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La vida con Villa en la Hacienda del Canutillo

Guadalupe Villa / Instituto Mora

BiCentenario # 7

La década en la que Francisco Villa y su gente se mantuvieron en pie de lucha tuvo su epílogo en el poblado de Sabinas, Coahuila, tras pactar con el gobierno de Adolfo de la Huerta el 28 de julio de 1920. En la llamada Acta de unificación al gobierno emanada del Plan de Agua Prieta, quedó asentado que Villa deponía las armas para retirarse a la vida privada; que el Ejecutivo de la Unión le cedería en propiedad y con los requisitos legales, la hacienda de Canutillo, ubicada en el estado de Durango, lugar en el que fijaría su residencia; el general contaría con una escolta formada por 50 hombres de su confianza –dependientes de la secretaría de Guerra y Marina–, cuyo único objetivo sería velar por su seguridad; a las demás personas que integraban su contingente se les otorgaría el importe de un año de haberes, de acuerdo con su grado, y tierras en propiedad para dedicarse al trabajo.

Los términos en los que se celebró el acta han sido interpretados desde distintos puntos de vista. Para algunos se trató de una rendición que otorgaba condiciones ventajosas a Villa, para otros, el pacto con el gobierno fue más bien un armisticio que trajo como consecuencia el ofrecimiento espontáneo de dotar de tierras de labranza a los excombatientes como la mejor manera de prevenir un nuevo alzamiento o la proliferación de gavillas de malhechores que, sin medios para subsistir, optaran por el bandidaje como modus vivendi.

Quienes pudieron ver la marcha rumbo a Canutillo afirmaron que parecía más un desfile triunfal que la postura de una guerrilla amnistiada: Villa y su gente ceñían pistolas al cinto y cananas cruzadas sobre el pecho. El general seguía conservando la misma energía de otros tiempos, lucía fuerte y tostado por el sol.

De las experiencias de gente que convivió con Villa en la hacienda del Canutillo surge este intento de reconstruir la vida comunitaria entre 1920 y 1923.Para ello, se ha recurrido a diversas fuentes impresas y a una serie de entrevistas de historia oral con algunos testigos y partícipes en esos hechos. 

Guadalupe Villa Guerrero

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En la Hacienda de Canutillo

El por qué se eligió Canutillo nos lo cuenta Eustaquio, hijo de Nicolás Fernández –uno de los hombres más cercanos al general–, quien vivió en la hacienda:

Fue un convenio que tuvo con el gobierno para que se estableciera el general Villa en el campo; que escogiera el lugar que le gustara más, y escogió Canutillo porque es una hacienda que es muy difícil que lleguen a atacarla, porque está colocada de tal manera que por donde quiera que vayan es defendible, hasta con poca gente.

La hacienda de la Concepción del Canutillo y anexas tenía una extensión aproximada de 87 mil hectáreas, cruzadas de norte a sur por el río del Canutillo y regadas además por el río Florido y algunas corrientes de menor importancia. La propiedad comprendía, además, las haciendas de Nieves y Espíritu Santo, y los ranchos de Vía Excusada y San Antonio, que en conjunto formaban un solo predio ubicado en el partido de Indé en el estado de Durango. Incluía además el rancho Ojo Blanco, que se encontraba en el distrito Hidalgo en el estado de Chihuahua.

Al ocupar Villa la hacienda en el mismo año de 1920, se llevó a vivir con él a sus hijos. Señala Eustaquio:

…Agustín, que era el mayor, Octavio, Samuel, y podría considerarse hijo también otro Samuel porque lo adoptó, que era hijo del general Trinidad Rodríguez. Además Micaela, Celia, Juana María.

Miguel Trillo lleva dos niAi??os a la escuela de Canutillo (ca. 1921)

Miguel Trillo lleva dos niños a la escuela de Canutillo (ca. 1921)

Canutillo se convirtió –nos dice el mismo informante– en un pequeño pueblo con su propia forma de gobierno y de organización: había electricidad, correo, telégrafo, médico, escuela, carpintería, talabartería, zapatería, sastrería, molino, herrería y tienda, entre otras cosas. Los talabarteros, por ejemplo, tenían que ayudar a conservar las 50 monturas de quienes componían la escolta y atender la reparación de la maquinaria que había como trilladoras; herreros para hacer herraduras para caballos. Al general no le gustaba que salieran los caballos sin herradura, porque se les echaba a perder el casco.

Por lo que toca a la tienda, Francisco Gil Piñón dice:

Mire, no se le podía llamar “tienda de raya”, le voy a decir por qué (a mí me ponían a despachar ahí): se le daba al peón lo que pedía, se anotaba su nombre y todo, y a fin de cosecha, solamente se le descontaban los productos que tenían que llevar desde Parral y a precio estrictamente de costo, como era azúcar, café, arroz, [lo] que no se producía ahí; todo lo demás, eso ahí se les daba solamente [había] cosas de comida.

Las actividades agrícolas de la hacienda encaminaron sus esfuerzos al cultivo de trigo, frijol y maíz. La maquinaria agrícola se adquirió en la Casa Mayers de El Paso, Texas, aunque algo se obtuvo en Parral.

Cuentan que el general Villa se levantaba muy temprano, casi de madrugada, y se iba al campo a supervisar el trabajo. Allí le informaban cómo iba la cosecha, qué hacían los campesinos, los leñadores, etcétera. Volvía a su casa para almorzar, a las nueve o diez de la mañana. Villa coordinaba todas las actividades de Canutillo. Eustaquio Fernández afirma que el general estaba en todo: en la educación, en la producción, en la tienda, en las relaciones, en la política.

Él les quitaba la yunta [a los campesinos] y se ponía también a sembrar. Sabía sembrar, ¡fíjese!, sabía hacer surco, porque en los sembradores, he oído yo que el que hace el surco derecho, sabe sembrar.

En la Hacienda de Canutillo

En la Hacienda de Canutillo

Sobrevivientes de aquella experiencia cuentan que al principio la situación fue difícil, había poca comida y la tierra aún no rendía los deseados frutos; pero cuando las cosechas empezaron a satisfacer las necesidades internas de la hacienda, se comenzó a vender el excedente lo que permitió mejorar las condiciones de la gente.

En Canutillo había huertas donde se cultivaba chile, papas, cacahuate, camote, sandía, melón y, aunque aisladamente, uno que otro nogal, cuyo producto servía para satisfacer el consumo interno de la población, también tenían animales de granja, como cerdos, borregos y ganado vacuno y caballar:

Villa tenía caballos angloárabes de registro, finísimos, que los trataban como si fueran niños, los montaba el general, el jefe de caporales, un arrendador que tenía, y modestia aparte, su servidor [dice Fernández] tenían caballos que solamente se dejaban montar por él, eran de muy grande alzada, de muchísima resistencia, el general pesaba como unos 100, 110 kilos, más el equipo que lo acompañaba, como era la montura, sus armas, sus espuelas, pues le daba un peso de 140, 150 kilos; sin embargo cuando iba a cortar ganado para vender en grande escala, ya fuera vacuno o equino, se tenía que mover muy rápidamente en su caballo y le aguantaba la corrida de todo el día… y el movimiento era trote y galope, trote y galope…

En la Hacienda de Canutillo

En la Hacienda de Canutillo

Respecto a la vida cotidiana, Eustaquio Fernández recuerda que:

…en Canutillo tenían una cocina [con] cuatro cocineros; ahí comían entre 25 a 30 personas, en la misma mesa [del general], se comía dos veces al día, muy buena carne, verduras, arroz y otras cosas, dulces, fruta envasada… El desayuno era entre ocho, nueve, nueve y media por ahí así, al medio día entre una a una y media. En la tarde era a las seis o siete… El general no admitía que si había una hora señalada para comer fueran a comer después o quisieran comer antes.

Respecto a su vida en familia, continúa Eustaquio:

Entonces la esposa de Villa era Luz Corral [quien permaneció en Canutillo hasta 1922] fue una dama con mucha distinción, sin que por ello le faltaran energías; también era un poco terminante en su manera de ser no aplicaba castigos, simplemente daba una reprimenda. [El general] en sus horas que se podrían llamar de ocio, ya cuando caía el sol, nos ponía a todos los que tuviéramos una voz más o menos clara, a que leyéramos distintos textos, sobre todo de tácticas militares y de historia. Prefería la historia antigua.

Señala también que sus lecturas iban desde un Tesoro de la Juventud hasta las biografías de grandes guerreros como Alejandro el Grande y Napoleón Bonaparte. Tenía organizada una pequeña biblioteca particular, con libros de historia: “libros filosóficos, libros de sociología”. Le gustaba mantenerse al día sobre el curso de la vida política mexicana. Diariamente leía o hacía que su secretario Miguel Trillo le resumiera y comentase las principales noticias de la prensa.

Eustaquio destaca algunos rasgos del carácter de Villa:

Era hombre rudo, temperamental, pero sencillo y leal; cuando tenía razón era incansable, pero tenía esta ventaja; tenía un arranque fuerte con alguna persona o varias, al rato ya se disculpaba. Era frecuente ver al general acompañado de sus hijos; diariamente concurrían los pequeños a nadar en una acequia llena de agua que pasaba por la huerta. Todos sabían nadar, las niñas también, íbamos el sábado, el domingo, a montar, y si el general tenía que salir al campo, lo acompañábamos. Allí [con sus hijos] muy pocas veces lo vi manifestarse con su carácter explosivo. Solamente cuando hacían algo indebido entonces así se manifestaba; con sus hijos fue siempre bastante exigente, terminante, no aceptaba errores; inclusive visitaba casi todos los días, en el tiempo que tenía, aunque fuera un cuarto de hora, a cada profesor para ver lo que estaban enseñando, y se acompañaba siempre de dos personas que tenían mucho entendimiento en materia de enseñanza.

Villa y Luz Corral

Villa y Luz Corral

Así como Villa logró implantar un nuevo sistema de vida para una porción de campesinos, también insistió en mantener una actitud firme para desarraigar cualquier tipo de vicios, dando importancia fundamental a la educación. Factor, sin duda, determinante fue la carencia de escolaridad del propio Villa, de ahí su interés por establecer una escuela adecuada y lograr la alfabetización de todos los habitantes de Canutillo. Por tanto, consiguió que el gobierno federal enviara a un grupo de profesores, de los que en la época vasconcelista se definieron como “misioneros culturales”, a quienes decía:

Mire, aquí en Canutillo no se pierde nada, porque al que roba alguna cosa, lo fusilo. Persigo el vino porque mis hermanitos de raza, tan mal alimentados y tan poco responsables, cuando reciben su raya se van a la cantina y a su casa no llevan nada; así que los niños hijos de mexicanos no tienen la oportunidad de educarse, por la falta de responsabilidad del padre… [Teníamos que trabajar para que la educación beneficiara a los niños, hijos de los soldados que con él anduvieron en la Revolución].

La escuela de Canutillo se llamó “Felipe Ángeles”; su director fue el profesor Jesús Coello Avendaño, a quien secundaron otros cinco profesores: Alfonso de Gortari, Varela, Ojeda, Rodolfo Rodríguez Escalera e Illarramendi, que se instalaron en una construcción rústica, con un gran patio central y unas cuatro o cinco aulas en derredor. Había un salón de actos y una modesta biblioteca, que Villa iba enriqueciendo. Al inaugurar la escuela, expresa el profesor Coello, Villa le dijo:

Antonio y Miguel, hijos de Villa con Soledad SA?enz

Antonio y Miguel, hijos de Villa con Soledad Sáenz

Vamos a abrir la escuela. Hay 250 niños y van a venir mujeres a hacerle la comida a los niños [Porque la escuela de Canutillo, Durangoa, fue la primera escuela de concentración que hace más de cincuenta años se estableció en Canutillo Porque los niños que vivían alrededor de Canutillo se reconcentraban en la hacienda y se dividían viviendo en la casa de los demás compañeros de ellos que vivían en la hacienda, a los que les daban maíz, harina para hacer pan, es decir, los alimentaba, los vestía y los calzaba, a los niños.. entre los que figuraban los hijos de él. Asistían a ella tanto los hijos de los campesinos, antiguos revolucionarios, como niños de lugares aledaños. Por supuesto, la educación se impartía gratuitamente. No sólo había un turno matutino, al que concurrían estos niños, sino también uno nocturno para instruir a los adultos que lo desearan. Asistían los campesinos, los miembros de la escolta e incluso algunas mujeres. La escuela nocturna era una cosa que nosotros habíamos hecho por el deseo de incrementar la educación [¡Claro que ponían atención! Esa gente, es gente despierta, muy trabajadora].

Los profesores que llegaron a Canutillo se encontraron con un medio ambiente desconocido para ellos. Algunos de estos “misioneros” serían más adelante profesionistas destacados; pero todos, venidos de la capital, habían oído un sinfín de historias sobre la revolución en el norte y muy especialmente sobre Villa. Aunque tuvieron la oportunidad de ir a otro lugar a enseñar, les atrajo la posibilidad de vivir y compartir la experiencia de Canutillo.

Los profesores sólo dependían del gobierno de la república para el pago de sus honorarios. Los sueldos variaban poco. El director de la escuela ganaba doce pesos diarios y los maestros diez. Eran sumas considerables para esa época, si tomamos en cuenta que la hacienda les proporcionaba casa habitación, comida, lavado de ropa, armas para cazar, etcétera.

Los maestros vivían en casas aparte, podían ir a comer allí (a la casa del general) cuando querían, tenían libertad para hacerlo; pero regularmente no iban porque no eran formales en ir a comer a las horas señaladas, [sus casas] contaban con servicio de agua y había en tramos escalonados letrinas muy bien hechas, de doble escala…

Los profesores recuerdan que llegaron a tener de 25 a 30 mil pesos, ya que como no salían de la hacienda, no tenían gastos. A veces los profesores se trasladaban a la ciudad de México, en plan de vacaciones, y entonces, Villa les daba de su peculio algo más, considerando que iban a “un rancho grande”. Villa mostró siempre una actitud protectora hacia ellos por lo cual trató de gestionarles mejores salarios.

…no estoy de acuerdo con los sueldos que ganan los profesores que atienden la escuela; el día que un maestro de escuela gane más que un general, entonces se salvará México. En consecuencia, quiero que le subas el sueldo a los maestros que atienden la escuela Felipe Ángeles…

Se les concedió entonces un aumento de 2 pesos a los maestros y de 8 al director. La hacienda proporcionaba el material escolar y en algunas ocasiones, muy esporádicas, recibían algunas cosas de la Secretaría de Educación Pública. La educación que se ofrecía se basaba en la clásica tabla de materias de la primaria; se impartía una educación de organización completa, en la cual cada maestro tenía un grupo distinto.

Entonces no había el programa nacional, sino era fundamentalmente un tipo de programas: los de la ciudad y los de la Secretaría de Educación y había programas de los estados; no estaba nacionalizada la enseñanza, había tendencia a nacionalizarse, cada estado tenía sus programas, sus horarios, etcétera…

De hecho, al llegar a Canutillo, los profesores tuvieron que desarrollar, de la nada, todo un sistema escolar. Rodríguez Escalera cuenta:

Nosotros hicimos un ensayo en Canutillo dado que como fuimos producto mental o profesional de la Revolución, establecimos en la hacienda de Canutillo el gobierno escolar, asesorado por un maestro, donde los alumnos participaban, al nivel de la niñez, en la marcha de la escuela. El gobierno escolar estaba integrado por un secretario general, electo por todos los alumnos de la escuela, con una representación de cada grado. Empezamos la escuela de acción: la enseñanza derivada de la acción; iba yo con los chicos donde querían ir, íbamos de cacería los fines de semana: venado, algún oso, y todo era enseñanzas. Era una libertad a base de convencimiento, a base de una acción normal y espontánea del alumnado. Creían los niños que debían cuidar su escuela, porque la consideraban como su casa. A la media hora de que entráramos a clase ya sabíamos cuántos habían faltado, quiénes habían faltado, y ya habían ido a la casa (de los niños) a ver por qué habían faltado. As+i que hicimos un ensayo que nos dio maravilloso resultado, sin llegar a apapacharlos. éramos amigos de ellos, jugábamos con ellos, pero cuando decíamos trabajar, ¡a trabajar!…

No obstante ser Villa la autoridad máxima de la hacienda, permitía que la escuela funcionara libremente. Asistía con frecuencia a las aulas, sentándose cerca de una ventana para observar las clases; le gustaban en especial las de canto y gimnasia. En sus ratos libres conversaba con los maestros y al igual que éstos, manifestaba una seria preocupación por la desigualdad social. Así fue como Villa, según refieren los maestros, conoció algo de la ideología socialista del siglo XIX, que se difundía en nuestro país.

Nosotros ya conocíamos cosas sobre Marx, sobre Engels y sabíamos que la justicia social es fundamental para el desarrollo de los pueblos. Entonces nosotros hablábamos mucho de ese tipo de cosas, sin hablar de comunismo; sino hablábamos de los derechos del hombre, de las libertades y democracia y en contra de las dictaduras. Villa si oyó hablar de Marx, por lo menos de las cosas que surgieron ahí, ese movimiento de 1917, donde se derrumbó el zarismo y el pueblo ruso se moría de hambre. Sí, oyó hablar de Marx, pero no lo mencionaba, lo llegó a escuchar seguramente de labios nuestros, los profesores que platicábamos con él.

Algo común a todos los entrevistados fue el deseo de referirse a la personalidad y características individuales del viejo luchador retirado. Coincidían en afirmar que Villa poseía una angustiada conciencia de justicia social. Quería ayudar a los pobres:

Era una de las cosas quizá que le protegió para que lo ayudara el pueblo, porque a todo el que era de clase humilde, a todos nos ayudaba cuando había forma de ayudarnos…

Tras la firma del armisticio en 1920 entre Villa y el general Eugenio MartAi??nez, representante del presidente Adolfo de la Huerta (Sabinas, Coah.)

Tras la firma del armisticio en 1920 entre Villa y el general Eugenio Martínez, representante del presidente Adolfo de la Huerta (Sabinas, Coah.)

Así era la vida del Centauro del Norte en Canutillo hasta el 20 de julio de 1923, en que con clara intuición presintió su muerte. Generalmente sus visitas a Parral pasaban inadvertidas; pero ese día fue a despedirse de los maestros, diciendo: “Parral me gusta hasta para morirme, quién me puede asegurar que no sea la última vez que nos veamos”. A las cuatro de la tarde de ese día, los maestros recibieron la noticia, mediante un telegrama fechado en Hidalgo del Parral, que Villa había sido asesinado.

Se produjo un estado de confusión general en la hacienda. Porque las gentes de la escolta no sabían. Unos habían salido con él, incluso los habían asesinado allí. Se temía que fueran a atacar la hacienda. Todos se enteraron, esa gente sabe enfrentarse con valor a todo; no hubo histerias ni nada, tomaron precauciones y a esperar a ver que iba a pasar. A nosotros nos comunicaron a las cuatro y media de la tarde. Entonces nos movilizamos, le mandamos hablar al general Nicolás Fernández; asumió el mando y ya se reconcentraron las gentes que estaban en Torreoncillo, Torreón de Cañas, la hacienda Carreteña y ya se comenzaron a armar. [El general Nicolás Fernández] estuvo en Canutillo varios días porque esperaban… pues que los fueran a atacar; pero no, no hubo tal cosa; entonces ahí se organizaron para levantarse en armas otra vez…

A la muerte de Villa siguió otro movimiento armado, la rebelión delahuertista. Muchos exvillistas, quizá confundidos, entremezclando sentimientos de venganza con deseos de saldar una deuda moral, se incorporaron a la contienda perdiendo así las tierras por las que tanto habían luchado.

Con la muerte del jefe, un largo pleito judicial motivado por la herencia del general puso punto final a la incertidumbre que se tenía con respecto al destino de la propiedad. La escuela y la hacienda pasaron a poder del gobierno. Todo lo que había en la hacienda lo incautó el gobierno. Las tierras se repartieron entre ejidatarios y el casco fue convertido en museo de sitio.

 

PARA SABER MÁS:

  • Luz Corral de Villa, Pancho Villa en la intimidad, Chihuahua, Centro Librero La Prensa, 1977.
  • Guadalupe Villa, Charlas de café con Pancho Villa, México, Ramdom House Mondadori, 2009.
  • Rosa Helia Villa, Itinerario de una pasión. Los amores de mi general, México, Punto de Lectura, 2008.
  • Las diversas entrevistas utilizadas para el artículo forman parte del Archivo de la Palabra del Instituto Mora:
  • Entrevista al señor Francisco Gil Piñón, realizada por Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer, el 3 de agosto de 1972 en Chihuahua, Chih., PHO/1/9.
  • Entrevista al doctor Alfonso de Gortari, realizada por María Isabel Souza, el 10 de agosto de 1973 en la Ciudad de México, PHO/1/90.
  • Entrevista al profesor Jesús Coello, realizada por María Alba Pastor, el 27 de octubre de 1973 en Chihuahua, Chi., PHO/1/117.
  • Entrevista al profesor Rodolfo Rodríguez Escalera, realizada por Ximena Seúlveda el 4 de julio de 1974 en Torreón, Coah., PHO/1/161.
  • Entrevista al señor Eustaquio Fernández, realizada por Guadalupe Villa, el 3 de septiembre de 1983 en Ciudad Lerdo, Durango, PHO/1/226.

Los niños en el festejo del Centenario de la Consumación de la Independencia

Mercedes Alanís / Instituto Mora

BiCentenario #6

Teniendo la nación niños sanos y vigorosos, podrá contar en el futuro con ciudadanos capaces de prestarle los mayores servicios

Cada sociedad y cada época han delineado su visión acerca de los niños. Los discursos y las imágenes que nos han llegado son testimonios que dan cuenta de cómo los adultos de otro tiempo dotaron de significados a los infantes y cómo los han incorporado a la dinámica social. En las primeras décadas del siglo XX en los países occidentales se generó un creciente interés por la infancia, que se vio reflejado en buena medida por el impulso en el sistema escolar y la práctica médica; algunos de los espacios desde los cuáles se fue moldeando una concepción de la niñez.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 18.18.55La disminución de los altos índices de mortandad infantil, la desnutrición y el analfabetismo; la regulación del trabajo a temprana edad, mejorar las escasas condiciones salubres en que se encontraban cientos y cientos de niños, muchos de ellos abandonados a su suerte, sobre todo cuando se atravesaba por un conflicto armado; fueron preocupaciones que animaron a los gobiernos a emprender acciones que mejoraran las condiciones de vida de aquellos que se convertirían en futuros ciudadanos. Este complejo proceso se puede mirar desde el México posrevolucionario. El arribo de Álvaro Obregón a la presidencia promovió un proceso de reconstrucción nacional, una vez que se dio por acabada la lucha en armas. Una de sus inquietudes fue mejorar las condiciones de salud y alfabetización de la población desvalida, cuestiones que quedaron plasmadas en la Constitución de 1917; a la vez de que se inculcaron valores morales y cívicos, de manera particular en los niños.

En este contexto, en 1921 el gobierno de Obregón llevó a cabo los festejos del centenario de la consumación de la Independencia. Por este motivo el presidente solicitó por oficio del 7 de mayo de ese año que todas las secretarías de Estado y departamentos gubernamentales organizaran diferentes actividades que dieran forma a un amplio programa de eventos acordes a la conmemoración, que se debían destacar por tener “un carácter netamente popular y nacional”; es decir, que todas las clases sociales participaran y disfrutaran de las festividades sin distinciones. Acorde con este sentir se invitó a la población de la Ciudad de México a engalanar las fachadas de sus domicilios o establecimientos y unirse a la celebración que dio inicio el 8 de septiembre en el teatro Esperanza Iris. Acto que fue seguido por juegos florales, concursos populares como “la india bonita”; artísticos como “los volcanes de México”, e históricos como el torneo sobre Agustín de Iturbide. Esto sin dejar de lado el concurso hípico, diversas recepciones oficiales, quermeses, bailes, la inauguración de un parque de juegos para niños por parte de la colonia americana; la instalación de candelabros en la calle de capuchinas por parte de la comunidad libanesa y la del reloj monumental de Bucareli por parte de la comunidad china.

El presente relato muestra uno de los festejos “más trascendentales del programa oficial de festejos del centenario” — según testimonios de la época– y que el tiempo ha dejado en el olvido. Se trató de un evento organizado por el Departamento de Salubridad Pública en la Ciudad de México que giró en torno a la figura del niño. Tras trabajar tres meses en los preparativos de un proyecto que resultara “eficiente y económico”, que fue sometido a la consideración y aprobación del consejo de ministros, y la solicitud de un presupuesto que osciló entre 50 000 y 100 000 pesos para su realización, del domingo 11 al sábado 17 de septiembre se llevó a cabo la Semana del niño. Organizada por el Departamento de Salubridad Pública, con motivo de la celebración del primer centenario de la consumación de la Independencia. Se trataba de un evento a favor de la higiene y el bienestar de la infancia; elementos vitales si se quería que la patria contara con futuros ciudadanos saludables que velaran por su integridad.

La semana del niño

Para principios de la década de 1920, los médicos mexicanos opinaban que “en todos los países cultos, la salud y educación del niño son motivo de preferente y constante preocupación tanto para los pueblos como para los gobiernos”. La idea era que “el niño de hoy sería el hombre del mañana”; por lo tanto, al representar a las generaciones futuras, había que procurar una niñez sana que asegurara el porvenir de la humanidad. Los médicos sostenían que las sociedades que más se habían distinguido por sus adelantos eran las que más se habían preocupado por mejorar las condiciones físicas, morales e intelectuales de sus hijos; es decir, las que habían sabido acatar los principales preceptos de la higiene y, por tanto, las disposiciones sanitarias de las autoridades. Por tal razón, sustentaban la idea de que “la salud era la condición primordial para todo orden y perfeccionamiento”.

Acorde con este pensamiento, el Departamento de Salubridad Pública actuaba para que los mexicanos estuvieran sanos y con ello lograr un “país fuerte y progresista”; así que se consideró que la mejor manera de conmemorar el centenario de la consumación de la Independencia era organizar una serie de festejos que hicieran una intensa propaganda relacionada con la salud y el cuidado de los niños. La preocupación central de las autoridades del Departamento fue que trascendieran el simple festejo vistoso para dejar algo más que un recuerdo en los asistentes; el eje debía ser una campaña de educación higiénica significativa que se reflejara en el quehacer cotidiano de los asistentes.

Médicos como Gabriel Malda, jefe del Departamento de Salubridad Pública, y Alfonso Pruneda, vocal del mismo e higienista importante, se apresuraron a organizar el evento pues estaban convencidos de que era urgente trabajar en lo que consideraron la acción más importante, conseguir el bienestar del niño. El Dr. Malda expuso en su emotivo discurso inaugural de la semana del niño que: “Este número de nuestro centenario que se ha designado con el calificativo de semana del niño tiene que fijar nuestra atención, no sólo para el presente, sino en la repercusión hacia un futuro. Considero esta inauguración patrocinada por nuestro primer mandatario, como algo muy grandioso, que va a prodigar caricias a la miseria y robustez a la patria”.

El programa

Para la realización de los eventos que se llevarían a cabo en esa semana, distintas instancias gubernamentales y particulares proporcionaron los recursos necesarios para que se proyectaran en los cinematágrafos vistas fijas y películas alusivas a la infancia; además de que se consiguió que las principales casas comerciales de la ciudad arreglaran uno o más aparadores en los cuáles exhibieran objetos relacionados con el bienestar de los niños. Para la difusión del festejo, se buscaron medios de propaganda, principalmente notas relativas a la infancia que aparecieron en distintos diarios de la capital como El Universal.

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El Departamento de Salubridad Pública, en Paseo de la Reforma 93, se abrió al público de las 9:00 a las 12:00 y de las 16:00 a las 19:00 hrs. El programa comenzó el domingo 11 a las 17:00 hrs. con la solemne inauguración a cargo del Dr. Gabriel Malda, pues el presidente Obregón no pudo asistir. Entre la concurrencia al evento estaban Manuel Malbrán, embajador especial de Argentina; Luis Felipe Obregón, enviado extraordinario de Guatemala; K. T. Ouang, embajador especial de China; capitán Bartolo Klinger, attaché de la misión de Brasil; el Sr. Enrique Bordes Mangel, presidente de la Cámara de Diputados; numerosos médicos y los vocales del Consejo de Salubridad General, entre otros.

Se adaptaron diversos espacios en el local del Departamento de Salubridad para que los niños que acudieran tuvieran un lugar adecuado para jugar. Por su lado, los adultos recorrerían la exposición, en la que se mostraban los cuidados que los niños recibían en países como Nueva Zelanda, Estados Unidos e Inglaterra. También podían asistir a las conferencias dadas por los médicos, pasar por la oficina de información y a las exhibiciones para las madres y los padres; a éstos se les exhortó acerca de sus deberes como ciudadanos, sus obligaciones con respecto al bienestar de las madres y los niños y los cuidados que debían tener con sus esposas durante la gestación. Aunado a esto, se distribuyeron entre los asistentes diversos folletos informativos sobre salud infantil y calendarios para el año de 1922, por medio de los cuales se difundió propaganda relacionada con la higiene de la infancia. Uno de los folletos más difundidos fue: “El niño. Folleto para uso de las madres mexicanas sobre el cuidado que reclama la salud y perfecto desarrollo de la infancia”.

Como se puede apreciar, la higiene fue el tema principal en todas las actividades de la semana. De hecho los médicos la llamaron “la fiesta de la higiene” y algunos de ellos, como Joaquín Izquierdo, Rafael Carrillo, Ernesto A. González Tejeda, Gustavo Baz y Juan José Bada, entre otros, impartieron conferencias acerca de las condiciones en que debían estar los esposos para tener hijos sanos; los preparativos para que en un parto no corrieran peligro la vida de la madre ni del niño; cuidados con los recién nacidos, la alimentación infantil en diversas etapas; el destete, el vestido y la habitación, el llanto, el cuidado de los dientes y los cuidados que debían observarse durante enfermedades contagiosas.

Sumado a lo anterior, se realizaron pequeñas fiestas literario musicales en otros espacios, como las escuelas primarias dependientes de la Universidad y del Ayuntamiento, y se difundió un reglamento para niños en el que se explicaban las prácticas de la higiene y, además de folletos ilustrados, se les obsequiaron cepillos para el cuidado dental. También se organizaron eventos complementarios. El primero fue el “día de la bandera”, que consistió en distinguir con una bandera las casas en que se sabía que había un recién nacido para que miembros del Departamento de Salubridad acudieran y brindaran información sobre los cuidados para los recién nacidos. Otro evento fue la visita a diversos establecimientos infantiles de la Beneficencia, tales como la Casa de Cuna, la Casa de niños expósitos, la Casa amiga de la obrera y la Sociedad protectora del niño, con el fin de que diversos funcionarios, miembros de la alta sociedad y el público en general conociera las actividades que allí se desarrollaban y se interesaran por ayudarlas.

A lo anterior, se sumó el “día de los padres”, que consistió en una fiesta infantil al aire libre dedicada exclusivamente a los niños pobres, similar a la que la esposa del presidente había organizado en diciembre del año anterior. También se celebró el “día de las madres”, que consistió en la realización de una fiesta para aquellas que se encontraban recluidas en maternidades o en establecimientos de la Beneficencia. Además, se hizo una declaración sobre los derechos de los niños y un reconocimiento a las madres que llevaron a sus hijos al Departamento y los médicos los consideraron como “modelos de salud”. Eventos que intentaron abarcar a diversos sectores de la población infantil y mostrar que el gobierno estaba atendiendo a los grupos desvalidos.

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Otras dos actividades fueron apoyadas de manera especial: la campaña del registro civil y la de vacunación infantil. Se animó a los padres a que dieran importancia a la obligación que tenían de presentar a sus hijos ante el registro civil. A los niños que fueron registrados durante el evento se les otorgó un certificado especial y un diploma firmado por el presidente. Para la campaña de vacunación se necesitó de una propaganda intensa, pues a pesar de la difusión de la importancia de las vacunas para preservar la vida y la salud de los niños, la población se resistía a que sus hijos fueran inoculados.

Uno de los actos más llamativos de la celebración fue la procesión infantil, en la que los niños fueron el centro de las miradas; algo que no se había visto con anterioridad en la Ciudad de México. Para lograr una amplia difusión del “original y simpático desfile” se solicitó a la prensa que difundiera la noticia, se colocaron cartulinas en los aparadores de las principales casas comerciales de la ciudad e incluso se hicieron anuncios especiales que fueron arrojados desde varios aeroplanos de la Escuela Nacional de Aviación.

Varias secretarías, algunas instituciones, funcionarios públicos, junto con particulares, pusieron a disposición del comité organizador de la semana del niño, camiones y automóviles que se unieron a los que fueron alquilados y dieron ocasión para que “millares de chiquillos en franca y alegre promiscuidad” — tal como comentó la prensa– “pasearan en plena felicidad por las principales avenidas de la ciudad”. Así, a las 11 de la mañana del martes partió de Paseo de la Reforma 93 una procesión de cerca de 500 automóviles y camiones en los cuales iban alrededor de 5 000 niños y niñas de distintas edades de todas las clases sociales al cuidado de enfermeras de las Cruces Roja y Blanca y damas distinguidas. Algunos de los niños que tomaron parte del desfile fueron los hijos de las familias Pani, de Algara, Pruneda, Mondragón, Meneses y Malda.

Los automóviles y camiones recorrieron la ciudad acompañados de algunas bandas de música y llevaron cartelones y banderolas con inscripciones llamativas sobre el bienestar de la infancia. El desfile fue organizado por los Dr.es Malda y Pruneda, quienes personalmente dispusieron el orden de la procesión, que fue seguida de cerca por numerosas familias y curiosos. Al frente iba la caballería proporcionada por el jefe de la guarnición de la plaza, la seguía una banda de música, después una larga fila de automóviles encabezados por dos grandes camiones en los que iban los niños del Hospicio de pobres, a continuación seguía otra gran hilera de autos con una banda de música al frente y otras dos intermedias donde iban el resto de los pequeños.

La procesión que partió del tramo de Reforma que está entre la estatua de Colón y la glorieta, dio vuelta por ésta hacia la estatua de Carlos IV, siguió por las avenidas Juárez y Francisco I. Madero hasta rodear la Plaza de la Constitución, para proseguir por el lado poniente de la catedral y dar vuelta por avenida 5 de mayo, continuó por la calle del teatro nacional y entró de nuevo a la avenida Juárez, para llegar finalmente al punto de partida. Muchas familias que ocupaban los balcones de la avenida Madero, arrojaron al paso de “los graciosos chiquillos” flores, serpentinas y confeti. Al término del desfile los niños tuvieron una convivencia en las instalaciones del Departamento de Salubridad y disfrutaron de dulces, helados y pasteles ofrecidos por las autoridades y damas de la sociedad.

El creciente interés por los niños

La semana del niño había tenido una asistencia concurrida y en opinión de las autoridades del Departamento de Salubridad Pública cumplió su objetivo. Se calculó la visita de cerca de 60,000 personas, mientras que diarios como El Universal hablaron acerca del “extraordinario fenómeno social al que acudieron millares y millares de hombres y mujeres de todas las edades y clases”. El Dr. Alfonso Pruneda ofreció un discurso en la ceremonia de clausura, en el que afirmó que 1921 sería recordado como el “año del niño” pues se estaban llevando a cabo acciones en pro del bienestar de la infancia de gran trascendencia y “sin precedentes en nuestra patria”. Esta semana fue una celebración que se sumó a los trabajos que los médicos estaban realizando en su quehacer cotidiano para reflexionar y articular acciones en favor de la niñez mexicana.

En la prensa capitalina aparecieron diversas notas que elogiaron el evento. Se mencionó que “la importancia y hermosura de estos festejos patrióticos apenas si necesitan comentario”. Aún así, El Universal comentó que “entre la multitud de actos, ceremonias y fiestas destinadas a conmemorar el primer centenario de la consumación de la Independencia, no podía haberse imaginado algo tan inmediatamente útil, y a la vez tan hermosa y trascendentalmente patriótico” como la semana del niño. Señaló que en el marco del centenario de la Independencia contribuía a demostrar que la defensa y la protección de la infancia favorecerían al engrandecimiento de la nación.

Las palabras del Dr. Gabriel Malda en la clausura enfatizaron que la celebración destacó una labor primordial del Departamento de Salubridad, cuya mira fue hacer un llamado a toda la República para que se preocupara por los cuidados de los infantes. Se trataba de “sembrar hoy para que otro recoja mañana”. Concluyó expresando que: “Cuando los años pasen y se dirija una mirada retrospectiva a los libros de nuestra historia, se encontrará que en este centenario hubo un gobierno que pensó en un más allá. Se me representan en estos momentos — como una visión luminosa– los ciudadanos de esos tiempos, padres ya, con sus niños sentados en las piernas, acariciándolos y enseñándoles a prodigar al que hoy es nuestro primer mandatario, la palabra más bella que se ha escrito en el lenguaje humano: gratitud.”

Las palabras del Dr. Malda fueron aceradas. 1921 dio inicio a una serie de acciones de los gobiernos posrevolucionarios en favor de la infancia. Ese año se realizó el Primer Congreso Mexicano del Niño, patrocinado por el Ing. Félix Palavicini, director de El Universal, y que reunió a numerosos médicos, abogados y profesores a exponer su opinión sobre el estado en que vivían los niños mexicanos así como las acciones que juzgaban precisas para reducir los altos índices de mortandad, mejorar la alimentación, los hábitos de higiene y la educación y generar leyes adecuadas. Dos años después se celebró el Segundo Congreso Mexicano del Niño, y en la década de 1930 se sucedieron el VII Congreso Panamericano del Niño y el Primer Congreso Mexicano de Pediatría. En estos foros se prosiguió el intercambio de opiniones sobre la niñez y propuestas para mejorar su atención, lo cual se tradujo en campañas educativas, la formación de Centros de Higiene Infantil, la Junta Federal de Protección a la Infancia, el Departamento de Psicopedagogía e Higiene Infantil, el Tribunal para Menores y la Asociación Nacional de Protección a la Infancia.

A la vez diversas organizaciones adoptaron diversas funciones en torno al niño, como la Sociedad Mexicana de Puericultura y después la de Pediatría que difundieron sus escritos y actividades con diversas publicaciones. Esto, sin dejar de lado las acciones cotidianas en diversos establecimientos tanto del Departamento de Salubridad Pública, como de la Beneficencia Pública y la Privada, a fin de mejorar las condiciones de vida de la “niñez desvalida”, y que en muchas ocasiones fueron difundidas y elogiadas por la prensa capitalina y diversas publicaciones oficiales. Así, la semana del niño puede ser vista como el testimonio de una época de reconstrucción nacional que, entre otros rubros de interés general, prestó creciente atención a la infancia inculcándole valores cívicos que sirvieron para exaltar los momentos relevantes de la historia patria, como fue el caso del Centenario de la Independencia. Esto invita a reflexionar acerca de las condiciones actuales de nuestros niños y, si bien, podemos ver los avances en el campo de la salud o la educación, la realidad que aún falta mucho por abarcar a todos los niños mexicanos.

PARA SABER MÁS

  • Alberto del Castillo Troncoso, Conceptos, imágenes y representaciones de la niñez en la ciudad de México 1880-1920, México, Instituto Mora/ El Colegio de México, 2006.
  • Antonio Padilla Arroyo, La infancia en los siglos XIX y XX. Discursos e imágenes, espacios y prácticas, México, Casa Juan Pablos, 2008.
  • Beatriz Alcubierre y Tania Carreño, Los niños villistas. Una mirada a la historia de la infancia en México, 1900-1920, México, INEHRM, 1996.
  • Eugenia Meyer, Niños de ayer, niños de hoy, México Lumen, 2008.
  • Ignacio Ávila Cisneros et al., Historia de la pediatría en México, México, Fondo de Cultura Económica, 1997.

Julia López. La modelo mulata que deslumbraba a pintores y escultores

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  20.

A los 13 años supo que quería labrar su propio futuro. Dejó el campo para en poco tiempo llegar al D.F. y ganarse la vida. Primero fue modelo para bodas en una tienda hasta que Frida Kahlo la recomendó para posar. Aprendió a pintar junto a sus maestros y se ganó un lugar entre ellos. Aquí relata pasajes de aquellos tiempos de esfuerzos y alegrías.

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Julia López modelando para Carlos Orozco Romero

Nunca se imagina uno lo que existe detrás de un cuadro y menos aún saber quién pudo servir de modelo para que los grandes pintores aprendieran a dibujar o a recrear la figura humana. Precisamente de esto se trata esta entrevista que realicé a Julia LA?pez en 2012. Allí platica cómo una chica de campo, nacida en 1936, dejó su pueblo y su familia para asentarse en la gran ciudad. Sus primeros pasos como modelo los dio en una escuela para veteranos de guerra, en la colonia Roma.

El toro de petate

El toro de petate

Deslumbró como una mulata preciosa que serviría de modelo a los pintores y a los escultores que se formaron en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda y la Academia de San Carlos. Allí estudiaron Antonio Ruiz, El orcito, Francisco Zúñiga, Carlos Orozco Romero, Raúl Anguiano, Francisco Corzas, Lauro López, Agustín Lazo, Pedro y Rafael Coronel. Cuántas veces dibujaron su cuerpo, su rostro y sus cabellos ensortijados; cuántas veces estuvo enfrente de ellos posando en su desnudez; cuántas veces su imagen delgada se volvió dibujo, acuarela, óleo, escultura.

Los recuerdos que guarda Julia de esa etapa son muchos, están salpicados de anécdotas y muestran cómo nunca imaginó que una chica tan silvestre, como ella misma se define, llegara a ser parte de aquel grupo de artistas emblemático para el arte mexicano del siglo XX. Con los años, se convirtió en amiga, formó parte del grupo de artistas y aprendió su arte con el solo hecho de verlos pintar. Se volvió pintora autodidacta. Los colores estaban en su mente y los pasó al papel, a la tela, al acrílico. Los niños, las flores, los animales, los árboles de Ometepec volvieron a su mente, fueron su inspiración, se convirtieron en los temas de sus pinturas.

Julia López, retrato de Mallard

En la Galería Prisse, espacio alternativo para promover a jóvenes pintores, expuso sus primeros cuadros, apoyada por un entusiasta grupo de artistas –Enrique Echeverría, Alberto Gironella, Héctor Xavier, Joseph Bartoli y Valdy– que se oponía a la hegemonía pictórica de Siqueiros, Rivera y Orozco, exponentes máximos de la llamada Escuela de Pintura Mexicana.

La niñez trepada a los árboles

Me da mucho orgullo y estoy muy feliz porque tuve una niñez preciosa que no la hubiera yo tenido aquí (en el Distrito Federal). Soy de la costa chica de Guerrero, de Ometepec, y mi papá y mi mamá eran campesinos. Ellos sembraban algodón, chiles, tabaco, ajonjolí, plátano. Allí se dan los palmares muy frondosos, preciosos, y abajo de las palmas de coco se da el café? y el cacao. Así que eran unas huertas prodigiosas, maravillosas, y nosotros nos trepábamos a los árboles a bajar el coco, la guayaba, todas las frutas, ciruelas, almendras. La pasé de maravilla. Vivíamos arriba de una pirámide en el pueblo, en las cuadrillas donde están las huertas. Y teníamos el río Santa Catarina cerca. Cada cántaro de agua que acarreábamos era cosa que primero íbamos a nadar y luego llevábamos el agua. Me quedé en tercero de primaria. En ese tiempo, en el pueblo ocupaban a los niños para trabajar. Yo quería otra vida, por eso me fui del pueblo a los 13 años.

Vendedora de frutas, Julia LA?pez

Vendedora de frutas, Julia López

Mucama en Ocotepec

Mi hermana mayor, Berta, me decía: ¡Ay vive aquí, aquí está muy bonito, no necesitamos nada! Pero mi otra hermana, Natividad, se fue a vivir a Ometepec, y me fui con ella. Nosotros vivíamos en un pueblito chiquito. Ometepec era el pueblo grande, donde se iban a casar las gentes, donde iban a rezar. Ahí había un hotel que se llamaba la Casa Verde. Era un mesón que tenía cine, tienda de corte por metros, tenía para arar la tierra. Era un tendajón que vendía de todo, y tenían cuartos para hotel.

No fui a Ometepec para estar ahí encerrada y hacer mandaditos de a peso. No. En un mandado que me mandó mi hermana, me encuentro a don Fidel. Parece que Dios me lo puso. El dueño de la Casa Verde, un cacique. Entonces le dije: —Ay, don Fidel, ¿qué usted no me daría trabajo en este hotel? No así chica, me dijo. ¿Y tú, qué sabes hacer? ¡Uuy, sé hacer muchas cosas! ¿Sabes barrer?Sí. ¿Sabes tender camas? Sí. ¿Sabes tender esto? Sí. No sabía yo hacer esas cosas, pero a todo decía que sí. Si digo que no, me iba a decir que no y Julia iba a perder. Esas eran ganas de superación. Y me dijo: Bueno, sí, presentate mañana. Y que le digo a mi hermana. Casi me mata: ¿Cómo que te vas a ir a trabajar ahí con don Fidel? Pues sí, me voy a trabajar. ¿Y sabe cuánto me pagaban al mes? 20 pesos. Era en el 50.

Estaba don Miguel Alemán de presidente. Y me fui a trabajar ahí, entonces conocí allí a los viajeros del Nuevo Mundo, del Palacio de Hierro, del D. F. Los valijeros les decíamos nosotros, llevaban todos los perfumes que se usaban en esa época: el Pájaro Azul, unos perfumes que ahora son rarísimos. Los valijeros existen todavía, son los que llevan las cosas que venden las tiendotas grandes para las ciudades chicas o los pueblos pequeños. Entonces, pues, vi a mi comadre, que era la hija de la cocinera de allí. Era una güera casi albina, lindísima, muy linda persona. Yo veía cómo hacía ella y le hacía igual.

Acapulco Fugaz

Rosa, una señora que hacía pan y que trabajaba en la Casa Verde me dijo: Vámonos para Acapulco. Su mamá vivía en Acapulco. Y le dije: Pues vámonos. Y le dije a don Fidel: Don Fidel, pues fíjese que me voy a ir, ya no voy a trabajar. Y nos fuimos a Acapulco. Mi hermana Natividad me fue a llevar. Dice mi mamá que prefiere meterte a la cárcel antes de que te vayas a otro lugar, me dijo. Que me meta a la cárcel. No me interesa que me metan a la cárcel. Me salgo, le dije. Y ya nos fuimos.

Los tíos del actual gobernador, don Ángel Aguirre, eran los que mandaban allí, eran los comisariados, presidentes municipales, y Zaira era esposa de uno de ellos. Zaira venía aquí a México. No estaba mucho tiempo allí. Un día me la encontré, y le dije: Oiga doña Zaira, ¿no necesita usted una compañía? Y volví a pasar por ahí y me dijo: Oye tú, muchacha, ven, pues siempre sí quiero una compañía. Yo me voy tal día a México. Uy, le dije, ahora sí deme un tiempo para decirle a mi familia y a don Fidel para que busque otra gente.

Había una línea de avión que se llamaba Rojas y la señora me dejó para el pasaje. Me había dicho me mandas un telegrama y yo te espero. Así lo hice. Dije: Ahora me voy más lejos, porque más lejos no van a encontrarme. (Risas.) Y ya me vine para acá. Doña Zaira era mi madrina de confirmación.

El descubridor americano

Me vine para acá y le dije: No, no me pague, yo quiero estar aquí en la casa como si fuera de la familia, que no soy, pero supongo que así le ayudo en lo que hace. Y aquí tenía un taller de costura en las calles de Medellín, casi enfrente del estacionamiento de Sears, y en la calle de San Luis Potosí había una escuela para veteranos de la guerra mundial. Entonces llegaban al hotel Roosevelt. Era interesante, yo salía a barrer la calle temprano y temprano iban a dibujar a una mujer oaxaqueña.

Un día me llevó con John Muller, el que me descubrió. Aquella era una mujer hermosa, una señora grande, medio rolliza, con unas trenzas que le arrastraban. Preciosa. Esas imágenes las tengo en mi mente, en mis recuerdos. Y él me dijo: Mira, eso es lo que tú vas a hacer, como la señora de las trenzas ¿no quieres hacerlo? Ay, pues dije: Mira no tengo mucho de haber llegado, y eso no le va a caer nada bien a mi madrina. Y bueno, yo seguí con mi madrina para todos lados. El señor John Muller era un gringo que había ido a la guerra y a todos los mandaba a estudiar pintura, escultura, poesía y todas esas cosas en el museo de la calle más importante de Coyoacán: Francisco Sosa. Allí había otra escuela de veteranos de la guerra. Y entonces, no sí, hubo un lío con mi madrina y tuve que salir. Madrinita, pues muchas gracias por haberme traído. Como mi madrina me mandaba todas las tardes a comprar el pan a la Espiga –ya existía la Espiga–, y pasaba yo y siempre veía a una señora también muy robusta, y me decía: Adiós morena. Era la dueña del edificio Guardiola que está en el Centro

Cada vez que pasaba me decía adiós. Hasta que un día le preguntó su nombre: Josefina Guardiola. Entonces me habla la señora Guardiola: Oye morena, ¿por qué no te vienes aquí a la tienda? Ay, le decía yo, bueno, no sé si pueda manejar esta tienda. Mire, pero si usted me enseña, yo aprendo, tengo mucho interés, yo aprendo.

Allí hacían vestidos de novia, vestidos de coctel, vestidos de noche, vestidos de todo. Entonces sacaban a las Reinas de la Primavera. Y me fui a trabajar con la señora Guardiola. Andaba con un montón de perritos chiquitos como chihuahueños (risas) que les ponía moños, les ponía collares Yo los bañaba y ella los secaba, y andaba yo con ella para todo eso. Aprendí muchas cosas que si te pones a ver son bonitas. Hay que saber de todo, y eso es muy importante en la vida, aprender, porque la vida da muchas vueltas.

Hasta que un día me dijo: Oye, Julia, súbete allí a las mesas porque van a recortar los vestidos de las novias. Me ponían llena de alfileres y cortaban los vestidos con la mano. Eso era lo que hacía y ya, ese era mi trabajo, estar parada y darme vueltas para que me fueran recortando. La cola y el velo, y todo eso. Era muy bonito, tan diferente; en poco tiempo aprendí muchas cosas. Y por mis necesidades y por lo que yo quería hacer, eso me llevó a muchas cosas. Entonces, la señora Guardiola cometió el error de comprarle un coche convertible a su hijo. Pues este chico, ¿qué crees que hizo? Le metió garras hasta donde daba y allí en la Pera que se cae con todo y carro, y se muere. ¡Ay, yo estaba tan triste! ¿Qué voy a hacer ahora? La señora, llora y llora, y yo consolándola. No llore tanto, señora, mire, que esto y el otro. Si no le hubiera comprado ese carro tan lujoso, tan costoso en esa época, pues el muchacho hubiera andado con su coche normal. No soy yo la que tengo que decir, pero para consolarla. Lo que yo le decía, pues, era tan silvestre, que ella lo tomaba de esa manera, ¿no? La hija vivía en Estados Unidos y se fue la señora Guardiola con su hija.

La recomendación de Frida

Me quedé sin trabajo y busqué a John Muller. Le digo: Oye, ahora sí ya le puedo posar allá en la calle de San Luis Potosí. Ah, sí. Ah, bueno. Y allí conocí a un montón de gente que eran amigas, y yo tan silvestre, pues les encantaba que yo anduviera con ellas pa’arriba y pa’abajo.

Ahí conocí a una señora que se llama Carmen Zúñiga, amiga de Aurora Reyes y sobrina de don Alfonso Reyes, el escritor. Vivía acá en Coyoacán, en la calle de Hornos. Carmen era muy amiga de Aurora y Aurora de Frida Kahlo. Entonces, Aurora era muy pachanguera, le gustaban las fiestas, tener siempre mucha gente en su casa. Era muralista y daba clases junto al edificio de Excélsior, en Reforma. Entonces, Aurora le dijo a doña Frida, pues comían cada 15 días en su casa: Oye, tengo una mulata, una modelo mulata preciosa. Te va a fascinar. Entonces llegó el día de la comida y por eso yo conocí a doña Frida.

Posando con Rafael Coronel (con corbata( y amigos

Posando con Rafael Coronel (con corbata( y amigos

Estaba yo muy delgada y el pelo lo tenía ensortijado, chino, y me daba hasta la cintura. Se juntaban a pintar, a dibujar, doña Frida y Aurora, en la casa de Aurora. Un día doña Frida sacó una tarjeta, me la dio y me dijo: Con esta tarjeta te presentas en la escuela La Esmeralda y buscas al director que se llama Antonio Ruiz, le dicen el Corcito, preguntas por él. Me fui a la escuela La Esmeralda, don Antonio Ruiz, el Corcito, él me presentó con el maestro Zúñiga, un gran escultor maravilloso, dibujante precioso. El maestro Zúñiga muy atento, muy amable, muy cariñoso. Y entonces en esa época había muchos generales ya retirados que él les daba clases de escultura. Ay, me dijo: Inmediatamente vente al taller de escultura. Y ya me dejaba ahí con los tenientes, capitanes, generales, ya retirados, ya grandes. Y por eso empezamos el maestro Zúñiga y yo, yo a posarles y él era el maestro. Ya de ahí me fue a ver el maestro Carlos Orozco Romero y le fui a posar. Tenía de alumnos a Francisco Corzas, a Rafael Coronel. De estar con el maestro Carlos Orozco Romero me fui al salón de Raúl Anguiano, estaba Lauro López, el que me hizo un retrato. Salieron muchos otros, Mario Orozco Rivera y otros que ya fallecieron. Estaban también los dos Coronel, Pedro y Rafael, los que salieron triunfantes de La Esmeralda. Se hizo muy conocida la escuela, sacó buenos pintores porque los maestros eran muy exigentes.

En el espejo, Julia LA?pez

En el espejo, Julia López

De a diez centavos

En las clases de acuarela ponían una jarra con flores o frutas abajo o un periquito de esos disecados. Yo modelaba todo el día. De un salón pasaba a otro y a otro. Al acabar nos daban diez minutos de descanso. Era pesado. Pero si usted tiene una meta la tiene que cumplir. Y si no, ¿cmo fuera yo pintora? En esa época daban un quintito, diez centavos para pagar a la modelo. Nada. Pero era un alguito. Estamos hablando del año 52. Duré hasta que tuve a mi hija, Julianita, que vive en Italia, en el 66. Fueron muchos años. Y me fueron recomendando entre ellos, y yo llegué a posar al general [Ignacio M.] Beteta que le gustaba la pintura. El general Beteta tenía el estudio en frente de los juzgados en la colonia de los Doctores. También yo era modelo para hacer escultura, sí. Como modelo era de la Esmeralda y en la Academia de San Carlos también, en los dos lados. Como modelo quedó en una escultura enorme que está en el malecón de Veracruz. Los pescadores. Es del maestro Zúñiga. Soy yo y Melchor, un bailarín contorsionista de un lugar que se llamaba El Tívoli.

Captura de pantalla 2013-09-04 a las 20.28.30Pasar la escoba

También estuve en la Galería Prisse [Londres 163] y estaba allí un ruso, Vlady, que vivía allí, en la parte de atrás. Estaba José Luis Cuevas, estaba el Gallo Gironella que tenía su estudio hasta allá arriba y era un dandy, andaba con gasné y un bastón. Eran los que manejaban la galería. Luego a mí me tocaba barrer la galería, otro día le tocaba a José Luis, otro día le tocaba a la mujer de Vlady, Isabel. Ah, pero el Gallo, no. Era muy catrín, pero debía de haber visto cómo acabó.

Hacían exposiciones de amigos. Allí no era estudio. Era galería. El estudio lo tenían en el cuarto de la azotea y lo rentaban. Como le decía, cuando empiezan a mostrar su obra, pues nadie los conoce, no les compra nadie. Son muchos años de trabajo para que te conozcan.

Otro pintor de entonces era Chucho Reyes. Vivía a un ladito de la Galería de Inés Amor, en frente del Cine Versalles. Era a todo dar, Chucho. Él pintaba con anilina, no pintaba con colores. Los demás pintaban con colores.

Las barrigonas

A más los pintores luego me preguntaban Oye, morena ¿cómo lo ves? Ay, pues mire, aquí está corto, aquí está barrigón, muy barrigona, esos pechos que usted le hizo, no existen. Mire los tengo chiquitos, ¿cómo me hace esos globos tan grandes? Mire, esta pierna está más chica que la otra. Oye, ¡pero cómo encuentras defectos! Ah, pues ¿no me está diciendo usted que le diga yo? Si le digo que está bien, me regaña. Si le digo la verdad, me está diciendo que lo critico. No, pues a mí también me dan ganas de pintar. Y me decían: Te vas a morir de hambre si pintas. Mmm. A lo mejor, a lo mejor. Rompía yo unas bolsas de papel de estraza, donde venía el pan, las estiraba, las ponía debajo del colchón y ya me quedaban lisitas, lisitas. En ellas pintaba santos, caballitos, caballitos de mar. Iba con el maestro Orozco, que era con el que yo posaba mucho y su esposa era cuñada del maestro Diego, se llamaba María Marín.

Julia LA?pez en 2013. Foto: Laura SuA?rez de la Torre

Julia LA?pez en 2013. Foto: Laura Suárez de la Torre

La pintora

Y luego ya seguí con la pintura. Todos me querían, todos los maestros me querían. Les hacía yo mandaditos y esto y lo otro, me llevaban dulces, paletas y yo les iba a comprar las tortas y entonces dijeron, No, a la prieta le vamos a hacer entre todos una exposición. Y me la hicieron en una galería de la Zona Rosa y fue un éxito lo que había hecho. Esto sería por el año 55. Hice de muchos temas, de diferentes temas. Todos ellos me compraron pintura y bueno, otra gente que no tenía nada que ver con los maestros, también me compraron. Y de ahí pal’ real seguí pintando.

Yo nunca voy a dejar mi estilo. Mi inspiración es el campo, los niños, los cerros, los perros, los gatos, los animalitos, lo que veía yo cuando era chica. No tengo un cuadro favorito. Todos son favoritos, porque si no, los borro. Si no me gusta a mí, ¿cómo le puede gustar a otra persona? No, yo lo borro y a otra cosa.

Julia LA?pez posando en clase para Mario Orozco Rivera

Julia López posando en clase para Mario Orozco Rivera

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Comercio y diplomacia en las riberas del Bravo. La guerra de Secesión y el norte de México

Gerardo Gurza Lavalle / Instituto Mora

BiCentenario # 8

Las guerras siempre cambian la vida de la gente. En la mayoría de los casos, las más afectadas son las poblaciones directamente involucradas en el conflicto. Sin embargo, los choques armados muchas veces tienen repercusiones capaces de alterar la forma de vida de poblaciones situadas a una distancia lejana de los lugares donde luchan los ejércitos. Eso fue lo que sucedió en Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas durante la Guerra Civil en Estados Unidos (1861-1865). Es bien sabido que los estados del norte y del sur de la Unión americana libraron una guerra larga y sangrienta en torno al problema de la esclavitud, pero el hecho de que este conflicto afectara tan hondo la región noreste de México es menos conocido.

La lucha entre el Sur esclavista y el Norte libre empezó en abril de 1861. En noviembre del año anterior, Abraham Lincoln había resultado vencedor en las elecciones presidenciales y los estados sureños no quisieron vivir bajo un gobierno dirigido por un miembro del partido Republicano, el cual estaba decidido a evitar la expansión de la esclavitud hacia los territorios adquiridos como resultado de la guerra del 47. Así, como en una hilera de fichas de dominó, entre diciembre de 1860 y abril de 1861 once de los quince estados esclavistas declararon disuelto el pacto federal y establecieron una nueva organización política: los Estados Confederados de América, según su título oficial, o sólo “la Confederación” como suele llamársele.

Al empezar la Guerra Civil, el gobierno de la Unión ordenó un bloqueo marítimo a la recién fundada Confederación. La finalidad era impedir su comercio con el exterior. Los estados del Sur eran muy inferiores al norte en cuanto a su capacidad industrial y resultaba claro que se verían en la necesidad de importar gran parte de sus armas y pertrechos. Asimismo, la mayor fuente de riqueza en el Sur eran sus enormes exportaciones de algodón a Europa, de modo que el bloqueo también tenía por objeto privar al Sur de esa fuente de ingresos. En este contexto, los líderes confederados no tardaron en darse cuenta de la posibilidad de mantener abierta una avenida para el comercio exterior en la frontera sur de Texas. A través del río Bravo y los estados del norte de México era posible introducir todo tipo de mercancías y abastecimientos, y por supuesto también exportar el algodón. De este modo dio inicio un comercio que significó una transformación del entorno económico de los estados ribereños, especialmente de Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila.

Los confederados evacuando Brownsville, 1864

Los confederados evacuando Brownsville, 1864

El gobierno confederado decidió enviar un agente especial a Monterrey y eligió para esta misión a José Agustín Quintero, un periodista y poeta cubano exiliado en Texas, debido a sus simpatías por la causa independentista de la isla. Quintero demostró ser un diplomático hábil y también un diligente promotor del comercio. En esa época, Monterrey era la cabecera del gran cacicazgo regional de Santiago Vidaurri, el cual incluía a Coahuila, unificada con Nuevo León como un solo estado desde 1857. La influencia de Vidaurri también se dejaba sentir en Tamaulipas y otros estados del norte. En los hechos, Quintero se convirtió en una especie de embajador ante Vidaurri, quien a su vez había aprovechado el creciente flujo comercial para aumentar sus ingresos aduanales, los que manejaba y gastaba con toda independencia, pese a las protestas del gobierno federal, que constantemente le solicitaba la remisión de los ingresos.

Quintero, Vidaurri y muchos empresarios del A?rea, como Evaristo Madero y Patricio Milmo, lograron poner en marcha un comercio enorme (generador de fortunas que duran hasta nuestros días). Desde mediados de 1861, cientos de carretas llevaban pólvora, plomo, cobre, hoja de lata, salitre, azufre, tela cruda de algodón, cobijas, cueros y también toneladas de harina de trigo y maíz, café y azúcar, a lo que se sumaban muchos otros productos llevados por buques europeos a Matamoros en tránsito para ser importados en Texas. La atracción del insaciable mercado texano se sintió en todos los estados limítrofes y más allá, alcanzando incluso a Durango y Zacatecas.

Los confederados texanos, por su parte, pagaban todos estos abastecimientos con algodón, el cual tenía un precio alto en el mercado internacional debido a la escasez provocada por el bloqueo. Los principales centros de almacenamiento para el algodón texano fueron Matamoros y Brownsville. El trayecto desde las plantaciones hasta estos pueblos ribereños distaba de ser fácil: Texas era un estado con pocos ferrocarriles (la extensión total de las vías no sumaba más de 550 km), y ninguna de las líneas existentes llegaba al límite con México. Fue preciso transportar en carretas el algodón y las mercancías con las que se compraba, por grandes extensiones de tierra desértica. Una viajera que hizo el recorrido lo describió “tan árido que lo único que crecía eran cactus y mezquite”, mientras que otro dejó testimonio de haber observado “centenares de animales muertos, con la piel seca sobre los huesos” a lo largo del trayecto. El transporte por tierra de algodón y demás mercancías involucró cientos de carretas, miles de mulas y otras bestias de tiro y cientos de arrieros, muchos de ellos mexicanos.

Una vez en Matamoros o Brownsville, el algodón se cargaba en pequeños barcos de vapor adecuados para la navegación fluvial y era llevado hasta el puerto de Bagdad, localizado en la costa tamaulipeca, al sur de la desembocadura del río. El algodón esperaría allí su embarque en buques que lo llevarían a Europa o al norte de Estados Unidos, donde existía una demanda enorme de la fibra. Bagdad, casi sobra decirlo, no era un puerto adecuado para este volumen de comercio. La desembocadura del Bravo estaba surcada por una barra de arena, por lo que los navíos grandes no podían acercarse mucho. Más aún, los vapores que transportaban el algodón sólo podían salir al golfo cuando la marea era alta, cosa que no sucedía todos los días. Debido a esto, los buques mercantes anclados frente a la costa tenían que esperar con frecuencia varios días, incluso semanas, antes de desembarcar todos sus efectos y recibir su carga de algodón. Así, según algunos testigos, en ocasiones se llegaron a juntar 180 o hasta 200 barcos en la desembocadura del río, esperando por el cotizado insumo textil. Pese a estos problemas, el comercio siguió siendo redituable gracias a los altos precios del algodón en el mercado internacional y a la enorme demanda de pertrechos y mercancías por parte de la Confederación.

Vista del sur de Texas y la frontera con MAi??xico

Vista del sur de Texas y la frontera con México

Los efectos de este intercambio transformaron queñas y aletargadas, no estaban preparadas para recibir. La población de Matamoros pronto saltó a más de 40,000 habitantes, mientras que la de Bagdad aumentó a 15,000. Los precios de las rentas se dispararon, a la vez que fue necesario construir con rapidez nuevas viviendas y bodegas. Tal como señal un viajero contemporáneo, Matamoros se había convertido en una especie de Nueva York para “los rebeldes al oeste del Mississippi, su gran centro financiero y comercial, que los alimenta y viste, los arma y equipa”. El comercio fue importante para el esfuerzo de guerra confederado, aunque hay que señalar que la ausencia de líneas ferroviarias que conectaran adecuadamente a Texas con el resto de los estados rebeldes hizo que los efectos de las provisiones abundantes tuvieran un radio limitado. A simple vista, el volumen de las importaciones parecía tan grande como “para aprovisionar a todo el ejército rebelde”. Sin embargo, según opinó el cónsul estadounidense en Monterrey, la mayor parte de los pertrechos no rebasó, en realidad, los límites de Texas, más algunas zonas de Luisiana y Arkansas.

La colindancia con la Confederación no sólo llevó actividad y abundancia inusitadas al noreste mexicano, sino que también provocó movimientos insólitos de población. Prácticamente desde el inicio de la guerra, un flujo considerable de texanos empezó a cruzar el río Bravo hacia Tamaulipas y Nuevo León en busca de refugio. Se trataba de personas que se mantenían fieles a la Unión y temían ser perseguidas por sus opiniones políticas. Muchos eran inmigrantes alemanes que deseaban mantener una actitud neutral en el conflicto civil y preferían dejar sus hogares y comunidades antes que verse obligados a servir en el ejército confederado, en especial después de que el gobierno sureño aprobó una ley de conscripción muy estricta en 1862. No contamos con cifras, ni siquiera aproximadas, pero al parecer los refugiados llegaron a ser más de 1,000. Los cónsules de la Unión en México hicieron lo posible por ayudarlo, pues muchas veces llegaron hambrientos, sin dinero y sin más pertenencias que la ropa que vestían. Como la gran mayoría de estos expatriados permaneció cerca de la línea fronteriza, la zona se convirtió en escenario de vivas tensiones. Tal como informó el cónsul de la Unión en Monterrey a su gobierno, estos hombres deseaban estar a una distancia conveniente de Texas y no con intenciones pacíficas: “En estos momentos la población de americanos en esta ciudad es muy grande y aumenta a diario. Sucede lo mismo en cada pueblo y villa de estos estados fronterizos. La mayoría de ellos son hombres fieles a la Unión que han sido sacados de Texas contra su voluntad y que esperan aquí calladamente una invasión de ese estado para regresar a sus casas y, si es necesario, ayudar al gobierno federal de la manera que sea.”

En Matamoros, en particular, una concentración numerosa de refugiados estaba separada tan sólo por unas cuantas decenas de metros de la guarnición confederada de Brownsville, lo cual aumentaba la probabilidad de que se produjeran incidentes. Leonard Pierce, el cónsul de la Unión en Matamoros, aprovechó su llegada para formar una pequeña milicia, la cual ansiaba un ataque del ejército de la Unión al sur de Texas para salvar el río y asistir en el desalojo de las fuerzas confederadas (Pierce había insistido con frecuencia en sus informes al departamento de Estado sobre la necesidad de un ataque que cortara el comercio). Esta situación originó varios incidentes limítrofes que arriesgaron la paz y también la continuación del negocio. A fines de 1862, algunos grupos armados cruzaron el río desde el lado mexicano para realizar depredaciones en Texas. Aunque en mucho se trataba de incursiones de rapiña comunes y corrientes, las autoridades mexicanas y los confederados sospechaban que los refugiados estaban involucrados, especialmente aquellos reclutados por el cónsul. Después de una de estas incursiones, tropas confederadas cruzaron al lado mexicano sin autorización para perseguir a los salteadores, matando a varios de ellos en un combate. Otro grupo de soldados confederados cruzó más tarde a la ribera sur y secuestró a un colaborador cercano de Pierce, provocando una airada protesta de las autoridades tamaulipecas. De modo que la presencia de los refugiados estuvo a punto de inducir una situación de violencia en la región, la cual podía terminar con el comercio y el buen entendimiento de Vidaurri y la Confederación.

En estas circunstancias, Quintero, el agente confederado en Monterrey, viajó a Matamoros para  entrevistarse con el gobernador de Tamaulipas, Albino LA?pez, y con el comandante de las tropas confederadas acantonadas en Brownsville, Hamilton P. Bee, y logró reunir a ambos personajes en varias ocasiones durante febrero de 1863 para negociar un arreglo encaminado a preservar el orden y la tranquilidad. El resultado fue un acuerdo general dirigido a eliminar la impunidad ofrecida por la línea divisoria y a evitar que los refugiados abusaran del asilo que les concedían las autoridades mexicanas. El convenio estipulaba la extradición de criminales comunes, asegurando así que los culpables de delitos fueran remitidos a las autoridades del lugar en donde los hubiesen cometido. También se establecía un principio de reciprocidad en la persecución de criminales; es decir, las autoridades de cada país tendrían la facultad de cruzar la frontera para apresarlos, siempre que se encontraran muy cerca de la línea. Estos convenios carecían de validez legal, pues eran fruto de un acuerdo entre funcionarios locales, sin ninguna autorización para hacerlo y que por tanto operaran con base en la buena voluntad de las partes. Pero, aunque no cortaron de tajo los desórdenes fronterizos, sí los redujeron y coadyuvaron a la continuación del comercio.

Conviene subrayar que el espacio fronterizo no estaba aislado de los procesos que tenían lugar en el plano nacional, tanto del lado estadounidense como del mexicano. En el primer caso, el comercio mismo era resultado de la Guerra Civil y estaba sujeto a lo que sucediera en los campos de batalla; en el caso de México, de manera simultánea al desarrollo del intercambio, el gobierno de Benito Juárez enfrentaba una dura crisis, tanto en el ámbito interno como en el internacional. La victoria militar de los liberales sobre el bando conservador a fines de 1860 no había sido definitiva ni mucho menos. Por el contrario, aunque desplazados del poder, los conservadores continuaban en pie de lucha, si bien con una capacidad militar muy reducida. El Ejecutivo, por su parte, carecía de recursos económicos suficientes para consolidar su posición, pues sus magros ingresos provenían de la recaudación aduanal y en su mayor parte ésta se encontraba comprometida en el servicio de la deuda contraída con varias naciones europeas. Estos hechos llevaron al gobierno federal a suspender el pago de intereses hasta nuevo aviso en julio de 1861, lo cual fue el disparador de una intervención a cargo de Inglaterra, Francia y España, principales acreedores del Estado mexicano. Las tres potencias firmaron un acuerdo para exigir al deudor el complimiento de sus obligaciones y en diciembre del mismo año enviaron buques de guerra y fuerzas de desembarco a Veracruz. Como es bien sabido, al cabo de unos meses Inglaterra y España se retiraron, mientras que Francia intentó fundar una monarquía con ayuda del partido conservador.

Juárez se vio forzado a abandonar la ciudad de México en mayo de 1863, ante el avance de las tropas francesas y empezó la que sería una larga marcha hacia el norte, deteniéndose unos meses en San Luis Potosí, para proseguir después a Saltillo y por fin a Monterrey. En esta ciudad, Vidaurri vio su proximidad como una amenaza. Celoso de su autonomía, sin el menor deseo de ceder la facultad de retener los ingresos aduanales en las cajas del estado, el caudillo regiomontano se había negado con obstinación a ayudar en la defensa contra el invasor, ya fuera con hombres o dinero. La inminente llegada de Juárez lo puso en el dilema de plegarse, haciendo buenas sus declaraciones previas de lealtad o dejarse de disimulos y rebelarse, como ocurrió finalmente. Juárez fue muy mal recibido en Monterrey; tuvo a su llegada una breve y tensa conferencia con Vidaurri. Al poco uno de los hijos de éste se levantó en armas y el presidente debió huir a Saltillo, donde le aguardaba el grueso de las tropas federales. Consciente de la inferioridad de sus fuerzas, Vidaurri optó por dejar Monterrey y refugiarse en Texas. Regresó en septiembre de 1864, poco después de que los franceses ocuparan Monterrey, y se puso al servicio de Maximiliano. Cuando las fuerzas liberales reconquistaron la ciudad de México en 1867,
fue fusilado por su colaboración con el Imperio.

La llegada del gobierno federal a la zona limítrofe no implicó ningún cambio para el comercio entre la Confederación y el noreste de México. Pese a sus claras simpatías por la Unión desde el inicio de la Guerra Civil, el gobierno de Juárez dependía ahora de los ingresos aduanales derivados del intercambio para sostener su resistencia y, por tanto, no puso el menor obstáculo a su continuación. Por otra parte, aun antes de que Vidaurri saliera de escena, Quintero había obtenido seguridades en ese sentido por parte de su compatriota Pedro Santacilia, a quien conocía de tiempo atás. Santacilia era yerno de Don Benito y gozaba de gran influencia sobre él.

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Prensando algodón en la frontera con México para su transportación en pacas, 1864.

El comercio y sus efectos sobre los estados fronterizos se prolongaron después de la ocupación francesa de Matamoros a fines de 1864. Seguro de que los franceses serían los mejores vecinos de Texas, Quintero escribió jubiloso a su gobierno sobre la posibilidad de que las nuevas autoridades concedieran mayores ventajas al comercio, en especial una rebaja en el arancel que el algodón pagaba al pasar en tránsito por territorio mexicano, que él juzgaba oneroso y cuya disminución había tratado de obtener, sin éxito, de Vidaurri. Anticipaba también que el arribo francés allanara el camino para la entrada de más armas, municiones y pertrechos. A miles de kilómetros de las zonas en las que retrocedían los ejércitos confederados, él se mostraba todavía muy optimista, cuando la derrota era ya sólo cuestión de tiempo. El general Robert E. Lee se rindió en Virginia en abril de 1865, con lo cual se desvanecieron las esperanzas de que el Sur se convirtiera en una nación independiente. El fin de la Guerra Civil dio también término al auge comercial de los estados fronterizos. El comercio desarrollado durante la Guerra Civil estadounidense propició la creación de fortunas, negocios, movimientos de población y vínculos importantes entre el sur de Texas y el noreste de México. Las condiciones que lo nutrían desaparecieron con la guerra, pero perduraron varios vínculos de diverso tipo, que irían en aumento gradual a partir de 1870. En este sentido, el acercamiento vivido entre 1861 y 1865 prefiguró la gestación de un espacio más compacto y de intercambios intensos en las orillas del Bravo, en el que los principales actores no serían siempre los gobiernos, sino agentes privados como los comerciantes, los migrantes y aun los criminales. Así, el comercio y la diplomacia fronteriza de los años que van de 1860 a 1865 no sólo son un episodio importante en la formación de Estados Unidos y México por haber influido sobre sus respectivas guerras civiles, sino que constituyen una versión anticipada del surgimiento de un espacio binacional en el límite de Texas con el noreste mexicano.

PARA SABER MÁS:

  • MANUEL CEBALLOS RAMÍREZ, Encuentro en la frontera: mexicanos y norteamericanos en un espacio común, México, El Colegio de México/Universidad Autónoma de Tamaulipas, 2001.
  • GERARDO GURZA LAVALLE, Una vecindad efímera: Los Estados Confederados de América y su política exterior hacia México 1861-1865, México, Instituto Mora, 2001.
  • JESÚS HERNÁNDEZ, Norte contra Sur: Historia de la guerra de Secesión, Barcelona, Inédita Editores, 2008.
  • RONNIE C. TYLER, Santiago Vidaurri y la Confederación sureña, Monterrey, Archivo General del Estado de Nuevo León, 2002.

Huellas de México en Estados Unidos

Ana Rosa Suárez Argüello / Instituto Mora

Revista BiCentenario # 19

zorro¿Te has preguntado, lector, por qué en tantas películas producidas por Hollywood aparecen tantos elementos culturales de origen mexicano? Recuerda, por ejemplo, las decenas de producciones con el tema de El Zorro (desde la primera, en 1922) en que algunos personajes son hidalgos, o bien mineros que trabajan del lado sur de la frontera, o pastores que siguen a las marchas de ovejas, o vaqueros que participan en rodeos y practican todo tipo de suertes y todos ellos hablan español y son originarios o descendientes de personas nacidas en nuestro territorio.

¿Cómo es que antes del inicio de la gran migración de mexicanos a fines del siglo XIX había ya en Estados Unidos una presencia cultural mexicana? La razón es que esta presencia comenzó en realidad en 1845, año en el que Texas se convirtió en parte de la Unión. Se ampliaría entre 1848 y 1854, cuando México perdiera mediante la guerra y la compra lo que hoy son los estados de California, Arizona y Nuevo México, además de parte de los actuales estados de Colorado, Nevada y Utah.

mapa california

La población que nuestro país vecino del norte adquirió por ocupación o conquista pasó a ser una minoría tan pronto los ciudadanos estadounidenses comenzaron a llegar en gran número a los territorios así adquiridos, en una minoría desplazada del mando político, excluida de la dirección de las actividades económicas y además obligada a trabajar en condiciones de inferioridad. Vistos como inferiores por sus rasgos raciales y culturales, los 75,000 mexicanos que allá se encontraban en el momento de cambio de los linderos nacionales se transformaron en extranjeros en su propia tierra, ajenos al idioma, las leyes y el modo de vida que se les impuso.

A ellos se sumarían los cientos de miles de inmigrantes procedentes del sur del río Bravo que llegaron en los decenios posteriores, ya que los nuevos y porosos límites entre ambos países no impidieron los cruces de la frontera. Por lo pronto, y fieles a viejas prácticas, los residentes de los estados mexicanos de Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León o Tamaulipas no cesaron de viajar libremente a Estados Unidos para atender sus asuntos, comerciar o ganarse la vida. Desde entonces, el país vecino del norte les ofreció posibilidades de empleo como vaqueros, pastores, mil usos, criados, operarios, mineros, vendedores o en la prostitución. En sólo dos años después de la firma del tratado de paz, cuando la noticia del descubrimiento del oro en las cercanías de la ciudad de San Francisco, California, se había esparcido en Europa, Estados Unidos y el resto del continente americano, recibiría a cerca de 20,000 mexicanos. Muchos fueron enviados por dueños de tierras de los estados del nuevo norte de México, donde hubo quienes se hicieron cargo de sus gastos de viaje y subsistencia, a cambio de la mitad del oro que descubriesen. Otros eran comerciantes, atraídos por la posibilidad de hacer negocios del otro lado, que cargaban sus mulas y partían hacia donde pensaban encontrar compradores para sus mercancías; otros trabajaron para patrones estadounidenses en los ríos auríferos.

Es cierto que esta población tuvo durante muchos años una existencia casi invisible, que sin embargo resultó fundamental en el desarrollo de lo que había pasado a convertirse en el suroeste de Estados Unidos, en tanto que no solo suministró la mano de obra indispensable para el desarrollo de la región y del país, y porque a través suyo los recién llegados conocerían los reglamentos, tecnología, herramientas y prácticas para ellos desconocidos, que utilizarían en la minería, la cría de ovejas y la ganadería.

Los mexicanos, herederos de la gran tradición minera del pueblo español, señalaron la ruta a los mineros estadounidenses, quienes carecían tanto de los precedentes legales como de la experiencia para explotar los yacimientos de oro, plata, cobre y mercurio que se encontraron en el suroeste durante los años siguientes. La minoría mexicana proporcionó el trabajo, la tecnología, las palabras “bonanza o placer, por ejemplo” y un cuerpo completo de ordenanzas, aplicadas en la península ibérica y en América Latina durante más de 350 años y que serían base de la legislación minera estadounidense. Así, las ordenanzas españolas asignaban la posesión de los minerales del subsuelo a la corona, pero permitían derechos privados sobre la superficie. Como señaló Dan De Quille (1829-1898), testigo de lo anterior, “el negocio de trabajar minas de plata entonces era nuevo para nuestro pueblo, y mucho dependían al principio de lo que les decían los mineros de plata mexicanos que se congregaban en el país”.

En la industria ovina, las instituciones, prácticas, costumbres, organización y personal dedicado a ella derivaron su existencia en Estados Unidos de los conocimientos y la pericia de los patrones, pastores y trasquiladores mexicanos, alumnos a su vez de los patrones, pastores y trasquiladores españoles. El sistema de propiedades extensas, la práctica de asignar derechos fijos de apacentamiento a los particulares, la división laboral “una pirámide cuya base eran los pastores y la cúspide los patrones”, prevalecen en las fincas ovejunas más grandes del suroeste. Asimismo, el sistema de trashumancia, que en España salvaguardaba la asamblea de la Mesta, facilitó las marchas de ovejas en California, Arizona, Colorado, Nevada, Utah, Idaho, Wyoming y Montana. Equivale a las actuales asociaciones de rancheros de nuestros días. Cuenta Sarah Bixby Smith, quien vivió en un rancho ovejero del sur de California en la década de 1870:

Llegaban los trasquiladores, una banda alegre de mexicanos sobre caballos inquietos, con bridas maravillosas ribeteadas de plata, hechas de cuero crudo o pelo de cabello trenzado, y sillas de montar de cuernos altos, grandes estribos y amplio y bello cuero labrado. Los hombres iban vestidos con fino paño negro, camisas blancas fruncidas, botas de tacón alto y altos y anchos sombreros ornados de plata galoneada, sostenidos con una cuerda bajo la nariz. Entraban 50 A? 60, amarraban los caballos, hacían a un lado sus galas y aparecían overoles café, con bandanas rojas en la cabeza, y vivían y trabajaban en el rancho durante más de un mes, tantas eran las ovejas que trasquilaban.

La población de origen mexicano tuvo además un papel de trascendencia en el desarrollo ganadero del suroeste. El vaquero fue el antecedente del cowboy, que adoptó sus utensilios y métodos, fusionó ambos idiomas, acuñó expresiones tales como chaparral, cavyard (de caballada), stampede (de estampida) y facilitó la incorporación de palabras en español como chaparral, reata, burro, rebozo y tortilla. Y hoy, como entonces, utiliza una silla de montar diferente a la anglosajona, aplica el sistema hispanoamericano de marcas y registros y acude a los rodeos con una indumentaria surgida en la época colonial y que le transmitieron los vaqueros, aplica técnicas para lazar que le enseñaron los mexicanos y se somete a las decisiones de los jueces de ganado, descendientes directos de los jueces de campo que solían arreglar disputas, primero en la península ibéica, y luego a ambos lados del río Bravo. La distribución del trabajo en los ranchos ganaderos tuvo y tiene, como en los ovejeros, un carácter semifeudal y sus propietarios siguen unidos en fuertes y bien organizadas asociaciones basadas en la institución española de la Mesta y muy poderosas.

El arte de la arriería fue aprendido por los estadounidenses de los arrieros mexicanos, como es evidente en diversos términos lingüísticos utilizados: alforja, aparejo, burro, corral, lazo, atajo,
mulada, etcétera. Se reconocía a los últimos como los expertos en el oficio; se recurriría a ellos para el comercio que se desarrolló en toda la región.

La tradición hispanomexicana influyó asimismo en la legislación. Muchas instituciones heredadas de España, que México conservó y afín entre 1821 y 1846, siguieron funcionando. En ese sentido, hubo tres aportaciones jurídicas a varios códigos de los estados del suroeste de Estados Unidos:

1) La disposición por medio de la cual se concede el derecho de usar las aguas corrientes para la irrigación o la producción de fuerza motriz, sin necesidad de consultar a los dueños de las tierras por donde pasen las corrientes. Es el caso de los estatutos que aún garantizan el acceso al agua en esa extensa región.

En efecto, a los angloamericanos les faltaba toda experiencia en cultivos de regadío cuando llegaron a ella. Sus leyes eran producto de culturas en las que el agua abundaba y protegían los derechos ribereños, a diferencia de las legislaciones española y mexicana, que enfrentaban el problema de la carencia de agua y la necesidad de irrigación en la agricultura. La mayoría de los nuevos estados y territorios surgidos de la invasión de México tuvo que desistir o modificar, después de años de litigios y conflictos, la doctrina de origen anglosajón y adoptar la ley mexicana que confería al estado la propiedad de las aguas y el derecho de permitir que las aprovechase cualquier particular, ribereño o no; a la fecha, estos preceptos forman parte de su sistema legal.

Además de adoptar estas leyes y estas prácticas, en Texas, Nuevo México, Arizona, Colorado y California, donde la aridez constituía una dura realidad, los recién venidos debieron recurrir a la experiencia de sus predecesores (mexicanos, españoles e indios pueblo) para dar prosperidad a sus ranchos y granjas. Se apartaron así extensiones de tierra y destinó el agua que corría por ellas para beneficio de todos. Lo mismo se haría con la reserva de pastizales para todos.

Fue también preciso construir y mantener canales, represas y pozos al modo mexicano, a los que se consideró y trató como propiedad y responsabilidad colectivas. A fines del siglo XIX aún había poblaciones en Nuevo México donde aquellos que no hubiera colaborado en estos trabajos y cumplido con la parte que les correspondía, perdían el derecho de disponer de las mercedes comunales.

Se construyeron de tal forma sistemas de acequias, que llevaban agua a las represas desde lugares lejanos –se atraía la de los ríos y atrapaba la del deshielo–, se valían de tecnologías avanzadas que facilitaban a los vecinos la obtención de agua potable y les permitían el riego de los cultivos. Mencionemos dos ejemplos: la acequia y el acueducto de la espada, el primero un canal derivado desde el río y el segundo un sistema de cañerías hecho de mampostería que llevaban agua a la misión de San Antonio, Texas, y el embalse de la antigua misión, en San Diego, California, una represa hecha de adoquines y cemento que cumplió un papel fundamental en el desarrollo de ese territorio.

2) Se conservó la prohibición de vender tierras colectivas para su explotación, en todo caso se permitía alquilarlas a plazos determinados.

3) Continuó el precedente de los intereses comunes en las propiedades matrimoniales. Una de las primeras distinciones que hubo en Estados Unidos entre las propiedades propias de la esposa y las propiedades comunes por matrimonio aparece en la primera Constitución del estado de California (1849) y dice: “Toda propiedad real y personal de la esposa, poseída y reclamada por ella antes del matrimonio, y las adquiridas después por donación, legado, o linaje, o ascendencia, serán de su sola propiedad, y se aprobarán leyes que definan con más claridad los derechos de la mujer tanto respecto a la separación de bienes como a las tenga en común con su marido”. Se negó por lo mismo a los interesados la posibilidad de que cada uno dispusiera por su cuenta de los bienes comunes; para ello tendrían que recurrir a los tribunales.

Estas medidas eran muy justas para las mujeres y estaban influidas por las leyes de propiedad ejercidas en México –a donde llegaron desde España–, y se contraponían al derecho consuetudinario anglosajón, que otorgaba al marido un dominio ilimitado de los bienes e ingresos de la esposa, esto es, el derecho de hacer con ellos lo que quisiera. Quedaron así garantizados los derechos de las mujeres, tanto por herencia como sobre los ingresos y bienes propios o reunidos durante el matrimonio. Es interesante que un par de sociedades acusadas con frecuencia de machismo como la española y la mexicana fueran justamente las que brindasen a Estados Unidos un precedente legal no establecido por su propia tradición.

Podemos concluir entonces que las primeras huellas de México en Estados Unidos cuentan con varias centurias y que la presencia de nuestra nación en el vecino país del norte se siente todavía en numerosas costumbres y tradiciones a la fecha imperantes, en la práctica de la minería, la crianza de ovejas y la ganadería, en la distribución del agua y en la vida jurídica y cotidiana de muchas de sus mujeres.

PARA SABER MÁS:

  • Alfredo Jiménez, El Gran Norte de México: una frontera imperial en la Nueva España (1540-1820), Madrid, Tíbar, 2006.
  • Martha Ortega Soto, Alta California: una frontera olvidada del noroeste de México (1769-1846), México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2001.
  •  “La marca del zorro”, 1922, en http://www.youtube.com/watch?v=eDAoExVYOpc.

El San Luis de Ponciano Arriaga

Toda la región, desde la hacienda de La Pila hasta San Luis es cultivada como un jardín, pero las cabañas de adobe y los cercados de cactos dan al traste con su belleza. La ciudad en sí ofrece buen aspecto: las iglesias son altas, y algunas muy bellas, y las casas son de piedra y construidas con cuidado. La casa de gobierno en la plaza aún no está terminada, aunque la parte delantera, que es de piedra labrada y a la que decoran pilastras jónicas, sería digna de crédito en cualquier ciudad de Europa. El convento carmelita es extenso y espacioso, con un amplio jardín, que se cultiva con mucho cuidado y es mantenido en excelentes condiciones: los paseos son sombreados por vides y los claustros están adornados con naranjos y limoneros. Las ventanas del convento ofrecen una hermosa perspectiva de la fértil llanura, que acaba en un audaz perfil de las montañas […] La gente de San Luis parecía mejor vestida y con mejor aspecto que en cualquier otra población por la que el autor haya pasado y había pocos mendigos en las calles. Humboldt asegura que la población es de 12,000 personas. […Nosotros estimamos] que es de 15,000 y, si se añade la de las inmediaciones, se multiplica por tres.

 

Josiah Conder, The Modern Traveller, a popular description, geographical, historical, of the various countries of the globe, 1830.

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El ballet en México durante los siglos XIX y XX

 

Georgina Galván Medina
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #17

Ballet

La historia del ballet en México está aún en construcción, en busca de interesados en descubrirla y de plumas para registrarla. Y es que pese a lo avanzado, aún se sabe poco al respecto. Podemos situar su inicio en nuestro país en el último cuarto del siglo XVIII, cuando por iniciativa de José de Gálvez se formó una compañía de ballet en la corte virreinal, con lo cual seguía el ejemplo de sus iguales italianas, donde el balleto se practicaba en los festines desde el siglo XV y de la corte francesa que profesionalizó el ballet como disciplina y codificó sus pasos. Ya en el México independiente llegaron a nuestro país el francés Andrés Pautret y su esposa, la española María Rubio, quienes hacia 1825 fundaron una compañía de danza en el Teatro Provisional, que se mantuvo por décadas y presentó obras del repertorio internacional y nacional –como Alusión al grito de Dolores. Abrieron una escuela gratuita, La Escoleta, donde enseñaron a varias generaciones y de la que saldrían figuras como Aurora y Joaquina Pautret, Antonio y Ángel Castañeda, Soledad Sevilla y la famosa María de Jesús Moctezuma, de quien un periódico diría después: “En el arte del baile, Chucha es la más adelantada, la más inteligente de todas las que se han dedicado a este ramo en México; y en cuanto a su figura, es una de las más hermosas y simpáticas que han pisado las tablas”.

El ballet y las distintas formas de la danza tuvieron un papel relevante en la vida social y ar- tística del país. Los principales teatros capitalinos ofrecían temporadas regulares de sus cuerpos de bailarines. Eran éstos figuras públicas, cuya vida seguía el público, de allí que se comprenda el apoyo que muchos tuvieron al negarse a bailar ante los invasores estadunidenses en 1847. Por otro lado, un buen número de ellos alternaría con compañías extranjeras, como la Monplaisir, que visitó México en 1849 y en sus presentaciones recurrió a mexicanos; las salas se llenaron y tanto los asistentes como la prensa aplaudieron la destreza mostrada por el conjunto franco-mexicano. Años después, el emperador Maximiliano quiso formar una gran compañía de ballet y envió agentes a Viena, París y Nueva York para constituirla, contratando por ejemplo a la gran Anneta Galletti como primera bailarina del Teatro Imperial.

Bailarina

El ballet atravesó por un periodo de crisis en todo el mundo hacia el último tercio del siglo XIX y México no fue la excepción. Contribuyeron el fin del romanticismo y, ya en el Porfiriato, la falta de instituciones para preparar a nuevos bailarines y la fuerza que adquirieron la ópera y la zarzuela en el gusto del público. Hubo con todo momentos importantes, resultado de las presentaciones de algunas compañías italianas, como la del maestro Giovanni Lepri hacia 1880, quien enseñaría en nuestro país hasta 1892. Gracias a la paz porfiriana, el ballet no desapareció del todo.

En plena Revolución mexicana, se fundó la Dirección general de Bellas Artes en la Secretaría de Educación Pública, abocada a incorporar danza y bailes regionales a la educación escolarizada. Esta dirección pasó en 1917 a la Universidad Nacional, donde conservó los objetivos de fomento y divulgación del arte nacional. El ballet no llegó a participar de este proyecto cultural sino hasta 1932, cuando por iniciativa de Narciso Bassols y José Gorostiza, defensor de la profesionalización del arte, se fundó la Escuela de Danza de México, dirigida primero por Carlos Mérida, quien fue sucedido por Nellie Campobello de 1937 a 1984.

Ballet mexicano

Los bailarines así profesionalizados –como Amalia Hernández, Josefina Lavalle, Ana Mérida, Guillermina Bravo, entre otros– se verían posteriormente influidos por artistas extranjeros como Waldeen y Anna Sokolow y por movimientos internacionales modernos. Proliferaron las compañías y grupos dancísticos, que experimentaron en sus movimientos y tendencias existentes, pero siempre en pos de una expresión dancística propia. Se instauraron instituciones como la Academia de la Danza Mexicana para fomentar la danza moderna y nacional, en la que si bien no faltaron desacuerdos sí se coincidió en el rechazo del ballet clásico. Éste, sin embargo, no se dejó de enseñar. Gloria Contreras formaría en 1970 el Taller Coreográfico de la UNAM, con abstracciones de la danza clásica tradicional, y en 1977 se instituyó la Compañía Nacional de Danza, cuyo repertorio incluyó obras modernas y contemporáneas, pero que es la máxima representante del ballet en México hasta la actualidad.

 

LA CAPIROTADA EN MÉXICO EN LOS SIGLOS XIX Y XX


Entre pucheros anda el Señor

Santa Teresa de Jesús

Dentro de la tradición religiosa mexicana se señalan las épocas en que ciertos platillos deben de elaborarse. Esta costumbre, severamente regida por la iglesia, ha marcado con claridad lo que se debe comer durante la Cuaresma: caldos de habas y lentejas y dada la prohibición de consumir carne: pescado y mariscos. Para los postres había también una especie de legislación; por ser una época de contrición tenían que ser humildes, aunque no por eso menos ricos. La capirotada fue así el postre por excelencia y a diferencia de hoy en día, considerada como un guiso de pobres.

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Con el nombre de capirotada se distinguían en el siglo XIX diversas variantes de sopa, cuyo ingrediente común era el pan tostado. Había, de acuerdo al Nuevo Cocinero Mexicano: capirotada de menudo; francesa (puerco, carnero y jamón); de calabacitas; nabos; papas y de dulce, de la que proporcionamos la receta:

Se fríen en manteca unos ajos picados; y al dorarse se hacen a un lado; en la misma manteca se fríe cebolla picada: se echa después jitomate molido y se fríe también revuelto con la cebolla y el ajo; en seguida se añade el agua suficiente con pimienta, clavo y cominos molidos, y un poco de azúcar, según el gusto de los convidados. En otra cazuela con manteca, se fríe el pan y se van acomodando capas de tostadas de pan, que se humedecen con el caldillo que se hizo aparte, revolviéndolo bien para echarlo, y cubriéndose el pan con unas ramitas de perejil y apio, picadas muy menudas, pasas, almendras, nueces, piñones y queso rallado, siendo la última cama de pan. Se deja hervir hasta que la sopa quede de una consistencia regular, y se aparta: cuando se aplaque el hervor, se cubre todo con queso rallado, que no deberá hacer una capa gruesa, y se le pone encima un comal con lumbre para que se dore. La capirotada, un postre para la Cuaresma, se siguió preparando en el siglo XX y es hoy un complemento culinario muy sabroso. Tenemos aquí una receta del siglo XX: Ingredientes: A? de kilo de pan blanco duro; A? de kilo de piloncillo; 100 gramos de queso añejo; manteca (la necesaria); 1 raja de canela; nueces, cacahuates y pasas al gusto. El pan se rebana y dora en manteca. En una taza de agua se pone el piloncillo y la canela y deja hervir para obtener un almíbar. En un recipiente refractario se ponen rebanadas de pan y cubren con el almíbar, el queso desmoronado, las pasas, los cacahuates y los trozos de nuez. Se pueden alternar varias capas. Se mete el recipiente en el horno a calor medio, para que se dore, de 15 a 20 minutos aproximadamente. Se sirve caliente o fría, según se prefiera. Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.16.40

En la actualidad se sustituye la manteca por mantequilla o margarina. En el norte de México hay capirotada hecha con patoles (frijol blanco o alubia) y otra con garbanzos. Ambos tipos cobran en aquella región una peculiar personalidad. Ingredientes:

A? de patoles o garbanzos, 1 lata de leche condensada, ron, whiskey o coñac, piñones, nueces o coco rallado. Los demás ingredientes son los mismos que en la receta anterior, suprimiendo el almíbar de piloncillo. Se cuecen los patoles o garbanzos, se enfrían y muelen con leche condensada hasta hacer una pasta no muy espesa. En un molde se coloca el pan blanco frito y rocía con el alcohol, luego se vierte la pasta de los patoles o garbanzos, se les añade un puño de piñones, nueces y coco rallado. Se coloca otra capa de pan y se realiza la misma operación, se deja enfriar y mete al refrigerador. Así que para esta época de Cuaresma: ¡buen apetito!

Francisco Durán, Guadalupe Villa
 

El rebozo en México durante los siglos XIX y XX

Ariana Martínez Otero – Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

 

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El rebozo, prenda de forma rectangular, larga y tejida con hilos de seda, algodón o una combinación de estos materiales, ha sido indispensable para muchas mujeres a lo largo y ancho del país durante gran parte del periodo colonial y los siglos XIX al XXI.

Su origen se remonta a Persia e India, de dónde llegó a México vía España; es más, la palabra chal deriva de xal, manto con que se cubrían los sacerdotes persas. Se dice que fueron los árabes quienes lo introdujeron a la península el rebociño (02toca blanca de un lienzo tenue, ceñido a la cabeza y el rostro femenino, que a veces caía sobre los hombros o el pecho); y también que procede del ayate prehispánico. El hecho es que en nuestro país el chal se convirtió en rebozo, vocablo que viene de arrebozarse o sea, cubrirse el rostro con una capa o manto.

En las novelas del siglo XIX existen extraordinarias descripciones de las costumbres y vestimenta femenil mexicana, lo cual se aprecia a partir de los personajes que cobran vida en ellas. Un ejemplo aparece en El fistol del diablo, de Manuel Payno:

Arturo volvió la cara y se encontró con una mujer tapada con un rebozo y unas enaguas blancas y delgadas, cuya vejez, a pesar de su aseo, se podía notar. […] La muchacha, con uno de esos movimientos admirables y divinos de pudor, cubrió un poco más su cara y sólo dejó contemplar al joven dos hermosos y apacibles ojos azules.

03El rebozo es una prenda cuyo uso no distinguía clase social, siendo utilizado tanto por mujeres adineradas que seguían la moda del momento, como por aquellas cuya condición económica no era tan favorecida. También podía recibir un mal uso. Fanny Calderón de la Barca cuenta como

El rebozo mismo, tan gracioso y adecuado, tiene el inconveniente de ser la prenda más a propósito, hasta ahora inventada, para encubrir todas las suciedades, los despeinados cabellos y los andrajos. Aun en las mejores clases contribuye al disimulo del desaliño en el vestir, pero en el pueblo el efecto es intolerable.

0406El uso generalizado del rebozo mantuvo esta prenda como una de las mercancías textiles más demandadas por la población a lo largo del siglo XIX. Se le podía encontrar en las tiendas de telas en los portales, pero también en los mercados y con los vendedores ambulantes. El rebozo servía para que las mujeres cubrieran su cabeza al asistir a misa, para protegerse de la lluvia o el viento o simplemente de la vista de quienes andaban los pueblos o las ciudades, como una forma de recato. Se empleaba también como cuna infantil: los niños iban sujetos y abrigados a la espalda de sus madres, mientras éstas se atareaban. Era canasto improvisado para transportar verduras o cachivaches o asiento de los canastos repletos de fruta e incluso cobija con que se tapaban las ollas de los tamales ubicadas en las esquinas de las calles. De igual forma podía llevarse como adorno sobre el pecho.

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A dichos usos, habría de añadirse el que se le dio durante la revolución mexicana, pues las mujeres que acompañaban a las tropas federales o insurrectas y se conocían como soldaderas 07empleaban el rebozo para cargar alimentos o municiones y distribuirlas entre los hombres. Les servía además para cubrir su condición materna y aparentemente frágil, y a la vez para portar un rifle y acudir al campo de batalla. A veces lo aprovechaba para curar heridas y hasta como mortaja.

08La tradición del rebozo, manto de historia, perdura hasta hoy. Si bien su uso ha disminuido en comparación con los siglos precedentes, todavía es visto entre las mujeres que venden artículos en los cruceros de las grandes avenidas, o en aquellas cuyos ingresos son mayores y los destinan a ocasiones especiales.

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Todo esto nos permite considerar el rebozo como la prenda femenina mexicana por excelencia. Sus funciones y la forma de llevarlo sólo tienen por límite la imaginación de su portadora.

Actualmente, hay varios centros reboceros en el país. Los más conocidos son: Santa María del Río, en San Luis Potosí, famoso por sus rebozos de seda; Tenancingo, especializado en el rebozo de algodón fino, y Tejupilco, ambos en el estado de México; Zamora y Tangancícuaro, en Michoacán; Moroleón, Guanajuato, y Chilapa, Guerrero.

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¡Batallón Olimpia; no disparen!

Diana Guillén – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

Sin título

Tan sólo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848. La segunda en 1968. Ambas constituyeron un fracaso histórico. Ambas transformaron el mundo. El hecho de que ninguna de las dos estuviese planeada y fueran espontáneas en el sentido profundo del término, explica ambas circunstancias: el hecho de que fracasaran y el hecho de que transformaran el mundo.

Imanmanuel Wallerstein

Un porcentaje importante de aquellos integrantes de la clase media que en el 68 éramos demasiado jóvenes para entender a cabalidad lo que estaba sucediendo, pero que teníamos la edad suficiente como para percibir que la sociedad de la que formábamos parte se estremecía, hemos traspasado ya el medio siglo de vida. Hace cuarenta años nuestro umbral era el inminente ingreso a la secundaria y buena parte de las preocupaciones giraban alrededor del ansiado y a la vez complejo tránsito hacia la adolescencia; unos pocos de entre nosotros estaban más conscientes de la magnitud de la lucha que se libraba en las esferas pública y privada, para transformar inercias que iban más allá del autoritarismo estatal. sin embargo, me atrevería a decir que la gran mayoría acusamos recibo de lo sucedido tiempo después.

Sin títuloHoy por hoy, la alternativa de repensar los procesos que tuvieron lugar en México de manera retrospectiva, pero a la vez recuperando recuerdos y sensaciones escondidos en la memoria, constituye un reto que propongo enfrentar mediante un recuento del movimiento estudiantil, que no se circunscriba a lo que las miradas desde la sociología o desde la historia pudieran apuntar; se trata más bien de incorporar una perspectiva personal y, sin rehuir a la subjetividad que este posicionamiento implica, tratar de entender qué pasó y cuáles fueron los saldos para nuestro país de esa revolución que en distintas partes del mundo marcó el tránsito hacia nuevas formas de imaginar y vivir las normas sociales.

Tiempos de ruptura

Hablar de juventud y hablar de rebeldía es casi un pleonasmo. El impulso al cambio y la búsqueda de nuevos caminos encuentran terreno fértil en la etapa previa a una adultez que, por lo general, implica mayor estabilidad. Si hubiese leyes de la vida, podríamos incluir como parte de las mismas esta dinámica generacional, diversa en cuanto a sus manifestaciones, pero con un eje común que se repite a lo largo del tiempo: el cuestionamiento de los jóvenes hacia el status quo. Parte de lo sucedido en 1968 tiene su origen en las expresiones de rebeldía que la juventud de ese entonces diseminó por distintos puntos del orbe, aunque la evolución, magnitud y saldos de los procesos que se desencadenaron, difícilmente podrían atribuirse sólo a una tendencia contestataria genéticamente heredada para asegurar el equilibrio entre la continuidad y el cambio dentro de las sociedades. Si bien se ha insistido en el carácter espontáneo de las movilizaciones que tomaron por asalto las calles de ciudades como Roma, París, Londres, Washington o México, y se ha identificado dentro de las mismas el espíritu rebelde de los participantes, el deseo de romper ataduras, o el sentimiento antibélico, todavía siguen siendo insuficientes las explicaciones de por qué en un lapso tan corto surgieron, dentro de culturas distintas, separadas en algunos casos por continentes y océanos enteros, formas de confrontación social tan similares.

Sin título

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