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Correo del lector # 35

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

Del muro de Facebook

Carro alegórico de la colonia japonesa en México

“Testimonio de un japonés radicado en México durante la segunda guerra mundial”, por Teiji Sekiguchi (núm. 7) Entiendo que Tatsugoro Matsumoto diseñó y construyó un jardín en la hacienda de San Juan Hueyapan, Hidalgo. No tuve el gusto de conocerlo pero cuando fue hotel y me hospedé allí, por las noches reconocí su espíritu en ese jardín, como el de un fantasma benéfico que ha alegrado mucho mi existencia.

César Córdova

Es una historia triste. Mi bisabuelo, Jorge Furasawa, fue uno de los japoneses enviados a la Ciudad de México y mi abuela me platica todo el sufrimiento y las carencias que pasaron, y les cambiaron la vida.

Ana Luisa Dávila

Fernando Soler, fotograma de Fernando Soler, El Indiano, 1954.

Fernando Soler, fotograma de Fernando Soler, El Indiano, 1954.

“Entrevista. Fernando Solera”, por Graziella Altamirano (núm. 21) Los descendientes de la dinastía Soler siguen trabajando, ahí tenemos a Casasandra Ciangherotti, hija del gran Fernando Luján, quien a su vez fue sobrino de don Fernando Soler. ¡Muchas gracias por la nota!

 

¿Sabías qué?

En el Estado de México hay una población de origen otomí llamada San Francisco Magú que podría definirse como “un paraíso fiscal”. En efecto, el Ayuntamiento no percibe impuestos desde el siglo XVIII cuando “se cuenta” el virrey Juan Antonio de Vizarrón los exentó de su pago por haberse alojado ahí, siendo esto ratificado por Benito Juárez y Luis Echeverría. A la fecha, la población contribuye con un pago anual y mano de obra para las obras públicas.

Parroquia de San Francisco Magú, Estado de México. Fotografía de Ana Rosa SuA?rez, 2016.

Cartas

Todos los ejemplares de la revista me gustan por los temas variados que abordan. A veces no he estado de acuerdo con el criterio o punto de vista de algún autor, pero es raro. Sin embargo, el número que trata de Mixcoac con Octavio Paz y el Instituto Mora como ejes, me encantó

Por amor a la historia

La Casa de la Memoria Metropolitana, alojada en la conocida como Casa de las Ajaracas, rescata las fotografías que relatan la transformación de la Ciudad de México a través de la imagen. Cuenta para eso con un archivo de casi dos millones de ejemplares.

Fachada de la Casa de la Memoria Metropolitana. FotografAi??a de Ana Rosa SuA?rez, 2016.

Fachada de la Casa de la Memoria Metropolitana. Fotografía de Ana Rosa Suárez, 2016.

Reloj de arena

General RamA?n RayA?n, litografAi??a.

2 de enero de 1817

El fuerte de Cóporo, en Michoacán, defendido por Ramón López Rayón desde 1814, se rinde ante el terrible asedio a que lo someten las tropas realistas y sin esperanza de recibir ayuda del exterior.

 

 

Retrato de Miguel MiramA?n, ca. 1859. Library of Congress, EUA.

 

 

 

 

27 de enero de 1867

Miguel Miramón ocupa la ciudad de Zacatecas con el objetivo de aprehender a Benito Juárez y sus ministros, pero estos se salvan mediante una estratagema: el carruaje del presidente toma una dirección, mientras ellos como jinetes se van por otra.

 

Anuncio de la pelAi??cula Pershingai??i??s Crusaders.

Anuncio de la película Pershing´s Crusaders.

5 de febrero de 1917

Después de un año, la expedición estadounidense encabezada por el general John J. Pershing abandona el territorio mexicano por el punto llamado Palomas, en el noroeste de Chihuahua.

 

 

 

 

Vista del edificio de la SecretarAi??a de Relaciones Exteriores en Tlatelolco. FotografAi??a de Ana Rosa SuA?rez, 2005.

Vista del edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Tlatelolco.

14 de febrero del 1967

En el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, de la Plaza de las Tres Culturas, se firma el Tratado de Tlatelolco, por el cual las naciones de América Latina y el Caribe se obligan a impedir la fabricación, recepción y almacenamiento de armas nucleares así como a la realización de pruebas nucleares en sus territorios. Para velar por su cumplimiento, se formó el llamado Organismo para la Proscripción de las Armas Nucleares en América Latina (OPANAL).

Si desea contribuir al correo del lector, envíe sus escritos a:
bicentenario@institutomora.edu.mx

Editorial # 35

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

La historia lineal de los vínculos entre las naciones parece necesitar de algunos nudos y enredos que las paralizan por un tiempo hasta encontrar quiénes los desaten para inyectarle mayor energía y volver a avanzar sin piedras ni lodos que la atoren. En ese lapso de marañas abunda el griterío y el desentendimiento, la amenaza de la fuerza y el golpeteo incesante de la descalificación. Desde una de las trincheras se lanzan fuegos artificiales que obligan a agazaparse del otro lado, hasta que la pólvora deje de iluminar el cielo por cansancio de los artilleros o pérdida de eficiencia. Juegan al límite, pero en el fondo la pólvora sirve para intentar imponer condiciones, aunque no caerá a tierra. Podrá haber daños, pero no destrucción. Las necesidades de convivir están implícitas y terminan por imponerse. Que de la noche a la mañana una parte quiera hacer responsable a la otra de sus propias carencias o imponerse, habla de una estrategia antigua y repetida. Después de varias décadas de vivir en una vecindad en armonía, México se encuentra con que el vecino estadounidense ya no quiere que las hojas del árbol que los divide le caigan a él y de paso pretende tirarle por encima de la barda lo que no le sirve. El nudo y los enredos han vuelto a instalarse. En la década de 1920 pasó algo similar. Y el discurso y la vocinglería fueron bastante semejantes a los de hoy. Había xenofobia, racismo, prejuicio y desconfianza. Los factores políticos y económicos alimentaban el distanciamiento. El político se llamaba anticomunismo; el económico, petróleo y tierras. Se criticaban el atraso y la pobreza, la capacidad de gobernar, los orígenes étnicos y la falta de justicia. Hoy se habla de robo de mano de obra, se criminaliza a migrantes y hasta se proponen militares extranjeros para combatir el narcotráfico. La diplomacia de Washington alucinaba con una confabulación mexicano-soviética que instalaría el comunismo aquí y por ende en Latinoamérica, una amenaza para la Doctrina Monroe. La mirada de entonces era la de hombres anglosajones y protestantes, una vieja guardia republicana convencida de la superioridad moral, cultural y económica de Estados Unidos, nos dice María del Carmen Collado, lo cual no dista demasiado de la que se ve en estos días en Washington. El conflicto se resolvió cuando se avizoró una guerra innecesaria y las voces más moderadas pudieron imponerse. Aquella experiencia que abre la portada de esta edición de BiCentenario ameniza el análisis del presente y puede servir de proyección de una vecindad seguramente distante para los próximos cuatro años.

Después de aquellos desencuentros vino una crisis económica como la de 1929, que ubicó como uno de sus blancos a los migrantes mexicanos que llegaron en grandes cantidades tras la primera guerra mundial para trabajar en la agricultura, el tendido del ferrocarril y la industria. La prisión y fuertes multas fueron las dos armas que se esgrimieron para despojarse de ellos. Su economía ya no los necesitaba. La participación de un cónsul en Los Ángeles con sensibilidad para afrontar el problema y creatividad para resolverlo fue relevante aquel año. Rafael de la Colina organizó la repatriación de más de 30 000 mexicanos que vivían en California para llevarlos hasta Guadalajara, Guanajuato y la Ciudad de México. Su testimonio agudo describe las mismas dificultades del migrante de hoy en Estados Unidos o en tantas partes del mundo: discriminación, explotación laboral, desconocimiento, indefensión y olvido.

Como contraposición, en la otra punta de cualquier escala comparativa, estaban actrices y actores mexicanos que intentaban destacar en Hollywood por esas fechas. Dolores del Río, Guadalupe Vélez y Ramón Novarro pudieron dar cuenta de una migración exitosa, aunque temporal, y a la que a pocos se le ocurría reprochar. Una muestra de que el tema migratorio es un fenómeno de la pobreza.

A la mirada exterior le sigue el espejo propio. En México hubo en el último siglo poblaciones migrantes que recibieron un trato similar al que se ha documentado para los mexicanos al norte del río Bravo. Lo vivieron los chinos en la primera década del siglo XX y ahora los centroamericanos. Sin embargo, esto no es lineal. Otros inmigrantes como los húngaros, que llegaban hacia fines del siglo XIX y principio del XX, pudieron establecerse sin inconvenientes y aprovechar el desconocimiento que se tenía de México en su país para promocionarlo, aunque implicara ocultar una realidad abundante en inequidades.

Los años de la segunda mitad del siglo XIX y los comienzos del siguiente han sido ricos en circunstancias y hechos que fueron moldeando cambios relevantes. A partir de historias personales relatamos en este número de BiCentenario el aporte a la medicina militar que dio el médico Francisco Montes de Oca con su insistencia en ofrecer una mejor atención de las enfermedades y avances en la salubridad, hasta llegar a crear en 1881 la Escuela Práctico Médico Militar (EPMM). Otro caso a destacar se sitúa en Yucatán y lleva el nombre de Pedro Guerra. La casa de fotografía que abrió en 1877, a la que se sumaría su familia posteriormente, retrató durante 90 años a generaciones de yucatecos y los acontecimientos de la península. Hoy es parte de un acervo que lleva su nombre con más de 500 mil imágenes.

En esos años se fue enraizando una práctica gubernamental que se ha convertido en uno de los fenómenos más lacerantes para el país. Una descripción de cómo era la corrupción en el siglo XIX muestra que desde el Estado se podían generar fortunas, en tanto la impunidad protegía su práctica. Más que un rasgo genético, se trata de una relación con las instituciones que perdura por décadas, argumenta el autor.

En este número 35 hay otras narraciones por descubrir: el compromiso de Gustavo Garmendia con la causa revolucionaria, la figura del charro en la cultura nacional, la tradición tan acendrada de festejar a nuestras madres o la historia de una mujer independentista, también madre, traicionada por el confort de su marido. Hasta la próxima.

 

Terrorismo

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

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Terroristas hay por todos lados. Detrás de un burka o de unos rasgos de piel oscura. De un boleto de avión que diga Teherán, Saná o Kabul, por tener un tatuaje que identifica a cualquiera con alguna tribu urbana de un barrio marginal, por el acento extranjero o la dificultad al pronunciar, por llevar tenis gastados o por el simple hecho de escribir o comentar posiciones públicas críticas. Porque no acredita una estancia legal o porque no trae tarjeta de crédito ni más pesos que los necesarios para pagarse una comida mínima y continuar con hambre. Por subirse a un bote hasta casi hundirlo con otras decenas de iguales o recorrer asfixiado un desierto a 45 grados centígrados. Por tener pasaporte de un país paria o por pasarse el alto de un semáforo. Terroristas hay por todos lados, al menos de eso intentan convencernos. La nueva ola mundial xenófoba toca muchas puertas. Y la asociación terrorismo-migrantes la define. Si bien la migración ha hecho al mundo más integrado y multifacético, algunos no parecen entenderlo así, cuando tocan a sus puertas pasan a la amnesia los retratos de sus padres, abuelos o bisabuelos bajando de un barco apenas con lo que llevaban puesto. ¿Y cómo les habría ido a estos señores de bigote? En sus rasgos mexicanos o sirio-libaneses, el mostacho top de 1910 los podría haber delatado, hecho sospechosos o puestos en la mira. El estilo italiano o turco de esos pelos cincelados a mano lo usaban también los anarquistas, los terroristas de entonces. Razones para desconfiar había. Hacia mediados y fines del siglo XIX la pauperización económica trajo a Yucatán a los migrantes sirio-libaneses, atraídos por el oro verde del henequén. Con la ley de Extranjería y Naturalización de 1886, el atractivo creció y los inmigrantes también. Tuvieron mejor suerte que los chinos. Se asentaron junto a mercados y en las zonas céntricas para ofrecer su principal portento comercial: la venta de textiles, asociada al financiamiento de las compras que tantos réditos les daría. Los hermanos Borge fueron unos de ellos. En Mérida abrieron dos establecimientos que perdurarían por largo tiempo en la memoria peninsular: La Moda Real y La Ninfa. Se adaptaron a un nuevo mundo y utilizaron la publicidad como esta imagen, posada para seguir ganándose un lugar entre los yucatecos. La migración, hija de la pobreza, les dio nombre y dignidad. Justo lo que se les quiere quitar un siglo después a quienes siguen sus pasos.

Negrita linda

Silvia L. Cuesy

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

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Eras una mariposa al vuelo, Josefa. Combinabas desparpajo, donaire, frescura. A través de los años tus aleteos fueron perdiendo gracia, pero el amor que sentía por ti superaba cualquier merma en tu belleza. La jovialidad que esparcías a tu paso era tanta que, al verte, yo me alegraba de ser tu eterno y feliz enamorado Catorce preñeces le restaron esbeltez al primor de tu cintura, redondearon tu cálido cuerpo y aflojaron tu carne aceitunada. Catorce críos te enloquecieron por turnos con llantos y alborozo infantil; corrías de aquí para allá, jugabas con uno, altercabas con otro, los animabas al baile tocando alguna tonadilla con la flauta; si había enfermitos velabas junto a su cama o, tristemente, diste el adiós a alguno en el camposanto. Sin embargo, ninguna gravidez logró hacerte renunciar a las ideas libertarias que fuiste madurando con el correr de la vida; ideas tan poco comunes en una dama consagrada a su hogar como lo pretendiste ser tú, mujer. Yo te exhortaba a guardarte la lengua frente a la gente, ya fuera en público o en privado. Prudencia y cautela te imploraba Respondías que además de darle a la Nueva España tantos hijos como Dios quisiera, también estabas para infundir valor en los hombres nacidos en este reino. Hombres que habrían de luchar algún día por erradicar de este suelo la opresión y petulancia de los españoles. ¡Ah, esos españoles que despertaban en ti tanta animadversión!

¡Ay, Josefa! Eras casi una niña. Tenías la edad de nuestra Carmen Camila. No, miento, eras dos años menor. Si mi memoria no es traicionera, cuando entrelazamos miradas por primera vez rondabas los dulces 16, más o menos. No imaginé en ese momento la vida de amor y tortura que serías capaz de darme. No me arrepiento. Aliñaste mi rutinaria existencia, y más que una madre fuiste una hermana mayor para mis hijas, pues ni siquiera les doblabas la edad. Gracias a ti dejé atrás mi lóbrega viudez y tú, pícara, resucitaste mi hombría y a María Guadalupe y a María Josefa, mis dos hijas, les arrancaste carcajadas a raudales con tus juegos y ocurrencias. Supiste darles el mismo cobijo de madre que a ti te dieron en el colegio.

Recuerdo nuestra duda hace ya tiempo, acurrucados en el lecho. Aún insisto en que, persiguiéndome, te ocultabas tras una columna del imponente patio del Colegio de Vizcaínas. Tú alegabas haber entrado a ofrecerme un vaso de horchata fresca a la oficina del director; como colegiala una de tus tareas era atender a los patronos y cofrades cuando llegaran de visita igual que si estuvieras en tu propia casa. No importa cómo haya sido el encuentro, lo que sí es preciso es agradecerlo. Si la sapiencia divina juntó a dos almas tan opuestas, muy a pesar de todas las críticas y señalamientos, por algo fue… Eras atrevida, Josefa, y yo un irredento pecador.

 

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Pioneros mexicanos en el cine de Hollywood

Dionné Valentina Santos García
Escuela Bancaria y Comercial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

Dolores del Río, Lupe Vélez y Ramón Novarro abrieron las puertas para triunfar entre los años 20 y 30 del siglo XX en los set de Los Ángeles. Y de allí saltaron a la escena mexicana, como estrellas. Pero a quienes intentaron seguir ese camino no les resultó sencillo. La industria cinematográfica mexicana, pobre de recursos y profesionales, tampoco ayudaba para quienes pretendían hacer el camino inverso: descollar en México y ganarse un lugar en la meca del cine mundial.

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En las primeras décadas de la industria del cine, Hollywood se consolidó como un territorio al que artistas de todo el mundo, o simples soñadores, anhelaban llegar. Entre 1920 y 1930 fueron especialmente exitosos para las producciones estadounidenses, aunque despuntaban también las francesas, alemanas, inglesas e italianas. Por el contrario, en México las filmaciones eran escasas y, por si fuese poco, con frecuencia objeto de descalificaciones en la prensa, pues se trataba de realizaciones de factura poco profesional en las que el productor debía dar por perdida su inversión, de manera que las películas extranjeras eran las favoritas del público. Los medios impresos y el público en general parecían preguntarse: y en México, ¿cuándo habrá buen cine? Esta inquietud fue alimentada por el éxito de tres astros mexicanos que cosecharon grandes triunfos en los estudios hollywoodenses, al grado que los cinéfilos que abarrotaban cines como el Palacio, el Monumental o el Granat pensaron que nuestro país podría fabricar con relativa facilidad astros de exportación.

En general, la cartelera de aquellos años se componía de largometrajes extranjeros, pues las producciones mexicanas no llenaban los requisitos mínimos de calidad ni tenían tras de sí a distribuidores poderosos. Excepcionales fueron dos filmes que despertaron cierto reconocimiento de los reporteros: El tren fantasma (1927), una película que, según se promovió en la prensa, “fue hecha por ferrocarrileros” (y en la que participaron estos) , y El secreto de la abuela (1928), de la realizadora Cándida Beltrán y Rendón (“Candita”), una joven yucateca de ojos claros y porte distinguido que logró convocar en la premier a funcionarios públicos y a quien podemos considerar como una de las primeras directoras mexicanas. De estas dos cintas sólo se conserva una versión restaurada de la primera; ambas recibieron un trato amable por parte de los críticos (en contraste con otras producciones mexicanas), pero también dejaron en claro que el problema del cine mexicano era justamente que no se consolidaba como una industria y, mientras no fuera un negocio formal, los deseos de espectadores, cineastas de ocasión y periodistas estaban lejos de concretarse. En suma, no marcaron hitos en la producción nacional y sus protagonistas tampoco tuvieron continuidad, salvo Carlos Villatoro (protagonista de El tren fantasma) quien lograría colocarse como actor, ayudante de director y realizador en la etapa más fructífera del cine mexicano.

 

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Las ansias de tener a estrellas locales en las marquesinas mexicanas, previa consagración en Hollywood, fue estimulada por las carreras de Dolores del Río, Lupe Vélez y Ramón Novarro: la prensa seguía sus pasos y, casi siempre, para referirse a ellos, empleaba pronombres posesivos (“nuestra”, “nuestras”, “nuestros”) que expresaban el orgullo de que estos compatriotas hubieran conquistado un territorio siempre hostil a los mexicanos y de que en el camino hubieran dejado atrás a muchos rivales estadounidenses (fue el caso de Lupe Vélez, quien despuntó con éxito del concurso Wampas, que era la plataforma de las nuevas estrellas hollywoodenses, y que en su versión mexicana sirvió para lanzar a beldades como Esther Fernández y Rita Macedo). Semanarios como Revista de Revistas y El Universal Ilustrado, aunque competían entre sí, en algo coincidían: en dar un tratamiento cariñoso a “la niña Lupe”, “nuestra gran artista Dolores del Río” o “nuestro amanerado compatriota Ramón Novarro”. Por cierto, este último tuvo durante años una relación ambivalente con los reporteros mexicanos, quienes lo mismo lo elogiaban que lo tachaban de inaccesible o engreído (opiniones que tendían a matizarse cuando el propio Novarro aceptaba dar entrevistas). Sin embargo, su personalidad enigmática y sus películas, que lo mismo eran un imán para multitudes en las grandes ciudades de Estados Unidos que en México, hicieron que los reporteros perdonaran sus desaires.

Los amantes del cine en México creyeron posible que las estrellas del cine nacional trascendieran las fronteras con una identidad propia y que a partir de esta se rompieran estereotipos y crearan figuras. Tales intentos fracasaron porque parecieron omitir que tanto Dolores del Río como Ramón Novarro (ambos duranguenses y primos) gozaban de contactos que facilitaron su acceso a Hollywood, y aunque “Lolita” llegó sin hablar inglés, con sus exquisitas maneras y extraordinaria belleza no tardó en convertirse en una de las damas jóvenes más codiciadas por los grandes estudios. Se trataba de dos presencias de enorme fotogenia que podían dar diferentes tipos étnicos y cumplir como protagonistas de historias exóticas situadas lo mismo en Rusia que en las islas del Pacífico.

 

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El éxito de estos actores mexicanos en la meca del cine mundial hacía abrigar esperanzas de que los estudios mexicanos dotaran a las salas nacionales de productos propios, dignos de competir en cantidad y calidad con los filmes hollywoodenses y europeos, y que las historias filmadas fueran representaciones de un pueblo con raíces indígenas, unificado, capaz de ajustarse a la vida moderna sin perder su esencia. Se creía factible, y hasta fácil, repetir el éxito que habían conseguido los tres compatriotas en suelo estadounidense. De los muchos aspirantes, Guadalupe Vélez lograría colocarse, sin proponérselo, en un lugar de privilegio en los estudios, y regresó a México a convertirse en leyenda. Pero antes de explicar el porqué de su éxito, recordemos a sus antecesores.

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Fototeca Pedro Guerra

Cinthya Edisa Cruz Castro y Ricardo Pat Chan
Fototeca Pedro Guerra


En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

La visita a Mérida de Porfirio Díaz en 1906, la campaña de Francisco I. Madero y Pino Suárez en la región, las giras de Salvador Alvarado y el ejército constitucionalista, el arribo de Plutarco Elías Calles, movimientos políticos y sociales en el estado, así como fotografías artísticas o arqueológicas, que llegan hasta décadas recientes, forman parte de este acervo de más de 500 000 imágenes, resguardadas en la Universidad Autónoma de Yucatán.

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La historia de la fotografía en Yucatán tiene su origen en el temprano siglo XIX, a pesar del alejamiento y la condena de provinciana” que le legó su ubicación geográfica. Ese “provincialismo” le otorgó, pese a la sorpresa de algunos historiadores e investigadores de la imagen, las facilidades para que en abril de 1841 llegara el primer fotógrafo a la península yucateca: el barón Emmanuel von Friedrichsthal, agregado diplomático de la delegación austriaca en Estados Unidos, por recomendaciones de Alejandro von Humboldt y W. Hickling Prescott, quienes estaban deslumbrados por los “maravillosos” vestigios arqueológicos que existían en la península de Yucatán. Su nombre aparece citado en un artículo periodístico de El Museo Yucateco (1841) donde se explica que, atraído por la arqueología, el barón llevó consigo una cámara para hacer tomas al daguerrotipo de las “ruinas” mayas, con el propósito de “dibujar sus edificios” y posteriormente mostrar sus imágenes en la Academia de París. El barón fue el primer daguerrotipista en Yucatán, que ofreció comercialmente el trabajo de retratos, llegando a establecer un comercio fotográfico en la capital yucateca en tiempos tan tempranos como 1841. Como había comprado el diseño francés acromático y realizado pruebas con John William Draper, profesor de química en la Universidad de Nueva York, quien a su vez había experimentado con la nueva tecnología, Friedrichsthal produjo buenas imágenes, con buen dominio de la técnica, pese a sus constantes quejas por el clima y los vientos, que le causaban complicaciones en el momento de hacer tomas externas.

Otros extranjeros que visitaron Yucatán y utilizaron daguerrotipos para obtener imágenes de las ruinas mayas fueron el viajero y escritor estadunidense John Loyd Stephens y el grabador y dibujante inglés Frederick Catherwood, quienes emprendieron dos viajes a Yucatán, el primero en 1839 y el segundo en 1842. Catherwood recurrió a la cámara lúcida drawing, sistema antecesor de la fotografía con la cual numerosos viajeros, corresponsales gráficos, científicos del nuevo y el viejo mundo realizaron dibujos de gran calidad.

 

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No tardó mucho para que los yucatecos mismos comenzaran a practicar este arte, entre ellos, la familia Espinosa Rendón (1860-1863) y los Guerra (1877-1970), quienes hicieron de la fotografía una tradición que es practicada hoy en día. Los últimos perduraron más de 90 años en el mercado yucateco, siendo la fotografía de estudio la más practicada. Retrataron la fisonomía de Yucatán, cada yucateco (nos atreveríamos a decir que 80%) fue fotografiado por ellos. A la fecha se conservan poco más de 250 000 imágenes de su autoría en la Fototeca Pedro Guerra, de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán.

Esta fototeca surgió del Estudio Guerra, fundado en 1877 por Pedro Guerra Jordán y el español José Huertas, originalmente llamado Fotografía Artística y Cía., y donde Guerra aprendió el oficio. Poco tiempo después, por motivos personales, Huertas dejaría la ciudad (anunciándolo en la prensa) y Guerra Jordán adquiriría el estudio, a cambio de enseñarle la técnica de colodión húmedo.

Guerra compartía la visión del progreso porfirista, así como una ideología tradicionalista y ortodoxa, acorde a su periodo de formación social en la segunda mitad del siglo XIX. Estos aspectos se verían reflejados en la mayor parte de su trabajo fotográfico: desde los retratos que mostraban la moda europea y los objetos que buscaban resaltar la actitud refinada de la clase “pudiente”. La fama de Guerra crecería a la par que la de la clase política, la cual compartía su visión del progreso, lo que se expresó claramente durante la visita del general Porfirio Díaz a la ciudad de Mérida en 1906, y en la que el fotógrafo cubrió la llegada del presidente al puerto de Progreso y las cenas otorgadas en las casonas de los hacendados, punto máximo del afrancesado séquito porfiriano. Guerra implementó métodos modernos y la utilización de materiales sensibles como la placa seca de gelatina, que aceleró el tiempo de la toma en la fotografía; también llegó a desarrollar la toma nocturna por medio de polvos de magnesio, hecho novedoso para la época. Después de 34 años frente al estudio, falleció el 29 de octubre de 1917 quedando a cargo del negocio familiar su hijo, Pedro Guerra Aguilar, quien seguiría en parte las prácticas, técnicas y costumbres fotográficas de su padre, logrando consolidar la fama del Estudio Guerra, incluso a través de asociaciones fotográficas para compartir técnicas y procesos para formar nuevos fotógrafos. Guerra Aguilar introdujo novedosas y rápidas técnicas de copiado como el Fotostat y complementó el taller de fotograbado mediante la inclusión de una gran imprenta. Su legado sería inmenso, puesto que a la par de los avances tecnológicos que introducía, los daba a conocer en medios fotográficos, como Yucatán Fotográfico, revista que pretendía ayudar a los aficionados y dar a conocer los nuevos avances tecnológicos, así como dar realce a la asociación que presidia y hacer accesibles los conocimientos que permitieron dar mayor impulso al auge fotográfico en la península.

 

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Corrupción en México, el grifo abierto del Estado.

Paris Padilla
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

Hacer negocio como hombres de gobierno es una práctica de larga data. Empresarios sagaces y políticos o militares de mano larga han encontrado en la administración pública una manera de enriquecerse, y no por la vía de las cuentas claras. El siglo XIX tiene, con nombres y apellidos, sus “vampiros” del erario.

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En los últimos años se ha hecho cada vez más evidente que uno de los principales problemas que padece la administración pública en México es la corrupción en sus diferentes modalidades. El robo de dinero público por parte de funcionarios es un mal que alarma a la sociedad por los altos grados de impunidad que alcanza y que últimamente parece haberse salido de control con la exhibición de sonados casos sobre propiedades y enriquecimientos dudosos, gobiernos desfalcados y licitaciones de poca legitimidad.

Sin embargo, aunque este pareciera ser un problema reciente, lo cierto es que la corrupción ha estado presente, de alguna u otra forma, a lo largo de la historia de México. El siglo XIX presenta tantos casos al respecto que no resulta descabellado sugerir que a las principales problemáticas que distinguen a esa época, como la lenta recuperación de la economía, el déficit fiscal crónico y las constantes guerras, habría que sumar también a la corrupción.

Vampiros del erario

La etapa posterior a la guerra de Independencia fueron años difíciles para México en muchos sentidos. Después de la emancipación de España los criollos pudieron aspirar a los puestos políticos y a los cargos públicos. Había pocos recursos y demasiadas ambiciones, y hay indicios de que el robo del erario por parte de las autoridades fue un hecho desde los primeros años de vida independiente.

 

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Con la economía deprimida, convertirse en militar era una opción viable para conseguir dinero rápidamente e incluso amasar una pequeña fortuna. Los generales del ejército tenían sueldos moderados, pero algunos, misteriosamente, se compraban haciendas en el campo y mansiones en la ciudad. Hubo presidentes de la primera mitad del siglo a los que se les llegó a acusar explícitamente de ser corruptos, como fue el caso de Anastasio Bustamante. Cuando dejó la silla presidencial en 1832, Bustamante recibió duras críticas por dejar la administración en penurias. Se decía que había dejado a la tesorería sin poder pagar sueldos, que antes de entregar el cargo había autorizado la negociación de un préstamo sospechoso y que incluso se había tomado el tiempo para cubrir sus huellas y “los oscuros manejos que habían obrado las secretarías del despacho, principalmente la de Hacienda”.

La corrupción marcó también a administraciones posteriores, pero con Antonio López de Santa Anna pareció adquirir un cariz más preocupante, pues la influencia que llegó a tener el grupo de grandes capitalistas, los prestamistas conocidos como “agiotistas”, fue avasallante. A modo de sátira y desprecio a estos empresarios se les llamaba “los vampiros del erario”, por la sangría que ocasionaban a los ya de por sí mermados recursos públicos. Los agiotistas que más emitieron préstamos al Estado, valga señalar que a tasas de interés exorbitantes, recibían los contratos más generosos, como los de construcción de caminos, proyectos ferrocarrileros, recaudación de impuestos y acuñación de moneda.

 

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Madre sólo hay una

Héctor Zarauz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

A partir de los años veinte del siglo pasado, y siguiendo una tradición estadunidense, se comenzó a festejar a las mamá en México. La festividad fue creciendo hasta transformarse, en la actualidad, en el día (después de la navidad), que genera mayor movimiento comercial. Un dato significativo de la transformación de la presencia materna en el hogar es que en la actualidad un cuarto de ellas son las que lo sostienen económicamente.

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México es un país al que se considera particularmente festivo, en ello los motivos, direcciones y fines de las conmemoraciones son variadas. Para el mexicano la fiesta es una actividad que se desliza por distintos hábitats: el campo, los pueblos o la gran ciudad. Lo mismo transita por el camino de lo nacional que por la vereda de lo regional, teniendo diversas connotaciones: religiosa, cívica, comercial o familiar, con manifestaciones enclavadas en la tradición o en la renovación constante, que van de lo antiguo a lo moderno, de lo sagrado a lo profano. Entre todos ellos, los festejos familiares tienen especial relevancia en la sociedad mexicana, probablemente porque en un país en el que las instituciones, los sistemas de protección social o la estabilidad económica son frágiles, la familia llena ese vacío; de aquí dimana, muchas veces, la seguridad emocional, la protección económica y hasta el vínculo laboral. De tal forma, prácticamente, todos los miembros de la llamada “gran familia mexicana”, tienen su celebración: Día de la Madre, Día del Padre, Día del Niño, Día del Abuelo (o del adulto mayor) y hasta Día del Compadre. Así, nuestra sociedad festeja y exalta las cualidades de la que se considera su sustento.

La madre de las fiestas

Sin duda, el Día de la Madre es el de mayor importancia de este circuito festivo debido a que la figura materna se ha constituido, históricamente, como el centro de la familia. La madre representa para el mexicano el puerto seguro de llegada, quien da consuelo y apoyo incondicional a los hijos, comprensión y fortaleza al padre, quien cuida a los mayores. La madre es un dechado de virtudes y templanza, lo que la convierte en motivo de adoración quasi religiosa.

Su dimensión crece aún más en una sociedad en la que, durante mucho tiempo, la figura paterna fue considerada como ausente y en ocasiones inexistente. Ante ese escenario el mexicano encontró refugio en la figura materna colocándola en un pedestal. Ello explica la existencia de una de las fiestas más populares en el calendario festivo nacional.

 

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Su nacimiento

En general, se considera que el origen de esta festividad se encuentra en Estados Unidos donde hacia 1902 Ann María Reeves, una enfermera de Filadelfia, decidió organizar el Día de la Amistad de la Madre, con el objetivo de reconocer el trabajo de las enfermeras que habían participado en la guerra civil. Al morir, el festejo fue continuado por su hija, Anna Jarvis, hasta que la idea cundió en varias poblaciones y estados de la Unión Americana, instituyéndose que el segundo domingo de mayo estuviera consagrado a las madres, tal y como sucede en la actualidad en ese y otros países.

Sobre esa base, en México, el periódico Excélsior emprendió en 1922 una campaña a favor del festejo, tratando de adaptarlo al contexto local. Desde un inicio se le dio una orientación conservadora ante ciertas ideas liberales, como la difusión de la educación sexual y planificación familiar, que en algunos sectores sociales se trataban de impulsar, como secuela de la revolución y de la nueva Constitución política (1917). En esta tarea, Excélsior contó con el apoyo de tres instancias fundamentales: algunos sectores del gobierno, la Iglesia y el comercio. La Secretaría de Educación Pública apoyó la iniciativa al difundir la idea en las escuelas. La Iglesia católica retomó la idea con fervor, pues se trataba de apuntalar la idea de una familia convencional, así como la del papel tradicional de la mujer. Por su parte, el comercio organizado percibió el potencial económico del festejo y lo apoyó a través de varias salas cinematográficas.

Excélsior proyectó perfectamente el ideal materno que gran parte de la sociedad mexicana quera ver. As apareció en sus páginas una imagen de flores bajo la cual decía “10 de mayo. El Día de las Madres” además reproducía imágenes de varias madres en actitud contemplativa, de abnegación y sufrimiento. Como parte del festejo se pedía que la gente portara claveles blancos, que evocaban la pureza, en señal de veneración. Asimismo, se sugería hacerles algún obsequio que iba desde los utensilios de cocina hasta relojes, perfumes, vestidos y demás.

 

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

¿Al borde de una nueva guerra con Estados Unidos?

María del Carmen Collado
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

Xenofobia, racismo, prejuicios y desconfianza han sido el mejor caldo de cultivo para colocar en conflicto las relaciones diplomáticas de los estadounidenses con México. Los gobiernos de Washington encontraron en el anticomunismo de los años veinte del siglo pasado, el adjetivo que diferenciaba la buena o mala vecindad. Frases descalificadoras, espía de escasos escrúpulos y hasta el análisis de una posible invasión militar condimentaron los agrios vínculos de entonces.

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El gobierno actual mantendrá relaciones con el gobierno de México, sólo en tanto este proteja las vidas y los intereses estadounidenses y cumpla con sus obligaciones y compromisos internacionales. El gobierno de México está a prueba ante el mundo. Tenemos el mayor interés en la estabilidad, prosperidad e independencia de México. Hemos sido pacientes y desde luego sabemos que toma tiempo lograr un gobierno estable, pero no podemos tolerar el incumplimiento de sus obligaciones ni su incapacidad de proteger a los ciudadanos estadounidenses.

Estas amenazantes declaraciones del secretario de Estado, Frank B. Kellog, de junio de 1925, evidenciaban la nueva crisis de las relaciones entre México y Estados Unidos que habían caído en una espiral de confrontaciones desde que fue promulgada la Constitución de 1917 que, por su contenido nacionalista, afectaba los intereses agrarios y petroleros del vecino del norte.

La advertencia intimidatoria de Kellog respondió a las quejas del embajador James R. Sheffield porque la Secretaría de Relaciones Exteriores había ignorado sus reclamaciones por tierras expropiadas. Plutarco Elías Calles recibió las palabras del canciller como un insulto a la nación y rechazó las advertencias diciendo que ningún país extranjero tenía derecho a intervenir en México y que no estaba dispuesto a supeditar la nación a las exigencias externas. Tampoco aceptó que los intereses estadounidenses pretendieran tener privilegios sobre los mexicanos y declaró tajante que se trataba de “una amenaza a la soberanía de México.”

 

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Desde la llegada de Calles a la presidencia se había deteriorado el trato con el embajador Sheffield, un fervoroso nacionalista republicano, convencido de que era necesario garantizar a toda costa los intereses de los propietarios de tierras y las compañías petroleras. El diplomático creía que la mejor manera de lograr la defensa de las inversiones de sus paisanos era mediante el uso de la fuerza, pues el gobierno mexicano, opinaba, se había envilecido, estaba inmerso en la barbarie y era proclive a desconocer los derechos de los extranjeros.

Era un ardiente anticomunista que confundía el nacionalismo revolucionario con el bolchevismo y estaba persuadido de que México, en alianza con la URSS, se convertiría en la punta de lanza de la expansión comunista en Latinoamérica. Sheffield se relacionaba exclusivamente con los miembros de la colonia estadounidense y los porfiristas, era racista y despreciaba a los mexicanos, como lo muestra la quejosa carta que escribió al presidente de la Universidad de Columbia, Nueva York:

Hay muy poca sangre blanca en el gabinete “Calles es armenio e indio, León, un torero aficionado y casi totalmente indio, el canciller judío e indio, Morones con más sangre blanca, pero no de la mejor, Amaro, el secretario de Guerra, un indio de pura sangre y muy cruel. Disparó a muerte a su mozo de cuadra anteayer por montar en lugar de conducir su caballo de polo (incidente atestiguado por al menos un inglés y un estadounidense). Ni se mencionó en los periódicos por supuesto, ni hubo castigo alguno. Le cuento esto para que visualice con qué me enfrento.

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El embajador pensaba que los indígenas eran seres degradados, al igual que los gobiernos posrevolucionarios y estaba convencido de la superioridad anglosajona, una mentalidad similar a la que hoy enfrenta México con el triunfo de Donald Trump. Sheffield hacía bromas ridiculizando a los mexicanos y le horrorizaba su atraso y pobreza. En cambio, admiraba a Porfirio Díaz y sostenía que, aunque fue un dictador: “México necesitaba ese trato. [Porque] Entonces era y aún es totalmente inepto para gobernarse a sí mismo.” Con semejantes prejuicios era previsible que su relación con Calles fuera desastrosa.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Celebrando a la Guadalupana en los años veinte: ¿una ceremonia política o religiosa?

María Gabriela Aguirre Cristiani - UAM-Xochimilco

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

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La Madre de Dios en México

El XXV aniversario de la coronación a la Virgen de Guadalupe fue objeto de una magna celebración. Desde muy temprano, en aquella mañana del 12 de octubre de 1920 la Basílica se encontraba adornada de flores que cubrían todo el templo en señal de la gran fiesta que estaba por empezar. La ceremonia fue la oportunidad para que en torno al arzobispo de México, monseñor José Mora y del Río, se reuniera todo el episcopado en pleno, en un homenaje a la Reina y Madre de México.

Muy probablemente, el contexto político revolucionario eclipsó la importancia de este evento. No habían pasado cinco meses desde que el presidente Venustiano Carranza se trasladara a Veracruz a establecer su gobierno, cuando fue asesinado en el poblado de Tlaxcalantongo, Puebla.

Inmediatamente el Congreso de la Unión nombró al entonces gobernador de Sonora, Adolfo de la Huerta, presidente provisional con la tarea de convocar a elecciones. Ello significó el triunfo de la rebelión de Agua Prieta que apoyó la candidatura de Álvaro Obregón a la presidencia. En este contexto, a escaso mes y medio de que este general tomara posesión de su cargo, tuvo lugar el jubileo a la Virgen de Guadalupe.

La Guadalupana

Siendo todavía presidente interino Adolfo de la Huerta, los preparativos para el festejo religioso iniciaron su curso en un ambiente en el que prevalecía la inestabilidad política. A pesar de que su interinato fue muy conciliador, los levantamientos locales seguían dando problemas a la Federación. El logro más importante de este gobierno fue la rendición de Francisco Villa y el repliegue a su hacienda de Canutillo.

En estas circunstancias, la ceremonia a la Virgen de Guadalupe no quedó registrada en la historia oficial de la Revolución e intentar reconstruirla pone de manifiesto no sólo la magnitud del culto a la Guadalupana, sino la fuerza que en ese momento tenía la Iglesia católica como una institución que pretendía restaurar el orden social cristiano.

El Abad Mitrado de la Colegiata de Guadalupe, Antonio Plancarte y Labastida

El Abad Mitrado de la Colegiata de Guadalupe, Antonio Plancarte y Labastida

Si recordamos que para esos momentos la recién promulgada Constitución de 1917 establecía importantes límites a las iglesias entre los que se encontraba la prohibición del culto externo, es decir, el culto fuera de los templos (artículo 24), la conmemoración a la Guadalupe adquiría una dimensión no sólo religiosa, sino política. La Iglesia católica mostraba una postura más combativa que ya venía trabajando, incluso, desde antes de que estallara el movimiento revolucionario, a fin de lograr hacer valer su proyecto social de nación.

En efecto, conmemorar los veinticinco años de la coronación a la Virgen era la gran oportunidad para convocar a todos los mexicanos a un acto masivo que mostrara la unidad y concordia de un pueblo que hasta el momento no lograba la paz, pero con su fe y su fervor proclamaría su amor a la patria. También era el momento de recordar el origen del culto a la Guadalupana, el cual, a los ojos del clero era, sin lugar a dudas, el símbolo de la identidad nacional. En efecto, la celebración significó traer a la luz el pasado virreinal cuando la Virgen se le apareció a Juan Diego; fueron los indógenas y los mestizos originarios de las tierras mexicanas los primeros en sentirse “hijos de Guadalupe”. En el siglo XVIII se consagró el culto cuando en 1737 fue proclamada Patrona de la ciudad de México y nueve años después, de todo el reino de la Nueva España. Más adelante, en 1754, el papa Benedicto XIV aprobó el patronato, autorizó la traslación de su fiesta al 12 de diciembre y le concedió misa y oficio propios.

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Grabado italiano anónimo a partir de una pintura de Miguel Cabrera, 1732

La fecha paradigmática de esta celebración fue el 12 de octubre de 1895, cuando el entonces arzobispo de México, Próspero María Alarcón, en nombre y con la autoridad del pontífice León XIII coronó a la Virgen, Señora de Guadalupe. En estas bodas de plata, el jubileo retomaba esta tradición devocional convirtiéndose en una fiesta religiosa de carácter público. El Universal ofreció una descripción de cómo se vivió el homenaje ese día:

Desde las primeras horas cada minuto partía del Zócalo un tranvía lleno de fieles y de peregrinos. La calzada de Guadalupe iba colmada de gente que caminaba a la Basílica a pie o en carros de tracción animal, adornados con flores y banderitas de papel de vivos colores. Las fachadas de las casas estaban igualmente adornadas, y por la antigua calzada de los Misterios, iban también las peregrinaciones de devotos, que rezando avemarías se detenían ante los restos de aquellos toscos monumentos levantados en trechos, en pretéritos tiempos. Todo México y toda la población flotante estuvieron allí.

El alcance que esta celebración adquirió en términos de los fieles que acudieron a la Basílica y en función de los resultados obtenidos, una vez que la jerarquía católica se reunió con el fin de tomar acuerdos en cuanto a su política a seguir, nos lleva a reflexionar sobre el carácter del evento: ¿religioso o político?

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