan contradicciones como intentar extraer más petróleo, planear la construcción de una carboeléctrica y una refinería, en vez de impulsar con decisión las energías renovables.

West-northwest of Summerford Mountain

Desierto de Chihuahua, 2017. Fotografía de Patrick Alexander, Flickr Commons.

 

El cambio climático es tal vez el mayor desafío al que se enfrenta la humanidad en el presente siglo y uno de los pocos temas globales que reclama hoy la atención prioritaria de los jefes de Estado. Más allá de la variabilidad natural del clima, la existencia real del cambio climático es ya una verdad científica incontrovertible, basada en un abrumador conjunto de verificaciones empíricas. En ello coinciden las principales Academias de Ciencias del mundo, incluyendo la de los Estados Unidos de América. Las posiciones negacionistas, casi inexistentes en América Latina y el Caribe, ya no suscitan debate científico alguno en los medios especializados. Se hubieran extinguido en todo el mundo de no ser por el apoyo que todavía reciben por parte de intereses ideológicos, renuentes a aceptar un papel determinante para el Estado, y sobre todo económicos,
impulsados por agentes vinculados a la prospección, extracción, transporte, transformación y combustión de combustibles fósiles.

Oso polar hambriento y delgado en busca de comida, 2013.  Fotografía de Rob Oo, Flickr Commons.

Oso polar hambriento y delgado en busca de comida, 2013. Fotografía de Rob Oo, Flickr Commons.

También parece resuelta ya la identificación de su principal factor causal, que la comunidad científica atribuye a las actividades humanas que generan emisiones de gases y compuestos de efecto invernadero. Incluso a muy bajas concentraciones, estos gases absorben el calor y dificultan su radiación hacia el espacio exterior, como lo haría una cobija tendida sobre una cama. A escala global, en los últimos años hemos emitido alrededor de 38 Gigatoneladas/año (1 Gt equivale a mil millones de toneladas métricas) de bióxido de carbono (CO2), principal gas de efecto invernadero, procedente de combustiones de todo tipo. La concentración atmosférica de este gas se ha medido desde 1958, con rigor metodológico, en el Laboratorio de Mauna Loa, Hawai. La curva resultante muestra una progresión constante, con una oscilación estacional debida a la mayor presencia de ecosistemas terrestres, y por ende de vegetación decidua, en el hemisferio norte. El promedio mensual máximo de CO2 alcanzó un nivel de 411.24 partes por millón (ppm) en el mes de mayo de 2018. Los niveles actuales de CO2 en la atmósfera carecen de precedente desde hace por lo menos cuatro millones de años, en pleno Plioceno. En la época preindustrial esta concentración se mantenía en torno a los 280 ppm. Esta sería una concentración “normal” en este periodo interglaciar, en ausencia de actividades humanas significativas a gran escala. De manera concomitante, la temperatura promedio de la superficie del planeta, que se calcula anualmente, ha aumentado ya 1°C desde 1850.

De continuar invariable la tendencia registrada hacia el calentamiento, el aumento de la temperatura planetaria alcanzaría 1.5°C en 2040. Estamos saliendo ya del rango de temperaturas promedio que ha prevalecido en los últimos 10 000 años, en los que se ha desarrollado la actual civilización. Quienes dudan de la relevancia de estos datos podrían comparar con provecho la diferencia de bienestar entre una temperatura corporal de 37°C y otra de 38.5°C. Siguiendo con la metáfora, el cambio climático sería la “fiebre del planeta”, que nos conduce a una situación de pronóstico reservado.

Entre las numerosas manifestaciones del cambio climático podríamos destacar, además de la ya mencionada elevación de la temperatura promedio del planeta, cambios en los patrones climáticos locales y en particular en el régimen de precipitaciones, con acentuación de los fenómenos hidrometeorológicos extremos, intensificación de los procesos ciclónicos, elevación gradual del nivel del mar tanto por dilatación térmica como por fusión de hielos terrestres, acidificación de los océanos, entre otros. Sus efectos ecológicos, sin duda detectables y medibles, son progresivos y potencialmente devastadores.

Uno de los efectos más visibles del calentamiento global es la constante reducción del hielo flotante del Ártico. Según el Centro Nacional de Datos sobre Nieve y Hielo, de la Universidad de Colorado, al inicio de octubre de 2018, la extensión del hielo en el Ártico alcanzaba unos 5 millones de km2, esto es 2.5 millones de km2 menos que el correspondiente a las mismas fechas en el promedio del periodo 1981-2010. Este proceso se retroalimenta, pues reduce la capacidad de reflejar la radiación solar incidente, que se absorbe ahora por el mar en medida creciente. Si se ha perdido en pocos años un tercio de la extensión de hielo en el Ártico, se entenderá que la posibilidad de llegar al Polo Norte en canoa es sólo cuestión de tiempo.

A través de interacciones múltiples, los cambios en los factores climáticos inciden en diversos componentes de la diversidad biológica, a escalas que van desde los organismos y sus genes, las poblaciones, las especies, las comunidades, los ecosistemas y los biomas completos. El estudio de las interacciones entre el cambio climático, la degradación de hábitats y la pérdida de biodiversidad ha dado ya origen a una muy amplia literatura científica, cuyos resultados suscitan profunda preocupación. Trabajos recientes señalan, por ejemplo, que en las Américas la pérdida de especies nativas, estimada en alrededor de 31% a partir del contacto con los europeos, podría ascender a 40% en 2050. El actual deterioro de la biodiversidad sólo puede conceptualizarse como un nuevo episodio de extinción masiva en la historia geológica del planeta. Los arrecifes de coral, uno de los ecosistemas más complejos y delicados, constituyen un caso particularmente dramático, pues se prevé que, de mantenerse las tendencias actuales, no menos del 90% podría desaparecer como sistemas vivos en el transcurso del presente siglo.

Las alteraciones resultantes en los ciclos de nutrientes, los procesos de formación de suelos y la producción primaria de biomasa vegetal por fotosíntesis amenazan la provisión de los denominados “servicios ecosistémicos”. Entre ellos destacaremos la provisión de alimentos, agua dulce, madera y fibras, combustibles, o la regulación del clima local, el control de avenidas, la defensa ante plagas y enfermedades, la polinización y la purificación del agua. Mención aparte merecen los aspectos culturales, educativos y recreacionales también amenazados por la destrucción de los ecosistemas. Las pérdidas económicas derivadas del deterioro de los referidos servicios ecosistémicos podrían llegar a representar el 10% del Producto Interno Bruto mundial, según algunas estimaciones probablemente conservadoras.

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