Archivo de la categoría: Artículos gratis

Dilema

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

Juárez, símbolo de la república contra la intervención francesa (500x365)

Está ahí, en su despacho de Palacio Nacional, sentado en la silla que tanto trabajo le costó alcanzar, se dice que a lo mejor es cierto lo que afirman sus enemigos, y también sus amigos; ya es bastante, lleva 18 años de ser presidente y demasiados de beber de esa pócima que es el poder. Llegó el momento de retirarse. Se pone la mano sobre el corazón, susurra que ha de aceptar la realidad, está viejo y sobre todo enfermo y si no se cuida en cualquier momento la angina de pecho le dará un susto.

Benito piensa que si accede a tal petición requerirá de fuerza, mucha fuerza, pero él supo estar a la altura desde la infancia, ¡si por eso dejó Guelatao decidido a no pastorear a una oveja más! También lo estuvo más tarde: ¡tanto tiempo viviendo a salto de mata para salvar al gobierno liberal, primero de los reaccionarios, después de los franceses y las tropas imperiales! Sí, por supuesto que podría, debería entonces de pensar en alejarse ahora, cuando todos y todo le aconsejan guardarse para la historia. Su vida política ha de terminar dignamente, como la de un patricio, no tiene razón para exponerla en otra revolución, ¡si adivina el designio de don Sebastián, tan impaciente por sucederlo, y no se diga de don Porfirio, es casi tan ambicioso como él lo fue!

3a10509u (368x500)

No es la primera vez que considera el retiro. Lo hizo cuando dudó entre permanecer en Oaxaca, ejerciendo como mero abogado, pero al lado de Margarita, criando junto a los hijos, y no tener que enviarlos a los Estados Unidos para protegerlos del enemigo. Lo hizo también más tarde, mientras peregrinaba por el norte con el ejército enemigo a sus espaldas, cuando pensó en desistir de todo, en alcanzar a la familia y que el país se las arreglara como fuese o se fuera al carajo pero sin arrastrarlos consigo. Lo ha pensado también últimamente: se le antoja hacer un largo viaje, ir a la ciudad de Nueva York de la que ella solía contarle tantas cosas, o siquiera volver a Veracruz, allí donde siempre fue bien recibido.

Pero no quiso entonces, esas ideas le parecieron absurdas, si él hizo lo que tenía que hacer, de él dependía el porvenir de la república y estaba dispuesto a pagar cualquier precio. Y tampoco lo desea ahora; se pregunta además qué haría de su vida si decidiera no reelegirse, si Margarita se fue y los hijos no lo necesitan. Además, retirarse con honores no es lo suyo; si bien puede dejar que otros administren y dispongan, a él le gusta pronunciar la última palabra, complacerse con la sumisión y las reverencias de los otros, sentir que él tiene el poder, que él lo encarna.

Suscríbase a la revista BiCentenario.

“El Mixcoac de mis recuerdos…”

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a tra- vés de los prismas de la niñez.

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Irineo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto.

Es un conjunto de recuerdos que nos permite vi- sualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

Ladrillera en Mixcoac

Ladrillera en Mixcoac

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre, Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquél entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, al poco tiempo murió, mi mamá quedó viuda y en Mixcoac vivían mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante y le dijo: “no, tú ya no te vas”, porque yo tenía un año de nacida. Dijo: “qué vas a hacer con la niña”, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época avenida Cuauhtémoc, ahora se llama Rubens, entonces, rentó esa casa muy grande que tenía huerta, un corral, una alberca, estaba muy bien esa casa. Ahí vivimos muy bien, se casó otra de mis tías, se casó uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, que es también paralela a Rubens. Casi vivíamos en la esquina de Augusto Rodin. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré?, entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando ya es una más grande.

Mi casa era… una casa muy grande, tenía siete ventanas. El zaguán y siete ventanas, entonces, adentro, teníamos un jardín. Primero… ya ve cómo eran los corredores para las puertas de las recámaras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas y el jardín. Atrás del jardín estaba la huerta, una huerta enorme, teníamos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas, teníamos árboles frutales. Después, mi tío como hobbie puso su estadía, puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. Había en la zona varios establos. Había uno muy grande hacia adelante, para avenida Revolución.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

19. Minutos que cambiaron la historia: Pedro Lascurain y la Decena Trágica

Graziella Altamirano / Instituto Mora

Revista BiCentenario # 19

La historia resolverá serenamente sobre mi actitud;
estimo demostrar con ella mi lealtad a quien me
honró con su confianza, y mi amor a mi patria.

Nunca olvidaría aquel 19 de febrero de 1913, cuando fue presidente de México por unos minutos, y tuvo prácticamente en sus manos, no sólo la vida del mandatario que acababa de renunciar, sino el destino del país… y no pudo hacer nada para evitar el desenlace fatal. Poco antes de morir, a sus lúcidos 93 años, accedió a dar su última entrevista a la prensa, pese a que no le gustaba recordar aquellos tiempos, y repitió, como lo hizo siempre, que su único propósito “había sido obtener garantías que pusieran a salvo la vida del señor Madero, el apóstol de la revolución. Fue el malvado engaño, porque muy pocas horas después de serme garantizada la vida del presidente, era asesinado. No quiero añadir más…”

Desde los lejanos días de 1913, Pedro Lascurain vivió el estigma de una dudosa lealtad hacia el presidente Madero y su complicidad con quienes lo traicionaron. Pese a que confió en un veredicto sereno e imparcial de la historia, ha sido un personaje controvertido por el papel que le tocó desempeñar en aquellos sucesos y, por mucho tiempo, objeto de prejuicios recogidos de la imagen histórica que le formaron sus detractores.

A cien años de la Decena Trágica, recordamos ese día en la vida del hombre que ha sido llamado el presidente relámpago por los escasos minutos que, por razón de su cargo, ocupó en la presidencia de la república entre el gobierno democrático de Francisco I. Madero y la dictadura del general Victoriano Huerta.

Lascurain fue uno de los personajes centrales de ese episodio. Pero más allá de los minutos que permaneció en la presidencia, único hecho con el que se le asocia, habría que conocer su desempeño al frente de Relaciones exteriores en el gobierno maderista y examinar el telón de fondo en el que se desarrolló la trama de aquella dramática historia.

Lascurain

Pedro Lascurain fue un conocido abogado y próspero empresario del porfiriato. Perteneció a la generación que presenció la consolidación y el derrumbe del régimen de Díaz y figuró entre los hombres de transición que se comprometieron a colaborar con el primer gobierno de la revolución. Nombrado por Madero como secretario de Relaciones exteriores en abril de 1912, asumió su puesto defendiendo la legalidad, procurando la pacificación del país y figurando como un elemento mediador de los desacuerdos existentes entre los miembros del gabinete. Al frente de la cancillería le tocó resolver los problemas derivados de las delicadas relaciones con el gobierno de Estados Unidos cuando peligraban los grandes intereses estadunidenses por la inestable situación del país, y fue víctima de la política hostil del embajador Henry Lane Wilson, de su animadversión hacia el gobierno mexicano y su personal antipatía contra el presidente Madero.

A lo largo de 1912 y hasta febrero de 1913, Estados Unidos llevó a cabo una sinuosa y contradictoria política hacia México, que osciló entre amenazas de intervención y declaraciones amistosas, junto con el envío de agresivas notas que exigían la protección de los ciudadanos estadunidenses residentes en nuestro país y de sus propiedades. El canciller respondió en tono firme y categórico, rechazando los cargos contra el gobierno mexicano.

Desde la cancillería, Lascurain fue testigo de las dificultades internas del gobierno maderista, de las conspiraciones y levantamientos armados que surgieron en su contra. Fue partícipe de la crisis política ocasionada, en gran parte, por los errores del mandatario y sus colaboradores; fue blanco de las críticas de una implacable prensa de oposición que contribuyó decididamente al desprestigio del gobierno y sería uno de los actores principales en el fatal desenlace de la Decena Trágica, con el cambio de poderes y la caída del régimen.

El escenario del crimen
La mañana del 9 de febrero de 1913, el zócalo de la ciudad de México amaneció envuelto en un espeso humo de pólvora del nutrido tiroteo desatado entre miembros del ejército federal y un grupo de militares insurrectos que disparaban desde las azoteas del palacio nacional, los portales y las torres de la catedral. Esa madrugada, según el plan concebido por los conspiradores, los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz, encarcelados en distintas prisiones de la capital por haberse sublevado contra el gobierno, fueron liberados por el general Manuel Mondragón y sus seguidores para atacar juntos el palacio. Reyes murió en el acto y los rebeldes al mando de Félix Díaz se retiraron para atrincherarse en el edificio de la Ciudadela, que era cuartel y almacén de armas. Después del fallido ataque, el zócalo quedó sembrado de cadáveres y escombros. Había comenzado la Decena Trágica.

El presidente Madero escoltado desde el castillo de Chapultepec por cadetes del Colegio Militar se dirigió al palacio y en vista de que el comandante de la plaza había resultado herido en el ataque, nombró en su lugar al general Victoriano Huerta, quien quedó como jefe de las operaciones contra los rebeldes de la Ciudadela. El presidente nunca se imaginó que al otorgar ese nombramiento empezaba a escribir su sentencia de muerte, ya que a los pocos días Huerta se sumaría a la traición.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 14.21.43

Siguieron días de zozobra y terror. La ciudad se paralizó, las calles se transformaron en campo de batalla y sus habitantes presenciaron atónitos la destrucción y muerte ocasionada por el bombardeo indiscriminado que se desató en las avenidas más céntricas.

Desde la cancillería, Lascurain recibió las quejas y reclamos de los diplomáticos que, alarmados por la situación, exigieron las seguridades necesarias para la protección de sus connacionales y, encabezados por el embajador estadunidense, pidieron la renuncia del presidente Madero como única solución para evitar la intervención armada. Esto provocó la alarma y ocasionó desacuerdos y divisiones entre los integrantes del gobierno.

La amenaza de intervención propagada por Henry Lane Wilson terminó por enredar a Lascurain en el imbricado tejido de las intrigas del embajador y la presión que éste ejerció para lograr la renuncia del presidente influyó en la conducta del canciller, quien llegó a sentirse indirectamente responsable del peligro que amenazaba a México, los mexicanos y el propio presidente. Según declaró el ministro cubano Manuel Márquez Sterling, a Lascurain le tocó desempeñar el papel más difícil en aquellos trances, obligado a entenderse con un cuerpo diplomático en su mayor parte hostil y, sobre todo, con el embajador Wilson “que tramaba, y hacía cuestión de amor propio, la ruina del gobierno”.

Los problemas de Madero no sólo venían del exterior, internamente su gobierno se tambaleaba. Los días pasaban y la situación se complicaba. Los rebeldes permanecían en la Ciudadela, los tiroteos continuaban en las principales calles, y Huerta, pese a sus promesas, no definía la estrategia que lo llevara a hacer un ataque formal, hecho que empezó a revelar su complicidad con los traidores y su entendimiento con el embajador Wilson. Finalmente, el 18 de febrero se desenmascaró y descubrió su traición dando el golpe final al gobierno maderista, al mandar aprehender y encerrar al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez en la intendencia de palacio nacional. Esa misma noche, se reunía en la embajada de Estados Unidos con el general Félix Díaz, a invitación del mismo Wilson, para firmar el pacto que desconocía al poder ejecutivo y determinaba que antes de 72 horas él asumiría la presidencia provisional de la república con un nuevo gabinete. Era el principio del fin.

Las vicisitudes de un día difícil
El día 19, muy temprano en la mañana, Huerta envió a un comisionado a la intendencia de Palacio para conminar a los prisioneros a presentar sus renuncias y, con ello, garantizar sus vidas, de lo contrario, quedarían expuestos a todas las consecuencias. Ante la crítica situación, Madero y Pino Suárez resolvieron dimitir de sus cargos, pero con ciertas condiciones que debían ser aceptadas en una carta firmada por el general Huerta.

Lascurain llegó poco después llevando un mensaje confidencial de los padres y la esposa del presidente aconsejándole renunciar y encontró la noticia de que ya había resuelto hacerlo. Fue en tonces que el presidente lo comisionó para tramitar personalmente todos los asuntos relacionados con su dimisión y salida del país. Conforme a su costumbre, Madero consignó por escrito, de su puño y letra, en el reverso de una de sus tarjetas personales, las palabras con las instrucciones de lo que debía hacer Lascurain. Indicaba que los oficiales y jefes de su Estado Mayor así como el general Felipe Ángeles fueran puestos en libertad, igual que su hermano Gustavo y el intendente Adolfo Bassó (Gustavo ya había sido asesinado por órdenes de Huerta y el presidente aún no lo sabía). Señalaba que preparara todo para que esa noche saliera un tren especial a Veracruz, en el que pudieran viajar él, su hermano Gustavo, Ángeles y Pino Suárez, con sus respectivas familias. Que se ordenara al pagador que fueran entregados sus sueldos a él y a Pino Suárez y que se elaborara una carta en la que Huerta ofrecería conservar el orden constitucional en los estados, no perseguir a los amigos de Madero y proporcionar toda clase de seguridades en su viaje a Veracruz.

Lascurain trabajó toda la mañana de ese día para cumplir las disposiciones del presidente. Arregló que el general Ángeles fuera trasladado a la intendencia de Palacio con Madero, para ser jefe de su escolta en el viaje a Veracruz. Logró el compromiso de que algunos ministros extranjeros acompañaran al presidente y al vicepresidente y que fuera colocado un tren especial en la estación de Buenavista, donde serían llevadas sus familias.

Al mediodía, regresó a Palacio, acompañado de Ernesto Madero, tío del presidente, para informarle sobre todas sus gestiones. En ese momento, Madero redactó de su puño y letra varios borradores de su renuncia, misma que fue pasada en limpio en un solo pliego, en nombre suyo y del vicepresidente y firmado por ambos. Los hechos posteriores demostrarían que estaban firmando su sentencia de muerte:

En vista de los acontecimientos que se han desarrollado de ayer acá en la nación y para mayor tranquilidad de ella, hacemos formal renuncia de nuestros cargos de presidente y vicepresidente respectivamente, para los que fuimos elegidos. Protestamos lo necesario. México 19 de febrero de 1913.

Caricatura de Madero, Pino Suárez y Huerta

Caricatura de Madero, Pino Suárez y Huerta

La tarde de ese día, Lascurain, Madero y Jaime Gurza, secretario de Comunicaciones, se ocuparon de arreglar los detalles del viaje a Veracruz. Fueron varias veces a ver a Huerta, llevando y trayendo proposiciones para preparar la partida. Gestionaron juntos las garantías de seguridad para los ministros que acompañarían a los ex mandatarios, así como a sus respectivas familias. En varias ocasiones, Lascurain preguntó a Huerta la hora de la partida del tren, y el general le contestó indistintamente “que le tuviera confianza, que los militares nunca decían la hora de la salida y que convenía guardar el secreto para que no trataran de matar a Madero en el camino”. Llegó a decirle que “cuando llevó al general Díaz a Veracruz rumbo al exilio, sólo don Porfirio y él sabían la hora de la partida”.

Las horas pasaban, algunas gestiones se concretaban, pero pese a la insistencia de Lascurain, no aparecía por ninguna parte la carta prometida con las garantías estipuladas. En uno de los momentos en que se encontraban hablando Lascurain y Gurza con Huerta, se presentó una comisión de diputados anunciando que la Cámara esperaba impacientemente la presentación de la renuncia, cuya tardanza podía traer mayores dificultades políticas. Huerta se dirigió a Lascurain urgiendo la necesidad de que Madero enviara su renuncia a la Cámara, asegurando, de nuevo, que tanto el presidente como el vicepresidente y sus acompañantes no tendrían ningún obstáculo para llegar a Veracruz.

Lascurain y Gurza regresaron con Madero, quien informado de lo anterior, autorizó, sin saber que la carta de garantías aún no existía, que la renuncia fuera llevada a la Cámara por Lascurain, creyendo que éste la conservaría hasta que hubiera salido el tren. Poco después, algunos ministros extranjeros llegaron a la intendencia a manifestar su apoyo a los prisioneros y el presidente aceptó la oferta del cubano Márquez Sterling, de acompañarlo hasta la estación de ferrocarril para partir a Veracruz y embarcarse en el crucero Cuba.

El golpe final
Mientras tanto, Lascurain se dirigió a la Cámara en donde los diputados reunidos en sesión extraordinaria lo instaron a entregar las renuncias. La admisión de la renuncia de Madero se aprobó por 119 votos contra ocho. La de Pino Suárez por 123 contra cuatro. Inmediatamente después se suspendió la sesión de la Cámara de Diputados e inició la sesión extraordinaria del XXVI Congreso general, con el objeto de recibir la protesta constitucional del ciudadano licenciado Pedro Lascurain, a quien por ser secretario de Relaciones exteriores, le correspondía por ley. Acto seguido, éste llegó al salón acompañado por una comisión de diputados y protestó como presidente interino. El acta fue aprobada sin discusión y después se recibió el oficio en el que el presidente recién nombrado, en ejercicio de la facultad que le concedía la Constitución, nombraba a Huerta secretario de Gobernación. Esto no había terminado de ser aprobado por la cámara cuando se recibió el oficio que contenía la renuncia de Lascurain.

Según la crónica de los debates de aquella sesión parlamentaria, habían transcurrido tan solo 45 minutos, tiempo suficiente para revestir de legalidad el trámite impuesto por Huerta, quien con el respaldo del ejército, el apoyo extranjero y el temor de los que tomaron parte en aquel acto oficial consiguió cristalizar sus planes. La de Lascurain sería la presidencia más breve, malograda y controvertida de la historia. En su renuncia escribió que los acontecimientos lo habían colocado en el caso de facilitar los medios para que dentro de la ley se pudiera resolver una situación que de otro modo acabaría con la existencia nacional y apelaba al juicio sereno de la historia tras reconocer que había aceptado con toda conciencia ese papel, ya que de rehusarse hubiera cooperado a futuras desgracias. Sin embargo, Huerta ocupaba ya la presidencia de la república y Madero continuaba prisionero, dependiendo su libertad sólo de promesas.

Caricatura de Manuel Márquez Sterling

Caricatura de Manuel Márquez Sterling

Márquez Sterling, quien se encontraba en la intendencia con los prisioneros, escribió, años más tarde, que cuando Lascurain salió con la renuncia, Madero preguntó por la carta de Huerta. Su tío Ernesto, que estaba con ellos y a quien también se le había encomendado conseguir la carta, le informó que aún no estaba firmada. Madero se dio cuenta de que estaba perdido, que había mantenido falsas expectativas con respecto a las garantías de Huerta y ordenó que se tratara de impedir que su renuncia llegara a la Cámara, lo que no se consiguió, pues Lascurain ya la había entregado. Aun cuando giró nuevas instrucciones para que sus enviados regresaran y dijeran a Lascurain que no renunciara a la presidencia interina hasta que él se hubiera embarcado en Veracruz, esa orden también llegó demasiado tarde. Todo había terminado. Los ex mandatarios sin sus investiduras no serían respetados, Madero sabía que Huerta no cumpliría con su palabra y Lascurain, quien al fin de cuentas quedó envuelto en la estrategia de los golpistas, había terminado, sin quererlo, colaborando con ellos en el último acto de la caída del gobierno maderista.

La tan esperada carta quedó convertida en promesas. Aún al salir de la cámara, Huerta pidió repetidas veces a Lascurain que le tuviera confianza, que ya le avisaría con su ayudante la hora de salida del tren… nunca lo hizo. En la intendencia de Palacio, Madero, Pino Suárez, Ángeles y Márquez Sterling se quedaron esperando la orden de salida. A media noche, Madero estaba convencido de que el tren no saldría a ninguna hora; en tanto, en la estación, envueltos en la mayor zozobra, parientes y amigos aguardaron vanamente hasta las 2 am, cuando les notificaron que la partida se había cancelado. Era un mal presagio.

Lascurain regresó de la estación en medio del mayor desaliento y escribió una carta que dejaba ver su desesperación, la cual al parecer dirigió al gobierno de Estados Unidos, solicitando su intervención a favor de los prisioneros. No sabemos si la carta llegó a su destino, el borrador lo conservó Lascurain. Decía:

Durante los trágicos acontecimientos que acaban de desarrollarse en mi país, me tocó el papel de mediador. Para evitar mayor efusión de sangre, logré renunciaran el señor presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez, mediante la condición de que inmediatamente se les trasladaría con sus amigos a un buque en el puerto de Veracruz […] No se ha cumplido con esto y yo que intervine con la mayor buena fe del mundo, paso ahora ante el señor Madero a quien tanto estimo, como un desleal que lo engañó […] Creyendo en la buena fe de Huerta que me hizo reiteradas promesas, presenté la renuncia creyéndome que los llevarían al tren que ya estaba esperándolos. Ahora, temen por sus vidas y no pueden ya fiarse en las promesas que se les hagan […] En vista de la dificilísima situación en que me encuentro de aparecer como que entregué a mis buenos amigos, imploro su ayuda para que se dirija por esta vía a Huerta recomendándole que cumpla su promesa […] Confío en los sentimientos humanitarios de su excelencia.

El secretario de Estado de Estados Unidos escribió al embajador Wilson que su gobierno esperaba saber que el expresidente había sido tratado en forma compatible con la paz y la humanidad y Wilson le contestó el día 20, diciendo que Huerta había asegurado que tomaría las precauciones necesarias para que Madero fuera tratado de acuerdo a principios humanitarios. Es sabido que Wilson no hizo nada por interceder en el asunto.

Los días siguientes, Lascurain trató por todos los medios que las vidas de Madero y Pino Suárez fueran respetadas. Quiso hablar con Huerta y no fue recibido, acudió a ministros extranjeros y miembros del gabinete del nuevo gobierno, pero fue inútil. Finalmente, reconoció que había sido una pieza clave en los planes del usurpador y sus buenas intenciones no fueron suficientes para resolver un asunto de tal envergadura. Tiempo después declaraba “inútil describir mi desengaño, mi tristeza y mi cólera por haber sido engañado vilmente”. Madero y Pino Suárez fueron asesina dos el 22 de febrero.

Lascurain se retiró a la vida privada. Retomó su bufete de abogado, sus cátedras en la recién fundada Escuela Libre de Derecho y su participación en la junta directiva del Colegio de las Vizcaínas. Tras la caída de Huerta y el triunfo del constitucionalismo, algunos carrancistas lo culparon de la muerte de Madero. Vivió exiliado en Nueva York con su numerosa familia de agosto de 1914 a septiembre de 1919 y, de regreso a México, volvió a sus antiguas actividades y negocios. Presidió la Barra de Abogados, fue miembro honorario de la Academia de Jurisprudencia y Legislación de Madrid y recibió del gobierno de Cuba la Orden del Mérito Carlos Manuel Céspedes en el grado de Gran Oficial, presea que en 1930 le entregó personalmente Márquez Sterling, de nuevo embajador en México.

Los años siguientes siguió declarando y respondiendo a las imputaciones que se le hacían de vez en cuando sobre los sucesos del 19 de febrero de 1913. El vínculo con el pasado que tanto le afectó nunca se rompió y conservó sus viejos papeles en espera de un veredicto posterior por su participación en aquel proceso.

La Revista Mexicana de San Antonio, Texas, publicó el 2 de noviembre de 1916 la “Calavera de Pedro Lascurain”:

Caricatura de M. Márquez Sterling

Ante esta tumba detente
Andante, inclina la frente
Y a un “grande” rinde culto,
Aquí yace un presidente
Que duró medio minuto.

PARA SABER MÁS:
Graziella Altamirano, Pedro Lascurain. Un hombre en la encrucijada de la Revolución, México, Instituto Mora, 2004.
“Diario de la Decena Trágica escrito por Kumaichi Horigoutchi, encargado de Negocios del Japón en México”, BiCentenario. El ayer y hoy en México, Instituto Mora, núm. 4, abril-junio, 2009, México, pp. 60-73 o http://revistabicentenario.com.mx/?s=embajador+japones&x=0&y=0
Manuel Márquez Sterling, Los últimos días del presidente Madero, 1917 en http://archive.org/stream/abe2976.0001.001.umich.edu#page/3/mode/2up
* Pedro Lascurain. El presidente relámpago, Palmera Films-Euskal Telebizta, 2000, VHS.

El sonado caso del ministro Joannini. Suicidio, política y juego en la ciudad de México, 1879-1882

Fausta Gantús  /  Instituto Mora

Revista BiCentenario # 18

Escena inicial
El sonido de un balazo atravesó el aire. Eran las diez y media de la mañana del 20 de marzo de 1882. El cuerpo de Luis Joannini Ceva, conde de San Miguel, ministro plenipotenciario de Italia en México, yacía tendido en el piso de su estudio en medio de una gran mancha de sangre que fluía desde el orificio abierto en la sien derecha provocado por una bala que acababa de dispararse con la pistola que un poco antes compró en una armería de la ciudad.

Suicidio

Édoudard Manet, “El suicidio” (1877)

Arribo, presentación y éxito social
El baile de máscaras había sido un éxito rotundo. El ministro italiano y su esposa realmente se esmeraron en hacer de esa la recepción más elegante e importante del año, tanto así que el esplendor de la fiesta alumbraría aún por mucho tiempo a la sociedad mexicana y varios años más tarde seguiría siendo recordada en los anales de la prensa, como en los “Ecos dominicales”, de La Patria Ilustrada, en su edición del 15 de febrero de 1886.

Aunque lo cierto es que en su momento el baile de fantasía no había dejado satisfechos a todos por igual, y había quien, como en el caso de Juvenal, sobrenombre de Enrique Chavárri, el famoso escritor de El Monitor Republicano, opinaba en su sección del 22 de agosto de 1880 que el evento no satisfizo las expectativas que había generado. Aseguraba que no fue tan fastuoso como se esperaba, que el hecho de la proximidad de otro acontecimiento parecido ocasionó que los trajes no fueran tan notables aunque, él mismo aclaraba, sí fueron de buen gusto y “dignos de mencionarse”. Otros, en cambio, consideraron que fue una fiesta concurrida, llena de buen gusto y elegancia y dejó “gratísimos recuerdos y el deseo de que se repitiera”, como anotaban los redactores de El Siglo Diecinueve unos días antes, el 16 de agosto. Lo cierto es que esa noche, la del sábado 14 de agosto, los anfitriones se esmeraron en atender a sus invitados, entre quienes se hallaba lo más granado del mundo de la política, así como lo mejor de la sociedad capitalina.

Ignacio Mariscal

Ignacio Mariscal

Al terminar la celebración el conde debió estar muy contento. La ciudad de México era una promesa de futuros éxitos, como el de la noche que recién concluía. Es probable que entonces recordara el banquete diplomático celebrado en Palacio Nacional unos meses atrás, en enero de ese mismo año de 1880, con el cual habían sido obsequiados por las autoridades mexicanas los cónsules de Bélgica, Guatemala y él mismo en su carácter de ministro plenipotenciario del reino de Italia, y en el que conviviera con muchos de sus pares, como los de Estados Unidos, Alemania, España y Bélgica, entre varios otros. Por supuesto, ahí departió también con los secretarios de estado, Eduardo Pankhurst, de Gobernación, Ignacio Mariscal, de Relaciones, y Carlos Pacheco, de Guerra; estaban también Ignacio Vallarta, presidente de la Suprema Corte de Justicia, así como algunos gobernadores, entre ellos el del Distrito Federal, Luis Curiel. Casi todos los periódicos dieron cuenta de la recepción diplomática, durante el mes de enero, en los días posteriores al evento.

Desde su llegada a México el conde Joannini tuvo una apretada agenda que incluía la asistencia a diversos eventos sociales, entre ellos el banquete que la colonia italiana preparó en su honor los primeros días del año de 1880 o su participación en el programa organizado por la Sociedad

Allard, al que se integró en la presentación pública mostrando sus dotes artísticas al piano; con los miembros de esa misma sociedad también se ocupó de ofrecer varios conciertos en su propio domicilio. Sus aptitudes musicales pronto hicieron que fuera considerado como “un consumado diletantte”, que se le apreciara como “un músico de primer orden” y fuera tenido por un notable crítico musical; además de que se distinguía también por sus cualidades como conversador. Al parecer Joannini era bien apreciado entre sus colegas del mundo de la política tanto como por varios periodistas, como Filomeno Mata, el famoso director de El Diario del Hogar, quienes le tenían cordiales deferencias.

El desenlace: un suicidio

“Adiós María, adiós hijos míos, perdonadme y olvidadme” fueron las últimas palabras que el destituido ministro escribió en su nota suicida para despedirse de su familia. Tras conocerse la funesta noticia, estuvieron al lado de la condesa las señoras de Mariscal, cónyuge del ministro de Relaciones, y de Morgan, esposa esta última del embajador de Estados Unidos, Philip H. Morgan, prestándole consuelo y apoyo. “El cortejo fúnebre fue imponente”, relataba un diario, en tanto otro señalaba la generosidad de las autoridades mexicanas que habían asumido los gatos de la inhumación. Asistieron al velorio importantes funcionarios del gobierno mexicano, como Ignacio Mariscal, de las delegaciones extranjeras y un nutrido contingente de miembros de la colonia italiana quienes se volcaron a ofrecerle el último adiós al infortunado conde.

J. G. Posada, "Corrido de la muerte de Manuel González", detalle (1893)

J. G. Posada, “Corrido de la muerte de Manuel González”, detalle (1893)

Por aquellos días en los que la atención estaba puesta en el suicidio de Joannini algunos periódicos registraron en una pequeña nota de gacetilla, de apenas tres líneas, el suicidio de un gendarme que se dio muerte en el callejón de Camarones ignorándose los detalles del caso, como lo hizo El Nacional el 21 marzo. A diferencia de la muerte del conde, la del gendarme no causó conmoción ni ocupó las primeras páginas de diario alguno. Evidentemente ocurría así porque el tema del suicidio no era una novedad y el gendarme un simple desconocido.

El suicidio era un asunto que preocupaba desde hacía mucho y las noticias locales y muchas internacionales daban cuenta de ello. Por ejemplo, entre marzo de 1879 y marzo de 1882 un solo periódico de la capital informó de al menos 18 casos, uno de un comerciante extranjero. Constantemente la prensa consignaba noticias sobre muertos encontrados en la capital y en otros estados de la República, ultimados a tiro de pistola, por consumo de venenos (como la estricnina), a puñaladas, arrojándose a las acequias, tirándose al vacío desde la ventana de un hotel o desde alguna de las torres de la catedral, echándose a las vías del tren; algunos se consumaban con éxito, otros resultaban fallidos; quienes lo acometían eran los mismo de origen nacional que extranjeros que residían en el país o estaban de paso por alguna circunstancia.

Respecto al nivel socio-económico, según notas de los diarios provenían de los estratos más diversos, desde gente de los sectores populares (como sirvientes, obreros o soldados) hasta miembros de familias distinguidas o importantes integrantes del mundo de la política. Las motivaciones para quitarse la vida eran muchas, se suicidaban por culpa de la pobreza, de la deshonra, de la miseria, de los celos, del abandono, de los amores no correspondidos, por malversación de fondos, por enajenación mental y hasta por causa de la leva. Si los suicidas acometen el acto fatal por un egoísmo extremo o por una cobardía insuperable, resulta difícil, casi imposible de determinar. Pero sus deudos han de cargar con el pesar de la incertidumbre por el resto de sus vidas, eso es un hecho sobre el que se tiene mayor certeza.

El tema de los suicidios era una preocupación que había empezado a cobrar relevancia un par de décadas atrás, en la década de 1860. Muchos intelectuales, científicos y políticos se ocupaban del asunto en diversos escritos en los que se trataba de explicar, entender y detener la proliferación de esa práctica, asociada con el ámbito citadino y considerada por algunos una consecuencia negativa de la modernidad. La ley no estuvo ajena a las disertaciones, emisión de disposiciones, e intento de regularlo, aunque el suicidio había perdido su carácter delictivo en el Código Penal del Distrito Federal de 1871 y en términos legales sólo era considerado ya como una ofensa para el propio suicida.

También los periódicos se sumaron al esfuerzo de exponer las razones que podían provocar los actos suicidas y llamaban reiteradamente a la necesidad de ponerles freno mediante diversas estrategias, incluida la propuesta de suprimir publicidad a tales actos dejando para ello de consignarlos en sus páginas, lo que, sin embargo, no sucedió. El Tiempo, un periódico independiente en su posición política pero francamente católico en lo religioso, apuntaba en julio de 1877 que “el suicidio es una muerte furtiva y vergonzosa, es un robo que se hace al género humano”. Por su parte, en el contexto del suicidio de Joannini, los redactores de El Diario del Hogar, reconocidos liberales, anotaban el 26 de marzo: “El misterio pavoroso del suicidio preocupa hondamente y sea que se compadezca o se acrimine al suicida, el corazón se conmueve siempre al dar su fallo […] el suicida es digno de lástima porque para nosotros obra siempre en virtud de un arrebato de demencia”. Estas notas ilustran de manera notable dos de las posiciones más importantes que imperaban en la época, pues si bien ambas consideraban al suicidio un acto terrible, unos optaban por el franco repudio y la condena por cuestiones morales en tanto los otros, más en la sintonía del discurso científico, intentaban comprender las motivaciones que conducían a un hombre a optar por esa acción radical.

Rumores

Las malas lenguas murmuraban que ante la deshonra que amenazaba con hacer presa de su casa y su apellido, Joannini no tuvo más opción que la de poner fin a sus días. Las voces maledicentes decían por lo bajo que el juego había sido su perdición. Personas menos malevolentes solo apuntaban que su suicidio se debía al “desastre financiero privado”. Algunas que lo apreciaban poco se encargaron de hacer saber que la verdadera razón era que había sido destituido de su cargo por el gobierno italiano y sintiéndose afrentado por tal decisión había apretado el gatillo. Pocos, los más benevolentes, dirían que se había matado presa de la más profunda tristeza porque no fue capaz de superar la muerte del más pequeño de sus hijos, ocurrida meses atrás. Otros más intentaron negar el suceso y para ello lanzaron la hipótesis de que lo ocurrido había sido en realidad un triste y trágico accidente sucedido mientras el conde examinaba su arma.

Por su parte, en un primer momento, el gobierno y parte de la prensa italiana se darían a la tarea de desmentir tales versiones y fortalecer la idea de que la desgracia fue consecuencia de su falta de planeación económica. Sin embargo, un par de meses más adelante, en Roma circularía un extenso artículo, mismo que sería traducido y reproducido en México en junio por El Siglo Diecinueve, en el que se señalaba que “El conde Joannini no era rico, pero sus costumbres fueron siempre algo dispendiosas. Aquellas costumbres al fin y al cabo lo condujeron a la catástrofe deplorabilísima [sic] que se efectuó en México”. En esas páginas también se reconocía que el gobierno italiano puso en receso al conde sin haberlo prevenido y se admitía que “el gobierno habría debido llamarlo primeramente, y después tomar las providencias que hubiese creído más conformes con sus propios intereses, sin demasiado perjuicio para Joannini”. Según este relato, al ministro se le anunció sorpresivamente la decisión del rey de retirarlo de su encargo “con una pensión proporcional a su sueldo de 5,500 libras”. Sin embargo, ningún periódico explicaba por qué el conde había sido de pronto notificado de su destitución, cuáles eran los verdaderos motivos que llevaron al gobierno italiano a tomar la decisión y a proceder de manera poco ortodoxa, nadie se preguntó ni aclaró si había alguna razón de orden político que hubiera afectado las relaciones entre ambos países o si el ministro había cometido algún error táctico en el desempeño de sus funciones. ¿Por qué había sido destituido Joannini, un hombre de tan sólo 47 años de edad de los cuales 26 los había dedicado a servir a su país en la carrera diplomática?

La versión de la destitución se reprodujo en varios periódicos y era evidente que para el conde esa noticia implicaba una humillación y la deshonra. Algunos afirmaban que tras abrir la carta con los sellos del ministerio de Negocios Extranjeros del gobierno de Italia y enterarse de que había sido retirado del cargo y un nuevo ministro había sido designado para sustituirle fue presa de la desesperación y no pudiendo lidiar con tal estigma adquirió un arma, escribió un par de líneas para su esposa y sus hijos y se pegó un tiro.

¿Y el asunto del juego?

Pocos, casi ninguno de los periódicos mencionaron o aludieron al escabroso tema del juego y el papel central que pudo haber tenido en la muerte de Joannini. Sólo El Correo del Lunes, un impreso cuyo director, Adolfo Carrillo, no era muy bien visto por cierto sector de la propia prensa, pues se asumía que tenía vínculos con el gobernador del Distrito, por entonces Ramón Fernández, a cuyos intereses servía desde las páginas de su publicación, dio cuenta de una carta firmada sólo con las iniciales F.P.T., en la que se denunciaban las posibles “causas que motivaron el lamentable suicidio del Ministro de Italia en México”.

Paul Cezanne, "Jugadores de Cartas" (1893)

Paul Cezanne, “Jugadores de Cartas” (1893)

En efecto, el 27 de marzo de 1882, El Correo del Lunes reprodujo la historia que narraba una persona que declaraba haber trabajado como tallador en una casa de juego, cuyos datos precisos omitía, y de donde había sido despedido apenas unos días atrás sin que conociera los motivos, aunque, sospechaba que el mismo estaba relacionado con la trágica muerte de ministro italiano.

El anónimo autor refería como el embajador era un asiduo visitante de ese lugar, al que acudía varias veces por semana, ganando unas veces y perdiendo otras; daba cuenta de que Joannini había dejado de asistir por espacio de un mes pero que en los días próximos al trágico suceso había regresado y la noche del viernes anterior a su suicidio “jugó desde las siete hasta las doce de la noche, perdiendo, según yo observé, tres mil pesos”. Pidió un crédito de mil pesos a la casa, que después de concedido también perdió con “lama baraja”, lo que significaba que había sido víctima de las “fullerías y pilladas”, de las trampas con la que en esos sitios se esquilmaba a los clientes. Asimismo, apuntaba que el ministro se retiró del lugar comprometiéndose a pagar su deuda el domingo siguiente. Para recoger los mil pesos, los dueños del lugar comisionaron al denunciante, quien pasó al domicilio del conde, puntualmente. Habiéndose presentado, narraba que el diplomático lo recibió “muy agitado y estru[jando] en aquellos momentos una carta”, pero que le entregó la suma acordada expresándole: “Diga vd. al Sr. *** que esto es lo único que me queda. Me agrada saldar mis cuentas y no quiero que en México se murmure contra mí”.

Cierta o falsa la versión que el periódico reproducía, tocaba un tema por demás álgido y conflictivo en la historia del gobierno del Distrito Federal: el relativo a la existencia de casas de juego que funcionaban en la clandestinidad bajo el amparo solapado de las autoridades. Los reclamos, las críticas, las exigencias de buena parte de la prensa a quienes detentaban los mandos en el municipio de México, en el gobierno del Distrito Federal, en el ministerio de Justicia y, en ocasiones, al mismo presidente para que pusieran freno a su existencia fueron una constante que venía de varios años atrás, continuaron en la administración de Manuel González y siguieron durante buena parte del periodo porfiriano sin obtener resultados favorables. Las denuncias sobre lo pernicioso que resultaban esos centros de vicio para la sociedad capitalina, los casos expuestos por los impresos en los que se daba cuenta de cómo el juego arruinaba a las personas y destruía a las familias llenaron incontables páginas. Sin embargo, al parecer, en opinión de los representantes de la prensa, poco se hizo desde las altas esferas del poder para ponerle freno, al contrario épocas hubo en las que proliferaron descaradamente pues del contubernio entre los propietarios y las autoridades sacaban provecho y se enriquecían unos y otros.

Epílogo

La política, el juego y el suicidio se entretejen en la historia del breve paso y trágica muerte del ministro plenipotenciario de Italia en México, que inició en diciembre de 1879 cuando presentó sus credenciales al presidente de la República y concluyó el 20 de marzo de 1882 cuando con una detonación de pistola puso fin a su existencia. Las leyes y disposiciones oficiales que a lo largo de todo el siglo XIX reiteradamente prohibían la existencia de casas de juegos de azar no fueron suficientes para evitar la presencia de varias que operaban en la clandestinidad. El supuesto contubernio de las autoridades políticas con los propietarios de esos centros fue una denuncia reiterada por la prensa aunque no comprobada. Lo que es cierto, al parecer, es que esos negocios operaron de manera habitual sin que nadie los clausurara.

Alexandre Benois, "En la casa de juego" (1910)

Alexandre Benois, “En la casa de juego” (1910)

El caso Joannini pone de manifiesto las consecuencias más dramáticas a las que el vicio del juego podía arrastrar a sus víctimas y muestra también que pobres y ricos, artesanos y ministros, plebeyos y aristócratas podían, por igual, caer en la trampa que constituían las apuestas y recurrir al suicidio como vía de escape. Si Joannini corrompió su desempeño oficial por causa de su inclinación al juego no es algo de lo que se tenga noticia pero alguna sospecha despierta el hecho de que El Foro diera cuenta, tan sólo un mes después del triste suceso, de que había llegado a la aduana un paquete solicitado por el ministro de Italia, que por su contenido importaba el pago de más de seis mil pesos de aranceles, siendo que una vez instalado un embajador la ley sólo le permitía importar un máximo de tres mil pesos. En atención a la viuda, el presidente Manuel González, aprobando la opinión de Ignacio Mariscal y de Jesús Fuentes Muñiz, concedió que le fuera entregado el mismo sin cobrársele los impuestos correspondientes. Sin embargo, la señora Joannini, agradecida, rechazó la dispensa alegando que “los efectos no habían sido pedidos por su esposo” y que no podía aceptar las mercancías para no “comprometer” la memoria de su difunto marido y devolvió los bultos sin abrirlos.

¿Qué contenían esos paquetes? Imposible saberlo. ¿Los había solicitado el ministro a pesar de negarlo su viuda? Todo parece indicar que sólo él pudo hacerlo. ¿Para qué fin? Si bien no podemos afirmarlo con certeza porque no contamos con fuentes para ello, si podemos suponer que el conde, orillado por su crítica situación económica provocada por las pérdidas en el juego, probablemente se había enredado en acciones fraudulentas aprovechándose de su cargo diplomático y que, descubierto por las autoridades italianas, procedieron a retirarle su autoridad antes de que sus acciones empañaran la reputación del gobierno que representaba.

Finalmente, si bien el suyo no es el único caso de figuras sobresalientes del espacio público que optaron por matarse, pues ahí está antes el conocido caso del poeta romántico Manuel Acuña, sin embargo la muerte de Joannini constituye una interesante pista para tratar de entender los razones que podían conducir a un individuo a optar por el suicidio, así como observar las variadas posiciones desatadas en su entorno como reacción a tal acto, mismas que iban desde el rechazo y el repudio hasta las actitudes comprensivas y solidarias. Ante la amenaza de la deshonra y el deshonor, imposibilitado para reparar sus equívocos, atrapado en los valores culturales y sociales de la época, el conde sólo tuvo un camino para resarcir sus errores, evadir la afrenta pública, salvar el nombre de su familia y escapar al castigo de la justicia y de las leyes, aunque no al rumor y la maledicencia: el suicidio.

PARA SABER MÁS:

  • Alberto del Castillo, “Notas sobre la moral dominante a finales del siglo XIX en la ciudad de México. Las mujeres suicidas como protagonistas de la nota roja”, en Claudia Agostoni y Elisa Speckman (eds.), Modernidad, tradición y alteridad. La Ciudad de México en el cambio del siglo(XIX-XX), México, UNAM, 2001, pp. 319-338.
  • Miguel Ángel Isais Contreras, “Suicidio y opinión pública en la Guadalajara de fines del siglo XIX: representaciones y censuras”, en Jorge Alberto Trujillo, Federico de la Torre, Agustín Hernández y María Estela Guevara (eds.), Anuario 2005, México, Universidad de Guadalajara / Centro Universitario de los Altos-Seminario de estudios regionales, 2007, pp. 107-133.
  • Vicente Morales, Gerardo, Historia de un jugador(1874), en http://www.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=368:gerardo-historia-de-un-jugador-1874&catid=93:la-matraca
  • Semo, Ilán, (coord.), La Rueda del Azar. Juego y jugadoresen la historia de México, México, 2000.

17. México y los mexicanos en las páginas de National Geographic (1910-1919)

Laura Muñoz / Instituto Mora
Revista Bicentenario #17

 Captura de pantalla 2013-10-23 a las 13.33.09

México es, sin duda, uno de los países que más ha llamado la atención de la revista National Geographic a lo largo de sus más de cien años de vida. Enorme cantidad de artículos sobre nuestro país lo confirman. Si tomamos en particular el periodo que va de 1910 a 1919, encontraremos más de 20 artículos publicados como resultado de “la gran demanda de información sobre México” que recibía la revista, de acuerdo con lo dicho en el número de mayo de 1914. Estando el país en medio de una revolución, ¿qué les interesaba a los editores dar a conocer sobre México? ¿Qué tipo de información se ofrecía? ¿Qué estrategias se siguieron para ofrecer determinadas imágenes a los lectores?

México, el país vecino

El primero de los 22 artículos publicados en la década seleccionada apareció en agosto de 1910, muy cerca de las fiestas del Centenario. El último en octubre de 1919. A través de 379 fotografías y más de 500 páginas, National Geographic muestra a sus suscriptores en Estados Unidos una versión de México y los mexicanos. Dice que México es un país de contrastes. Contrastes entre lo moderno y lo antiguo; entre los distintos sectores sociales; entre los diversos grupos económicos; entre los diferentes climas y paisajes. Esta idea subyace en los relatos de textos y fotografías. No obstante, en ambos campos, pero más en las fotografías, se privilegia el deseo de mostrar lo menos cercano (para los estadunidenses), las escenas que muestran el atraso, las reliquias del pasado, como señala el número de diciembre de 1910. La imagen de los mexicanos en las fotografías es la de gente humilde y trabajadora, en su mayoría habitantes del campo, y cuando se los ve en las ciudades, son vendedores de productos artesanales. De las ciudades no se ven los edificios modernos, excepto un plano general del de Correos, más bien son escenario para enmarcar a esos habitantes pintorescos que aparecen en primer plano arreando burros cargados de bultos, o que transitan por las calles. Las mujeres casi siempre llevan rebozo. Pero las que seducen a los fotógrafos, por su belleza y joyería, son las llamativas tehuanas, ejemplo de exotismo. En las casi cuatrocientos fotografías no encontramos retratos de ningún miembro de la élite económica, ni de la política o la intelectual.

Los artículos

En todos los artículos, dedicados casi siempre a un tema particular, se manifiesta la fascinación de los viajeros y fotógrafos ante el país y su gente, la riqueza del territorio, la variedad de productos agrícolas y minerales, la diversidad de especies de aves, de climas y de vegetación (los cactus son particularmente atrayentes); la posesión de áreas estratégicas para la comunicación (como el istmo de Tehuantepec), el potencial para el desarrollo comercial, la tierra fértil. En esos textos se advierte, también, la admiración que producen los espectaculares vestigios arqueológicos, huellas de culturas avanzadas y atractivo para los turistas. Fotografías a página completa permiten observar, en primeros planos, basamentos piramidales, estelas, restos de edificaciones en Mitla, Teotihuacán o Xochicalco. Los títulos de los artículos indican la orientación de cada uno. Con una rápida ojeada el lector percibe que los títulos se refieren, en primer lugar, a los recursos naturales y después a las maravillas del México antiguo. En correspondencia, los contenidos se centran en las posibilidades agrícolas de México, se refieren a las escenas que se desarrollan en diversas actividades económicas, detallan las características del territorio nacional, mencionan lo que se puede encontrar en él (desiertos, haciendas, jardines divididos por canales de agua), y enfatizan los distintivos de cada sitio arqueológico (las tallas en piedra, la raza olvidada de la misteriosa Chichén Itzá, el lustre del México antiguo).

México es el país vecino. Y de acuerdo con los adjetivos utilizados hasta el cansancio, es un país interesante, con tesoros maravillosos y paisajes fantásticos, o pintorescos. Es romántico, es misterioso. Pero no todo es enamoramiento, los pies de foto son el espacio utilizado para hacer comentarios de distinta índole, muchas veces insidiosos. Como el que acompaña a la imagen publicada en el número de julio de 1916 con el título “Casa en el campo cerca de Córdoba”. En ella aparecen, en primer plano, cuatro personajes, dos adultos y dos menores, de los que se dice son una familia campesina que, como buena parte de la población en México, posee muy pocas cosas. La leyenda afirma: “los bueyes bien alimentados de las haciendas no se sentirían orgullosos de que los hambrientos peones sean considerados sus iguales”. ¿A qué responde ese comentario? ¿Qué se quiere evidenciar?

Captura de pantalla 2013-10-23 a las 13.30.31En algunos casos, encontramos en esos pies de foto comentarios de admiración. Por ejemplo, para los tarahumaras. Junto a una imagen sin autor (que ha sido atribuida a C. B. Waite), en la que un grupo de tarahumaras posan para el fotógrafo, mirando a la cámara, se les reconoce por su resistencia física y su capacidad para correr, tanto de hombres como de mujeres. También por el volumen de producción de plata que hizo de México uno de los países que más contribuyó a la producción mundial –la imagen muestra una vista de un poblado minero, La Luz, cerca de Guanajuato, que contrasta visiblemente por su pobreza. Y, en otros, se percibe la nostalgia por Porfirio Díaz, bajo cuya administración el país tenía calma y estaba en vías de progreso; o se hace referencia a la ultramoderna ciudad de México, en la que se podía pasar del siglo XVI al XX al cruzar una calle. Esto último, es lo que dice el pie de foto que acompaña la fotografía del edificio de correos, la única que muestra algo de la modernidad de México de la que a veces se habla.

Los autores

En cuanto a los autores de los artículos, encontramos a antiguos representantes consulares de Estados Unidos en México (como E. H. Thompson o Frederick Simpich); otros eran ingenieros vinculados a compañías mineras (entre ellos Walter W. Bradley), visitantes estadunidenses que recorrían las haciendas adquiridas por compañías de connacionales (es el caso de J. E. Kirkwood), o eran funcionarios del departamento de Agricultura del país vecino (E. W. Nelson). No faltaron fotógrafos, reporteros, comerciantes, viajeros particulares, es decir, una legión de estadunidenses que se desplazaron por el territorio nacional, de norte a sur, del golfo al Pacífico, haciendo levantamientos e inventarios de lo que podía verse en él y sus instantáneas muestran un recorrido por un país rico, poco poblado y agradable tanto para turistas ávidos de conocer lugares diferentes como para inversionistas en busca de áreas atractivas para sus capitales. Entre los fotógrafos aparecen más de quince nombres (entre ellos James H. Hare, John H. Hall, C. M. Tozzer, Franklin Adams y tres mujeres: Helen Olsson- Seffer, Harriet Chalmers y Janet M. Cummings).

Esos fotógrafos que podían ser particulares o funcionarios del gobierno estadunidense, miembros de su ejército o de compañías, como Underwood and Underwood o Galloway, reprodujeron por decenas escenas pintorescas, paisajes rurales, retratos de pobladores de diversos puntos de la República mexicana, trabajadores en sus faenas. También propagaron imágenes emblemáticas de la arquitectura antigua (Mitla, Chichen Itzá, Teotihuacán, Xochicalco). National Geographic publicó esas fotografías desplegadas a página entera en la mayor parte de los casos y distribuidas en diversos artículos, de tal suerte que un conjunto de fotografías dedicadas a un tema particular, por ejemplo, a los volcanes de México, no sólo están en el artículo específico, sino aparecen en ese y otros.

Las fotografías

En las fotografías de gran tamaño, además de las vistas rurales, bucólicas e idílicas, y de los paisajes imponentes, tomados desde cierta altura, en general vacíos de gente, pero siempre evidencia de la fertilidad de los suelos y de los diversos cultivos agrícolas, predominan los personajes típicos por su atuendo y oficio. Esos personajes eran ya conocidos por haberse difundido en las revistas ilustradas publicadas después de los años 30 del siglo XIX, producto del trabajo de artistas mexicanos. Por ejemplo en el libro titulado Los mexicanos pintados por sí mismos y, luego, en México y sus alrededores. Los fotógrafos extranjeros que visitaron o vivieron en México en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, se encargaron de retomar esas imágenes y de multiplicarlas y distribuirlas, a través de postales, en las que a diferencia de las litografías que les sirvieron de modelo, acentuaron los rasgos de pobreza y desaliño de muchos de los tipos mexicanos que popularizaron. Es sabido que gran parte de esas postales eran mercadeadas por la Sonora News Company. National Geographic, con su creciente circulación, contribuyó a difundir esas imágenes.

Captura de pantalla 2013-10-23 a las 13.34.11

La selección de las fotografías hecha por los editores de National Geographic parece obedecer al deseo de ilustrar los textos, utilizando las imágenes con las que contaba la revista, suministradas mediante regalos o por compra, pues en esa época la revista no contaba todavía con su propio equipo de fotógrafos. Varias de las incluidas en un artículo están relacionadas con el tema del mismo, pero otras son de lugares distantes o sin relación con el contenido. Los pies de foto, de diversa extensión, contribuyen a subrayar lo que se quiere mostrar con determinadas imágenes.

Sobre los temas de las fotografías, ya se ha dicho cuáles son los dominantes. Falta añadir que algunos asuntos que no mencionan los textos de los artículos están abordados en las imágenes, como la deportación de indios yaquis, los festejos del Centenario, la revuelta de Pascual Orozco y la expedición punitiva que perseguía a Villa. La particularidad es que si bien esos temas aparecen en las imágenes, éstas se incluyen en números cuya publicación es posterior al momento en el que ocurrieron los hechos. Las fotografías del traslado de yaquis a la península yucateca se publican en diciembre de 1910, las del desfile con motivo de las fiestas del centenario en mayo de 1911, la que muestra a las tropas de Orozco en 1914. Es decir, un año o dos después de los acontecimientos. En cambio, en julio de 1916 National Geographic incluyó fotografías que muestran al ejército estadunidense en la expedición punitiva, apenas cuatro meses después de iniciada.

El Centenario y la revolución

En torno a la celebración del centenario de la independencia de México solamente encontramos nueve fotografías. Las tres primeras son de cadetes en uniforme de gala. Son diferentes tomas de alumnos del Colegio Militar, el West Point de México. Un nutrido público en ambas aceras de una calle observa el desfile de la caballería de ese colegio en una de esas fotografías que ocupa toda la página. En las siguientes, más pequeñas, los cadetes se ven formando vallas en diferentes puntos de la ciudad. El pie de foto indica que la fama de estos “que defendieron el Castillo de Chapultepec del ejército americano es histórica”. Varias páginas más adelante el lector se encuentra con otras fotografías alusivas al desfile, la mayoría de gran tamaño, en las que varios personajes representan a los antiguos mexicanos, portando atuendos vistosos y tocados de plumas. Según los pies de foto, esos individuos eran “descendientes de aquellos a quienes representaban”.

En cuanto a las imágenes sobre la lucha armada, son muy pocas y sin explicación de por qué fueron elegidas esas en particular. La que encabeza aquellas que tocan de alguna manera el tema de la guerra es una imagen, acreditada a Aultman y Dorman, publicada en mayo de 1914, que muestra a parte de las tropas de Pascual Orozco. Después, observamos a un típico revolucionario. Se trata de una imagen atribuida a Shirley C. Hulse en la que aparece un jinete –con sombrero y cananas– posando para la cámara. El pie de foto informa que fue tomada a petición del retratado. Hulse es, asimismo, autor de varias fotografías publicadas en la revista. En una de ellas aparecen, en primer plano, dos soldaderas viendo a la cámara, que las capta caminando al lado de los soldados federales a los que acompañan. Portan sombrero y el rebozo amarrado, cargando probablemente a sus hijos.

En el mismo número de 1914 hay un par de fotografías, sin autor, en que se muestra primero una campana y, en la siguiente, un cañón. La leyenda al pie de esta segunda fotografía informa que ese cañón fue construido con el material de la campana. Es decir, no hay ningún comentario adicional, ni positivo ni negativo, de lo que ocurre en México.

De igual manera, dos años después, sin relación con el tema del artículo, de julio de 1916, se incluyen varias imágenes en que se alude a la persecución a Villa tras su incursión a territorio de Estados Unidos. Por ejemplo, encontramos dos del capitán D. H. Scott del ejército estadunidense, que muestran a las tropas de ese ejército acampando al sur de Columbus. Los pies de foto describen el paisaje donde se asientan los campamentos. Los textos aluden a las condiciones en que viven temporalmente los soldados. En ese número hay dos de la compañía Underwood and Underwood, en que vemos trenes con tropas mexicanas. La primera es una imagendividida en dos por la vía del tren. A la izquierda las tropas de Estados Unidos esperan al borde de la vía. A la derecha, el tren estacionado en otra vía tiene su techo cubierto por tropas mexicanas. En la segunda, en primer plano aparece un tren con el techo también cubierto por tropas mexicanas. Aquí sobresalen varias mujeres, algunas viendo a la cámara. Se señala el hecho de que en todos los campamentos se encontraba siempre “una sección para que las mujeres y los niños vivieran”. En conjunto y por su número, el tema de la expedición es el central en las imágenes publicadas.

Captura de pantalla 2013-10-23 a las 13.31.15La mirada de National Geographic

El conjunto de artículos, fotografías y pies de fotos, enmarcados por los títulos escogidos, muestran cómo la revista National Geographic mantuvo su mirada en los tesoros de su vecino México, transmitiendo una imagen de tranquilidad apenas alterada, pareciera ser, por algunos acontecimientos violentos, como si estos fueran aislados y no llegaran a causar inestabilidad. La percepción prevaleciente es la de un México que se hubiera detenido en el tiempo, en el periodo previo a la revolución. En los textos no se habla de la lucha, en las fotografías escasamente se asoma y, no es, por lo tanto, suficiente para cambiar la representación de México. Cuando en octubre de 1919 se publica el último artículo analizado, México estaba cerca de cumplir una década en armas, pero National Geographic se había esmerado en no mostrar esto.

PARA SABER MÁS:

“La tarjeta postal” en Artes de México, número 48, Conaculta, 1999.

Arturo Guevara Escobar, Fotógrafos de la Revolución, http://fotografosdelarevolucion.blogspot.com/

National Geographic en http://ngm.nationalgeographic.com/

María Esther Pérez Salas, Costumbrismo y litografía en México: un nuevo modo de ver, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Estéticas, 2005.