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Dilema

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

JuA?rez, sAi??mbolo de la repA?blica contra la intervenciA?n francesa (500x365)

Está ahí, en su despacho de Palacio Nacional, sentado en la silla que tanto trabajo le costó alcanzar, se dice que a lo mejor es cierto lo que afirman sus enemigos, y también sus amigos; ya es bastante, lleva 18 años de ser presidente y demasiados de beber de esa pócima que es el poder. Llegó el momento de retirarse. Se pone la mano sobre el corazón, susurra que ha de aceptar la realidad, está viejo y sobre todo enfermo y si no se cuida en cualquier momento la angina de pecho le dará un susto.

Benito piensa que si accede a tal petición requerirá de fuerza, mucha fuerza, pero él supo estar a la altura desde la infancia, ¡si por eso dejó Guelatao decidido a no pastorear a una oveja más! También lo estuvo más tarde: ¡tanto tiempo viviendo a salto de mata para salvar al gobierno liberal, primero de los reaccionarios, después de los franceses y las tropas imperiales! Sí, por supuesto que podría, debería entonces de pensar en alejarse ahora, cuando todos y todo le aconsejan guardarse para la historia. Su vida política ha de terminar dignamente, como la de un patricio, no tiene razón para exponerla en otra revolución, ¡si adivina el designio de don Sebastián, tan impaciente por sucederlo, y no se diga de don Porfirio, es casi tan ambicioso como él lo fue!

 

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No es la primera vez que considera el retiro. Lo hizo cuando dudó entre permanecer en Oaxaca, ejerciendo como mero abogado, pero al lado de Margarita, criando junto a los hijos, y no tener que enviarlos a los Estados Unidos para protegerlos del enemigo. Lo hizo también más tarde, mientras peregrinaba por el norte con el ejército enemigo a sus espaldas, cuando pensó en desistir de todo, en alcanzar a la familia y que el país se las arreglará como fuese o se fuera al carajo pero sin arrastrarlos consigo. Lo ha pensado también últimamente: se le antoja hacer un largo viaje, ir a la ciudad de Nueva York de la que ella solía contarle tantas cosas, o siquiera volver a Veracruz, allí donde siempre fue bien recibido.

Pero no quiso entonces, esas ideas le parecieron absurdas, si él hizo lo que tenía que hacer, de él dependía el porvenir de la república y estaba dispuesto a pagar cualquier precio. Y tampoco lo desea ahora; se pregunta además qué haría de su vida si decidiera no reelegirse, si Margarita se fue y los hijos no lo necesitan. Además, retirarse con honores no es lo suyo; si bien puede dejar que otros administren y dispongan, a él le gusta pronunciar la última palabra, complacerse con la sumisión y las reverencias de los otros, sentir que él tiene el poder, que él lo encarna.

 

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“El Mixcoac de mis recuerdos…”

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a través de los prismas de la niñez.

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Irineo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto.

Es un conjunto de recuerdos que nos permite visualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

Ladrillera en Mixcoac

Ladrillera en Mixcoac

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre, Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquél entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, al poco tiempo murió, mi mamá quedó viuda y en Mixcoac vivían mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante y le dijo: “no, tú ya no te vas”, porque yo tenía un año de nacida. Dijo: “¿qué vas a hacer con la niña?, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época avenida Cuauhtémoc, ahora se llama Rubens, entonces, rentó esa casa muy grande que tenía huerta, un corral, una alberca, estaba muy bien esa casa. Ahí vivimos muy bien, se casó otra de mis tías, se casó uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, que es también paralela a Rubens. Casi vivíamos en la esquina de Augusto Rodin. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré?, entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando ya es una más grande.

Mi casa era… una casa muy grande, tenía siete ventanas. El zaguán y siete ventanas, entonces, adentro, teníamos un jardín. Primero… ya ve cómo eran los corredores para las puertas de las recámaras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas y el jardín. Atrás del jardín estaba la huerta, una huerta enorme, teníamos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas, teníamos árboles frutales. Después, mi tío como hobbie puso su estadía, puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. Había en la zona varios establos. Había uno muy grande hacia adelante, para avenida Revolución.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Minutos que cambiaron la historia: Pedro Lascurain y la Decena Trágica

Graziella Altamirano / Instituto Mora

Revista BiCentenario # 19

La historia resolverá serenamente sobre mi actitud;
estimo demostrar con ella mi lealtad a quien me
honró con su confianza, y mi amor a mi patria.

Nunca olvidaría aquel 19 de febrero de 1913, cuando fue presidente de México por unos minutos, y tuvo prácticamente en sus manos, no sólo la vida del mandatario que acababa de renunciar, sino el destino del país y no pudo hacer nada para evitar el desenlace fatal. Poco antes de morir, a sus lúcidos 93 años, accedió a dar su última entrevista a la prensa, pese a que no le gustaba recordar aquellos tiempos, y repitió, como lo hizo siempre, que su único propósito “había sido obtener garantías que pusieran a salvo la vida del señor Madero, el apóstol de la revolución. Fue el malvado engaño, porque muy pocas horas después de serme garantizada la vida del presidente, era asesinado. No quiero añadir más…”

Desde los lejanos días de 1913, Pedro Lascurain vivió el estigma de una dudosa lealtad hacia el presidente Madero y su complicidad con quienes lo traicionaron. Pese a que confió en un veredicto sereno e imparcial de la historia, ha sido un personaje controvertido por el papel que le tocó desempeñar en aquellos sucesos y, por mucho tiempo, objeto de prejuicios recogidos de la imagen histórica que le formaron sus detractores.

A cien años de la Decena Trágica, recordamos ese día en la vida del hombre que ha sido llamado el presidente relámpago por los escasos minutos que, por razón de su cargo, ocupó en la presidencia de la república entre el gobierno democrático de Francisco I. Madero y la dictadura del general Victoriano Huerta.

Lascurain fue uno de los personajes centrales de ese episodio. Pero más allá de los minutos que permaneció en la presidencia, único hecho con el que se le asocia, habría que conocer su desempeño al frente de Relaciones exteriores en el gobierno maderista y examinar el telón de fondo en el que se desarrolló la trama de aquella dramática historia.

Lascurain

Pedro Lascurain fue un conocido abogado y próspero empresario del porfiriato. Perteneció a la generación que presenció la consolidación y el derrumbe del régimen de Díaz y figuró entre los hombres de transición que se comprometieron a colaborar con el primer gobierno de la revolución. Nombrado por Madero como secretario de Relaciones exteriores en abril de 1912, asumió su puesto defendiendo la legalidad, procurando la pacificación del país y figurando como un elemento mediador de los desacuerdos existentes entre los miembros del gabinete. Al frente de la cancillería le tocó resolver los problemas derivados de las delicadas relaciones con el gobierno de Estados Unidos cuando peligraban los grandes intereses estadounidenses por la inestable situación del país, y fue víctima de la política hostil del embajador Henry Lane Wilson, de su animadversión hacia el gobierno mexicano y su personal antipatía contra el presidente Madero.

A lo largo de 1912 y hasta febrero de 1913, Estados Unidos llevó a cabo una sinuosa y contradictoria política hacia México, que osciló entre amenazas de intervención y declaraciones amistosas, junto con el envío de agresivas notas que exigían la protección de los ciudadanos estadounidenses residentes en nuestro país y de sus propiedades. El canciller respondió en tono firme y categórico, rechazando los cargos contra el gobierno mexicano.

Desde la cancillería, Lascurain fue testigo de las dificultades internas del gobierno maderista, de las conspiraciones y levantamientos armados que surgieron en su contra. Fue partícipe de la crisis política ocasionada, en gran parte, por los errores del mandatario y sus colaboradores; fue blanco de las críticas de una implacable prensa de oposición que contribuyó decididamente al desprestigio del gobierno y sería uno de los actores principales en el fatal desenlace de la Decena Trágica, con el cambio de poderes y la caída del régimen.

El escenario del crimen

La mañana del 9 de febrero de 1913, el zócalo de la ciudad de México amaneció envuelto en un espeso humo de pólvora del nutrido tiroteo desatado entre miembros del ejército federal y un grupo de militares insurrectos que disparaban desde las azoteas del palacio nacional, los portales y las torres de la catedral. Esa madrugada, según el plan concebido por los conspiradores, los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz, encarcelados en distintas prisiones de la capital por haberse sublevado contra el gobierno, fueron liberados por el general Manuel Mondragón y sus seguidores para atacar juntos el palacio. Reyes murió en el acto y los rebeldes al mando de Félix Díaz se retiraron para atrincherarse en el edificio de la Ciudadela, que era cuartel y almacén de armas. Después del fallido ataque, el zócalo quedó sembrado de cadáveres y escombros. Había comenzado la Decena Trágica.

El presidente Madero escoltado desde el castillo de Chapultepec por cadetes del Colegio Militar se dirigió al palacio y en vista de que el comandante de la plaza había resultado herido en el ataque, nombró en su lugar al general Victoriano Huerta, quien quedó como jefe de las operaciones contra los rebeldes de la Ciudadela. El presidente nunca se imaginó que al otorgar ese nombramiento empezaba a escribir su sentencia de muerte, ya que a los pocos días Huerta se sumaría a la traición.

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Siguieron días de zozobra y terror. La ciudad se paralizó, las calles se transformaron en campo de batalla y sus habitantes presenciaron atónitos la destrucción y muerte ocasionada por el bombardeo indiscriminado que se desató en las avenidas más céntricas.

Desde la cancillería, Lascurain recibió las quejas y reclamos de los diplomáticos que, alarmados por la situación, exigieron las seguridades necesarias para la protección de sus connacionales y, encabezados por el embajador estadounidense, pidieron la renuncia del presidente Madero como única solución para evitar la intervención armada. Esto provocó la alarma y ocasionó desacuerdos y divisiones entre los integrantes del gobierno.

La amenaza de intervención propagada por Henry Lane Wilson terminó por enredar a Lascurain en el imbricado tejido de las intrigas del embajador y la presión que éste ejerció para lograr la renuncia del presidente influyó en la conducta del canciller, quien llegó a sentirse indirectamente responsable del peligro que amenazaba a México, los mexicanos y el propio presidente. Según declaró el ministro cubano Manuel Márquez Sterling, a Lascurain le toco desempeñar el papel más difícil en aquellos trances, obligado a entenderse con un cuerpo diplomático en su mayor parte hostil y, sobre todo, con el embajador Wilson “que tramaba, y hacía cuestión de amor propio, la ruina del gobierno”.

Los problemas de Madero no sólo venían del exterior, internamente su gobierno se tambaleaba. Los días pasaban y la situación se complicaba. Los rebeldes permanecían en la Ciudadela, los tiroteos continuaban en las principales calles, y Huerta, pese a sus promesas, no definía la estrategia que lo llevara a hacer un ataque formal, hecho que empezó a revelar su complicidad con los traidores y su entendimiento con el embajador Wilson. Finalmente, el 18 de febrero se desenmascaró y descubrió su traición dando el golpe final al gobierno maderista, al mandar aprehender y encerrar al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez en la intendencia de palacio nacional. Esa misma noche, se reunía en la embajada de Estados Unidos con el general Félix Díaz, a invitación del mismo Wilson, para firmar el pacto que desconocía al poder ejecutivo y determinaba que antes de 72 horas él asumiría la presidencia provisional de la república con un nuevo gabinete. Era el principio del fin.

Las vicisitudes de un día difícil

El día 19, muy temprano en la mañana, Huerta envió a un comisionado a la intendencia de Palacio para conminar a los prisioneros a presentar sus renuncias y, con ello, garantizar sus vidas, de lo contrario, quedarían expuestos a todas las consecuencias. Ante la crítica situación, Madero y Pino Suárez resolvieron dimitir de sus cargos, pero con ciertas condiciones que debían ser aceptadas en una carta firmada por el general Huerta.

Lascurain llegó poco después llevando un mensaje confidencial de los padres y la esposa del presidente aconsejándole renunciar y encontró la noticia de que ya había resuelto hacerlo. Fue entonces que el presidente lo comisionó para tramitar personalmente todos los asuntos relacionados con su dimisión y salida del país. Conforme a su costumbre, Madero consignó por escrito, de su puño y letra, en el reverso de una de sus tarjetas personales, las palabras con las instrucciones de lo que debía hacer Lascurain. Indicaba que los oficiales y jefes de su Estado Mayor así como el general Felipe Ángeles fueran puestos en libertad, igual que su hermano Gustavo y el intendente Adolfo Bassó (Gustavo ya había sido asesinado por órdenes de Huerta y el presidente aún no lo sabía). Señalaba que preparara todo para que esa noche saliera un tren especial a Veracruz, en el que pudieran viajar él, su hermano Gustavo, Ángeles y Pino Suárez, con sus respectivas familias. Que se ordenara al pagador que fueran entregados sus sueldos a él y a Pino Suárez y que se elaborara una carta en la que Huerta ofrecería conservar el orden constitucional en los estados, no perseguir a los amigos de Madero y proporcionar toda clase de seguridades en su viaje a Veracruz.

Lascurain trabajó toda la mañana de ese día para cumplir las disposiciones del presidente. Arregló que el general Ángeles fuera trasladado a la intendencia de Palacio con Madero, para ser jefe de su escolta en el viaje a Veracruz. Logró el compromiso de que algunos ministros extranjeros acompañaran al presidente y al vicepresidente y que fuera colocado un tren especial en la estación de Buenavista, donde serían llevadas sus familias.

Al mediodía, regresó a Palacio, acompañado de Ernesto Madero, tío del presidente, para informarle sobre todas sus gestiones. En ese momento, Madero redactó de su puño y letra varios borradores de su renuncia, misma que fue pasada en limpio en un solo pliego, en nombre suyo y del vicepresidente y firmado por ambos. Los hechos posteriores demostrarían que estaban firmando su sentencia de muerte:

En vista de los acontecimientos que se han desarrollado de ayer acá en la nación y para mayor tranquilidad de ella, hacemos formal renuncia de nuestros cargos de presidente y vicepresidente respectivamente, para los que fuimos elegidos. Protestamos lo necesario. México 19 de febrero de 1913.

Caricatura de Madero, Pino SuA?rez y Huerta

Caricatura de Madero, Pino Suárez y Huerta

La tarde de ese día, Lascurain, Madero y Jaime Gurza, secretario de Comunicaciones, se ocuparon de arreglar los detalles del viaje a Veracruz. Fueron varias veces a ver a Huerta, llevando y trayendo proposiciones para preparar la partida. Gestionaron juntos las garantías de seguridad para los ministros que acompañarían a los ex mandatarios, así como a sus respectivas familias. En varias ocasiones, Lascurain preguntó a Huerta la hora de la partida del tren, y el general le contestó indistintamente “que le tuviera confianza, que los militares nunca decían la hora de la salida y que convenía guardar el secreto para que no trataran de matar a Madero en el camino”. Llegó a decirle que “cuando llevé al general Díaz a Veracruz rumbo al exilio, sólo don Porfirio y él sabían la hora de la partida”.

Las horas pasaban, algunas gestiones se concretaban, pero pese a la insistencia de Lascurain, no aparecía por ninguna parte la carta prometida con las garantías estipuladas. En uno de los momentos en que se encontraban hablando Lascurain y Gurza con Huerta, se presentó una comisión de diputados anunciando que la Cámara esperaba impacientemente la presentación de la renuncia, cuya tardanza podía traer mayores dificultades políticas. Huerta se dirigió a Lascurain urgiendo la necesidad de que Madero enviara su renuncia a la Cámara, asegurando, de nuevo, que tanto el presidente como el vicepresidente y sus acompañantes no tendrían ningún obstáculo para llegar a Veracruz.

Lascurain y Gurza regresaron con Madero, quien informado de lo anterior, autorizó, sin saber que la carta de garantías aún no existía, que la renuncia fuera llevada a la Cámara por Lascurain, creyendo que éste la conservaría hasta que hubiera salido el tren. Poco después, algunos ministros extranjeros llegaron a la intendencia a manifestar su apoyo a los prisioneros y el presidente aceptó la oferta del cubano Márquez Sterling, de acompañarlo hasta la estación de ferrocarril para partir a Veracruz y embarcarse en el crucero Cuba.

El golpe final

Mientras tanto, Lascurain se dirigió a la Cámara en donde los diputados reunidos en sesión extraordinaria lo instaron a entregar las renuncias. La admisión de la renuncia de Madero se aprobó por 119 votos contra ocho. La de Pino Suárez por 123 contra cuatro. Inmediatamente después se suspendió la sesión de la Cámara de Diputados e inició la sesión extraordinaria del XXVI Congreso general, con el objeto de recibir la protesta constitucional del ciudadano licenciado Pedro Lascurain, a quien por ser secretario de Relaciones exteriores, le correspondía por ley. Acto seguido, éste llegó al salón acompañado por una comisión de diputados y protestó como presidente interino. El acta fue aprobada sin discusión y después se recibió el oficio en el que el presidente recién nombrado, en ejercicio de la facultad que le concedía la Constitución, nombraba a Huerta secretario de Gobernación. Esto no había terminado de ser aprobado por la cámara cuando se recibió el oficio que contenía la renuncia de Lascurain.

Según la crónica de los debates de aquella sesión parlamentaria, habían transcurrido tan solo 45 minutos, tiempo suficiente para revestir de legalidad el trámite impuesto por Huerta, quien con el respaldo del ejército, el apoyo extranjero y el temor de los que tomaron parte en aquel acto oficial consiguió cristalizar sus planes. La de Lascurain sería la presidencia más breve, malograda y controvertida de la historia. En su renuncia escribió que los acontecimientos lo habían colocado en el caso de facilitar los medios para que dentro de la ley se pudiera resolver una situación que de otro modo acabaría con la existencia nacional y apelaba al juicio sereno de la historia tras reconocer que había aceptado con toda conciencia ese papel, ya que de rehusarse hubiera cooperado a futuras desgracias. Sin embargo, Huerta ocupaba ya la presidencia de la república y Madero continuaba prisionero, dependiendo su libertad sólo de promesas.

Caricatura de Manuel MA?rquez Sterling

Caricatura de Manuel Márquez Sterling

Márquez Sterling, quien se encontraba en la intendencia con los prisioneros, escribió, años más tarde, que cuando Lascurain salió con la renuncia, Madero preguntó por la carta de Huerta. Su tío Ernesto, que estaba con ellos y a quien también se le había encomendado conseguir la carta, le informó que aún no estaba firmada. Madero se dio cuenta de que estaba perdido, que había mantenido falsas expectativas con respecto a las garantías de Huerta y ordenó que se tratara de impedir que su renuncia llegara a la Cámara, lo que no se consiguió, pues Lascurain ya la había entregado. Aun cuando giró nuevas instrucciones para que sus enviados regresaran y dijeran a Lascurain que no renunciara a la presidencia interina hasta que él se hubiera embarcado en Veracruz, esa orden también llegó demasiado tarde. Todo había terminado. Los ex mandatarios sin sus investiduras no serían respetados, Madero sabía que Huerta no cumpliría con su palabra y Lascurain, quien al fin de cuentas quedó envuelto en la estrategia de los golpistas, había terminado, sin quererlo, colaborando con ellos en el último acto de la caída del gobierno maderista.

La tan esperada carta quedó convertida en promesas. Aún al salir de la cámara, Huerta pidió repetidas veces a Lascurain que le tuviera confianza, que ya le avisar a con su ayudante la hora de salida del tren, nunca lo hizo. En la intendencia de Palacio, Madero, Pino Suárez, Ángeles y Márquez Sterling se quedaron esperando la orden de salida. A media noche, Madero estaba convencido de que el tren no saldría a ninguna hora; en tanto, en la estación, envueltos en la mayor zozobra, parientes y amigos aguardaron vanamente hasta las 2 am, cuando les notificaron que la partida se había cancelado. Era un mal presagio.

Lascurain regresó de la estación en medio del mayor desaliento y escribió una carta que dejaba ver su desesperación, la cual al parecer dirigió al gobierno de Estados Unidos, solicitando su intervención a favor de los prisioneros. No sabemos si la carta llegó a su destino, el borrador lo conservó Lascurain. Decía:

Durante los trágicos acontecimientos que acaban de desarrollarse en mi país, me tocó el papel de mediador. Para evitar mayor efusión de sangre, logró renunciaran el señor presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez, mediante la condición de que inmediatamente se les trasladar a con sus amigos a un buque en el puerto de Veracruz [...] No se ha cumplido con esto y yo que intervine con la mayor buena fe del mundo, paso ahora ante el señor Madero a quien tanto estimo, como un desleal que lo engañó [...] Creyendo en la buena fe de Huerta que me hizo reiteradas promesas, presentó la renuncia creyéndome que los llevarían al tren que ya estaba esperándolos. Ahora, temen por sus vidas y no pueden ya fiarse en las promesas que se les hagan [...] En vista de la dificilísima situación en que me encuentro de aparecer como que entregué a mis buenos amigos, imploro su ayuda para que se dirija por esta vía a Huerta recomendándole que cumpla su promesa [...] Confío en los sentimientos humanitarios de su excelencia.

El secretario de Estado de Estados Unidos escribió al embajador Wilson que su gobierno esperaba saber que el expresidente había sido tratado en forma compatible con la paz y la humanidad y Wilson le contestó el día 20, diciendo que Huerta había asegurado que tomaría las precauciones necesarias para que Madero fuera tratado de acuerdo a principios humanitarios. Es sabido que Wilson no hizo nada por interceder en el asunto.

Los días siguientes, Lascurain trató por todos los medios que las vidas de Madero y Pino Suárez fueran respetadas. Quiso hablar con Huerta y no fue recibido, acudió a ministros extranjeros y miembros del gabinete del nuevo gobierno, pero fue inútil. Finalmente, reconoció que había sido una pieza clave en los planes del usurpador y sus buenas intenciones no fueron suficientes para resolver un asunto de tal envergadura. Tiempo después declaraba “inútil describir mi desengaño, mi tristeza y mi cólera por haber sido engañado vilmente”. Madero y Pino Suárez fueron asesina dos el 22 de febrero.

Lascurain se retiró a la vida privada. Retomó su bufete de abogado, sus cátedras en la recién fundada Escuela Libre de Derecho y su participación en la junta directiva del Colegio de las Vizcaínas. Tras la caída de Huerta y el triunfo del constitucionalismo, algunos carrancistas lo culparon de la muerte de Madero. Vivió exiliado en Nueva York con su numerosa familia de agosto de 1914 a septiembre de 1919 y, de regreso a México, volvió a sus antiguas actividades y negocios. Presidió la Barra de Abogados, fue miembro honorario de la Academia de Jurisprudencia y Legislación de Madrid y recibió del gobierno de Cuba la Orden del Mérito Carlos Manuel Céspedes en el grado de Gran Oficial, presea que en 1930 le entregó personalmente Márquez Sterling, de nuevo embajador en México.

Los años siguientes siguió declarando y respondiendo a las imputaciones que se le hacían de vez en cuando sobre los sucesos del 19 de febrero de 1913. El vínculo con el pasado que tanto le afectó nunca se rompió y conservó sus viejos papeles en espera de un veredicto posterior por su participación en aquel proceso.

La Revista Mexicana de San Antonio, Texas, publicó el 2 de noviembre de 1916 la “Calavera de Pedro Lascurain”:

Caricatura de M. Márquez Sterling

Ante esta tumba detente
Andante, inclina la frente
Y a un “grande” rinde culto,
Aquí yace un presidente
Que duró medio minuto.

PARA SABER MÁS:

  • Graziella Altamirano, Pedro Lascurain. Un hombre en la encrucijada de la Revolución, México, Instituto Mora, 2004.
  • “Diario de la Decena Trágica escrito por Kumaichi Horigoutchi, encargado de Negocios del Japón en México”, BiCentenario. El ayer y hoy en México, Instituto Mora, núm. 4, abril-junio, 2009, México, pp. 60-73 ó: http://revistabicentenario.com.mx/?s=embajador+japones&x=0&y=0
  • Manuel Márquez Sterling, Los últimos días del presidente Madero, 1917 en: http://archive.org/stream/abe2976.0001.001.umich.edu#page/3/mode/2up
  • * Pedro Lascurain. El presidente relámpago, Palmera Films-Euskal Telebizta, 2000, VHS.

El sonado caso del ministro Joannini. Suicidio, política y juego en la ciudad de México, 1879-1882

Fausta Gantés / Instituto Mora

Revista BiCentenario # 18

Escena inicial
El sonido de un balazo atraves el aire. Eran las diez y media de la mañana del 20 de marzo de 1882. El cuerpo de Luis Joannini Ceva, conde de San Miguel, ministro plenipotenciario de Italia en México, yacía tendido en el piso de su estudio en medio de una gran mancha de sangre que fluía desde el orificio abierto en la sien derecha provocado por una bala que acababa de dispararse con la pistola que un poco antes compró en una armería de la ciudad.

Suicidio

Édoudard Manet, “El suicidio” (1877)

Arribo, presentación y éxito social

El baile de máscaras había sido un éxito rotundo. El ministro italiano y su esposa realmente se esmeraron en hacer de esa la recepción más elegante e importante del año, tanto asó que el esplendor de la fiesta alumbraría aún por mucho tiempo a la sociedad mexicana y varios años más tarde seguiría siendo recordada en los anales de la prensa, como en los “Ecos dominicales”, de La Patria Ilustrada, en su edición del 15 de febrero de 1886.

Aunque lo cierto es que en su momento el baile de fantasía no había dejado satisfechos a todos por igual, y había quien, como en el caso de Juvenal, sobrenombre de Enrique Chavárri, el famoso escritor de El Monitor Republicano, opinaba en su sección del 22 de agosto de 1880 que el evento no satisfizo las expectativas que había generado. Aseguraba que no fue tan fastuoso como se esperaba, que el hecho de la proximidad de otro acontecimiento parecido ocasionó que los trajes no fueran tan notables aunque, él mismo aclaraba, sí fueron de buen gusto y “dignos de mencionarse”. Otros, en cambio, consideraron que fue una fiesta concurrida, llena de buen gusto y elegancia y dejó “gratísimos recuerdos y el deseo de que se repitiera”, como anotaban los redactores de El Siglo Diecinueve unos días antes, el 16 de agosto. Lo cierto es que esa noche, la del sábado 14 de agosto, los anfitriones se esmeraron en atender a sus invitados, entre quienes se hallaba lo más granado del mundo de la política, así como lo mejor de la sociedad capitalina.

Ignacio Mariscal

Ignacio Mariscal

Al terminar la celebración el conde debió estar muy contento. La ciudad de México era una promesa de futuros éxitos, como el de la noche que recién concluía. Es probable que entonces recordara el banquete diplomático celebrado en Palacio Nacional unos meses atrás, en enero de ese mismo año de 1880, con el cual habían sido obsequiados por las autoridades mexicanas los cónsules de Bélgica, Guatemala y él mismo en su carácter de ministro plenipotenciario del reino de Italia, y en el que conviviera con muchos de sus pares, como los de Estados Unidos, Alemania, España y Bélgica, entre varios otros. Por supuesto, ahí departió también con los secretarios de estado, Eduardo Pankhurst, de Gobernación, Ignacio Mariscal, de Relaciones, y Carlos Pacheco, de Guerra; estaban también Ignacio Vallarta, presidente de la Suprema Corte de Justicia, así como algunos gobernadores, entre ellos el del Distrito Federal, Luis Curiel. Casi todos los periódicos dieron cuenta de la recepción diplomática, durante el mes de enero, en los días posteriores al evento.

Desde su llegada a México el conde Joannini tuvo una apretada agenda que incluía la asistencia a diversos eventos sociales, entre ellos el banquete que la colonia italiana preparó en su honor los primeros días del año de 1880 o su participación en el programa organizado por la Sociedad

Allard, al que se integró en la presentación pública mostrando sus dotes artísticas al piano; con los miembros de esa misma sociedad también se ocupó de ofrecer varios conciertos en su propio domicilio. Sus aptitudes musicales pronto hicieron que fuera considerado como “un consumado diletante”, que se le apreciara como “un músico de primer orden” y fuera tenido por un notable crítico musical; además de que se distinguía también por sus cualidades como conversador. Al parecer Joannini era bien apreciado entre sus colegas del mundo de la política tanto como por varios periodistas, como Filomeno Mata, el famoso director de El Diario del Hogar, quienes le tenían cordiales deferencias.

El desenlace: un suicidio

“Adiós María, adiós hijos míos, perdonadme y olvidadme” fueron las últimas palabras que el destituido ministro escribió en su nota suicida para despedirse de su familia. Tras conocerse la funesta noticia, estuvieron al lado de la condesa las señoras de Mariscal, cónyuge del ministro de Relaciones, y de Morgan, esposa esta última del embajador de Estados Unidos, Philip H. Morgan, prestándole consuelo y apoyo. “El cortejo fúnebre fue imponente”, relataba un diario, en tanto otro señalaba la generosidad de las autoridades mexicanas que habían asumido los gatos de la inhumación. Asistieron al velorio importantes funcionarios del gobierno mexicano, como Ignacio Mariscal, de las delegaciones extranjeras y un nutrido contingente de miembros de la colonia italiana quienes se volcaron a ofrecerle el último adiós al infortunado conde.

J. G. Posada, "Corrido de la muerte de Manuel GonzA?lez", detalle (1893)

J. G. Posada, “Corrido de la muerte de Manuel González”, detalle (1893)

Por aquellos días en los que la atención estaba puesta en el suicidio de Joannini algunos periódicos registraron en una pequeña nota de gacetilla, de apenas tres líneas, el suicidio de un gendarme que se dio muerte en el callejón de Camarones ignorándose los detalles del caso, como lo hizo El Nacional el 21 marzo. A diferencia de la muerte del conde, la del gendarme no causó conmoción ni ocupó las primeras páginas de diario alguno. Evidentemente ocurría así porque el tema del suicidio no era una novedad y el gendarme un simple desconocido.

El suicidio era un asunto que preocupaba desde hacía mucho y las noticias locales y muchas internacionales daban cuenta de ello. Por ejemplo, entre marzo de 1879 y marzo de 1882 un solo periódico de la capital informó de al menos 18 casos, uno de un comerciante extranjero. Constantemente la prensa consignaba noticias sobre muertos encontrados en la capital y en otros estados de la República, ultimados a tiro de pistola, por consumo de venenos (como la estricnina), a puñaladas, arrojándose a las acequias, tirándose al vacío desde la ventana de un hotel o desde alguna de las torres de la catedral, echándose a las vías del tren; algunos se consumaban con éxito, otros resultaban fallidos; quienes lo acometían eran los mismo de origen nacional que extranjeros que residían en el país o estaban de paso por alguna circunstancia.

Respecto al nivel socio-económico, según notas de los diarios provenían de los estratos más diversos, desde gente de los sectores populares (como sirvientes, obreros o soldados) hasta miembros de familias distinguidas o importantes integrantes del mundo de la política. Las motivaciones para quitarse la vida eran muchas, se suicidaban por culpa de la pobreza, de la deshonra, de la miseria, de los celos, del abandono, de los amores no correspondidos, por malversación de fondos, por enajenación mental y hasta por causa de la leva. Si los suicidas acometen el acto fatal por un egoísmo extremo o por una cobardía insuperable, resulta difícil, casi imposible de determinar. Pero sus deudos han de cargar con el pesar de la incertidumbre por el resto de sus vidas, eso es un hecho sobre el que se tiene mayor certeza.

El tema de los suicidios era una preocupación que había empezado a cobrar relevancia un par de décadas atrás, en la década de 1860. Muchos intelectuales, científicos y políticos se ocupaban del asunto en diversos escritos en los que se trataba de explicar, entender y detener la proliferación de esa práctica, asociada con el ámbito citadino y considerada por algunos una consecuencia negativa de la modernidad. La ley no estuvo ajena a las disertaciones, emisión de disposiciones, e intento de regularlo, aunque el suicidio había perdido su carácter delictivo en el Código Penal del Distrito Federal de 1871 y en términos legales sólo era considerado ya como una ofensa para el propio suicida.

También los periódicos se sumaron al esfuerzo de exponer las razones que podían provocar los actos suicidas y llamaban reiteradamente a la necesidad de ponerles freno mediante diversas estrategias, incluida la propuesta de suprimir publicidad a tales actos dejando para ello de consignarlos en sus páginas, lo que, sin embargo, no sucedió. El Tiempo, un periódico independiente en su posición política pero francamente católico en lo religioso, apuntaba en julio de 1877 que “el suicidio es una muerte furtiva y vergonzosa, es un robo que se hace al género humano”. Por su parte, en el contexto del suicidio de Joannini, los redactores de El Diario del Hogar, reconocidos liberales, anotaban el 26 de marzo: “El misterio pavoroso del suicidio preocupa hondamente y sea que se compadezca o se acrimine al suicida, el corazón se conmueve siempre al dar su fallo [...] el suicida es digno de lástima porque para nosotros obra siempre en virtud de un arrebato de demencia”. Estas notas ilustran de manera notable dos de las posiciones más importantes que imperaban en la época, pues si bien ambas consideraban al suicidio un acto terrible, unos optaban por el franco repudio y la condena por cuestiones morales en tanto los otros, más en la sintonía del discurso científico, intentaban comprender las motivaciones que conducían a un hombre a optar por esa acción radical.

Rumores

Las malas lenguas murmuraban que ante la deshonra que amenazaba con hacer presa de su casa y su apellido, Joannini no tuvo más opción que la de poner fin a sus días. Las voces maledicentes decían por lo bajo que el juego había sido su perdición. Personas menos malevolentes solo apuntaban que su suicidio se debía al “desastre financiero privado”. Algunas que lo apreciaban poco se encargaron de hacer saber que la verdadera razón era que había sido destituido de su cargo por el gobierno italiano y sintiéndose afrentado por tal decisión había apretado el gatillo. Pocos, los más benevolentes, dirían que se había matado presa de la más profunda tristeza porque no fue capaz de superar la muerte del más pequeño de sus hijos, ocurrida meses atrás. Otros más intentaron negar el suceso y para ello lanzaron la hipótesis de que lo ocurrido había sido en realidad un triste y trágico accidente sucedido mientras el conde examinaba su arma.

Por su parte, en un primer momento, el gobierno y parte de la prensa italiana se darían a la tarea de desmentir tales versiones y fortalecer la idea de que la desgracia fue consecuencia de su falta de planeación económica. Sin embargo, un par de meses más adelante, en Roma circular a un extenso artículo, mismo que sería traducido y reproducido en México en junio por El Siglo Diecinueve, en el que se señalaba que “El conde Joannini no era rico, pero sus costumbres fueron siempre algo dispendiosas. Aquellas costumbres al fin y al cabo lo condujeron a la catástrofe deplorabilísima [sic] que se efectuó en México”. En esas páginas también se reconocía que el gobierno italiano puso en receso al conde sin haberlo prevenido y se admitía que “el gobierno habría debido llamarlo primeramente, y después tomar las providencias que hubiese creído más conformes con sus propios intereses, sin demasiado perjuicio para Joannini”. Según este relato, al ministro se le anunció sorpresivamente la decisión del rey de retirarlo de su encargo “con una pensión proporcional a su sueldo de 5,500 libras”. Sin embargo, ningún periódico explicaba por qué el conde había sido de pronto notificado de su destitución, cuáles eran los verdaderos motivos que llevaron al gobierno italiano a tomar la decisión y a proceder de manera poco ortodoxa, nadie se preguntó ni aclaró si había alguna razón de orden político que hubiera afectado las relaciones entre ambos países o si el ministro había cometido algún error táctico en el desempeño de sus funciones. A?Por qué había sido destituido Joannini, un hombre de tan sólo 47 años de edad de los cuales 26 los había dedicado a servir a su país en la carrera diplomática?

La versión de la destitución se reprodujo en varios periódicos y era evidente que para el conde esa noticia implicaba una humillación y la deshonra. Algunos afirmaban que tras abrir la carta con los sellos del ministerio de Negocios Extranjeros del gobierno de Italia y enterarse de que había sido retirado del cargo y un nuevo ministro había sido designado para sustituirle fue presa de la desesperación y no pudiendo lidiar con tal estigma adquirió un arma, escribió un par de líneas para su esposa y sus hijos y se pegó un tiro.

¿Y el asunto del juego?

Pocos, casi ninguno de los periódicos mencionaron o aludieron al escabroso tema del juego y el papel central que pudo haber tenido en la muerte de Joannini. Sólo El Correo del Lunes, un impreso cuyo director, Adolfo Carrillo, no era muy bien visto por cierto sector de la propia prensa, pues se asumía que tenía vínculos con el gobernador del Distrito, por entonces Ramón Fernández, a cuyos intereses servía desde las páginas de su publicación, dio cuenta de una carta firmada sólo con las iniciales F.P.T., en la que se denunciaban las posibles “causas que motivaron el lamentable suicidio del Ministro de Italia en México”.

Paul Cezanne, "Jugadores de Cartas" (1893)

Paul Cezanne, “Jugadores de Cartas” (1893)

En efecto, el 27 de marzo de 1882, El Correo del Lunes reprodujo la historia que narraba una persona que declaraba haber trabajado como tallador en una casa de juego, cuyos datos precisos omitía, y de donde había sido despedido apenas unos días atrás sin que conociera los motivos, aunque, sospechaba que el mismo estaba relacionado con la trágica muerte de ministro italiano.

El anónimo autor refería como el embajador era un asiduo visitante de ese lugar, al que acudía varias veces por semana, ganando unas veces y perdiendo otras; daba cuenta de que Joannini había dejado de asistir por espacio de un mes pero que en los días próximos al trágico suceso había regresado y la noche del viernes anterior a su suicidio “jugó desde las siete hasta las doce de la noche, perdiendo, según yo observé, tres mil pesos”. Pidió un crédito de mil pesos a la casa, que después de concedido también perdió con “lama baraja”, lo que significaba que había sido víctima de las “fullerías y pilladas”, de las trampas con la que en esos sitios se esquilmaba a los clientes. Asimismo, apuntaba que el ministro se retiró del lugar comprometiéndose a pagar su deuda el domingo siguiente. Para recoger los mil pesos, los dueños del lugar comisionaron al denunciante, quien pasó al domicilio del conde, puntualmente. Habiéndose presentado, narraba que el diplomático lo recibió “muy agitado y estru[jando] en aquellos momentos una carta”, pero que le entregó la suma acordada expresándole: “Diga ud. al Sr. *** que esto es lo único que me queda. Me agrada saldar mis cuentas y no quiero que en México se murmure contra mí”.

Cierta o falsa la versión que el periódico reproducía, tocaba un tema por demás álgido y conflictivo en la historia del gobierno del Distrito Federal: el relativo a la existencia de casas de juego que funcionaban en la clandestinidad bajo el amparo solapado de las autoridades. Los reclamos, las críticas, las exigencias de buena parte de la prensa a quienes detentaban los mandos en el municipio de México, en el gobierno del Distrito Federal, en el ministerio de Justicia y, en ocasiones, al mismo presidente para que pusieran freno a su existencia fueron una constante que venía de varios años atrás, continuaron en la administración de Manuel González y siguieron durante buena parte del periodo porfiriano sin obtener resultados favorables. Las denuncias sobre lo pernicioso que resultaban esos centros de vicio para la sociedad capitalina, los casos expuestos por los impresos en los que se daba cuenta de cómo el juego arruinaba a las personas y destruía a las familias llenaron incontables páginas. Sin embargo, al parecer, en opinión de los representantes de la prensa, poco se hizo desde las altas esferas del poder para ponerle freno, al contrario épocas hubo en las que proliferaron descaradamente pues del contubernio entre los propietarios y las autoridades sacaban provecho y se enriquecían unos y otros.

Epílogo

La política, el juego y el suicidio se entretejen en la historia del breve paso y trágica muerte del ministro plenipotenciario de Italia en México, que inició en diciembre de 1879 cuando presentó sus credenciales al presidente de la República y concluyó el 20 de marzo de 1882 cuando con una detonación de pistola puso fin a su existencia. Las leyes y disposiciones oficiales que a lo largo de todo el siglo XIX reiteradamente prohibían la existencia de casas de juegos de azar no fueron suficientes para evitar la presencia de varias que operaban en la clandestinidad. El supuesto contubernio de las autoridades políticas con los propietarios de esos centros fue una denuncia reiterada por la prensa aunque no comprobada. Lo que es cierto, al parecer, es que esos negocios operaron de manera habitual sin que nadie los clausurara.

Alexandre Benois, "En la casa de juego" (1910)

Alexandre Benois, “En la casa de juego” (1910)

El caso Joannini pone de manifiesto las consecuencias más dramáticas a las que el vicio del juego podía arrastrar a sus víctimas y muestra también que pobres y ricos, artesanos y ministros, plebeyos y aristócratas podían, por igual, caer en la trampa que constituían las apuestas y recurrir al suicidio como vía de escape. Si Joannini corrompió su desempeño oficial por causa de su inclinación al juego no es algo de lo que se tenga noticia pero alguna sospecha despierta el hecho de que El Foro diera cuenta, tan sólo un mes después del triste suceso, de que había llegado a la aduana un paquete solicitado por el ministro de Italia, que por su contenido importaba el pago de más de seis mil pesos de aranceles, siendo que una vez instalado un embajador la ley sólo le permitía importar un máximo de tres mil pesos. En atención a la viuda, el presidente Manuel González, aprobando la opinión de Ignacio Mariscal y de Jesús Fuentes Muñiz, concedió que le fuera entregado el mismo sin cobrársele los impuestos correspondientes. Sin embargo, la señora Joannini, agradecida, rechazó la dispensa alegando que “los efectos no habían sido pedidos por su esposo” y que no podía aceptar las mercancías para no “comprometer” la memoria de su difunto marido y devolvió los bultos sin abrirlos.

¿Qué contenían esos paquetes? Imposible saberlo. ¿Los había solicitado el ministro a pesar de negarlo su viuda? Todo parece indicar que sólo él pudo hacerlo. ¿Para qué fin? Si bien no podemos afirmarlo con certeza porque no contamos con fuentes para ello, si podemos suponer que el conde, orillado por su crítica situación económica provocada por las pérdidas en el juego, probablemente se había enredado en acciones fraudulentas aprovechándose de su cargo diplomático y que, descubierto por las autoridades italianas, procedieron a retirarle su autoridad antes de que sus acciones empañaran la reputación del gobierno que representaba.

Finalmente, si bien el suyo no es el único caso de figuras sobresalientes del espacio público que optaron por matarse, pues ahí está antes el conocido caso del poeta romántico Manuel Acuña, sin embargo la muerte de Joannini constituye una interesante pista para tratar de entender los razones que podían conducir a un individuo a optar por el suicidio, así como observar las variadas posiciones desatadas en su entorno como reacción a tal acto, mismas que iban desde el rechazo y el repudio hasta las actitudes comprensivas y solidarias. Ante la amenaza de la deshonra y el deshonor, imposibilitado para reparar sus equívocos, atrapado en los valores culturales y sociales de la época, el conde sólo tuvo un camino para resarcir sus errores, evadir la afrenta pública, salvar el nombre de su familia y escapar al castigo de la justicia y de las leyes, aunque no al rumor y la maledicencia: el suicidio.

PARA SABER MÁS:

  • Alberto del Castillo, “Notas sobre la moral dominante a finales del siglo XIX en la ciudad de México. Las mujeres suicidas como protagonistas de la nota roja”, en Claudia Agostoni y Elisa Speckman (eds.), Modernidad, tradición y alteridad. La Ciudad de México en el cambio del siglo(XIX-XX), México, UNAM, 2001, pp. 319-338.
  • Miguel Ángel Isais Contreras, “Suicidio y opinión pública en la Guadalajara de fines del siglo XIX: representaciones y censuras”, en Jorge Alberto Trujillo, Federico de la Torre, Agustín Hernández y María Estela Guevara (eds.), Anuario 2005, México, Universidad de Guadalajara / Centro Universitario de los Altos-Seminario de estudios regionales, 2007, pp. 107-133.
  • Vicente Morales, Gerardo, Historia de un jugador (1874), en http://www.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=368:gerardo-historia-de-un-jugador-1874&catid=93:la-matraca
  • Semo, Ilán, (coord.), La Rueda del Azar. Juego y jugadores en la historia de México, México, 2000.

México y los mexicanos en las páginas de National Geographic (1910-1919)

Laura Muñoz / Instituto Mora
Revista Bicentenario #17

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México es, sin duda, uno de los países que más ha llamado la atención de la revista National Geographic a lo largo de sus más de cien años de vida. Enorme cantidad de artículos sobre nuestro país lo confirman. Si tomamos en particular el periodo que va de 1910 a 1919, encontraremos más de 20 artículos publicados como resultado de “la gran demanda de información sobre México” que recibía la revista, de acuerdo con lo dicho en el número de mayo de 1914. Estando el país en medio de una revolución, ¿qué les interesaba a los editores dar a conocer sobre México? ¿Qué tipo de información se ofrecía? ¿Qué estrategias se siguieron para ofrecer determinadas imágenes a los lectores?

México, el país vecino

El primero de los 22 artículos publicados en la década seleccionada apareció en agosto de 1910, muy cerca de las fiestas del Centenario. El último en octubre de 1919. A través de 379 fotografías y más de 500 páginas, National Geographic muestra a sus suscriptores en Estados Unidos una versión de México y los mexicanos. Dice que México es un país de contrastes. Contrastes entre lo moderno y lo antiguo; entre los distintos sectores sociales; entre los diversos grupos económicos; entre los diferentes climas y paisajes. Esta idea subyace en los relatos de textos y fotografías. No obstante, en ambos campos, pero más en las fotografías, se privilegia el deseo de mostrar lo menos cercano (para los estadounidenses), las escenas que muestran el atraso, las reliquias del pasado, como señala el número de diciembre de 1910. La imagen de los mexicanos en las fotografías es la de gente humilde y trabajadora, en su mayoría habitantes del campo, y cuando se los ve en las ciudades, son vendedores de productos artesanales. De las ciudades no se ven los edificios modernos, excepto un plano general del de Correos, más bien son escenario para enmarcar a esos habitantes pintorescos que aparecen en primer plano arreando burros cargados de bultos, o que transitan por las calles. Las mujeres casi siempre llevan rebozo. Pero las que seducen a los fotógrafos, por su belleza y joyería, son las llamativas tehuanas, ejemplo de exotismo. En las casi cuatrocientos fotografías no encontramos retratos de ningún miembro de la élite económica, ni de la política o la intelectual.

Los artículos

En todos los artículos, dedicados casi siempre a un tema particular, se manifiesta la fascinación de los viajeros y fotógrafos ante el país y su gente, la riqueza del territorio, la variedad de productos agrícolas y minerales, la diversidad de especies de aves, de climas y de vegetación (los cactus son particularmente atrayentes); la posesión de A?reas estratégicas para la comunicación (como el istmo de Tehuantepec), el potencial para el desarrollo comercial, la tierra fértil. En esos textos se advierte, también, la admiración que producen los espectaculares vestigios arqueológicos, huellas de culturas avanzadas y atractivo para los turistas. Fotografías a página completa permiten observar, en primeros planos, basamentos piramidales, estelas, restos de edificaciones en Mitla, Teotihuacán o Xochicalco. Los títulos de los artículos indican la orientación de cada uno. Con una rápida ojeada el lector percibe que los títulos se refieren, en primer lugar, a los recursos naturales y después a las maravillas del México antiguo. En correspondencia, los contenidos se centran en las posibilidades agrícolas de México, se refieren a las escenas que se desarrollan en diversas actividades económicas, detallan las características del territorio nacional, mencionan lo que se puede encontrar en él (desiertos, haciendas, jardines divididos por canales de agua), y enfatizan los distintivos de cada sitio arqueológico (las tallas en piedra, la raza olvidada de la misteriosa Chichén Itzá, el lustre del México antiguo).

México es el país vecino. Y de acuerdo con los adjetivos utilizados hasta el cansancio, es un país interesante, con tesoros maravillosos y paisajes fantásticos, o pintorescos. Es romantico, es misterioso. Pero no todo es enamoramiento, los pies de foto son el espacio utilizado para hacer comentarios de distinta índole, muchas veces insidiosos. Como el que acompaña a la imagen publicada en el número de julio de 1916 con el título “Casa en el campo cerca de Córdoba”. En ella aparecen, en primer plano, cuatro personajes, dos adultos y dos menores, de los que se dice son una familia campesina que, como buena parte de la población en México, posee muy pocas cosas. La leyenda afirma: “los bueyes bien alimentados de las haciendas no se sentirían orgullosos de que los hambrientos peones sean considerados sus iguales”. ¿A qué responde ese comentario? ¿Qué se quiere evidenciar?

Captura de pantalla 2013-10-23 a las 13.30.31En algunos casos, encontramos en esos pies de foto comentarios de admiración. Por ejemplo, para los tarahumaras. Junto a una imagen sin autor (que ha sido atribuida a C. B. Waite), en la que un grupo de tarahumaras posan para el fotógrafo, mirando a la cámara, se les reconoce por su resistencia física y su capacidad para correr, tanto de hombres como de mujeres. También por el volumen de producción de plata que hizo de México uno de los países que más contribuyó a la producción mundial, la imagen muestra una vista de un poblado minero, La Luz, cerca de Guanajuato, que contrasta visiblemente por su pobreza. Y, en otros, se percibe la nostalgia por Porfirio Díaz, bajo cuya administración el país tenía calma y estaba en vías de progreso; o se hace referencia a la ultramoderna Ciudad de México, en la que se podía pasar del siglo XVI al XX al cruzar una calle. Esto último, es lo que dice el pie de foto que acompaña la fotografía del edificio de correos, la única que muestra algo de la modernidad de México de la que a veces se habla.

Los autores

En cuanto a los autores de los artículos, encontramos a antiguos representantes consulares de Estados Unidos en México (como E. H. Thompson o Frederick Simpich); otros eran ingenieros vinculados a compañías mineras (entre ellos Walter W. Bradley), visitantes estadounidenses que recorrían las haciendas adquiridas por compañías de connacionales (es el caso de J. E. Kirkwood), o eran funcionarios del departamento de Agricultura del país vecino (E. W. Nelson). No faltaron fotógrafos, reporteros, comerciantes, viajeros particulares, es decir, una legión de estadounidenses que se desplazaron por el territorio nacional, de norte a sur, del golfo al Pacífico, haciendo levantamientos e inventarios de lo que podía verse en él y sus instantáneas muestran un recorrido por un país rico, poco poblado y agradable tanto para turistas ávidos de conocer lugares diferentes como para inversionistas en busca de áreas atractivas para sus capitales. Entre los fotógrafos aparecen más de quince nombres (entre ellos James H. Hare, John H. Hall, C. M. Tozzer, Franklin Adams y tres mujeres: Helen Olsson-Seffer, Harriet Chalmersy Janet M. Cummings).

Esos fotógrafos qué podían ser particulares o funcionarios del gobierno estadounidense, miembros de su ejército o de compañías,como Underwood and Underwood o Galloway, reprodujeron por decenas escenas pintorescas, paisajes rurales, retratos de pobladores de diversos puntos de la República mexicana, trabajadores en sus faenas. También propagaron imágenes emblemáticas de la arquitectura antigua (Mitla, Chichén Itzá, Teotihuacán, Xochicalco). National Geographic publicó esas fotografías desplegadas a página entera en la mayor parte de los casos y distribuidas en diversos artículos, de tal suerte que un conjunto de fotografías dedicadas a un tema particular, por ejemplo, a los volcanes de México, no sólo están en el artículo específico, sino aparecen en ese y otros.

Las fotografías

En las fotografías de gran tamaño, además de las vistas rurales, bucólicas e idílicas, y de los paisajes imponentes, tomados desde cierta altura, en general vacíos de gente, pero siempre evidencia de la fertilidad de los suelos y de los diversos cultivos agrícolas, predominan los personajes típicos por su atuendo y oficio. Esos personajes eran ya conocidos por haberse difundido en las revistas ilustradas publicadas después de los años 30 del siglo XIX, producto del trabajo de artistas mexicanos. Por ejemplo en el libro titulado “Los mexicanos pintados por sí mismos” y, luego, en México y sus alrededores. Los fotógrafos extranjeros que visitaron o vivieron en México en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, se encargaron de retomar esas imágenes y de multiplicarlas y distribuirlas, a través de postales, en las que a diferencia de las litografías que les sirvieron de modelo, acentuaron los rasgos de pobreza y desaliño de muchos de los tipos mexicanos que popularizaron. Es sabido que gran parte de esas postales eran mercadeadas por la Sonora News Company. National Geographic, con su creciente circulación, contribuyó a difundir esas imágenes.

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La selección de las fotografías hecha por los editores de National Geographic parece obedecer al deseo de ilustrar los textos, utilizando las imágenes con las que contaba la revista, suministradas mediante regalos o por compra, pues en esa época la revista no contaba todavía con su propio equipo de fotógrafos. Varias de las incluidas en un artículo están relacionadas con el tema del mismo, pero otras son de lugares distantes o sin relación con el contenido. Los pies de foto, de diversa extensión, contribuyen a subrayar lo que se quiere mostrar con determinadas imágenes.

Sobre los temas de las fotografías, ya se ha dicho cuáles son los dominantes. Falta añadir que algunos asuntos que no mencionan los textos de los artículos están abordados en las imágenes, como la deportación de indios yaquis, los festejos del Centenario, la revuelta de Pascual Orozco y la expedición punitiva que perseguía a Villa. La particularidad es que si bien esos temas aparecen en las imágenes, éstas se incluyen en números cuya publicación es posterior al momento en el que ocurrieron los hechos. Las fotografías del traslado de yaquis a la península yucateca se publican en diciembre de 1910, las del desfile con motivo de las fiestas del centenario en mayo de 1911, la que muestra a las tropas de Orozco en 1914. Es decir, un año o dos después de los acontecimientos. En cambio, en julio de 1916 National Geographic incluyó fotografías que muestran al ejército estadounidense en la expedición punitiva, apenas cuatro meses después de iniciada.

El Centenario y la revolución

En torno a la celebración del centenario de la independencia de México solamente encontramos nueve fotografías. Las tres primeras son de cadetes en uniforme de gala. Son diferentes tomas de alumnos del Colegio Militar, el West Point de México. Un nutrido público en ambas aceras de una calle observa el desfile de la caballería de ese colegio en una de esas fotografías que ocupa toda la página. En las siguientes, más pequeñas, los cadetes se ven formando vallas en diferentes puntos de la ciudad. El pie de foto indica que la fama de estos “que defendieron el Castillo de Chapultepec del ejército americano es histórica”. Varias páginas más adelante el lector se encuentra con otras fotografías alusivas al desfile, la mayoría de gran tamaño, en las que varios personajes representan a los antiguos mexicanos, portando atuendos vistosos y tocados de plumas. Según los pies de foto, esos individuos eran “descendientes de aquellos a quienes representaban”.

En cuanto a las imágenes sobre la lucha armada, son muy pocas y sin explicación de por qué fueron elegidas esas en particular. La que encabeza aquellas que tocan de alguna manera el tema de la guerra es una imagen, acreditada a Aultman y Dorman, publicada en mayo de 1914, que muestra a parte de las tropas de Pascual Orozco. Después, observamos a un típico revolucionario. Se trata de una imagen atribuida a Shirley C. Hulse en la que aparece un jinete –con sombrero y cananas– posando para la cámara. El pie de foto informa que fue tomada a petición del retratado. Hulse es, asimismo, autor de varias fotografías publicadas en la revista. En una de ellas aparecen, en primer plano, dos soldaderas viendo a la cámara, que las capta caminando al lado de los soldados federales a los que acompañan. Portan sombrero y el rebozo amarrado, cargando probablemente a sus hijos.

En el mismo número de 1914 hay un par de fotografías, sin autor, en que se muestra primero una campana y, en la siguiente, un cañón. La leyenda al pie de esta segunda fotografía informa que ese cañón fue construido con el material de la campana. Es decir, no hay ningún comentario adicional, ni positivo ni negativo, de lo que ocurre en México.

De igual manera, dos años después, sin relación con el tema del artículo, de julio de 1916, se incluyen varias imágenes en que se alude a la persecución a Villa tras su incursión a territorio de Estados Unidos. Por ejemplo, encontramos dos del capitán D. H. Scott del ejército estadounidense, que muestran a las tropas de ese ejército acampando al sur de Columbus. Los pies de foto describen el paisaje donde se asientan los campamentos. Los textos aluden a las condiciones en que viven temporalmente los soldados. En ese número hay dos de la compañía Underwood and Underwood, en que vemos trenes con tropas mexicanas. La primera es una imagen dividida en dos por la vía del tren. A la izquierda las tropas de Estados Unidos esperan al borde de la vía. A la derecha, el tren estacionado en otra vía tiene su techo cubierto por tropas mexicanas. En la segunda, en primer plano aparece un tren con el techo también cubierto por tropas mexicanas. Aquí sobresalen varias mujeres, algunas viendo a la cámara. Se señala el hecho de que en todos los campamentos se encontraba siempre “una sección para que las mujeres y los niños vivieran”. En conjunto y por su número, el tema de la expedición es el central en las imágenes publicadas.

Captura de pantalla 2013-10-23 a las 13.31.15La mirada de National Geographic

El conjunto de artículos, fotografías y pies de fotos, enmarcados por los títulos escogidos, muestran cómo la revista National Geographic mantuvo su mirada en los tesoros de su vecino México, transmitiendo una imagen de tranquilidad apenas alterada, pareciera ser, por algunos acontecimientos violentos, como si estos fueran aislados y no llegaran a causar inestabilidad. La percepción prevaleciente es la de un México que se hubiera detenido en el tiempo, en el periodo previo a la revolución. En los textos no se habla de la lucha, en las fotografías escasamente se asoma y, no es, por lo tanto, suficiente para cambiar la representación de México. Cuando en octubre de 1919 se publica el último artículo analizado, México estaba cerca de cumplir una década en armas, pero National Geographic se había esmerado en no mostrar esto.

PARA SABER MÁS:

  • “La tarjeta postal” en Artes de México, número 48, México, Conaculta, 1999.
  • Arturo Guevara Escobar, Fotógrafos de la Revolución, en: http://fotografosdelarevolucion.blogspot.com/
  • National Geographic en: http://ngm.nationalgeographic.com/
  • María Esther Pérez Salas, Costumbrismo y litografía en México: un nuevo modo de ver, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Estéticas, 2005.

“Madre coraje” y la familia Prestes en México, 1938-1945

Ana Buriano - Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

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La prensa mexicana del 15 de junio de 1943 se vio desbordada de noticias y avisos fúnebres alusivos a la muerte de Leocadia Felizardo Prestes. La madre del líder comunista brasilero Luis Carlos Prestes, apresado por el gobierno de Getulio Vargas, expiró en su domicilio de Luz Saviñon núm. 10, de la colonia Del Valle, la madrugada del 14, donde vivía junto con su hija Ligia y su nieta Anita Leocadia de siete años de edad. Inmediatamente se hicieron presentes en la casa Alfonso Reyes, Vicente Lombardo Toledano, Amalia Solórzano de Cárdenas y Gabriel Leyva Velázquez. Poco después llegó el comité nacional de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) encabezado por Fidel Velázquez. En la tarde, el cuerpo fue embalsamado en espera de la respuesta del gobierno de Brasil a las peticiones que le hicieran personalidades y organizaciones políticas y sociales mexicanas. Los telegramas pedían a Getulio Vargas que permitiera el viaje de Luis Carlos a México para presidir los funerales de su madre. La más impresionante de estas solicitudes, según recuerda la memoria familiar, fue el cable que envió Lázaro Cárdenas, entonces secretario de Defensa del gobierno de Manuel Ávila Camacho, al presidente de Brasil, ofreciendo enviar un avión militar para trasladar al preso y su persona como garantía y rehén de que Prestes regresaría a prisión una vez que se produjeran las exequias fúnebres.

Se abrió entonces una larga espera de cuatro días en vigilia junto al cuerpo de Leocadia. La capilla ardiente fue instalada en el salón de la Unión de Empleados de Restaurantes, Cafés y Pastelerías del D.F., en la calle Orozco y Berra núm. 80, permanentemente rodeado por guardias de honor en las que se turnaban dirigentes y primeras figuras de la CTM, la Universidad Obrera, el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), la Confederación Nacional Campesina (CNC), el Partido Comunista Mexicano (PCM) y la Confederación de Trabajadores de América Latina, así como representantes del exilio antifascista. Getulio no respondió. Lo hizo en su lugar la Embajada de Brasil en México a través de una declaración que transcribe El Universal del 18 de junio de 1943. Frente a la conmocionada opinión pública mexicana la Embajada puntualizó que “Luis Carlos Prestes fue el primer condenado por el Tribunal de Seguridad Nacional como culpable del crimen de sedición y levantamiento en armas contra el gobierno constituido”, responsable de un asesinato y por lo tanto “prisionero por crimen común”. Negó así toda entidad política a su detención, siete años atrás.

Perdidas las esperanzas fue necesario proceder al sepelio en ausencia del hijo. El Comité Antifascista de México convocó a todas las agrupaciones obreras y democráticas a participar. Las honras fúnebres fueron apoteóticas según da cuenta una “Crónica gráfica” de El Nacional. El entierro, celebrado el 18 de junio, contó lo más significativo del mundo político y sindical mexicano: todos los secretarios y subsecretarios de Estado encabezados por el general Cárdenas, los sindicatos mexicanos, el exilio y las organizaciones civiles. A las 10:30 de la mañana la caja mortuoria, cubierta por la bandera de Brasil, fue llevada en hombros 10 km por un cortejo fúnebre que se encaminó por el jardín de San Fernando hacia las calles de Rosales para tomar después Paseo de la Reforma, el Bosque de Chapultepec y llegar al Panteón Civil de Dolores. Precedido por la banda de guerra de las milicias obreras caminó lentamente durante dos horas hacia las lomas de Tacubaya, rodeado por una guardia de honor que llevaba las banderas de las naciones aliadas que luchaban contra el nazifascismo.

Pablo Neruda. En ese momento cA?nsul de Chile en MAi??xico, lee su "Dura elegAi??a" dedicada a la 'Madre herA?ica'. A su izq. el lAi??der sindical chileno Salvador Ocampo

Pablo Neruda. En ese momento cónsul de Chile en México, lee su “Dura elegía” dedicada a la ‘Madre heróica’. A su izq. el líder sindical chileno Salvador Ocampo

Al pie de la tumba la despidieron Manuel Luzardo por el exilio brasilero, el senador Vicente Aguirre por la CNC, Vicente Lombardo Toledano por la CTM, Dionisio Encinas por el PCM, Salvador Ocampo por la Confederación de Trabajadores de Chile y Adelina Zendejas por la mujer revolucionaria. Aguirre expresó que “aquí en México los revolucionarios cuentan con un regazo acogedor y un ambiente de simpatía sincera”; Vicente Lombardo exaltó la figura de Prestes entre los luchadores de América Latina y dijo “Doña Leocadia, hasta luego”. La voz de Adelina vibró con una encendida arenga sobre la ideología del hijo de la desaparecida. En su carácter de cónsul general de Chile en México, Pablo Neruda leyó su poema “Dura elegía”. El gran poeta dijo en sus estrofas: “Señora hiciste grande, más grande, a nuestra América”. Y a Vargas le apostrofó: “una madre recorre la casa del tirano, una madre de llanto, de venganza, de flores, una madre de luto, de bronce, de victoria, mirará eternamente los ojos del tirano, hasta clavar en ellos nuestro luto mortal”. La lectura del famoso poema fue “mi suicidio diplomático”, recordó Neruda luego. Considerado injurioso, el gobierno de Brasil le acusó de infringir la neutralidad diplomática. Las grandes presiones que Neruda recibió desde el ministerio de Relaciones Exteriores de su país precipitaron una renuncia que evitó la destitución. Declaró ante la prensa mexicana que los “escritores chilenos tenemos una tradición: al aceptar un cargo público… no acostumbramos a hipotecar nuestra libertad ni nuestra dignidad de hombres libres.”

Cerrada la tumba con la inscripción A la madre heroica, fue cubierta por coronas fúnebres, cuya enumeración ocupó una columna y media del periódico. Entre quienes las enviaron destacaban el presidente de la república Ávila Camacho, los secretarios de estado CÁrdenas, Heriberto Jara, Miguel AlemÁn, Maximino Ávila Camacho y Javier Rojo Gómez, Jefe del Departamento del D.F. Pese a que el gobierno mexicano se deslindó oficialmente de haber tomado una posición, las declaraciones a la prensa del embajador de Brasil generaron un incidente diplomático y reclamos ante Itamaraty.

Madre coraje

El mundo conocía a Leocadia Prestes como “Madre coraje”, en un símil algo forzado con la obra teatral de Bertold Brecht, Madre coraje y sus hijos. Nacida en Porto Alegre, capital de Río Grande do Sul, en 1874, fue una maestra de primeras letras que casó con Antonio Pereira Prestes, un ingeniero militar con quien procreó cinco hijos en Río de Janeiro. Muerto tempranamente el esposo, enfrentó su viudez solventando la vida como maestra nocturna de adultos en las escuelas de las favelas de Río, hecho que la aproximó a la realidad social de Brasil. Madre devota, se mantuvo unida a las inquietudes de Luis Carlos, su hijo mayor. ¡Y vaya que esas inquietudes fueron muchas! El joven Prestes nació en 1898 en la república recién establecida (1889). Estudió ingeniería en la Escuela Militar de Realengo en Río de Janeiro, trabajó como ingeniero ferroviario y con el grado de teniente fue destinado al estado de Río Grande.

La República, conocida como Vieja pese a su juventud, era esencialmente oligárquica. Su nuevo producto de exportación, el café, tenían gran potencial económico y atraía migraciones europeas, alemana e italiana principalmente. El país cambiaba aceleradamente y la república era extraordinariamente restrictiva del acceso a los derechos políticos. Las primeras manifestaciones de descontento se expresaron entre la oficialidad baja del ejército en consonancia con una crisis deflacionaria. La irritación de los tenientes tenían una difusa base social y política. Como en otros países del continente, los reclamos de la joven oficialidad se enfocaban preferentemente hacia las reformas políticas: deseaban transformaciones en el régimen electoral y en la educación pública. Entre 1922 y 1924 se produjeron rebeliones en San Pablo y Río Grande. Los oficiales paulistas insurrectos unieron sus fuerzas con los riograndenses levantados bajo el mando del teniente Luis Carlos Prestes. Conformaron entonces un enorme contingente guerrillero de 1,500 hombres, conocido como la Columna Prestes, que recorrió trece estados y más de 25,000 km durante casi tres años, sin haber sido derrotada pero sin llegar tampoco a una rebelión generalizada contra la República Vieja. La Columna y su jefe acabaron el periplo asilándose en Bolivia. Prestes entró  a la historia latinoamericana bautizado por los sectores populares de Brasil como Caballero de la Esperanza, nombre que inmortalizó Jorge Amado cuando escribió su biografía novelada, en 1942.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 12.38.26Impedido de regresar a Brasil, Prestes se refugió en Argentina a fines de 1928. Ahí tomó contacto con el marxismo y el movimiento comunista internacional. La madre le siguió con sus hijas y compartió las difíciles condiciones de este exilio. El golpe de estado de José Uriburu contra Hipólito Irigoyen en Argentina supuso su encarcelamiento y expulsión del país. Prestes debió asilarse en Uruguay. Todos los países de la región sufrían los efectos de la crisis del 29. En el muy afectado Brasil un mal acuerdo entre las oligarquías regionales derivó en una crisis política. Ambos conflictos generaron el clima propicio para la revolución de 1930, liderada desde Río Grande por Getulio Vargas, un abogado vinculado a la política “gaúcha”. Getulio aspiró sumar a su asonada al muy popular teniente Prestes. La historia registra dos encuentros entre ambos personajes incompatibles. En mayo de 1930 se produjo la ruptura definitiva. Prestes proclamó en un manifiesto la necesidad de una revolución popular, agraria y antiimperialista, de perfil socialista. Su retorno a Brasil no era ya posible.

En 1931 viajó a la URSS y poco después le siguieron su madre y hermanas. Desde 1934 se sumó formalmente al partido comunista y asumió responsabilidades importantes en la Komintern. A fines de año inició un viaje clandestino Brasil, una larga travesía en barco, para liderar la oposición al gobierno de Getulio que coqueteaba abiertamente con el nazifascismo. Prestes viajó con una falsa identidad y acompañado por quien fungiría como asistente y responsable de su seguridad, la comunista alemana Olga Beário, radicada desde tiempo atrás en la URSS y perseguida en su país. Durante el viaje surgió un romance entre ambos que incorporaría nuevos lazos a los políticos y daría mayor realismo a la cobertura clandestina.

A su arribo a Brasil, el Caballero de la Esperanza impulsó la política de formación de frentes populares que promovería el movimiento comunista internacional a partir de su VII Congreso. Brasil era un verdadero eje en la política hitleriana de formación de una zona de influencia germana en América del Sur. Para detener esta ofensiva, a principios de 1935 se conformó la Alianza Nacional Libertadora, un frente político con un programa antifascista, agrario y antiimperialista, sintetizado en la consigna Pan, tierra y libertad. La Alianza encontró un gran apoyo de masas pero fue perseguida por Vargas, quien cerró sus locales y aprobó una temible ley de seguridad nacional. En respuesta, la Alianza dirigida por Prestes radicalizó sus posiciones, se insurreccionó en noviembre de 1935 y fue rápidamente derrotada.

La represión que lanzó Vargas fue terrible. Prestes y Olga fueron detenidos en marzo de 1936. Él fue condenado a largos años de prisión. Olga, en su séptimo mes de embarazo, fue deportada a la Alemania hitleriana. Los medios nazifascistas la presentaron ante la opinión pública como la imagen de la judeocomunista. Recluida inicialmente en la prisión de mujeres de Berlín, dio a luz una niña, el 27 de noviembre de 1936, a la que llamó Anita Leocadia. La niña permaneció junto a la madre durante su primer año de vida y luego fue separada de ella por la Gestapo. Olga fue enviada a un campo de trabajo forzado y luego transferida al hospital psiquiátrico de Bernburg, vuelto centro de exterminio. Pereció en una cámara de gas con apariencia de ducha, en febrero de 1942.

La campaña internacional por la libertad de Prestes, para recuperar a Anita Leocadia y salvar a Olga

Las mujeres de la familia Prestes permanecían en Moscú hasta que llegó la noticia de la detención de Luis Carlos. Entonces la madre junto a Ligia, una de las hermanas, abandonó la URSS para encabezar una campaña de solidaridad que obligara a la liberación de su hijo. Inició su cruzada en la España republicana. Acompañada por María, “la del Socorro Rojo”, como se conocía entonces a Tina Modotti, hizo una gira de encendidos actos por el país. Pronto inició la Guerra Civil y Leocadia viajó a Francia e Inglaterra.

Esta mujer sexagenaria logró levantar un movimiento internacional de solidaridad con Prestes que fue la mayor campaña por la liberación de un preso político de su época. Incansable, visitaba periódicos, sindicatos, partidos, parlamentos y jefes de estado. Una verdadera lluvia de telegramas llegaba a Brasil. Provenían de intelectuales de la talla de Romain Rolland, André?Malraux, Pablo Neruda, de líderes políticos como Dolores Ibarruri, Lázaro Cárdenas, César Uribe y de todo tipo de organizaciones. Comités de solidaridad con Prestes surgieron en Estados Unidos, América Latina, Australia y Nueva Zelanda. Con la deportación de Olga a Alemania la campaña se intensificó. Leocadia y Ligia viajaron a Ginebra para obtener ayuda de la Sociedad de las Naciones y de la Cruz Roja Internacional. Las gestiones de estos organismos les permitieron conocer el nacimiento de la niña. En tres ocasiones fueron a Alemania a gestionar ante la Gestapo la libertad de madre e hija. Finalmente, lograron que el 21 de enero de 1938 la Gestapo les entregaría Anita Leocadia. Obtuvieron también la vaga promesa de que Olga, a la que nunca pudieron conocer, sería liberada más adelante.

México y Prestes

El caso Prestes, como bien señala Guillermo Palacio en su estudio sobre las relaciones entre ambos países, fue un permanente foco de tensión entre México y Brasil. Pese al importante papel que jugaba el petróleo mexicano en las importaciones brasileras desde el periodo de Calles y el Maximato, los dos países grandes del continente no sólo tenían modelos políticos enfrentados, sino una diferente concepción de la política exterior y las cuestiones religiosas. Las relaciones no habían sido tersas y el caso Prestes las agravó más aún. Aunque la llegada al gobierno de Cárdenas abrió tímidas esperanzas de mejoría, muy pronto los diplomáticos brasileros lo catalogaron como una “escalada comunista” y la mutua animadversión se intensificó.

DoAi??a Leocadia con su nieta Anita y la periodista argentina MarAi??a Luisa Cernelli en MAi??xico (1940)

Doña Leocadia con su nieta Anita y la periodista argentina María Luisa Cernelli en México (1940)

La prisión de Prestes provocó una reacción inmediata de la intelectualidad mexicana que hizo llegar el 26 de marzo de 1936 una carta a Vargas en la que se exaltaba la figura del encarcelado, lo comparaban con Batlle y Ordóñez de Uruguay, Irigoyen de Argentina, y Madero en su esfuerzo por sintetizar las aspiraciones nacionales de las clases medias, los campesinos y los obreros. Fue la avanzada de una gran cantidad de telegramas presionando por su liberación. Carlos Alves de Souza, el encargado de negocios interino de Brasil en México, un nazifascista y antisemita confeso, no encontraba descanso en sus protestas ante la Secretaría de Relaciones Exteriores mexicana por la injerencia de personalidades del gobierno en la campaña Prestes. En tanto, las manifestaciones se sucedían frente a la embajada de Brasil, que pidió protección de una guardia armada. Aun más, en junio, el sindicato de la educación mexicana envió una carta a Vargas en la que le anunciaba que los 30 mil maestros de primaria de México se encargarían de hacer conocer a sus alumnos en cada escuela “el régimen de terror y de falta de libertad que se vivía en Brasil”.

La situación se volvió aún más grave en 1937, una vez instaurado el Estado Novo en Brasil con su Constitución totalitaria y corporativista. El nuevo embajador mexicano en Río, José Rubén Romero, catalogado en los círculos diplomáticos brasileros como un recién llegado del “ambiente rojo de España”, recibió varias solicitudes de asilo de militares, periodistas y profesionales vinculados con Prestes. La cancillería mexicana a cargo de Eduardo Hay no fue muy receptiva, ni deseó exponer aún más las relaciones. Aconsejó a Romero que lograra que los asilados abandonaran la sede diplomática, ya que el gobierno de Vargas le ofrecía garantías de respetar sus derechos. Romero actuó con un alto sentido humanitario y se rebeló, en lo posible, contra las instrucciones que recibió. Trató de embarcarlos en un navío que llevaba a asilados de la embajada argentina hacia Buenos Aires, pero sus protegidos se negaron a ser objeto de una deportación disfrazada. Debió solicitar apoyo policial para defender la embajada mexicana pues Acción Integralista, un agrupamiento político fascista, amenazaba asaltarla. En respuesta, la embajada de Brasil en México solicitó la protección correspondiente para defenderse de los manifestantes del 20 de noviembre en la ciudad de México. El gobierno de Cárdenas desprotegió totalmente la embajada de Brasil. Retiró el único policía que la custodiaba, para desacreditar la acusación. El alto control que ejercía sobre el movimiento sindical y popular hizo que, durante las celebraciones del aniversario de la revolución, la sede brasilera no fuera siquiera molestada. Cuando Romero dejó el cargo a principios de 1938, quedaba un solo asilado en la embajada de México en Río. Los demás se habían reintegrado al país y la protección mexicana fue suficiente para que no fueran detenidos por la temible policía varguista. Claro que en Brasil habían cambiado algo las cosas. Vargas abandonó sus efluvios fascistizantes y se alineó con la neutralidad que impulsaba Roosevelt, más adelante declaró la guerra y envió tropas a luchar contra el Eje.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 12.29.35México estaba decidido a distender las relaciones entre ambos países. Leocadia y Ligia solicitaron, en julio de 1936 visa en la embajada de México en París para promover la campaña. Se les negó entonces el ingreso. La Secretaría argumentó que su presencia era inútil dado que las gestiones para liberar a Prestes estaban a cargo del propio gobierno. En marzo de 1937, el general Francisco Mújica insistió ante la cancillería solicitando el ingreso de la familia. La inminencia de la derrota española y el palpable clima bélico europeo deben haber activado la decisión. Ellas sentirían seguramente urgencia por abandonar París y les aterrorizaba la suerte que pudiera correr la niña recién rescatada de la Alemania nazi. Aunque no se conocen las circunstancias exactas, por la correspondencia se sabe que en octubre de 1938, madre, hija y nieta encontraron refugio en México, asiladas por el gobierno de Cárdenas. Aunque los aires cambiaron a partir de la llegada de Manuel Ávila Camacho, la presencia de las Prestes en el país activó la solidaridad del gobierno mexicano. Hacia 1941 el Ejecutivo y la Cámara de Diputados se plantearon solicitar a Vargas que permitiera el traslado a México de Luis Carlos, en calidad de asilado. Lo hacían sin embargo con cautela, ya que la Secretaría instruyó al embajador para que el tema no generara la impresión de una intromisión en los asuntos internos de Brasil.

Poco conocemos de la vida de esa familia en el México cardenista y avilacamachista. Ellas continuaron la campaña por la liberación del Caballero de la Esperanza aunque limitada al ámbito latinoamericano. La guerra en Europa hizo que doña Leocadia perdiera contacto con las tres hijas que habían quedado en la Unión Soviética invadida y con Olga, prisionera en Alemania. Aunque tenía una confianza inconmovible en la derrota del nazifascismo, que finalmente no alcanzaría a ver, temía en cambio por la suerte de su nuera.Las Prestes vivieron rodeadas del mundo intelectual, político y sindical mexicano. El exilio español recién llegado fue también su medio. Mantuvieron una amistad estrecha con Tina Modotti quien frecuentaba su casa, al punto que Doña Leocadia presidió el velorio de la fotógrafa. Este amplio círculo social debe haber menguado en algo las angustias e incertidumbres que padecían. Ligia reconoció que no hubo alegrías durante su estancia en México, sino una larga espera de correspondencia y noticias. Los peligros que corría la familia obsesionaban a la madre. Por eso, entre marzo-abril de 1942, Leocadia consultó dos videntes. Ambas le aseguraron que su nuera había muerto. Según contó Neruda a un círculo de amigos, le envió un cable mientras el poeta visitaba Cuba diciéndole: “Dile a Prestes que Olga murió”. Neruda no encontró forma de hacerle llegar la noticia pero guardó el cable y se lo entregó a Luis Carlos luego de su liberación.

Una vez muerta la madre, Ligia y Anita Leocadia permanecieron en México. La hermana de Prestes recibió el ofrecimiento que le hicieron llegar el general Cárdenas y su esposa de adoptar  la niña. En consulta con su hermano preso ambos tomaron la determinación de mantenerla junto a la familia. Ligia fue su madre adoptiva. Ambas regresaron a Brasil el 28 de octubre de 1945. Aunque el embajador de México en Brasil sugirió a la cancillería que costeara los gastos de traslado, obtuvo una negativa ante el temor de que fuera considerada una actitud injerencista. Se inició en México una colecta privada para financiar el traslado, que finalmente fue costeado desde Brasil por los partidarios de Prestes. Luis Carlos había sido liberado por las amnistías de Vargas y conoció entonces a su hija Anita Leocadia de nueve años. Fue un encuentro fugaz, porque al día siguiente se produjo un golpe de estado que derribó a Getulio y se inició una nueva persecución contra los comunistas. Prestes debió pasar a la clandestinidad. Prisión, clandestinidad y exilio siguieron acompañando a los Prestes durante gran parte de su futura vida. Con muchas luces y algunas sombras sobre la política mexicana de asilo, el caso Prestes se cerró en 1945. La distensión y las buenas relaciones predominaron entre ambos países hasta el golpe de estado de 1964, cuando una nueva ola de asilo político se derramó sobre la sede diplomática mexicana en Brasil. Entonces México había acuñado una amplia experiencia que sustentaría su política en años posteriores. De ella y de la sensibilidad social del país se favorecerían las nuevas oleadas del exilio sur y centroamericano del último tercio del siglo XX.

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PARA SABER MÁS:

  • Fernando Morais, Olga, Caracas, Monte Ávila, 2008.
  • Guillermo Palacios , Intimidades, conflictos y reconciliaciones: México-Brasil, 1822-1993, México, SRE Acervo Histórico Diplomático, 2001.
  • Olga, Brasil, 2004. Dirección: Jayme Monjardin. Guión: Rita Buzzar, sobre la novela de Fernando Morais.
  • En DVD y en la red:

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Aventuras de un diplomático en México

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

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Después de la derrota de México por Estados Unidos en 1847, el presidente James K. Polk envió como comisionado a Nathan Clifford, su procurador general, con la misión de negociar la última etapa del tratado de paz. Si bien se ocupó de esta tarea, el novel diplomático tuvo ocasión de conocer la ciudad de México así como de escribir a su familia, residente en Newfield, Maine, a donde él había llegado en 1822, ejercido como abogado e iniciado su carrera política en el Partido Demócrata. De las impresiones de viaje que dejó en estas cartas, hablaremos a continuación.

Clifford inició el 19 de marzo de 1848 un viaje que apenas duró dos semanas; la rapidez revelaba la urgencia de que entrara en vigor el Tratado de Guadalupe Hidalgo, pues el movimiento Todo México, que exigía la anexión de más territorio a Estados Unidos, tomaba gran fuerza. El Senado lo había ratificado y contaba con la aprobación presidencial. Faltaban ahora la ratificación y aprobación mexicanas y Polk consideró a Clifford como el más apropiado para conseguirlas:

Está perfectamente familiarizado con todos mis puntos de vista, tales como se han discutido frecuentemente en el gabinete, respecto al tratado y todas sus estipulaciones. Es además un hombre discreto y muy sensato. [...] no hay otra persona de mi gabinete que pudiera estar tan bien preparado para llevar a cabo mis propósitos [...] Es un abogado digno de confianza y capaz y he estado satisfecho con él como miembro de mi gabinete.

Pese a que le disgustaba mucho la tarea, Clifford la asumió como un deber. De modo que, por una ruta que de Washington se dirigió a Wilmington, Carolina del Norte, y luego pasó por Charleston, Carolina del Sur; Augusta, Atlanta y Griffin, Georgia; Auburn, Montgomery y Mobile, Alabama, para finalmente llegar a Nueva Orleáns el 26, recorrido en el que viajó en lancha, carruaje, ferrocarril y barco de vapor, y no le faltaron tormentas, incendios e incluso un ligero resfrío, a pesar de lo cual conservó el optimismo: Creo que estoy en el camino del deber y me apresurará confiado en la guía y el apoyo de una Providencia todopoderosa.

James Polk

James Polk

El 27 abordó el Massachusetts; esperaba desembarcar en Veracruz a las 72 horas. Pero el viento obraba en contra y el velero no pudo anclar frente al castillo de San Juan de Ulúa sino una semana después. Sin duda, la buena recepción del mando militar, que lo acogió con salvas de cañón y los acordes de Sweet Home y Star Spangled Banner, interpretados por una banda, le deben haber resarcido las molestias de la travesía.

El puerto de Veracruz, despertado a cañonazos en la madrugada, estaba tranquilo y al parecer bajo perfecto control, si bien dirige a la policía la autoridad mexicana, restaurada hace tres días por el nuevo armisticio. Se alojó en casa de Louis S. Hargous, un comerciante estadounidense allí radicado. La ciudad le dejó una pésima impresión: “temeré pasar por este lugar cuando regrese a casa”. No era sólo el mal clima; los mexicanos se mantienen apartados de nosotros y no lamento que lo hagan porque no me agradan en lo más mínimo. Era ésta una actitud insólita en el pueblo hospitalario que es el mexicano, sin duda explicada por la reciente y muy dolorosa derrota militar.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Las utopías agrícolas de Michoacán desde la colonia hasta el siglo XX: Una historia con tres momentos

Alfredo Pureco Ornelas / Instituto Mora
Revista BiCentenario #10

Pareciera que Michoacán es un lugar predilecto para las utopías. Y es que ellas se han intentado en tres momentos que, aunque terminaron sin frutos perdurables luego de la muerte de sus promotores, sí dejaron una huella importante en el espíritu humano que, a la fecha, podemos apreciar y recuperar. El primer momento se dio a finales del siglo XVI, cuando algunos europeos de buena voluntad miraron al continente americano como un espacio de regeneración. Un ejemplo de ello fueron los misioneros llegados a estas tierras que, como el primer obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, suponían que la colonización del Nuevo Mundo era una oportunidad que Dios otorgaba a los hombres para empezar de nuevo, para renacer. La evangelización de los nativos representaba también la oportunidad de formar al hombre nuevo, de modelar un tipo de conciencia alejada de los vicios. Para el humanismo español aquel siglo XVI fue una época que ofrecía la posibilidad de hacer experimentos novedosos en aras de la perfección espiritual. El obispo Quiroga, recuperando el planteamiento de dos grandes renacentistas –Tomás Moro y Tomasso Campanella–, jugó a dar vida a su propia utopía en los pueblos-hospital de Michoacán.

Vasco de Quiroga

Vasco de Quiroga

La pretensión de Quiroga era fundar pueblos agrícolas que, con apego a las ordenanzas monárquicas, permitiesen aprovechar la humildad y sencillez de los indíenas para reivindicar los valores de la iglesia cristiana en su etapa prístina. Además, buscaba promover la especialización productiva de cada poblado en aquello en lo que tenía mayores posibilidades y aptitudes, con lo que se daría un intercambio benéfico para todo el entorno. Así, los prototípicos hospitales-pueblo de Santa Fe, de la Laguna y del Río en Michoacán y la Santa Fe de México, en las cercanías de Cuajimalpa, nacieron en la década de los años 1530. Aunque el empeño por sostener el proyecto transformador fue arduo, en el largo plazo era difícil de sostenerse financieramente. A la muerte del incansable Quiroga, su aspiración no tuvo heredero y feneció.

Esta experiencia colonial precedió a otras dos, ocurridas de forma muy distinta aunque en el mismo escenario. La segunda aconteció en el Porfiriato, cuando se trató de proyectar la imagen de un México moderno, con un amplio progreso material. La tercera ocurriría después de la Revolución, como producto del arraigo del ideario cardenista encaminado a abrir el desarrollo social en el campo. Sobre estas dos últimas experiencias, nos extenderemos un poco más.

Antes de referirnos a ellas, quisiéramos precisar que el sentido etimológico de la palabra utopía es el no-lugar. Es decir, la utopía es un artificio de la mente, de una abstracción, un proyecto, por lo cual nace en el ámbito de lo individual e íntimo. Su hechura responde a los ideales de su sujeto-creador y por lo mismo responde a sus aspiraciones, las cuales, sin duda, estarán determinadas por la época en que le toca vivir. De tal modo, una utopía puede ser de orden ético, social, político y hasta económico y aun llegar a ser programas de transformación de gran aceptación social y entonces perdurar o bien limitarse al aislamiento de quien las sueña y morir cuando éste muere.

La utopía empresarial privada

El espacio idóneo para realizar una utopía es aquel que, para quien la proyecta, se encuentra vacío. Es un territorio inmaculado, desprovisto de identidad por creer que no pertenece a nadie; sin embargo, tal espacio es posible de colmarse con lo ajeno, con lo anhelado, que allí puede florecer. Esta descripción se ajusta relativamente bien a lo ocurrido en el campo de los negocios y la empresa agrícola moderna que pretendió arraigar el régimen porfiriano en México por conducto de extranjeros. Y es que en las últimas dos décadas del siglo XIX el general Porfirio Díaz invitó, por medio de su ministerio de Fomento, a colonizar México. Idílicamente se pretendía romper con la tradición y el provincianismo que se pensaban como la cara del atraso para hacer progresar al país, modernizarlo y volverlo cosmopolita. Sin embargo, sólo en casos muy excepcionales pudo lograrse este modelo del “buen” colono y uno de ellos lo representó el italiano Dante Cusi, quien se estableció con su familia en la Tierra Caliente de Michoacán en 1884 para construir una utopía agrícola y empresarial privada.

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El emigrado llegaba de Milán pensando, como muchos otros italianos de su época, que América era un continente abierto a las oportunidades de éxito económico individual. Lo que encontró fue un territorio muy distinto al que dejó atrás; uno aislado, casi desierto y agobiantemente tórrido. Su plan original no había sido establecerse en Michoacán, sino en Estados Unidos, donde pretendía convertirse en productor y comercializador de algodón. No se pudo, así que tuvo que conformarse con la idea de que, si en algún lugar iba a convertirse en un hombre de fortuna, sería en México.

El lugar que los recibió fue Parácuaro, pequeño paraje cerca de Apatzingán. Al inicio, Cusi y su familia se contentaron con poder sobrevivir a la ruina en que estaban. Se asociaron con otros italianos que arrendaban propiedades por la zona y con ellos, si bien no mucho después de forma autónoma, se hicieron agricultores, comerciantes, arrieros y hasta prestamistas en pequeño. De arrendatarios pasaron a pequeños propietarios y su carácter de extranjeros y trabajadores les dio buena reputación y el aprecio del gobernador Aristeo Mercado y más tarde del mismo don Porfirio.

La zona a donde llegaron Cusi y su familia se había ocupado desde la época colonial en el cultivo de añil, algodón, arroz y, sobre todo, como enorme pastizal para la crianza de ganado bovino. Sin embargo, aunque las propiedades eran de gran extensión, las pocas haciendas que continuaban en funcionamiento se hallaban en profunda crisis derivada del estado que las había dejado, por un lado la guerra de Reforma y por otro, la resistencia al imperio francés. En cambio, las unidades productivas más pequeñas, los ranchos, gozaban de cierta bonanza relativa y fue desde ellos que Dante Cusi comenzó a despegar junto con el naciente siglo XX.

En la medida en que creció el poder económico de la familia, el entorno de los valles soleados en que quedaron sus propiedades fue siendo objeto de una gran transformación geográfica y social. Ese plan transformador respondía a los deseos de Porfirio Díaz y sus ministros de Fomento de poblar el campo con emigrados europeos que vertieran su saber innovador, introdujesen nuevas tecnologías agrícolas, cultivos comerciables que se impusieran sobre los de autoconsumo –lo cual llevaría a la especialización y por lo mismo al monocultivo– y, finalmente, alentaran –aunque sin mayor compromiso– la mediana y pequeña propiedad individual al estilo de las granjas.

Dante Cusi y sus hijos lograron alcanzar esas metas en la primera década del siglo XX, al adquirir una extensión de 62,000 hectáreas en los valles de Tamácuaro y Antúnez por la vía de préstamos hipotecarios que les concedió la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento a la Agricultura. En aquellos lugares fundaron las haciendas siamesas de Lombardía y Nueva Italia. En ambas, los cascos de las haciendas se edificaron prácticamente en medio de la nada, pues desde hacía mucho tiempo los pequeñísimos caseríos en que se ubicaron se encontraban en ruinas y casi despoblados.

La tarea más importante para hacer productivas aquellas llanuras era proveerles de una fuente de agua para convertir los semidesiertos en planicies fértiles. Aquí entró en escena la pericia y saber de los italianos, quienes, familiarizados con la ingeniería hidráulica de su tierra de origen, Lombardía, lograron sacar el agua del río Cupatitzio, la que iba por el lecho de un cañón muy profundo por abajo del nivel del terreno que se quería irrigar. Esto se logró mediante la introducción de nuevos materiales como la tubería y el remachado de acero, así como del empleo de fuentes novedosas de energía en la comarca como la térmica y la eléctrica. Las tareas de nivelación y construcción de nuevos canales de conducción del agua fueron otras obras que llamaron la atención.

Justo al inicio de la Revolución mexicana, para 1910, los Cusi continuaban ampliando hacia el sur la frontera agrícola de Michoacán, rumbo a los linderos de la rivera norte del río Tepalcatepec. Para ello no sólo se habían especializado en la producción de arroz, sino que estaban prestos a incorporar las innovaciones en materia de mejoramiento genético del ganado y de las semillas agrícolas que empleaban. Experimentaban con simientes, con la adaptación de especies frutales y pecuarias, e importaban tanto de Estados Unidos como de Europa maquinaria para hacer funcionar la parte agroindustrial de la refinación del arroz.

Aquel despegue económico tendría grandes implicaciones sociales y, aunque muchas de estos cambios fueron eclipsados por la Revolución, su trascendencia vale la pena recuperarse. Por ejemplo: si en 1910, recién fundada la hacienda de Nueva Italia, contaba con 700 habitantes, al mediar el siglo XX alcanzaría una población de 4,700 personas. Este crecimiento demográfico se presentaría de forma ininterrumpida, a pesar incluso de la misma Revolución. En la especialización del cultivo del arroz se demandó de forma estacional, sobre todo para el periodo de cosechas, una amplia mano de obra que, desocupada de sus propias labores agrícolas, llegaba de las regiones altas de Michoacán e incluso de los vecinos estados de Jalisco y Guerrero.

Lejos de que los Cusi pensaran en sus haciendas como sitios que les investirían automáticamente de prestigio social, y en concordancia con la imagen señorial del terrateniente tradicional, aquellas fueron contempladas desde su origen con una mentalidad moderna, burguesa, diría Werner Sombart –el famoso sociólogo y economista aleán. Se trataba de unidades económicas hechas para la producción de excedentes y por consiguiente eran entendidas como fuente para la obtención de ganancias. El cálculo económico y técnico, del que Dante Cusi estaba muy al tanto desde que en su juventud fue empleado bancario en Milán, y como hijo de campesinos en su natal Brescia, pudo ser aplicado con prurito en la Tierra Caliente michoacana.

Nivelación de terrenos, apertura de canales de riego, encauzar corrientes de agua por desniveles de suelo e introducción de fuentes alternas y novedosas de energía como la eléctrica fueron algunos de sus grandes logros. Aquellos italianos veían materializada en sus haciendas michoacanas la América que habían soñado al salir de su patria cisalpina. Era su anhelo personal realizado y un ejemplo de progreso muy al estilo del plan modernizador del campo que el general Porfirio Díaz deseaba para la república. La utopía pública y la privada convergían en una sola e idéntica.

La utopía campesina socializante

La Revolución no impidió que aquellos negocios capitalistas siguieran funcionando a pesar de los coletazos que la revuelta armada infringió a Michoacán. La coyuntura cambiante obligó a que lo que era un negocio familiar se constituyese en sociedades anónimas, de las cuales la más importante fue la Negociación Agrícola del Valle del Marqués, S.A. Si bien las gavillas de bandoleros, revolucionarios y efectivos del ejército constitucionalista impusieron préstamos o despedazaron la infraestructura agrícola, ello no impidió que Lombardía y Nueva Italia pudieran sortear el escenario adverso.

Sería hasta la década de los años 1920 cuando las relaciones entre jornaleros y hacendados entraron en una larga fase de fractura que resultó imposible de superar. Los intereses de clase no pudieron contenerse más dentro de la matriz paternalista que Dante Cusi quiso imponer por mucho tiempo en el manejo de las relaciones laborales y en 1938, luego de numerosas huelgas, el presidente Lázaro Cárdenas decidió que Nueva Italia y Lombardía fueran intervenidas por el gobierno para dejarlas, de manera íntegra, con todo y su infraestructura, en manos de sus trabajadores bajo la forma de un ejido colectivo. El anhelo del general Cárdenas no era sólo entregar la tierra y dejar a su suerte a las clases rurales indigentes, sino establecer en ella un prototipo de a hacienda sin hacendados. Luego de la entrega formal a poco más de 2,000 campesinos, ocurrida en el mes de noviembre, se inició una segunda fase de transformación del espacio terracalentano, ahora por obra del ideario social del cardenismo; otro ideal, otra utopía.

El ejido comenzó a operar en las parcelas dadas a los jefes de familia radicados en las comunidades de las ex haciendas. De los terrenos para uso agropecuario, se apartó en cada una un espacio para la educación agrícola de niños y jóvenes.

Para ese entonces, las haciendas eran generadoras de 13,500 toneladas de arroz, 2,000 de limón y poseían 17,000 cabezas de ganado. Mantener aquel ritmo de producción exigía recursos financieros que sólo se lograron obtener mediante la constitución de Sociedades Colectivas de Crédito, una por cada núcleo productivo anterior a la expropiación. La idea planificadora del presidente Cárdenas se imponía como esquema para la marcha de aquellas unidades de producción cuya inspiración habría abrevado en los experimentos colectivistas rurales de los koljoses soviéticos.

LA?zaro CA?rdenas, el otro utopista.

Lázaro Cárdenas, el otro utopista.

Al igual que se vieron afectadas las antiguas propiedades de los Cusi, así también se transformó la propiedad agraria de toda la rivera norte del río Tepalcatepec, prácticamente desde los límites con el estado de Jalisco en el extremo poniente, hasta el río del Marqués por el oriente. De 1936 a 1959, en aquella extensa región se fundaron una treintena de ejidos, que en otro sentido representó un cambio poblacional abrupto para la zona debido a que los asentamientos se establecieron allí donde anteriormente existía una bajísima densidad demográfica.

En relación a la planeación urbana de los núcleos ejidales, llama la atención el cuidado con que se pretendió dar satisfacción a sus habitantes en términos, no sólo en su desarrollo material, sino humano en general. La traza urbanística de los núcleos ejidales estaba planeada de forma escrupulosamente reticular, al centro de la cual se encontraba a menudo una plazuela en forma de glorieta a la que convergían cuatro anchas avenidas. Dentro de esos núcleos se disponían, a priori, lugares para escuelas, los servicios de los distintos órdenes de gobierno, el mercado, la biblioteca, una sala de espectáculos, un asilo para ancianos y otro para huérfanos, parques deportivos, refrigerador comunal y escuelas técnicas agropecuarias y de artes y oficios. En la teoría, el proyecto de los ejidos terracalentanos y su planeación no dejaba un cabo suelto.

En términos de infraestructura las disposiciones fueron integrar aquella comarca al resto de Michoacán y del país, pues si bien los Cusi habían hecho hasta lo imposible para ser competitivos con su arroz en mercados de mediana y larga distancia, siempre tuvieron el obstáculo del relativo aislamiento entre sus haciendas y Uruapan, el puerto ferroviario más cercano y desde donde desplegaban su potencial comercializador de productos agrícolas. Sin embargo, en 1940 quedó construida la vía del ferrocarril de 80 kilómetros entre Uruapan y Apatzingán, a través de los ejidos de Lombardía y Nueva Italia y a poca distancia de muchas otras propiedades ejidales.

No obstante que en 1940 Lázaro Cárdenas dejó la presidencia de la república, su interés por la zona de Tierra Caliente de Michoacán permaneció. La comandancia de las operaciones militares en la costa del Pacífico que le fue asignada durante la Segunda Guerra Mundial lo mantuvo apartado de sus proyectos de fomento rural, pero en 1947, cuando el presidente Miguel Alemán lo designó Vocal Ejecutivo de la recién creada Comisión del Río Tepalcatepec, los retomó. Con nuevos bríos buscó ampliar la superficie de riego en esos feraces valles y desarrollar a un nivel insospechado el sistema hidráulico y de presas que los italianos Cusi habían inaugurado en el Porfiriato.

Epílogo

El Michoacán del siglo XVI, lo mismo que todo el continente americano, era visto por los humanistas europeos, como una tabla rasa en la cual podía crecer un proyecto de humanidad diferente. Para el obispo Quiroga no se trataba solamente de emplear la fuerza laboral indígena al estilo que pensaron muchos conquistadores, sino de hacer de ella la columna vertebral de la que nacería una sociedad nueva. Su utopía era de carácter ético y económico; pero justamente por tener esa doble mira pereció con facilidad ante las fuerzas contrarias cuando él murió. Por su parte, la utopía porfiriana modernizadora expresada en la empresa agrícola de la familia Cusi casi se llevó a cabo, pues transformó físicamente un desierto en tierras altamente productivas. A ellas concurrieron cientos de personas en busca de trabajo o refugio durante la insurrección, pero el problema llegó cuando la acumulación demográfica rebasó los requerimientos de fuerza laboral de las haciendas y esto las hizo quebrar. En forma posterior, el presidente Cárdenas tuvo gran interés en que las conquistas de la Revolución se entregaran a las masas desposeídas que habían participado en ella y, por tanto, procuró para los pobres un proyecto de sociedad igualmente diferente; regenerada, útil para la nación y capaz de reproducir valores surgidos de la Revolución. Su gobierno otorgó oportunidad de crecimiento comunitario a los ejidos, pero desafortunadamente tampoco se pudo lograr la utopía socializante en el campo michoacano a plenitud, esta vez porque la semilla de la corrupción administrativa creció en las unidades colectivas de producción y el impulso que dio nacimiento a éstas se agotó poco a poco.

Tanto la utopía de Vasco de Quiroga en el siglo XVI como los proyectos porfiriano y posrevolucionario de transformación de la Tierra Caliente de Michoacán, terminaron como ensoñaciones surgidas de valores individuales, que se perdieron a medio camino entre lo ideal y lo posible. Utopías, al fin, pero ligadas siempre e inexorablemente a un impulso vital muy humano y, por lo mismo, también a la historia.

PARA SABER MÁS:

  • FERNANDO BENÍTEZ, Lázaro Cárdenas y la revolución mexicana, México, FCE, 2004.
  • EZIO CUSI, Memorias de un colono, Morelia, Morevallado, 2004.
  • LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ, Los días del presidente Cárdenas, México, El Colegio de México, 2005 (Historia de la Revolución Mexicana, vol. 15).
  • MAURICIO MAGDALENO, Cabello de elote, México, Porrúa, 1986 (“Escritores Mexicanos”, 85).

Esta fue su bandera

María Eugenia Arias Gómez / Instituto Mora

BiCentenario #16

Mire, señor Madero, si yo, aprovechándome de que estoy armado, le quito su reloj y me lo guardo, y andando el tiempo nos llegamos a encontrar, los dos armados con igual fuerza ¿tendría derecho a exigirme su devolución?Sin duda, le dijo Madero; incluso le pediría una indemnizaciónPues eso, justamente termina diciendo Zapata, es lo que nos ha pasado en Morelos, en donde unos cuantos hacendados se han apoderado por la fuerza de las tierras de los pueblos. Mis soldados (los campesinos armados y los pueblos todos) me exigen diga a usted, con todo respeto, que desean se proceda desde luego a la restitución de sus tierras.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.45.05Hace cien años, Emiliano Zapata Salazar se suma a la Revolución en 1911. Este jefe morelense, que inicia con unos cuantos seguidores en su entidad, reúne a miles durante el curso revolucionario en el que sostiene una causa agrarista que hereda y por la que da la vida. Después de ser asesinado a traición, su firmeza en la guerra trasciende en la historia, convirtiéndolo en símbolo del agrarismo en Morelos, a lo largo y ancho de los Estados Unidos Mexicanos, así como en otros países del mundo.

La autenticidad de esa causa no data del tiempo de Emiliano. Para entenderla como la fuerza palpitante y resurgida que es a la fecha, hay que retroceder muy atrás: a la época colonial, porque inicia entonces el problema entre pueblos y haciendas por el agravio de estas últimas unidades en contra de los campesinos al despojarlos de sus tierras, aguas, pastos, bosques y demás recursos naturales. El conflicto acontece en diversas comarcas, principalmente en el centro sur de nuestra república, en la región que hoy se llama estado de Morelos y donde nace Zapata.

A través de varias centurias, los campesinos reclaman sus derechos mediante representantes que llevan los títulos de propiedad ante las autoridades en forma pacífica, pero otras veces lo hacen con las armas en la mano. Aquella causa ancestral, sustentada por los precursores agraristas, se asociará al liderazgo del sujeto histórico que con tenacidad reclamará la devolución de la tierra a sus legítimos dueños y que tendrá un nombre nuevo: zapatismo.

El problema agrario, que se recrudece, culmina en la época porfiriana y al momento en que Francisco I. Madero llama a la guerra, buena parte del campesinado se suma a ella esperanzado en que se hará justicia, pues el artículo 3° del plan de San Luis señala que se regresará la tierra a quien le pertenece. La participación de este sector significa una fuerza poderosa que promueve la caída del gobierno dictatorial encabezado por Porfirio Díaz, fin por el que se convocara a la revolución y una vez que se logra, Francisco León de la Barra sube al poder de manera interina y luego Madero.

David Alfaro Siqueiros, "Revolucionarios a caballo" (fragmento)

David Alfaro Siqueiros, “Revolucionarios a caballo” (fragmento)

Pluma y fusil apuntan contra los combatientes desde que se incorporan a la lucha en marzo de 1911, hasta que muere el caudillo en abril de 1919. Una campaña de desprestigio llevada a cabo sobre todo por la prensa conservadora del año once en la ciudad de México exhorta a ir contra “la barbarie”, ya que los zapatistas se manifiestan como “rebeldes y elementos mórbidos que brotan del subsuelo y atentan contra la civilización”; es entonces que se aplican los peores denuestos a Zapata para concebirlo como bestia y bandido, como la aparición del subsuelo que quiere borrar todas las luces de la superficie, y para llamarlo Gengis Khan y Atila del Sur.

Un hecho importante en el proceso histórico del zapatismo es cuando Emiliano adquiere el mando al ser reconocido por gente del municipio de Ayala y jefes locales de otros lugares en su estado, lo que acontece tras la muerte de Pablo Torres Burgos, cabeza del maderismo y director inicial del movimiento en los últimos meses de 1910 y los primeros de 1911; uno más, el momento en que los zapatistas se separan de Madero considerándolo traidor, porque da prioridad al licenciamiento de armas y a la instauración de un orden democrático.

A mediados de 1911, Emiliano se entrevista con Madero en la ciudad de México, expone las razones de su levantamiento y le solicita que cumpla lo prometido, pero aquél insiste en que desarme a sus tropas. Y es, de acuerdo con Gildardo Magaña, que Zapata acercándose, señala la cadena de oro que trae y en el que ambos sostienen el diálogo con que inició el relato.

A poco de que Madero resultara electo como presidente constitucional, en noviembre de 1911, los zapatistas se manifiestan a través de un documento que enarbolan como su bandera: el Plan de Ayala, cuya versión original, que data del 25 de aquel mismo mes y año, se atribuye principalmente a Otilio Edmundo Montaño; días antes, Zapata y unos seguidores son perseguidos en la zona de Ayala y arrojados de Morelos a Puebla por fuerzas del gobierno y, cerca de Miquetzingo, él y Montaño revisan lo que ambos han bosquejado por escrito desde que Madero postergara las demandas agrarias, terminan de redactarlo y lo proclaman en Ayoxustla, Puebla.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 12.54.16Los jefes locales, respondiendo al llamado del caudillo, se concentran con su gente en Ayoxustla y esperan inquietos. Zapata y Montaño salen del jacal donde han ultimado detalles; el primero los exhorta: “¡Ésos que no tengan miedo, que pasen a firmar!” Luego, de pie, junto a una pequeña y rústica mesa que sirve de base, se lee el plan. Sorprendidos y emocionados, pasan a firmarlo. Unos músicos traídos de Miquetzingo interpretan el himno nacional que se canta en posición de firmes. Unos cohetes truenan y se hace la jura de la bandera de México que, puesta en alto, es flanqueada por Emiliano y Eufemio Zapata ante los que desfilan las tropas.

Después, cada quien toma su camino. Emiliano regresa a Morelos y estando acampando en una ranchería cercana al mineral de Huautla, ordena que traigan una máquina de escribir, papel carbón y al cura local. Emigdio Marmolejo le pregunta: “¿Y si no quiere venir?”, a lo que aquél contesta que no va a consultarle su opinión, que lo lleve y que si se resiste lo obligue a caminar con la máquina en la cabeza. El sacerdote acude y reproduce el plan.

Zapata envía carta a Gildardo Magaña, comisionado en la ciudad de México, y le recomienda que lo imprima; le expresa no le importa que la prensa mercenaria les llame bandidos y los colme de oprobios; que él como no es político, ni entiende de esos triunfos en que los derrotados son los que ganan, está resuelto a luchar contra todo y todos sin más baluarte que la confianza, el cariño y el apoyo de su pueblo. Es entonces que la primera versión impresa se publica en el periódico liberal Diario del Hogar, a mediados de diciembre de 1911, y es la que se conoce en la capital del país; en ella, hay correcciones gramaticales, varias modificaciones de contenido y el lema original de la manuscrita (Justicia y Ley), aumenta a Libertad, Justicia y Ley.

El plan de Ayala legitima a la causa agrarista y determina la identidad del zapatismo. Constituye un programa radical que señala cómo resolver la problemática en el campo tanto en Morelos y sitios donde se enarbola, como en todo el país. Plantea además la manera de seguir la lucha y con qué mecanismos legales se sostendrá. Hace suyo y reforma al plan de San Luis; revela las ideas que lo inspiran, entre ellas las de los hermanos Flores Magón a través del Partido Liberal Mexicano y de Regeneración, su portavoz, asimismo las de Paulino Martínez y los hermanos Magaña.

Está integrado con una breve introducción y quince artículos. Inicia diciendo que quienes lo suscriben, se han constituido en junta revolucionaria para sostener y llevar a cabo las promesas que hiciera la revolución de 1910; que declaran ante la faz del mundo civilizado que los juzga y ante la nación a que pertenecen y aman, los propósitos que formulan para acabar con la tiranía que los oprime y redimir a la patria de las dictaduras que se les imponen, las cuales determinan en el plan.

Arnold Belkin, "Serie Zapata II"

Arnold Belkin, “Serie Zapata II”

El plan advierte por qué Madero es traidor y exige su renuncia, así como la de otros representantes políticos. Demanda que haya otros gobernadores y que tenga lugar una reunión de revolucionarios para designar a un ejecutivo interino en México, quien ha de convocar a elecciones de los poderes federales. Propone como Jefe de la Revolución Libertadora a Pascual Orozco y en su defecto a Emiliano Zapata. Plantea la restitución agraria inmediata, la expropiación previa indemnización, la nacionalización de bienes de los enemigos y cómo pensionar a los deudos de quienes caen en la guerra. Termina exhortando al pueblo mexicano para que lo apoye con las armas en la mano.

En sostén de dicha insignia están las personas que han sufrido el despojo agrario y el ultraje; campesinos pobres y medios, peones acasillados, medieros y arrendatarios; rancheros que tienen que pagar a las haciendas por derechos de peaje y paso de animales. Y si la tierra es el eje en torno al que gira la presencia zapatista, también hay otros motivos por los que muchos se suman a la guerra: el temor a los amos y los capataces, a la leva y a las autoridades, a las campañas de persecución; por tener libertad, o porque sus mayores o compañeros se han ido con Emiliano.

La mayoría que defiende el plan de Ayala en Morelos, es de campesinos armados que dedican un tiempo a la lucha y otro al cultivo; forma bandas que no viajan juntas, que sólo se reúnen para atacar objetivos comunes y que dan la impresión de vivir diseminados en las montañas. Como cuerpo militar, integra al Ejército Libertador del Centro y Sur, cuyas unidades son tropas pequeñas no siempre bien organizadas y que practican la guerra de guerrillas como táctica principal, basada en el ataque sorpresivo y la dispersión inmediata.

La supervivencia del movimiento en ese estado se debe a quienes enarbolan el plan con fervor, mujeres y hombres apoyados por ancianos, jóvenes y niños. El carácter popular y campesino del zapatismo se advierte en la ropa de los guerrilleros, que visten por lo general con camisa y calzón de manta, sombreros de ancha ala y huaraches, vestimenta por la que se han dado en llamar las liebres blancas y por su agilidad, que les permite escabullirse en los montes, donde andan a salto de mata al ser perseguidos por sus enemigos.

Rasgo singular e incipiente del movimiento que enarbola aquel emblema es su sentido original agrarista y local. Sin embargo, al paso de los años, el zapatismo tiene carácter regional y nacional cuando gana mayor espacio y amplía sus metas, a partir de que se propaga en los estados circunvecinos y alcanza otras comarcas, adhiriéndose a él más adeptos con diversas ideas. Aun así, en el comportamiento de los locales y en la expresión de sus demandas, hay signos en los que prevalecen la tradición o la costumbre morelense– Emiliano, por ejemplo, siendo el jefe más reconocido en la región centro sureña de México, se remite a veces a la autoridad de los ancianos.

Conforme avanza la lucha, la enseña zapatista incluye considerandos, reconocimientos, desconocimientos, adiciones; variantes que explican el porqué de su separación de otros movimientos. Entre sus enmiendas cabe la de fines de mayo de 1913 mediante la que se desconoce a Pascual Orozco como líder, por haber simpatizado con el gobierno de Victoriano Huerta, y por la que Emiliano Zapata queda a la cabeza del Ejército Libertador del Centro y Sur.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 12.53.00Después que Huerta cae del poder, las controversias de los revolucionarios tratan de allanarse en la Convención reunida en la ciudad de México y en la de Aguascalientes en octubre de 1914; a esta última asiste una comisión zapatista, encabezada por Paulino Martínez. El plan de Ayala es reconocido casi en su totalidad, gracias a la participación del ideólogo Antonio Díaz Soto y Gama. El gobierno convencionista, a poco de constituirse inicia y promueve cambios en Morelos y en los lugares donde se adopta el plan, al tiempo que es desacreditado y perseguido por el que instituyen los carrancistas.

A partir de ese año catorce se produce un gran número de ediciones del plan con sus ratificaciones; en una de las publicaciones salida a la luz en México en 1915 destaca el “Proemio” debido a pluma de Dolores Jiménez y Muro, quien, afiliada al zapatismo, escribe una alabanza a Emiliano, donde lo compara con Hidalgo, Morelos, Guerrero y Juárez, y señala además que aunque le pese a muchos, hasta los mismos poderosos comprenden y reconocen la justicia que abriga la bandera de Ayala.

Firme compromiso en apoyo de aquel pabellón, considerado como una cosa sagrada convertida en blasón, se revela en las fuentes a las que recurre el historiador: ya la palabra escrita y la oral, ya el corrido popular, aún en otros materiales como la literatura y la iconografía en su diversidad. “Plan de Ayala-lucha agrarista-Emiliano” constituyen una frase, un símbolo que, tras morir el caudillo y a partir de los años veinte sugiere, connota, cómo la Historia da el fallo a favor, y al hacer justicia mueve a la bandera, la causa y al hombre en heroico nicho donde ha de venerarse al antes “Atila del Sur” como “el reivindicador agrario” de todo un país.

PARA SABER MÁS:

  • FELIPE ÁVILA ESPINOSA, Los orígenes del zapatismo, México, Centro de Estudios Históricos-El Colegio de México/Instituto de Investigaciones Históricas-UNAM, 2001.
  • FRANCISCO PINEDA GÓMEZ, La irrupción zapatista, 1911, México, Era, 1997.
  • * Ver ¡Viva Zapata!, dir. Elia Kazan, 1952, DVD.
  • * Visitar el museo de Anenecuilco, Morelos.
  • * Escuchar el Corrido del Plan de Ayala, de Leonardo
  • Kosta, interpretado por el grupo Tribu en http://www.bibliotecas.tv/zapata/corridos/corr03.html

Orizaba y las fiestas del Centenario

Eulalia Ribera Carbó / Instituto Mora

BiCentenario #9

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El México de 1910 no era lo que parecía, y menos aún lo que el gobierno de Porfirio Díaz intentaba que pareciera. Es verdad que el balance de los 33 años, si contamos el cuatrienio de Manuel González, durante os cuales el general Díaz ejerció el mando supremo del Estado, era altamente positivo, sobre todo si se compara la situación del país en 1910 con la de 1877.

El sólido aparato estatal construido por los liberales reformadores de mediados de siglo, hizo posible que la alianza concertada en los años ochenta entre el poder político y los grandes terratenientes, principales beneficiarios de la desamortización y de la nacionalización de los bienes de las corporaciones, rindiera frutos. El desarrollo económico era notable, nadie podía poner en duda la estabilidad política, y la paz social, conseguida más a base de palo que de pan, eran fieles testimonios de los logros alcanzados.

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Sin embargo, el desarrollo económico dependía de las condiciones prevalecientes en las potencias industrializadas que adquirían nuestros productos. La estabilidad política era, en lo fundamental, resultado de una férrea dictadura pactada con los señores de la tierra y del dinero, y la paz social encubría la gran ofensiva de los hacendados sobre las tierras de los pueblos, el despojo a pequeños propietarios, salarios de hambre, jornadas de trabajo de 14 horas, tiendas de raya, justicia patronal ejercida por propia mano y una larga lista de agravios que la mayoría de la población parecía soportar resignada y calladamente.

Cuando el siglo XX empezó con una crisis económica originada en Estados Unidos, las voces de la oposición, expresadas en órganos de prensa siempre amenazados, crecieron no sólo con nuevas publicaciones cada vez más radicales, sino con la organización de círculos liberales que se plantearon la necesidad de recuperar la vigencia de las garantías individuales consignadas en la Carta Magna y de parar las pretensiones de la Iglesia católica de recuperar espacios y riqueza. El malestar soterrado se empezó a politizar. Los magonistas, a través de su periódico Regeneración, parecían llegar a todas partes y los clubes liberales proliferaban. Para 1906 la huelga minera de Cananea, en Sonora, y un conato de alzamiento revolucionario en Coahuila en 1908 fueron indicios, que se intentó pasar por alto, de que la cosa no iba tan bien. En enero de 1907 la feroz represión de la huelga de Río Blanco, Veracruz, señal de nuevo que el sistema ya no funcionaba como lo había hecho hasta hacía poco.

Ese mismo año se inició otra crisis capitalista en Estados Unidos, ésta mucho más profunda que la de 1901, y al comenzar el año de 1908 el “tirano honrado” anunció que ya no se postularía para un nuevo periodo presidencial. Todo se precipitó a partir de aquel momento. Otro intento revolucionario ese mismo año, pugnas entre los secretarios del gabinete para alcanzar la silla presidencial, y la oposición nacida en el seno de la propia oligarquía.

En su libro La sucesión presidencial en 1910, Francisco I. Madero propuso la creación de un partido, e invitó a Porfirio Díaz a postularse para la presidencia, junto con un miembro del nuevo partido para la vicepresidencia. Sordo a la propuesta de transición pacífica que se le ofrecía, Díaz se volvió a postular con su mismo vicepresidente. Entonces, obligado a radicalizarse, Madero hizo campaña con la bandera del sufragio efectivo y la no reelección, pero fue detenido y apresado a un mes de las elecciones, que dieron un triunfo fraudulento a Porfirio Díaz.

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Fue en ese ambiente en el que se dieron los festejos del primer centenario del inicio de la guerra de Independencia. Las celebraciones echaron un resplandeciente velo sobre la gravedad del momento y el país pudo mostrar ante el mundo sus logros recientes y su capacidad para dar solución a problemas ancestrales. La ocasión fue amplia y hábilmente aprovechada para reafirmar la autoridad y los méritos de Porfirio Déaz, héroe de la guerra patriótica y héroe de la paz promotora del orden y el progreso, y la capital de la República fue el escenario privilegiado del gran despliegue de la grandeza mexicana.

Los festejos en la ciudad de México fueron los de mayor resonancia del país. Sin embargo, en cada ciudad y en cada pueblo, los poderes locales se aprestaron a organizar sus propias celebraciones. Seguramente había en ello un auténtico sentimiento patriótico y un real gusto por la efeméride. Pero sin duda también, el fasto acontecimiento ofrecía la ocasión a cada ayuntamiento para exhibir, desde su ámbito, la prosperidad del régimen porfiriano.

Orizaba era un lugar conspicuo en aquel panorama de modernidad tan ponderado por el gobierno de Porfirio Díaz. Durante las décadas de 1880 y 1890, en apenas 20 años, la ciudad y su valle se habían convertido en la región industrial más moderna de México, sobre todo por las grandes fábricas textiles que habían encontrado ahí las condiciones propicias para su instalación y funcionamiento exitosos. La antigua y señorial villa cosechera del tabaco, que había vivido su esplendor urbano en el siglo XVIII con la riqueza que el cultivo de la hoja había permitido amasaría unas poderosas élites locales, estaba convertida un siglo después en un hervidero de innovaciones que alteraba sin remedio su armónico y tranquilo semblante colonial.

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El Ferrocarril Mexicano había empezado a correr por las anchuras de Orizaba a finales de 1872 y con él se habían abierto las puertas a la transformación. Muy bien lo comprendió Manuel Payno cuando en 1864 escribió que el tren de carros y el convoy de pasajeros pronto acabarían con las “vejeces” y desplazarían a los antiguos cosecheros y a los descendientes de los administradores del tabaco. El ferrocarril fue efectivamente un condicionante principal para hacer de Orizaba un enclave conveniente para el florecimiento de la industria. Otro lo fue el agua. Y es que en los años ochenta y noventa, grandes capitales franceses amasados en México en la actividad comercial y otros europeos canalizados a través de sociedades anónimas, fueron invertidos para levantar las ingentes fábricas de la región orizabe, que funcionaron con la energía eléctrica que podía producirse con los caudales del río Orizaba y el Río Blanco.

Años atrás, Tomás Grandisson, el escocés que fuera administrador de la famosa fábrica de Cocolapan, lo había augurado cuando dijo que en tiempos no muy lejanos, Orizaba sería la Manchester mexicana. Parecía que la profecía se estaba cumpliendo: cinco fábricas de textiles de algodón, una fábrica de textiles de yute, grandes cervecerías con producción asociada de hielo, varias fábricas de cigarros y puros, res grandes talleres de barro cocido para materiales de construcción, un aserradero de mármol, carpinterías mecánicas, molinos de maíz y trigo, máquinas para beneficio del café, curtidurías, fundiciones, tenerías, tejerías, panaderías, zapaterías, sastrerías y camiserías, sin dejar de mencionarlos grandes y modernos talleres mecánicos de la estación del Ferrocarril Mexicano. Muchos de estos establecimientos funcionaban con la energía eléctrica que producían los dinamos de las hidroeléctricas de la cascada de Rincón Grande, del Salto de Barrio Nuevo, de la barranca de Ojo de Agua y de Zoquitlán; pero además, eran centros de trabajo que aglutinaban, muchos de ellos, a centenares de obreros, y algunos, como las imponentes Río Blanco y Santa Rosa, a cerca de 2000 cada una.

En poco más de cinco lustros, Orizaba había aumentado su población a más del doble. La ciudad y todo el valle eran un trasiego de gente oriunda y otra que venía de fuera; trabajadores textiles que llegaban de Puebla, Tlaxcala y la Ciudad de México; campesinos de Oaxaca que buscaban acomodo en las industrias. También llegaron operarios extranjeros a las nuevas empresas: ingleses y escoceses al ferrocarril y a la maquinaria textil, franceses a las industrias textiles, alemanes a las cervecerías, estadounidenses a la ingeniería hidroléctrica, sin contar a los españoles ocupados en los giros comerciales tradicionales, y hasta algún sueco que vendía máquinas de coser, muebles y pianos.

La modernidad que iba de la mano de la industrialización se manifestaba en todo. La ciudad se comunicaba con un amplio sistema de tranvías de tracción animal y se iluminaba con focos de arco gracias a contratos celebrados entre el Ayuntamiento y las hidroeléctricas que servían a las fábricas; se construían casas, un nuevo cementerio municipal, un manicomio; se levantaban monumentos y estatuas, se ajardinaban las plazas e instalaban kioscos; se inauguraban elegantes hoteles, se fundaban sociedades científicas, artísticas y academias de música; se abrían escuelas y se hacían reformas educativas, y hasta se creaba uno de los primeros equipos de fútbol de México, el Orizaba A.C.

El progreso orizabe o parecía no enfrentar obstáculos. Pero, como sucedía en todo el país, la bonanza y la renovación escondían por detrás de sus fachadas, malestares provocados por la explotación inmisericorde de la mano de obra trabajadora en las fábricas por la falta de libertades políticas y la mano dura de un gobierno que solo en apariencia era monolítico. La irrupción de una inestable población proletaria, numerosísima y de raíces campesinas apenas disimuladas, incomodaba a la “gente decente” y de refinadas manera urbanas, tenía en vilo a las a “buenas conciencias”, a los espíritus cultos de las familias linajudas de la ciudad. Se habían creado círculos mutualistas, escuelas nocturnas para obreros, bibliotecas populares que fomentaban las celebraciones cívicas del santoral liberal. Las protestas de los trabajadores y la fundación del Club Antirreeleccionista Ignacio de la Llave, con sucursales por todas las villas fabriles del valle, eran un constante motivo de inquietud para la gente de orden. El 5 de mayo de 1910, un gran motín antirreeleccionista fue dispersado por la policía estatal, y el 22 se llevaba cabo una multitudinaria manifestación en la Alameda por la llegada de Madero a Orizaba.

En ese panorama, las fiestas de celebración del primer centenario de la Independencia iban a ser una gran puesta en escena de la prosperidad, la modernidad y las buenas maneras de los orizabeños. El centenario sirvió de pretexto para hacer mejoras urbanas que acicalaban la imagen de la ciudad. En marzo de 1910, por ejemplo, el Ayuntamiento otorgó una autorización a la Comisión de Paseos y giró la instrucción al tesorero municipal y al ingeniero de la ciudad para trasladar el centro de la fuente pública situada frente a la iglesia de los Dolores a una de las fuentes de la Alameda, dejando frente a la citada iglesia un hidrante para servicio del público. También señala facultó para que mandara construir un centro para otra de las fuentes del principal paseo de la ciudad y para que se quitara la columna que se encontraba en el centro del parque Alberto López, remitiéndola al panteón en lo que se le hallaba un lugar más conveniente. Todo, como se decía, para que Orizaba no se quedase atrás y presentara también sus calles y jardines de manera agradable a la vista de los visitantes que la honraren con su presencia el día 16 de septiembre.

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Como era ya una tradición de años, el cabildo nombró a una Junta Patriótica que había de encargarse de organizar las festividades. La lista de los integrantes de la Junta solía estar encabezada por el Jefe Político del Cantón y seguir con el alcalde municipal, los síndicos y regidores del Honorable Ayuntamiento, entre quienes se encontraban siempre nombres conocidos por la prosapia de las antiguas familias de cosecheros del tabaco o propietarios destacados por sus negocios urbanos. Esa Junta de varias decenas de personas, nombraba a su vez a la comisión encargada de detallar el programa de actividades que debían solemnizar el aniversario.

Cien años eran cien años, así que en 1910 los festejos no durarían solamente el 15 y 16 de septiembre como de costumbre, sino que, iniciando el 14, se alargarían hasta el 18.

El programa oficial de las fiestas con que se celebraría en la ciudad de Orizaba el primer centenario de la independencia nacional empezaba así:

MEXICANOS:

Desde las márgenes del Suchiate hasta las orillas del Bravo, del Atlántico al Pacífico y en el poblado más humilde como en la misma ciudad capitalina, no hay lugar en la República donde no se presten los buenos mexicanos a conmemorar, en la medida de sus fuerzas, el centenario del movimiento insurgente con que se inició la magna empresa de nuestra emancipación política.(…)

Si faltan en nuestros festejos los esplendores de la opulencia, en cambio palpitar en ellos el regocijo de nuestro espíritu patriótico, que sabrá dar a tal solemnidad toda la animación que desbordan nuestros corazones en un aniversario de recuerdos tan gloriosos.

Por eso, sin distinción de creencias, partidos, posición y jerarquías, todos, absolutamente todos cuantos llevamos en nuestras venas la candente sangre de Cuauhtémoc, debemos cooperar con nuestro esfuerzo individual a fin de que la conmemoración resulte digna de quienes derramaron su sangre por legarnos nacionalidad.

Con esta inflamación patriótica empezaron los festejos el miércoles 14 de septiembre a las seis de la mañana, izando el pabellón nacional en todos los edificios públicos, y con una salva de 21 cañonazos y repiques de las campanas en todos los templos de la ciudad. A las diez, en la glorieta central de la Alameda, en presencia de las autoridades del Cantón, los miembros de la Junta del Centenario, la Academia Cantonal de Profesores y los invitados, se entregó la bandera nacional a un “Batallón Escolar”, que recorrió las principales calles de la población hasta el parque Castillo, donde se entonó un himno frente a la estatua de Miguel Hidalgo y Costilla. Por la tarde, hubo en la Alameda un concurso infantil de trajes y, al terminar, los niños trajeados, por supuesto hijos de familias acomodadas, repartieron juguetes a los niños pobres que concurrieron al evento. Eso sí, en el parque Castillo todos los niños, ricos y pobres, pudieron participar de un baile organizado para ellos. Después de arriar la bandera a las seis de la tarde, el jolgorio de ese primer día continuó con serenatas en los parques Castillo, Alberto López y Teodoro A. Dehesa, que lucieron magníficamente iluminados hasta las once de la noche.

El jueves 15, se izó de nuevo la bandera a las seis, saludada con los mismos 21 cañonazos y repiques de campanas, pero también con músicas y silbatos de todas las sirenas de fábricas, talleres y locomotoras de Orizaba. El día fue de inauguraciones. A las diez de la mañana, las autoridades civiles y militares, empleados, corporaciones, colegios y vecinos se reunieron en el Palacio Municipal, para dirigirse en caravana al puente Porfirio Díaz, que fue solemnemente inaugurado con música de la banda militar y un aplaudido discurso de don Rafael Escandón, de ilustre apellido. Acto seguido, la comitiva se dirigió a la 1a calle de la Santa Escuela para descubrir las placas en que estaba inscrito el nuevo nombre de las ahora calles de la Independencia y, después, se colocó la primera piedra del que había de ser el puente de la Independencia que unir.a las calles de Montiel con las antiguas de la Santa Escuela. Ahí también hubo un discurso, éste a cargo de Don Cristóbal Granillo, destacado pasante de Jurisprudencia. Enseguida, la comitiva se dirigió a la Alameda, donde fue inaugurado un kiosco construido por el Ayuntamiento, con una serenata de la banda infantil del Hospicio Municipal, formada con el patrocinio del Jefe Político del Cantón. Esa misma banda habría de amenizar después el reparto de 500 trajes a los niños pobres de la ciudad, que harían señoras, señoritas y caballeros designados por el llamado Centro de Dependientes.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 11.40.17En la tarde de ese 15 de septiembre, después de la comida, los habitantes de Orizaba se dirigieron de nuevo a la Alameda para ver cómo arrancaba una cabalgata de distinguidas señoritas y jinetes vestidos a las usanzas mexicana y europea, que recorrió las principales calles de la ciudad con banderas y ramos de flores que fueron depositados al pie del monumento erigido al héroe de Dolores. Siguieron las serenatas populares en el parque Castillo y en el Alberto López, mientras que la crema y nata de la sociedad orizabeña asistía en el Teatro Llave a una velada literario-musical. A las 11 de la noche, llegado el punto más importante de aquellos festejos, en el balcón central del mismo teatro, la primera autoridad política del cantón vitoreó la Independencia y, en ese momento, todos los edificios públicos, los paseos y las avenidas de Orizaba fueron iluminados mientras las campanas de los templos se echaron al vuelo y el aire fue atronado con salvas y cohetes. De tal manera aquella noche se recreó, en la original ceremonia del “grito”, la convocatoria del padre Hidalgo a toque de campana a la heroica gesta de los insurgentes mexicanos.

El día no había acabado. Los elegantes ocupantes de los balcones del Teatro Llave, seguidos por los humildes espectadores de la plaza, se encaminaron hasta el templo de San José de Gracía para inaugurar un moderno reloj colocado en la torre, mediando unas palabras del profesor de Instrucción Pública Miguel Saavedra Guzmán. Y entonces sí, para acabar, todas las agrupaciones sociales de Orizaba recorrieron en “Gran Vítor”, como se había previsto en el programa oficial, las calles de la ciudad, acompañadas por el pueblo y música incesante.

Poco rato de sueño tuvieron los orizabeños para rehacerse de jornada tan intensa, porque al día siguiente, a las nueve de la mañana, volvían a reunirse en la Jefatura Política todas las autoridades locales, empleados, obreros, invitados de las colonias extranjeras y ciudadanos comunes, para recorrer en procesión cívica la ciudad. La columna, en la que también participaban carros alegóricos, recorrió las calles de 5 de Mayo, de Mercaderes, de Teodoro A. Dehesa, de la Corrección, la avenida de la Libertad, la de la Reforma y toda la avenida Colón hasta la Alameda, donde hubo un breve acto con dos números musicales y un discurso de un tal señor Ulloa. En la tarde se llevó a cabo un vistoso combate de flores en la Alameda y la avenida Colón, y en la noche se cerraron los festejos del día con serenatas en todos los parques y un espectáculo pirotécnico en la avenida de la Libertad.

Había concluido la jornada más señalada de la efeméride, pero, como dijimos, las celebraciones habrían de prolongarse dos días más. El sábado 17 se inauguró, en la 2a calle de Aldama, la escuela Miguel Hidalgo para mujeres que la Comisión del Centenario mandó construir como recuerdo material del primer centenario de la Independencia. El acto consistió en una larga sucesión de números musicales a cargo de una orquesta, un barítono y unas señoritas sopranos, intercalando poesía, discurso y declaración oficial. Por la tarde se inauguraron también las bancas colocadas en el paseo del parque Teodoro A. Dehesa, mientras las bandas militar y municipal amenizaban el evento. Por la noche, de vuelta las serenatas de ocho a once y, al terminar, bailes populares en el Teatro Gorostiza y el Salón Verde.

El domingo fue el último día de fiesta. Se inauguró el parque de los Héroes con la alocución, la declaración y la música correspondientes, y en la Escuela Cantonal Ignacio de la Llave hubo una exposición de trabajos manuales. La colonia francesa obsequió un lote de cobertores al hospital. A las dos de la tarde se inició una gran kermesse en la glorieta central de la Alameda a cargo de la cual estuvieron las “principales damas” orizabeñas, que terminó con una batalla de confeti que después debió dar mucho trabajo a los barrenderos de la ciudad. La población obrera de Orizaba también tuvo sus responsabilidades; los trabajadores del Departamento de Fuerza Motriz del Ferrocarril Mexicano, de las fábricas de cigarros La Violeta y El Progreso, de la Empresa de Pulques y los textileros del Yute de Santa Gertrudis, los Cerritos y Cocolapan tuvieron la encomienda de levantar arcos triunfales en las calles 5 de Mayo, San Rafael y las avenidas Libertad y Colón.

Se llegaba al final de las celebraciones. Aquellas jornadas de pompa y regocijo terminarían con un gran desfile, en el que debían participar todas las agrupaciones obreras de Orizaba, las corporaciones, los niños hospicianos que estrenaban uniformes de gala y las colonias extranjeras, portando cada una sus sus estandartes respectivos.

Mucho habían cuidado las autoridades políticas del cantón que la ciudad y sus habitantes se mostraran con la mayor decencia y lucimiento posibles. Al igual que en la ciudad de México, hasta a los indios se les quiso acicalar lo más posible y se conminó a los ayuntamientos a que procurasen, por todos los medios posibles, a lograr que “la raza indígena” supliera su habitual vestido por el pantalón, la blusa, los zapatos y el sombrero charro, y así confirmar el renombre de México como nación culta del mundo.

Durante cinco días, Orizaba fue una ciudad feliz. Los orizabeños parecían todos hermanados al son de un sentimiento patriótico inspirado en el recuerdo de los héroes que nos dieron patria. Pero, como dice la canción, al terminar la fiesta, “el pobre volvió a su pobreza y el rico a su riqueza” y el 5 de octubre, Francisco I. Madero lanzó su plan revolucionario convocando a los mexicanos a levantarse en armas contra el presidente espurio.

 

PARA SABER MÁS:

  • BERNARDO GARCÍA y LAURA ZEVALLOS, Orizaba. Veracruz: imágenes de su historia, México, Gobierno del Estado de Veracruz/Archivo General del Estado, 1989.
  • RAFAEL DELGADO, Los parientes ricos, México, Porrúa, 1993 (Colección de Escritores Mexicanos).
  • EULALIA RIBERA CARBÓ, Herencia colonial y modernidad burguesa en un espacio urbano. El caso de Orizaba en el siglo XIX, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2002.
  • Visita a la ciudad de Orizaba, al Archivo Municipal de Orizaba (esquina de Sur 9 y Oriente 4, Orizaba) y al Museo de Arte del Estado (ex Oratorio de San Felipe Neri, Orizaba).